domingo, 21 de diciembre de 2014

Los terrores de la Navidad


El verdadero motivo del consumo navideño - desde el árbol a las agendas, desde las corbatas a las colonias - es que necesitamos reforzar nuestro territorio moral que está bajo mínimos, controlar la ausencia que provoca nuestra insatisfacción. No sé si llevo a rajatabla todo esto, pero ya me he regalado Los doce terrores de la Navidad, libro maravilloso con textos de John Updike y con ilustraciones de Edward Gorey. ¿Qué más puede uno querer para regalar y regalarse? 


Edward Gorey es el tipo al que Tim Burton le debe mil cervezas. Excéntrico, tierno y macabro, sus trabajos son personales e identificables. 


John Updike fue uno de los mejores exponentes de la narrativa norteamericana contemporánea, un centauro de la línea clara y del escalpelo profundo sobre la piel y el hueso de la clase media que se embuchaba insatisfecha los sucesivos platos del sueño americano con las salsas de los cincuenta, los sesenta, los setenta y así hasta su colapso y reseteado actual. 


Edward Gorey

Gorey y Updike unieron fuerzas y sentido del humor, nostalgia y vinagre para este librillo inédito en nuestro país pero que en Estados Unidos vio la luz en 1993. A cada ilustración, Updike se hace preguntas trascendentales: ¿por qué Papá Noel huele a ron?


¿Por qué cobra el paro once meses al año? Un tipo sin dirección conocida, de hábitos extraños, se descuelga por chimeneas de honrados contribuyentes dormidos en total impunidad... ¿Qué está pasando entonces con el FBI? ¿Por qué siempre nos queda la sensación de que nos merecemos más regalos de los que tenemos? ¿Por qué nadie mitiga la molicie de la puerta trasera del consumismo: las devoluciones del día siguiente? Updike pone hasta doce veces el dedo en la llaga: "Hay algo horroroso en un árbol - su aspecto de parálisis múltiple, su aplomo greñudo y sin conciencia - cuando te lo encuentras en campo abierto: no digamos ya en el salón".



Sí, amigo Updike, muy bien dicho, dale fuerte hasta la última base. ¿Y qué decir de los villancicos? Ese napalm de la nostalgia que atronando en grandes supermercados nos recuerda lo pesados que se han hecho nuestros corazones desde la infancia. Elfos, renos, la oscuridad del invierno, aquí solo hay doce textos pero podían ser cientos. Pero, qué domonios, feliz Navidad, nadie ha inventado nada tan hermosamente deprimente como ella.



              

viernes, 19 de diciembre de 2014

La mujer pantera


Tal como señaló Val Lewton en una entrevista concedida a Los Angeles Times, La mujer pantera (1942), de Jacques Tourneur, sirvió como modelo para la serie de películas de terror producidas por la RKO después de ella. "Nuestra fórmula - dijo - es bien sencilla. Una historia de amor, tres escenas de terror más sugerido que mostrado y solo una de auténtica violencia. Fundido en negro. Todo ello en menos de setenta minutos."

Evidentemente, La mujer pantera es mucho más que eso. Tanto en este título como en los siguientes, es de destacar el hecho de que la historia de terror tiene lugar en un entorno reconocible y cotidiano.


Irena (Simone Simon) trabaja como diseñadora de modas, y su obsesión nos es vívidamente mostrada por los dibujos de grandes felinos que lleva a cabo en el zoo; Oliver (Kent Smith) trabaja como arquitecto, y uno de los objetos más comúnmente utilizados en un estudio de arquitectura, una regla en forma de T, revela hasta qué punto se ha dejado influenciar por los supersticiosos temores de Irena, cuando la utiliza a modo de crucifijo, para alejar al mal.


Los decorados suelen ser normales e incluso agradables, como el apartamento de Irena, el pequeño restaurante en el que se celebra la boda, o la tienda de animales domésticos en la que Oliver le compra el pajarito. No obstante, en esos escenarios luminosos existe siempre una zona de sombras. Pequeños detalles de los decorados, como la bañera con las patas de león del piso de Irena con una "mujer pantera" hace que la joven se dé cuenta de cuál es su verdadera naturaleza, y, en la tienda de animales, la conmoción causada entre éstos por la entrada de Irena revela que ésta posee algún poder desconocido.


