lunes, 6 de julio de 2015

Cuando Mazursky encontró a Fellini



Esto fue lo que sucedió:
En Hollywood, a principios del otoño de 1969 preparaba Paul Mazursky su segunda película, El fabuloso mundo de Alex, después del éxito de su primer filme, Bob y Carol y Ted y Alice. Su segundo filme  sería una sátira sobre los hábitos de la colonia cinematográfica y acerca de un director cuyo primer filme había sido un éxito, y que ahora no sabe con certeza qué hacer a continuación. Fantasea con distintos tipos de obras, una de las cuales al estilo felliniano. Una escena del guion que Mazursky escribió con Larry Tucker se refiere al viaje de un director a Roma para tener una conversación con un productor. Mientras está allí, encuentra al gran Federico Fellini, quien aparta con amabilidad al torpe hollywoodiense. Mazursky era un gran admirador, no solo de las películas de Federico; sino de todo el dominio creador que sabía ejercer uno de los directores más importantes de la historia del cine.


Y pensó: ¿por qué no intentar que Fellini se interprete a sí mismo en mi película? Se encontró por casualidad con Anthony Quinn, de quien sabía que había actuado en La strada, y le preguntó qué podría hacer para comunicarse con Federico.

-Envíale un telegrama - sugirió Quinn.


De modo que le envió un telegrama diciéndole que era Paul Mazursky, que acababa de dirigir Bob y Carol y Ted y Alice (que había iniciado el Festival de Cine de Nueva York, de 1969), y que había escrito ese filme, y si él quería hacer un pequeño papel en su próxima película. Recibió en respuesta un gracioso telegrama en el cual decía: "No sé quién es usted, nunca oí hablar de Bob y Carol y no sé quién más, y no tengo interés en participar en la película de nadie. Pero si alguna vez pasa por Roma, encontrémonos".


Mazursky y Larry Tucker volaron a Roma al día siguiente, pero no en avión, sino volando como Superman, pero con menos estilo, para llegar antes. Se inscribieron en un hotel y se enteraron de que la mejor forma de comunicarse con Fellini era a través de su representante de relaciones públicas, Mario Longardi. Mazursky le telefoneó.

-¿Usted quién es? - preguntó Longardi con sequedad moviendo la mano izquierda con los dedos estirados y juntos como un manojo de percebes; gesto tan italiano.

El pobre Mazursky le explicó que Fellini había sugerido un encuentro cuando estuviese en Roma, y que él estaba allí, en la ciudad eterna con su coguionista. Longardi le respondió que Fellini se hallaba ocupado preparando un nuevo filme, y que no resultaba fácil verlo. Pero se comunicaría con él, y lo llamaría.


Al día siguiente, cuando a Mazursky ya no le quedaban uñas que roer, sonó el teléfono; era Longardi. Le dijo que Fellini los vería en el Gran Hotel de la Via del Corso, a las ocho de la noche. Según me han contado, Mazursky se tiró de puro contento por la ventana y se puso a volar como Michael Keaton en Birdman, pero creo que es una exageración. De todas maneras que cada cual acepte lo que más le convenga.


Y en efecto, a las ocho, el gran Fellini con Mario Longardi estaban allí. Fellini se veía exactamente como Fellini, con su sombrero negro, su chaqueta negra, sonriente. Conversaron unos minutos, con Longardi como intérprete, y entonces Fellini le dijo a éste que no necesitaba un traductor y que podía irse. Ese fue el comienzo de cinco días durante los cuales pasaron juntos buena parte del tiempo. Era evidente que a Fellini le resultaba muy divertidos esos dos pardillos que venían de Hollywood. Almorzaban y cenaban juntos. Una noche viajaban de un lugar a otro, buscando a Marcello Mastroianni, pero no lo encontraron por ninguna parte. ¿Por dónde andabas, Marcello?


Cuando Mazursky y Tucker le hablaban de la actuación en el filme, Federico les decía: "Es un error. No me use en su obra. Consiga un gigante, o un enano, o mejor aún, utilice un títere que se parezca a Fellini". 

Pasaron los cinco días y Mazursky tenía que regresar a Los Angeles y fue cuando Fellini capituló: "Muy bien, lo haré", dijo cansado. Mazursky casi se corre vivo y le respondió que volvería a Roma cuando estuviera rodado el filme, y que lo haría todo en un día, dos a lo sumo. De momento, arrivederci Roma. 

                     

Varios meses más tarde, con Donald Sutherland como Alex, el director Mazursky, se encontraba cerca del final de su programa de rodaje en Los Angeles, momento en que viajaría a Roma, a hacer la escena con Fellini. Cuando llegó una llamada de Mario Longardi.

-Fellini lo lamenta mucho, pero ha cambiado de idea. No quiere presentarse en su película.

