martes, 22 de julio de 2014

jueves, 19 de junio de 2014

Es verano y uno se va


"En lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí se encuentra un invencible verano."

El verano, Albert Camus

Como ya he constatado en más de una ocasión en El tiempo ganado, cada verano me recojo durante unos días para releer cuatro obritas maravillosas de mi admirado Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, Viejos tiempos en el Mississippi y Vida en el Mississippi. Después echo a volar con viento favorable, porque Mark Twain es el mapa perfecto donde perfilar ese viejo espíritu que nunca muere en nosotros, o al menos no debería. 


Samuel Langhorne Clemens nació el 30 de noviembre de 1835 en el pueblecito de Florida, en Missouri, y en 1839 pasó a vivir en la ciudad ribereña de Hannibal, aquella mezcla de infancia feliz y de pesadilla que el autor llamará St. Petersburg y en la que sus dos personajes más famosos, Tom Sawyer y Huck Finn, vivirán sus veranos de inacabables aventuras. Hannibal, estratégicamente colocada en las orillas del Mississippi, en el periodo anterior a la guerra civil veía el comercio y los viajeros de una nación que pasaba por sus muelles y miraba hacia el Oeste desde sus calles. Para un muchacho con un gran sentido de la percepción como era Samuel, estas experiencias no serían nunca olvidadas y con el tiempo se convertirían en libros que llegarán a ser clásicos universales del recuerdo de una época feliz ya pasada. 


Como todo el mundo sabe, Clemens adoptó el nombre de Mark Twain como homenaje a sus días de piloto, pues se trataba de una voz fluvial que aludía a las "dos brazas de profundidad" necesaria para que el barco, de casco plano, pudiese navegar sin encallar o "agua segura".


Viejos tiempos en el Mississippi es una entrañable obra, relato de sus tiempos de aprendiz en el mítico piloto fluvial Horace Bixby. No solo evoca "el gran Mississippi, el majestuoso, el espléndido Mississippi, llevando su caudal de una milla de anchura brillando al sol", sino también los más íntimos lazos que le unen a la vida de su superficie y de sus riberas. Estos apuntes fueron luego incorporados en Vida en el Mississippi, escrito después de que Twain hiciera un viaje de un mes por el río y se detuviera para visitar su querida Hannibal. A este material le añadió retazos de historias, de recuerdos, de narrativa de viaje, lo que resulta finalmente ser, entre otras cosas, una crítica acerba del romanticismo sureño que el autor creía que había sido la causa inevitable de la guerra civil.


En Las aventuras de Tom Sawyer (1876) vemos los diferentes aspectos de Clemens. El hombre se encuentra dividido entre sus dos personajes más memorables: el emprendedor Tom y su amigo, de fama en cierto modo dudosa, Huck Finn. En este relato, Clemens crea el convincente mito del verano sin fin de los placeres de la infancia entremezclados con la violencia, el terror y la muerte que acechan en las afueras del pueblo. 



Dotada de un estilo sencillo, coloquial y a la vez poético, con un sentido del humor limpio y amplio y logrando la materialización del sempiterno sueño universal de la libertad y la inocencia, a la vez que haya sido recibida con entusiasmo a lo largo de todas las épocas y en los lugares más dispares del mundo, como en el lugar donde nací. Allí no teníamos ríos caudalosos, más bien una pequeña riera llamada Foix: un reguero pestilente de agua negruzca donde los payeses dejaban morir a sus burros de carga. 


Twain enriqueció la literatura norteamericana más conocida y representativa de la época con unos materiales procedentes del folclore, de la tradición y de sus propias experiencias definitivamente marcadas por los relatos fronterizos y por una infancia en la que el mundo se veía desde las orillas del gran Mississippi. 


Ay, y mis adorados barcos de paletas del Mississippi dejaron de funcionar cuando estalló la guerra civil (1861-1865). Todavía hoy lamento esa desaparición cuando todos los medios de comunicación de este país informan que media España se alza en vítores por la coronación de un rey, y la otra mitad, llora por la derrota de una selección española de no sé qué. Sin que lo sepan; todos vencidos por el invierno.

Y ahora me voy. Me alejo de todo. ¡Es verano! Espero volver bien tarde.



