sábado, 24 de septiembre de 2016

Serge


"Serge Gainsbourg es el único que ha sabido, ha podido, ha querido, ha debido filmar el for ever que exige el cine."

Jean-Luc Godard

Este tipo narigudo y follador nato, que nos dejó hace ya veinticinco años, vivió una de las vidas más brillantes de la Francia del siglo XX; en ese París de los sesenta que tanto me gusta y fascina. La ciudad de la lluvia, del blanco y negro de Henri Decaë y de Cartier-Bresson , la de los artistas bohemios, la de la nouvelle vague; la ciudad del cigarrillo en los dedos de Jean Seberg en A Bout de Souffle y la de los ojos rasgados de Anna Karina más allá del horizonte; la ciudad donde no había todavía tanto tránsito automovilístico y los alquileres de los apartamentos eran baratos, y la de aquellas librerías de cuyos interiores se leía a Sartre, se fumaba y se escuchaba jazz; la ciudad donde todos los mimos eran Marcel Marceau y los acordeones sonaban a lo lejos, y en las terrazas, en sus maravillosas terrazas se soñaba con revoluciones.



Jean Seberg

Serge Gainsbourg escribió decenas de canciones radiantes, compuso joyas de orfebrería a las que dio formato de disco, sedujo a las mujeres más hermosas de Europa, incluyendo a Brigitte Bardot, Anna Karina y Jame Birkin, casi nada. Se fumó varias toneladas de Gitanes y dejó seco decenas de bares de la rive gauche parisina. Dirigió películas desconcertantes, escribió novelas que nadie entendió y emprendió una carrera de pintor que concluyó destrozando todos sus cuadros. 


François Truffaut en las alturas

Serge fue un poeta maldito y un provocador que vivió mil vidas en una pero ninguna le satisfizo y decidió dejarse destruir por la fama tras cerrar una de las discografías más impresionantes de la historia de la música europea. Fue también un genuino y personal director de cine y un actor singular de un físico diferente, un verdadero cineasta aunque casi nadie, a excepción de la revista Positif y François Truffaut lo valoraran.



Anna Karina en Bande à part (1964), de Jean-Luc Godard

Una vez dijo Gore Vidal que hay dos cosas que nunca hay que dejar de hacer siempre que se presente la oportunidad y Serge lo cumplió a rajatabla: follar y salir por televisión. A ello se dedicó de por vida y a fondo, sin importancia y con amor. Una vez dijo: "El tabaco me ha quitado la voz, el alcohol el hígado, las mujeres el corazón. Pero nadie me robará la barba salvo Bic"

En 1969 Serge y la espectacular Jane Birkin grabaron lo que sería una de las canciones más significativas de la época: Je t'aime. Fue condenada por la Iglesia. ¡Ah, como me gusta el París de los sesenta!


                       

jueves, 22 de septiembre de 2016

Recordando a Anthony Perkins


Con su pulcro aspecto de perpetuo adolescente, Anthony Perkins parece encarnar la normalidad de la Norteamérica tranquila y provinciana. Solo la mirada fija, la sonrisa artera y los gestos nerviosos revelan que debajo de esa fachada se oculta un carácter obsesivo y lleno de fijaciones, un hombre dominado por impulsos asesinos...




A lo largo de los años 40, 50 y 60, la imagen tradicional de la USA rural se fue poco a poco modificando. Una vez superada la idea de que todo era bueno en el "american way of life", comenzó a surgir toda una generación de reprimidos, psicópatas y pervertidos, personajes siniestros capaces de dar muerte a inocentes habitantes de las grandes ciudades, como los motoristas de Easy Rider (1969), o violar a la mujer encarcelada sin motivos (Ivette Mimieux) en Jackson County Jail (1976). El cambio fue más bien gradual; pero, visto ahora, parece como si se hubiese producido en un momento concreto de junio de 1960, cuando el Norman Bates de Psicosis apareció amigablemente en una de las esquinas de Bates Motel, sonriendo plácidamente y buscando un caramelo en sus bolsillos.


Bajo esa apariencia apacible se ocultaba la imagen negativa del típico varón norteamericano: con fuertes fijaciones maternas, en lugar de sentir un amor "limpio" y "respetable" hacia su madre; capaz solo de actos de violencia incontrolada, en vez de la segura agresividad propia del héroe del cine de aventuras; sometido a toda una serie de desviaciones sexuales (de las cuales la más "decente" era el travestismo), en lugar de manifestar unos sanos y posesivos instintos viriles.


