viernes, 17 de octubre de 2014

Toda una vida


Ya es hora de ir al cole, hay que ir a trabajar. El profesor un tanto déspota lo mira con recelo, es el encargado que siempre anda vigilándole. Suena la campana y sale precipitadamente de clase y hace cola para fichar en el reloj de la fábrica. Todos están eufóricos por salir de allí. Luego no quiere volver a casa todavía. Juega en el parque y libera todas las tensiones y cuando llega un pelín tarde su mujer le increpa porque huele a cerveza. Cae enfermo y se queda en la cama con el termómetro en la boca. Su madre le pone su suave mano en la frente y el médico dice que es la edad, ya tiene ochenta años. Intenta escapar de casa porque no aguanta a sus padres, a la familia que ha creado sin darse cuenta. Corre. Quiere huir de todo; de las primeras experiencias infantiles, las frustraciones de la juventud, los desengaños de la madurez, la ruina final de las ilusiones. Corre el niño y allí lo encontraron a la mañana siguiente. Murió de infarto. Debió subir corriendo por el sendero serpenteante como un muchacho. 

jueves, 16 de octubre de 2014

Ciclo cine de ciencia ficción (4)



Lo que más me gustó de Ultimátum a la Tierra (1951), de Robert Wise, fue el inquietante robot Gork. Creo que me anticipé al personaje del malogrado actor Edward Furlogn en Terminator 2: el juicio final (1991), de James Cameron. Este chico podía ir descaradamente por la vida al abrigo de un robot que lo protegía a todas horas. Bueno, yo imaginaba que tenía un Gork solo para mí. Me levantaba con desgana para ir al colegio y le decía a mi Gork: "Venga, vamos al colegio para darles un escarmiento a los profesores." ¡Ah, qué gozada! Luego iba con él al barrio para ajustar cuentas con cierta pandilla que me hacía la vida imposible, y después, a casa. Me imaginaba como Gork abría la compuerta de su rostro metálico y salía un rayo láser directo hacia el culo de mi padre. Ja. Ja.


Ultimátum a la Tierra es una película notable, aparte de sus méritos, por tratarse de una de las pocas producciones de elevado presupuesto sobre el tema de los alienígenas realizadas durante la moda de los platillos volantes de los 50. Fue dirigida, como ya he dicho, por Robert Wise y producida por el importante estudio 20th Century-Fox. Todo esto la convierte en uno de los títulos de ciencia ficción más destacados de la historia del cine, y su éxito de taquilla se debió en parte a la autenticidad que el departamento de efectos especiales logró dar a sus creaciones extraterrestres, algo que no podían permitirse la mayoría de las películas de ciencia ficción de serie B, a veces temáticamente más interesantes, pero condenadas a los cines de segunda fila y al menosprecio de la crítica. Afortunadamente, Ultimátum a la Tierra  puede jactarse de algo más que un elevado presupuesto. En su historia casi bíblica iba cerrando un mensaje sensato y valioso, destinado a calmar a un país entregado a la paranoia. 


Desde los títulos de  crédito (un plano "subjetivo" rodado desde un platillo volante que se aproxima a la Tierra, penetra en su atmósfera y se acerca a América del Norte), el espectador se siente identificado con los visitantes. Wise pasa entonces a la secuencia inicial. La especie humana, llena de temores y aprensiones ante el inminente descenso de los platillos volantes, nos es mostrada en un hábil montaje por medio de titulares de prensa, emisiones televisivas e informes radiofónicos, intercalados con primeros planos de hombres, mujeres y niños mirando inquietos al cielo. Este estado de ánimo y de ansiedad se ve subrayado por una magnífica partitura de Bernard Herrmann.



Incluso antes de que Klaatu (Michael Rennie) surja de su nave espacial, se ha creado un clima de miedo y hostilidad. Cuando vemos acercarse tranquilamente a los soldados y tanques encargados de darle la bienvenida, comprendemos que sus pacíficas intenciones se tropezarán en todo momento con la ignorancia y la agresividad de los terráqueos. Klaatu, el alienígena, que a cualquier otro realizador se le hubiera antojado con una de esas caprichosas fisionomías marcianas a las que estamos acostumbrados, para Wise es un tipo tan corriente que en la pensión donde se hospeda al escapar del hospital le creen de Nueva Inglaterra.



