domingo, 31 de agosto de 2014

El tornado


El cine de catástrofe se puso de moda en  los años setenta, y como fui un niño destructivo en esa década me vino como anillo al dedo todas esas películas que veía con delectación: La aventura del Poseidón (1972), de Ronald Neame. El coloso en llamas (1974), de John Guillermin o Terremoto (1974), de Mark Robson; una película bastante sosa que no me entusiasmó demasiado porque las escenas del desastre tardaban demasiado en salir. 



Es placentero ver cosas que se destruyen; secuencias tras secuencia de destrucción progresiva, edificios que se incendian o derrumban, trenes y automóviles que chocan, barcos que se ponen al revés, ciudades arrasadas por terremotos... Esto del placer de la destrucción podría relacionarse con la noción de desperdicio de derroche, de la que habla Georges Bataille. Según él, también se relacionan con el amor y el erotismo. Puede que sea cierto. Ahora bien, el problema de las películas de desastre es que son edificantes, no llegan al nihilismo total. Estarían muy bien si fueran espectáculo puro: el barco que se hunde, la torre que se quema, etc, pero lamentablemente eso está mezclado con personajes y situaciones muy convencionales, con psicologismo barato: el marido y la mujer que estaban disgustados, vuelven a unirse; los padres con sus hijos; el cura descreído recupera la fe. Caracteres convencionales. Yo no deseaba ver al cura descreído, al matrimonio que se reconcilia, sino a un cura que se pusiera a disparar y el matrimonio se devorara. Aunque eran cosas de crío aún lo espero, pero no hay manera.



En el ojo de la tormenta (2014), de Steven Quale

Si sigo yendo al cine para ver películas catastrofistas es para disfrutar de sus espectaculares efectos especiales y recrearme con sus catástrofes. A diferencia del niño que fui cuando te haces mayor debes conformarte imaginando en secreto destrucciones de proporciones gigantescas, y no creo que sea el único. ¿Por qué? Porque nos damos cuenta que nos han traicionado todas las cosas en las que confiábamos. Entonces imaginamos un tornado que se lo lleva todo.



Debo admitir que me gusta ver tornados en el cine. Quizá porque de niño me gustaba leer El mago de Oz (1900) de Frank Baum. Un tornado hace de las suyas en las áridas tierras de Arkansas y transporta a Dorothy a la Ciudad Esmeralda.


Y Buster Keaton demuestra lo valiente que es en El héroe del río (1928), luchando con el tornado más cabroncete de todos los tiempos.



Creo que también tiene algo que ver mi devoción de niño por Pepe Pótamo y su arma secreta: el hipoaullidohuracanado. ¿Qué niño no imaginó tener semejante arma en casa o en el colegio?

                               
      
Ahora reflexionemos sobre la realidad de un país como los Estados Unidos; un país de despeinados tras el paso de los tornados. Tanto su historia real como su historia literaria y cinematográfica respecto a estos cucuruchos con muy mala leche se asienta en un país amenazado constantemente por sus inclemencias meteorológicas, entre otras cosas, claro.



Los telediarios locales norteamericanos ofrecen tres secciones principales. Una dedicada a los crímenes y catástrofes, otra destinada a los deportes y una tercera concentrada en el tiempo. Los cuatro presentadores que aparecen se dividen así: dos para lo general, en cuya generalidad el crimen junto al siniestro de temporada ocupa el minutaje más largo. Luego, un presentador - no una presentadora - desenfadado habla de la marcha deportiva en el béisbol, el baloncesto o el hockey. Después le toca al turno al hombre o la mujer del tiempo. Ocasionalmente se ofrecen algunas noticias políticas y algún reportaje curioso, pero no son tan distinguibles y asiduos como aquel trinomio fundamental.



La primera parte es, por su énfasis, la más determinante para el espectador. Estados Unidos aparece en esa primera sección como un país amenazado por individuos o fuerzas naturales, que acechan a la población, modifican el territorio y conmueven las expectativas inmediatas. La narración deportiva de la segunda entrega alivia este efecto de inquietud pero mantiene no obstante el espíritu excitado. Finalmente el porvenir climatológico restablece una cotidianidad relativamente predecible.

