viernes, 27 de marzo de 2015

Viajar hacia la nada



Corría el año 1969 y un tal Dennis Hopper escribía, dirigía y coprotagonizaba un filme que pasaría a los anales del cine norteamericano, y tal vez mundial, porque entronizaba una historia de peregrinaje juvenil para mitificar el esquema del road movie como formato para desarrollar la búsqueda de la propia utopía... en general, sin conseguirlo. Junto a él, dos grandes de la interpretación, Peter Fonda y Jack Nicholson, construían un trío fascinante de buscadores del sentido existencial a lo largo y ancho de unos Estados Unidos en momentos de interrogantes y de esperanzas un tanto controvertidas. Con el Festival de Woodstock como trasfondo, y todavía más allá la revolución de mayo parisina, que alcanzó a casi todo el planeta, si bien de forma un tanto diversa. Easy Rider (1969) se titulaba la película.


Me permito introducir ese Nebraska (2014), de Alexander Payne, que recoge el espíritu itinerante del filme traído a colación, pero desde intenciones temáticas diversas en todos los sentidos. Permanece la estructura pero desaparece la juventud en cuanto tal. Un detalle de nuestro tiempo. 

Filme en excelente blanco y negro, recorre los campos de Nebraska, lugar de nacimiento del mismo Payne, y hace de ellos el escenario de un viaje que realizan padre e hijo menor, ese fascinante y grandísimo Bruce Dern, y su conductor, el cómico traducido a dramático que es Will Forte, con la colaboración impagable de la mujer del primero, una June Squibb bajita, regordeta e impertinente, mujer rural donde las haya y dueña y señora de su marido exmilitar, alcohólico y desmemoriado.


El padre cree que le ha tocado un millón de dólares como premio en una rifa, y seduce al hijo menor, el único que se preocupa de él, para que le acompañe a recogerlos a Lincoln, capital del estado. Desde el principio hasta el final vemos la imagen de un hombre anciano perdido en la carretera en pos de una utopía, dando bandazos, los ojos perdidos en el horizonte, que va y que viene sin sentido, con la melena al viento y su barriga completamente descompuesta, casi al borde del desmayo. Y con toda seguridad, casi al borde de la muerte en vida.


Esta imagen viajera desde la esperanza redentora a la destrucción personal más íntima se produce entre hombres desocupados, entre ciudades empobrecidas donde los viejos sobran, en un territorio norteamericano dominado por la crisis actual, que destruye recuerdos e impide convertirlos en memoria fecunda. Una tremenda vulgaridad ambiental, escondida en los bares, en los garajes, en esas casas rurales yanquis que recitan la escenografía de lo perfecto envejecido y pasado absolutamente de moda. Cuadritos kitsch, butacones orejeros envejecidos y visillos almidonados. Cervezas. Del trabajo a casa. Aburrimiento. Católicos y luteranos. Hábitos adquiridos. Todo en ese perfecto estado de pobreza, tan lejano de ese Este rico y prometedor... por lo menos en el cine. Todo gris.


Cine del bueno sin necesidad de gastos fastuosos, con un soberbio guion de Bob Nelson y una dirección de Payne eficaz. Pero, sobre todo, resplandece la interpretación del veterano Bruce Dern, quien nos conduce de la mano hasta esas llanuras no precisamente verdes, antes bien desérticas, donde el hombre desarrolla la pérdida de su batalla. Algo de todo esto nos está pasando a nosotros, pero nos daremos cuenta más tarde. Porque el premio soñado no existe. En 1969, Easy Rider. Ahora, Nebraska. Siempre lo mismo... pero distinto. Viajar hacia la nada.

CODA FINAL

Sucedió a finales de diciembre de 1981. En una casa de Colts Neck, Nueva Jersey, un hombre entró en un cuarto en el que había una silla, una guitarra vieja, una armónica apoyada en un soporte y una grabadora de cuatro pistas. El hombre cogió su guitarra y colocó la armónica a la altura de la boca. Tras una pausa, apoyó los labios en la armónica y tocó. Del instrumento surgió un sonido solitario y penetrante, agudo y seco. Era un grito en el vació, un grito desnudo e impotente, una súplica. Era el agudo gemido del luto, el canto fúnebre a una pérdida inconsolable. No había allí nadie para escucharlo. No había ningún corazón abierto al lamento. Ese hombre era Bruce Springsteen y la canción en la que palpitaba, "Nebraska". Bruce lloró sus tristes himnos a su grabadora. Habló de solitarios y marginados, de nómadas y criminales, de policías destrozados y de hombres inclinados a creer en algo, en cualquier cosa, en este mundo duro. Describió carreteras perdidas, espectrales refinerías y ciudades sin futuro. Todas las canciones eran crudas, febriles, insomnes. Era un sermón desesperado y primario ante el dolor de la vida. 


Nebraska es un crudo testimonio del poder de la melancolía para sondear los desconcertantes abismos del corazón humano. De su tristeza surgió una obra brillante, un ejemplo inolvidable de belleza desesperada.


