jueves, 14 de agosto de 2014

Los relatos de Patricia



Observo una vez más el rostro tantas veces visto en fotografías y reportajes; un rostro enérgico, marcado por el tiempo en el que, sin embargo, una media sonrisa, un mohín adusto, me recuerda repentinamente a una niña a punto de cometer una travesura. El mohín maligno de sus fotografías, la ironía que asoma a menudo en sus obras, la ternura que siempre le he sospechado y que está hoy enmarcada en la pared de mi estudio, y mira por donde, hoy quiero saber más de ella. ¿Qué era lo que nos contaba la escritura de sí misma? El intento parece absurdo. Patricia Higmsmith, celosa de su intimidad, cerrada como una nuez, se escondía en respuestas lacónicas, huidizas, en la mayoría de entrevistas que he conseguido reunir, y de todo material esparcido por mi mesa solo un título Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga, promete algunas revelaciones de primera mano.


Una Patricia sonriente, con un gato en el regazo, parece mirar desafiante al lector. Si nos fijamos mejor en la portada, nos damos cuenta de que somos nosotros, los lectores, quienes observamos a la autora y a su gato de una forma sugerente, inconfesable a través del ojo de la cerradura. Abro el libro y encuentro mucho de lo que busco. Referencias a la diversión, al "gozo de escribir", la mención cariñosa de las distintas habitaciones en las que, rodeada de cuadernos, había perpetrado algunos de sus más famosos crímenes; sabios consejos sobre el desarrollo de las tramas, la paradoja de que, muy a menudo, las mejores novelas se escriben solas o las mejores ideas aparecen de repente, sin previo aviso.


  "Yo soy tan observante de la ley que me echo a temblar ante un aduanero aunque no lleve contrabando en las maletas."

Patricia Highsmith, Suspense

A mí lo que más me gusta de Patricia son sus relatos. Son precisamente en sus cuentos donde podemos apreciar su verdadero universo creativo. Patricia no tiene una visión muy optimista del género humano, y utiliza sus excelentes recursos narrativos y su acerado humor para mostrarnos los aspectos más críticos de sus semejantes; criaturas sórdidas, tirantes, absolutamente cotidianas, teñidas de ambigüedad moral y violencia pura donde el crimen no es más que un elemento necesario para seguir adelante. Patricia escribe sobre los seres humanos como una araña escribiría sobre las moscas. Para la autora el arte no tiene nada que ver con la moralidad.



El inquietante universo de Patricia es la intromisión de lo irreversible en lo cotidiano; las penetrantes caracterizaciones psicológicas; la sordidez que late en la normalidad; el humor contenido pero negro; la ambigüedad moral de los personajes, y siempre, unas circunstancias que, imperceptiblemente, en una sucesión de detalles nimios, acaban tejiendo un destino asfixiante e implacable.

Las simpatías de Patricia se dirigen claramente hacia el asesino. La mente de un "fuera de la ley" le parece más interesante que el cerebro de un policía. Es más, a veces nos preguntamos dónde está ese pretendido cerebro. No es que sus agentes resulten tontos o ingenuos, ni tampoco grotescos o ridículos, pero sí, muy a menudo, absolutamente ineficaces. Los mismos policías que en la vida real hacen temblar a Patricia a la hora de cruzar una frontera, no logran casi nunca, en la ficción, atar cabos, dar pie con bola, entender algo de lo que allí se avecina.


                                     
Otros asuntos, desde luego, son los niños. Por ejemplo, Skip, el personaje de Despacio, despacio, a merced del viento, Patricia confiesa temerlos abiertamente. "Temía más a los niños que a la policía", dice. Husmean, meten la nariz donde nadie les llama, inventan juegos absurdos, invaden propiedades privadas... La astucia que se niega en la policía se supone en los niños. Y también en los criminales, en los suicidas, en los delincuentes. Patricia, como ya he dicho, ha hecho todo lo posible para que estos últimos nos caigan "razonablemente simpáticos", para que entendamos, por lo menos, que su crimen va a quedar impune. Una atmósfera densa, irrespirable, que ha ido contaminándonos poco a poco, se ha encargado de convencernos.