Las sensaciones de aprensión y temor del público se hacen todavía más intensas cuando el productor, Val Lewton, añade sus propias fobias a las de los demás. La escena en la que Alice (Jane Randolph) se ve misteriosamente amenazada mientras está nadando sola en una piscina cubierta estaba basada en una experiencia del propio Jacques Tourneur, que en cierta ocasión casi se ahogó mientras estaba nadando solo de noche. La secuencia resulta doblemente terrorífica al estar protagonizada por una indefensa y semidesnuda protagonista, recurso sabiamente utilizado por Alfred Hitchcock en la famosa secuencia de la ducha de Psicosis.


Más convencional, aunque no menos impresionante, es la anterior escena de terror "sugerido", en la que vemos a Alice caminando sola por una calle al lado de Central Park. La mancha de luz de cada farola se convierte en ella en una especie de oasis, rodeado por todas partes de amenazadora oscuridad. Los vacilantes pasos de Alice van acompañados de ruidos que recuerdan el caminar de un gran felino, pero que resultan ser únicamente los de ramas movidas por el viento. El sonido con que termina la secuencia, que todo el mundo interpreta como el siseo de un felino, y en realidad procedente de las puertas neumáticas de un autobús al abrirse, es probablemente uno de los efectos sonoros que más ha contribuido a acelerar los latidos del corazón de los espectadores de toda la historia del cine.




La pena es que, en La mujer pantera, Val Lewton y Jacques Tourneur apenas pudieran insinuar que Irena no es, probablemente, nada más que una mujer psicológicamente perturbada, cuya obsesión tiene su origen o bien en la frigidez, o bien en un lesbianismo reprimido.




                

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Walter Matthau


Walter es un maestro de la interpretación y su capacidad para poner cara de dolor, sorpresa o maldad, así como para encarnar a personajes truculentos y misóginos realmente inigualable. Es un hombre grande y desgarbado que, a pesar de no poseer una figura atlética, transmite impresión de vigor. Posee además una forma muy característica de andar y de moverse, un rostro que parece continuamente malhumorado y una voz sobre la que frecuentemente pierde el control, aunque por lo general habla en un tono cansino que implora respeto al tiempo que denuncia su insinceridad. Es simultáneamente un truhán y un comediante nato, y ésas suelen ser las bases en que apoya sus interpretaciones.


Walter se especializó en interpretar personajes malvados y mezquinos. Así, en En bandeja de plata (1966) recorre pomposamente los pasillos de un hospital e echa una moneda en un cepillo para las madres solteras, pero cuando nadie le ve, vuelve a sacarla. En La extraña pareja (1968) prepara sandwiches mientras juega a las cartas y llena el suelo de migas de pan y restos de comida; como ex sex symbol de Hollywood en Ther Secret Life of an American Wife (1968) vive en medio de vasos sucios, muebles desvencijados y ceniceros repletos de colillas mientras que sus admiradores se dedican a apuntalar sus desfallecientes apetitos sexuales y a rendir homenaje a su ego; en Primera Plana (1974) su personaje es el de un redactor-jefe sin escrúpulos que intenta impedir la boda de su mejor reportero contándole a la novia que es un exhibicionista; en La paraje chiflada (1975) se dedica a prodigar continuamente insultos y a pelearse con todo el mundo.


A lo largo de todas esas películas, Walter fue construyendo un personaje que combinaba la grosería, la maldad y la misantropía como en otros tiempos hicieron Wallace Berry y W. C. Fields. Tal como señaló el viejo zorro de Billy Wilder: "Matthau es una estrella única. Cuando se escribe un guión pensando en él o en Jack Lemmon, uno sabe que no hay alternativa posible". En realidad fue Billy el primero que se dio cuenta de las grandes posibilidades de Walter como intérprete y quien le ofreció en En bandeja de plata el papel que llevaba esperando desde hacía más de diez años. La película le valió también el Oscar al Mejor Actor Secundario y le convirtió en una gran estrella de la noche a la mañana. La verdad es que era ya hora de que eso ocurriera.