El tiempo suele ser lo más rutinario comparativamente hablando, pero las alergias son una plaga en primavera y enseguida se redoblan los incendios forestales en verano, la sesión de huracanes, la formación de tornados en la zona, los movimientos de tierra en la Costa Oeste o las riadas en la mitad del país. Como dicen algunos carteles urbanos, Disaster never rests (El desastre no descansa nunca): cada diez minutos ocurre un desastre. La Cruz Roja ha adaptado el lenguaje de sus paneles a la sensibilidad popular tanto con el fin de disminuir el efecto de las devastaciones como para contribuir a cultivar la vecindad del cataclismo.


En el año 1994 se anunciaba una colección de vídeos titulada Eyewitness of Disaster (Testigos Oculares del Desastre) con escenas aterradoras para la degustación privada. El terremoto de Los Ángeles, las inundaciones del Mississippi, el resultado de los vientos y los hielos..., tomas directas de gentes en circunstancias que les llevan a perecer angustiosamente. Todo esto para pasar el rato en casa. De hecho, las devastaciones podrían formar parte del programa televisivo estacional, y los incendios en la barriada provocados o no, a pesar de las múltiples prevenciones y sistemas de alarma, son parte de las noticias diarias. Cada seis segundos hay una llamada a los bomberos: se queman 40 veces más casas en Estados Unidos que en Japón pese a que en Japón se construyen buena parte de ellas en madera y papel. El fuego arrasador aparece en los informativos de la tarde o de la noche, pero su presencia se vive sin necesidad de mediación desde las ventanas, en directo, sobresaltado por la estridente carrera de los camiones cisterna. De igual modo, el crimen o los accidentes todavía sin nombre no solo se escuchan en las emisoras, se presienten en la luminotecnia y los alaridos de las sirenas que sortean el tráfico a cualquier hora. La sensación de amenaza parece indespegable de América. Una atmósfera de miedo directo y cinematográfico, oral, visual y estereofónico es parte de la cotidianidad real. Contemplados en Europa, las películas y telefilmes de violencia pueden parecer cosa de la ficción, pero los norteamericanos identifican entre los personajes de la cinta aquellos prototipos fisiognómicos del barrio con los que se cruzan y que acaso esconden a violadores, ladrones, pirómanos o asesinos en serie.



El miedo circunda a la población, y los demás medios lo recogen y multiplican en sus planos, sus argumentos, sus efectos especiales. Con cierta regularidad, los tabloides y las revistas que regalan en los supermercados pueden explotar la religiosidad con diversos diseños del fin del mundo basados en escalofriantes predicciones bíblicas para la próxima temporada. Una vez es una cadena de hecatombes que van a estallar en unos meses, otra es la inminente propagación de plagas que asolarán el país de costa a costa. Basta cualquier indicio metereológico o una nueva idea médica de perfil funesto para que se encienda la luz roja. Un grado mayor de fusión en los polos o una cadena de descensos (o ascensos) en las temperaturas mueve pronósticos consternadores.








Trouble the Water (2008), de Tia Lesin y Carl Deal es un estupendo documental acerca de los daños que dejó el huracán Katrina a su paso por los Estados Unidos arrasando por completo la ciudad del jazz: Nueva Orleans.

Como dice el dicho: después de la tormenta viene la calma, pero que no dure demasiado porque ya me estoy aburriendo.



jueves, 28 de agosto de 2014

La tentación está en la copa


Lo siento, hoy veo de esta manera al viejo zorro de Billy Wilder.

Sí, estoy borracho. Antes de entrar en esta maravillosa dimensión alcohólica me estaba dominando la lasitud y sentía que el mundo no era gran cosa y que todo era una farsa y que tú también lo sabes. Las cosas son como son. No hay nada por lo cual emocionarse. Depresión, miedo, inutilidad de seguir y toda esa porquería que le invade a uno cuando está sobrio, apocalíptico e integrado. Pues nada aquí estoy como una cuba sentado en el sofá con una pila de películas de mi tío Billy y el mueble bar bien surtido de buenas e imaginativas  bebidas. No conozco otra manera más dulce de seguir respirando. ¿Qué te parece a ti, queridísimo Dino?


