Blow Up (1966), de Michelangelo Antonioni, entre muchas cosas, es la continuación lógica de El eclipse y El desierto rojo. Y no solo en lo que se refiere al discurso sobre las imágenes: también por la continuidad de los títulos y sus connotaciones. Del eclipse de los sentimientos pasamos a la desertización de las relaciones y, en fin, al estallido, pues "blow up" alude a las ampliaciones fotográficas, pero también significa emerger, salir violentamente a la superficie, explotar. ¿A qué se refiere Antonioni, entonces? ¿Al misterioso contorno que emerge, impasible y hermético, a partir de una fotografía, como la figura en la alfombra de Henry James? ¿O la historia de un individuo que se desmorona por la aparición de una imagen desestabilizadora?
Monica Vitti en El desierto rojo
En El eclipse, Monica Vitti contempla ensimismada cómo desaparecen de su cuerpo los últimos signos de vida emocional. En El desierto rojo, sus paseos en el filo del vacío se contraponen al nacimiento de un paisaje iconográfico que niega incluso la posibilidad de la figura humana tan como se ha concebido hasta entonces. En Blow Up, el fotógrafo interpretado por David Hemmings, que parecía haberse integrado en ese nuevo sistema como una pieza más, entrevé un universo paralelo cuyo acceso le será vedado.
Monica Vitti en El eclipse
Se trata, pues, de un relato de misterio cuyas raíces se hunden en el pasado, ése del que carece el protagonista. La investigación sobre la imagen no funciona por sí misma, no es el centro de una narración periférica, sino su culminación. Primero, el cambio de sexo: la mujer por el hombre, Monica Vitti, por David Hemmings. En realidad, como se verá luego, los personajes interpretados por la Vitti en El eclipse y El desierto rojo encuentran aquí su continuación en la figura de Vanessa Redgrave, la inquietante muchacha del parque. Segundo, el cambio de país: de Italia a a Gran Bretaña, de la degradación del paisaje clásico a su escamoteo, pues en el Londres de Blow Up el entorno urbano ha perdido su identidad y la naturaleza ha sido confiada a "la continuidad de los parques". Si se suman las dos circunstancias, el resultado es más bien sombrío: desaparición de la inquietud y del movimiento, asociados con las figuras femeninas, y desaparición de un escenario con posibilidades de modificación o, por lo menos, sensible a la intervención humana.
En compensación, Blow Up es la película de los desvíos, donde el hecho de esfumarse tiene mucho que ver con el acto de tomar otro camino. David Hemmings se adentra en un parque cuando en realidad su objetivo era una pequeña tienda de antigüedades. Luego, se abisma en la contemplación de lo abstracto cuando solo pretendía resolver un enigma. ¿Desaparición de movimiento? Sí, pero del movimiento en busca de algo, aunque no supiéramos muy bien qué, propio de las heroínas incorporadas por Monica Vitti en el cine previo de Antonioni. Porque la verdad es que Hemmings se mueve, y mucho. Toda la primera parte de la película describe precisamente esos movimientos mecánicos. Al principio le vemos salir de un asilo para indigentes, camuflado entre la multitud, pues se ha infiltrado allá solo para tomar unas fotografías. Luego se cambia de ropa y dirige su cámara hacia una de las modelos, sesión filmada como si de un coito se tratara, con la imagen culminante del protagonista a horcajadas sobre la muchacha para captar el rostro de ella en toda su intensidad. Después continúa su trabajo con otras chicas, una coreografía del tedio que finaliza con una parade espectral. las modelos alineadas sobre un fondo neutro mientras las cámaras efectúan un leve movimiento envolvente. En medio de estas fantasmagorías, Hemmings se agita, grita, habla por teléfono, da órdenes a sus ayudantes, no se detiene ni un momento. Una vieja hélice llama su atención en la tienda de antigüedades, se la lleva a su casa y la deposita en el almacén: un objeto concebido para el movimiento y condenado a la inmovilidad como le sucederá a él mismo.
Vanessa Redgrave en Blow Up
Y, en efecto, ésa es también la transformación que sufrirá Hemmings en la famosa secuencia del parque. Allí, una pareja se mueve al ritmo de la seducción amorosa, como tantas otras veces en las películas de Antonioni. Ahora, sin embargo, ese peculiar pasa à deux adquiere un aire distinto, pues lo vemos a través de los ojos de otro, un intermediario que es a la vez artista y público: al principio, Hemmings pretende encuadrar e inmovilizar el acontecimiento; después de deja llevar por él. La muchacha, que luego confesará una vida sentimental agitada, le pide el carrete y no lo consigue. Él vuelve a casa para revelar las fotografías, que pretende incluir en un libro de próxima publicación, y recibe la visita de ella, insistente. Como decíamos, Vanessa Redgrave es una especie de Monica Vitti condenada a un papel secundario: el mismo rostro prerrafaelista, la misma expresión displicente, la misma angustia injustificada, los mism movimientos sin rumbo. En casa de Hemmings, se desnuda para intentar convencerlo de que le ceda el carrete, se oculta los pechos con los brazos cruzados mientras da vueltas sobre sí misma, como una esfinge que oculta su indiferencia tras una estudiada sensualidad. Esa figura, en la ficción de Antonioni, deja ahora paso a su reflejo masculino, que ha logrado inscribir todos esos gestos en el nuevo simulacro de la sociedad de masas.
Cuando el "hombre nuevo" se enfrenta por fin a la naturaleza de esas imágenes con las que trabaja cotidianamente, descubre que no son solo una superficie, sino también un pozo sin fondo. Su indignación es un viaje al final de las sombras que termina cuando la apariencia figurativa deja paso a las manchas y, simultáneamente, éstas toman cuerpo en el mundo real: el cuerpo de un cadáver. Se trata de una transferencia entre realidad e imaginario ya presente en el magnífico cuento de Julio Cortázar que sirvió de excusa al guion de Antonioni y Tonino Guerra, titulado Las babas del diablo, pero sobre todo entendida como una necesidad básica tanto del personaje como de la película. Hay que pasar al otro lado del espejo para recuperar la propia identidad. Y hay que regresar al punto de partida para asumir un doble reconocimiento: la condición falsaria de la llamada "realidad" y la imposibilidad de desenmascararla.
Tras la revelación y el descubrimiento, Hemmings vuelve a su mundo para contemplarlo con otros ojos. La práctica del sexo desinhibido muestra su banalidad en el ménage à trois con las dos jovencitas que quieren ser modelos. El concierto de The Yardbirds, los ritos de la cultura pop, se dibujan como ceremonias fúnebres pobladas por estatuas de sal. La fiesta en la que irrumpe el protagonista en busca de su editor sustituye el escenario burgués de La aventura o La noche por una nueva moral rápidamente convertida también en estereotipo. Y, al final, los mimos que juegas un partido de tenis imaginario interpelan a Hemmings, como carontes modernos, para que regresen a las tinieblas de la ignorancia tras haber intuido la luz del conocimiento. Lejos de ser el centro y razón del relato, pues, las secuencias del parque y el revelado, la fascinación del enigma y la ansiedad de su resolución, constituyen únicamente otra etapa en la caracterización fragmentaria de ese héroe contemporáneo, a la vez farsante y visionario, que tiene lugar paso a paso a lo largo de la ficción.
El fotógrafo se revela entonces uno de esos impostores,
tan propios de nuestro tiempo, que de vez en cuando descubren una cierta
verdad en la cual, sin embargo, son incapaces de instalarse. Y, de
paso, el propio Antonioni descubre con ello la naturaleza del artista
moderno, incluido él mismo. Como en el caso de Bergman o Fellini, su
misión es pintar el desorden emocional y sentimental de su época a
través de una máscara impasible. Pero, en Blow Up,
la ocultación ostenta un mecanismo aún más retorcido. El placer de la
hermenéutica sustituye al de la seducción sexual, pues Hemmings prefiere
abismarse en las fotografías que en el cuerpo de Vanessa Redgrave, algo
inédito hasta ahora en los héroes de Antonioni. Y del mismo modo en que
esas instantáneas ampliadas simulan una cadena narrativa que podría
encerrar un misterio, el relato esconde su verdadero significado tras
una reflexión sobre la naturaleza de la imagen. Pero no se trata de eso,
sino de seguir indagando en ese sujeto contemporáneo progresivamente
difuminado, desdibujado, fuera de sí. Como todo en este mundo, el autor
es, también, su propia ficción.















