sábado, 28 de mayo de 2016

Con carácter


Erich von Stroheim


Una de las cosas que más me gustan de las películas clásicas es ver a los actores extranjeros de carácter en Hollywood. A todos ellos quiero rendir un homenaje. Temía que llegara este momento por lo extenso del tema, y quizá por los posibles olvidos, pero ha valido la pena semejante esfuerzo. ¡Uff! ¡Vamos allá!


Veamos sobre el orgullo de ser prusiano

Los alemanes constituyeron quizá el grupo étnico más numeroso en Hollywood, y con el estallido de la Primera Guerra Mundial les llegó su oportunidad. Durante unos cuantos años, las películas americanas y británicas estuvieron llenas de perversos personajes germanos, y algunos de ellos se especializaron en interpretarlos. Pero eso podía ser también el punto de partida para metas más ambiciosas. Tras ser un oscuro intérprete secundario y ayudante de dirección de Griffith, Erich von Stroheim consiguió fama por sus retratos de tipos prusianos en películas tales como Sylvia of the Secret Service (1917), Corazones del mundo y El corazón de la humanidad (ambas de 1918). Stroheim era austriaco, aunque eso no importaba demasiado, ya que tenía el aspecto requerido para interpretar esa clase de papeles. Al parecer, se lo pasaba pipa interpretándolos, mientras que otros pensaban de manera diferente. 


Gustav von Seyffertitz 

Uno de los mejores actores de carácter del cine mudo y del primer cine sonoro fue Gustav von Seyffertitz, quien, como Stroheim, procedía de Viena. Alarmado por las implicaciones de su nombre teutónico, trabajó durante todos los años de la guerra como G. Butler Clonblough. Alto, de nariz aguileña y aspecto amenazante, Seyffertitz podía ser un malo verdaderamente impresionante. Encarnó a Moriarty en Sherlock Holmes (1922), junto a John Barrymore, y tuvo la habilidad de trabajar casi siempre en buenas películas. Fue uno de los actores favoritos de Josef von Sternberg, interviniendo en varias de sus películas, entre ellas Los muelles de Nueva York (1928) y El expreso de Shanghai (1932). 


Paul Panzer 

Para un teutón resultaba difícil mantenerse en Hollywood del lado de los buenos. Uno que casi lo consiguió fue Paul Panzer. Ya en 1908 interpretó papeles como los de Romeo y Marco Antonio, pero su éxito como galán romántico fue más bien efímero. En 1914 era ya uno de los malos en las películas en episodios de Pearl White, y siguió interpretando papeles de malo hasta los años cuarenta.


Herman Bing 

Una vez desvanecidos los recuerdos de la guerra, los actores de carácter alemanes o austriacos pudieron interpretar también papeles de comedia. Cuando el sonido permitió oír sus voces, la comedia se convirtió en su gran especialidad. Se tiene al incoherente e irascible Herman Bing, que había sido el ayudante de F. W. Murnau en Amanecer (1927), y que después se pasó casi veinte años interpretando papeles de camarero, barbero, artista o actor. 


Fritz Feld

Estaba también Fritz Feld que era la encarnación de la corrección y el orden, el perfecto jefe de camareros o maître de hotel.


Sig Ruman

Estaba también el grueso, arrogante y explosivo Sig Ruman, cuya carrera se confunde casi con la Historia del Cine. Encargado de darles la réplica a mis hermanos, es decir, los Hermanos Marx, el gran Ruman pasó luego a aparecer en algunas de las películas más importantes de la época. En Ninotchka (1939) era el más dominante de los tres comisarios rusos enviados a París y deslumbrados por su lujo. En Solo los ángeles tienen alas (1939), estuvo memorable como el protagonista de la compañía aérea encargada del transporte del correo, y aportó un gran aire de dignidad y compasión a su personaje, mientras que en Ser y no ser (1942), interpretaba maravillosamente al personaje de Erhardt, el jefe del campo de concentración. Fue sin duda alguna su interpretación más destacada, y la caracterización racista que hizo Ruman del enemigo de Estado consiguió, sin embargo, seguir siendo divertida. A la edad de ochenta y dos años, el maravilloso Ruman seguía siendo un magnífico actor de carácter, interpretando al todopoderoso médico de En bandeja de plata (1966), de Billy Wilder.