Algunas de las primera películas interpretadas por mi querido Walter eran realmente buenas, pero sus papeles no le ofrecían oportunidad de impresionar favorablemente al público o la crítica, o bien le mataban a poco de empezar la película o bien aparecía ya demasiado tarde. Su debut en Hollywood fue en El hombre de Kentucky (1955), en la que libraba un duelo a látigo con la estrella y director de la película, Burt Lancaster. Ese mismo año interpretó otro papel de "malo", esta vez junto a Kirk Douglas en Pacto de honor, y fue el amigo del protagonista, un adicto a la cortisona (James Mason) en Bigger Than Life (1956), de Nicholas Ray. También encarnó al cínico periodista de A Face in the Crowd (1957), de Elia Kazan, y le dio la réplica a Elvis Presley en King Creole, el barrio contra mí (1958). Walter alternaba sus intervenciones cinematográficas con trabajos en Broadway, donde obtuvo el premio Tony en 1961. Antes, en 1959, había dirigido su primera y única película como realizador, Gangster Story, inédita en muchos países.


Pero la suerte de Walter en el cine mejoró a comienzos de los 60, a lo que contribuyó su cada vez mayor prestigio como actor teatral. En Los valientes andas solos (1962) realizó una destacada interpretación como el sheriff que persigue de mala gana a su presa (Kirk Douglas). En Punto límite (1964) su interpretación como científico neurótico que insta a atacar a Rusia con armas nucleares se vio ensombrecida por la de Peter Sellers en ¿Teléfono rojo?Volamos hacia Moscú, de Kubrick estrenada ese mismo año, pero Walter brillaba también a gran altura.


Charada (1963), la estilizada comedia de Stanley Donen, ofreció a Walter su mejor oportunidad cinematográfica hasta la fecha. Como la otra cara de la bondad y el encanto de Cary Grant, Walter encarnaba impecablemente al "malo" que se ganaba la confianza de una crédula mujer (Audrey Hepburn) haciéndose pasar por funcionario de la embajada norteamericana. En 1965 volvió a Broadway para interpretar La extraña pareja, del gran Neil Simon (algún día hablaremos de él), obteniendo un gran triunfo. No obstante, a pesar de ser una de las mayores estrellas del teatro, en el cine seguía viéndose relegado a papeles secundarios.


Fue entonces cuando apareció en viejo zorro de Billy con En bandeja de plata. En ella, Walter interpreta a un abogado sin escrúpulos que explota una pequeña lesión de su cliente (Jack Lemmon) para intentar sacarle un montón de dinero a una compañía de seguros. Con su incipiente paranoia y dispositivos para espiar a la gente En bandeja de plata se anticipó proféticamente al escándalo Watergate, y la espléndida interpretación de Walter lograba reflejar a la perfección la codicia y la hipocresía de su personaje. Pero Billy tuvo la astucia de no presentar al Willie Gingrich encarnado por Walter como un ser totalmente repugnante. Su genio, su incansable energía y su odio al poder de las grandes empresas contrastaban con la pasividad de su cliente y le convertían en una figura casi heroica. De hecho, Walter suele dotar a sus personajes "buenos" de un celo misantrópico que supera a la villanía de sus "malos".


La versión cinematográfica de La extraña pareja confirmó el nuevo status de estrella de Walter. Acompañado nuevamente por Jack Lemmon, interpreta a un divorciado que comparte un apartamento con él, con resultados desastrosos. A pesar de no ocultar su origen teatral y de una labor de dirección más bien rutinaria, la película representaba un auténtico tour de force interpretativo.
De momento, tanto Walter como Jack se han convertido en dos actores estrechamente relacionados con la comedia ligera típicamente neoyorquina. Walter suele encarnar al varón norteamericano maduro, con propensión a la angustia sexual, a las úlceras, a las hijas histéricas y a las esposas gruñonas y dominantes. Sus papeles en Eso del matrimonio (1971), en la que encarnaba a tres personajes diferentes; en La pareja chiflada, sobre una pareja de viejos actores de vaudeville; en The Secret Life of an American Wife, donde se ve seducido por una aburrida ama de casa; en Flor de cactus (1969), en la que interpreta a un dentista que se enamora de su secretaria, y en Corazón verde (1971), la historia de cómo un playaboy en bancarrota intenta conseguir una esposa rica, han repetido hasta la saciedad el personaje creado por Walter, y las películas han sido mejores o peores, dependiendo de la calidad del guión, ya que en todas ellas Walter ha sabido salir airoso con gran estilo.