O los viejos, que son un tema recurrente en la obra de Patricia. A veces no acaban de morirse nunca. Otras es alguien quien pretende que no se muera nunca. Con frecuencia se comportan de un modo tiránico, invasor, caprichoso, inquietante. Como en el cuento Tener ancianos en casa; un cuento terrible y, lo que es peor, más que posible.



Pero no son siempre los humanos quienes se encargan de enrarecer el ambiente. En su magistral Crímenes bestiales distintas clases de animales cometen asesinatos perfectos sobre humanos estúpidos como la historia de un gato que vive lujosamente en un yate en Acapulco y que odia al amante de la dueña, o aquel de las cucarachas de un hotel en decadencia que añoran su esplendoroso pasado, o el del gato que entra en el salón con algo en la boca, algo que parece demasiado a un dedo humano.



Sí, Patricia es un encanto: "Arisca, pero con un corazón muy tierno", según palabras de Jorge Herralde y yo no puedo olvidar ese relato donde en el subsuelo de los estadios deportivos de las universidades hay peligrosos depósitos de residuos nucleares, o aquel en donde la Asociación Psiquiátrica Americana por razones de "humanidad y economía", dejan en libertad a todos los enfermos crónicos internados en los manicomios, y el de las gallinas, y más gatos, más viejos, los de padres de familia, más niños, los de espantapájaros, los de aquella falsas ventanas, a veces tan solo rendijas, por los que no entra el sol, sino que somos nosotros, los lectores, al asomarnos, quienes penetramos en el mundo de las sombras. Situaciones que primero producen desasosiego; luego, inquietud, y finalmente, ese temor más cercano al escalofrío. Patricia domina como nadie la técnica de crear una envolvente atmósfera de tensión que atrapa al lector en unas pocas páginas.


Patrica se fue a vivir a Suiza para respirar aire puro, cuidando amorosamente del jardín, charlando con su gato. Patricia siente un gran cariño por los gatos y gusta de dar largos paseos por el jardín. Tenía cientos de caracoles. Los coleccionaba y cuando estaba aburrida sacaba dos o tres de su bolso y los miraba perderse. No es difícil creer que le gustaran más que las personas, tanto, que llegó a escribir un cuento sobre ellos. En él cita a Jean Henri Fabre para decir que ninguna especie del reino animal manifiesta tal grado de sensibilidad durante el apareamiento como los caracoles, y su personaje psicópata Vic Van Allen de su novela Mar de fondo es aficionado a la cría de caracoles. Una vez fue detenida por sus temidos aduaneros en un aeropuerto por llevar en su bolso caracoles. Incluso se dice que también los llevaba escondidos por todo el cuerpo.


Y para finalizar; los finales de Patricia, espectaculares, imprevisibles, tienen a menudo su coda en una cotidianidad cruel y amoral en la que habíamos reparado y que, sin embargo, nos aguarda a todos a la vuelta de la esquina. Con una mezcla de delicadeza y energía, pudiesen definir en un solo párrafo, en una breve advertencia: cuidado con los niños, cuidado con los viejos, cuidado con la apacible ama de casa, con el buen padre de familia, con el encantador vecino de al lado...

Lo oscuro acecha. Lo oscuro está ahí, a la vuelta de la esquina. Lo oscuro somos todos y cada uno de nosotros.


Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock

miércoles, 13 de agosto de 2014

Hincando el diente a América


              

Es más que probable que uno pueda sentirse, en cualquier momento, como el pobre Bill Foster (Michael Douglas) en Un día de furia (1992), de Joel Schumacher. ¿Alguien puede negarlo? No, por supuesto. Es obvio que no soy americano pero de vez en cuando le hinco el diente a una rica hamburguesa aunque no sea de mi preferencia culinaria, como tampoco lo es la paella, el plato más típico y nacional de este país, pero cuando a un americano se le pregunta qué plato considera más típico de su país no demuestra tener dudas: la hamburguesa. Más que un sabor, un cosmos gira en torno a esa porción de carne picada, trufada de grasas y condimentos que sirven tantos empleados como funcionarios del Estado central español y cuyos solares sumados componen la mayor propiedad inmobiliaria privada de todo el mundo.



