domingo, 30 de septiembre de 2007

J. G. Ballard (el mundo que viene)



"Si nos pidieran que condensáramos todo el siglo XX que corre en una imagen mental, yo elegiría una conocida por todos: un hombre en un automóvil, yendo por una autopista de hormigón a un destino desconocido. Aquí se encuentran casi todos los aspectos de la vida moderna, para bien y para mal: nuestro sentido de la velocidad, la agresión y el drama, los mundos de la publicidad y los bienes de consumo, la ingeniería y la producción en masa, y la experiencia compartida de desplazarnos juntos por un paisaje cuidadosamente señalizado."

J. G. Ballard, Guía del usuario para el nuevo milenio

A medida que voy leyendo las nuevas publicaciones de autores que llevo admirando desde hace muchos años, mi entusiasmo decrece al mismo tiempo que aumenta en cada obra de J. G. Ballard. Es uno de los creadores más importantes y fundamentales a la hora de entender éste nuevo milenio que nos ha tocado vivir; los últimos estertores del capitalismo y de una sociedad alienada que sobrevive en un sistema, que a pesar de su decadencia, se adapta, es flexible y sobrevive como niños malcriados y aburridos, de manera destructiva, explotando nuestras propias psicopatologías con actos violentos y sin significado. El denominador común de Ballard, es también la descripción de un futuro cercano en el que se da gran importancia al entorno como influencia decisiva en el carácter de sus personajes. Dice el autor: "vivimos en la era de eventos sin sentido. Gente desquiciada abre fuego y dispara al azar en un supermercado y ¿qué hacemos? Limpiarnos la sangre de los muertos y seguimos comprando. Esta es una respuesta muy peligrosa." Tan peligrosa como la sentencia de André Breton en su manifiesto surrealista: "El acto surrealista más sencillo sería bajar a la calle y disparar indiscriminadamente sobre la multitud." Evidentemente, Breton se arrepentiría años más tarde.

Ballard inicia su impresionante carrera literaria en los años sesenta con una serie de extraordinarias novelas catastrofistas invirtiendo las prioridades de la clásica novela inglesa de catástrofe que va desde H. G. Wells a John Windham con sus ya famosos e imitados libros como; El día de los trífidos, Los cuclillos de Midwich y Las crisálidas. En estas primeras incursiones de Ballard el desastre resulta bienvenido, porque el paisaje que ha producido coincide con el estado mental del héroe: El viento de ninguna parte, El mundo sumergido (aquí anticipa el cambio climático con las subidas del nivel del mar y sus graves consecuencias), La sequía y El mundo de cristal; los cuatro elementos naturales; viento, agua, fuego y tierra. Es justo hablar del surrealismo, ya que la influencia de los pintores del movimiento surrealista ha marcado a Ballard mucho más que a ningún otro escritor. ¿No son acaso las imágenes del surrealismo iconografías del espacio interior? El autor pinta con las palabras sobre el lienzo fracturado del horizonte de la ciudad, semejante al encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta. Max Ernst, Paul Delvaux, Ives Tanguy, de Chirico o Dalí, desfilan por sus novelas con un derroche experimental lingüístico de intensidad alucinatoria. "Es el espacio interior, no exterior, el que hace falta explorar." También es uno de los escasos escritores que ha combinado con éxito elementos científicos con los artísticos en una prosa impecable. Sus colecciones de relatos: Playa terminal, El día eterno, Mitos del futuro próximo o Zona de catástrofe, son de una lectura obligada para aquellos que todavía no saben de que va todo esto de la nueva variante del cuento moderno.

Su segunda etapa se inicia con Crash (adaptada al cine en 1997 por David Cronenberg) y La exhibición de atrocidades. Ambos libros registran un cambio experimental, que el autor calificó de "terrorismo literario", en un lenguaje duro en las que no se hace ninguna concesión al lector. "Crash es una metáfora exagerada en una época en que solo la exageración funciona." Es una novela terrible, visionaria y devastadora; quizá la obra de ficción más perturbadora y violenta que se haya escrito nunca. Es una historia sobre la tecnología, representada obsesivamente por el automóvil; icono del siglo XX. Pero es más que eso; es una historia acerca de las relaciones del hombre con la tecnología, de lo que la tecnología ha hecho con nosotros, y lo que nos hemos hecho a nosotros mismos a través de la tecnología. Su autor escribe en el prólogo de la novela:

"El matrimonio de la razón y la pesadilla que dominó el siglo XX ha engendrado un mundo cada vez más ambiguo. Los espectros de siniestras tecnologías y los sueños que el dinero puede comprar se mueven en un paisaje de comunicaciones. El armamento tecnológico y los anuncios de bebidas gaseosas coexisten en un dominio de luces enceguecedoras gobernado por la publicidad y los seudo acontecimientos, la ciencia y la pornografía (...) nuestra propia psicopatología; en nuestro poder de conceptualidad, en apariencia ilimitado. Nuestros hijos tienen menos que temer de los coches en las autopistas del mañana que del placer con que calculamos sus muertes futuras de acuerdo con los parámetros más elegantes."