Bueno, respecto al alcohol ha quedado bien claro. Ahora queda señalar el motivo de este montón de películas, que se me antoja como la torre de Pisa. En las películas de Billy, la materia con la que se hacen los sueños es el alcohol. A menudo, el hecho de que haya rodado una película contra el alcoholismo como Días sin huella, impide ver que algunas de sus películas son un verdadero himno a los cócteles, al champán y a otras bebidas alcohólicas.


"Siempre digo lo mismo: ¡Sácate la ropa mojada y métete un martini seco!" Así empiezan todos los enredos en El mayor y la menor. En general, el mundo siempre parece otro con una buena borrachera: así, por ejemplo, sucede con Ninotchka, que necesita una considerable cantidad de champán para enamorarse. Jack Lemmon en El apartamento tiene que beberse diez martinis antes de atreverse a hacer lo que sus superiores hacen constantemente, o sea, por fin, ligarse a una chica, aunque no sea el amor de su vida.


¿Qué sería de Sugar Kane en Con faldas y a lo loco, si no llevara su botellita, su pequeño consuelo? ¿Cómo lograría Oliver Larrebe en Sabrina sobreponerse a viento y marea, si no llevara siempre consigo su frasquito de aceitunas para poderse preparar en cualquier lugar un buen martini?


El martini, seguido del champán, es la bebida más importante en las películas del viejo zorro. Jack Lemmon en El apartamento, siempre tiene una botella de vermouth preparada para sus invitados adúlteros. De lo que deducimos que Billy prefería el no tan conocido vodka martini al conocido gin martini (a propósito, también la bebida preferida de un tal James Bond).


En todo caso, la consumición de grandes cantidades de cócteles es el lubricante de la comicidad de Billy. Estimula la fantasía, acelera frases y pensamientos, y encera el suelo de las historias, sobre el que, más tarde, resbalarán los héroes. Naturalmente la evidente afición al alcohol que comparten casi todos los personajes de Billy confirma la tesis, primero, de que lo invisible es tan importante como lo visible en sus películas, ya que somos nosotros mismos los que tenemos que imaginarnos el caos reinante en las cabezas de los héroes borrachos (como vosotros tenéis que imaginar el mío), y segundo, que en las películas de mi tío Billy, la identidad y personalidad no son medidas estables sino variables; cada nuevo martini es una nueva metamorfosis.

Y ahora me voy a preparar otro buen martini. Ya está entrando por la ranura de mi DVD el inagotable legado espumoso de Billy Wilder. 

¡Salud!



         

miércoles, 27 de agosto de 2014

El final de los hermanos Marx (final)


En Amor en conserva (1940), de David Miller y basada en una idea del propio Harpo, el mudo más surrealista del mundo, interpreta el papel de un vagabundo solitario que ayuda a una compañía teatral convencido de que alcanzará el mayor éxito desde Show Boat. Él es quien, con peligro para su propia vida, consigue comida para el grupo a cambio de una sonrisa de gratitud de Maggie (Vera-Ellen), de quien está enamorado sin que ella lo sepa.


Este Harpo es completamente diferente del tipo lascivo al que nos tenía acostumbrados. El personaje se llama Harpo y el verdadero Harpo, que imaginó la historia del filme, lo suavizó para convertirlo en un sujeto simpático y sensible. Harpo vive en lo que, aparentemente, es una choza abandonada en Central Park de cuyo interior Salvador Dalí habría hecho de las suyas. Es más, con él vive una cosa muy rara que se parece a una especie de pingüino ataviado de manera similar a Harpo. Lo más gracioso es que este bicho le amonesta por haber llegado tarde a casa.