Si lo miramos bien, la hamburguesa es un producto bondadoso e inocente como muchos otros que exporta Estados Unidos y como son, en sustancia, los ciudadanos americanos. Un producto sin grandes complicaciones; ni profundo, ni secreto. Más aún: la hamburguesa en principio no hace nada. Se deja comer. Les sienta mejor a unos que a otros, se ingiere y se olvida. Lo peculiar de ella, sin embargo, es que no se elimina del todo. Tenemos las comidas chinas (ya en proceso de decadencia), las pizzerías (lo mismo), y los Doner Kebab (emergente) por su reducido precio y por llevar gran cantidad de lechuga, tomate, cebolla y zanahoria, no obstante, surge la fatídica pregunta y sin posibilidad de respuesta: nadie sabe de qué está hecho ese cilindro que da vueltas hipnóticamente en el espetón. Después están los chop-suey, los espaguetis, se comen, se metabolizan y acaban. No dejan residuo cultural ni transporta a ningún paradigma de modernidad. La hamburguesa es algo más. Aparte de comportarse como alimento se comporta como documento.



Con la hamburguesa se llega no solo a los intersticios de la carne sino al cuerpo de una cultura de referencia. Lo diferencial de McDonald's es que exporta fragmentos reales del sueño americano con sus materiales orgánicos verdaderos. Ni siquiera el cine, que es siempre de ficción, logra este efecto de verdad patente.


Cualquier información sobre Estados Unidos o desde Estados Unidos es incomparablemente lejana frente al efecto de contar con una palmaria pieza americana, orgánica, alimenticia, caliente, oliendo como América, con camareras y camareros vestidos de americanos, con vasos y cubiertos de plástico integrados en la junk-food, con carteles en inglés sobre fondo amarillo que reproducen la visión que otros jóvenes en Estados Unidos contemplan simultáneamente en esas horas.

Más allá del simple negocio, McDonald's se ha desarrollado como un doble patriótico de Estados Unidos. Cada vez que la empresa se instala en un pueblo de Ucrania o de Portugal la ciudad deja de ser lo que fue hasta ese instante y la película con los colores norteamericanos empieza a rodarse sobre las aceras.


El ideal americano no busca conquistar el mundo en sentido duro, prefiere la dominación mediante la mímesis blanda de la hamburguesa. No busca avasallar con las armas, le basta ir estableciendo señas. Los pobres restaurantes chinos con su estética interior de árboles de plástico polvorientos o los fríos restaurantes japoneses con su insípido pescado crudo son meros invitados en la amenidad de las ciudades europeas. Los McDonald's son mucho más. Se quedarán para siempre y en un futuro habrá tantos McDonald's fuera de Estados Unidos como dentro del país, tantos Burger King, tantos Kentuchy Fried Chicken, tantos Hard Rock Cafe, tantos Planet Hollywood y Starbucks por el planeta que no habrá necesidad de preguntarse a quién pertenece el espacio. En Europa y en otras partes del mundo se asumen estas cosas como parte de la marcha histórica.



La manera de comer del americano y su abuso engullendo en casi cualquier sitio y a todas horas se paga con una notoria población de obesos. La gente come en las esquinas, en los cines, en las colas administrativas, en las aulas, sentados en la mesa del despacho, en los aparcamientos, asesinando a otro.