Felizmente, Walter no se dejó encasillar en esa clase de papeles. Aparte de algunas elecciones curiosas, como la de Hello, Dolly! (1969), en la que resultaba casi anulado por la apabullante Barbra Streisand, y de Terremoto (1974), en la que interpretaba el papel del dueño de un bar, pero con su verdadero apellido (Matuschanskayasky) no hay que olvidar de Walter era hijo de un clérigo de la Iglesia Ortodoxa Rusa.



Walter intervino en varias películas de tema dramático y que representaban un desafío interpretativo para él, adaptando a ellas su personalidad, pero conservando su aspecto insolente y su enorme facilidad para las réplicas agudas y para ganarse las simpatías del público. Resultó conmovedor como viudo de 72 años en Kotch (1971), dirigida por Jack Lemmon, y como irritante entrenador de béisbol en Pandilla de pícaros (1976), película que tuvo un enorme éxito comercial. Como el Walter Burns de Primera plana, se convirtió en un Mefistófeles moderno, al lado de un Jack Lemmon al que no daba el menor respiro.



Sus dos mejores interpretaciones dramáticas son sin duda alguna las de La gran estafa (1973) y Pelham 1, 2, 3 (1974). En la primera interpretaba a un conductor de avionetas fumigadoras que se dedica a robar bancos y que, por error, se apodera del dinero de la mafia, lo que le provoca graves problemas que resuelve sin embargo con astucia y habilidad. En la segunda, Walter estuvo todavía más contenido, refrenando así el histerismo básico del tema, el secuestro de un tren del metro de Nueva York. Como policía especializado en esa clase de delitos, Walter lograba imbuir a su personaje de credibilidad y reflejar a través de él toda la decadencia y pestilencia de la gran ciudad. En esta estupenda película, Walter utilizaba todos sus recursos interpretativos para encarnar a un hombre de acción que resuelve la difícil situación plasmada antes de volver al anonimato. Se trata de una actuación notable y de una demostración de la versatilidad de Walter Matthau.



Walter volvió a trabajar a las órdenes de Billy a principios de los ochenta en Aquí un amigo, una historia en clave de farsa en la que interpreta a un asesino contratado por la mafia continuamente estorbado en sus intentos homicidas por un neurótico Jack Lemmon. 



A pesar de que sus papeles no solían ser de hombre agradable sigue siendo adorado por el público, entre el que tiene numerosos fans y admiradores. Yo soy uno de ellos. Lamentablemente los noventa fueron fatales para el gran Walter, que interpretó películas muy mediocres; el cine ya no estaba a su altura. Falleció en el 2000 en su casa a la edad de 79 años. 



A la memoria de Walter Matthau


                   

lunes, 3 de noviembre de 2014

Desplegando velas




Contemplar un barco con todas las velas desplegadas, hendiendo el mar con su proa como si corriera delante del viento, es una de las imágenes más bellas del mundo. Y eso es lo que necesito en estos momentos; desplegar velas y partir con viento fuerte y no olvidar nunca que el hombre es una larga, tardía aventura. Viajar consiste en poner el alma en el camino para recordar después los sueños que hayas vivido si has conseguido encontrarla en algún bello lugar, muy lejos de tu propia vida, y, como dijo Georges Bataille: "Yo llamo experiencia a un viaje al extremo de lo posible del hombre". Sea inútil este viaje. Inútil y esencial.

Hasta pronto.



