martes, 22 de abril de 2014

Papeles dispersos sobre el Quijote (3ª parte)


Cada vez que me adentro en la páginas del Quijote, no dejo de sorprenderme, sobre todo por las diversas opiniones que me embarga en cada nueva lectura; y si además, añado las lecturas de ensayos, que son muchas, de esta obra, más la experiencia lectora y las añagazas y esquinas de la vida que algunas veces he ido venciendo y otras he sido derrotado, voy descubriendo diferentes imágenes del hidalgo caballero y de su fiel escudero.


Hay una frase de Voltaire sobre el Quijote que me parece la más inteligente glosa al libro cervantino y a la verdadera personalidad del hidalgo manchego. Dice el Voltaire maduro: "Yo, como Don Quijote, me invento pasiones solo para ejercitarme." La ocurrencia en bella y melancólica referida al propio Voltaire, pero es absolutamente reveladora referida a Don Quijote. Don Quijote nunca hemos creído que estuviera loco, pero nadie mejor que Voltaire ha denunciado jamás su lucidez. Llegado a la cincuentena (que era mucho para un hombre de la época), Alonso Quijano decide que hay que pegar el salto, que ha empezado para él la vejez, que empieza a ser un hombre desapasionado (salvo las pasiones vicarias de las novelas) y que necesita "inventarse" (hoy diríamos incentivar) las pasiones que yo no siente, o solo de manera muy tibia. A tal pasión responde el sueño de Dulcinea, que es suficientemente vagarosa y gentil como para mover a un caballero, pero no ya a un amante. Asimismo, los sueños de aventura, gloria, combate, justicia y otras noblezas. Alonso se inventa la vida que nunca ha tenido o que le va faltando. Y creo que ésta sea la más profunda enseñanza del libro, con permiso de los cervantistas, y que solo Voltaire la vio. El hombre ha de estar siempre inventándose pasiones, desde las primeras, que no lo serán si las deja en "pecados de juventud".


Ahora que he vuelto a releerla y con la misma edad que tenía don Quijote, me doy cuenta que en cuestión de pasiones España siempre fue quijotesca, y no en otros tópicos. España se inventa la pasión del Imperio, la pasión de América, la pasión de la Fe, la pasión del honor y la honra, la pasión de Europa e incluso la pasión de la propia España, que empieza a llamarse así antes de existir. Los grandes soñadores españoles, de Fernando de Aragón al Duque de Alba, de Hernán Cortés a Francisco de Quevedo, han mantenido el país vivo, han sido otras tantas ruedas humanas moviendo la maquinaria de una nación, primera en el tiempo de la Modernidad.


Pero en esta reciente lectura y con la edad de don Quijote, pero con menos ánimos, he podido percibir algunas cosillas. Dijo Kafka: "La desgracia de don Quijote no es su imaginación, sino Sancho Panza." Lo creí en su momento, pero ahora dudo un poquito que don Quijote fuera una buena persona: quería tener razón frente a todo el mundo y además nunca pagaba la consumición en esas ventas perdidas en el polvo. Era un maleducado que trataba con desprecio a su escudero. Alonso Quijano hoy en un restaurante sería uno de esos que le grita al camarero porque el filete está poco hecho y arma por esa nimiedad un altercado universal, a lo Chicote, con la lanza incluida. Pienso que tienen mucho peligro los que proclaman la verdad desde lo alto de un caballo.


Dijo Michael Ende: "Don Quijote es el hazmerreír de los prudentes, porque continuamente toma todo por algo diferente de lo que es. ¿Cuanta razón tiene!". Y yo creía que la tenía, tanto mi adorado Ende con don Quijote. Lo más curioso de este personaje no es su orgullo sino su vanidad. Si hubiera sido escritor no habría cesado de dar lanzadas en el aire hasta ser el primero en la lista de los más vendidos. Si hubiera sido jefe de negociado se habría enfrentado a cualquier villano diciendo: usted no sabe con quién está hablando, y nadie hallaría la forma de calmarlo hasta no reconocer su grandeza y pasar por tonto como hacía el pobre Sancho Panza con tal de no oírle. 