El guion de Edmund North muestra claros paralelismos religiosos, reforzados y matizados por un excelente reparto. Patricia Neal, como la comprensiva madre, y Billy Gray, como Bobby, realizan brillantes interpretaciones, Y Michael Renni encarna a la perfección al nuevo Mesías venido del cielo, capaz de resolver los mayores problemas sin inmutarse, recurriendo a su curioso reloj de pulsera y con una flemática sonrisa. Su anuncio de que debe ponerse fin a la investigación espacial (debido a que lo más probable es que la belicosa especie humana la utilice para fines de agresión) o la Tierra entera se verá destruida, es recibido con la mayor incredulidad. Consigue sin embargo un inesperado aliado cuando Helen descubre su verdadera identidad.



En una inteligente escena en un ascensor detenido a causa de un corte de suministro eléctrico, Wise logra crear una notable tensión dramática. Con Klaatu y Helen frente a frente, y solo un débil haz de luz que se filtra por una rendija, el escepticismo inicial de Helen va dando poco a poco paso a una profunda comprensión de la importancia de la misión de Klaatu. Cuando el ascensor se pone nuevamente en marcha, Helen se ha convertido ya en firme seguidora de Klaatu, y él le confía la clave para la supervivencia de su planeta, las palabras "Klaatu, Barada, Nikto", que son las que impiden que el temible robot Gork, policía del universo, destruya definitivamente la Tierra. 



Es justo recordar la buena voluntad de una película cuyo alienígena afirma que lo que asusta es "sustituir el miedo por la razón" y que "la energía atómica sirve para otras cosas". Habida cuenta de su talante, no es de extrañar que ésta también sea una de las pocas cintas en las que se estimula la fe en la ciencia. La paz del mundo no está en manos de los altos dignatarios ni de los militares. Está en manos de los científicos. El doctor Barnhardt (Sap Jaffe) es el primero en ofrecer su apoyo a Klaatu porque "la ciencia, la fe es tan necesaria como la curiosidad". Decididamente, aquí el investigador no es el malvado inventor de la bomba atómica.



La maldad, la villanía, aquí está representada por Tom Stevens (Hugh Marlowe), uno de esos humanos que quieren medrar a costa del extraterrestre sin importarle perder a Helen en el intento. Cumple recordar la secuencia en que Helen, ya convertida en la principal cómplice de Klaatu, se escabulle entre los soldados, que le rodean creyéndolo muerto, para ir en busca de ese gigantesco autómata - que tanto nos recuerda al Golem - y darle las instrucciones pertinentes. Tras devolver a Klaatu a la vida mediante ultrasonidos, los científicos y demás gentes de buena voluntad se reúnen al pie del platillo volante para escuchar a Klaatu, quien advierte a la Tierra que será destruida por una fuerza inconmensurable y desconocida si sus conflictos atómicos llegasen a afectar al resto del Universo. No hay duda de que James Cameron (salió de nuevo), cuando concibió el final de la sobrevalorada Abyss (1989), recordó las últimas palabras de Klaatu.

En 2008 Scott Derrick realizó un remake de Ultimátum a la Tierra  con el piltrafilla de Keanu Reeves. Mejor pasar de ella. Y para ir terminando; a veces sigo teniendo la misma necesidad de cuando era niño: tener a mi completa disponibilidad a Gork, y como el mundo no tiene solución y da asco no le diría las palabras Klaatu, Barada, Nikto. 




                           

lunes, 13 de octubre de 2014

Ciclo cine de ciencia ficción (3)



Cuando vi King Kong (1933) por la tele me dejó pegado a la silla. Un enorme gorila consiguió conmoverme de tal manera, que a partir de ese momento, quise ser un mono gigante para poder combatir, desde el Empire State, contra la estupidez humana. Cuando menos me lo esperaba pusieron El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner basada en la novela de Pierre Boulle y con guion del mismísimo Rod Serling.  Esta película representó para mí otra de las satisfacciones más grandes de mi infancia. 


