El anciano emitió una leve sonrisa, todavía situado en esa misma estación en donde él se sentaba setenta años atrás. La vejez, se decía, no es mejor maestra que la juventud, es más lo que se pierde que lo que me queda. Los trenes pasan y todo huye atrás, en la vaguedad inextricable del pasado.
Continuó recordando su pasado.
Dejó la infancia el niño, como una especie de sueño para adentrarse en la difícil adolescencia. Ya no le decía a su padre que le llevara a la estación para ver pasar trenes, es más, durante mucho tiempo el adolescente no necesitó ir a la estación hasta que tuvo su primer enfrentamiento con sus padres y un amor no correspondido. Y allí se encontró de nuevo como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez. Los trenes ya no eran los mismos. Habían sido renovados por otros algo más veloces y cómodos. Quiso subir a uno de ellos pero olvidó coger sus pequeñas pertenencias y el dinero que había ahorrado en el interior de una lata de galletas que tenía escondida en su habitación. Echó a andar por las vías con dirección al puente entre raíles y rumores de trenes, con el ocaso sobre el desolado paisaje ferroviario y figuras entrevistas más allá de los taludes. Un perro aullando a la soledad. El adolescente no le pareció nada extraordinario el camino que había tomado para mitigar su tristeza, su desolación e incomprensión por parte de los demás.
El anciano se le volvió a llenar sus ojos de lágrimas. Miró la estación repleta ya de pasajeros como sombras apresuradas. Cada día, se dijo, son más felices y tienen todo lo que necesitan, pero cada vez están menos satisfechos de sus vidas. Ahora, más que nunca, el anciano comprendió que hacía falta tener mucho valor para tomar decisiones. Los pasajeros estaban todos sumidos en el pegajoso légamo del tedio. Esta imagen se borró en un encadenado de nuevas remembranzas.
También dejó atrás la adolescencia, y tras aquella terrible aventura entre raíles, se convirtió en un hombre adulto. Al igual que su infancia y adolescencia, el hombre adulto volvió de nuevo a la estación tras largos años de ausencia. Una vida de fracasos matrimoniales y de trabajos donde entregó una parte importante de su vida y de cuyas recompensas fueron despidos. Esta vez tuvo que pagar para poder acceder al andén. Había cámaras de seguridad por todas partes. Los trenes eran mucho más veloces y cómodos. El hombre adulto no olvidó, como antaño, el ligero equipaje y sus pequeños ahorros que tenía en secreto en la misma caja de galletas. Ahora si estaba dispuesto a subir a un tren y partir para siempre. Quería mirar por la ventanilla cómo todo se iba para atrás, se hacía pedazos, ver romperse todo cuando lo miras alejarse. Una vez le dijeron que los trenes tienen mala memoria. Pronto deja todo atrás. Olvida el paisaje, las casas anegadas, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.
Sonó el vagido de un tren y se detuvo abriendo sus puertas. El hombre adulto sintió su corazón golpear en su pecho con violencia. Subió y buscó un asiento. El interior se le antojó de lo más lúgubre e inhóspito para la vista y para el resto de los sentidos, que él pudo imaginar: personas mayores, enfermos, rostros melancólicos, macilentos, patibularios, deformes; un niño llorando. De súbito, vio como entraba otro tren y se detenía en la vía paralela. En el fondo, no se sabe por qué, los viajeros de un tren envidian siempre un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil de explicar. El hombre adulto se precipitó hacia la puerta y
salió justo en el momento de cerrarse. Corrió a través de pasadizos y escaleras, pero no llegó a tiempo; el tren cerró sus puertas. Arrancó y se alejó para siempre. Se sintió desolado, y el miedo se apoderó de él. Tuvo que pasar un tiempo para que el hombre adulto se dijera a sí mismo que en la vida y en los viajes ese cruce de trenes es un no saber a donde va ni por qué se va.El anciano sonrió con aire condescendiente hacia aquel hombre atormentado por las dudas y víctima de la verdad amarga del desencanto. Todavía no había comprendido, siguió diciéndose el anciano, que había nacido en el tren equivocado, en una época, sociedad y familia que han hecho que la línea de partida de su existencia se encuentre retrasada; que ha salido en esta carretera con una desventaja, dispuesta por el arbitrio de la fortuna, que apenas podría hacer algo por enmendar y que seguiría resignándose, a la espera, sin saber que esa espera es un vacío que nos llena, una ansiedad que nos tranquiliza, porque nuestras esperanzas resultan siempre inaccesibles, como las estrellas, y la esperanza dura lo mismo que dura la vida. Los que viajan en el otro tren han tenido, en cambio, la suerte de cara desde el principio, y sin merecerlo tampoco. Que el tipo de tren de vida en que se encuentran ya al nacer influyó a fondo en sus gustos morales, aunque no supiera nada de esta influencia y lejos de calibrar su importancia.