                  

miércoles, 18 de junio de 2014

La mujer más escandalosa del siglo



Lola Montes  de Max Ophüls es un filme maldito. Desde su estreno en 1955, la película fue descalificada por el público parisino, confundido ante un espectáculo que iba a contracorriente de los abalorios ruidosos a los que estaban acostumbrados; fue igualmente rechazado por una amplia fracción de la crítica, bajo pretexto de "pesadez de estilo" (Jean Thévenot) y de "vanguardismo vociferante" (Georges Sadou). Sesudos estos tipos tan simpáticos. 

En el plano comercial fue un fracaso, esto es cierto, que invitó a los productores a retomar el montaje (contra la voluntad del director), con la esperanza de que una restitución cronológica de esta biografía fragmentada de "la mujer más escandalosa del siglo" fuera mejor recibida: cálculo aberrante, y felizmente desbaratado. También es cierto que se elevaron voces en defensa de esta imaginería "delirante, orquestada con un virtuosismo que no se desdice" (Claude Mauriac), este "filme para los poetas y los artistas" (François Vinneuil).


Max Ophüls

Los colegas del cineasta, entre ellos Jacques Becker, Jean Cocteau, Roberto Rossellini y Jacques Tati, llegaron a asumir públicamente la defensa de lo que consideraban una nueva y audaz empresa, bien hecha para despertar el gusto y la sensibilidad de los espectadores; los cineclubes y las salas de cine clásico no tardarían en tomar el relevo. 

Nada de ello bastó, y este filme rutilante, meteórico, siguió siendo desconocido, y aún sigue siéndolo. Fue la última manifestación en la pantalla del talento multiforme del gran Max, cineasta itinerante (cuya trayectoria sigue en varios puntos a la de su heroína). Hoy en día que las pasiones se han aplacado, ¿qué nos queda de Lola Montes? Ante todo, una rigurosa denuncia del sensacionalismo espectacular y de la demagogia mediática. Max, que en ese aspecto se adelantó mucho a su tiempo, no ocultó sus intenciones: "Las preguntas que el público del circo le hace a Lola me fueron inspiradas por los juegos radiofónicos de emisiones publicitarias locamente impúdicos. Encuentro aterrador ese vicio de saberlo todo, esa falta de respeto ante la miseria..."


Pero al mismo tiempo, y paradójicamente, cumple con la intención wagneriana de un espectáculo total: el original tratamiento del color (en la línea de Renoir y de Minnelli), el empleo de marcos que permiten modificar a voluntad el formato de la imagen en Cinemascope (lo que crea la sensación de una pantalla variable, sometida a sutiles cambios visibles), la agilidad abrumadora de la cámara, que juega con los decorados, los accesorios, los personajes y los sentimientos (se llegó hablar y con razón de una "estética de la movilidad"); todo eso hace de Lola Montes un acto de fe hacia el séptimo arte, considerado el lugar de privilegio de la magia moderna. Estamos en presencia de una "alegoría turbulenta", según la expresión del vestuarista y colaborador favorito de Max; Georges Annenkov; de una "catedral entre el cielo y la tierra", según François Truffaut (este amigo mío nunca me defrauda). 


En el centro de una vidriera multicolor, rodeado de paneles que narran su leyenda, el rostro de Lola Montes (¿santa Lola?) desaparece en parte bajo el brillo de los dorados y la profusión de las máscaras. No obstante, la distinguimos, crispada por la angustia, bajo el tumulto de formas, pues ese fuego de artificio del espíritu nunca acaba de ocultar los íntimos movimientos del corazón. En definitiva: una gran película.

martes, 17 de junio de 2014

El significado de las cosas


Tengo una adicción inconfesable: la lectura de los anuncios inmobiliarios. En las panaderías recojo revistas, folletos, pasquines, y devoro con avidez las listas de pisos, casas, fincas rústicas, estudios, lofts, áticos en los que nunca viviré. En la calle, arranco papeles en los que se anuncias gangas, bomboneras, oportunidades irrepetibles, ofertas únicas. Nunca miro al suelo: voy con la mirada arriba atisbando los carteles de los balcones, apuntando números, elucubrando sobre terrazas floridas. Sé que no soy el único en hacerlo porque, a veces, mi mirada se cruza con la de alguien que ha puesto los ojos en el mismo cartel que yo: solo unos instantes nos bastan para saber que compartimos la misma absurda manía, que en la cartera o en los bolsillos llevamos papelitos arrancados de la calle, revistas, recortes con teléfonos, que nos pasamos horas enteras haciendo multiplicaciones de cifras astronómicas que no podemos pagar.