El gran Anthony Perkins y el no menos grande Alfred Hitchcock son los grandes responsables de ese cambio de imagen. Los descendientes de Norman Bates son demasiado numerosos como para pasarle lista, pero todos ellos unen sus instintos asesinos a insuficiencias sexuales, y la mayoría presentan el mismo aspecto con el que se describe a Perkins al final de Psicosis, el de un chico "incapaz de matar una mosca"


Y, lo que es más, muchos de ellos han sido encarnados por el propio Perkins, pues, durante al menos una década, se le encasilló sin remedio. Incluso tiende a borrar sus restantes interpretaciones. Parecía como si nadie estuviese dispuesto a reconocer que era capaz de madurar y envejecer. Su aura de adolescente perpetuo hacía que, por ejemplo a los treinta y seis años, pudiera seguir encarnando en Un maravilloso veneno (1968) a un muchacho de diecinueve años... aunque, por supuesto, mentalmente perturbado.


Anthony Perkins nacio el 4 de abril de 1932 en Nueva York, y su padre era el actor de carácter Osgood Perkins. Su conversión en actor de cine no tuvo nada de espectacular: empezó a estudiar arte dramático en la Universidad, trabajó en el teatro en la Costa Oeste, hizo un viaje a Los Angeles... Tras interpretar el papel de Fred Withmarsh en una obra semiautobiográfica de Ruth Gordon, "Year Ago", "en un destartalado teatro de una pequeña ciudad de Delaware", se convenció a sí mismo de que era el actor ideal para la versión cinematográfica de la misma, The Actress (1953). Sorprendentemente, logró convencer también a la MGM, y comenzó su carrera como actor de cine bajo la experta batuta de George Cukor. Luego volvió a los escenarios, hasta que, tres años después, y por recomendación de su representante, consiguió el importante papel de Josh Birdwell en La gran prueba (1956), de William Wyler, y su siguiente película fue ya como protagonista absoluto en El precio del éxito (1957), de Rober Mulligan y producida por Alan Pakula. 


Tras rodar Psicosis, en 1961 se fue a Francia para encarnar al estudiante enamorado de una mujer bella pero solitaria, que le dobla casi en edad (Ingrid Bergman) en No me digas adiós, la adaptación cinematográfica de la novela de Françoise Sagan "Aimez-vous?". Su éxito en Francia fue mucho mayor que en Estados Unidos y, durante los seis años siguientes, Perkins trabajó fundamentalmente en dicho país. En 1968 volvió a Hollywood para intervenir en Un maravilloso veneno, una película que no tuvo demasiada suerte, pero que contiene una de sus mejores interpretaciones. Sin embargo, a partir de entonces los papeles que le ofrecieron no habían sido tan estimulantes como los de la primera etapa de su carrera (al margen de un par de excepciones). Aunque hacía ya mucho tiempo que dejó atrás la juventud, los productores y directores de reparto siguieron viéndole como un adolescente con instintos asesinos y rastreros, por lo que no le había quedado más remedio que rechazar numerosos guiones y dedicarse más intensamente al teatro (como actor y director de escena). 


En 1973, contrajo matrimonio con la hermana de la actriz Marisa Berenson, Berry, quien realizó su debut cinematográfico como su segunda esposa en Remember My Name (1978). Un rasgo significativo de su personalidad cinematográfica lo constituye el hecho de que, en la película, su mujer en la vida real parece menos adecuada para él que su violenta y compulsiva primera mujer, encarnada por Geraldine Chaplin.


Al igual que Jaems Dean, Perkins tuvo numerosos problemas con sus padres cinematográficos. Como el joven cuáquero Jess Birdwell de La gran prueba, su deseo de no quedar como un cobarde entraba en flagrante contradicción con el pacifismo de su padre (Gary Cooper). Al final, es el hijo el que triunfa, aun cuando sus principios le impiden matar. En El precio del éxito, la decisión de su padre de que juegue con el equipo de béisbol, Boston Red Sox, termina provocando el conflicto y la ruptura, ya que no toma para nada en cuenta los deseos del muchacho. Pero, a diferencia de Dean, Perkins traslada esos conflictos al campo del psicoanálisis, y el máximo ejemplo lo constituye Psicosis, en la que su negativa a aceptar la muerte de su madre le lleva a suplantar su personalidad.