El anciano pensó en todas las personas que había abandonado esa madrugada mientras dormían.
Sonó el vagido de un tren y le hizo volver de nuevo a la estación. Era el mismo tren que él veía pasar de niño cogido de la mano de su padre. El tren se detuvo y abrió sus puertas. Estaba vacío. Nadie subió. El anciano se levantó con dificultad cogiendo su gastada maleta y se dirigió lentamente hacia el tren. Subió y miró por última vez la estación irreconocible. Sonrió y entró.
Había comprendido por primera vez que el tren de la partida es aquel que nunca se pierde.
16 comentarios:
Muy bueno. De niño yo vivía cerca de la estación y se oía el silbato del tren en la madrugada, rompiendo el silencio de la noche. Ya no se oye, no se si porque está prohibido o porque su sonido se ahoga en el ruido del tráfico y no llega hasta el dormitorio. O se van a la francesa, sin despedirse, en un tiempo en que se han perdido las formas.
El tren es la promesa: toda la vida teniendo cuidado de que no se pase el tuyo, ese que te dicen que sólo para una vez: harto de coger todos los trenes.
Saludos.
Lo mejor que he leído en El Tiempo Ganado. Conmovedora historia de trenes con su suave y silencioso horror de estación solitaria. El reloj, entre el cielo y las vías, como testigo rugoso, durmiente del paso de la vida entre el recuerdo y el ir y venir de los trenes.
Más, por favor.
Un abrazo.
J,
Hay escenas en las estaciones del tren que nunca se olvidan. Incluyen tanto las despedidas como los recibimientos.
El recuerdo que guardo de haber esperado, una noche, en una estación de Barcelona al tren que traía a mi abuelo, es tan fuerte que me hace imaginar que deberá tener una contrapartida justa: Algo así como el hecho de que mi abuelo me haya estado esperando alguna vez, o....más justa aún; es decir, que me espera en algún sitio......
Enhorabuena por tu blog, me gusta mucho tu escritura.
Yo, que también escribo pero desde un punto de vista mucho más frívolo, te invito a mi blog.
Un cordial saludo
Redonna
http://blogs.hoymujer.com/losburkasdeoccidente
Bueno, simplemente pasaba por aquí y me he detenido un momento para releer tu hermoso relato.
Buenas noches, querido amigo.
J,
Después de varios días alejado de esto de los blogs, entro al tuyo y me encuentro con esta maravilla.
A mí esto de los trenes siempre me ha cautivado, no sé si sea porque nunca he viajado en uno, ni siquiera he ido a ninguna estación. El caso es que siempre me han gustado.
Vienen a mí mente dos películas relacionadas con los trenes, Caught on a Train y Stanno Tutti Bene, dos de mis pelícualas favoritas, sobretodo esta última con nuestro adorado Marcello.