Crash es una novela acerca del lado oscuro del presente, de los deseos que se ocultan bajo la superficie lustrosa de una brillante sociedad de consumo. El autor define los paisajes de sus libros como: "naturalezas muertas creadas por un equipo de demolición."

La exhibición de atrocidades fue prohibida en el momento de su publicación por abordar las posibles consecuencias mentales de la publicidad y sus imágenes de torturas y sus medios. En esta obra, Ballard crea un puente para lo que sería su siguiente etapa todavía en los setenta,y, donde continuaría diseccionando el grado de degeneración que puede alcanzar el ser humano civilizado. Rascacielos y La isla de cemento. En la primera, un moderno edificio de apartamentos cae en la más absoluta barbarie cuando empieza a fallar los servicios de mantenimiento. La novela empieza así:

"Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón, comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en este enorme edificio de apartamentos en los tres últimos meses."

En La isla de cemento, un automovilista tiene un accidente y va a parar a una extensión de tierra limitada por varias autopistas de la que se ve imposibilitado para salir convirtiéndose en un moderno Robinson urbano.

En la década de los ochenta, Ballard se supera a si mismo creando una serie de obras personalísimas y de un poder pictórico que recuerda a sus inicios; el ser humano enfrentado brutalmente con las catástrofes medioambientales. En Hola América asistimos a un mundo convertido en un desierto que avanza inexorablemente. Los Estados Unidos yace sepultado por las arenas. Las partes altas de los rascacielos sobresalen como antiguos monolitos, último vestigio de una civilización antaño tan poderosa. Los nuevos nómadas provenientes de otros continentes avanzan en camello y coches de vapor por un paisaje fracturado y repleto de fantasmas del pasado. La descripción del escenario fantasmagórico de Las Vegas es antológico. La poderosa y seductora imaginación de Ballard consigue atraparnos de un modo que no quisiéramos abandonar nunca esos mundos devastados, y ahí radica su maestría.

Ballard publica en 1984 su maravillosa novela El imperio del sol (llevada al cine por Steven Spielberg) y basada en sus terribles experiencias de la infancia cuando estuvo internado, junto con su familia, en un campo de concentración japonés tras el ataque a Pearl Harbour. En 1987, El día de la creación; una recreación muy personal de la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, y como el Marlow de Conrad, que acaba derrotado por el mundo primitivo, el personaje de Ballard, el doctor Mallory, viaja a través de la corriente narrativa del autor por el África Central en busca de una región soñada, descrita magistralmente en ese largo e hipnótico viaje por las misteriosas aguas del río, que no son más que la propia creación mental del personaje.

Ballard cierra los ochenta con una obra que vaticina las dos décadas que estarán por venir; Furia feroz; una reflexión mordaz sobre la violencia, la educación y la sobreprotección de la infancia en una sociedad que se cree totalmente cuerda, y se evaden con la locura como única libertad. La historia se inicia en una urbanización de lujo en Londres donde se rige con estricta planificación la educación de los hijos con el propósito de crear un ambiente más favorable para su crecimiento. Pero un día todos los adultos de la urbanización aparecen asesinados. "No se rebelaron contra el odio y la crueldad. Se rebelaron justamente contra la opuesto. Contra un despotismo de bondad. Mataron para liberarse de una tiranía de amor y cuidados." No hace falta decir quiénes son los asesinos.

Y con ésta desoladora y original novela se introduce Ballard a las puertas del nuevo milenio con una serie de novelas imprescindibles; en Fuga al paraíso, vuelve a reincidir sobre el tema apocalíptico de sus anteriores producciones, pero con consecuencias insospechadas. Noches de cocaína, Súper-Cannes y Milenio Negro, su última obra hasta la fecha. Estas tres últimas novelas forman parte de una trilogía difícil de superar en lo tocante a los temas más esenciales del nuevo milenio. Noches de cocaína es una alarmante y trágica descripción de una sociedad de millonarios jubilados enfrentada a una vida de ocio ilimitado que se encierran en residencias protegidas del exterior. En Súper-Cannes, Edén-Olimpia es un conglomerado multinacional ubicado en las colonias de Cannes, dosificado de oficinas, seguridad y comunicaciones que controlan como invernaderos a los grandes empresarios y capitalistas del planeta. 