                                       

miércoles, 25 de marzo de 2015

Ciclo: mis actores favoritos (Spencer Tracy)


Creo que para Spencer Tracy el cine era su propia vida, más que nada él mismo. Tal vez por ello en sus interpretaciones sobre todo se encontraba su personalidad y su carácter. "El mejor actor del mundo" le llamó un periodista efusivo cuando Spencer fue nominado para el Oscar por El padre de la novia (1950). Pero mucha gente, incluyendo numerosos actores, se mostraría de acuerdo con esta definición.

"¿Cómo puede nadie decir que soy el mejor del mundo? Eso es una tontería. Como toda esta historia de los Oscars. Me complace mucho verme nominado e incluido entre los actores, todos ellos más merecedores del premio que yo, y ese es suficiente honor para mí. Pero, en caso de que ganase, ¿debería considerarme mejor que ellos? Por supuesto que no. Una buena interpretación depende del papel y de lo que el actor en cuestión aporte al mismo. Pero solo él. Yo puedo aportar Spencer Tracy a un papel y nadie que no sea yo puede hacerlo. Yo soy el mejor Spencer Tracy del mundo. Y si quieren darme un premio por eso que me lo den, pues me lo habré ganado."

Esta es una curiosa visión de su propio trabajo, pero no por ello menos cierta. Mi querido Spencer no interpretaba papeles, los papeles le interpretaban a él. Sus interpretaciones eran parte de él mismo. "Eran" él.

Descubrió esta especial forma de enfocar su carrera durante los ensayos de The Last Mile (1930). Se trataba de una de las obras teatrales más destacadas de la época, en la que se cuestionaba el derecho de la sociedad a quitarle la vida incluso a los asesinos. Chester Erskine la dirigió en un nuevo estilo de realismo, que había conseguido introducir con éxito en anteriores producciones, un realismo auténtico nacido de un mundo sumido en la Depresión económica, de un mundo que no soportaba ya los eufemismos. La obra tenía como protagonista a un asesino convicto y confeso que esperaba el cumplimiento de la pena capital en las celdas para condenados a muerte de una prisión americana, y que prefiere morir en violenta protesta en lugar de como una víctima pasiva.

El bueno de Spencer había aparecido anteriormente en toda una serie de obras de lo más diverso. Se trataba de un actor prometedor que en ocasiones había dado muestras de verdadero talento. Erskine había visto alguna de sus interpretaciones y no le convencía demasiado como candidato para interpretar el protagonista de The Last Mile. Estaba a punto de descartarle, cuando se acordó de algo ocurrido durante una breve entrevista entre ellos. Como era casi el momento de la cena, le invitó a que se uniese a él en una ronda por los distintos teatros de la ciudad. Entonces, en una atmósfera menos tensa, se dio de repente cuenta mientras hablaban de que debajo de la superficie había un hombre apasionado, sensible, violento y desesperado; no se trataba de un hombre vulgar y era, por tanto, un tipo adecuado para el papel.


La noche del estreno, Erskine se situó al fondo del teatro y comprobó cómo, después de unos comienzos tímidos e inseguros, iba dándose cuenta de su propio poder según el público iba entregándose a la obra y respondiendo a su vigorosa personalidad y capacidad como actor. Comprendió que se había descubierto a sí mismo como intérprete y también él lo sabía. Aquella obra y su interpretación lanzaron a Spencer a un estrellato permanente. Como es lógico, era inevitable que el nuevo realismo del teatro pasase al cine, sobre todo en aquellos momentos de transición entre el mudo y el sonoro.


John Ford fue a Nueva York y vio The Last Mile. Se sintió fascinado con Spencer y le invitó a rodar una película con él. Resultó ser Up the River (1930), una comedia burlesca sobre las cárceles sin ninguna calidad. Fue un desafortunado comienzo para Spencer. La Fox, la compañía que le había contratado, le encasilló en papeles parecidos y siempre en películas de poca calidad, aunque sus interpretaciones superaban siempre con mucho la banalidad de las mismas. Finalmente, consiguió un respiro gracias a los críticos de cine que se quejaron de cómo se estaba desperdiciando su talento, y pudo trabajar en algunas películas interesantes, sobre todo Poder y gloria (1933), un brillante estudio de Preston Sturges sobre el ascenso de un industrial, en el que Spencer alcanzaba la madurez como actor cinematográfico en un papel a su altura.


Pero, este período de "luna de miel" duró poco tiempo, y Spencer se encontró nuevamente encasillado en los papeles de siempre. Pero ya había aguantado demasiado y se rebeló. Tras una serie de airadas protestas y de mal comportamiento, la Fox rescindió su contrato. Poco después, firmaba con la MGM. Empezaba así la segunda y crucial fase de su carrera.


Louis B. Mayer, director de la Metro, no estaba convencido de que Spencer tuviese "sex apeeal", por lo que le hizo interpretar San Francisco (1936) junto a Clark Gable y Jeannette MacDonald, que eran las verdaderas estrellas de la película. Cualquiera mínimamente familiarizado con la vida privada de Spencer podría haberle asegurado a Mayer que está muy equivocado a este respecto, como descubrió Irving Thalberg, el jefe de producción de los estudios, que le emparejó con algunas de las estrellas más hermosas de Hollywood, a las que conquistaba en la pantalla siempre que el guion lo permitía, y fuera ella, lo permitiese o no. 