En las películas que siguieron a Psicosis, los papeles de Perkins oscilaron casi siempre entre los de malo sospechoso y víctima inocente. En Champaña para un asesino (1967) y Un maravilloso veneno, sus intentos de mantener relaciones heterosexuales (si no normales, sí al menos socialmente aceptables) le llevaban a emparejarse con "mujeres fatales" que parecían justificar todas las reservas mostradas hacia el otro sexo por sus anteriores personajes. A partir de mediados de los 60, el lado más retorcido de su personalidad cinematográfica estuvo casi siempre presente, conduciéndole a actos de violencia o convirtiéndole en víctima perseguida. Estuvo perfecto como el atribulado Joseph K. de El proceso (1962), la vigorosa aunque algo confusa adaptación muy, pero que muy libre de la novela de Kafka realizada por Orson Welles. Al parecer, Welles le dijo a Perkins que no haría la película si no la interpretaba él, pero con Welles no se puede estar nunca seguro.


Desgraciadamente, durante la década de los 70, apenas se le ofrecieron papeles de interés, y ninguno de ellos estuvo a la altura de su gran capacidad como actor. La década de inició prometedoramente, con dos películas en las que volvía a encarnar a la víctima inocente. Como el capellán de Trampa 22 (1970), basada en la novela de Josep Heller, donde su ineptitud terminaba dejándole a la deriva en un mundo lleno de cínicos manipuladores. En Un hombre de hoy (1970), su humanitarismo le convertía en víctima propiciadora de una emisora de radio sin escrúpulos, que utiliza su investigación sobre los abusos de la Seguridad Social como parte de un plan mucho más amplio, y de carácter reaccionario, que da lugar a que sea finalmente linchado por una multitud enfurecida. Su papel en La década prodigiosa (1971) era una combinación de distintos aspectos de anteriores interpretaciones suyas, y Perkins resultaba finalmente destruido como consecuencia de su incapacidad para manejar una relación amorosa, y de sus dudas y sentimientos de culpabilidad con respecto a sus padres reales y adoptivos. Pero luego se le ofrecieron solo papeles menores y que apenas exigían nada de él como actor.


Interpretó un papel de "estrella invitada" en El juez de la horca (1972) el del clérigo ambulante; otro en Asesinato en el Orient Express (1974), el de criado reprimido del hombre asesinado (Richard Widmark). Junto a Tuesday Weld encarnó a un marrullero director de teatro en Play It as It Lays (1972), y a un astuto manager en Mahogany, piel de caoba (1975), con Diana Ross. Su única interpretación destacada en sus últimos tiempos fue la de Remember My Name, de Alan Rudolph, en la que su intento de ocultar diversos aspectos de su pasado en una pequeña y soleada ciudad del Sur de California se ve causal, pero irrevocablemente abortado por la aparición de su primera mujer, que acaba de salir de la cárcel. En esta ocasión volvió a interpretar un personaje complejo y torturado, pero al menos se trataba de su primer papel de adulto, lo que constituye un extraño logro. 



Anthony Perkins en las calles de Barcelona

En honor a la verdad, hay que decir que Perkins apenas cambió en sus últimos años de su vida. Ni fue nunca el típico actor juvenil, e incluso cuando tenía veintiún años parecía como si ocultase una experiencia mucho mayor que la que correspondería a esa edad. Yo tuve el placer de verlo en persona en 1992 en Barcelona cuando vino a esta ciudad para inaugurar la atracción El pasaje del Terror (hoy Hotel Krüger) en el parque de atracciones del Tibidabo. Su presencia era todavía impresionante. Incluso llegó a realizar un anuncio. Luego descubrimos que murió a los pocos meses. 


                     

Recuerdo que su físico era el de siempre: alto, delgado, de hombros anchos y moviéndose con una mezcla de displicencia y seguridad en sí mismo, como si respondiera a un conjunto de normas privadas solo fraccionalmente distintas de aquellas por las que se rige la vida cotidiana.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Había una vez...



Hace ya mucho tiempo el director de una revista, hoy desaparecida, me pidió una escueta reseña sobre la vida de Louis Armstrong. Le dije que cómo de escueta, y me respondió escuetamente: "Tú mismo, pero escueta". ¿Cómo se puede escribir toda una vida en un párrafo?, me pregunté. Entonces me dije que lo interesante sería detenerse en un momento concreto y dar por aludido todo lo demás. Esto fue lo que escribí:

Había una vez un maravilloso río donde pasaban los barcos de vapor, de aquellos que llevaban unas ruedas con paletas situadas a ambos lados del casco a lo largo y ancho de aquel mágico río, hoy convertido en la alcantarilla de América.