Dice Cioran: "Quijotismo: Creer que todavía puede hacerse algo y que podríamos consolarnos con quimeras."  Confundir la locura con el alto espíritu es una estupidez y más si se intenta combatir la justicia solo como un alarde de la propia nobleza. 


Ahora, a mis cincuenta, creo que el ideal en esta vida es Sancho Panza, pero sin estar gordo, claro. Si uno logra imaginar a este personaje adusto y con el vientre liso descubriría bajo su jubón al propio Cervantes herido de melancolía. Don Quijote es un puro flato que bascula entre el idealismo y la mala leche, entre princesas inasequibles y el onanismo; en cambio Sancho está lleno de sabiduría adquirida en las ventas donde este usuario del pollino al menos tenía la decencia de pagar el porrón de vino y la pensión de cebada. Y lo dicho ya: la historia de España, la conquista de América y las letras castellanas habrían sido mucho mejores si el ejemplo hubiera sido un Sancho Panza lleno de ironía, pragmatismo y apego a los placeres, y no ese lunático anclado en otra época. Cuando uno repara en esa ración de locura que todo el mundo lleva dentro, pronto se descubre que ese quijotismo se identifica muchas veces con el ego insaciable.

Volveré a leer la inmortal obra de Cervantes y volveré a verla de otra manera. Seré más viejo. Estaré más cansado. Quién sabe si seguiré en las condiciones aceptables para enfrentarme de nuevo a la novela más grande jamás escrita, pero ahí estará como siempre, sobre la mesa de noche, esperándome, porque "Todo es morir, y acabóse la obra..." Don Quijote, II, cap. 24.




  

  Si deseáis leer las dos partes anteriores: 1ª parte y 2ª parte.

lunes, 21 de abril de 2014

Bird


Charlie Parker es mi músico de cabecera. Para mí Bird es un aletazo en la noche cerrada. Es el álgebra del universo no euclidiano. Escuchar o sentir a Bird es volar y rozar con las alas las esferas de una dimensión que nadie cree posible. Sus improvisaciones te trasladan a esas órbitas que consternan a esos símbolos incomprensibles de los estratos de las pizarras del polvo matemático. Con Charlie uno se salva cada día, por lo menos, veinte veces. 

Clint Eastwood presenta otra de sus pasiones: la música. Comprendo entonces que haya tenido que honrar esa forma de arte que es el jazz: fuerza, sentimiento y autodestrucción. El jazz es una música que se adhiere al espíritu de libertad de las personas, logra adhesión porque su mensaje es transcultural, música de rebeldía y ¿quién sino Charlie Parke con su sonido desprovisto de compasión y el gran músico que ya conocemos todos por su genialidad y su trágica vida, para representar todo esto?



Para celebrar al apóstol del bebop, Eastwood tuvo la audacia de construir su película como un fragmento de jazz, con una exposición melódica muy fuerte (la muerte de Bird a los treinta y cuatro años), luego por rupturas rítmicas de duración variable, bajo forma de flashbacks y de elipsis temporales: un niño tocando el caramillo a lomos de una mula, la gloria precoz con sus reveses, la huida de los "paraísos artificiales", las curas de desintoxicación, el amor de su última compañera, la apoteosis de "Birdland", las giras californianas, la desesperación de verse suplantado por rockeros mediocres... todo sostenido por los coros, solos y elevaciones de cobre componiendo un himno crepuscular de una melancolía extraña y patética.




Los estragos de la droga sobre el gran pájaro migratorio son evidentes y tenidos muy en cuenta, pero con pudor, sin forzar la nota. Cuando Charlie murió el 12 de marzo de 1955 sentado frente al televisor, riendo por una broma en un show de los hermanos Dorsey. Los médicos que le habían hecho la autopsia dijeron que más parecía haber tenido 53 que 34 años. 