Y por último, Milenio Negro; mordaz reflexión sobre las consecuencias del consumismo como opio del pueblo y dominado por el aburrimiento feroz e interrumpido por actos de violencia sin sentido. También es la mejor novela escrita sobre el nuevo terrorismo después del 11-S. Ballard cuenta la rebelión de Chelsea Marina, un exclusivo barrio londinense habitado por altos ejecutivos y profesionales de éxito. De sueldos aparentemente altos pero atrapados en una espiral de gastos, consecuencia de su estatus, que a duras penas pueden sostener. Colegios privados, coches, elevado ritmo de vida que hacen de sus sueldos aparentemente cuantiosos, resultan ser la ruina de las familias que acaban viviendo al límite. La tensión es tal que la simple subida de los gastos de mantenimiento de la urbanización provoca que desaparezcan todos los frenos sociales. David Markham, el protagonista de esta estupenda novela, es atraído a Chelsea Marina por el asesinato de su ex mujer en un atentado terrorista, y, en donde se ve envuelto entre ideólogos y cabecillas de revolución. Milenio Negro examina mucho más de lo expuesto. Novela clave en su tratamiento profundo donde su autor dice: "La clase media está empezando a formar el nuevo proletariado." Ballard es un arquitecto de sueños y pesadillas que desemboca en ésta novela al terrorismo como una de las mayores lacras y utilizado por los gobiernos para justificar cualquier tipo de acción. Lamentablemente, los terroristas saben eso y lo explotan. Esta novela, a mi juicio, es superior a Sábado de Ian McEwan, a Windows on the world de Frédéric Beigbeder, y, Terrorista de John Updike, a riesgo de que me cuelguen los entusiastas de éstas novelas.

J. G. Ballard es de un talento indiscutiblemente poderoso y original; de prosa cautivante, densa y adictiva, una voz verdaderamente única. Dijo Susan Sontang: "Es una de las voces más importantes e inteligentes de la ficción contemporánea."


domingo, 23 de septiembre de 2007

Retorno al pasado


Robert Mitchum (voz off): Nunca la vi a la luz del día. Vivíamos por la noche. El resto del día se iba como un paquete de cigarrillos que te fumaras.


El film noir fue inventado probablemente por Sigmund Freud. Habría que volver a repasar todas las grandes obras maestras del cine negro americano para comprobar que tanto su temática, su fotografía como su juego de luces y de sombras, se ajustan a la perfección a nuestras pesadillas y deseos más ocultos. El halcón maltés, La dama de Shanghai, El cartero siempre llama dos veces, Laura, La mujer del cuadro, La escalera de caracol, Perdición, Detour, El beso de la muerte, La sombra de una duda, Extraños en un tren, Retorno al pasado, etc. Películas que han sido capaces de identificar en nuestro espíritu la recóndita soledad de las acciones y pensamientos más oscuros, ambiciones, fracasos, miedos y miserias humanas.



Quisiera rendir homenaje a las películas de serie B de los años cuarenta y cincuenta, producidas en un tiempo límite y muy poco dinero, en donde tuvieron que trabajar en ellas directores europeos huyendo de otras guerras; creadores, por otra parte, de enormes culturas y de gustos exquisitos, como lo fueron entre otros, Robert Siodmak o Jacques Tourneur. Trabajaron a contra reloj con un equipo técnico más bien escaso y también de procedencia extranjera, pero llenos de vitalidad, sensibilidad y conocimiento, que por aquel entonces, no supieron apreciar. Con estos pobres recursos tuvieron que derrochar sus talentos a cada fotograma de las películas que realizaban, al mismo tiempo que en el otro Hollywood más glamoroso, se despilfarraba astronómicamente grandes cantidades de dinero, pero con menor solvencia creativa.



Hoy, ante el panorama cinematográfico actual con realizadores de escaso interés, nos resultaría irrisorio considerar a aquellas películas, como fueron designadas en su tiempo, como simples películas de serie B. Retorno al pasado, de Jacques Tourneur, sigue siendo para mí el mejor film noir de todos los tiempos. Película realizada en el año 1947 y en tan solo 64 días. Basada en la espléndida novela de Geoffrey Homes cuyo título original Build my Gallows High, y traducida al castellano como Eleven mi horca. También su autor ejerció de guionista.