Creo que pocos filmes responden al espíritu de la juventud contestataria de los años 60 con la sutileza que lo hace Franklin J. Schaffner. Desde el naturalismo a la lucha contra la segregación racial, todas las alternativas propuestas hace cuatro décadas están presentes en este filme. La alusión a la Guerra Fría es inequívoca: el hombre ha dejado de ser el amo de la naturaleza como consecuencia de su belicismo. Por ejemplo, la maldición final de George Taylor (Charlton Heston), en la secuencia más impresionante de la película, y puede que de toda la historia del cine, parece indicar que la Estatua de la Libertad se ha convertido en una ruina por la hecatombe nuclear, tan temida en aquellos días en que las dos grandes potencias desarrollaban hasta límites escalofriantes sus arsenales atómicos.


Pero Taylor es el comandante más heterodoxo que haya dado la flota aeroespacial estadounidense en la pantalla. Lo es tanto que incluso llega a reírse de su bandera cuando Landon coloca una miniatura de ella entre unas pequeñas piedras. Todavía conservo de Taylor esa indiferencia a las banderas.


Respecto al mensaje que graba antes de la hibernación tampoco admite dudas. El mundo que ha dejado atrás - el de 1972 según el reloj de a bordo - es justo porque el hombre "deja morir de hambre a los hijos de sus hermanos" y "combate a sus vecinos". El naturalismo, tan propio igualmente de la contestación de los años 60, también tiene cabida entre las tesis planteadas por Schaffner y Boulle. Desde la madurez de Taylor y sus camaradas al bañarse bajo la cascada, hasta la degustación de los melones y demás frutos ingeridos por los hombres en la jungla, antes de ser capturados por los simios, gravita en toda la película cierta querencia bucólica, hippie se diría. La belleza de Nova - tan graciosamente interpretada por ese milagro de la biología llamado Linda Harrison - tiene el mismo desparpajo que el de las musas del flower power californiano.


No obstante lo cual, puede hablarse de algo que se sale de esa estética de Nova. La pareja es la antítesis por excelencia de la comuna - el ideal hippie -. Para sorpresa de los simios, la que Nova forma con Taylor es una de las más conmovedoras de toda la historia del cine. Emociona verlos empezar a caminar juntos - y en dirección contraria al resto de los hombres - en la celda, emociona verles dormir abrazados entre la paja. "Te he enseñado a sonreír", le dice Taylor cuando ella lo hace por primera vez. "Me pregunto si también aprenderás a amar". "Yo Tarzán, tú, Jane", bromea en otro de los soliloquios que mantiene frente a su chica. Sin embargo, a la postre, Nova, a la grupa del caballo de Taylor, acabará siendo una nueva Eva. "La única muchacha" entre nuestros descendientes. En ella radica una tremenda esperanza: ser la mujer que ha de poner en marcha la nueva Humanidad.



King Kong, con lo feo que era, fue capaz de amar de aquella manera, y en cierta medida, ser correspondido, y Nova tan dulce y entregada, en fin, que estuve a punto de asaltar el zoo para rescatar a una gorila joven y salir con ella, porque el niño que fui recibió tantas calabazas que ya estaba harto. [Ver aquí] Se lo dije a mi madre muy convencido y ella sonriendo amargamente me disuadió alegando que la raza de los gorilas también tenía lo suyo. ¿Y como lo sabes? le pregunté severamente. Bueno, Paquito, llevo casada con uno mucho tiempo. Nos pusimos a reír, pero la idea persistió durante bastante tiempo. Cosas de críos. 


Por su parte, los dogmas simios encierran una clara crítica a todo aquello que hace ahora 40 años no se podía cuestionar. Conceptos que atañen a asuntos tan elevados como los principios fundamentales de no pocos estados de aquellos tiempos. Para ello, Schaffner, en uno de los asuntos de su trama que guardan una mayor relación con el original de Boulle - por lo demás, la película es una adaptación bastante libre de la novela -, se vale de un tribunal integrado por orangutanes que es una auténtica inquisición, más o menos como ahora que estamos gobernados por simios psicópatas responsables de la doctrina del shock. Creo que Naomi Klein estaría de acuerdo conmigo.