La MGM se dio pronto cuenta de que había conseguido una gran estrella merecedora de los mayores cuidados. A diferencia de otras, Spencer no se estereotipó nunca ni repitió el mismo personaje en distintas películas. Lo más asombroso de los papeles que interpretó consiste en su gran variedad: hizo de víctima inocente en Furia (1936), de Fritz Lang, de encantador pescador portugués en la adaptación de la obra de Kipling Capitanes intrépidos (1937), de amable sacerdote en Forja de hombres 1938 (recuerdo que esta película la vi en el cine de niño y me dejó impresionado), de intrépido explorador en El explorador perdido (1939), de Pilón, un campesino mexicano algo ratero, en la adaptación de la obra de John Steinbeck La vida es así (Tortilla Flat, 1942), o de piloto en Dos en el cielo (1943).


Mi amigo Spencer terminó su contrato con la MGM con una vigorosa interpretación en la magnífica Conspiración de silencio (1955), como veterano de guerra que descubre el terrible secreto de una pequeña ciudad de mierda en medio del desierto; por esta gran película se vio nominado al Oscar por quinta vez. Posteriormente apareció en algunas películas del bueno de Stanley Kramer que trataban de temas sociales muy cercanos a sus convicciones personales. Inherit the Wind (1960); era la reconstrucción de un famoso juicio ocurrido en Ohio durante los años 20, y Spencer interpretaba a un abogado que defiende a un maestro procesado por enseñar a sus alumnos la teoría darwiniana de la evolución. En Vencedores o vencidos (1961), encarna al juez encargado de juzgar a criminales de guerra nazi, Y ¿Adivina quién viene esta noche? (1967), la última película de Spencer, tenía un argumento muy osado para su época: los protagonistas, encarnados por Spencer y Katharine Hepburn aceptaban el hecho de que su hija se casase con un negro.


Su famoso emparejamiento con Katharine Hepburn comenzó en 1942 con The Woman of the Year. Se trató de un hecho histórico tanto profesional como personal. Durante los veinticinco años siguientes, vivieron juntos y aparecieron en una larga serie de maravillosas películas. Las mejores fueron, quizá, dos sofisticadas comedias, La costilla de Adán (1949), y Pat and Mike (1952).


Cuando trabajaba, Spencer era muy estricto consigo mismo. Se estudiaba el guion a fondo y buscaba su lugar en el argumento. Se aprendía rápidamente los diálogos y rara vez pedía que se introdujeses cambios en los mismos. Siempre confiaba en su capacidad para decirlos, cualesquiera que fuesen. No realizaba ningún tipo de improvisación. Escuchaba atentamente durante los ensayos e intentaba hacer lo que se le pedía. Los directores estaban encantados con él. 

Como estrella, Spencer evitaba la publicidad y las entrevistas, lo que no le hizo muy popular con los chicos de la prensa. "No tengo por qué hacer todas esas cosas", solía decir, "todo el mundo sabe cómo soy. Me ven en las películas. Ese soy yo".


Pero tras el rostro fuerte, sereno y confiado de Spencer se ocultaba un hombre airado propenso a la autodestrucción. Cuando los problemas o tensiones se hacían insoportables, bebía salvajemente. No es el único caso entre los actores. Hay muchos, demasiados, que también lo hacen. En cierta ocasión, hablando con Erskine de estas cosas, éste le sugirió que podía deberse al hecho de que la condición de actor convierte a una persona en su propio instrumento, por lo que corre siempre el peligro de la esquizofrenia o personalidad dividida. Sonrió: "¿Jekyll y Hyde? Sí, he interpretado ese papel. Puede ser. Puede que interpretar no sea trabajo para un adulto."

-Gracias Spencer; hoy me has dejado que cuente tu vida. Y gracias por todos los momentos que me has dado a través de una pantalla.
-No hay de qué, mi querido Paco.


lunes, 23 de marzo de 2015

Ciclo: mis actores favoritos (Walter Brennan)


Mi viejo amigo Walter Brennan nació en 1894, y comenzó a trabajar como extra a mediados de los años 20; es decir, al mismo tiempo que su gran amigo, Gary Cooper. En 1927 empezó a hacerse un nombre en westerns de serie B. Este tipo de películas le venía como anillo al dedo, y continuó trabajando en ellas, aunque sin convertirse en una especialidad. Antes de la primera guerra mundial, Walter había realizado su aprendizaje como actor en el campo del vaudeville, y adquirido una gran confianza en si mismo y su característica exuberancia. Esas cualidades encontraron salida natural en los personajes rústicos y llenos de color que le ofrecía el género del western, desde Northwest Passage (1940) hasta También un sheriff necesita ayuda (1969).