                      

domingo, 2 de noviembre de 2014

Aquí, un amigo


A petición de mi amiga Raquel, que no le gusta nada Aquí, un amigo, de Billy Wilder

Ya lo sé, y además admito el patinazo del viejo zorro de Billy al realizar su última película. No seré yo quien disculpe a Billy de su error. Veamos, querida Raquel los abatares del destino que llevaron a Billy, después de la complicada experiencia de Fedora (1978), a la realización de Aquí, un amigo (1981), uno de los filmes más esperados de su autor, no solo por el desolador panorama de la cartelera, sino porque llegaban noticias esperanzadoras de que la película guardaba muchas semejanzas con algunos de sus filmes, pero, sobre todo, porque la pareja protagonista estaba compuesta por el gran Walter Mattahu y el no menos grande Jack Lemmon, actorazos geniales y muchas veces desaprovechados, que de la mano de Billy habían logrado las mejores caracterizaciones y los más interesantes y creativos papeles de su vida.


Aquí, un amigo es la historia, como ya sabes, de un asesino a sueldo sin escrúpulos, Trabucco (Walter Mattahu), que llega a un hotel con el fin de realizar un trabajo, y un depresivo al borde del suicidio porque su mujer se ha largado con otro hombre, Victor (Jack Lemmon); hasta aquí es el Wilder de toda la vida, ¿no te parece? Diferentes y complejas situaciones irán uniendo paulatinamente a los dos personajes, uno deseoso de ver a su esposa y otro obsesionado por cumplir con su deber como un auténtico profesional.


A pesar de que el guion original de la película es de Billy y Diamond (vaya pareja, mi querida Raquel), Aquí, un amigo está basada en una película francesa de triste recuerdo, El embrollón, (L' emmerdeur), de Edouard Molinaro que realizó en 1973, cuyo interés radicaba en su ausencia de atractivo. Ya te he dicho que la veas y así sabrás lo que intento decirte respecto a la peli de Billy. 


Sigamos. No parece fácil, conociendo la película de Molinaro, imaginar lo que Billy vio en ella como para atreverse a realizar un remake. Cayendo en el campo de las especulaciones - lucubrar es un buen ejercicio de gimnasia mental, mi querida Raquel -, cabe suponer que Billy no perdió nunca la perspectiva de reunir a sus actores favoritos. No sé, ni me interesa, si la película es un encargo, ni tampoco voy a investigar si Billy la realizó con entusiasmo; cosa más que dudosa. Por otra parte, no se puede estar pensando en las limitaciones económicas, el estado de ánimo o la salud de un director a la hora de plantearse una reflexión sobre el producto. Los resultados, en definitiva los hechos, son los que cuentan, por mucho que algunos sectores críticos traten siempre de acomodar las películas en función de elementos marginales al cine para evadir las responsabilidades de sus directores favoritos. Es obvio que el lamentable resultado de Aquí, un amigo viene condicionado por ser el último filme de Billy y la referencia parece obligada en el instante de hacer un balance. 


Existe en Aquí, un amigo varios aspectos que mantienen relación con filmes de Billy. Tanto Trabucco como Victor son personajes solitarios - el primero por convicción y elección; el segundo contra su voluntad, algo común a Lemmon cuando trabaja para Billy -, en cierto modo marginados de la sociedad, sin sitio ni refugio. Billy lo explicará en más de una ocasión, pero nos permitirá sentirlo con fuerza cuando Trabucco sea incapaz de comprender la pasión de Victor por su esposa. Billy mostrará con fiereza lo que otros justamente le han reprochado en algunas películas: la misoginia. Trabucco, un hombre que parece vivir solo para su oficio, lejano a los sentimientos exteriores y a las tentaciones del placer, le dirá a Victor: "Yo a las mujeres las alquilo".