En sus sesiones no se demuestran hechos; muy por el contrario, se defienden dogmas. Uno de los primeros sostiene que "volar es científicamente imposible". "Aunque no lo fuera, ¿para qué volar?", pregunta Cornelius (Roddy McDowall) a Taylor en un momento dado. Cuando el humano demuestra al primate que el vuelo existe, valiéndose para ello de un avión de papel, Zaius rompe el avión con tanta discreción como saña. Sabe perfectamente que el hombre, en la edad dorada de su civilización - nuestros años 60 - pudo volar.



Pero el orangután encargado del hombre de salvaguardar la civilización también tiene constancia de que el talento del hombre es parejo a su maldad: "el único que mata por placer y ambición". De ahí que exija a Zira y Cornelius la observancia estricta de los preceptos de Proteo. Especialmente la leyenda décimo tercera, que ordena que el hombre no sea domesticado. Tan enemigos de la cultura como aquel jerarca nazi que al oír referirse a ella echaba mano de su pistola, los orangutanes que legislan la civilización simia ordenarán la lobotomía de Landon (ay, si hubieran sabido de Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco) - "cirugía experimental del cerebro", según sus propias palabras - con la misma diligencia que borrarán el nombre de Taylor cuando éste lo escribe en el suelo de la jaula. Esta negación a ultranza de la voz humana dará lugar a una de las secuencias más memorables de la película, aquella en la que el comandante, capturado tras haber intentado huir, grita al gorila que le sujeta: "Quita tus sucias patas de mí, mono asqueroso". A partir de entonces, el último hombre capaz de hablar, para los legisladores simios pasa a ser un "monstruo o una mutación". Nada capaz de cuestionar cuanto de sagrado guardan las teorías simias de la evolución. Las analogías con los críticos de Darwin son tan evidentes como la denuncia de la persecución de la disidencia científica - y política - simbolizada en Zira y Cornelius.


El planeta de los simios no tardó en convertirse en un mito para el público infantil. Aunque no eran los niños los destinatarios originales de una película que, a la vista de su metraje, parece dirigida en una primera instancia a la juventud rebelde de aquellos días, sí fueron los más pequeños quienes mayoritariamente dieron buena cuenta de toda la parafernalia que tan terrible fábula suscitó. Os lo digo yo, queridos amigos, que estuve allí. Desde las caretas hasta los muñecos - que aún se siguen vendiendo en las tiendas especializadas en mitómanos y amantes de la ciencia ficción - El planeta de los simios se convirtió en una especie de juego para toda una generación. Luego vino, como era de esperar, sus secuelas interminables como Regreso al planeta de los simios,  Huida del planeta de los simios... infinitamente inferiores a la primera. Vergonzosas, diría yo. 



Después tuve que esperar mucho tiempo para poder gozar sobre temas de monos hasta que llegó el excelente libro de la antropóloga Dian Fosdey, Gorilas en la niebla; mejor el libro que la película que Michael Apted realizaría en 1988; y la magnífica novela Congo, de Michael Crichton; mejor pasar olímpicamente de la película realizada en 1995 por Frank Marshall. Tim Burton realizó un remake en 2001 de El planeta de los simios que vi ya con cierta indiferencia, y la fiebre continuó en el 2011 con El origen del planeta de los simios y en 2014 con su continuación; El amanecer del planeta de los simios, y creo que continuará. Pero ya no estoy para tanto gorila humanizado. Ahora me gusta más el gorila de toda la vida, es decir, el que se hurga la nariz y está allí, en lo alto de una nublada montaña. El que espera con infinita imperturbabilidad su extinción mientras le cae la lluvia encima.  