Mazursky se sintió muy alarmado, más aún, sacudido y deprimido. Todo el plan de la historia giraba en torno de los sueños y fantasías de Alex, de ser un gran director como Fellini. Incluso había aceptado el consejo de Federico  dando a Alex una visión de la cual ve todo el patio de una escuela lleno de Fellinis títeres en todos los tamaños y formas.


Poco después de colgar el teléfono, Mazursky adoptó la mayor decisión que hubiese tomado hasta entonces. No permitió que la MGM, los estudios o cualquier otro supiesen que había recibido la trágica noticia. Terminó el rodaje en el parque temático que era Hollywood y se fue para Roma como si el arreglo anterior todavía estuviese vigente. Le acompañaban el feo de Sutherland, el operador, el director de sonido y su ayudante de dirección. Llamó al puto Longardi y le dijo: 

-Estamos aquí, listos para filmar.

-Pero yo los llamé - respondió Longardi agitando una mano con los dedos juntos como un racimo de percebes -. Les expliqué...

Mazursky fingió que no había entendido el mensaje, que no se le había ocurrido que Fellini hubiese cambiado de idea.

-Pero Fellini no lo hará - insistió Longardi -. Si tiene que decírselo él mismo, está en el restaurante Cesarina, comiendo. Pero no quiere hacerlo, se lo aseguro. 

A Mazursky le faltó tiempo para llegar al restaurante, donde encontró a Fellini comiendo espaguetis.


Fellini levantó la vista, y se miraron.

-Ah - dijo Federico, tras la cortina de espaguetis -, está aquí.

Lo supo todo, sin que Mazursky le dijese una palabra. Fellini rió.

-Por supuesto, no me escuchó cuando le dije que no lo haría.
-Creo que no entendí muy bien lo que se dijo por teléfono, pero debo terminar la película - respondió desesperado el pobre Mazursky.

Hablaron de eso; Fellini que no podía hacerlo; Mazursky explicándole lo necesario y crucial que era la escena, y lo fácil que resultaría hacerla. Por último dijo el gran Fellini.

-¿Qué quiere que haga yo? - (agitando las dos manos con los dedos apretados como dos grandes manojos de percebes).

Mazursky llevaba las páginas del guion relacionadas con él, y muy pronto cambió el tenor de la conversación entre ellos, como si ya hubiese asumido el papel de actor. Puso objeciones a una frase, afirmando que él no diría una cosa así.

-¿Qué diría? - le preguntó Mazursky.

Le informó de lo que podía decir, y Mazursky exclamó lleno de alegría.

-¡Eso es magnífico!

Cuando Fellini termino con glotonería sus espaguetis le dijo que fuera a Cinecittà al día siguiente, y que haría la escena allí, en su sala de edición, y que llevaría a su ayudante, Norma, para darle más realismo. Mazursky sintió que Fellini había disfrutado al ser perseguido.


Al día siguiente, Mazursky llegó a Cinecittà con el feo Sutherland y su pequeño grupo, y descubrió que Fellini ya había facilitado las cosas. Había dispuesto que despejaran un corredor, por el cual llegaría Sutherland y encontraría a Fellini, fuera de su propia sala de edición. Sutherland estaba atontado de emoción, pero Fellini lo superó como actor.


Todavía estaba lejos el encuentro de ambos para el rodaje de Casanova (1976). Fellini le diría al escritor Gore Vidal sobre Sutherland: "Me gusta Sutherland porque tiene un aspecto maravillosamente estúpido. Parece nonato. Quiero un personaje nonato, que todavía esté en la placenta", pero esto es otra historia, amigos.

Terminaron la escena, y si El fabuloso mundo de Alex tiene alguna importancia histórica, es por esa escena con Sutherland, en la cual Fellini se lo ve como actor, y también como asombrosamente veraz respecto de la manera en que habría manejado la intrusión en la vida real. En cuanto a la película fue un desastre en taquilla y crítica, y el pobre Mazursky se sintió tan deprimido con eso, que resolvió trasladarse con su familia a Roma, donde se enteraría de lo que significaba vivir en una sociedad algo más civilizada. Allí renovó su relación con el director más grande del mundo, y se hicieron amigos íntimos. Según se cuenta, casi como hermanos.





















Roma me espera. Ya estoy preparando la maleta y en ella introduzco mis dos libros inseparables para releer a la sombra de cualquier ruina de la ciudad eterna.  Os cuento a la vuelta.





                   

lunes, 29 de junio de 2015

A veces me siento peckinpahiano


 "Soporto muy mal a los imbéciles y ellos se lo toman como algo personal."