Últimamente he pasado a un estadio superior de esta extraña enfermedad: he decidido incluso llamar a esos teléfonos de las inmobiliarias que afirman ser particulares y, es más, he concertado citas para ver lugares recién pintados, luminosos, listos para vivir, mejor que nuevos. Para ellos, he tenido que desarrollar un código personal que traduce a términos reales de mis queridos anuncios. Para empezar, hay que olvidarse completamente del significado de las cosas: un loft (o "lov", que también lo he visto escrito así) no es un espacio industrial reconvertido en vivienda, sino un chamizo minúsculo con medio plato de ducha donde lo único industrial es el tamaño de las cucarachas; una "bombonera ideal para parejas" es una ratonera donde no hay siquiera espacio para tirarse los platos a la cabeza, porque la cabeza, a poco alto que sea uno, roza directamente el techo; "precio interesante" significa que no hay ascensor y que aunque hubiera hueco para ponerlo, los vecinos jamás se pondrían de acuerdo; "totalmente reformado" auspicia carpintería metálica de ínfima calidad, gotelé color pistacho, manchas en el techo que no se irán jamás y grifos dorados con escape incluido; "finca regia" quiere decir que "conoció tiempos mejores"; "a reformar" es directamente un agujero asqueroso, por no hablar de "con mucho encanto" o "espectacular", que evidencian simplemente la total ausencia de cualquier asomo de encanto o de espectacularidad.


Llamar a los teléfonos que proponen los anuncios se convierte así en una experiencia metalingüística donde el consultado sabe que yo sé que donde dice "cincuenta metros" hay que entender "treinta y dos escasos" y que un "principal muy luminoso" es un concepto que sencillamente no existe.

¿Qué hay detrás de esta obsesión inmobiliaria? ¿Me mueve acaso un afán especulador? ¿Planeo abrir a mi vez una agencia de venta de pisos? ¿Estoy cansado de vivir donde vivo y pretendo mudarme? ¿Estoy investigando para mi próxima novela que no querré publicar? No, no es nada de todo esto. Me doy cuenta de que lo único que quiero es alimentar la fantasía de que otra vida es posible, que tras las paredes de ese ático en el que nunca viviré, yo sería otra persona con otra cabeza, otros hábitos, otro pasado, otro humor.



Un día, distraído, estaré caminando por la calle y me caerá agua en la cabeza, miraré con enfado hacia el balcón lleno de geranios y allí estaré yo, regadera en mano, pidiéndome perdón.


                           
          

viernes, 13 de junio de 2014

Steampunk o la infancia en el siglo XIX (final)


El subgénero de ciencia ficción steampunk está basado en las tecnologías anacrónicas. Para que nos entendamos, imaginemos que tomamos los inventos conocidos por todos hoy y los aplicamos a la tecnología que existía en el siglo XIX, ¿cómo sería? El steampunk es la última venganza de Jules Verne. Es la opción de un mundo paralelo y que sucede lo que el escritor quería. Es la forma en la que el futuro tendría que ser si no nos hubiera distraído la primera o la segunda guerra mundial, todo esto habría superado la mayoría de las fantasías. A Verne nunca se le hubiera ocurrido imaginar que desataría semejante movimiento porque vivía en la época victoriana aunque sí tenía una visión moderna, una especie de postmodernidad porque acertó en muchas cosas de sus diseños y otras que todavía no están a nuestro alcance. 


París en el siglo XX, de Jules Verne


Este subgénero recurre usualmente, como ya se ha dicho, a realidades en las que la civilización ha tomado un camino científico diferente al actual, reemplazando la electrónica, los modernos combustibles y otros avances científicos por la tecnología de vapor (steam en inglés) y la combustión del carbón. 


Las influencias que nutren a la corriente steampunk se encuentra, principalmente, en la ciencia ficción primitiva creada durante el siglo XIX, así como de los elementos más característicos de la sociedad y cultura presentes en este periodo histórico concreto, poniendo un especial énfasis en la cultura británica de las épocas victoriana y eduardina cuando marcó la cúspide de su revolución industrial. El mundo que imagina, como se puede descubrir, es un mundo que parece anclado en las historias de Verne, y Wells, padres de la moderna ciencia ficción, pero lejos de la realidad, en su extraña y retorcida forma de hierro, carbón y vapor. El steampunk también debe su aparición en novelas de aventuras y ciencia romántica, como las de Arthur Conan Doyle (las aventuras del profesor Challenger y las de Sherlock Holmes), Mark Twain (Un yanqui en la corte del Rey Arturo) y Mary Shelley.

