Eastwood introduce en esta película de 1988 un leitmotiv donde caen uno platillos de batería sobre el escenario en cámara lenta. Me parece bellísimo este detalle. Cuando Charlie tocó una vez en la Count Basie Band, en Kansas City, y nadie estaba de acuerdo con la manera que tocaba, el baterista Jo Jones, lleno de ira, le arrojó a Bird un platillo a manera de protesta. Charlie se levantó y salió llorando.


El saxo alto de Bird es la voz más expresiva del jazz moderno, ligada en cada nota a la tradición del blues, a menudo con imperfecciones, siempre proveniente de los abismos más profundos de un alma atormentada. Hasta hoy no se ha podido descubrir por qué se hizo músico. El saxo alto Gigi Gryce, uno de sus mejores amigos, afirma: "Parker es un genio natural. Si hubiese sido plomero creo que también hubiera logrado algo extraordinario."



La banda sonora de la película superpone los solos originales del bebop a la base que provee una banda, en la que figuran músicos de la talla de Barry Harris, Ron Carter y Ray Brown, bajo la dirección del también saxofonista Lennie Niehaus. A pesar de la dudosa honradez del procedimiento, el resultado es atractivo y, por momentos, revelador.

Con la película el resurgimiento del bebop recibió nuevas alas gracias a los innumerables lanzamientos de grabaciones de Bird. El mito Charlie se inició de golpe. El disc-jockey Jazzbo Collins prologó uno de los álbumes de discos en su memoria - en el que por fin se presenta por primera vez a un público más amplio la obra del genio, ordenada sistemáticamente - con las siguientes palabras: "Creo que en toda la historia del jazz no ha habido un músico más reconocido y menos comprendido que él."


Película brillante pero no llega a ser lo que debería haber sido. Lamentablemente le falta swing. Magistral Forest Whitaker aunque no llegue nunca a coger como es debido el saxo, y aspectos completos de la tumultuosa existencia de Charlie quedan, por cierto, ocultos: aunque no impide que el maestro de la improvisación instantánea haya encontrado en Clint Eastwood a un ornitólogo inspirado. 


                             

domingo, 20 de abril de 2014

Me sigue gustando Molière


Teatro Palais Royal, París

"La hipocresía es el colmo de todas las maldades."
Molière

Tres días a la semana, la alta sociedad parisina del siglo XVII podía acudir al Teatro Palais Royal y verse reflejada en un espejo. En cada velada se representaba una comedia de sociedad del actor y empresario teatral Molière. Las obras de artimañas y engaños, equivocaciones e intrigas, hipocondría y ambición, venganzas y enredos, conductas afectadas y la hipocresía de la vida en la corte. El público asistía con entusiasmo y, de ningún modo, porque Molière disfrutaba del favor del rey Luis XIV. Los espectadores se divertían muchísimo cuando se ridiculizaba el conocido mundo de la etiqueta, de las intrigas, de la adulación y de la vanidad de la corte y de los salones.


En las comedias de Molière, la cultura de la corte y de los salones, "los hombres honestos", las preciosas y las coquetas - y aquellos que les gustaría ser todo esto - son objeto de sátira. Los buenos modales resultan motivos de risa, pero no son caricaturizados. La alta sociedad parisina se ríe de los torpes sobre el escenario, de lo que desearían ser elegantes pero no saben cómo hacerlo, del mentecato del campo que resulta grotesco con su jocoso donaire, de la servidumbre que imita mejor o peor a sus señores y de los burgueses que querrían acceder a la nobleza y que derrochan enormes sumas en clases de baile, canto, retórica y esgrima, y hacen el ridículo, El burgués gentil hombre, 1670. Granujas de medio pelo (2000), de Woody Allen es una historia perfectamente molieriana). El público parisino se divierte, consciente de dominar la alta etiqueta.