Sam Peckinpah

En un momento de la película Pat Garrett and Billy The Kid, Billy se levanta de la cama con una resaca impresionante, y al mismo tiempo, un gárrulo empieza a dar órdenes. Es entonces cuando Billy se dice en voz alta: "Odio a los tipos que se levantan haciendo ruido y seguros de sí mismos." Me hace mucha gracia esta escena, sobre todo cuando me despierto, hacia la madrugada, con una resaca de mil demonios y percibo que más allá de la persiana de mi habitación el mundo empieza a girar en su propio círculo. Siempre se oye una ambulancia a lo lejos y siempre me digo: "Sin haber salido todavía el sol y la gente ya anda estrellándose." El ser humano es malditamente menesteroso y escandaloso; una chapuza de la naturaleza.


Hoy me siento fatal y la resaca que tengo es descomunal. Aquí sentado en la cama no me atrevo a levantarme. Las alarmas del día sonriente solo tienen dientes y yo con este terrible dolor de cabeza. Los vecinos de abajo ya están discutiendo. El bebé del piso de arriba llora histéricamente. Menuda tragedia. Alguien ha puesto la televisión en alguna parte con un volumen excesivo y me llega una sarta de estupideces con aires patrióticos. Es cuando empiezo a sentirme peckinpahiano. Me pondo a recordar lo que dijo una vez el director y novelista Gonzalo Suárez, a quien Sam Peckinpah consideraba su perro hermano indio, que, mientras esperaban a que les sirvieran la comida en un restaurante de Madrid, el director de Grupo salvaje se entretuvo lanzando cuchillos contra la pared ante la reacción aterrorizada de los comensales. Sonrío, a pesar de mi dolor de cabeza.


Aniquilado en el tiempo récord por la bebida, quizá el mejor calmante que tuvo el viejo Sam para sus constantes enfrentamientos con los productores. Peckinpah vivió rápido, rodó de manera arrolladora y dejó como legado un puñado de películas violentas y amargas, las mejores de ellas enmarcadas en el género del Oeste, al que ofreció una lectura crepuscular mucho más beligerante e inconformista que la conferida por los cineastas veteranos en el ocaso de sus carreras... el hilo  de mis pensamientos se interrumpe por un fuerte golpe en la pared de al lado. Un maldito perro empieza a ladrar y las punzadas en mi cabeza son mayores... La amistad traicionada, la fractura entre lo viejo y lo nuevo, la pasión por la forma de vida mexicana (quien no)...



..., el uso de la cámara lenta y el montaje sincopado fueron algunos de los elementos constituyentes de su visión del género y su técnica narrativa. Intentó siempre apoyarse en su mismo equipo y en un grupo de actores, principales y secundarios, con los que se sintiera cómodo y protegido. Ese grupo me pone la carne de gallina: James Coburn, Steve McQueen, Warren Oates, Ben Johnson, L. Q. Jones, Slim Pickens, David Warner, Kris Krsitofferson, Strothen Martin o Emilio "Indio" Fernández.


Sus rodajes fueron caóticos y las películas nunca llegaron a estrenarse como él las había concebido, lo que fue provocando una sensación de desarraigo y una extremada voluntad de independencia que nunca llegó a adquirir... de la televisión me llegan voces independentistas. Suena un estruendoso pedo desde el patio luz... creo que ahora está hablando el presidente de España o de la Luna, yo qué sé.

Su predilección por argumentos que sitúa a los personajes principales en épocas de cambio y confusión. Momentos en que un tipo de vida, de existencia, queda desplazado, fuera de lugar. Este interés temático, el cariño con que el cineasta vuelve a él una y otra vez sobre todo en sus western. Su preocupación intensa por presentar la verdad oculta tras las leyendas; ese interés elude la denotación directa habida cuenta de que su Oeste está exorcizado de las cualidades legendarias propias del western más tradicional. Peckinpah rechaza brutalmente la formación del mundo actual, y hace culpable a un pasado que no supo apreciar lo mejor de sí mismo y que se apresuró a enterrar sus raíces positivas con urgencia, incluso apelando al holocausto.


Peckinpah, materialista, amargado, descontento y revolucionario, parte del inconformismo y busca en el pasado los primeros estadios de la injusticia, la desaparición de la inocencia (sus niños son testigos complacidos de la violencia que estalla a su alrededor) y el falso puritanismo: la desesperación de sus conclusiones es consecuencia directa de su punto de vista crítico hacia la existencia e inocencia de entereza y valentía, del que están privados los héroes (o antihéroes). Se debe a que la sociedad excluía a las mujeres de las decisiones que la construyeron en aquellas épocas.