Por otra parte, Chico no hace nada en la película que merezca la pena recordar, aunque, eso sí, lee el pensamiento de Harpo por teléfono e incluso consigue entender su mímica y Groucho aparece con su puro, pero sin su mostacho ni su levita, y con un aspecto peor que el de Una noche en Casablanca. En esta película, se limita a actuar al principio y al final, y a contar una historia de transición. En una de las últimas secuencias, aparece fugazmente con Marilyn Monroe, que interpretaba uno de sus primeros papeles.


"¿Puedo hacer algo por usted?", le pregunta Groucho para, acto seguido, volverse hacia el público y afirmar "¡Qué pregunta tan ridícula!".

Al final del filme, lleva una gorra de Sherlock Holmes que le hace parecer un ave de presa, mientras recorre los tejados acompañado de una música irritante (la banda sonora de la película es pésima).


Como es bien sabido esta película pertenece principalmente a Harpo. Él es quien más tiempo aparece en la pantalla: su talento ha conseguido superar el paso de los años y sus ademanes siguen siendo joviales y traviesos. Sus rasgos se han hecho más flexibles y las marcas de la edad hacen que las expresiones de su rostro, como la de berrinche infantil que muestra durante su número escénico, sean incluso más fascinantes. Pero los momentos que deberían ser tristes constituyen un fracaso total, porque Maggie no nos interesa lo más mínimo. Rosa, en Una noche en la ópera, o Judy, en Un día en las carreras, nos preocupaban mucho más porque eran personajes que sufrían y se enfrentaban al destino con coraje (eran papeles mejores interpretados por mejores actrices). Por otra parte, las secuencias en las que aparece Harpo están cargadas de trucos de posproducción.


En una de las escenas vemos de los bolsillos de su gabardina que empieza a caer una montaña de objetos, entre los que se cuentan una alfombra de bienvenida, las piernas de un maniquí, el cartel de una barbería, un bloque de hielo (quizá de Plumas de caballo), un buzón con el nombre "Moss Kauffman" (es decir, Georges S. Kauffman y Moss Hart) y un perro en perfecto estado de salud. Por desgracia el gag se ve perjudicado por su excesiva duración: acaba por ser evidente que los objetos están saliendo de un agujero que hay detrás suyo. En El conflicto de los Marx, las mangas de Harpo solían dejar caer una catarata discontinua de cubiertos que culminaba con la aparición de una cafetera, algo mucho más efectivo y menos mecánico que lo que ocurre en esta película. Resulta mucho más ingenioso que apareciera una vela encendida por ambos extremos o una taza de café humeante que mostrar todas las pertenencias de Harpo. Mientras que en las películas anteriores Harpo podía tener absolutamente de todo en su gabardina, en ésta acaba por quedarse sin nada más que ofrecer.


El punto culminante de Amor en conserva es la persecución por los tejados y los anuncios luminosos de Times Square. La cantidad de rótulos desplegada (aparentemente sufragada por las entidades anunciantes) hace que las vallas publicitarias de hoy en día parezcan insignificantes. Los momentos de la actuación de Harpo que dejan mejor recuerdo son varios gags visuales que tienen una marcada similitud con los procedimientos del cómic. Cuando Chico, que está intentando leer sus pensamientos, le dice que debería aclararse las ideas, Harpo se mete un pañuelo por una oreja, se lo saca por la otra y empieza a moverlo frenéticamente. Más tarde, se asoma por un humeante anuncio de neón que promociona los cigarrillos Kool (ahora me fumaría uno de ellos, joder), y él mismo empieza a sacar humo por la nariz y las orejas. En otra secuencia, se cepilla el pelo mirándose a un espejo que, al darse la vuelta, refleja la parte posterior de su cabeza. No lo sé de cierto, pero es muy posible que Frank Tashlin tuviera mucho que ver con estos gags que, a diferencia del de la gabardina, están muy bien realizados.