En Las preciosas ridículas (1659), Molière apuntaba al refinamiento exagerado de la galantería. La calificación "preciosidad" se refiere al arte de estilo elegante, en el que los gestos corporales y el lenguaje alcanzan un virtuosismo inconcebible. Es obvio que este perfeccionamiento de la etiqueta también puede resultar fallido y generar comicidad en vez de distinción. Molière mostró lo fina que es la línea divisoria entre ambas conductas.


Molière (2007), de Laurent Tirard

En las comedias de Molière, los padres testarudos son engañados por la astucia de sus hijos. Algunas personas que viven en la corte se convierten en objeto de escarnio (Los inoportunos, 1661). El gran dramaturgo desenmascara a hipócritas sin escrúpulos (Tartufo, 1664). La mirada de los espectadores es despiadada. Al final de cada obra se ha desairado públicamente a todos los culpables de vanidad, credulidad, hipocresía o maquinación.

Las tablas del teatro Palais Royal semejan al escenario de los palacios reales. La sociedad cortesana en torno a Luis XIV constituye una gran representación teatral. Los escenarios se sitúan en los grandes palacios del monarca, el Louvre y Versalles. La estrella de las representaciones es el propio soberano. La obra comienza a las ocho de la mañana con el Lever, esto es, cuando el rey se levanta. Se permite que algunos privilegiados nobles asuman ciertos papeles y que bajen la manga derecha o la izquierda del camisón del monarca. La mayor parte de la nobleza juega el rol de público que tiene el honor de poder contemplar el espectáculo. En la sociedad cortesana, todo el mundo está casi siempre bajo los focos y sometido a la mirada y la observación constante de los demás. La burla afina la percepción del propio comportamiento y la visión sobre los errores de los otros. Molière ya hacía el famoso programa de El Gran Hermano, pero con la gente de palacio. Molière es más moderno y audaz que George Orwell en su 1984. Pero solo en las comedias del gran Molière la gente ríe con tranquilidad, porque esta vez - allí, sobre las tablas - le ha tocado a otro.


No existe posibilidad de retirarse, porque en la corte las miradas del mundo recaen continuamente sobre cada miembro de la sociedad, de la misma manera que los ojos del público se mantienen sobre el escenario durante toda la obra. De ahí que en ambos lugares haya que atenerse a las reglas. Un personaje como el de Alceste, de la comedia (mi favorita) El misántropo (1666), se convierte en una figura cómica cuando arremete contra las reglas de la corte. Él quiere ser sincero. Alceste se niega a alabar un mal soneto o a sobornar a un juez e insiste en decirle crudamente a su amante lo que no le gusta de ella. En su delirio contra la adulación, la mentira y el provecho propio, no solo consigue ser tremendamente impopular sino también completamente ridículo.


Un hombre de mundo, afirma su amigo Philinte, debe mantener las formas externas al relacionarse. Es inoportuno y resulta cómico dar rienda suelta a los estados de ánimo y las propias convicciones. Por la boca de Philinte se expresa el sentido común y la aceptación de las normas de la interacción cortesana. El recto Alceste se convierte en objeto de mofa para Moliére. Apenas cien años después este hecho indignaba a Rousseau: en el espíritu de su crítica a la civilización, reprochaba a Molière que hubiera sacrificado una persona realmente sincera a las reglas de una sociedad corrupta. Ay, que iluso era el filósofo de la naturaleza. Molière volvía a anticiparse a las tragedias del mundo. Cada vez estamos más lejos del noble salvaje de Rousseau y es evidente que en nuestro tiempo no ha desaparecido el sufrimiento de Alceste (la mayoría de nosotros); se ha prohibido su manifestación pública.



El oficio de actor gozaba de tan mala reputación que la iglesia (los mejores actores del mundo) excomulgaba a los que lo ejercían. Tras su muerte, que le sobrevino en el escenario, mientras representaba (ironía del destino) El enfermo imaginario, solo pudo ser enterrado en tierra consagrada gracias de nuevo, a la intervención del rey, incluso así sin gran ceremonia, con las primeras luces del alba.