Las mujeres de Peckinpah son independientes y se encuentran alejadas de los roles tradicionales a ellas asignados en los relatos de épica (esposas y madres). Son sensatas y sensibles, y pueden entender la vida mucho mejor que los hombres del cine peckinpahiano, casi siempre sobrepasados por sus propias tensiones y obsesiones interiores (de carácter fuertemente antisocial)... un avión pasa demasiado bajo a toda leche. El ruido es ensordecedor. Cierro los ojos esperando una terrible colisión con el centro comercial, pero no pasa nada, solo que el perro ladra más fuerte. El bebé sube el volumen de su llanto histérico. La pareja de abajo siguen discutiendo con un tono más elevado, y ya percibo a través de las persianas rotas como despunta el día. Necesito un trago.


Todo este ideario se formula en el cine de Peckinpah a través de un recurso temático muy enraizado en el western: el enfrentamiento inevitable de los antiguos amigos que, en la encrucijada de los tiempos, se encuentran militando en bandos opuestos. Las simpatías del cineasta se encontrarán siempre con el perdedor, que en todas las ocasiones será el representante puro de los viejos tiempos, de los modos desplazados, el que se niega a cambiar su existencia y a doblarse ante el ímpetu de las nuevas órdenes.


No existen héroes como tales en el cine de Peckinpah, y ello nos lleva de inmediato a dudar de su sentido épico. En realidad, desde el mismo comienzo de sus historias sus personajes están abocados al fracaso. Son personajes insistentemente retratados en sus flaquezas, de los que se subrayan las pasiones más bajas sin aires de disculpa. Esas debilidades dan cuenta de su desarraigo y marginación de forma más directa y punzante de como pudiera hacerse a través de enunciados filosóficos o trascendentales (notar el abismo significativo que separa, se quiera o no, a Peckinpah de mis hermanos John Huston y Nicholas Ray, también beodos como yo).


Los discursos del poeta nos hablan de existencias vacías, fuera de lugar, del ansia que sienten sus personajes por "llenar" el tiempo de sus vidas. La cercanía de la muerte es natural para todos ellos (algunos incluso son soldados), y la violencia resulta, en muchas ocasiones, el único medio de expresión y protesta que conocen. En un sentido diferente, Peckinpah elabora antes una línea de la existencia, del sin sentido y del fin, que una época basada en la historia.


Si Peckinpah se constituye en un continuado y "revisor" de ciertos repertorios fordianos, también es cierto que podemos encontrar sólidas relaciones entre las películas de Peckinpah y los western concisos del gran John Sturges (que también cultivó masivamente el tema de la amistad reconvertida en enfrentamiento o vasallaje con el paso del tiempo), con las preocupaciones temáticas y especialmente obsesivas de Anthony Mann, y con la estética y la violencia de la obra de Samuel Fuller... parece que todo está ahora en silencio. La pareja ha dejado de pelearse porque cada uno está ya en su puesto de trabajo. Al perro lo han sacado para que cague. El bebé ya está en la guardería. La tele ha dejado de emitir tonterías sobre la casta y ahora suenan tiros seguidos de gritos salvajes de indios y trompetas del séptimo de caballería. La jubilación es siempre aburrida y a mí me sigue doliendo la cabeza.

¿Recordáis el álbum de Bob Dylan Desire que grabó en 1975? Allí hay una hermosa canción titulada Romance in Durango, que conecta claramente con la época de Pat Garrett and Billy The Kid (1973). La canción está dedicada al viejo Peckinpah. Cuando Bob la interpretaba en la gira de la Rolling Thunder Revue, la solía dedicar a Peckinpah, al que le deseaba "buena suerte".

Aquí os dejo con esta canción. Yo me vuelvo a la cama, qué cojones. Que hoy le den por el culo a todo. Y cuando despierte me voy de vacaciones. El mundo puede esperar.

                

sábado, 27 de junio de 2015

¡Sal, Neville!


"Soy leyenda trata sobre la revolución."

George A. Romero

Algunos de vosotros ya conocéis cuál es mi estrategia a la hora de salir de mi casa para hacer lo que se supone que los demás esperan de mí. Si no lo recordáis entrad [aquí]. Gracias a las recomendaciones de la película La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel, he ido sobreviviendo a lo largo de estos años evitando mostrar mis emociones y sentimientos; pero me temo que ya no es suficiente para sobrevivir y ahora he decidido seguir las reglas de Robert Neville, a pesar de conocer de antemano el resultado final. Neville es el héroe creado por Richard Matheson para su espléndida novela Soy leyenda, y, como ya sabéis los que os encontráis en la misma situación, ha llegado el aciago momento de refugiarse en casa, con las puertas y ventanas fuertemente atrancadas por dentro, y defenderse como uno pueda de los vampiros, e investigar de día para tratar de encontrar una solución a este horror que nos envuelve. Por alguna razón inexplicable he quedado inmune a esta enfermedad bacteriana que causa todos los síntomas del vampirismo actual en el feroz y letal capitalismo. Pero creo que no debo decir más de lo necesario; el enemigo ya está por todas partes.