Felix Bressart

Otro destacado actor alemán fue el amable e ingenioso Felix Bressart que encarnó también a uno de los comisarios rusos de Ninotchka, complementando perfectamente a Ruman. Y su rostro dolorido y lúgubre aparece también en Ser y no ser, en la que Bressart interpreta al actor encargado de llevar la lanza en los montajes de obras de Shakespeare del grupo de actores que ayudan a la Resistencia polaca. También trabajó en El bazar de las sorpresas (1940), de Lubitsch, y en otras películas. 


Frank Reicher

Frank Reicher se pasó muchos años interpretando a médicos, abogados y papeles parecidos; su carrera fue de hecho muy curiosa, pues, entre 1915 y 1921 había dirigido numerosos largometrajes, antes de convertirse en actor de carácter. 




Albert Basserman

Albert Basserman había disfrutado de una carrera larga y distinguida en el cine europeo antes de llegar a Hollywood en 1939 y causar una gran impresión en Enviado especial (1940), de Alfred Hitchcock, en la que interpretaba al amable hombre de estado secuestrado. Su apariencia era tan frágil y su voz tan débil que parecía como si no pudiera llegar al final de la película; pero, de una forma u otra, Basserman conseguía irradiar integridad y resolución, convirtiéndose en el superviviente eterno de un mundo difícil.


Ahora los tipos tiroleses


Joseph Schildkraut

Estos fueron algunos de los grandes actores alemanes de carácter de Hollywood. Los austriacos fueron casi igual de numerosos y hábiles. Joseph Schildkraut, un apuesto galán de los años 20, prolongó su carrera durante las primeras décadas del sonoro, interpretando casi siempre papeles de hombre refinado y algo afeminado, aunque también supo alejarse con éxito de este estereotipo, por ejemplo, interpretando al injustamente perseguido capitán Dreyfus en La vida de Emilio Zola (1937). El padre de Schildkraut, Rudolph, que había sido una estrella del teatro en Europa y en Broadway, apareció en el cine durante los años 20, y padre e hijo trabajaron juntos en Young April (1926), con Bessie Love.




Fritz Kortner

Fritz Kortner y Oscar Homolka interpretaron por lo general papeles de malos. Las películas interpretadas por Kortner en Hollywood durante la década de los 40 no eran lo suficientemente buenas como para estar a la altura de sus anteriores éxitos en Europa en títulos como Sombra (1923) o La caja de Pandora (1929). 


Oscar Homolka tuvo, por el contrario, mucha mejor suerte, encarnando una amplia variedad de papeles, que iban desde algunos simpáticos, en películas como Bola de fuego (1941) hasta los papeles de malo convencional y las grandes figuras históricas, incluyendo Kutuzov en Guerra y paz (1956), de King Vidor. 


Walter Slezak

Un tercer actor de carácter austriaco, que interpretaba normalmente papeles de malo falsamente jovial, fue Walter Slezak, al que se recuerda, sobre todo, por el papel de nazi que se hace con el mando en Náufragos (1944), de Alfred Hitchcock, y también por el papel de pirata que encarnaba en uno de los musicales más entretenidos de la MGM, El pirata (1948).


Ludwig Stossel

Otros tres actores de carácter austriacos merecen también una mención. El pequeño y amistoso Ludwig Stossel tuvo su momento inmortal preguntando la hora en Casablanca (1942). 


Mike Mazurki

El gigantesco Mike Mazurki, que era de ascendencia ucraniana a pesar de haber nacido en Austria, resultó impresionante y amenazador en Historia de un detective (1944) y otros títulos del cine negro.