Por ejemplo, en Río Bravo (1959), interpretó el papel de Stumpy, un cascarrabias e inútil ayudante del sheriff, encarnado por John Wayne. Esta sería una de las actuaciones más celebradas de toda su carrera. En la famosa escena de la canción My Rifle, Mi pony and Me, Walter toca la armónica de verdad, porque también fue un consumado cantante de country. Llegó a grabar, incluso, unos cuántos discos. Curioso este Walter.


El primer papel importante de Walter fue en Noche nupcial (1935), y Samuel Goldwyn le contrató para que sirviese de contrapunto a actores tales como John Wayne, Spencer Tracy, Gary Cooper y Joel McCrea. La sobriedad de estas grandes estrellas se veía acentuada por la extroversión de Walter: sus risitas ahogadas en Río Bravo, sus teatrales homilías en Sargento York (1941), sus incontenibles peroratas en Tener y no tener (1944), y sus filosóficos discursos en Río Rojo (1948) contrastaban enormemente con el laconismo y las monolíticas interpretaciones de los protagonistas de estas películas. 


Al viejo Walter le encantaba interpretar esos papeles de viejo cascarrabias que prodigaban consejos no solicitados e interrumpía constantemente a los demás para dar opiniones a las que nadie prestaba la menor atención. Había en él algo eminentemente cómico; su aparente ingenuidad hacía que a los espectadores les costase mucho trabajo tomarle en serio. Sin embargo, su gran humanidad salía siempre a la superficie, y sus orígenes rurales aseguraban que su espontaneidad fuese en todo momento auténtica.


El propio Walter dividió sus películas en dos categorías: aquellas en las que llevaba dentadura postiza y aquellas en las que no. Tras verse herido y gaseado durante la primera guerra mundial, tuvo siempre una salud muy delicada, lo que quizá le empujó a especializarse en papeles de hombre mayor e incluso anciano, aunque, cuando quería, podía interpretar también a la perfección otros muchos papeles.


Walter hizo gala de su talento en numerosas ocasiones, abordando con total seriedad papeles completamente diferentes. Por ejemplo, en Pasión de los fuertes (1946), su interpretación, recia y sombría, y su aspecto amenazador contrastaban enormemente con su acostumbrado buen carácter. Tampoco cabe olvidar su digna y magnífica interpretación en Los verdugos también mueren (1943), de Fritz Lang, en la que encarnaba a un intelectual humanista. En conjunto, su carrera es una de las más ricas y variadas de todo Hollywood.


Tras Río Bravo, Walter fue espaciando sus apariciones en el cine, del que se retiró tras rodar un último western, También un sheriff necesita ayuda, aunque continuó trabajando regularmente para la televisión. El pobre murió en 1974, tras haber intervenido en más de 120 películas.

¡Cántanos algo, Walter!


                              

viernes, 20 de marzo de 2015

Ciclo: mis actores favoritos (Errol Flynn)


"Me gusta mi whisky viejo y mi novia joven."

Frase favorita de Errol Flynn


De niño flipaba con las películas de Errol Flynn, tanto como con los dibujos animados del Demonio de Tasmania, y mira por dónde, que con el tiempo, descubrí que Errol nació en Tasmania, en 1909. Cosas de la vida. 

Errol probó suerte como buscador de oro, cazador, contrabandista de diamantes y policía antes de rodar su primera película en Australia. Tras debutar en Hollywood haciendo de cadáver, se convirtió en la mayor estrella del cine de acción de los años 30 y se hizo igualmente famoso como juerguista empedernido. 


Durante su aprendizaje en la Warner, el estudio probó a Errol en géneros distintos del cine de aventuras, por ejemplo en una comedia de Michael Curtiz, The Perfect Specimen (1937), un drama de época de Anatole Litak, Las hermanas (1938), pero pronto se ajustó al dictamen, atribuido a Jack Warner, de que Errol debía aparecer siempre peleando o fornicando. A pesar de su acento inglés, se convirtió en el héroe perfecto de las películas del Oeste, trabajando a las órdenes de Curtiz en Gold Is Where You Find It (1938), Dodge, ciudad sin ley (1937), Oro, amor y sangre y Camino de Santa Fe (ambas de 1940) antes de poner fin a su colaboración.



Entonces la Warner le asignó a Raoul Walsh como director casi fijo, y con él realizó una serie de películas, siendo la primera de ellas Murieron con las botas puestas (1941), en la que Errol interpretaba al general Custer. Pero de los siete vehículos para Errol dirigidos por Walsh no todos fueron producciones de serie A o películas de calidad. Por ejemplo, Persecución en el Norte (1943), en la que Errol sigue las huellas de un piloto nazi por todo el Canadá, resultaba muy poco plausible, estaba llena de personajes esquemáticos y de diálogos cargados de una simplista propaganda bélica. Errol no pudo incorporarse al ejército por razones de salud y, al igual que John Wayne, se vio obligado a librar sus batallas delante de las cámaras.


El guionista y director de la Warner, Vicent Sherman, cree que las críticas que se le lanzaron durante este periodo y la hostilidad general de la prensa le afectaron mucho:

"Todo el mundo solía pensar que no le importaba lo más mínimo su carrera o que se burlaba de la profesión de actor. Yo, personalmente, opino lo contrario. Creo que era sumamente sensible al respecto y que le dolía mucho cuando le atacaban. Al día siguiente se dedicaba a beber. Acudía al estudio a las nueve en punto, pero no salía de su camerino hasta las once. Tenía siempre al lado un extraño doctor, que le ponía continuamente inyecciones..."