El intento de suicidio de Victor tiene claras reminiscencias en múltiples películas de Billy, aunque siempre en forma de fracaso. Ocasionalmente, ha sido presentado como un acto lúcido ante una situación desesperada - el Don de Días sin huella, la Fran de El apartamento, la Norma Desmond de Sunset Boulevard -, pero también ha sido motivo de diversión - Baxter en El apartamento, Sabrina cuando se esconde en el garaje y, desde luego, Victor -. Quitarse la vida es tan estúpido como intentar vivirla (ya hemos hablado muchas veces de eso, Raquel), parece decirnos muchas veces el gran Billy, sobre todo cuando no encuentra mucho sentido a la existencia al humillar a sus personajes. (Un acto de intento de suicidio moralmente positivo lo provoca la prostitua Mollie Malloy en Primera plana, al querer distraer la atención de todos los presentes con la vaga pretensión de que no descubran a Earl Williams. Estos actos desinteresados en beneficio de alguien no son muy frecuentes en Billy).


Lo peor, amiga Raquel, de Aquí, un amigo es que para todos los que admiramos el cine de Billy (y ya sabes tú de sobras lo que llego a admirarlo), a pesar de los múltiples reparos que ponemos a su obra, se trata realmente de una película crepuscular, el canto de cisne de un gran director, qué digo, de uno de los directores más importantes de la historia del cine. Y nos encontramos con un filme torpemente realizado, con escaso sentido del humor; donde los "gags", más que impuestos, están filmados con previsibilidad. Este grado de artificiosidad nos aparta de la admiración, pero también, me temo, nos obliga a ser más duros con una película que nos resultaría simpática si no fuera porque su director se llama Billy Wilder.

Fíjate en esta fotografía, Raquel. Es imposible no amar a Billy 



El hecho de que sea un filme híbrido no implica, ni siquiera parcialmente, que descalifiquemos a su autor. Billy nos ha dado una obra donde alternan la vitalidad con el cinismo, el rigor con la fatalidad, el sarcasmo con el sentimentalismo. Sospecho que sería muy difícil encuadrar su filmografía con una definición exacta. Ya sabes que llevo más de treinta artículos en este blog sobre él y no soy capaz de finalizar nada. El viejo zorro ha triturado mitos, pero también los ha levantado. Ha desmitificado la sociedad, el entorno, las personas, el mismo cine. Pero, por encima de los juicios absolutistas y pontificales, queda lo que siempre sobrevive en los grandes artistas y, por supuesto, en los directores: las películas. Y éstas, sin discusión, podrán ser atacadas o defendidas en función de cómo se sientan en el momento de ser abordadas, pero no se puede rebatir fácilmente que los filmes de Billy quedarán en la memoria del que los ha visto como la manifestación de un gozo placentero. ¿Recuerdas cuando vimos juntos Avanti! con todas esas cajas de pizzas vacías tiradas por el suelo y botellas de vino peleón? Ni Días de vino y rosas. Lo que te digo.



Es probable que, en el fondo, lo más característico de Billy no sean tanto las múltiples constantes de las que me he hecho eco a lo largo de todos los artículos aquí publicados. Quizá lo mejor, y lo más representativo, sea la sensación de película viva que tenemos al revisar gran parte de su monumental obra. Y, sobre todo, por cumplir adecuadamente uno de los fundamentos más importantes del cine, ese extraño puzzle mezcla de arte y negocio, es decir, emocionar y divertir.



Y para ir terminado, mi querida Raquel, Aquí, un amigo me gusta cada día un poquito más, porque hay películas que mejoran porque nosotros empeoramos, y tú lo sabes muy bien. A veces me he sentido como Victor y me he encontrado en más de una ocasión allí en lo alto de una cornisa dispuesto a saltar. Y como dijo nuestro admirado Truffaut que el hombre tiene una capacidad limitada de tener amigos y que los amigos de toda la vida no existen, o son un problema, o uno no quiere verlos o, amigos como para avergonzarse de uno mismo o, regodearte en la complicidad sosa de amistades que van sobreviviéndose, en el rencor oportunista y cobarde de relaciones que se deshilachan o, como dijo Ramón y Cajal que a los amigos como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor. Aquí, un amigo es una película que me ayuda en ciertos momentos porque creo que la prosperidad hace amistades, y la adversidad las prueba. Trabucco y Victor. Victor y Trabucco. La amistad, el amor, es poder ser débiles juntos...