Christian Rub

Y el pequeño Christian Rub apareció prácticamente en todos los musicales y comedias ambientadas en centroeuropa, especializándose en papeles de barbero, portero y otros similares. Incluso llegó a interpretar a Geppetto.


Los poderosos magiares


J. Edward Bromberg

Hungría proporcionó más protagonistas que actores de carácter, pero el estudioso J. Edward Bromberg constituyó uno de los mayores atractivos de las películas de la 20th Century-Fox de finales de los 30, y otros dos húngaros son casi iguales de inmortales. 


Peter Lorre

El blando e insignificante Peter Lorre llegó a Hollywood vía Londres en 1935, y trabajó primeramente interpretando al detective japonés Mr. Moto (lo que no tiene nada de extraño si se recuerda que el detective chino Charlie Chan fue encarnado por un sueco, Warner Oland). Luego, con El halcón maltés (1941), Lorre se pasó a los papeles de carácter y ofreció toda una galería de personajes excéntricos, atormentados y dispuestos a  atormentar a los demás. Es muy triste que, en sus últimos años, Lorre se dedicara a parodiarse a sí mismo en películas mediocres, pero había interpretado ya tantas buenas que es no importó demasiado. 


S. Z. Sakall

El otro gran actor húngaro de carácter, y quizá el más amado de los actores especializados en pequeños papeles fue S. Z. (Cuddles) Sakall. Con su gran papada, sus ojos brillantes, sus cautivadora sonrisa y su inimitable acento en inglés, Sakall llegó a Hollywood en 1940, consiguió su primer papel de éxito al año siguiente en Bola de fuego, un paraíso para los actores de carácter, y se ganó el corazón de todo el mundo durante los quince años siguientes. La mayoría de sus películas eran rutinarias, y en casi todas ellas no aparecía durante más de cinco minutos, pero esos minutos eran siempre una pura delicia. El mejor papel de Sakall fue en de In the Good Old Summertime (1949); en la puerta de su establecimiento, pregonando a todo el mundo lo barato que vende y la calidad de sus artículos, "Cuddles" se encuentra en su elemento en una película injustamente olvidada.

Los camaradas bienvenidos


Vera Gordon

Los rusos realizaron también una gran contribución al campo de los actores de carácter. En las comedias de los años veinte, las madres judías eran casi siempre interpretadas por la rusa Vera Gordon, que había destacado antes en los escenarios judíos de Nueva York; mientras que, incluso antes, aproximadamente desde 1916, otro judío roso, Billy Weste, se había dedicado a imitar a Chaplin con bastantes buenos resultados. con el advenimiento del sonoro, en el que otro judío ruso, Al Jonson, había pronunciado las primeras palabras de la Historia del Cine, los actores de carácter ruso florecieron. 



Mischa Auer

Un actor delgado y de ojos saltones, Mischa Auer interpretó el papel de agitador político en Winterset (1936), imitó hilarantemente a un mono en My Man Godfrey (1936), y encarnó al ruso desplazado en el Oeste en Arizona (1939), que dirigió también algunas películas, y se especializó en papeles de productor loco y otros egomaníacos.




Vladimir Sokoloff

El irónico y filosófico Vladimir Sokoloff, que interpretó numerosos papeles de malo en películas europeas, se vio convertido por Hollywood en un caballero mayor amable y encantador.




Michael Chekhov

Michael Chekhov, sobrino del autor teatral y destacado profesor de dramaturgia él mismo, que interpretó numerosos papeles de carácter en películas americanas durante los últimos diez años de su vida, y al que se recordará sobre todo como el viejo doctor de Recuerda (1945), de Hitchcock.




Leonid Kinskey

Leonid Kinskey, el camarero de Casablanca (1942), interpretó papeles parecidos en incontables películas.




