miércoles, 29 de agosto de 2007

Mortal y rosa




"...el tiempo nos va desnudando. Todo es un ir retornando a la niñez, a la sencillez, porque la muerte no cree en nuestras condecoraciones de vida y dolor. La muerte nos toma niños, puros, solos, y pienso que es en estos momentos cuando puedo morir".

Francisco Umbral, Mortal y rosa

Se nos ha ido Francisco Umbral, y, con él, la más brillante y mejor prosa en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Su extraordinaria faceta como articulista le vino por vía directa de su maestro César González Ruano, hoy olvidado, quizá como tantos otros en el crudo y frío invierno del panorama literario español. Con su lengua afilada y certera arremetió contra los intocables: Galdós, Baroja, Azorín y Unamuno, entre otros. Pero nadie estaba al caso, o, al menos casi nadie, que él era pura modernidad sin abandonar del todo lo barroco; inventor de palabras, de conceptos, de sintaxis, de metáforas y adjetivos certeros, de estilo personalísimo, controvertido e incisivo. También fue el más imitado. No sentó cátedra pero sí creó toda una escuela, haciendo de la columna todo un género literario. Dijo; "Soy una cosa risible y vacua que es un autodidacta." En sus libros de ensayo dedicados exclusivamente a sus autores preferidos, deja constancia de su incipiente modernidad; Larra, Gómez de la Serna, Valle-Inclán, García Lorca, todos ellos también relegados a ese territorio tan común y español llamado olvido.

Francisco Umbral pasó su infancia en una provincia de tedio y plateresco, y se fue a Madrid para crearlo, porque la ciudad es tan sólo un pretexto para escribir. Madrid sería inconcebible sin la mirada de su creador, al igual que el Dublín de Joyce, o la Barcelona de posguerra de Marsé.

He admirado y admiro toda la obra del gran cronista, siempre esencial, urgente, vital. "La literatura no acaba de ser una profesión en España." "La barbarie literaria española es ingente y aburrida." Pues eso.

Quizá por eso dejó escrito en una de sus últimas obras: "Ya prefiere uno ser lacónico y un poco cínico a ser pedante."

Gracias maestro. Descansa en paz.


domingo, 26 de agosto de 2007

Los testamentos traicionados



Cuando estuve en el Centro Cultural Fundación Círculo de Lectores de Barcelona por motivos de la exposición sobre una selección de libros extraídos de la biblioteca personal de Julio Cortázar, no pude dejar de sorprenderme ante las declaraciones de Aurora Bernández, la primera mujer del autor, respecto a la utilización de la voz de Cortázar en un eslogan publicitario. "A Julio le gustaba mucho los coches. Tuvo uno detrás de otro (...) La propuesta era muy imaginativa (...) No dudo ni un segundo en decir que él hubiera estado de acuerdo."

Recuerdo la primera vez que escuché la característica cadenciosa voz nasal de Cortázar. La reconocí de inmediato por las muchas veces que he visto en DVD la entrañable entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano, en el no menos entrañable programa A fondo. Sí, era su voz y recitaba un fragmento, manipulado por los publicistas, de Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, de su famoso libro Historia de cronopios y de famas. Una vez más me dije que se volvía a repetir ese acto de villanía que es el de utilizar a los muertos con propósitos publicitarios. Es más, me pareció vergonzoso y fuera de toda ética moral. ¿Este es el respeto que le debemos a nuestros autores? ¿Su legado debe quedar reducido al mero fetichismo consumista? Por otra parte, nos bombardean con otros anuncios en contra de la piratería y a favor de los derechos de autor. La SGAE se ha creado solamente para defender los intereses económicos. Si el cliente es lo suficientemente poderoso, compra los derechos y hace de la obra y la memoria del autor lo que le venga en gana. La publicidad fue la pandemia del siglo XX, y, se ha vuelto revisionista mirando el XXI. Gandhi ha vendido ordenadores Apple. Un hombre que rechazaba todo tipo de tecnología, y ahí ha estado convertido en comercial informático. Andrey Herburh mocasines Tod's. Steeve McQueen conduciendo un Ford. Picasso es el nombre de un coche. ¿Es que nadie se pregunta qué pensarían toda esa gente, al verse convertida en póstulos representantes del comercio?

Al final de la presentación, el comisario de la exposición, aprovechó para desmitificar el elitismo de otro escritor. "¿Saben quién escribió el primer eslogan de la Coca-Cola en Portugal? Fue ni más ni menos que Fernando Pessoa."