Por más aviones y medios de transporte modernos que haya, jamás se podrá sustituir lo que representa un tren. Porque precisamente, un tren, no sólo es un medio de transporte.
un abrazo.
Bueno, ya que por fin puedo visitar tu blog, me dejo caer por aquí para saludarte.
Estupendo relato, buena manera de iniciar mi periplo por estos lares. A priori, parece más que interesante. Nos iremos leyendo.
Un abrazo.
Búscate en El velo...
J,
Pasaba a saludar
Besos
Hola Francisco, al fin he podido sentarme con calma a leer. Lo intenté un día pero estaba tan cansada que no estaba disfrutando de la lectura y lo menos que merece tu trabajo es sentarse con los cincos sentidos y prestar la debida atención.
Me ha gustado mucho tu relato, has hecho una magnífica metáfora de este viaje más o menos afortunado que a todos nos toca realizar.
¿Nos sorprenderás con más relatos tan estupendos como este?
Un abrazo muy fuerte.
Ternura de lata de galletas...
Esos detalles son soberbios, Francisco ;))
Nos hemos vuelto aburridos. Ahora viajamos en coche. Pero recuerdo hace años cuando cruzaba España en trenes expreso nocturnos. ¡Qué intensidad tenían las veladas en el interior de los compartimentos! Gente que no se conocía de nada empezaba a conversar de lo divino y lo humano. ¡Qué de conversaciones habré oído yo que permanecía callado atento a aquella maravilla! Historias de amores contrariados, de fracasos, de acosadores, de explotaciones, de viajes a sitios inverosímiles... Yo agazapado, oyendo, y dejando mi imaginación entre los raíles y el traqueteo (qué hermosa palabra) del tren.
Me ha recordado una estupenda novela, Paradoja del interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Aunque con diferencia en la mantecosidad de la prosa. La tuya es más recia.
Los relatos sobre trenes alcanzados o perdidos siempre evocan nostalgias de la vida. Es curioso. A mi las estaciones me gustan, me parecen lugares de felicidad y cambio.
Volveré a el gusanillo (gracias mil) en cuanto deje los tochos que tengo que preparar. Lo echo de menos un montón.
Un beso
Francisco (como el de Asís, maduro, aburrido de tanta mentira, sobre todo de la exaltación a la establecido o lo fingido): He leido tus reflexiones y me parecen llenas de luces en medio de tu aparente desánimo. No sé quién eres pero, si me lo permites, puedo poner tu dirección en mi blog, que sin pecar de modesto no tiene la fortaleza ni la madurez del tuyo, y por lo tanto tienes la responsabilidad de continuar escribiendo.
Hasta pronto.
Nosotros decidimos, subir o no subir, cambiar o permanecer. Lo decidimos todos menos la muerte. El último tren a Gun Hill.
La estación como metáfora es socorrida pero no por ello menos gráfica. Un tren es todo y no es nada en sí mismo. Hablando ahora de cine (este relato es muy visual y me viene bien) yo tengo un máxima; película que empieza viendo llegar o partir un tren, película que ha de ser vista. Qué o quién viene en ese tren? No hay mayor misterio ni tentación para un lector o un espectador, que enfrentarse a la sorpresa del tren que llega o del tren que parte.
Después está el reloj. De poder elegir, y por aquello de hacer un poco la puñeta, en el primer párrafo del relato, yo hubiera escrito que el reloj seguía siendo el mismo. La imagen me ayudaría a trasladar la idea del contraste entre inmutabilidad-variación; aquello de que quedan las cosas, pero pasa el tiempo; ergo, cambian las cosaspues envejecen.
De eso, del tiempo, de su paso, de su uso y de la inmovilidad; creo que habla este maginífico relato tuyo... bueno, ahora también mío, que lo he leído.
No había leído este relato tuyo. Me ha gustado mucho el paso del tiempo a través de la misma estación pero en distintos trenes.
Un abrazo,
C.
Publicar un comentario en la entrada