Los coches van provistos de un reposavasos de fábrica para tomar café o refrescos. No consiguen dejar de ingerir. Comer y beber en público es un hábito social en un país donde, en general, el aparato digestivo trabaja mucho. De hecho, tres millones de norteamericanos padecen acidez todos los días, afrontan transtornos de digestión y problemas de gases. Además de la intensa publicidad de laxantes, antipépticos y carminativos, cada uno de estos productos con versiones y sabores múltiples pueden encontrarse en los supermercados que explican su razón de ser. Eructan por tanto con frecuencia alentada por la considerable ingestión de bebidas gaseosas, la cerveza incluida. Este espasmo sobre el esófago que irrita las paredes y desarrolla hernias de hiato afecta al estado de humor.

Los policías comiendo productos de fast-food dentro de sus coches patrulla sufren el mal humor gástrico, y sus estómagos prominentes, sus arneses enfardando su prominente cintura, redondean uno de los modelos de obesos a la americana. Aunque no sea el más conspicuo. La nación más rica del mundo es también la más gorda y la que con más velocidad sigue engordando.



Contra el sobrepeso existen los conocidos grupos de weight-watchers (joder qué difícil es escribirlo y pronunciarlo), y programas diversos de apoyo psíquico, pero en progresión creciente se registran descaradas rebeliones de gordos.



Todavía recuerdo que en la era Clinton ante la Casa Blanca hubo una manifestación de unos doscientos miembros de la National Association to Advance Fat Acceptance defendiendo su derecho a pesar mucho. Estos gordos repartían unos panfletos amarillos donde se denunciaba a las compañías aseguradoras que les cobraban primas más altas por su obesidad. "¡Derechos civiles iguales para todos los pesos!", "¡Libertad para la grasa!", gritaban.

                               

Aceptar que el "Modelo América" es el designio de nuestro futuro cultural equivale a suicidarse en las mismas simplezas de su presente. Cualquier americano con experiencia europea envidia la vida de los pueblos mediterráneos, la capacidad de conservar una vida social y ciudadana, la virtud de compatibilizar el ocio con el trabajo. Los americanos apenas se reúnen en un café, apenas comparten unas copas en un bar, llevan una pobre vida de vecindario que solo mejora la pertenencia a algún club o los breves contactos en las sacristías de las parroquias y los parties cronometrados. Han ido poco a poco apagando el potencial disfrute de las relaciones familiares y la facilidad de los contactos amistosos. Su vida está ocupada por la necesidad de prosperar, ganar dinero, vencer al rival, pagar al terapeuta.



Yo cuando puedo le hinco el diente a una rica hamburguesa y no me fijo tanto en el resultado depositado dentro de una cajita de cartón grasienta y comparándola con las imágenes expuestas sobre las cabezas de esos empleados anestesiados, como hace Bill Foster. Sin embargo apuesto por un modelo alternativo (en contra del absolutismo del mercado, el culto al dinero, el cultivo del miedo, el miedo al otro) porque se encuentran no solo otras zonas y ciudadanos del mundo, sino millones de americanos infelices dentro de una máquina que podría hacerlos picadillo a la sombra de un McDonald's y bajo la flamante bandera del mercado libre.



                

martes, 12 de agosto de 2014

Caballos sin jinetes y otras lecturas de cine


David Niven

Cuando el director húngaro  Michael Curtiz dirigía a David Niven en La carga de la Brigada Ligera (1936) su precario dominio de la lengua inglesa le hizo pedir "Traigan los caballos vacíos" al referirse a "caballos sin jinetes". David Niven aprovecha la anécdota para titular así sus recuerdos de Hollywood desde 1935, año en el que llegó a la Meca del cine en calidad de extra, hasta finales de la década de 1950, en la que había establecido su indestructible reputación de actor. Lamentablemente la edición en español no respeta el título cambiado por el de Memorias. Mis años locos en Hollywood.

























En consecuencia, sus recuerdos cubren el periodo en que Hollywood fue, precisamente, un abigarrado, insólito y caótico escenario por el que pasaron, se quedaron, o desaparecieron los más dispares personajes: actrices, actores, directores, escritores, extras... En estos años, David Niven conoció, trató y fue amigo de la mayor parte de los monstruos sagrados que el mítico Hollywood creara - Clark Gable, Greta Garbo, Humphery Bogart, Rita Hayworth, por citar algunos - y nos habla de ellos, de sus vidas contempladas muy de cerca, con ese fino y tradicional sentido del humor característico en los buenos escritores ingleses; y con cierto cinismo elegante y, sin duda, desprovisto de veneno.