-¡Sal, Neville!


Soy leyenda se publicó en 1954 y después de sesenta años sigue siendo vigente, es decir, que no hemos progresado mucho y solo unos pocos ilusos como yo seguimos investigando para encontrar un remedio en esta nueva leyenda terrorífica, la contra figura del conde Drácula, que impide el desarrollo de una sociedad adaptada a la nueva situación fisiológica, como esos vampiros que van en limusina y no se ven porque están ocultos tras los cristales tintados, o los que desaparecen misteriosamente tras haber desangrado a miles de personas hasta dejarlas en los huesos, etc.

-¡Sal, Neville!


Soy leyenda trata también acerca de la soledad y el aislamiento, de un viaje en el tiempo, y asistimos gradualmente al nacimiento invertido de una leyenda. El punto de partida no es aquí, como habitualmente, un efecto, sino una causa: la supervivencia de un hombre normal en una sociedad anormal. Este vuelco de nuestro acostumbrado punto de vista es la angustia misma del libro, su horror, y su particular grandeza. Soy leyenda es posiblemente la mejor novela de vampiros del siglo XX, y ha sido de enorme influencia tanto en la literatura como en el cine, un tour de force sobre este tema que se ha llevado al cine en cinco ocasiones, ni más ni menos, pero con muy pobres resultados teniendo en cuenta la calidad de la novela. Es un clásico de la novela con vertientes terroríficas, pese a su correcta adscripción a la ciencia ficción por el intento de racionalizar científicamente el tema de esos capullos que se han propuesto a aniquilar a todo a aquel que no se ajuste a sus nuevas normas.

-¡Sal, Neville!

Hagamos un repaso a todas estas películas, o clásicos de desecho de videoclub por orden cronológico.


El último hombre sobre la Tierra (The Last Man on Earth, 1964), de Sidney Salkow. Ya para empezar Robert Morgan (Vincent Price), no tiene el mismo apellido que el héroe de la novela aunque puede que sea la más conseguida de todas. Aquí Matheson colaboró en el guion bajo el seudónimo de Logan Swanson, temiendo lo peor y no se equivocó, porque lo destrozaron. Yo salvaría la brillante interpretación del siempre genuino Price. Con toda honestidad está prodigioso e imprime un doloroso y patético halo de "normalidad" mientras trata de aferrarse al viejo mundo ahora en ruinas y a los recuerdos del pasado. Morgan ya es una leyenda como lo es Price. Lo demás es una chapuza de 85 minutos de una historia comprimida y mal resuelta. ¿Quiénes son los que aporrean a la puerta? ¿Vampiros? ¿Soldados? o ¿Una pareja de testigos de Jehová? La película se rodó en los estudios Titanus de Roma.


Soy leyenda (1967), de Mario Gómez Martín. Un cortometraje de 15 minutos rodado en blanco y negro. Francamente es una pieza que sorprende en el contexto español de entonces, lleno de vampiros nacionales que chupaban la sangre a los que eran ejecutados junto al muro blanco de la trasera de un cementerio. Se filmó para la Escuela Oficial de Cinematografía y entre su reparto destaca la rotunda presencia de Ricardo Palacios, intérprete idóneo para encarnar a Ben Cortman, el vampiro de la novela que más tocaba los huevos a Neville. El que más gritaba:

-¡Sal, Neville!


El último hombre vivo (The Omega Man, 1971), de Boris Segal. Tercera adaptación de la novela es sin duda la más recordada. Toda una injusticia pues a pesar de innegables aciertos traiciona en parte el carácter desesperado de la historia original y se muestra demasiado sujeta a la sintáctica de la época (funciona en cuanto a aspereza, pero acusa un continuo caos expositivo, amén de un machacón uso del zoom), de ambiente típico de todas las películas apocalípticas de los 70, lo que le confiere un aire de frikismo pulp. No obstante Charlton Heston es físicamente perfecto a sus casi cincuenta tacos para encarnar a Robert Neville, en un registro no muy diferente al de El planeta de los simios (1968), y en inquietantes apuntes como la secta de fanáticos mutantes futboleros o nacionalistas que sustituyen a las criaturas originales. 


Soy leyenda (2007), de Francis Lawrence. Nueva y enojosa versión de la novela, convencionalmente alterada y vulgarizada hasta obtener el prototípico bodrio inane millonario del Hollywood coetáneo más vampírico. El prota: Will Smith y su perrito. Basta decir que el destrozo de la atmósfera y la nulidad del terrible Lawrence para construir un filme decente es abismal. Su final es el peor de todas las películas aquí comentadas. Deleznable. Casi espera uno recibir a Walt Disney tras las puertas de Disneylandia esperando un poco más de sangre. La de Will, claro.