                 

viernes, 10 de octubre de 2014

Ciclo cine de ciencia ficción (2)



"Un día todos fuimos uno. Hoy todos somos otros"

Carlos Fuentes, Terra nostra

"Nadie busca en sí donde, no puede haber nadie"


Samuel Beckett, El despoblador



De niño vi por televisión La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel, cuando por aquel entonces los rayos catódicos no suponían un insulto. Recuerdo bien la profunda impresión que me causó esta obra maestra de serie B, rodada en blanco y negro y en tan solo tres semanas. A partir de aquel momento, empecé a sufrir una serie de pesadillas reiterativas que me han acompañado a lo largo de toda mi vida. Si bien, en un principio, llegaron a aterrorizarme, fui asumiéndolas como una simple sucesión de mi rutina diaria; una realidad que no se haría esperar para demostrar la veracidad de mis temores nocturnos por vía de éste filme. En mis pesadillas siempre trato de huir de una Santa Mira universal. Camino por las calles controlando cualquier tipo de emoción. No debo dormir bajo ningún concepto, pero al final acaban viéndome. Huyo por las calles y trato de ocultarme sin posibilidad alguna. Luego despierto y me relajo al saber que en mi vida "real" todavía no he sido detectado.




¿Qué fue realmente lo que me aterrorizó de esta película? En la historia no había ningún tipo de violencia explícita, ni monstruos, tan solo una serie de personajes que en un día cualquiera empiezan a sospechar que sus seres queridos no son ellos (fue lo suficiente como para cagarse de miedo). Más adelante, descubrimos que poderes extraños procedentes del espacio exterior se apoderan de los cuerpos y las mentes de los habitantes de una pequeña población de California; Santa Mira, convirtiéndolos en seres pasivos, obedientes y desprovistos de emociones. 


El guionista Daniel Mainwaring supo sacarle provecho a la gran novela de Jack Finney, del mismo título. Mainwaring transformó el relato original en una de sus sombrías visiones de la sociedad norteamericana, acosada por la paranoia urbana y una creciente histeria política. A pesar de algún que otro tropezón con los "cazadores de brujas" de Hollywood y de verse despedido de la RKO por Howard Hughes a causa de sus simpatías políticas, Maimwaring logró seguir escribiendo para el cine. Entre sus guiones posteriores figuran dos para Siegel, Baby Face Nelson (1957) y The Gun Runners (1958), pero La invasión de los ladrones de cuerpos fue el guion en el que mejor logró captar el ambiente de la América rural, aislada, encerrada en sí misma y amenazadora para cualquier forastero que no forme parte de ella, es decir, un calco del lugar donde nací. 




Uno de los personajes dice en la novela de Finney: "Vivimos en nuestras propias ideas, necesariamente limitadas, acerca de lo que la vida ha de ser". Otro; que "el mundo no es como lo vemos, o ni siquiera es lo que vemos, e incluso, más allá de eso, que el mundo es como lo vemos porque no sería nada fácil verlo como en verdad es". Y seguimos con la película. Una de las escenas que más me marcó, introduciéndose para siempre en mi subconsciente fue aquella en donde los protagonistas principales; el Dr., Miles Bennell (Kevin McCarthy) y Bechy Driscoll (Dana Wynter), tienen que huir del lugar donde están confinados por esos seres pasivos . Miles le dice: "Mantén la mirada vacía, y trata de no mostrar ninguna expresión..."


Vivimos, ya lo he dicho en otras ocasiones, en un mundo de síndromes no reconocidos, de caídas irreversibles. Hoy existe un síndrome denominado Capgras. Es una enfermedad mental, apenas difundida, que inocula en quienes la padecen la convicción de que un familiar o un allegado suyo no es tal, sino un doble que le imita a la perfección. En el fondo, a pesar de tratarse de una patología extraña, todos hemos padecido alguna idea semejante. Podemos estar viviendo toda una vida con una persona y descubrir al final de la etapa que apenas la conocemos o de repente nos parece otra.