El genial director de fotografía Nicholas Musuraca, colaborador habitual de películas muy baratas y breves producidas por el no menos genial Val Lewton, iluminó Retorno al pasado de una manera todavía no superada. Hace pensar constantemente en el cine de Murnau y Dreyer, y de lámparas cuya visibilidad dentro del cuadro remite a Hitchcock y Lang. Musuraca hace incluso de las sombras personajes. La fotografía es tan compleja como la estructura narrativa, y la hace hoy irrepetible en su género. Por falta de recursos de iluminación (arcos voltaicos y numerosos spotlights cruzados), por cambios en el soporte químico (con los negros y los blancos, los brillos y los contrastes y las gamas intermedias que permitían el nitrato de plata y sus baños y procesos de revelado y tiraje) la han convertido en una película hermosa.

También me seduce por su enorme potencial poético que la hace tan distinta a las de su género. Dotada de unos diálogos que, en su concisión y hasta laconismo, son de una rara mezcla de sabiduría, humor e inspiración poética. La película tiene una construcción minuciosamente cuidada, que dosifica muy hábilmente lo que sabe cada personaje (y en particular el protagonista) y lo que conocemos los espectadores. Los personajes, a veces, fascinan más por lo que callan que por lo que dicen. Aquí los tópicos del género desaparecen. Basta observar al personaje de Kathie Moffart (Jane Greer) fascinante y atractivo que entendemos sin dificultad que el escéptico Jeff Bailey (Robert Mitchum) se deja engañar repetidamente, y tememos que sea tan ingenuo (aunque resulte no serlo) como para caer de nuevo en sus redes de seducción y mentira; pero es tan traicionera, calculadora, mitómana, fría y tramposa que encarna a la perfección, es decir, más allá del arquetipo, de la mujer fatal que caracteriza al género.



El detective Bailey, siempre espléndido Robert Mitchum mi actor favorito, tras el que se oculta el verdadero Jeff Markam, se aparta también de los clásicos del género, porque Bailey no es un investigador escéptico, capaz de salir indemne de cualquier situación y con su poca fe en la naturaleza humana más fortalecida que antes, sino que se involucra hasta las cejas en los problemas de los demás. Errático, nunca lo vemos en el interior de su casa, que seguramente no tiene. Ni siquiera posee un despacho destartalado donde otros legendarios detectives reciben a sus clientes con los pies sobre la mesa. Su propiedad, una desolada gasolinera en medio de ninguna parte, que no le ha servido ni para refugiarse de sus enemigos.
Retorno al pasado es una historia de memorias que no quisieran ser como tal. No es fácil despojarnos de algo que hayamos vivido aunque no nos guste o no nos convenga o no vaya con nosotros. Mitchum parece que haya tenido que adaptarse a un mundo torcido, de engaños que crean una realidad dentro de la realidad hasta volverla densa e intricada. Personajes que siguen viviendo con sus mentiras porque quizá no hay otra forma de vivir, en este mundo que tan sabiamente ha construido Tourneur, un mundo donde finalmente lo que queda es lo que no pudo ser, lo que se deseó y se escapó. Admirable y antológico flashback que pasan en Acapulco Jeff Bailey y Kathie Moffett. En el filme siempre nos hayamos en el terreno del recuerdo, incluso el trágico final del detective y Kathie pertenece a ese pasado que ha regresado a sus vidas. No se puede huir de él.

Escribo este post a la manera de los directores de serie B; en media hora y en un bar ruidoso y con el cenicero lleno de colillas, y, ya estoy encendiendo otro como lo hacía Mitchum, pero no hay manera. Cuatro mesas más allá una mujer solitaria y posiblemente fatal expele el humo de su cigarrillo con cierta indiferencia. Le pongo fin a mi texto, a la manera del film noir. Vuelvo a mirar a la mujer que está extrayendo otro cigarrillo de su bolso. Me mira y yo le sonrío, ya caminando hacia ella como lo haría Mitchum ofreciéndole fuego.
- ¿Nos hemos visto en alguna parte, muñeca?



FIN

miércoles, 19 de septiembre de 2007

84, Charing Cross Road

A la memoria de Helene Hanff


¿Qué tiene ésta maravillosa obra que tanto me fascina? Lejos, muy lejos del mundanal ruido de las publicaciones y de los escritores de agendas apretadísimas de entrevistas, congresos, conferencias y presentaciones ante la prensa; ¡uf!, me recojo sobre el suave regazo de éste libro. Me amparo al calor de mi querida Helene Hanff.