Akim Tamiroff

Quien, hacia finales de los 30, parecía intervenir en todas las películas de la Paramount, interpretó algunos papeles de protagonista, pero su fuerte eran los papeles de carácter, normalmente sin afeitar, con aspecto torvo y de nacionalidad sin especificar. No obstante, la apoteosis del personaje de Tamiroff se produjo en 1965, lejos de Hollywood, cuando interpretó el papel de Harry Dickson en Lemmy contra Alphaville, de Jean-Luc Godard. Tamiroff tenía entonces 65 años, pero le quedaban algunos años más de carrera por delante.




María Ouspenskaya

La carrera en Hollywood de otra profesora rusa de interpretación, María Ouspenskaya, no comenzó hasta después de cumplir los sesenta. Esta mujer diminuta y decidida consiguió un gran éxito, a pesar de tener que competir con Greta Garbo y Charles Boyer, como la madre de Napoleón en María Walewska (1937), y sus apariciones ocasionales en diversos títulos hicieron que el público se fijara en ella, sobre todo cuando interpretó a la gitana de un clásico de terror de la Universal en 1941, El hombre lobo.


Eugénie Besserer

Con la floreciente industria propia y, hasta 1940, sin presiones políticas, los actores de carácter franceses no se sintieron demasiado atraídos por Hollywood. Eugénie Besserer trabajó veinte años en el cine americano, destacando sobre todo la madre de El cantor de jazz (1927), pero había sido educada en Canadá.



Marcel Dalio

Del resto, solo cabe mencionar a Marcel Dalio, y sus papeles en el cine americano no fueron demasiado afortunados, desperdiciándose así uno de los mayores actores europeos.




Warner Oland

Suecia proporcionó a Hollywood numerosos protagonistas, pero solo Warner Oland y el fiel asistente de Chaplin, Henry Begman, fueron actores de carácter destacados. Entre los españoles hubo también pocos actores de carácter, aunque Luis Alberni era un actor fiable para interpretar personajes de funcionario abrumado por las circunstancias... 



Fortunio Bonanova

...mientras que el espléndido Fortunio Bonanova tuvo momentos inolvidables, especialmente como el cantarín general italiano de Cinco tumbas a El Cairo (1943), de Billy Wilder.




Henry Armetta

Henry Armetta, el más excitable de todos los italianos, tuvo su gran oportunidad como la víctima de los Hermanos Marx en Tienda de locos (1941), pero venía haciendo gala de su versátil talento desde comienzos de los años veinte. 




Eduardo Ciannelli

Hubo también otros actores cómicos italianos, pero solo un malo, Eduardo Ciannelli, al que se vio primero en Winterset en el papel de Trock, uno de los clásicos retratos de gangsters. Ciannelli podía irradiar malevolencia con la misma facilidad con la que respiraba, y siguió haciéndolo en Estados Unidos y en su país natal durante casi cuarenta años.




Joseph Calleia

Otros actores de carácter procedieron también de Europa. El maltés Joseph Calleia solía interpretar papeles de malo. Normalmente encasillado en papeles de trabajador inmigrante o colono.




John Qualen

El noruego John Qualen sabía hacer frente a las circunstancias más difíciles, siendo esa la misión que se le encomendó en las perlículas de Jonh Ford durante muchos años. 




Jean Hersholt

El danés Jean Hersholt, ligeramente corrupto y perverso en películas mudas como Stella Dallas (1926), se hizo más bondadoso durante la era del sonoro.



Steven Geray

El checo Steven Geray no tenía competidor cuando se trataba de interpretar papeles de hombrecillo abrumado por las circunstancias, mientras que... 



...el polaco Alexander Granach, que había interpretado el papel del loco Renfiled en Nosferatu, el vampiro (1922), debutó en Hollywood en Ninotchka, donde interpretaba al más callado y cuerdo de los tres comisarios rusos.




Willie Fung

Los actores orientales se vieron generalmente relegados en Hollywood a estereotipos poco interesantes, o bien paródicos como Willie Fung, o bien americanizados, como Keye Luke, aunque en los primeros tiempos del cine los repartos solían ser más imaginativos. Por ejemplo, el japonés Sessue Hayakawa...