Pero también, como las fábulas y las moralejas, La invasión de los ladrones de cuerpos persigue la manipulación del espectador. Siegel quiere manipular, él mismo lo declara, mediante un mensaje político. Sin embargo el mensaje envejece mal con el tiempo, y aunque prevalece su rastro, su huella más o menos distinguible, ésta termina por entreverarse de otro modo a la obra final y contaminar toda la cinta, de forma que el mensaje político deviene, más sólidamente, en un mensaje estético. La paranoia del maccartismo o de la guerra fría ya no está ahí, pero sí su fantasma. Y todos sabemos que si a algo se parece un fantasma es a otro fantasma. Esa cosa espectral, huérfana de rostro, que está presente en el celuloide del filme, es lo que a la postre embarga, y embriaga, al espectador. Éste se ve poseído por él, y años después podrá recordar a todas luces qué forma tenían aquellas vainas tegumentosas, y la cualidad casi jabonosa que envolvía los cuerpos que duplicaban. Un fantasma mermado e inútil, el mensaje político del que hablábamos, ha deparado al espectador, en fin, otro fantasma.



No obstante, lo malo que tiene esta película es el prólogo y el epílogo añadido sin el consentimiento de Siegel, que no aporta nada a la historia y que, al mostrárnosla como un flashback, destruyen buena parte de su tensión, pues desde el primer momento sabemos que Miles ha logrado escapar y llegar al mundo exterior. 

La novela de Jack Finney tiene  tres versiones más, que yo sepa: La invasión de los ultracuerpos (1975), de Philip Kaufman. Boby Snatchers (1993), del siempre mediocre Abel Ferrara y el bodrio por excelencia  Invasión (2007), de Oliver Hirschbiegel con Nicole Kidman y Daniel Craig. La mejor de las tres, sin ningún género de duda, es la de Philip Kaufman.



La invasión de los ladrones de cuerpos sigue siendo una de las películas más importantes del género de todos los tiempos, y a mí personalmente, me sigue manteniendo despierto, y sí, son tiempos extraños. Te duermes un día bajando la guardia y te despiertas siendo como los demás, y esto hay que impedirlo a toda costa hasta mientras se pueda. Cada mañana, antes de salir a la calle para perder un poco más la vida, tomo una serie de precauciones: ensayo ante el espejo para dominar mis actos y gestos más humanos. Cuando ya estoy en el exterior tengo la mirada vacía, sin mostrar ningún tipo de emoción, ni tan siquiera de admiración hacia las cosas que me ayudan a estar en pie de guerra. 

Ellos todavía no me han visto.



jueves, 9 de octubre de 2014

Interludio (2)


"Si estos hechos pasmosos son reales, voy a volverme loco; si son imaginarios, ya lo estoy."

Ambrose Bierce





                     

martes, 7 de octubre de 2014

Interludio

Todavía no tengo nada escrito sobre mi ciclo de ciencia ficción.  La verdad, no sé ni por dónde empezar. Ay, qué pereza ponerse ahora a recordar unos tiempos tan remotos y grises, y esa pelis tan viejas. Pero tengo que animarme. Tengo que ponerme a ello. A veces uno necesita un pequeño respiro para que después todo salga, más o menos, bien.




              

lunes, 6 de octubre de 2014

Ciclo cine de ciencia ficción (1)


"El futuro no es ya lo que solía ser."



Inicio un ciclo de cine de ciencia ficción para rendir homenaje a las películas que solo pude ver a través de la televisión en blanco y negro en aquellos difíciles años de mi infancia. Aquellas películas me encantaban y dieron lugar, más tarde, a mi afición literaria a un género lamentablemente denostado por la mayoría de los intelectuales que invaden el mundo con sus dedos húmedos y fríos, de ojos ciegos y hambrientos de oscuridad mohosa. Este rechazo es debido, en su mayor parte, al cine. 

Dice Doris Lessing:


"Adentrarse en la ciencia ficción cuando se ha pasado una temporada inmerso en el mundo literario convencional es como abrir las ventanas de una habitación pequeña, anticuada y con el aire enrarecido."