El autor estadounidense de ciencia ficción K. W. Jeter acuñó el término en 1987 para tratar de englobar Las puertas de Anubis (1983), de Tim Powers; Homúnculo (1986), de James P. Blaylock, y sus trabajos Morlock Night (1979) e Infernal Devices (1987), todos ellos ambientados en el siglo XIX e imitando a la ficción especulativa victoriana encontrada en La máquina del tiempo de Wells. Aunque no sería hasta 1991, con la publicación de La máquina diferencial, de William Gibson y Bruce Sterlin, cuando la crítica reconoció al steampunk con la categoría de subgénero dentro del vasto universo de la ciencia ficción.


No es mi propósito enumerar aquí todas las obras de este género que más me gustan, pero sí diré que Félix J. Palma, uno de nuestros mejores escritores españoles de género fantástico, tiene en su haber, la extraordinaria Trilogía Victoriana: El mapa del tiempo, El mapa del cielo y El mapa del caos (a punto de publicarse); un cóctel explosivo de viajes a través del tiempo, romances imposibles, apariciones reales de la talla de un  H. G. Wells, Jack el Destripador o Conan Doyle, entre otros. Una historia brillantemente escrita y de una calidad memorable. Francamente muy recomendable.


A día de hoy, este subgénero literario ha madurado hasta convertirse en un movimiento artístico y sociocultural y no solo literario. Al margen de la literatura y el cine que se alimenta de cualquier cosa que haga referencia a un pasado sepia: parasoles, sombreros de copa, crinolinas, corsés, gafas de aviador, etc, sus seguidores han construido un mundo a su medida por el que se mueven con las maneras galantes de los caballeros y las damas victorianos. En el que el imposible de viajar en el tiempo deja de serlo. 



Alguna vez hubo el ciberpunk, y autores como William Gibson y Neal Stephenson se convirtieron en los modelos a seguir, con novelas distópicas en las que se reflexionaba sobre el lugar del individuo en un futuro cercano regido por las tecnologías de la información, la cibernética. Pero los géneros se transforman, y el ciberpunk puro y duro abrió paso a múltiples subgéneros; de todos ellos, los más vitales hoy son el steampunk y el biopunk,  pero este último me parece más que fundamental para entender ciertas ansiedades del presente y especular acerca de los desafíos centrales del futuro.


En el  biopunk, la preocupación ya no gira tanto sobre el peso de la revolución informática en la vida cotidiana, característica de novelas ciberpunk como Neuromante (1984) de William Gibson, y Snow Crash (1992), de Neal Stephenson, y películas como Blade Runner (1982) de Ridley Scott, sino en torno a los alcances de la manipulación genética. Esta manipulación alcanza a los individuos, y también a la flora y la fauna. La distopía está teñida de amenazas relacionadas con el cambio climático, con un mundo de ecosistemas desequilibrados por la acción del hombre. 


Reverso cándido del ciberpunk y del biopunk el género steampunk surge en la misma época década de los ochenta y busca también ser una respuesta crítica a la sociedad hipertecnológica y posmodernista, protestar ante esa sensación de que cada vez estamos más dominados por la tecnología y no al revés. Pero mientras el ciberpunk muestra un futuro apocalíptico y sin esperanza, el steampunk vuelve a una época positivista comprendida entre 1850 y 1910 donde la ciencia todavía no tenía connotaciones negativas y todo era posible. El steampunk busca restaurar la capacidad que tuvo el hombre de maravillarnos con su inventiva.





              

miércoles, 11 de junio de 2014

Steampunk o la infancia en el siglo XIX (2ª parte)


"La imaginación es una memoria al revés. Es la ficción la que permite recordar. Es un psicoanálisis salvaje."

Daniel Pennac

Primera visita al Castillo Encantado del arquitecto Jordi Galí y la escenografía de Josep Botella y Ernest Roca. Tubo de la risa, tierras movedizas y setas gigantes giratorias, todo envuelto por una misteriosa luz negra, proporcionada por fluorescentes ultravioletas. Comprendí mejor la historia de H. G. Wells El alimento de los dioses. Fecha de inauguración; 19 de junio de 1955.