Sin embargo, Traigan los caballos vacíos no es el manido libro sobre la época dorada de Hollywood, ni una colección de retratos de su fauna deslumbradora. Si bien vemos a los "monstruos sagrados" en acción y, precisamente, en el más importante momento de sus vidas profesionales - aparece la miseria de la celebridad, el carácter rastrero de las chismosas de profesión, la otra cara en definitiva del oro que tanto resplandecía. Se diría que tenemos un claroscuro en el que la fama y el olvido son los tonos dominantes y su autor es, básicamente, un gran pintor cuya obra no interesará exclusivamente a los cinéfilos, sino también a los amantes de una historia bien contada con inteligencia, que distinguen cuando el narrador ha sabido quedarse en un segundo plano y contarnos lo significativo, dar realce al entorno y a las figuras que poblaron su universo vita, ámbito que, por otra parte, tuvo encandilados a millones de seres. El lector de La aventura de mi vida (el volumen de memorias anterior de David Niven) poco se sorprenderá ante la destreza narrativa en que el gran David Niven es un memorialista de excepción, que resiste el paso del tiempo también en esta faceta como lo ha resistido en la de actor de renombre universal.


Ay, con un afán de bordeaba lo enfermizo me dedicaba continuamente en la adolescencia y en la primera juventud a hacer innumerables listas de las películas que más me gustaban, los momentos del cine que me conmovían de forma especial, los actores y las actrices que desprendían imán y credibilidad. En algún lugar de esa casa familiar que cerré hace años deben de estar abandonados aquellos cuadernos dedicados a una de las cosas que más he amado en la vida, a ese cine con el que jamás me sentí solo, a esa catarata de sensaciones inolvidables.

A estas alturas de mi existencia creo conocer bastante bien la historia del cine. Y, por supuesto, cada espectador podría escribir la suya sobre el cine que considera imprescindible y ésta será forzosamente subjetiva, reflejará los gustos de cada uno y, como todo lo personal, podrá ser discutible.


Cae en mis manos en DVD una serie de 15 capítulos y 900 minutos creada por el crítico irlandés Mark Cousins y titulada La historia del cine: una odisea. Había oído hablar de ella. Sé que la exhibió Canal + y que también se podía encontrar en Filmin, una plataforma de cine en Internet. La ha producido Channel Four con transparentes lujo y ofreciéndole al director la posibilidad de patearse el mundo a lo largo de años buscando raíces, los lugares y los creadores que inventaron las mejores películas. El lenguaje por parte del narrador es apasionado y sus convicciones pretenden ser rotundas. El despliegue visual que hace para demostrar sus teorías también es poderoso. La actitud de este tipo durante un rato me cae bien, aunque afirma cosas tan exóticas como que el actor más famoso que ha existido es un indio, que Casablanca es demasiado romántica para ser un clásico, o que el cine japonés es el mejor que se ha realizado. 
Me huelo la tostada. Hay algo que no me cuadra.


Puedo admitir que los ídolos de Mark Cousins sean Godard, Antonioni, Leone, Dumont, Hou Hsiaohsien, Tsai Ming-Liang, el cine senegalés e iraní, el cine de terror japonés, y así. Que los impostores, los modernos, los esnobs y los frikis se lo monten como quieran. Pero que en una historia del cine no le dé tanta relevancia a Wilder, Lubitsch, Ford, Mankiewicz, Lang, Rossellini, Fellini, Buñuel, Berlanga y tantos y tantos otros es algo peor que un error o una estafa. Es una gilipollez. ¿No te parece, tío Billy?



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 Sentido homenaje a Robin Williams (1951-2014)


            

domingo, 10 de agosto de 2014

Ay, qué tiempos




Para Setefilla Almenara J. Para compensar, claro.