A finales de 1942 Errol se vio acusado de violación por dos adolescentes y, aunque se le declaró inocente y, aunque sirvió para convertirle en objeto de bromas y chistes de mal gusto y para ser considerado una especie de sátiro durante el resto de sus días. El alcohol y las drogas se convirtieron en parte permanente de su vida y una serie de matrimonios fracasados contribuyó a aumentar su inestabilidad personal y problemas financieros. Ay, Errol, la vida es un desatino.


Su última película importante para la Warner fue Objetivo Birmania (1945). Las proezas de Errol en ésta y otras películas bélicas hicieron que se le conociera como "el hombre que ganó la guerra con una sola mano". Empezó a llevarse mal tanto con Walsh como con el estudio, que solo le ofrecía ya papeles rutinarios y sin interés alguno. Entre rodaje y rodaje, se dedicó a recorrer el mundo en su yate y, en uno de sus viajes, conoció a otro rebelde de Hollywood, Sterling Hayden, que estaba huyendo de la caza de brujas del puto McCarthy. Pero el viejo Sterling estaba dotado de un gran amor natural hacia el mar y de un mayor instinto de supervivencia.


Hacia mediados de los 50, Errol se vio reducido a ser una especie de sonámbulo que paseaba su figura en otros tiempos arrogante por porquerías tales como Istanbul (1956), y parecía irremisiblemente abocado a la autodestrucción. Henry King le devolvió algo de su dignidad personal y artística dándole el papel de Mike Campgell en su adaptación de la novela de hemingway The Sun Also Rises (1957). Errol respondió bien al reto, interpretando maravillosamente su papel de perdedor vencido y alcoholizado, pero dotado de un encanto y sentido del humor, que le convertían en último extremo en digno de simpatía y respeto.


Paradójicamente, mi estimado Errol, interpretó a continuación a John Barrymore, que había sido en otros tiempos amigo suyo y compañero y compañero de borracheras y parrandas en Too Much, Too Soon (1958), pero la película contaba con un mal guion y una dirección todavía peor.

Un tercer papel de borrachín, en Las raíces del cielo (1958), de John Huston, sirvió para que Errol ofreciese una actuación convincente, pero la película fue también un fracaso económico. Errol tocó fondo en su carrera, viéndose obligado a firmar un contrato con un productor de películas de mierda y a escribir un vehículo para sí mismo y para su amiguita del momento, Beverley Aadland, de diecisiete años.


Titulada Cuban Rebel Girls (1959), la película fue un desastre y un triste final para la carrera del aguerrido héroe, que había sabido ser el mejor Robin Hood, el mejor general Custer y el mejor capitán Blood de la pantalla. El director de la película Cuban Rebel Girls, Barri Mahon, escribió:

"Errol Flynn fue, probablemente, el mayor símbolo de masculinidad y virilidad de la era moderna. Se consideraba un fracaso como actor. Le hubiera gustado conseguir un Oscar, pero los papeles en los que se le encasillaba no le dieron nunca la oportunidad de lograrlo. Estaba muy resentido con la industria del cine por no dejarle ser lo que él quería y, sin embargo, era la personificación del galán atractivo y sonriente que se lleva a las mujeres y al público de calle."


Errol murió de infarto el 14 de octubre de 1959 durante un viaje a Vancouver para intentar vender su yate y conseguir algo de dinero.

Por esa fecha hizo una declaración:

"Lo que me ha causado todos mis problemas, la razón de mis éxitos y mis fracasos no ha sido la bebida, las drogas o el sexo, sino la curiosidad. Soy incapaz de superar la tentación de mirar un cubo de basura, un buen libro, una botella o bar nuevo o viejo, o de vaciar una bolsa de papel llena de cosas."

No te preocupes, mi querido Errol, mi querido Hood, mi capitán Blood, mi general Custer; para ti serán los tiempos venideros.


jueves, 19 de marzo de 2015

Ciclo: mis actores favoritos (Pepe Isbert)


Ay, no creas que te he olvidado, mi querido Pepe, después de tanto actor americano, italiano y todo eso. Una vez dije de ti que eras igualito a mi abuelo, es más, dije que tú eras el abuelo de todos los españoles. En fin, para dejar constancia del inmenso talento interpretativo lo más acertado sería olvidar las palabras y las adulaciones, y contemplar detenidamente alguna de tus películas que interpretaste en el transcurso de tu dilatada trayectoria como actor. Observar con entusiasmo tu figura casi grotesca y enternecedora, y escuchar tu característica voz, como torpemente surgida de un pozo a medio abrir, basta para reconocer lo admirable de tu saber profesional, quizá descubierto demasiado tarde. 

-¿Me escuchas bien, Pepe?
-Sí, sí, Paco. Dime, dime.


Aunque ya en 1912 las imágenes de Enrique Blanco te convierten en el ficticio asesino de Canalejas, no es hasta ya entrada la década de los 30 cuando adquieres definitiva vocación cinematográfica. Antes tímido intentos como La mala ley (1924) y 48 pesetas de taxi (1929), apenas si entran a formar parte de tu anecdotario profesional. 


Es, no obstante, a partir de los años 40 cuando tu nombre comienza a ser habitualmente tenido en cuenta en los repartos cinematográficos de la época. Alma de Dios y El sobre lacrado (ambas de 1941), Aventura (1942) y Orosia (1943), son algunos de tus primeros títulos de la década. En especial tu interpretación en la primera de ellas, obra de Ignacio F. Iquino, da excelentes muestras de tu carisma como actor: poseedor de una extraordinaria vis cómica, enormemente desenvuelto en tu trato con lo cotidiano, y siempre eficaz en tu hábil dominio de la acción. Vamos, ni Tom Cruise en la saga de Misión imposible

-Tampoco exageres, hijo.
-Lo digo de verdad, mi querido Pepe.


A pesar de tan elocuente genialidad interpretativa, tu paso por los 40 apenas si logró traspasar la frontera que delimitaba alos actores secundarios. Como Romea o Riquelme, permaneciste a la sombra de las estrellas del momento, aunque, también como aquéllos, dando siempretanto de sí, que tus largas o breves intervenciones estaban llenas de entusiástica y maravillosa voluntad. Así, por ejemplo, en Ella, él y sus millones, Te quiero para mí, Mi enemigo el doctor (las tres de 1944) o Un hombre de negocios (1945), recreaste tus personajes con un sentido de la situación cómica al que pocos han logrado llegar. Esa era quizá tu mayor virtud, la que no dudabas en poner en práctica, aunque la narración no se perdiera en intenciones de comedia.


Pepe en La gran familia (1962), de Fernando Palacios

Pero, posiblemente, tus grandes momentos se producen durante los años 50 y 60. Primero, gracias a la inteligente utilización que de ti hace Luis García Berlanga, como el alcalde sordo y retórico de Villar del Río en ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953), y con posteridad debido a su insuperable papel en El cochecito (1960), de Marco Ferreri, en la que tu inmensa humanidad desborda el arte de interpretar en un personaje que busca ansiosamente permanecer al lado de los suyos.


En El verdugo (1963)

En uno y otro filme creas una forma única y excepcional de actuar, con la que habrá de escribir parte importante de la historia del cine español. Por fin alcanzas el protagonismo que tiempo atrás se ta había negado, aunque tal vez nunca necesitaste de él para demostrar que eras "actor", sin más. Cuando en 1966 te fuiste para siempre, el tiempo te dio la razón de ello.

-¿De verdad que soy mejor que ese Tom Cruise, Paco?
-No lo dudes ni un solo momento, querido Pepe, no lo dudes.
-Gracias.
-Adiós, abuelo.
-Adiós, mi querido nieto.
                              
                            

martes, 17 de marzo de 2015

Ciclo: mis actores favoritos (James Stewart)


Fuiste el americano "medio" por excelencia, mi querido Jimmy, fuiste amado y admirado durante más de cinco décadas. Padre de familia de intachable reputación. Construiste tu carrera cinematográfica sobre esa imagen. Sin embargo, en los últimos años de la misma hiciste gala de una desconcertante versatilidad y te dedicaste a interpretar papeles que revelan el lado más oscuro de tu personalidad. Quiero ser sincero contigo, Jimmy, cuando yo andaba descubriendo todo esto del cine, tus películas las dejaba en un rincón aparte; me decía: "Yo voy de Steve McQueen, de Paul Newman, y si una chica me da calabazas, no lo dudo, voy de Lee Marvin", pero siempre, desde un lugar remoto de mi interior, te admiraba y te admiro, claro.


Es posible que ninguna otra estrella del cine haya conocido un periodo de trabajo más rico e importante que el tuyo en los años comprendidos entre 1937 y 1940. Interviniste en El séptimo cielo (1937), Vive como quieras (1938), Caballero sin espada y Destry Rides Again (ambas de 1939), El bazar de las sorpresas e Historias de Filadelfia (ambas de 1940). En estas películas te fuiste consolidando tu personalidad cinematográfica básica: tu característica forma de andar, tu peculiar voz y tu carácter apacible, pero firme.


No obstante, aunque estas películas, a las que pusiste broche de oro ¡Qué bello es vivir! (1946), rodada tras el paréntesis que representó en tu carrera, tu alistamiento en el Ejército, crearon su imagen cinematográfica, no te permitieron demostrar tu capacidad como actor. Eso ocurrió más tarde, varios años después de la guerra, cuando te dedicaste a intentar cambiar conscientemente la idea que el público tenía de ti. ¡Qué bello es vivir! fue el homenaje sentimental de Frank Capra a las virtudes de la América provinciana; pero, en el momento de su estreno, no tuvo éxito, como tampoco lo tuvo Magic Town (1947), tu siguiente película. Es evidente que, con treinta y cuatro años, tras haber pasado las duras experiencias de la guerra, tú eras ya demasiado viejo cronológicamente y demasiado maduro emocionalmente como para seguir interpretando personajes juveniles. A veces, mis amigos más jóvenes, me increpan respecto a mi debilidad por tus películas. Yo saco pecho y les respondo que lo amoral es ver a Brad Pitt, Tom Cruise, Johnny Deep, o Mick Jagger, de eternos jóvenes. No lo puedo soportar, Jimmy.


Empezaste tu proceso de transformación con Yo creo en ti (1948), en la que interpretabas a un duro pero honrado periodista de Chicago que intentaba librar a un inocente de la acusación de asesinato. Ese mismo año iniciaste tu larga y fructífera colaboración con ese gordo genial llamado Hitchcock en La soga (1948), en la que encarnabas a un profesor que se daba cuenta de que sus ideas nazis habían impulsado a dos de sus alumnos a cometer un asesinato sin sentido y se veía, por tanto, obligado no solo a descubrir pruebas del crimen, sino también de su involuntaria complicidad intelectual en el mismo.


Aunque estos dos títulos fueron los que marcaron el inicio de un decisivo giro en tu carrera, los apasionantes westerns en los que trabajaste bajo las órdenes de Anthony Mann entre 1950 y 1955 fueron los que te dieron mayor prestigio como actor. Winchester 73 (1950), la historia de un hombre que busca al asesino de su padre; Horizontes lejanos (1952), en la que ayudabas a un grupo de pioneros a cruzar el país hacia el Oeste; Colorado Jim (1953), en donde interpretabas a un cazador de recompensas; Tierras lejanas (1954), en la que encarnabas a un rudo cowboy y El hombre de Laraime (1955), de nuevo una historia de venganza, figuran entre los mejores títulos del cine del Oeste y entre las mejores interpretaciones de toda tu carrera. 


La imagen que todas estas películas nos dejan de ti es la de un hombre vestido con ropas viejas y gastadas, barba de varios días, cabalgando solo por los desolados paisajes del Oeste en búsqueda de alguna confrontación, y no solo con el "malo" de turno, sino con sus propias obsesiones.

Tal como ha señalado el crítico Jim Kites, seguía habiendo algo del antiguo James Stewart en estos papeles. ¿Estás de acuerdo?

-Bueno...


Mann utilizaba tu lado frágil y simpático para suavizar el cinismo y los estallidos de violencia de los personajes que interpretabas. Tú también, poseías una cualidad que hace que tantos directores como tus compañeros se sientan felices trabajando contigo: tu gran disciplina y profesionalidad como actor. En diversas entrevistas, Mann habló con admiración de tu predisposición a rodar escenas difíciles y arriesgadas (por ejemplo, peleas bajo los mismos cascos de los caballos, planos  en los que tenías que dejarte arrastrar en medio de un fuego, etc.), a someterte a cualquier proceso de aprendizaje (llegaste a convertirte en un experto en el manejo de las armas de fuego); y todo ello para lograr la sensación de autenticidad que caracterizaba estas películas.


En tu papel de hombre alcoholizado de la maravillosa Harvey (1950), intentando explicar al médico que el conejito acaba de marcharse

En general, los westerns dirigidos por Mann no fueron producciones costosas, y tú alternaste tu aparición en los mismos con películas de mayores presupuestos, en las que interpretabas papeles más "civilizados". A veces los resultados eran francamente ridículos, como  en El mayor espectáculo del mundo (1951), de Cecil B. De Mille, en la que hacías de payaso que no se atrevía a quitarse nunca el maquillaje para no ser descubierto por la Policía que te buscaba por un caso de eutanasia.


Otras eran simplemente blancos, como en The Stratton Story (1949), la vida de un jugador de béisbol Monty Strantton, o Música y lágrimas (1953), la biografía de Glenn Miller. En varias ocasiones interpretaste papeles de héroe convencional, como en Strategic Air Command (1955), en la que encarnabas a un Teniente Coronel de la Fuerzas Aéreas en tiempos de paz, o en F.B.I., contra el imperio del crimen (1959), que contaba los veinticinco años de servicio de un agente de dicha organización. Sin embargo, y aunque tus papeles fuesen ridículos, blandos o convencionales, tú seguías siendo un actor popular que los productores incluían en sus repartos.


Pero no todas las películas interpretadas por ti durante este periodo fueron mediocres (si vieras lo que se hace hoy). También interviniste en la película que más veces he visto y veo, Harvey (1950), la maravillosa historia de un hombre alcoholizado que tenía como compañero a un conejo imaginario (si supieras a quién tengo yo, mi querido Jimmy), y en la que realizaste una notable actuación. ¿Y qué decir de tus películas con Hitchcock? Estabas magnífico en tu papel de fotógrafo de revistas inmovilizado en tu habitación de La ventana indiscreta (1954), en el que resultabas tan dulce y encantador como en tus primeros tiempos, aunque tampoco conviene olvidar el lado "voyeurístico" de tu personaje. 