... y no despertar solo cada mañana con el amargo sentimiento de la absoluta derrota y la terrible sensación de tener que enfrentarte, con la partida del maldito juego perdida de antemano y apenado de recobrar los pensamientos y que a lo largo del día todos insistirán en decirte: esto es lo que hay o hay que joderse, y nadie se atreverá a interrumpir su trabajo para salvarte el culo.



Quedamos otro día y vemos Aquí, un amigo juntos. Tú pagas las pizzas. Yo pongo el vino peleón. Besos guapa.

                         

sábado, 1 de noviembre de 2014

Besos con sabor a cebolla



Suceder a un Bond, James Bond como Sean Connery no era tarea fácil. Por si fuera poco, el aspirante era un auténtico pardillo. Connery podía no ser tan upperclass como de hecho correspondería con la descripción literaria del personaje, pero se movía en el mundo de los martinis agitados y los esmóquines blancos como nadie. Incluso su voz era una auténtica joya. Bien al contrario de la de George Lazenby, que parecía estar hablando siempre con la dentadura postiza algo descolocada. Un buen chico, eso sí, algo torpón, con buena planta, pero sin la convicción que debía transmitir el gran mito cinematográfico de los sesenta.


Lazenby, peinado como los peluquines de Connery, aguantando una farola y una ridícula Walter.

¡Toma ya!

Con todo, y a pesar de las muchas críticas (empezando por las mías, y no seamos pedantes),  Al servicio Secreto de Su Majestad (1969), de Peter Hunt,  me sigue pareciendo una película aceptable. Pero separemos algo más del Bond, James Bond más fugaz de la historia.



El bueno de George Lazenby nació en 5 de septiembre de 1939 en Goulburn, pequeña ciudad al oeste de Sidney, Australia. Hijo de un ferroviario, desde muy joven ama las aventuras y acompaña frecuentemente a su padre de caza. Deja la escuela a los 16 años, sus preferencias siempre habían estado más cercanas al deporte que a los estudios. Después de interesarse por el oficio de mecánico, se dedica a vender coches de segunda mano. Este trabajo le permite ahorrar unos duros y trasladarse a Inglaterra en 1964. Ya en la ciudad de los espías literarios, las cosas no le resultan fáciles. Trabaja como estibador y, más tarde, de nuevo, como vendedor de coches. En ese momento conoce a un fotógrafo de moda para el que posa. Pronto se da a conocer como modelo y empieza a ser solicitado para spots publicitarios, consiguiendo cierta notoriedad con una compañía para una marca de chocolate. Lo jodido de todo esto es que no estoy de coña.



En 1969 su carrera dará un giro imprevisto cuando el agente que le representa le introduce en el mundo cinematográfico. En aquellos momentos, los productores Satzman y Broccoli estaban buscando un sustituto conveniente para Sean Connery sin ningún resultado satisfactorio. George Lazenby realiza una prueba ante las cámaras que parece ajustarse a lo que se buscaba. No olvidemos que Sean Connery se presentó (¡rayos y truenos!) sin corbata y comportándose de un modo un tanto brusco con los productores. Cuando éstos le propusieron hacer una prueba, Connery respondió: "Yo no hago pruebas". Frase que para su mejor comprensión subrayó con un puñetazo en la mesa. Acto seguido, Broccoli lo tenía claro: "Es el tipo que necesitamos"



¿Por dónde iba? Ah, sí, la prueba de Lazenby;  Broccoli asegura que desde el primer momento le gustó "el modo que tenía de moverse". Algo que entonces pareció más decisivo que la falta de experiencia cinematográfica del futuro James, James Bond.

Hay que decir que George Lazenby ya había acariciado la idea de hacerse con el papel de Bond y, por este motivo, se había hecho un traje (el pobre) en la misma sastrería que se hacía los de Connery, había puesto en su muñeca el oportuno Rolex, y, finalmente, se había hecho cortar el pelo al estilo de los peluquines del primer 007. Un encuentro tal vez no muy fortuito con Saltzman, y el productor quedó convencido de que aquel australiano tenía casualmente el aire Bond que andaba buscando. 