Pero señor mío, Pessoa estaba vivo cuando lo escribió. También Mallarmé escribió poemas y trabajaba en una revista de moda. Pero éste no es el caso. Todo lo confunden a favor de sus intereses. No se puede cuestionar el hecho de que si un artista deba o no realizar trabajos publicitarios, sino del respeto que merece la obra, la memoria y la imagen de los artistas desaparecidos.
La señora Bernández no se ha dado cuenta todavía que Julio Cortázar cuando decidió recitar y grabar a algunos de sus textos, no fue con el fin de anunciar un estúpido anuncio de televisión.

En el seno de este turbio tinglado de la industria cultural al uso, recomiendo la lectura Los testamentos traicionados,
de Milan Kundera, porque al igual que el autor, no puedo reprimir una indignación ante tanto desparpajo y mala educación. Un respeto, por favor.

sábado, 18 de agosto de 2007

Paisajes de ciencia ficción


"El sentido común de hoy tiene el hábito de convertirse en la estupidez completa de mañana"

Clifford D. Simak, Estación de tránsito

Desde hace algún tiempo vengo observando que existe un cierto desprecio, tanto por parte de los escritores como de los lectores de élite, hacia ese género olvidado y casi desaparecido de la ciencia ficción. He podido ver también en esos programas de televisión dedicados a los libros el mismo desprecio. Veo que se ha impuesto como costumbre el rechazo pedantesco hacia un género que desconocen, o lo consideran menor. Ignoran que constituye de hecho la tradición más fuerte del siglo XX, e incluso tal vez su literatura más auténtica.


El otro día en uno de esos programas la periodista que dirigía el cotarro literario dejó ir, sin más y en tono despectivo, que no perdía el tiempo en semejante literatura, al mismo tiempo que promocionaba una novelucha de tres al cuarto, y de cuyo autor, allí presente, ávido en darse a conocer mundialmente con su primer librito. ¡Por el amor de Dios! esos no son escritores, tienen un apetito de éxito inmediato, y esa actitud les impide crecer literariamente. Ahora la mayoría de los libros están destinados a captar a las personas que normalmente no leen. Comprendo esta sospechosa intención de creciente mercantilización de la literatura que tiende cada vez más a ser complaciente, y eso no me resulta nada interesante. Leer no es una distracción, sino un estado de constante alerta. Ya lo dijo Kafka: "malo es todo lo que distrae."


Pero a lo que iba; ¿por qué éste desprecio a la ciencia ficción? Me parece una barbaridad que todo escritor y lector que se precie, no debería de apartar, con un solo gesto de desdén a: H. G. Wells, J. H. Rosny, Adouls Huxley, George Orwell, Ray Bradbury, George R. Stewart, Ursula K. Leguin, Angela Carter, Suzy McKee Charnas, Philip K. Dick, Isaac Asimov, Robert Heinlein, Fritz Leiber, Stanislaw Lem, Fredric Brown, Robert Sheckley, Thomas M. Dich, John Wyndham, Karel Capek, Arthur C. Clarke, Theodore Sturgeon, Clifford D. Simak, Richard Matherson, Olaf Stapledon, Frederik Pohl, Alfred Bester, William Gibson, y tantos otros que contribuyeron a las grandes especulaciones de la ciencia y a ciertos horrores cometidos en nombre de ella.


Homenaje a Cliford D. Simak

J. G. Ballard, que a mi juicio, es uno de los más importantes escritores de este género, dice en su monumental obra Guía del usuario para el nuevo milenio:


"Creo firmemente que la ciencia- ficción es la verdadera literatura del siglo XX, y probablemente la última forma literaria existente antes de la muerte de la palabra escrita y el dominio de la imagen visual. La ciencia-ficción ha sido una de las pocas formas de la ficción moderna en ocuparse explícitamente del cambio - social, tecnológico y ambiental -, y ciertamente la única ficción en inventar mitos, sueños y utopías de la sociedad."



La ciencia ficción ha previsto todo el futuro que la raza humana puede tener en reserva. Hecho de menos los grandes sueños, las fantasías emocionantes y trascendentales que han recorrido a lo largo de éste género, desde Frankenstein de Mary Shelley hasta Neuromante de William Gibson. Puede ser que ya hayamos soñado el sueño del futuro y que nos hayamos despertado de un sobresalto en un mundo de autopistas, centros comerciales, parques temáticos, Internet; que están a nuestro alrededor como la primera entrega de un futuro que ha olvidado materializarse.

En la introducción de Fernando Ángel Moreno de la novela Leyes de mercado de Richard Morgan dice:


"Solo J. G. Ballard parecía saber que algo no funcionaba, que las estructuras sociales eran disfraces para esconderse de los impulsos primarios del ser humano. ¿Quién ha continuado en la actualidad las críticas destructivas de Crash, de Ballard; de Campo de concentración de Thomas M. Disch; de Snow Crash, de Stephenson? Toda una tradición de ciencia- ficción nihilista, sangrante, ha perdido los bisturís con que diseccionaba Occidente. ¿Qué ha sido de los tiempos de Rollerball y Danzad, danzad, malditos? ¿Qué es lo que ha cambiado? El terror del futuro por los autores del pasado han seguido otra senda insospechada."