Por esos contornos tuvo lugar el 4 de agosto de 1901 el nacimiento de un niño. En la agitación del puerto de la desembocadura del Misisipi transcurrió su juventud, en el antiguo barrio criollo de Nueva Orleans. Sus padres, él, obrero de una fábrica, ella, sirvienta, se separaron poco después de nacer el músico más importante del siglo XX. Nadie se preocupaba gran cosa por él; a veces llegaron a pensar en meterlo en un internado educativo, pero no se llevó a cabo la idea sino hasta que, durante una noche de Año Nuevo, el pequeño Louis empezó a tirotear con la pistola de su padre por puro entusiasmo (solo le faltó decir con el vozarrón que todavía no tenía "¡Oh, yeah!"), causado por el bullicio de Nueva Orleans. Así se convirtió en miembro del coro escolar, que cantaba durante los entierros en el cementerio y en fiestas populares. Su primera instrucción la recibió del maestro de la correccional con una corneta vieja y abollada.


Una de las primeras orquestas conocidas en las que tocó Louis fue la del trompetista Kid Ory, el hombre más importante en su instrumento en Nueva Orleans. El pequeño Louis, de pantalones cortos, pasaba casualmente con su corneta en la mano cuando Kid estaba tocando en una marcha a través de la ciudad. Alguien le preguntó a quién pensaba llevarle el instrumento; Louis contestó con la característica indignación de un niño: "A nadie. Es mía". Nadie quería creerlo. Y el pequeño Louis empezó a tocar.

Antes de llegar esta escueta biografía a la redacción ya había cerrado sus puertas para siempre. Tuvo una vida escueta, francamente.


                       

jueves, 15 de septiembre de 2016

Melmoth el Errabundo


Fotografía realizada por Alex Machuca

"¿Es el escritorio, quizá, el lugar de los fantasmas?"


W. G. Sebald

Después de casi diez años firmando en este blog con mi nombre y apellido ahora me ha dado por borrarlo y ponerme el nombre de Melmoth el Errabundo. ¡Qué misticismo! Total, para que la gente me siga diciendo: "Hola Paco, ¿qué tal?" Pero, ¿por qué el nombre de Melmoth? Muchos de vosotros os preguntaréis, ¿quién coño es Melmoth el Errabundo? 



Melmoth ocupa una curiosa posición central en la historia de la literatura. Como representante tardío y decisivo de la tradición gótica en la narrativa, la obra contiene muchos de los rasgos claves del género: paisajes exóticos, salvajes y remotos, historias inusitadas, trampas laberínticas y una atracción peligrosa por la Europa protestante y católica. La cuestión de la identidad aparece en un primer plano desde buen principio, mientras conocemos a John Melmoth, un joven estudiante que recibe una herencia de su tío. Entre las posesiones heredadas se halla un manuscrito que narra la historia de un antepasado suyo, también llamado John Melmoth, que se convierte en el nexo de unión de la novela. Descubrimos que el personaje consiguió la inmortalidad satánica a cambio de su alma, sin embargo, ahora dedica su longevidad a hallar la forma de liberarse de la eternidad, intentando encontrar a alguien a quien pasarle su carga.



Las aventuras de Melmoth mezcla de Mefistófeles, dandy byroniano y vampiro no son sino un pretexto para elaborar un brillante estudio sobre la perversidad y el sufrimiento humanos, claro anticipo de las novelas psicológicas y metafísicas de Dostoievski y Kafka. El atractivo que Melmoth tiene para el lector moderno no radica solo en la sorpresa y la intriga de la acción que nos mantiene en vilo, sino en la reflexión sobre la naturaleza de la tentación y el tormento. La mente humana aparece retratada como víctima y como verdugo. Quizá eso explica que, pese a ser pronto olvidado por su propia generación, Maturin se convierte en un modelo para las nebulosas exploraciones de Poe, Wilde y Baudelaire, entre otros. Solo al comprender esa influencia, hemos empezado a reconocer la contribución fundamental que Maturin hizo a la historia de la literatura.


Un pagano en la Inglaterra victoriana tenía que acabar como concluyó mi tío Oscar Wilde: dos años de trabajos forzados en una sórdida cárcel en 1898, a raíz de su proceso y posterior exilio en París por sodomita, y un final de vagabundo pobre, exiliado y perdido. Adoptó el seudónimo de Sebastian Melmoth; Sebastian por las flechas de su uniforme de presidiario y Melmoth por la novela de Maturin. En 1900 murió en un cuartucho del Hotel d'Alsace de París. Sí, llegamos cansados y heridos a los lugares más comunes. Somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre. 