I am Omega (2007), de Griff Furst. Menuda carátula. Una vergonzosa transformación del texto de Matheson en un show de zombis, como esos malditos vejestorios millonarios que a base de haber estado chupando la sangre a otros durante toda la vida, se gastan sus suculentas ganancias en viajes de cruceros de lujo para bailar la conga en pantalón corto y en chancletas. Al menos Drácula tenía glamour. Para esto nos han hecho perder la vida. Para esto hicieron que malográramos nuestros sueños. Para esto nos ocultamos en nuestras casas. Para esto nos echan. 

-¡Sal, Neville!

Este engendro del demonio se organizó a toda prisa por la compañía Global Asylum (manda cojones) a fin de aprovechar el tirón en taquilla de la nefasta versión con Will Smith.


Pero no todo está perdido (de momento), porque el año pasado se publicó de nuevo Soy leyenda por motivo de su 60 aniversario en una edición donde podemos leer el guion  original que escribió Matheson y que lamentablemente siempre se encontró con el rechazo de la censura, que calificó el texto de truculento, y nunca llegó a rodarse. Dice Matheson en el prólogo de esta ejemplar edición: "Ya habéis visto lo que han hecho otros con esta historia. Ahora, con la ayuda de la imaginación para aportar las imágenes que acompañarían a las palabras de este guion, podéis comprobar lo que habría querido hacer yo con ella."

-¡Sal, Neville!


Se está construyendo una nueva sociedad. Para esto creen necesario matar a Neville, el último hombre que queda de una especie extinta, el postrero testimonio de una civilización gastada, los nuevos individuos que aparecen y que acaban con él ven en Neville a un auténtico monstruo mucho más peligroso que los vampiros de las multinacionales. La nueva civilización que surge de las cenizas ya no quieren saber nada de la anterior y por tanto solo pueden temer y odiar a quien patéticamente le representa. Neville dice al final de la novela la famosa y conmovedora frase: "Soy leyenda".


Después de ocultar mis emociones y sentimientos tras el visionado de La invasión de los ladrones de cuerpos para salvarme el culo, y ahora, como Neville, me enfrento a la última batalla antes de pasar a formar parte de la historia y leyendas de la nueva sociedad, como un ser que existió en un pasado y que con el tiempo no se recordará si fui real o solo una leyenda más.

-¡Sal, Paco!


                   

jueves, 25 de junio de 2015

Una canica


"Somos de la materia de que están hechos los sueños."

William Shakespeare

A veces suelo tener sueños que al despertar me dejan unas huellas de impotencia y rabia que conducen a largas reflexiones antes de poner los pies en el suelo. Se trata de esos sueños donde de repente tengo en mis manos ciertos juguetes que perdí en mi infancia, como aquella peonza de madera, la colección de cromos "Curiosidades del mundo" que venía en el interior de los pastelillos de la casa Bimbo, o aquella canica de color verde que fue a caer accidentalmente dentro de la boca de una alcantarilla.


En estos sueños me asombro y lloro después de felicidad por haber encontrado estos juguetes perdidos y olvidados. De súbito me doy cuenta que estoy soñando y que pronto despertaré y dejaré de tenerlos de nuevo. Es entonces cuando me aferro con todas mis fuerzas a estos objetos para que no desaparezcan en el momento del despertar y traerlos conmigo a la realidad, pero lamentablemente siempre que despierto con mi mano fuertemente cerrada bajo la sábana y la voy abriendo lentamente rogando que esté en ella, ya sea la peonza, la colección de cromos o la canica, descubro con gran pesar que no hay nada y mi gran decepción ya no me permite volver a dormir.



"Un sueño no puede convertirse en nada una vez que se ha soñado."

Michael Ende

Después me pregunto, todavía tendido en la cama mirando a la oscuridad, o a la pálida luz de la Luna que se filtra a través de la persiana perfilando los contornos de mi extraña habitación, por qué el sueño ha elegido precisamente aquellos juguetes, o por qué una vez despierto y consciente de ello sigo esperando, a medida que voy abriendo la mano lentamente, ese juguete imposible que solo existió en el pasado y ahora dentro de un sueño. ¿Dónde está la racionalidad o el sentido común que se espera del ser humano una vez despierto? Los sueños están hechos con la misma confusa materia de la vida. Luego sonrío como un demente al pensar que el mundo siempre ha ido a la deriva por la trágica pasión desmesurada al dinero y a las adquisiciones de objetos de lujo, y uno, ya con una edad, deseando traer del mundo de los sueños una canica.


"Da a los sueños que has olvidado el valor de lo que no conoces."

Andre Breton y Paul Eluard

Todavía tumbado en la cama ya insomne me pongo a recitar mentalmente aquel verso de Samuel Taylor Coleridge:

¿Qué pasaría si soñases que ibas al cielo
y allí cortabas una extraña flor?
¿Qué pasaría si al despertar tuvieras esa flor
en la mano?