                   

viernes, 18 de abril de 2014

Una cabeza llena de películas


Para mi amigo Jorge que se queja de que nunca hablo del cine de Tarantino. Jorge es un fanático de sus películas.

Un solo filme bastó para impulsar a Quentin Tarantino al firmamento del nuevo cine norteamericano: Reservoir Dogs (1992), historia de un asalto fallido que termina en un gran baño de sangre. Intoxicado de cine (vio Grupo salvaje a los seis años), Tarantino señala con delectación los lugares comunes del western y del cine negro, sazonándolos con una dosis de violencia que apunta a la irrisión. 

Y ahora vamos con esa odisea sangrienta y burlesca de dos asesinos, el playboy Vincent Vega (John Travolta) y el místico negro y vegetariano Jules Winfield (Samuel L. Jackson) en la jungla de Los Ángeles.

Para disfrutar de Pulp Fiction (1994) hay que sentir cierta debilidad por la cultura pop, constante objeto de parodia de esta película, aunque no se limita a ridiculizar las fuentes de su inspiración. Tarantino debió de haber visto más películas que Garci antes de dirigir, y además, sin pagar un duro, porque trabajaba en un videoclub. El interior de su cabeza debe de parecerse al restaurante al que Vincent lleva a Mia (Uma Thurman): las mesas son cabrioles de la década de 1950, los camareros y camareras son dobles de los iconos pop: Marilyn Monroe, James Dean, Mamie van Doren y Boddy Holly (Steve Buscemi de camarero). Vincent y Mia participan en un concurso de twist. La forma en que el fofo y maduro Travolta baila es un brillante homenaje a sus primeras películas, sobre todo a Fiebre del sábado noche (1977).


Con sus irónicas alusiones a la cultura pop y cinematográfica, Tarantino roza a veces el mal gusto. En la escena de "El reloj de oro", un ex prisionero de guerra y veterano de Vietnam (Christopher Walken) llega a casa del pequeño Butch (Bruce Willis) para darle el reloj de oro de su padre. La escena empieza con el tono kitsch de cualquier filme sobre Vietnam, pero pronto deriva en el absurdo y la escatología cuando Walken describe al chico con todo detalle el oscuro lugar donde su padre escondió el reloj en el campo de prisioneros durante años.


Tarantino tiene una enorme facilidad para los diálogos. Las conversaciones de sus protagonistas son tan banales como en la vida real, hablan de todo y de nada, sobre criar barriga, silencios violentos o piercings. Además Tarantino concede mucho valor a pequeños detalles que coronan las historias, como el tostador, que junto con la manía de Vincent de pasar largas horas en el baño, le costará la vida - porque prefiere llevarse una novela policiaca al lavabo antes que una pistola.

El enfoque de la violencia de Tarantino es un tema en sí mismo, siempre presente en la película, aunque rara vez se muestra de forma explícita. El arma es más importante que la víctima. En un filme de acción convencional, la escena es la que Jules y Vincent recorren un largo pasillo hasta llegar al apartamento en el que asesinarán a varias personas, se habría usado para crear suspense, pero en sus película, Vincent y Jules hablan de trivialidades, como dos colegas de oficina camino del bar.



Pulp Fiction evidencia además la maestría de Tarantino en cuanto a la selección de reparto. Los actores desempeñan sus respectivos papeles como una prolongación de sus víctimas. Son "importantes": un Samuel L. Jackson asesino cita versículos de la Biblia antes de matar y una Uma Thurman con peluca negra encarna a la encantadora y chiflada chica de un gangster. Bruce Willis olvida su sonrisa habitual y convence del todo en su papel de boxeador maduro que se niega a rendirse. Un John Travolta con papada y facciones marcadas interpreta al matón más indefenso y bonachón imaginable.