Helene fue una autora poco versada en las letras. Su pasión por el teatro la llevó a escribir a una temprana edad obras teatrales, pero sus obras no se las producía nadie, y no tardó en hundirse en la pobreza. Según ella: "...no conseguía dar con la historia que hubiera podido salvarme." Con el tiempo, consiguió sobrevivir a trancas y barrancas como guionista para la televisión. De formación autodidacta, siempre se consideró: "una escritora sin cultura ni demasiado talento." Su amor a los libros y su decepción por las librerías americanas, la llevaron a descubrir un pequeño anuncio de Marke & Co. Escribió sus primeras cartas al 84, Charing Cross Road, una librería de viejo, para pedir ejemplares limpios y bien editados. A partir de ese momento se iniciaría una correspondencia con Frank Doel, interlocutor de la librería londinense, que se prolongaría durante dos décadas, en una relación cordial, irónica y tierna entre dos personas que nunca llegaron a verse las caras, pero que compartieron una idéntica pasión por los libros. A mi juicio, este testimonio, es una de los más bellos que he leído nunca sobre la pasión de un lector por los libros.



La autora decide publicar sus cartas en una revista en forma de narraciones cortas, pero al final es recomendada por un amigo a un editor que a la vez las publica en forma de libro. 84, Charing Cross Road se convierte en un éxito inmediato. El director de cine David Jones realizaría pocos años después una espléndida película basada en su libro con Anne Bancroft y Anthony Hopkins como protagonistas. Más recientemente, mi admirada Isabel Coixet, también gran amante de los libros, lo llevó al teatro con notables resultados.

Otra de las historias hermosas que protagonizó Helene fue cuando ganó algo de dinero tras la publicación de su libro y se fue a su idolatrado Londres. Llegó repleta de romanticismo alimentado por sus ensueños literarios, pero no pudo evitar el dolor que sintió por haber faltado a la más importante de sus citas: Frank Doel. Ya había fallecido, y la librería Marke & Co. había cerrado sus puertas para siempre.



Helene Hanff vivió sola en una modesta planta baja sin calefacción en Nueva York, repleta de los tesoros bibliográficos de la mítica librería. En la última etapa de su vida subsistió muy apurada con tan solo los derechos de autora como ingreso. Dijo que un escritor no puede prever, de un mes para otro, como pagará el alquiler.

Murió sin un céntimo a los ochenta años en una residencia de ancianos; sola y olvidada, sin herederos directos. ¿Qué fueron de todos sus libros adquiridos a lo largo de toda su vida? Hace tiempo que vengo diciendo que la biblioteca personal de un lector es su verdadera biografía.




Me conmueve cada vez que leo este libro, quizá porque el destino de Helene está ligado al mío. Mi soledad, mis libros amontonados hasta el techo. Nunca conseguí dar con la historia que hubiera podido salvarme. Soy un escritor sin mucha cultura ni talento. No sé como voy a pagar el recibo del alquiler del próximo mes. No tengo calefacción y puedo escribir cartas, pero sin destinatario. Podría viajar a cualquier ciudad de Europa para encontrar el lugar soñado, pero con la puerta cerrada para siempre.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Filosofía esencial



"Aprender sin pensar es inútil, pensar sin aprender es peligroso."
Confucio

Lo que yo llamo filosofía elemental es aquella que nos surge en los momentos más inesperados o, en casos extremos. Siempre en silencio, en soledad, repasamos toda una vida con una lucidez de vértigo. "¿Qué he hecho con mi vida? ¿Por qué corre tanto aquel individuo? ¿Qué hace fulanito acumulando tanto dinero? ¿Es que no se dan cuenta esos infelices que se pasan el día en el trabajo intentando trepar sin enterarse de que están vivos? ¿No se dan cuenta que una excelente reputación profesional no es siempre una garantía de sentido común?", y tantas otras preguntas esenciales que vienen arrastrándose a lo largo de los tiempos. También es cierto que la estupidez humana está ganando terreno a pasos agigantados, y me hace pensar incluso que estos pequeños intervalos o, fogonazos de lucidez esencial, están desapareciendo. La sabiduría del anciano, ahora nos resulta hortera, porque nuestros mayores han dejado de serlo y emulan a sus hijos y nietos. Las madres imitan a sus hijas en el vestir y en el hablar. Todos quieren estar al día, aunque no sepan que leches es eso de estar al día. Por otra parte, nos estamos convirtiendo en promotores de nuestras propias desgracias; vendedores vendidos de productos que nos tienen a su merced. Ni un rayo de esperanza asoma en el incierto horizonte de nuestra limitada capacidad de pensar.