Y para ir terminado debo decir que hoy me siento cansado. Siento que lo que me espera es una repetición del pasado, una recapitulación de los dígitos en el ábaco de mis días. No hay más que cansancio de la vida y aborrecimiento de la dimensión creadora del hombre.  


Alex Machuca

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La angustia de la caducidad


Viéndose descubierto en el test, el replicante Leon Kowalsky (Brion James) dispara a bocajarro contra el Blade Runner que lo examina y huye sin inmutarse. Casi trescientos años antes, en plena época del rococó, un antepadado de Leon también es sometido a un examen, esta vez ante la Academia de Ciencias de París. El examinado es un flautista "que tiene unos labios que se mueven, una lengua también móvil, que hace las veces de válvula para el paso del aire, y unos dedos animados cuyas puntas de cuero abren y cierran a la perfección los orificios de las flautas". Elogiado por Diderot y D'Alembert, el autómata del genial inventor Jacques de Vaucansun, pasó a ocupar una digna referencia en la Encyclopédie francesa; y también otros de sus ingenios, como el Pato Mecánico, capaz de mover sus alas emplumadas compuestas por más de dos mil piezas, zambullirse, comer grano, e incluso expulsar, tras un complejo proceso químico, algo similar al excremento.


J. F. Sebastian (William Sanderson) regresa fatigado a su casa, ha sido un día duro, trabaja en la Tyrell Corporation como diseñador genético. Cuando llega a su apartamento, en la cuarta planta del Bradbury Building, dos pequeños seres animados con atuendos grotescos salen a su encuentro. Le saludan y tropiezan provocando la risotada de su dueño, que los ha diseñado en sus ratos libres: "Me fabrico amigos". El sabe que sus criaturas vivirán más que él, pues padece un irreversible proceso de envejecimiento acelerado, el síndrome de Matusalén, que le hará sucumbir antes que sus creaciones. Lo que aún no sospecha es que además morirá a manos de un replicante que ha ayudado a construir. 

Mucho tiempo antes, durante los siglos XVI y XVII proliferaron en la corte de los Austria unos personajes similares a los engendros cómicos de Sebastian, pero eran humanos: los bufones. Solían ser enanos y deformes para así resaltar la belleza de sus dueños. Se vestían con ropas usadas de los monarcas, para parodiar más esperpénticamente sus costumbres. Vivían de limosnas y según el antojo del señor a quien servían y hacían compañía. Uno de ellos, Francesillo de Zúñiga, bufón de Carlos IV, fue castigado con la tortura hasta la muerte por ofender a un noble al que pretendía entretener. Muchos otros corrieron igual suerte. Había sido "creados" por los monarcas para su servicio y por lo tanto disponían hasta de su vida. Algunos bufones llegaron incluso a conspirar en la corte, al igual que sus descendientes electrónicos, los replicantes Nexus, insatisfechos con su condición anónima, y de servicio temporal a los humanos. Obsesionados por tener que convivir constantemente con la pregunta "de dónde vengo", "¿cuánto me queda?".

Es verdaderamente lamentable y deprimente pensar que cuando muramos seguirá funcionado nuestro despertador y que nuestro televisor continuará inmutable emitiendo electrones. Cuando seamos polvo seguirán en pie las catedrales y rascacielos, y firmes los miles de muebles que hayamos usado en vida. La permanencia del objeto sobre lo humano es una burla grotesca para su creador. La obsesión de los grandes creadores han sido precisamente escapar al tiempo, asegurar la pervivencia mediante sus obras.



Prolongarse infinitamente transformados en cuadros, lámparas o edificios ideados por ellos. Sin embargo los objetos de Blade Runner, los replicantes, saben que deben morir a los cuatro años, y les exigen longevidad. No es tan solo la "paradoja del creador", donde las criaturas se rebelan contra el amo, es algo mucho más impresionante: pretenden obtener todos los atributos de una máquina, además de los de un mortal. Este es precisamente su error, no librarse de las desventajas terrenas, del deterioro, amargamente ilustrado por E.M.Cioran: 

"Tras tantos años, toda una vida, volví a verla. ¿Por qué lloras?, le pregunté de entrada. No lloro, me respondió. Y en efecto no lloraba, me sonreía, pero habiendo la edad deformado sus rasgos de alegría no podía ya acceder a su rostro, en el que se hubiera podido leer: Quien no muera joven se arrepentirá tarde o temprano".