Así pues, ¿cómo acaban mis hermanos; los hermanos Marx con su carrera conjunta en la gran pantalla? Chico, sorprendentemente, termina trabajando para Groucho en vez de asociarse con Harpo, y jugando a cartas con un enorme perro que acaba quedándose con su chaqueta. Es evidente que la escena no funciona: Chico debería desplumar al perro. Aun así, se le permite recuperar su antigua testarudez al negarse a contestar la llamada de teléfono que recibe Groucho. 

Groucho se convierte en el esposo de Madame Egelichi y nos vemos obligados a ver cómo ella le regaña por teléfono. Éste habría sido el momento adecuado para que Marilyn hubiera vuelto a entrar en escena. 


Harpo - hay que tener en cuenta que se trata de su película - sale mejor parado. No consigue a la chica, pero esto era evidente desde el principio, porque ella era mucho más joven. Sin embargo, y a pesar de que desconoce su valor real, se lleva los diamantes Romanoff como recuerdo de sus aventuras. El espectáculo es un éxito, Maggie queda satisfecha y la compañía puede seguir adelante. Dejando a un lado su humilde morada del parque, Harpo se pierde en la oscuridad de la noche, más allá de los anuncios de neón, danzando como un feliz duendecillo nocturno. Visto esta escena hoy no se puede evitar la caída de una lagrimilla al saber que es el verdadero final de las películas de los hermanos Marx.



Uno se queda solo de nuevo después de escribir todo esto. ¡Alto! ¡Alguien llama a la puerta! 



                 

martes, 26 de agosto de 2014

El final de los hermanos Marx (1)


"Tengo la intención de vivir para siempre, o morir en el intento."
Groucho Marx

En su regreso a la pantalla, después de cinco años alejados de ella, los hermanos Marx tenían ya aspecto casi de ancianos en Una noche en Casablanca (1946), de Archie L. Mayo, y lo eran: Chico casi tenía sesenta años, Groucho cincuenta y cinco, y Harpo fue quien se llevó la peor parte, porque, en vez de ponerse su tupida peluca, había teñido y rizado su propio pelo, dejando al descubierto todas las señales que el paso del tiempo había dejado en su rostro. Hoy estas edades son todavía consideradas jóvenes y mucho tiene que ver el botox el lifting, y otras cosas, pero en aquellos tiempos un actor con sesenta años era más que maduro.


Parecía una contradicción que un cómico con la magia de Harpo no pudiera zafarse de las garras del tiempo. Las travesuras de Harpo eran esencialmente juveniles, y hay momentos en los que parece un hombre que se niega a reconocer la edad que tiene. Aún así, su condición física era envidiable y la técnica de su actuación tan robusta como siempre; y en cuanto a Groucho, aunque ya no tenía su aplomo juvenil, interpretaba a la perfección su papel de viejo libertino. A pesar de que es muy posible que su típica forma de caminar inclinado hacia delante empezara a delatar síntomas de envejecimiento, seguía siendo tan rápida como siempre.


El aspecto cansado del grupo se podría haber contrarrestado con algunas ideas nuevas, pero el principal problema de Una noche en Casablanca era la falta de originalidad. Mientras que las mejores películas de los hermanos Marx se habían adelantado a su época, ésta se basaba en sus números habituales, aderezados con una trama tópica acerca de un nazi fugitivo y algunas referencias a Casablanca (1942), de Michael Curtiz y Tener y no tener (1944), de Howard Hawks. Se podría haber realizado buenas parodias de estas dos películas, pero el filme de los hermanos Marx no era el largometraje adecuado para intentarlo. Una noche en Casablanca tiene un argumento muy flojo, no cuenta con un reparto adecuado ni está realizada con la efectividad de antaño, como se pone de manifiesto por su carencia de atmósfera y detalles. Al menos el gran Sig Ruman, hacía de nuevo una reaparición en el papel del pérfido nazi Heinrich Stubel.