Me atrajo enormemente ese avión; réplica a escala real del Rohrbach Roland, avión que usó la aerolínea Iberia el 14 de diciembre de 1927 para hacer el primer vuelo comercial de la compañía, con trayecto Barcelona-Madrid. Como era evidente, yo tenía otra cosa en la cabeza cuando volaba en su interior.



Más emocionante, aún, fue el ferrocarril aéreo, inaugurado en 1915. Un trayecto a través de túneles, grutas y cascadas. Fue un auténtico Viaje al centro de la tierra.











Este Museo de Autómatas es el más importante del mundo.


42 piezas originales del siglo XIX. Creo que no existe nada más inquietante que los juguetes y autómatas mecánicos de la época victoriana. En 1957 Walt Disney ofreció un cheque en blanco a cambio de esta importante colección. Oferta felizmente rechazada.




Mi fascinación por estos engendros mecánicos surgidos de la imaginación más desbordante de la época victoriana, procedía de aquellos maravillosos cuentos de E. T. A. Hoffmann repletos de relojes, autómatas y extrañas dimensiones. 

Hora de abandonar todas estas ensoñaciones, pero sabía que vendrían otras. El Tibidabo, inaugurado en 1901, era el segundo parque más antiguo de Europa. ¿Qué significaba la palabra Tibidabo? Lo supe mucho más tarde.


Diorama  mecánico del infierno fabricado a mediados del siglo XIX

Tibidabo: Procede de un pasaje bíblico, en el cual el Diablo prueba de seducir a Jesucristo con estas palabras: Tibi dabo omnia regna mundi si cadens adoraveris me. Es decir, te daré todos los reinos del mundo si me adoras arrodillado; una tentadora propuesta formulada sobre una montaña.


Volando dejamos atrás la montaña y nos dirigimos hacia el Museo de Cera, de cuya callejuela del siglo XIX, es similar a cualquiera del barrio de Whitechapel; territorio de Jack el Destripador. No hay problemas en el descenso.


El subgénero steampunk, que hablaremos en profundidad en el próximo post, tiene como uno de sus grandes referentes la obra de Mary Shelley, y es con lo primero que me encontré.


Pero lo más emocionante para mí fue el encontrarme con el mismísimo Jules Verne invitándome a pasar dentro del Nautilus.


-¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
-¡Niño! ¡No digas palabrotas!- me increpó mi padre.


-¡Hostia!
-¡A que te doy!


-¡Requetehostía! 
¡Plas!
-¡Ay!
Una buena colleja.


Abandonamos el Museo y nos dirigimos subidos en un tranvía hacia el Museo Marítimo.





Vaya. Descubrí que el submarino no lo descubrió Jules Verne. Vi la réplica del primer submarino tripulado con motor de propulsión anaeróbica e inventado por el ingeniero catalán Narciso Monturiol (1819-1885). 


Se me pusieron los ojos como platos al ver la reproducción de la Galera Real de Juan de Austria. 

Otra exclamación fuera de lugar y otra colleja.


 La vi de esta manera:


Salimos del museo navegando sobre esta hermosa nave y aterrizamos en el puerto. Nada más bajar me encontré con otro submarino.


¡El Ictíneo II! El primer submarino propulsado por vapor y de cuya botadura se produjo en ese mismo lugar el 2 de octubre de 1864. Su inventor: de nuevo Narciso Monturiol. Me resultó imposible no imaginar esto después de ver el Ictíneo II.


Nos dirigimos a la Estación de Francia. Aunque nunca había estado allí me resultó muy familiar.





Últimas horas en la ciudad steampunk de mi infancia. Merienda en el restaurante de Las Ramblas, Jules Verne.


Al fin caí en la cuenta que mi padre había realizado ese viaje a conciencia. Sabía que yo era un devoto de la obra de Jules y de Wells, y de Doyle, y de Shelley, y de Dickens y de todos esos maravillosos escritores de la época victoriana, y el pobre, sin conocer Barcelona, se las había ingeniado para realizar este maravilloso itinerario y complacerme, cosa que consiguió. Siempre le estaré agradecido.

Nos fuimos a esperar el navío de hélices que nos llevaría a casa. Otras personas estaban allí, también esperando. La vida ya no me parecía tan mala. Incluso creí ver a mi padre dándole un beso a mi madre. El cielo volvió a llenarse de globos y dirigibles.