No sabían los diseños androides la ventaja que tenían por desaparecer sin envejecer. La seguridad que les confería el tener conectado un dispositivo de marcha atrás. Gozar de cualidades perfeccionadas durante cuatro años, pero escapar a la decrepitud. Sin embargo, por querer parecer a los humanos, anhelan incluso sus defectos y desventajas de las cuales se aprovecha cínicamente Deckard (Harrison Ford) al final de la película, quien consciente de la caducidad replicante (de belleza anacrónica de Sean Young, la fanciulla del Oeste del año 2019 que va vestida como la Joan Crawford en su apogeo), no sabemos si contento o desconsolado, piensa mientras escapa con un hermoso pedazo de circuitos con apariencia de hembra perfecta: "No sabíamos el tiempo que estaríamos juntos, pero ¿quién lo sabe?...".


lunes, 12 de septiembre de 2016

Notas sincopadas



Hoy recupero mi viejo cuaderno de notas donde iba escribiendo fragmentos sincopados sobre una de mis grandes pasiones: el jazz. En él solía escribir todo lo que se me pasaba por la cabeza cuando escuchaba un disco, estaba en un club de jazz, o cuando leía la entrevista de un músico, o un libro que rara vez encontraba en las librerías o bibliotecas. He querido recuperar para este blog los pasajes que le dedicaba al exquisito Duke Ellington, mi músico favorito. Creo que se lo debo.

Cuando Duke tenía 18 años, quería ser pintor. Y al hacerse músico abandonó sólo aparentemente la pintura. Pintaba con sonidos en vez de colores. Sus composiciones, con sus múltiples colores sonoros y armónicos, son cuadros musicales. Puede apreciarse desde los títulos de sus temas: Baquetas de Nueva York, La espada flameante, Retrato de B. W, Sepia Panorama, Muchacha de campo, Crepúsculo en el desierto, Humor índigo, etc. También como director de orquesta sigue siendo pintor. La forma magistral en que dirige y los movimientos sobrios y seguros de su mano dan color a una tela hecha de sonidos.



Con Dizzy Gillespie

El jazz siempre fue riesgo.

Duke consideraba su música como "una transformación de recuerdos de sonidos". Los recuerdos son imágenes. "Para un músico de jazz, los recuerdos son importantes. Escribí una vez una pieza de 64 compases sobre un sencillo recuerdo de infancia: el paso de un hombre que se aleja silbando una canción; lo escuché una vez en la calle desde mi cama y por la ventana abierta".


"No me interesa si la música que hago es para la posteridad. Lo único que quiero es que suene bien ahora, en este instante".

Duke compuso Mood Indigo mientras su madre cocinaba la cena.



Con el gran saxo tenor Johnny Hodges

El jazz es una música que se adhiere al espíritu de libertad de las personas, logra adhesión porque su mensaje es transcultural.


Duke compuso Solitude en veinte minutos, de pie y apoyado sobre una pared de un estudio de grabación.


El jazz nunca será música para un público de masas y las vidas de quienes lo practican son aún económicamente precarias.


Duke sentía seguridad en un tren nocturno y componiendo con un lápiz y papel.


Duke adoraba los trenes, y en The Happy-Go-Luchy Local, retrata un pequeño tren del Sur con un fogonero negro que saludaba a los amigos y amigas del camino con su silbato.



Duke dijo una vez sobre la soledad: "Siempre tengo un espacio reservado para ella".

El jazz se aprecia mejor cronológicamente.

Muy poco de la música de Duke se le ocurría como música. Todo empezaba con un estado de ánimo, una impresión, algo que había visto u oído y que más tarde traducía a música. Cuando alguien le preguntaba por su filosofía de la música, respondía: "Me gustan las grandes viejas lágrimas".


Aunque solo tiene un siglo escaso de vida, la rápida evolución del jazz hace que el público y los artistas compartan la misma sensación de haber llegado muy tarde a la tradición.



Una vez Duke se encontraba con un amigo en el piso más alto de un rascacielos.


-Estoy rodeado por mediocridades, y nunca me he acostumbrado a ello.

Su amigo no supo qué decir porque estaba inclinado para darle la razón, pero justo en aquel momento atravesó el piso una cucaracha grande y gruesa.