Si en Pulp Fiction hay un tema central, es la "moral" presente en cada una de las historias. Butch no sale corriendo cuando tiene la oportunidad, sino que se queda a salvar la vida de su jefe. Vincent y Jules viven según normas y principios estrictos, y sus acciones están llenas de moralidad. Vincent es tan leal que le cuesta la vida. Jules vive una revelación cuando las balas dirigidas a él fallan su objetivo milagrosamente. ¿Coincidencia o destino? Jules, que cita mal un pasaje bíblico de Ezequiel antes de sus asesinatos, decide seguir el buen camino a partir de entonces. En la última escena, cuando Ringo y Honeybunny atracan la cafetería, Ringo trata de hacerse con el misterioso maletín, pero no ve a Jules sacar su pistola y, en circunstancias normales, sería hombre muerto. Pero Jules, que ha decidido empezar una nueva vida, se apiada de ambos, y eso no es nada normal... Bueno Jorge, el resto ya lo sabes.

Pulp Fiction  se inspira abiertamente en los pulp magazines de los años 30, esas polar escritas como el demonio, pobladas de detectives cínicos y gangsters arrogantes y criaturas venales. El autor ganó la apuesta de adaptar esos viejos esquemas a la época de los asesinos en serie y los matones de barrio. Agrega el subterfugio de una construcción de cajas chinas, heredada de la frecuentación de Jean-Luc Godard, de quien admira películas como Banda aparte, junto con las maquinarias bien engrasadas de un Robert Aldrich (El beso mortal) o de un Melville (Círculo rojo). (Jorge ya te he dicho que tienes que ver estas películas, que Tarantino no ha inventado nada, coño). Estas prestidigitaciones guionísticas, planteadas a través de personajes que no están lejos del Grand-Guignol, ¿son suficientes para hacer de Tarantino un (pequeño) genio? Si Jackie Brown (1998) testimoniaba una cierta madurez, de fondo y de forma me dije si era capaz de pasar a un nivel superior, aquél al que accedieron sus maestros. Pero desde 1998, no lo ha conseguido todavía. 


          

jueves, 17 de abril de 2014

Apuestas contra la mañana


Señoras y señores; esta película de la que voy a hablar hoy me gusta tanto que no voy a ser breve, lo advierto. Su título: Apuestas contra la mañana. Año: 1959. Director: Robert Wise. Actores: Harry Belafonte, Robert Ryan, Shelley Winters, Gloria Grahame y Ed Begley.

Pues vamos allá.



Mediados de los años cincuenta en una pequeña ciudad de mierda a unas 100 millas de Nueva York. Una tarde asquerosa de viento frío a finales de otoño. Unas imponentes formaciones de nubes deprimentes suman al cielo. De vez en cuando, el sol traspasa con rayos deslumbrantes la oscura y maldita capa de nubes y cae sobre un río que fluye lentamente. Tres neoyorquinos, dos blancos y un negro, esperan en distintos puntos a lo largo de la corriente que pase el tiempo. El escenario tiene un aspecto amenazador, se anuncia algo sombrío y violento. La espera parece prolongarse en el infinito. Aunque a los tres hombres no les unen demasiadas cosas, hoy son un grupo, hoy persiguen un mismo objetivo. Van a asaltar un banco.



En este extraordinario filme de cine negro, el clásico del héroe trágico está ligado una vez más a la inevitable frustración del individuo, y la desesperación típica del género se capta en imágenes contundentes. Hojas sueltas de periódico vuelan por las calles desiertas, sale vapor de las alcantarillas y, al oscurecer, las luces de la gran ciudad se reflejan en los charcos de lluvia. El gran director Robert Wise transforma en un paisaje de vasta soledad incluso la zona suburbana que cruza los tres hombres en su camino hacia el banco.



En realidad, ninguno de los tres está seguro del asunto. Ni por asomo pensaban atracar algún día un banco, pero no han tenido fortuna en esta puerca vida y, poco antes del momento decisivo, se puede ver la desesperación escrita en el rostro de cada uno. Johnny (Harry Belafonte), el músico de jazz de color tiene deudas de juego y necesita urgentemente 7.500 dólares. Vive separado de su mujer y su hija. Le gustaría ser el hombre rico y de éxito que pretende aparentar con su ropa elegante y cara. Sin embargo, ahora está sentado en la orilla, mira hacia el río y descubre una muñeca tirada entre la maleza.