Estas películas que vi pertenecen a la edad de oro realizadas entre 1950 y 1967. Es obvio que estos filmes han quedado solo para el recuerdo de una época, de un periodo histórico aderezado de miedos que caracterizaban  aquellos tiempos de cazadores de brujas y maccarthismo, y que nos pueden resultar un tanto inocuos vistos hoy por primera vez. No existe un género cinematográfico que haya envejecido tanto como el de ciencia ficción, cuando precisamente eran historias que pretendían adentrarnos a mundos futuros, pero con la sempiterna torpeza de los productores y directores de Hollywood, tan poco versados en un género que precisamente fue tan prolijo en un país como EEUU, donde surgieron  los mejores escritores y las mejores obras de este género. Por suerte, todas estas novelas se siguen reeditando a día de hoy. Por otro lado el cine pecó de ignorancia y de infantilismo (en la mayoría de los casos), a la hora de abordar estas historias aliñadas con torpes efectos especiales y poco inspirados, y, de cuya estética, vestuario y peluquería hoy no se sostienen ni aún llevando en el cuerpo una cantidad importante de LSD a lo Philip K. Dick; pero no hay ninguna duda que también estos filmes fueron los precursores de muchos otros que arrasarían las taquillas de todo el mundo desde finales de los sesenta hasta principio de los noventa.



Como es bien sabido los orígenes de este género cinematográfico se remontan a los del cine mismo. Georges Méliès cultivó principalmente la ciencia ficción. El género conoció su edad de oro a partir de 1950, cuando coincidieron en la cartelera Cohete K-1 (1950), de Kurt Neumann y Con destino a la Luna (1950), de Irving Pichell. Aquella primera década de esplendor de la fantaciencia se caracterizó por su beligerancia. Tan apegadas a la realidad como alejadas de la cotidianidad, las películas de los años 50, salvo contadas excepciones, fueron sutiles armas de la Guerra Fría. Presentes aún en la memoria colectiva las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, el miedo al holocausto nuclear fue uno de los principales argumentos de aquellas producciones.



Sin embargo, pese a que ese temor impulsó un interés por la divulgación científica desconocido hasta entonces, aquellos filmes tuvieron en la serie B su Arcadia. Ya en los años 60, después de haberse estrenado las mejores adaptaciones de H. G. WellsJules Verne, la Guerra Fría comienza a ser objeto de parodias: ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1963), de Stanley Kubrick, y el anticomunismo de antaño da paso a un nuevo entendimiento más tolerante. Del miedo al holocausto nuclear se pasa a las pastorales poscatástrofes como El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner; de los filmes de bajo presupuesto, a las superproducciones. 


El género alcanza su plenitud en 2001: una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, sin ninguna duda su obra maestra. A la sazón, el género de ciencia ficción dejó de ser un cine dirigido al público adolescente. Tanto es así que interesa a realizadores tan intelectualizados como los de la nouvelle vague; pongamos de ejemplo a Jean-Luc Godard con la espléndida Lemmy contra Alphaville (1960).


Os ruego que seáis indulgentes conmigo. No olvidéis que todas estas películas que estarán presentes en este ciclo fueron vistas por un niño que no tenía habitación propia y de cuyo colegio todavía se castigaba severamente, y su gris provincia no rebasaba los tres mil habitantes, y según cuentan, cuando pasó el cometa Halley en 1910, quedaron todas las mujeres fértiles misteriosamente embarazadas. Yo esto nunca me lo creí, pero ya podéis imaginar la clase de impacto que me produjo ver la película El pueblo de los malditos (1966), de Wolf Rilla, y uno se posesionaba de inmediato en el bando de esos niños de ojos luminosos e inquietantes. Toda infancia es un largo victimaje bajo el amor o el odio de los mayores, que ni ellos mismos saben lo que les pasa con nosotros cuando somos pequeños.


He querido dejar de lado las reflexiones, que merecerían estas películas vistas hoy, para sostenerme exclusivamente en el frágil recuerdo de aquel niño que se pirraba por ellas. He intentado ser lo más fiel posible a las emociones y miedos que ocasionaron estos filmes en su momento, es decir, el mío. 

Como ya he dicho en otras ocasiones, el cine es memoria, autobiografía, la otra realidad que muestra el negativo. Godard decía que el negativo de las antiguas películas de antes de la digitalización era la original, y es cierto porque refleja el negativo de la realidad, porque el positivado ya lo conocemos de sobras, como lo conocía Kevin McCarthy que se puso a gritar en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel:

"Usted será el siguiente. Y usted el siguiente. Y usted el siguiente".