No voy a explicar una película más que conocida por todo el que aprecia el cine, pero quiero detenerme en la secuencia culminante de la película que se desarrolla a bordo de un avión en el que Ruman y su banda quieren huir del país. Beatrice (Lisette Verea), reformada, ayuda a los hermanos Marx a colarse en el avión. Harpo deja fuera de combate al piloto y ocupa su puesto, subiendo y bajando todo tipo de palancas y consiguiendo, para sorpresa de todos los pasajeros que el avión se tambalee, acelere y frene constantemente. Beatrice intenta reanimar al piloto, pero Harpo, tan severo con los maleantes como en Una tarde en el circo y Una noche en la ópera, vuelve a golpearle en la cabeza y sigue pilotando el avión con una confianza infinita en sus habilidades. Ahora bien; me parece una monstruosidad dejar que el avión se estrelle con Harpo al mando. En mi humilde opinión, el torpe director Archie L. Mayo no entiende en absoluto la magia de los Marx. Mi querido Archie; un avión pilotado por Harpo debería aterrizar sin ningún percance. La ineptitud de Harpo para conducir una locomotora en Los hermanos Marx en el Oeste (1940), de Edward Buzzell era otro fallo del guion. 


Pero si Harpo se ve obligado a estrellarse con el avión, al menos lo hace sobre una comisaría, de forma que Ruman, habiendo perdido el peluquín, pueda ser arrestado sin tardanza.

En la última secuencia, la pareja romántica del filme, hace algo útil y se besa, propiciando que Beatrice se lamente: "Ojalá me ocurriera algo así...", como Thelma Todd al final de Plumas de caballo, Beatrice huye despavorida de Grocho, Chico y Harpo: una imagen simpática con la que se pone punto final a la última película de los grandiosos hermanos Marx como tal. Mañana hablaremos de Amor en conserva (1949), de David Miller. 

Me pregunto: ¿qué humoristas tenemos hoy en el cine para que nos salven la vida? ¿Qué podemos hacer?


Gracias amigo Buster. ¡Tú sí que sabes! 

"Parad el mundo que me bajo."
Groucho Marx

domingo, 24 de agosto de 2014

Recordando a Ivie Anderson


Las grandes intérpretes del jazz clásico están ya en el lugar que les pertenece, es decir, en la memoria de todo amante de la música con mayúscula. Hoy se puede conseguir en cualquier tienda, más o menos especializada los discos de Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaugham o Dinah Washington, entre otras, pero no de Ivie. ¿Quién fue Ivie Anderson? 


Esta maravillosa intérprete se convirtió en 1932 cantante de la orquesta del gran Duke Ellington, a mi juicio, uno de los músicos más importantes e influyentes de todo el siglo XX. Ivie estuvo con él toda una década. Duke la señala como la mejor vocalista que jamás tuvo y creo que sus palabras hay que tomárselas muy en serio.

Veamos en este maravilloso vídeo a Ivie interpretando la magnífica canción "I got it bad and that ain't good" con Duke al piano.
             
             

Ivie dio una nueva dimensión a la banda, y aunque puede que la cantante careciese de la excéntrica individualidad de una Billie Holiday, por ejemplo, o de los instrumentistas de Duke, se trataba de una de las cantantes de jazz más versátiles de su época, igualmente capaz de cantar sentidas baladas, gruñir al estilo scat o entonar nostálgicos blues.


Ivie interpretó el famoso número de "All God's Chillun Got Rythm" en una de las escenas más maravillosas de la película Un día en las carreras (1937), de Sam Wood junto a mis hermanos; los hermanos Marx. Aquí vemos a la siempre preciosa Judy (Mauren O' Sullivan) y Gil (Allan Jones) cantando "Tomorrow Is Another Day" y Harpo toca la flauta y llama la atención de algunos niños que piensan que es el arcángel Gabriel. Mi hermano Harpo asoma su cabeza a varias chabolas y los adultos también salen a divertirse. Groucho y Chico, finalmente, también acaban formando parte de la diversión y que sirve para mostrar lo bien que se lleva el trío con los pobres, a diferencia de lo que ocurre con aquellos que ostentan el poder.

Por favor, no os perdáis este vídeo porque es el único remedio que conozco contra la tristeza y la desesperación.