Me es difícil entender que un género tan menospreciado tenga, por otra parte, un público masivo, y a buena hora, de películas basadas en relatos y novelas de la época dorada de la ciencia ficción. Filmes tan emblemáticos como La Cosa, de un cuento de 1951 escrito por John W. Campbell. 2001. Una odisea del espacio sobre un relato de Arthur C. Clarke de 1951. Alien, el octavo pasajero, sí, esta película de Ridley Scott está inspirada en un relato de 1939 titulado Destructor negro de E. van Vogt. Blade Runner, de Philik K. Dick, uno de los mejores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos y llevado a la pantalla por directores como Steven Spielberg, Paul Verhoeven, Richard Linklater entre otros. Soy leyenda basada en una novela de Richard Matheson del año 1954, etc.

Solo me queda decir que este post es tan solo la punta del iceberg de todo un gran y fascinante género siempre por descubrir.


lunes, 13 de agosto de 2007

La distancia




Las distancias nunca son geográficas. Los viajes más largos son la distancia entre las personas. ¿Cuántas veces nos hemos sentido como náufragos en una isla de un millón de habitantes? Solos en un mundo lleno de gente. Ni tan siquiera nuestros recuerdos pueblan nuestra soledad, sino todo lo contrario, la hacen más profunda. A pesar de todo no desdeño la soledad, al fin y al cabo es un refugio más de la gran indiferencia del mundo.

Escribimos porque nadie nos escucha. Leemos porque nadie nos habla con la suficiente inteligencia. Las conversaciones se han vuelto vacuas e insulsas, y la literatura le da a la vida una lógica que no tiene; las palabras que le faltan.


Quizás mañana, que ya es hoy, nos encontraremos ante una sociedad exteriormente bien organizada, y públicamente perfecta y sin mácula, en la que, sin embargo, las relaciones privadas, las relaciones entre humano y humano, o aquellos entre las personas quedarán limitadas a meras relaciones de vacío, de indiferencia, de aislamiento y de impenetrabilidad. Consecuencia: juntamos palabras, palabras y palabras, en pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y, por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos, siempre acabaremos encontrándonos en el lado de fuera de los sentimientos que ingenuamente queríamos decir. El lenguaje estándar es cada vez más pobre, y, sofocados por las palabras sin sentido, decidimos que lo mejor es el silencio. Se desvalorizan las palabras, lo que antes era patético, ahora es ridículo. El mundo ya está hecho de una manera que lo que antes era verdad, ahora ya no lo es.

Pero nuestro ritmo interior tiene sus exigencias. Dijo Rilke: "Quizá todo lo terrible no sea, en lo más hondo de su fundamento, más que lo desvalido que nos pide ayuda." Las cosas que callamos son las que más duelen. Estamos en el nuevo siglo de la era de la comunicación, y, la infinidad de veces que debemos sujetar nuestro pensamiento a las circunstancias del momento, o eso que termina por decirse y que está siempre por debajo de la voz interior. La costumbre a no demostrar los sentimientos, a acallar la propia vida.

Este pesimismo que arrastro me lleva a releer cualquier clásico al azar. Los clásicos sirven para entender quienes somos y a dónde hemos llegado. Cojo Madame Bovary de Flaubert. Hace mucho tiempo que lo leí, y, como el río de Heráclito, ni el libro ni yo somos ya los mismos, porque otras aguas turbias vienen hacia a mí.


Cuando finalizo su lectura retengo detalles que no recordaba o que no vi en el pasado, como por ejemplo, la distancia entre los personajes. Emma intenta desesperadamente y bajo su confusión recibir consejos del cura, pero antes de abrir la boca, el cura le dice que se tome un té o un vaso de agua fría. León, enamorado y amante de Emma se lamenta, a su amigo el recaudador, de la vida y el tedio, y, éste, distante, le dice: "Yo, de usted, tendría un torno... "Emma agonizando en su lecho; no quiere medicarse. Su marido manda a llamar a la madre de Emma, y, entre ambos, hablan del problema. Su madre dice: "¿Sabes lo que le iría bien a tu mujer? Que le absorbiera ocupaciones, obligaciones, que se gane el pan... "

Según Flaubert, no hemos llegado todavía a ninguna parte. Envío mensajes a mis amigos para poder hablar sobre todo esto. Nadie me responde.