El otro día me encontré con un individuo totalmente ido a consecuencia de haber caído en todas las trampas habidas y por haber; estresado, con su tiempo acorralado por el exceso de horas extras en el trabajo, hipotecado, las tarjetas de crédito, los dos coches, los hijos, el perro, etc. Me solidaricé de inmediato con sus problemas alegando que vivimos en un mundo gestionado por los bancos a costa de individuos destruidos y con el futuro hipotecado. Que la abundancia, primero deslumbra, luego satura. Que eso de la calidad de vida es el último ideal de consumo, que todos vivimos con muchas fantasías consumistas y televisivas en la cabeza y muy poca raíz económica en el suelo. Que ha mejorado la calidad de la vida y se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa. De súbito, me interrumpió violentamente para convertirse de repente en el más fervoroso defensor de lo que le está destruyendo. Cuanto más esclavo es uno, mayor calor pone en defender la servidumbre.

Dice Robert Musil en El hombre sin atributos, que si hay que explicarlo todo, el hombre jamás cambiará nada, y Nietsche, que poco valioso es lo que necesita ser aprobado.

Cuando llegué por la noche a mi casa, todavía en mente el suceso acaecido, me dio por repasar toda la historia de la filosofía, desde la filosofía china del siglo IV antes de Cristo con Chuang -Tzu, pasando por los escépticos griegos, y llegué a la conclusión de que realmente no hemos aprendido todavía nada. Chuang -Tzu, Lao -Tse, Epicuro, Sócrates, siguen siendo tan actuales como lo fueron en su tiempo. Y son ellos, todavía, los que me siguen guiando. No se trata de saber más o menos cosas, sino de saber vivir: a ese respecto, nada podemos enseñar a Epicuro o a Georgias. ¿Qué descubrimiento de los últimos quince siglos ha invalidado o vuelto superflua una sola línea de Marco Aurelio? No parece exagerado afirmar que desde entonces no ha pasado literalmente, nada -al menos en lo tocante a afrontar la vida con cierta sabiduría.

Hay siempre una verdad subyacente que uno sabe y no es pronunciada nunca por nada ni por nadie. Simplemente es, filosofía elemental. La base que se fundamenta la antigua filosofía griega es tan simple como contundente: "Mortal, piensa como mortal" las mismas palabras que me decía mi abuela que nunca leyó absolutamente nada.

Hojeo a mis filósofos favoritos:

Chuang -Tzu: "la gente se desquicia cuando empieza a moralizar; dejan de ser espontáneos y de actuar por intuición. Se vuelven presumidos y artificiosos y tan ciegos como tener un propósito definido en la vida."
Meg -Tse: "los hombres difieren de los brutos en algo insignificante."
Séneca: "ningún hombre es más frágil que los demás, ninguno está más seguro que otro del día siguiente."
Horacio: "¿por qué soñar tan bastos proyectos en una existencia tan corta?"
Cicerón: "la autoridad de los que enseñan perjudica generalmente a los que quieren aprender."
Cátulo: "¡oh, siglo grosero y sin gracia!"
Erasmo: "a nadie le huele mal su estercolero."
Arquímedes: "el que sabe hablar sabe también cuando."
Sócrates: (paseando por un mercado público) "...cuántas cosas hay que no necesito."
Marco Aurelio: "una buena manera de defenderte de ellos es no parecerte a ellos."
Confucio: "exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos."


No hace mucho, vi por televisión a Mariano Rajoy haciendo estas declaraciones: "Vamos a ir a por los terroristas, a por los violentos, a por los escépticos." El terrorismo va emparentado al escepticismo, hay que erradicarlo como sea en un mundo en donde estamos obligados a creer, en un mundo de compulsión enfermiza por la felicidad que se escuda tras las falsas apariencias y el pensamiento positivo. Todavía no hemos aprendido que el tiempo acaba dando siempre la razón a los escépticos. Respecto al tema recomiendo la lectura de La euforia perpetua (sobre el deber de ser feliz) de Pascal Bruckner.

Todo se repite. El mundo cambia, pero no los seres humanos. Creemos que descubrimos cosas nuevas, pero intuimos que ya estaban con nosotros desde nuestros orígenes. Llegamos muy cansados y heridos a los lugares más comunes.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Caricaturas



"La humanidad se toma demasiado en serio a sí misma; es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reírse, la historia habría sido diferente."
Oscar Wilde



Gran razón. Tomarse en serio, signo muy serio de tontería. Recuerdo que cuando era niño me aburría mortalmente en el colegio. La mirada perdida entre las telarañas del oscuro techo y el seguimiento hipnótico del vuelo de una mosca que sobrevolaba por el retrato sucio y gastado de Primo de Rivera, para después, aterrizar sobre la calva del profesor. Como se me daba muy bien el dibujo, realizaba caricaturas de mis rancios, avinagrados, energúmenos e ineptos profesores. De inmediato adquirí un trazo rápido, seguro, y, en la peores circunstancias, siempre bajo la atenta mirada de aquellos destrozadores de infancia. Al final de cada clase ya tenía una tira cómica en donde reflejaba mi descontento con humor, hasta que un fatídico día fui delatado por un pelota que no se reía nunca y se tomaba las clases muy en serio. Fui reprendido violentamente. En las caricaturas no había ninguna palabra soez; simplemente las caricaturas de ellos, que por cierto, se parecían mucho. En un mundo normal, habrían compartido el ingenio, la agudeza y el humor sano de un niño.