De niño me encantaban las series televisivas de policías y no me perdía ninguna. Ay, recuerdo cuando miraba los domingos por la tarde, junto a mi abuela,  Las calles de San Francisco (1972-1977). Ella me gritaba: "¡Paquito que ya empieza el de la nariz de patata y el guapo!". Y allí, junto a su regazo, me emocionaba con Karl Malden y Michael Douglas que siempre corrían desesperados a través de los setenta. Me encantaba ese vapor que salía de las rejillas del suelo, las últimas gabardinas ondeantes y el tranvía que renqueaba penosamente por las accidentadas calles de aquella ciudad maravillosa.



También me gustaba mucho Starsky y Hutch (1975-1979), con Paul Michael Glaser y David Soul que me entretuvieron durante sus cuatro temporadas (92 capítulos). En la España pacata muchos catetos tunearon sus Seat 127, Simca 1000 y Renault 12 al estilo Ford Gran Torino de esta serie.



Algo rancia, pero emocionante para los ojos de un crío tocado gravemente por la adicción a la ficción, Cannon (1971-1976), interpretada por el misterioso, feo y gordo William Conrad. Cinco temporadas. Recuerdo que cuando terminó se sentí muy triste.



Algo chulo, solitario, atractivo a lo italiano y duro. Gorra de pana y cigarrillo en la boca. Estoy hablando de Baretta (1975-1978), interpretado por Robert Blake. Debo confesar que él fue quien me descubrió a Frank Sinatra. En los tres años que estuve con Baretta siempre le oí silbar Strangers in the Night



            

Luego vinieron de golpe Kojak (1973-1978), con Telly Savalas. McCloud (1970-1977), con Dennis Weaver. Banacek (1972-1974), con George Peppard, y, Columbo (1968-1971), con Peter Falk.




De todos los detectives televisivos yo me quedo con Columbo. Este detective desastrado, con aspecto casi de vagabundo, no tiene paragón en la historia de los policías de ficción. Con su perenne gabardina arrugada (¿sabían que la compró en Cortefiel?), su traje rapicorto, dejando asomar unos zapatos moteados de polvo, encarna una virtud inalcanzable: la sabiduría disimulada en el envoltorio de falsa humanidad.




Columbo no es, ni por asomo, un triunfador. Nada que ver con los detectives tipo Philip Marlowe, seductores tras su trago de whisky y que usan el cinismo como parapeto frente a los sospechosos y como anzuelo para la pesca de sospechosas. No se le conoce al italoamericano ningún ligue extramatrimonial en los 69 episodios que protagonizó durante toda la década de los setenta.

En realidad, no conocemos apenas nada de este hombrecillo menudo, cargado de hombros, que siempre mira con una ceja en alto desde su perpetua bizquera (el gran Peter Falk tenía un ojo de cristal). En los diez años que estuvo en las pantallas, solo se nos informa de que su vida gira en torno a tres personajes: su esposa (cuyo nombre desconocemos y que nunca aparece en la serie); su jefe, un capitán exigente (sin nombre también y a quien tampoco vemos) y un perro perezoso, llamado consecuentemente Perro.


Pero Columbo tampoco es un perdedor impostado, como el estereotipo de detective que repiten machaconamente la mayoría de las series actuales, del pelaje de Jimmy McNulty en The wire, que se pasan el tiempo despreciando su destino mientras acumulan amoríos y juergas, bajo el hilo musical de un buen blues


Mi héroe es un simple teniente de policía, sin pretensiones ni pistola, que nunca se lía a guantazos, al que no le gusta trasnochar y que viaja en un Peugeot 403 destartalado. Utiliza esa apariencia de bobo despistado de la que todos se mofan para envolver en ella a los criminales, la mayoría de ellos poderosos (políticos, empresarios o famosos), que no dudan en humillarle, en tratarle como a un sirviente molesto y preguntón, mirándole siempre por encima del hombro. Hasta que se dan cuenta de que les ha acorralado, de que ha desmontado con su implacable lógica. La misma que emplea Sherlock Holmes en sus casos, pero sin la altivez del detective de Baker Street. Al contrario, aplicando sus deducciones casi desde el servilismo, sabiéndose superior frente a los que se creen superiores, y no son sino imbéciles pagados de sí mismos.