Para bajar más los humos

Tras pasar con éxito aquella prueba, Lazenby toma cursos de dicción (vistos los resultados, quizá hubiera tenido que reclamar que le devolvieran el dinero), lee las novelas de Ian Fleming, estudia minuciosamente las películas de Sean Connery, reflexionando sobre cómo debería abordar su interpretación de Bond y, en general, realiza un trabajo de preparación importante. Acto seguido se inicia el rodaje de Al Servicio Secreto de su Majestad a las órdenes de Peter Hunt, que, en entregas anteriores de la serie, había dirigido la segunda unidad y había supervisado el montaje. Hunt pretende que la nueva película de James, James Bond rebaje su tono épico para recrear más fielmente el contenido de los thrillers de Fleming. En tal sentido, Hunt se mostraba muy convencido de que la elección del pobre de Lazenby "era muy acertada ya que representa el concepto implícito que de Bond había trazado Ian Fleming en las novelas. En esencia, Bond es un hombre joven con una inherente seguridad sexual, esa ha sido la idea que de modo predominante ha dado vueltas por mi cabeza mientras hemos estado buscando al nuevo 007".


El rodaje no es fácil para George Lazenby, en especial por la mala relación que tiene con la que es su pareja, Diana Rigg. La actriz, que en aquellos años está en la cima de su popularidad gracias a su intervención en la serie Los Vengadores en la que encarnaba a la inolvidable Emma Peel, es un auténtico mito de la cultura pop. Según parece, esta pequeña arpía se impuso en las preferencias de los productores a nombres de actrices como Brigitte Bardot y Catherine Deneuve. Es más, Al Servicio Secreto de su Majestad representa una especie de cúspide romántica de la saga, ya que es el episodio en que James, James Bond contrae matrimonio con la condesa Teresa de Vicenzo. Matrimonio que, como es sabido, acabará mal, ya que, justo después de la ceremonia, el malvado Blofend, aquí encarnado por Telly Savalas, mata a la recién casada. Ay, más de uno le hubiera gustado tener cerquita al viejo Telly después de decir "sí" al cura de turno.


Pues bien, durante el rodaje, las relaciones entre  George Lazenby y Diana Rigg fueron de lo más cutre. La prensa de la época contaba que la actriz comía cebolla cruda antes de rodar las escenas de amor para ahuyentar al pobre Lazenby. Por otro parte, Lazenby es asediado por la prensa a raíz de su reciente celebridad y no para de decir barbaridades. Los productores están que trinan con él. A mitad del rodaje, las relaciones ya se han deteriorado enormemente. Personas próximas a Lazenby le calientan la cabeza y le hacen ver que es un tipo insustituible, el puto amo, ¡es el nuevo Bond! Y que en realidad los productores le están pagando una miseria. A tal efecto, envalentonado, decide poner los puntos sobre las íes, sin muy buen resultado, por cierto. El propio Lazenby lo recuerda de este modo: "No me necesitaban y Broccoli me dijo que yo acabaría haciendo spaghetti westerns o películas de kung-fu en Hong Kong". Algo haría con Bruce Lee. Intervino en dos o tres películillas de Emmanuelle y lo que vemos en esta imagen. Pobre. Broccoli intuyó que su carrera cinematográfica no iba a ser de lo más brillante. 


En 1983 Lazenby volvería a interpretar a Bond (sí, habéis leído bien), aunque no de modo explícito, en El retorno de Napoleón Solo, telefilme nostálgico que recreaba las aventuras de los agentes de C.I.P.O.L. y en el que Lazenby era J. B. y lucía, además de esmoquin blanco, el flamante Aston Martin DB 5.


Digamos que para la historia ha quedado un breve papel en Saint Jack, el rey de Singapur (1979), de Peter Bogdanovich, a partir de una novela de Paul Theroux, en la que sobresalía la interpretación de Ben Gazzara, pero esto es otra historia.

Si veis Al Servicio Secreto de Su Majestad, sed indulgentes con este filme y tened en cuenta todo esto. Pensad que hay muchas cosas peores.




Por cierto, la banda sonora es estupenda.