martes, 31 de julio de 2007

CARTA A DOS MAESTROS

Mis queridos Bergman y Antonioni:


Os escribo ésta última carta, pero no a modo de despedida, sino como el principio de una nueva amistad. Escribir y lamentarse de vuestra pérdida no va a cambiar nada la friolera situación del cine actual; pero sí voy a regresar a vuestras películas. Inolvidable Bergman, que tanto te preocupó la muerte, la religión, la mujer, el alma humana. Inolvidables películas como : Fresas salvajes, El séptimo sello, Persona, El manantial de la doncella, Fanny y Alexander, Saraband, tu último filme en donde más dejas reflejado tu homenaje a Dreyer. Tus libros de recuerdos como La linterna mágica, etc.

Y qué podría decir de ti, mi querido Antonioni; fuiste el que mejor retrató la incomunicación, la angustia del vivir, la crisis existencial. La prueba está, entre otras; La noche, El desierto rojo, La aventura, Blow-up, tu extraordinario libro: Para mí, hacer una película es vivir. Nadie como tú retrató los espacios vacíos que intermedian otros vacíos.

Os doy las gracias por tan gratos e irrepetibles momentos. Por esas horas de conversaciones tras la salida de los cine clubes hasta el amanecer. Muchos cigarrillos y mucha escarcha detrás los cristales de bares que se resignaban a amparar a los náufragos ebrios de cine de autor. ¡Hola Truffaut! ¡Te hecho de menos! Sí, muchas salidas de aquellos antros de madrugada y en blanco y negro, fotografiado por Henri Decae, que ya cerraban por temor al alba. Y que continuábamos para apurar el último cigarrillo y fotograma de la otra película de la vida. Con libros de Bresson, Godard, Renoir... debajo del brazo, el corazón henchido y la cabeza llena de revoluciones a veinticuatro imágenes por segundo.
No puedo evitar una lágrima. Amo demasiado el cine para poder evitarlo. José Luis Garci me comprendería.
Os quiero.

Atentamente.


viernes, 27 de julio de 2007

ENCUENTROS

"La verdadera tierra natales es aquella en donde por primera vez nos hemos visto de manera inteligente: mis primeras patrias han sido libros."

Marguerite Yourcenar


¿Cómo nos iniciamos a la lectura? ¿Cómo se llega a un libro? ¿Qué relaciones tenemos con los libros que nos acompañan durante toda la vida? ¿Qué semejanza tienen las historias que nos cuentan con las nuestras? ¿Cuáles fueron y cuáles son nuestros libros de cabecera? ¿Por qué? ¿Qué nos sucede cuando decidimos releer un clásico? ¿Qué relación tenemos con nuestra biblioteca personal en cuanto nos refugiamos en ella? ¿De qué huimos?

Sus posibles respuestas no son menos extraordinarias que las historias que cuentan esos libros que fueron saliendo a nuestro encuentro, y, que muchas de las veces, o lo olvidamos, o no reparamos lo suficiente en ello. Escribimos con frecuencia sobre los libros que leemos, con menor o mayor acierto, pero siempre escatimando los matices más poéticos y enigmáticos. Escribir sobre un libro es más complejo de lo que parece.

Debo confesar que tengo una cierta debilidad por esos autores que escriben sobre sus preferencias literarias, en donde nacen, en cada una de sus lecturas, conexiones con nuestras experiencias personales que conforman la parte del mundo que cada uno ha de descubrir por sí mismo. "Cada libro trae a sus nuevos lectores su propia historia." Alberto Manguel.

Para que nos vayamos entendiendo: mi propia historia se inicia a los nueve años. Mis padres me riñeron de una manera un tanto cruel e injustificada. Salgo precipitadamente a la calle y huyo con ese pensamiento de niño afligido y decidido a no volver nunca más a casa. Me refugio por primera vez en una biblioteca. Me siento muy indignado con mis ojos llenos de lágrimas. Hay miles de volúmenes e interminables estanterías. Camino lentamente y aturdido pasando mi mano por los lomos de los libros. Me detengo, sin saber el por qué, y extraigo uno de tapa dura. Veo una ilustración de un golfillo despatarrado en el interior de una barca y comiéndose desvergonzadamente una tajada de sandía. Libertad absoluta. Es Huckleberry Finn. Desde entonces, no he dejado de leer ni un sólo día de mi vida. Jamás olvidaré aquel momento, cuando descubrí en la literatura el aliento medicinal que la vida no me ha insuflado. Si tuviera que escribir sobre esta novela, por ejemplo, me sería indispensable narrar el encuentro y la revelación de la historia, confrontada con mi situación del momento. El libro me estaba esperando. "La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta." André Maurois.

Con el tiempo, al convertirme en un lector sin referencias literarias por parte de nadie, los libros fueron echándome una mando. Una vez, ya adolescente, estaba en una librería sin saber que elegir, y, de repente, de una estantería abarrotada, cayó un libro al suelo. Lo recogí y descubrí toda la obra de Kafka, sin duda alguna, el primer poeta del siglo XX que dio la alarma.