Después me pongo a recordar aquella maravillosa novela de Clifford D. Simak, Un anillo alrededor del sol, donde se narra la historia de un juguete infantil que abre las puertas de infinitos universos posibles, o a aquel viajero del tiempo sin nombre de H. G. Wells donde el viajero se encuentra a la mujer de su vida en un porvenir de dentro de veinte mil años y regresa de él trayendo como prueba una rosa amarilla, y se encuentra tan exiliado en el presente que muy poco después huye de nuevo hacia el futuro en su Máquina del tiempo tan precaria como una bicicleta.


"Vaga ceniza del olvido y de la memoria, los sueños de la noche son lo que va dejando los días."

J. L. Borges


                            

jueves, 18 de junio de 2015

El sonido de un trueno


"Siempre que alguien menosprecia la "literatura de evasión" pienso que está haciendo un elogio de la cárcel".

Iñaki Uriarte, Diarios 2008-2010

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

Augusto Monterroso


Recuerdo lo mucho que me impactó, cuando era niño, la película El Valle de Gwangi (1969), de Jim O'Connolly, y el gran Ray Harryhausen era el responsable de los efectos especiales. En aquella película vi por primera ven en mi vida un dinosaurio. Me impresionó aquel Slosaurio, una especie de Tiranosaurus Rex que causaba el caos y la destrucción. Quedé fascinado de aquel lagarto gigante con tan malas pulgas y en donde se decía que existieron de verdad en nuestro planeta en tiempos muy remotos. Esto fue lo que más me sobrecogió.


Más tarde cayó en mis manos la maravillosa novela de Sir Arthur Conan Doyle, El mundo perdido, que me dio a conocer al profesor Challenger "un cerebro superdotado en un cuerpo de hombre de las cavernas", que por otra parte, quizá Doyle lo llegó a crear para borrar o suplantar a ese fastidioso e invasor Sherlock Holmes, que tantas veces trató de eliminar de su trabajo literario. En El mundo perdido me encontró de nuevo con la presencia de los dinosaurios y quedé atrapado para siempre bajo el hechizo de aquellos monstruos de ensueño que caminaron por la Tierra desde hace 230 hasta 65 millones de años. Animales exóticos, que hacían volar la imaginación, como una especie de enormes dragones mitológicos que vivieron en tiempos lejanos que casi nos resultan incomprensibles. El mundo perdido fue la gran novela fundacional del "género de dinosaurios" y "mundos perdidos". Se publicó en 1912.


Enormes, fieros, desaparecidos, que fueron borrados de la faz de la Tierra debido a la caída de un gran meteorito también les añade leyenda. Son también sinónimos de aventura científica, de expedición y de ciencia que se puede comprender. La fascinación por los grandes animales prehistóricos se remonta al siglo XIX, cuando se descubrieron sus primeros fósiles. La primera publicación que se hizo sobre ellos fue en 1842, cuando se acuñó el término Dinosauria (del griego: Lagartos terribles), pero todo esto tiene un antecedente más remoto. En cierto modo, los dinosaurios son las espeluznantes crías brotadas de los huevos puestos en las imaginaciones por los dragones míticos. Y así nos resistimos al valor epistemológico de estos lagartos del trueno. ¿Se ha considerado alguna vez que los dinosaurios son la primera gran hipótesis romántica que triunfa sobre el positivismo sentido común maravilloso de la ciencia moderna? Efectivamente, cuando se comenzó a prestar atención científica a los primeros fósiles - en estudios de personajes tan ilustres como Leonardo da Vinci, Francastoro o Georgis Agricola - hubo una fuerte tendencia a considerarlos como simples piedras de formas caprichosas y no como restos petrificados de animales antiquísimos.


El racionalismo laico se oponía a lo que el mismo Leonardo consideraba una prueba fehaciente de la realidad del diluvio universal, al encontrarse restos de animales marinos en tierra firme y lejos de donde podrían haber sido arrastrados verosímilmente por fuerzas naturales. Los positivistas de la época hablaban de una vis plastica de la naturaleza, que se atrevía en imitar en las rocas formas minerales y vegetales. Todavía en el siglo XVIII, Voltaire hace chistes sobre los fósiles encontrados en Alemania, que para él no son más que simples pedruscos amañados por los curas para probar sus supercherías.