... encarnó incluso al protagonista (un indio) en un excelente western rodado por Thomas H. Ince en 1915, The Last of the Line.




Chris-Pin Martin

De los numerosos actores de carácter, solo el pequeño Chris-Pin Martin, y el amenazador Alfonso Bedoya lograron escapar del encasillamiento, mientras que los actores latinoamiricanos se vieron condenados por lo general a interpretar papeles de "latin lovers".



Mona Darkfeather

El tratamiento de los negros y de los indios en el cine americano es un tema muy complejo, pero merece la pena señalar que, en las primeras películas mixtas, el indio era tratado con dignidad y compasión, y que actores como los jefes William Eagleshirt y Dark Clound, y la adorable Mona Darkfeather, podían interpretar papeles heroicos, y lo hicieron con frecuencia. 




G. Howe Black

Un actor negro que rompió con las pautas establecidas fue G. Howe Black, quien como Rastus en la versión de 1925 de The Wizard of Oz, realizaba proezas y heroicidades sin cuento, incluyendo un espectacular rescate en aeroplano.

Durante cincuenta años, el actor de carácter, importado o no, fue una de las mayores delicias del cine americano. Con la desaparición de los grandes estudios, se fue lamentablemente esfumando poco a poco.



Tras este largo recorrido me apetece un whisky y escuchar la voz de terciopelo raído de Frank Sinatra. 


                                          

jueves, 26 de mayo de 2016

Hacer el indio

                                        

Ay, no os podéis imaginar la de veces que vi este anuncio de niño. También recuerdo que por aquellos tiempos en mis momentos más excelsos de locura infantil, mi madre me decía siempre que dejara de hacer el indio. Luego, jugaba por casa, no sé, tirado por los suelos montando mi Fuerte Comansi y dirigiendo mi propio western. Recuerdo que siempre se oía de fondo aquellas películas de indios que no paraban de gritar dándose palmadas en los labios; infernales tiroteos y trompetas desquiciadas de última hora. Curiosamente, en mis reconstrucciones peliculeras, los indios siempre salían ganando.


¿Qué me gustaba de los indios? Muchas cosas, como por ejemplo, la facilidad que tenían a la hora de poner un nombre al retoño. No se complicaban la vida. Si nacía en un día de relámpagos, le ponían Hijo del Relámpago. O en un día de lluvia; Hijo de la Lluvia. O si en el momento del nacimiento se había vuelto loco el búfalo de turno; Búfalo Loco. Si había sido concebido por haberse roto el preservativo; Goma Rota, etc. Cuando nació mi hijo le quise poner Hijo del Cubata, pero no me dejaron, claro.

¿Y quién, de niño, no quiso ser un Piel Roja? Incluso el gris de Franz Kafka lo deseó. También me gustaba mucho la manera que tenían de vestir. Yo me imaginaba viviendo en las grandes praderas medio en pelotas con unas plumas pegadas en el culo y bailando en círculo al rededor de una hoguera. 



Me imaginaba adorando a un terrible tótem esculpido en madera surgido de la imaginación calenturienta de un arrugado milenario y sabio indio bajo el efecto de esas buenas hierbas introducidas en la pipa de la paz. Imaginaba las chispas del fuego ascendiendo sobre un cielo límpido y estrellado al son del aullido de un lobo solitario dentro del círculo blanco de la luna llena. Me imaginaba cabalgando sobre un caballo a pelo, sin pesadas ni enojosas monturas con correajes y todo eso. Me imaginaba que vivía en un poblado indio con sus bellas tiendas de piel de búfalo, y como felpudo, un gran oso despatarrado con la boca abierta. También imaginaba que una hermosa india de ojos rasgados me miraba lascivamente al mismo tiempo que se introducía en su tienda. Yo miraba a mi alrededor con perspicacia y luego, rápidamente, entraba tras ella. Imaginaba nuestros cuerpos desnudos, morenos, con la piel roja y los pies negros, allí, entre pieles de bisonte y el tum tum de los tambores a lo lejos.