                             

sábado, 23 de agosto de 2014

Dinero


                               


"¿Tenemos que producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?"
Erich Fromm

Es evidente que el dinero no va con el mérito sino con el deseo y el poder y se convierte en una triste pasión cuando suplanta a todas las demás, es decir, bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. Y, ¿cual es el resultado? Pues cuando no se tiene dinero, siempre se piensa en él y cuando el dinero se tiene, solo se piensa en él. El dinero es también una abstracción, el dinero permite ganar y perder, robar y matar sin mancharse las manos.

"Cuando se trata de dinero todos son de la misma religión".
Voltaire


                                

jueves, 14 de agosto de 2014

Los relatos de Patricia



Observo una vez más el rostro tantas veces visto en fotografías y reportajes; un rostro enérgico, marcado por el tiempo en el que, sin embargo, una media sonrisa, un mohín adusto, me recuerda repentinamente a una niña a punto de cometer una travesura. El mohín maligno de sus fotografías, la ironía que asoma a menudo en sus obras, la ternura que siempre le he sospechado y que está hoy enmarcada en la pared de mi estudio, y mira por donde, hoy quiero saber más de ella. ¿Qué era lo que nos contaba la escritura de sí misma? El intento parece absurdo. Patricia Higmsmith, celosa de su intimidad, cerrada como una nuez, se escondía en respuestas lacónicas, huidizas, en la mayoría de entrevistas que he conseguido reunir, y de todo material esparcido por mi mesa solo un título Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga, promete algunas revelaciones de primera mano.


Una Patricia sonriente, con un gato en el regazo, parece mirar desafiante al lector. Si nos fijamos mejor en la portada, nos damos cuenta de que somos nosotros, los lectores, quienes observamos a la autora y a su gato de una forma sugerente, inconfesable a través del ojo de la cerradura. Abro el libro y encuentro mucho de lo que busco. Referencias a la diversión, al "gozo de escribir", la mención cariñosa de las distintas habitaciones en las que, rodeada de cuadernos, había perpetrado algunos de sus más famosos crímenes; sabios consejos sobre el desarrollo de las tramas, la paradoja de que, muy a menudo, las mejores novelas se escriben solas o las mejores ideas aparecen de repente, sin previo aviso.


  "Yo soy tan observante de la ley que me echo a temblar ante un aduanero aunque no lleve contrabando en las maletas."

Patricia Highsmith, Suspense

A mí lo que más me gusta de Patricia son sus relatos. Son precisamente en sus cuentos donde podemos apreciar su verdadero universo creativo. Patricia no tiene una visión muy optimista del género humano, y utiliza sus excelentes recursos narrativos y su acerado humor para mostrarnos los aspectos más críticos de sus semejantes; criaturas sórdidas, tirantes, absolutamente cotidianas, teñidas de ambigüedad moral y violencia pura donde el crimen no es más que un elemento necesario para seguir adelante. Patricia escribe sobre los seres humanos como una araña escribiría sobre las moscas. Para la autora el arte no tiene nada que ver con la moralidad.



El inquietante universo de Patricia es la intromisión de lo irreversible en lo cotidiano; las penetrantes caracterizaciones psicológicas; la sordidez que late en la normalidad; el humor contenido pero negro; la ambigüedad moral de los personajes, y siempre, unas circunstancias que, imperceptiblemente, en una sucesión de detalles nimios, acaban tejiendo un destino asfixiante e implacable.

Las simpatías de Patricia se dirigen claramente hacia el asesino. La mente de un "fuera de la ley" le parece más interesante que el cerebro de un policía. Es más, a veces nos preguntamos dónde está ese pretendido cerebro. No es que sus agentes resulten tontos o ingenuos, ni tampoco grotescos o ridículos, pero sí, muy a menudo, absolutamente ineficaces. Los mismos policías que en la vida real hacen temblar a Patricia a la hora de cruzar una frontera, no logran casi nunca, en la ficción, atar cabos, dar pie con bola, entender algo de lo que allí se avecina.