En Vértigo (1958), interpretaste a un detective obsesionado no solo por su miedo a las alturas, sino también por una apasionante historia de amor y necrofilia. Luego interviniste en Anatomía de un asesinato (1959), en un papel que, a primera vista, parecía una nueva versión de los personajes ingenuos y provincianos que interpretaste a las órdenes de Capra, pero que poco a poco se revelaba como el de un hombre astuto y obstinado que intenta encontrar a toda costa las pruebas de la inocencia de su defendido. Estabas espléndido en las secuencias del juicio, en el que te esforzabas por anular a tu oponente, el fiscal encarnado por el no menos genial George C. Scott.


Durante todo este periodo se tenía la sensación de que tú estabas engañando al público, haciéndole creer que el hombre que veían era tú mismo. Es innegable que lo que se sabía de tu vida privada resultaba ejemplar. En un ambiente tan propicio a los chismes y escándalos como el de Hollywood, tu nombre no apareció jamás ligado a la menor noticia sensacionalista. Te casaste tarde (tú sí que sabías), a los cuarenta y un años, pero tu matrimonio demostró ser sólido y duradero y, en 1951, tu mujer, Gloria, dio a luz dos niños mellizos. Es lo que pasa cuando esperas tanto tiempo. ¡Zas! La cagas por doble partida. No me hagas caso, querido Jimmy, soy hijo de mi tiempo.


Durante la II Guerra Mundial habías ascendido de soldado raso a coronel y, entre otras muchas condecoraciones, obtuviste la Flyng Croos por tus 23 misiones de vuelo sobre Alemania (yo voy cada día un par de veces al Mercadona); una vez acabada la guerra, seguiste en el ejército, alcanzando en la reserva el grado de general (yo, a mis cincuenta, sigo estando en el paro). En política te mostraste siempre conservador y habías votado a los republicanos, aunque sin jactarte de ello; y mantuviste una larga amistad con Hernry Fonda, de ideas liberales y progresistas, cuyo origen se remontan a los tiempos en que erais actores noveles en el grupo teatral University Players, a comienzos de los 30.


En cuanto al cine solías decir que "en el campo de la interpretación, lo más importante es considerarla como un oficio, no como un arte y mucho menos como una especie de misteriosa religión". Te gustaba contarles a los periodistas la suerte que tuviste de iniciarte bajo el viejo sistema de producción de los grandes estudios, en el que los actores jóvenes trabajaban duro y se iban formando poco a poco. Pero, digas lo que digas, hay mucho más que simple oficio en tus interpretaciones de esos hombres tranquilos en la superficie, pero llenos de impulsos contradictorios y violentos, curiosamente obsesionados y solitarios. Con el paso del tiempo, tanto los espectadores como los críticos han empezado a considerarte como una figura venerable; sin embargo, no te has dedicado solo a interpretar personajes amables y paternalistas, apacibles tíos o abuelos ( a mí no me engañas, Jimmy). En Bandolero (1968), tu papel era el de un forajido sin escrúpulos, y, en 1970, junto a tu viejo amigo Henry Fonda, interviniste en El Club Social de Cheyenne, en la que encarnabas a un maduro ranchero que adquiere una nueva propiedad... un acreditado prostíbulo.


Tu último papel verdaderamente importante fue el de Cerco de fuego (1971), sobre un antiguo recluso decidido a vengarse de quienes le mandaron injustamente a la cárcel. Tu personaje tiene un ojo de cristal que se saca de cuando en cuando para hablar con él, desconcertando y asustando con su conducta a las personas que se encuentran a su alrededor. Al final de la película, va de un lado para otro con el abrigo lleno de dinamita, dispuesto a prenderle fuego a la mecha y a llevarse a sus enemigos al otro mundo en caso de que no accedan a sus demandas. 


No parece éste el comportamiento más correcto para un general de las Fuerzas Aéreas americanas o para el agradable muchacho de clase media, nacido en 1908 en Indiana, donde su padre poseía una de las ferreterías más importantes. Cabe sospechar, por tanto, que este "ciudadano modelo" es en el fondo un subversivo en potencia, uno de esos actores que utilizan la pantalla o los escenarios con el fin de desfogar sus pasiones y manías secretas, para luego volver a su casa y fingir que el trabajo que han estado haciendo todo el día no es más que una sencilla muestra de "oficio".


En tu etapa de actor maduro te has complacido en revelar los aspectos más melancólicos, instintivos y con frecuencia sombríos de tu personalidad. Tu habilidad para lograrlo sin por ello destruir tu imagen de joven inocente y animoso creada en el pasado te ha permitido efectuar una de las transiciones más asombrosas de toda la Historia del Cine, de cándido actor juvenil a galán maduro fuerte y experimentado. En los últimos tiempos has sabido pasar con idéntica habilidad de galán a actor de carácter, lo que permite apreciar mejor la enorme ductilidad y versatilidad de tu "oficio".

-Joder, Paco, espero que nadie lea todo esto.
-Tranquilo, amigo Jimmy, tengo pocos lectores.
-Eso me satisface en grado sumo. Ya sabes que te aprecio. Siempre te veía en el cine, allí solito y tan pequeño...
-No estaba solo; me acompañaba...
-Déjalo estar, Paco.