Más tarde comprendí algo más sobre los nativos norteamericanos visto por el cine.

En primer lugar podría hacer una lista de actores donde realizaron caracterizaciones de indios que no colaban para nada, como por ejemplo, Rod Hudson o Ricardo Montalbán, entre otros, pero no tengo ganas de ponerme a buscar imágenes y hacer breves descripciones de todos ellos. Vosotros ya sabéis de qué va todo esto.

Se les llamaba "pieles rojas", "salvajes" y "enemigos". Eran interpretados o bien por extras disfrazados, o bien por actores inexpertos que estaban siempre dispuestos a caricaturizar a su propia raza en películas para blancos. A la generación que creció con el cine sonoro, Hollywood le ofreció unos estereotipos raciales falsos, pero aplastantemente convincentes. Ignoró o distorsionó la historia, según la cual los blancos habían invadido los territorios indios, masacrando a los nativos, encerrados en reservas y despojados de su identidad. El cine norteamericano (al menos hasta 1950) se limitó a reproducir mitos y leyendas, mostrando con respecto a los indios unos sentimientos de superioridad y un racismo que complementaban los desplegados frente a los negros.



La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Pero, a comienzos de los 50, se produjo un cierto cambio. Los norteamericanos de raza india habían combatido en la Segunda Guerra Mundial, y en el Sur comenzaba a perfilarse el movimiento pro derechos civiles. No obstante, hubo que esperar hasta finales de los 60 para que los libros recuperasen la verdadera historia de los "aborígenes" de Estados Unidos y su cultura, haciendo que los blancos se dieran por primera vez cuenta del genocidio que habían cometido.



La mayoría de los norteamericanos reconocen su pecado histórico, pero no saben cómo enmendarlo. ¿No sería mejor olvidarse de un pasado poco agradable? ¿Para qué hurgar en unas heridas que deberían estar ya cicatrizadas? Pero estas preguntas están cargadas de mala conciencia y deseo de autoprotección, e indican la persistencia de una forma de pensar racista. Viéndolas retrospectivamente cabe incluso poner en cuestión la supuesta tolerancia y humanismo de esas famosas películas de los 50 que, en teoría, plantearon desde nuevas bases la problemática de los indios.



De todos los títulos realizados en la década de los 50, Apache (1954), de Robert Aldrich, es el que ofrece un estudio más convincente de un personaje indio y de las manipulaciones abiertamente sentimental, y el "buen salvaje" encarnado por Burt Lancaster estaba pensado para conseguir un éxito de taquilla, pero la película condenada sin ambages a la sociedad blanca. En The Last Frontier (1955), de Anthony Mann, Victor Mature interpretaba al explorador mestizo Jed Cooper. En esta película se reconocía la necesidad de la colonización de nuevas tierras por blancos, pero también la de espacios abiertos y libertad para los indios. Pero la película de este periodo más rica y compleja en cuanto a su análisis de las actitudes raciales fue sin duda alguna Yuma (1957), de Samuel Fuller, sobre un ex combatiente del Sur que se integra en los sioux y se va a casa con una india; Rod Steiger y Sara Montiel eran sus intérpretes.



Nadie contribuyó más a crear la imagen convencional de los indios que John Ford. Pero, ya en Centauros del desierto (1956) ofreció una interesante alegoría de las nuevas realidades con las que tenía que enfrentarse Norteamérica al comienzo del nacimiento del movimiento pro derechos civiles. El final de Centauros del desierto es quizá demasiado limpio y perfecto, pero la película reflejaba la preocupación sentida por Hollywood en relación con temas tales como la raza, las uniones mixtas y la posibilidad de una comunidad integrada. Algunos años después, Ford ofreció El gran combate (1964), verdadero acto de desagravio y reparación a los indios por parte de uno de los hombres que más había contribuido a desprestigiarlos. 



No obstante, como película es inferior a Centauros del desierto y a Los dientes del diablo (1959), de Nicholas Ray, sobre una de las tribus de América del Norte más ignoradas y despreciadas, la de los esquimales de Alaska. Por cierto, ya no se debe decir "Esquimal", porque es un insulto. La palabra significa "Comedor de carne cruda". Hoy, como todo el mundo, van al súper a comprar sus alimentos, y ya no te dejan a su mujeres para que des rienda suelta a tu trauma sexual-psicológico-occidental. 



Posteriormente se han realizado películas que pretendían reflejar el trauma de Vietman, películas que presentaban a los viejos héroes (Custer, Buffalo Bill, etc.) como verdaderos bufones, y otras en las que se condenaban la opresión de los indios y toda la sangre inútilmente vertida: El valle del fugitivo (1969), Soldado azul, Pequeño gran hombre (ambas de 1970) y La venganza de Ulzama. Billy Jack (1971) fue un caso notable por estar ambientada en la actualidad y por el hecho de que su protagonista y autor, Tom Laughlin, lograse hacerla al margen del sistema, con lo que su valor como hombre de negocios se convirtió en un equivalente simbólico de la independencia de los nativos norteamericanos.



Ya bien entrado los 70, el cine de Hollywood empezó a presentar al indio como encarnación de lo sobrenatural. Chief Brindem (Will Sampson) en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) es el espíritu de la sabiduría muda en un manicomio americano, el hombre que proporciona un piadoso final y esfumándose luego en el bosque. 

Y no se debe olvidar que el hotel Overlook de El resplandor (1980) está construido sobre un antiguo cementerio indio. Luego vino Poltergeist (1982) donde una urbanización se asienta sobre otro cementerio indio. Por cierto, el bueno de Will Sampson intervino en la secuela de este filme mítico de los 80. 



En aquella década parecía que el  indio era una especie de nuevo Frankenstein, un hombre maltratado y humillado que había adoptado la forma de fantasma destinado a crear mala conciencia y sentimientos de culpabilidad a los americanos de raza blanca. Pero esto duró bien poco. 



Graham Greene (Ave de Patea) es el indio bueno de Bailando con lobos (1990), pero este actor no tardó mucho en autoparodiarse en Maverick (1994). 



Y para ir acabando con todo este lío de plumas, en 2013 ese bodrio sin sentido titulado El llanero solitario, vimos a Johnny Depp de indio. Desde luego no era la primera vez que Johnny caracterizaba a un indio, pero esta vez se pasó un pelín de la raya. En fin, no añadiré más.



"Hacer el indio", era la frase más común por aquellos días del blanco y negro de mi memoria. Para nosotros (apocalípticos e integrados), tanto el indio como el pirata, representaban los ideales de aquellos niños que no sabían lo que les deparaba el futuro. 

Este texto está dedicado a todos los pueblos nativos ya desaparecidos; a los sioux, pies negros, apaches, comanches, cheyenes, navajos, quijadas cabreadas (estos eran de mi invención, los que asaltaban con éxito el Fuerte Comansi), y a todos los demás. Solo fuimos capaces de reconocer el paraíso como tal cuando nos echaron de él. El hombre civilizado, lleno de prejuicios y frivolidades, es decadente. Se diría que la comodidad corroe los valores humanos y los hace desaparecer de manera paulatina. Quien se percata de ello, quien se da cuenta de que, casi paradójicamente, el progreso supone destrucción axiológica o por lo menos aletargamiento axiológico, se separa de la multitud feliz, porque se encuentra vacía, sin ningún problema trascendental capaz de inquietarla. Los sentimientos primitivos afloran impetuosos en una desenfrenada pasión de comunión con la naturaleza. Sin embargo, ya no brotan naturalmente, sino como un medio de huida de nosotros mismos. Un halo misterioso nos determina y nos priva de la espontaneidad. Actuamos para liberar nuestro subconsciente. En parte hemos dejado de ser libres, exentos, para sumarnos a una larga cadena de circunstancias históricas y personales.

Una cosa más. De niño me gustaban las canciones de Redbone. Todavía sigo escuchándolas.