El colegio, como podemos apreciar, fue una buena representación del mundo. Todo lo que nos pasó allí continúa sucediéndonos ahora; todos los modelos de autoridad que allí sufrimos se producen con asombrosa fidelidad. Y, como en la escuela, también se valora en el trabajo, más la sumisión que la eficacia. Nunca creí, ni creo en el sistema educativo, de sus métodos pedagógicos que imponen nuestras beneméritas en instituciones gubernativas. Me resulta imposible creer en las bondades de un sistema que produce tantos hipócritas, tantos farsantes, tantos malvados y tantos desaprensivos. El sistema educativo es una fábrica de jóvenes preprogramados. Es aterrador la falta de cultura básica, de interés por las cosas; cómo las carreras están orientadas a las necesidades de la producción, en fin, me estoy saliendo de éste post y metiéndome en otro que está aún por escribir.

Saliendo de la niñez sin haber tenido una infancia, ya estaba en el humillante infierno laboral, repleto de encargados estúpidos y maleducados, de jefecillos que creen que están desarrollando un trabajo de gran trascendencia; ignorantes piezas prescindibles y sustituibles. Allí estaba yo en el mundo de los alienados, pero como en todo niño hay un salvaje perdido, el mío lo atrapé por los pelos y empecé a realizar caricaturas de los encargados. Cada día llevaba a mi casa una tira cómica que no me atrevía a enseñar a mis padres; defensores acérrimos del valor y de la moral del trabajo. Mis viñetas eran muy divertidas porque allí había un par de encargados muy pintorescos. El de mayor graduación era bajito y de humos subidos; el otro, alto y patizambo de cuyo sueño era llegar a la altura de aquel gnomo industrial. Siempre iban juntos y puteando al personal. Yo me reía mucho de ellos dibujándolos, pero con la triste soledad de no poder compartir aquel absurdo en donde nos encontrábamos todos. Cuando fui despedido tenía más de trescientas viñetas.

En las entrevistas de trabajo, solía dibujar una caricatura del entrevistador.
- Oiga usted; un poco de seriedad.


Dijo Laurence Sterne, el gran novelista humorístico del siglo XVIII, que la seriedad es un truco que se aprende para adquirir reputación a los ojos del mundo.
Y aquí me veo, todavía sin oficio y riéndome del mundo. Mañana tengo otra entrevista y ya tengo preparado mi bolígrafo Pilot. Lo siento pero no puedo evitarlo. Me han educado mal. Por otra parte, poseo un archivo de cientos de viñetas y caricaturas de todos los responsables de las instituciones por donde me he visto obligado pasar.
Tomarse la vida en serio, es seriosamente irrisorio. "¿Quién nos rescatará de la seriedad?", se preguntaba Julio Cortázar.

Ya lo dijo Camilo José Cela, que con la edad, todos acabamos siendo caricaturas de nosotros mismos. No lo olviden y ríanse siempre que puedan.


martes, 11 de septiembre de 2007

La destrucción sutil


"Los libros tienen su propio destino."
Maurice, ensayista medieval

La lenta cola me exaspera. Me siento incómodo y ardo en deseo de abandonar la librería. El espacio me asfixia. Las estanterías están colapsadas de novedades con portadas insultantes de rostros televisivos. Ahora las televisiones también ejercen de editoriales. Una mujer detrás de mí se impacienta: "¡Qué lentas son esas chicas!" dice, refiriéndose a las dependientas con semblante inexpresivo y mascando chicle. Las miro y no contribuye a mejorar mi malestar. Llega mi turno y le pregunto a una de ellas si ha llegado mi pedido: Locus Solus de Raymond Roussel. Teclea en el ordenador y me dice que todavía no ha llegado, sin mirarme a la cara. Ya no quedan libreros como Héctor Yánover,me digo. Salgo a la calle aliviado y busco un café para escribir algo sobre todo esto. Los cafés ya no son lo que eran. No se puede fumar y la gente grita con las bocas repletas de bollería industrial. Ya no queda La poética del café. Al final, decido volver a mi casa. Cojo de mi biblioteca cuatro libros y los pongo sobre la mesa. Los libros son: Historia universal de la destrucción de libros, de Fernando Baéz. Memorias de un librero, de Héctor Yánover. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y, Poética del café, de Antonio Martí Monterde. Suspiro. Enciendo un cigarrillo y empiezo a escribir este post.