Earle (Robert Ryan), un grandullón que se irrita fácilmente, es un racista de Oklahoma que ya estuvo en la cárcel por homicidio. Desde su excarcelación vive con Lorry (Shelley Winters), una oficinista trabajadora y con éxito. Pero la vida emancipada de la mujer hiere su orgullo masculino pequeñoburgués. Se siente como un perdedor nato. Ahora, junto al río, carga con su escopeta de caza y dispara, sin apuntar siquiera, a un conejo.



El tercero es el más viejo de los tres pringados de la vida, el rechoncho Dave (Ed Begley), un ex policía despedido sin honra de cuerpo, que estuvo un año preso por haber encubierto a un jefe de la mafia ante la justicia. Se aloja con su perro pastor en una pensión de tres al cuarto de la que quiere salir de una vez. Es el instigador del atraco y lo ha maquinado todo meticulosamente, de manera que nada puede salir mal, pero no contaba con los resentimientos de Johnny y Earle... En lo alto, por encima del paisaje fluvial, Dave está recostado en un banco con vistas panorámicas y practica su puntería con piedrecitas contra una lata vacía situada a sus pies. Así mata el tiempo hasta el momento del atraco, que está fijado a los 18 horas.



Diez minutos dura esta secuencia previa al asalto, impresionante y extraordinariamente pobre en acción, transcurridas unas dos terceras partes de la película. Se acompaña de un sorprendente y genial tema de jazz, escrito para la película por John Lewis, integrante del Modern Jazz Quartet. La secuencia es uno de los pasajes más tranquilos y, aun así, más emocionantes que jamás se había montado en el cine antes de una acción. Hace aumentar la tensión hasta lo inconmensurable. Después de la detallada historia preliminar, con la presentación de los personajes y los conflictos que se van agravando entre ellos, los espectadores desean que el atraco al banco se realice de una vez por todas.



Apuestas contra la mañana ofrece un ejemplo de la genialidad del director para tratar el tiempo como elemento creativo. Robert Wise se muestra igual de virtuoso manejando el espacio, que organiza con una gran profundidad de campo, rodada como un filme especial de infrarrojos y fuertes contrastes, están calculados con exactitud y explican algo sobre la psicología de cada uno de los tres protagonistas. Robert Wise domina su oficio, por algo empezó su carrera como montador y se encargó del montaje para Orson Welles de la película Ciudadano Kane.




Cuando el reloj del Banco Nacional toca las seis, Johnny y Dave ocupan en seis imágenes sus posiciones. El tiempo narrativo se acerca al tiempo narrado. Comienza el atraco. En la penúltima imagen de esta magnífica película, se lee una placa: "Stop - callejón sin salida". Luego, la cámara desciende a un charco oscuro donde se refleja el cielo.




                               

lunes, 14 de abril de 2014

El Tiempo Ganado cumple "Siete" años


De niño mi cuento favorito era El gato con botas de Charles Perrault y lo que más me gustaba de la historia era esas botas de siete leguas. Soñaba con ellas para alejarme de todo. Además quería ser como ese gato porque los gatos tienen siete vidas. Cuando cumplí siete años me llevaron por primera vez al cine para ver Blancanieves y los siete enanitos. Eran siete porque los hermanos Grimm pusieron su crítica oculta de la rutina en los siete días de la semana. Me aficioné al cine de inmediato y descubrí que siempre era El séptimo de caballería, de Joseph H. Lewis quien venía a salvar, los domingos por la tarde, a los pocos que les quedaban intactas sus cabelleras. El siete era el número de la esperanza de los desamparados porque siete fueron los samurais de Kurosawa y siete los magníficos de John Sturges. Para los fieles creyentes dios descansó el séptimo día después de cagarla bien con su obra, pero más tarde le dieron a Buster Keaton siete ocasiones y le salió mucho mejor la historia. 



En la Biblia el siete es considerado el número perfecto. Siete días de mayo, de Frankenheimer y siete fueron los mares que surcaron los aventureros más intrépidos. Siete mujeres atrapadas por Mark Rosman y otras Siete mujeres se liberaron y cerraron la obra del maestro Ford. Stanley Donen les dio siete novias a siete hermanos y el italiano Franco Giraldi le gustó tanto que realizó  un spaghetti western inspirado en Donen titulado 7 mujeres para los McGregor y le cogió el tranquillo al asunto de tal modo que realizó otra titulada 7 pistolas para los McGregor. Siete son las notas musicales.




El séptimo cielo de Frank Borzage y otra El séptimo cielo de Henry King. Siete pecadores, de Tay Garnett y A siete millas de Alcatraz de Edward Dmytryk. La séptima víctima de Mark Robson y otra La séptima víctima de Claude Pinoteau y La décima víctima de Elio Petri protagonizada por Marcello Mastroianni y Ursula Andress, no, no me he equivocado, porque esta película está basada en un relato de Robert Sheckley titulado (otra vez) La séptima víctima. La séptima cruz de Fred Zinneman y la cruz que lleva Antonio Casal cuando descubre un montón de seres cheposos en  La torre de los siete jorobados de Edgard Neville. Siete colores tiene el arco iris.



Ingmar Bergman imprime para siempre El séptimo sello y La tentación vive arriba del viejo zorro Billy Wilder, no, tampoco me he equivocado porque esta película lleva por título original: The Seven Year Itch. Y Simbad y la princesa, de Nathan Juran, no, tampoco me equivoco, esta película se titula en inglés: The 7th Voyage of Sinbad. The 7th Dawn, de Lewis Gilbert y con William Holden. Las siete colinas de Roma, de Roy Rowland y La madonna de las siete lunas, de Arthur Crabtree y La casa de los siete halcones, de Richard Thorpe. The Seventh veil, de Compton Bennett. El séptimo hijo, de Segei Bodrov y 7º cielo, de Andreas Dresen. El Siete machos de Cantinflas. Los siete sabios de Grecia.



Siete veces mujer, de Vittorio De Sica y Siete mil días juntos, de Fernando Fernán-Gómez. Siete son las maravillas del mundo antiguo y siete los pecados capitales. Seven, de Davi Fincher y Seis días y siete noches, de Ivan Reitman y Siete hombres al amanecer, de Lewis Gilbert. Ay, ay, que se me olvidan ... Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta. A ver, a ver... Siete años en el Tíbet, de Jean-Jacques Annaud y Siete almas, de Gabriele Muccino. Y las películas de OO7. ¿No valen? Bueno pues pongamos dos películas de Vincenzo Cascino: 7 donne d'oro contro due 07 y Le 7 cinesi d'oro. Estas dos películas no hay quien las entienda, de verdad, surrealismo puro y duro. Siete días y siete noches, de Reitman y Siete días en utopia, de Matt Russell. Las siete partidas de Alfonso X el Sabio.



El séptimo continente, de Michael Haneke. Siete psicópatas, de Martin McDonagh. Siete días de enero, de Bardem. El 7º día, de Carlos Saura. Séptimo, de Patxi Amezcual, 7 cajas, de Juan Carlos Maneglia. 7 el número equivocado, de Paul McGrigan. Siete días de vida, de Sebastian Niemann. Les 7 jours du talion, de Daniel Grov. Ay, me siento aturdido  de tanto pensar en este singular número y me acuerdo de Cómo el número 7 se volvió loco, de Bram Stoker que es como me estoy volviendo yo intentando salir ileso de este embrollo, de este séptimo aniversario de este blog creado en el 2007. Buf.


Bob Dylan compuso su clásico Seven Days interpretado hasta la saciedad por un montón de artistas pero a mí me gusta mucho la versión del viejo Ronnie Wood. Gracias a todos y a todas por estar aquí, en este espacio tan pequeñito en medio de un océano tan grande y extraño como internet.