Después de todo, ¿no era esta la opinión, la más lógica y "científica"? Olvidemos por un momento aquello que ya se nos ha enseñado como conquista irrefutable de la sabiduría moderna: ¿no parece muchísimo más verosímil, más racional, más ciencia de la buena, suponer que los aparentes huesos y las aparentes huellas encontradas en estuches de piedra, son productos de la erosión o de los mecánicos plegamientos de la corteza terrestre, antes que proclamar la portentosa teoría de que son restos de dragones grandes como casas que hicieron temblar con sus luchas titánicas retorcidas selvas de pesadilla, millones de años antes del nacimiento del primer hombre? Y, sin embargo, fue la hipótesis maravillosa la que se reveló más sólida: los dinosaurios reivindicaron los prestigios de la imaginación frente a la mutiladora censura del sentido común racionalista.

Ay, crueles tiranosaurios, estegasauros abrumados, diabólicos pterodáctilos semejantes a cometas medievales, vuestras sombras imposibles salen de los museos para venir en ayuda de los cuentos, para aplacar de algún modo nuestra ansia de dragones, para corregir la obsesión del científico positivista de desconfiar de todo lo asombrosos y de rechazar lo insólito o lo exaltante.


Tras la lectura de El mundo perdido tuvo que pasar un tiempo hasta que descubrí los maravillosos relatos de Ray Bradbury. El poeta de la ciencia ficción tiene en su haber seis relatos de temática jurásica. Más adelante NORMA Editorial los publicaría juntos en un magnífico libro titulado Cuentos de dinosaurios con ilustraciones bellísimas. De estos seis relatos mis favoritos son: El sonido de un trueno, a mi juicio, el cuento más hermoso jamás escrito en el género, y puede que en cualquier otro. Trata de la historia clásica de viaje por el tiempo en la que cinco hombres van al pasado para cazar un dinosaurio y acaban alterando la Historia. Y, La sirena de la niebla, que narra la melancólica y evocativa historia de una criatura prehistórica surgida del abismo y su extraña cita con un faro. Una delicia de cuento.


Ya estaba tan atrapado por estos dragones que empecé a leer libros de paleontología, que me resultaron ser tan fantásticos como las obras de ficción y, de cuyos títulos todavía conservo en un rincón de mi biblioteca.




















Llegó el año 1990 y mi siempre admirado Michael Crichton publicó su obra maestra, Parque Jurásico. Esta magnífica y espectacular novela mezcla la anticipación científica, la aventura maravillosa y hasta la moralina contra el exceso de la técnica en una combinación de eficaz ingenuidad que no desmerece de la línea inaugurada por mi otro admirado Julio Verne.


Parque Jurásico, combina también la experimentación genética con el tema de los límites técnicos, en donde las investigaciones genéticas sobre el ADN de los dinosaurios (conservado en el interior de los insectos prehistóricos que les picaron y que han llegado hasta nosotros dentro de sarcófagos de ámbar) con el fin de revivirlos clónicamente y crear con ellos un incomparable parque temático. El verdadero mal es el que hacen los seres humanos por ambición, por avaricia y por la manía de llevar a cabo experimentos científicos arriesgados con realidades que solo conocemos a medias.


La película que sobre esta novela realizó Steven Spielberg, captó muy bien su espíritu aunque no toda su complejidad, pero conectó con la ya antigua fascinación que muchos niños y adultos sentimos por los dinosaurios. Es más, en aquel tiempo, auténticos forofos de esta película les llevaron a decantarse por la carrera de paleontología y hoy son los nuevos investigadores en esta rama. Me parece, simplemente, magnífico. Después de Parque Jurásico le siguieron otras películas de menor envergadura hasta Jurassic Word, que se estrenó la semana pasada. Todas ellas han sido asesoradas por el renombrado paleontólogo Jack Horner. Sinceramente, me lo paso pipa. ¿Que tienen errores? Evidentemente, como la vida misma. Por ejemplo, que algunas especies deberían llevar plumas; que hay especímenes que no son fieles al tamaño real de los dinosaurios; que se presentan juntos animales que no coexistieron ni vivieron en el jurásico, y, que no es posible una supervivencia del material genético más allá de un millón de años, aunque se den condiciones inmejorables. Además, el ADN se va degradando en fragmentos más y más cortos, y cuando tienen menos de unos 36 nucleótidos de largo, no es posible identificarlos bioinformáticamente. Por tanto, aunque se recuperaran cadenas rotas, no se podría saber si son de una bacteria, de un humano o de cualquier otra cosa... Me temo que me estoy pareciendo a esos tipos del racionalismo laico y eso no debo consentirlo de ninguna manera. 


¿Será posible resucitar a los dinosaurios para que por fin todo lo que hemos fantaseado ante sus enormes huesos en los museos se hagan realidad? ¿Volveremos - gracias a nuevos procedimientos biogenéticos - a vivir entre dragones, como los protagonistas de tantas maravillosas leyendas y tantos cuentos? Después de todo, entre otras cosas, la literatura y el cine sirve para que los sueños parezcan reales y la realidad parezca un sueño. Quién sabe lo que nos deparará el futuro.