Cuando ya poseía un cierto criterio literario, buscaba en una librería la gran novela del siglo XVIII; Jacques el fatalista , de Diderot . Libro de difícil acceso, porque no se había reeditado desde hacía muchos años. Sobre una mesa repleta de libros pude verlo en una edición antigua. Mi corazón latió de emoción y me dirigí, casi, precipitadamente. Cuando estuve a punto de cogerlo, una chica, que no vi por estar cegado a causa del libro, también hizo el gesto de cogerlo. Dudamos, y, al fin lo cogimos los dos al mismo tiempo. Sonreímos con amargura, aferrados al fatalismo, y no precisamente de Jacques. Para resumir; decidimos comprarlo a medias y compartirlo. Así nació una amistad que todavía dura. Una amistad de tertulia literaria hacia el café de media tarde. ¿Cómo escribir sobre esta maravillosa novela y no contar la otra historia? "¿Cómo se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¡Qué os importa eso! ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿A dónde iban? ¡Acaso sabe nadie a donde va!" Diderot, Jacques el fatalista.

Otra día, paseando, vi un libro olvidado en un banco de un parque. Miré a mi alrededor y no había nadie. Me acerco para cogerlo, y descubrí para siempre a Jean Rhys... En un autobús nocturno a Scott FItzgerald. En fin, los encuentros son numerosos. Sino me creéis es porque no habéis leído a Paul Auster, sobre todo El Cuaderno Rojo, que por cierto, me lo regalaron por un error, cuando todavía no conocía su obra.

Creo que todo esto ha cambiado. La ley de mercado hace que los encuentros con los libros sean cada vez más difícil, al menos como yo lo entiendo. Tengo la sensación de que ahora los libros son arrojados a la cara. Los que escriben sobre libros, o se quedan en el hilo argumental, o, en la simple promoción. Para mi , leer es un acto de rebeldía. "El libro también puede ser una forma de expresión y de rebeldía. Encontrar el libro que está escrito para nosotros es encontrar un arma para enfrentarse al mundo." Alberto Manguel.

Decía Bioy Casares que el recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí. ¿Recodáis vuestros encuentros? ¿Recodáis vuestra propia historia?


"Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros."

Jean-Paul Sartre, Las palabras

jueves, 19 de julio de 2007

EL SINDROME DE CAPGRAS



"Un día todos fuimos uno. Hoy todos somos otros"

Carlos Fuentes, Terra nostra


"Nadie busca en sí donde, no puede haber nadie"
Samuel Beckett, El despoblador




De niño vi por televisión la película La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, cuando por aquel entonces los rayos catódicos no suponían un insulto a nuestro intelecto. Recuerdo bien la honda impresión que me causó esta obra maestra de serie B, rodada en blanco y negro y en tan sólo tres semanas. A partir de aquel momento, empecé a sufrir una serie de pesadillas reiterativas que me han acompañado el resto de mi vida. Si bien en un principio llegaron a aterrorizarme, fui asumiéndolas como una simple sucesión de una realidad que no se haría esperar para demostrarme la veracidad de mis temores nocturnos por vía de éste filme.

¿Qué fue realmente lo que me hizo pasar tanto miedo? En la historia no había ningún tipo de violencia explícita, ni monstruos, ni sexo; tan sólo una serie de personajes que en un día cualquiera empiezan a sospechar que sus seres queridos no son ellos. Más adelante, descubrimos que poderes extraños procedentes del espacio exterior se apoderan de los cuerpos y las mentes de los habitantes de una pequeña población de California; Santa Mira, convirtiéndolos en seres pasivos, obedientes y desprovistos de emociones.

Una de las escenas que me marcó, introduciéndose para siempre en mi subconsciente fue aquella en donde los protagonistas principales; el Dr., Miles Bennell y Bechy Driscoll, tienen que huir del lugar donde están confinados por los que no son. Miles le dice: "Mantén la mirada vacía, y trata de no mostrar ninguna expresión..."

En mis pesadillas trato de huir de una Santa Mira universal, caminando por las calles y controlando cualquier emoción de mi ser. No hay que dormirse bajo ningún concepto, porque es durante el proceso del sueño cuando el centinela del sentido común se adormece y permite que los enemigos invadan y conquisten, pero a pesar de todas estas precauciones acaban detectándome. Huyo por las calles perfectamente reconocibles del lugar en donde habito, o, donde trato de ocultarme sin posibilidad alguna.

Tanto la película como la gran novela de Jack Finney permanecen irremediablemente en mis dos mundos en forma de alerta. Me mantienen despierto. Uno de los personajes dice que vivimos en nuestras propias ideas, necesariamente limitadas, acerca de lo que la vida ha de ser. Otro; que el mundo no es como lo vemos, o ni siquiera es lo que vemos, e incluso, más allá de eso, que el mundo es como lo vemos porque no sería nada fácil verlo como en verdad es.

Vivimos, ya lo he dicho en otras ocasiones, en un mundo de síndromes no reconocidos, de caídas irreversibles. El síndrome de Capgras es una enfermedad mental, apenas difundida, que inocula en quienes la padecen la convicción de que un familiar o un allegado suyo no es tal, sino un doble que le imita a la perfección. En el fondo, a pesar de tratarse de una patología extraña, todos hemos padecido alguna idea semejante. Podemos estar viviendo toda una vida con una persona y descubrir al final de la etapa que no la conocimos. De repente nos parece otra.

Sí, son tiempos extraños. De siempre he pensado que debe de ser posible perder la razón en un instante. Te duermes un día como un bebé, y despiertas siendo como ellos sin darte cuenta jamás. Pero mis pesadillas los mantienen a raya.

Cada mañana, antes de salir a la calle para perder un poco más la vida, tomo una serie de precauciones: ensayo con mucho cuidado para dominar mis actos más humanos. Salgo a la calle con la mirada vacía, sin mostrar ninguna expresión, ninguna emoción. Ni tan siquiera de admiración por las cosas que me ayudan a estar en pie de guerra.

Ellos todavía no me han visto.