-¿Cómo ha venido a parar aquí?


Y Duke le respondió:


-De la misma manera que tú. Por el ascensor, subiendo los sesenta y cinco pisos.



Una vez le preguntaron a Duke:


-¿Cuál es su meta?


-Estoy ante la primera perspectiva que cuando empecé. Cada día empiezo, como si no supiera nada de música, como un ignorante, esperando aprender una cosa nueva.



Escribe su hijo Mercier Ellington en Duke Ellington, una biografía íntima:

"Creo que lo que le indujo a trabajar como músico, en primer lugar y más que cualquier otra cosa, era que se trataba de un buen medio para que una chica se sentara cerca y le admirara mientras tocaba el piano".

Duke era un hombre mujeriego, pero también le preocupaba lo que sucedía "en el camino".


Una vez le preguntaron a Duke:


-¿Cuál es el eslogan de su vida?


-Estudia y observa a la gente de una manera muy honda. Y sobre todo sé honrado contigo mismo. Son unos cuantos puntos para llegar a un punto: sobrevivir, antes y después.


Cuando se tiene tanto tiempo, como yo, no notas nada más que tus propios gestos; una mano que busca un cigarrillo o que baja el gas esperando que hierva el agua mientras escuchas Saddest tale, en la que Duke proclama su áspero sentido de lo trágico.

Y ahora escuchemos el precioso tema All Too Soon (Todo es demasiado pronto), pero como dijo otro de los grandes; Lester Young: "Ahora es más tarde; aquello era entonces."


  

                       

sábado, 10 de septiembre de 2016

Breve historia del detective privado



Hace ya más de treinta años que la editorial Bruguera publicó una colección inigualable titulada Club del Misterio. Hoy la conservo todavía como uno de mis mayores tesoros. Aquí se dan cita los mejores autores del género policíaco de todos los tiempos. Mi primera lectura fue Cosecha roja del gran Dashiell Hammett con prólogo de Jorge Luis Borges titulado "El cuento policial". Después siguieron Raymond Chadler, Ross McDonald, la maravillosa Dorothy L. Sayers con su refinado detective lord Wimsey, Ellery Queen, James Hadley Chase, Eden Phillpotts, J. M. Cain, posiblemente el escritor que más ha influenciado en todo el cine moderno. Jim Thompson, el más negro de todos, el maravilloso Fredric Brown, Ira Levin, Joe Gores, Mickey Sapillane, Margaret Millar, Patricia Highsmith, Sax Rohmer y su maléfico Fu Manchú, Marcel Allain y Pierre Souvestre y su temible Fantomas, y muchos más, además de sus deliciosas portadas llamativas y coloristas al más puro pulp del hardboiled y de las revistas Black Mask y Thrilling Detective, aderezadas con un toque de los grandes maestros de la ilustración pulp como fueron Frank R. Paul, Norman Saunders o Rafael De Soto, entre otros.  Fue verdaderamente una deliciosa época dorada e irrepetible.



Este género de cuyo origen se remonta a la Biblia y a la tradición griega, con sus historias de desciframiento de enigmas, sueños y oráculos. Wilkie Colling lo volvió a retomar a últimos del siglo XIX en la espléndida novela La piedra lunar. (Leer el ensayo de Rodolfo Walsh "Dos mil quinientos años de literatura policial"). Pero de hecho, la esencia inicial del género se produce en 1841 con Los crímenes de la rue Morgue, de Edgar Allan Poe, inventor de la novela de detectives, entre otros géneros. Quisiera hacer un paréntesis para profundizar como es debido sobre éste relato esencial de cuya importancia supera todo lo dicho.



El relato sucede en una librería de la rue Montmartre, donde el narrador conoce por azar a Auguste Dupin, el primer detective de la historia. Ambos están allí "en busca de un mismo libro" No sabemos cuál es, pero sí el papel que desempeña: "sirvió para aproximarnos", se dice. El género policial nace de ese encuentro .

Dupin es un hombre de letras, un bibliófilo. Todavía estamos lejos del detective Pepe Carvalho, creado por Manuel Vázquez Montalbán, de cuya manía era la de quemar libros. Según Carvalho empezó a hacerlo desde el mismo día en que se dio cuenta de que la cultura le había separado de la vida y que no podía transformar la sociedad. Dupin es soltero, solitario, extravagante, ya anticipa a Sherlock Holmes y Watson.