Entonces, al final del capítulo, tras ser pisoteado y encarnecido por el delincuente potentado de turno, sale el Columbo íntegro, el que no teme las amenazas ni las influencias que mueven los criminales de alcurnia para acabar con su carrera. Implacable, no hay perdón para el malhechor, aunque sea un financiero. Todos a la cárcel.


En España, Columbo no llegaría ni a inspector, pero en mi héroe de cabecera. Alguien que usa una gabardina de Cortefiel no puede ser un mal tipo. Esos visten de Armani. Lo que digo; a diferencia del gran Pepe da Rosa, yo me quedo con Columbo.


                              

viernes, 8 de agosto de 2014

Paranoia


"Así, pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esta gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo, a la ironía, a la razón - a todo lo que podría sustraerse de la matriz colectiva -, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu (o, como se dice en América, de entertainment). Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático con el zombi".

Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento


Marge: Menos mal que no nos convertimos en zombis descerebrados.
Bart: ¿Chist! La tele...
Homer: Hombre. Tropieza. Gracioso.

Los Simpson, Especial Halloween de los Simpson, III


"Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que le agarra: le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar. El hombre elude siempre el contacto con lo extraño. De noche o a oscuras, el terror ante un contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico. Ni siquiera la ropa ofrece suficiente seguridad: qué fácil es desgarrarla, qué fácil penetrar hasta la carne desnuda, tersa e indefensa del agredido."

Elias Canetti, Masa y poder


-Todavía están ahí.
-Y nos buscan. Saben que estamos aquí.
-No, es por costumbre. No saben bien por qué. En sus vidas pasadas venían aquí (al centro comercial) y lo recuerdan vagamente.
-Pero ¿quiénes son ellos?
-Son como nosotros. En el infierno ya no queda sitio.

El amanecer de los muertos (1978), de George A. Romero


"Vampiros y zombis parecen, más que nunca, las metáforas más apropiadas para caracterizar el dominio del capital."

Michael Hardt y Antonio Negri, El trabajo de Dionisos


-Hay una gran diferencia entre ellos y nosotros. Están muertos. Es como si fingieran estar vivos.
-¿No es lo que hacemos nosotros, fingir que estamos vivos?

La tierra de los muertos vivientes (2005), de George A. Romero


"Al atravesar Manhattan sufrí una especie de alucinación, estábamos conduciendo por una ciudad de cadáveres. Rostros grises, movimientos lánguidos. Todo el mundo parecía muerto bajo los faros y el vapor de sodio de las farolas. Al pasar ante el Museo Infantil, vi a una madre con un carrito al otro lado de las puertas de cristal. Dos niños a su lado. Los tres inmóviles, mirando hacia nada. Pasamos por una tienda, los zombis estaban sentados delante del piso, bebiendo whisky en botellas metidas en bolsas de papel. A través de las ventanas del piso superior pude ver los tristes trazos irisados de juegos virtuales dedicados a ojos vacíos. Había zombis en el parque, zombis fumando porros, zombis conduciendo taxis, zombis sentados en escalones y haraganeando en las esquinas, todos esperando a que pasaran los años y se les cayera la carne de los huesos.
Me sentí como el último hombre vivo.

Fido (2006), de Andrew Currie


Destino de las explicaciones

En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. 
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que puede ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.

Julio Cortázar, Un tal Lucas


... efecto de información y desinformación a causa de la manipulación mediática de la plaga... armas químicas, facciones de la Yihad árabe... comunicados y contra comunicados... a lo que siguen una serie de cortes de líneas y bloqueos informativos por parte del poder, con el único objetivo de tomar el control de la situación...