El primero de los libros mencionados es un ejemplar de cuyo título resume de por sí su contenido. Desde su publicación, en el año 2004 , no he dejado de recomendarlo a todos a aquellos que no se contentan solo con leer libros, sino también por el interés que suscita su destrucción a lo largo de la historia. Éste esfuerzo, por parte del autor, de reconstruir la ardua labor de un proceso histórico que recorre desde las tablillas sumerias, pasando por el horror nazi, y terminando en la guerra de Irak, me parece admirable y de sucesivas relecturas. Dice su autor: 
"Desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes, y apenas se conocen las razones. Hay cientos de crónicas sobre el origen del libro y de las bibliotecas, pero no existe una sola historia sobre su destrucción. ¿No es ésta una ausencia sospechosa?"



La prueba del inicio de la civilización, de la escritura y de los libros, es también la de las primeras destrucciones de los mismos. No quisiera explayarme únicamente en éste magnífico libro porque da para mucho, pero basta aproximarnos al agujero negro de nuestra Guerra Civil para comprender que además de los cientos de miles de muertos, también dejó un desastre cultural oculto durante décadas. Incluso antes de que se iniciase la guerra, en el período de la República, ya se destruían libros y se quemaban bibliotecas.



Si después de leer, como es debido, éste libro y cogemos el Fahrenheit 451, comprobamos que el autor es consciente del proceso histórico. Imagina un futuro en el que un cuerpo de bomberos se encarga de quemar los libros para evitar ciertas perturbaciones a la ortodoxia del sistema imperante. Creo que el autor falla a la hora de trasladar la historia al futuro. Cada vez que releo la novela me da la sensación de que estoy en el pasado. Es poco probable ésta situación, aunque no la desmienta del todo por lo del dicho; un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo. Pero ni el pasado ni el incierto futuro de Bradbury tienen nada que ver con nuestro presente. Los regímenes totalitarios de antaño prohibieron, amenazaron y destruyeron los libros por la necesidad de crear gente estúpida para que aceptaran sus propias degradaciones con docilidad, porque en situaciones como esas, los lectores son inevitablemente subversivos.



El orden mundial actual se basa en el capitalismo y en las falsas democracias, y el nuevo combate contra los libros y lectores ha sido ideado por un nuevo proceso de destrucción sutil. No se prohíben los libros ni se queman a la vista de todos, sino todo lo contrario; los libros se producen a millares. En una sociedad como la nuestra, presidida por el progreso y la acumulación de tantas necesidades superfluas cerrilmente acatadas y cediendo a las instancias con que la industria cultural maneja y determina nuestras preferencias y se empeñan en meternos por los ojos unos títulos, que parece pecado no conocer a expensas de dejar otros deliberadamente en la sombra. Me parece una de las estrategias más inteligentes de la historia de todos los regímenes totalitarios. Lo que resultaba peligroso en el pasado, se convierte hoy en un artículo más de consumo. Resultado: casi todo lo que nos rodea nos alienta a no pensar. El mercado del libro está sobresaturado. Todas esas campañas que fomentan la lectura es un timo. Dice Alberto Manguel: "Las campañas de lecturas son hipócritas. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente."



La euforia de la novedad, de la actualidad, lleva a los nuevos lectores de cabeza. Es una carrera imparable en donde hay que estar al día y apenas les da tiempo a reflexionar sobre el destino de todas esas publicaciones que se apilan de cualquier manera en las librerías, incluso en los quioscos que están sepultados por colecciones que no compra nadie. El otro día vi a una anciana tropezar peligrosamente con las obras desparramadas de Henning Markell y Donna Leon. Al pobre quiosquero no se le veía con tanta publicación.



Las mismas editoriales dedicadas a defender la lectura y los libros se ven obligadas a destruir montañas de novedades para ser de nuevo recicladas o quemadas. Estas prácticas editoriales, condena todos los libros invendibles, y mantienen en secreto esta información porque hay autores cuyos niveles de ventas no son lo que declaran.

A pesar de esta destrucción sutil, quiero pensar que nada sustancial ha cambiado desde Homero hasta hoy, pasando por Goethe o Kafka. Sigue habiendo escritores que se sientan a escribir y lectores que se sientan a leer. Ninguna forma represiva, o quema de libros ha podido impedir o interrumpir éste ciclo. Pero por si acaso, es conveniente no tentar a la suerte y estar alerta.