Dupin es un nuevo lector, ya nada que ver con los grandes personajes de la literatura, como Hamlet y Don Quijote, lectores que enloquecen. Dupin es un refinado de las librerías de París. Lee periódicos de un modo microscópico, en parte, descubre al asesino mediante la lectura, como también lo hizo el propio autor en El misterio de Marie Rogêt, basado en hechos reales y llegando a la solución del misterio. Pero sigamos en la rue Morgue. Los crímenes suceden en un cuarto cerrado con la llave por dentro. Es otra clave fundadora del género. El ser humano se encuentra en un tiempo en donde no está ya seguro en el lugar más privado. Ya no basta con estar amenazado en la ciudad, en el barrio, en la casa, sino que está amenazado en su cuarto propio, en su intimidad. Hasta allí llega el asesino. En 1907 Gaston Leroux en El misterio del cuarto amarillo le daría un giro inesperado al mismo tema. El gran talento de Poe radica en la creación de la figura del detective como efecto de la tensión con la multitud y la ciudad. La ciudad es un lugar donde la identidad se pierde. Lo multitudinario y la soledad (leer El hombre de la multitud).



Dupin revela el crimen, y lo fantástico es que lo descifra leyendo los diarios. La lectura es la capacidad que usa para descifrar los acontecimientos. Sherlock Holmes, empleará más tarde la ciencia de la deducción, es decir, la capacidad de la mirada, de ver lo que no ven los demás. Ambos detectives plantea la tensión entre el hombre de letras y el hombre que deduce únicamente con la mirada. Pero todo esto cambiará con la transformación norteamericana del género. El hombre de acción borra ya por completo la figura del detective lector. La modificación que sufre el relato policial a partir de su introducción en Estados Unidos. Raymond Chandler al final del género hará de Philip Marlowe un heredero, desplazado, de Auguste Dupin y Sherlock Holmes.



Queda atrás Dupin en sus librerías parisinas, sus pasos relajados con su amigo por las calles nocturnas, y Sherlock Holmes, disertando apaciblemente con Watson, o, tocando su violín en el apacible 221b Baker Street. Ninguno de ellos parece sufrir su soledad, sino todo lo contrario. Holmes es drogadicto, pero lejos del sentido de la drogadicción de nuestro tiempo. El siglo se va, se borra con la niebla del tiempo y aparece el siglo XX. El hombre del subterráneo se implanta en la literatura del género policíaco como animal de madriguera, afrentado por la sociedad industrial para quien el mundo se vuelve cada vez más estrecho. El hombre frente a los tristes principios del mundo moderno.



En El largo adiós, de Raymond Chandler, posiblemente su novela más lograda, seguimos la pista, como un detective, la gran transformación del género, que es también la del mundo. Philip Marlowe, aparte de la atracción que siente por el riesgo y las situaciones límite, es también un inadaptado. Ejerce de detective como si ejerciera cualquier trabajo rutinario, y cuando los casos se cierran, la vuelta a la normalidad, a la monotonía de la oficina gris, a la soledad del estrecho apartamento, no le resulta fácil. Sus casos están despojados de los misterios de la rue Morgue o de El perro de Baskerville. Marlowe no lee. Los periódicos ya mienten y se siente solo la mayoría de las noches. Bebe. Se mueve resacoso como un fantasma por los no menos fantasmales clubs nocturnos, por lujosos locales de diversión para uso exclusivo de los ricos, por impresionantes mansiones rodeadas de césped donde viven sus clientes que acuden a él para que recupere una joya, una mujer o un marido. Todos son fugaces encuentros y largos adioses.



El gran descubrimiento, por excelencia, de la novela negra, es la ciudad. "Es muy difícil hablar de las ciudades. En realidad, las ciudades son más imágenes que lenguaje, son perfectamente definibles mediante las imágenes y totalmente inadecuadas al lenguaje", dice el director de cine alemán Wim Wenders. La novela negra americana es la literatura de las descripciones urbanas. Ningún escritor ha descrito la ciudad de San Francisco como lo hizo Hammett, o Chandler con Santa Monica. ¿Quién mejor que Chester Himes para describir Harlem?



Jim Thompson vino a descubrirnos que un detective puede llevar un psicópata en su interior. No he olvidado todavía el impacto causado por la lectura de 1280 almas y El asesino dentro de mí. El autor inaugura lo que será la nueva vertiente del género, y también del mundo. Patricia Highsmith crea al inquietante Mr. Ripley y Thomas Harris, con Hannibal Lecter, el psicópata inteligente convertido en héroe.