                                     
Otros asuntos, desde luego, son los niños. Por ejemplo, Skip, el personaje de Despacio, despacio, a merced del viento, Patricia confiesa temerlos abiertamente. "Temía más a los niños que a la policía", dice. Husmean, meten la nariz donde nadie les llama, inventan juegos absurdos, invaden propiedades privadas... La astucia que se niega en la policía se supone en los niños. Y también en los criminales, en los suicidas, en los delincuentes. Patricia, como ya he dicho, ha hecho todo lo posible para que estos últimos nos caigan "razonablemente simpáticos", para que entendamos, por lo menos, que su crimen va a quedar impune. Una atmósfera densa, irrespirable, que ha ido contaminándonos poco a poco, se ha encargado de convencernos.









O los viejos, que son un tema recurrente en la obra de Patricia. A veces no acaban de morirse nunca. Otras es alguien quien pretende que no se muera nunca. Con frecuencia se comportan de un modo tiránico, invasor, caprichoso, inquietante. Como en el cuento Tener ancianos en casa; un cuento terrible y, lo que es peor, más que posible.



Pero no son siempre los humanos quienes se encargan de enrarecer el ambiente. En su magistral Crímenes bestiales distintas clases de animales cometen asesinatos perfectos sobre humanos estúpidos como la historia de un gato que vive lujosamente en un yate en Acapulco y que odia al amante de la dueña, o aquel de las cucarachas de un hotel en decadencia que añoran su esplendoroso pasado, o el del gato que entra en el salón con algo en la boca, algo que parece demasiado a un dedo humano.



Sí, Patricia es un encanto: "Arisca, pero con un corazón muy tierno", según palabras de Jorge Herralde y yo no puedo olvidar ese relato donde en el subsuelo de los estadios deportivos de las universidades hay peligrosos depósitos de residuos nucleares, o aquel en donde la Asociación Psiquiátrica Americana por razones de "humanidad y economía", dejan en libertad a todos los enfermos crónicos internados en los manicomios, y el de las gallinas, y más gatos, más viejos, los de padres de familia, más niños, los de espantapájaros, los de aquella falsas ventanas, a veces tan solo rendijas, por los que no entra el sol, sino que somos nosotros, los lectores, al asomarnos, quienes penetramos en el mundo de las sombras. Situaciones que primero producen desasosiego; luego, inquietud, y finalmente, ese temor más cercano al escalofrío. Patricia domina como nadie la técnica de crear una envolvente atmósfera de tensión que atrapa al lector en unas pocas páginas.


Patrica se fue a vivir a Suiza para respirar aire puro, cuidando amorosamente del jardín, charlando con su gato. Patricia siente un gran cariño por los gatos y gusta de dar largos paseos por el jardín. Tenía cientos de caracoles. Los coleccionaba y cuando estaba aburrida sacaba dos o tres de su bolso y los miraba perderse. No es difícil creer que le gustaran más que las personas, tanto, que llegó a escribir un cuento sobre ellos. En él cita a Jean Henri Fabre para decir que ninguna especie del reino animal manifiesta tal grado de sensibilidad durante el apareamiento como los caracoles, y su personaje psicópata Vic Van Allen de su novela Mar de fondo es aficionado a la cría de caracoles. Una vez fue detenida por sus temidos aduaneros en un aeropuerto por llevar en su bolso caracoles. Incluso se dice que también los llevaba escondidos por todo el cuerpo.


Y para finalizar; los finales de Patricia, espectaculares, imprevisibles, tienen a menudo su coda en una cotidianidad cruel y amoral en la que habíamos reparado y que, sin embargo, nos aguarda a todos a la vuelta de la esquina. Con una mezcla de delicadeza y energía, pudiesen definir en un solo párrafo, en una breve advertencia: cuidado con los niños, cuidado con los viejos, cuidado con la apacible ama de casa, con el buen padre de familia, con el encantador vecino de al lado...

Lo oscuro acecha. Lo oscuro está ahí, a la vuelta de la esquina. Lo oscuro somos todos y cada uno de nosotros.


Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock