domingo, 28 de octubre de 2007

Papeles dispersos sobre el Quijote (1ª parte)


Hay libros necesarios, es decir, libros que, mientras se leen, se sabe que se releerán. Tal vez más de una vez. ¿Hay un mayor privilegio que gozar de una conciencia acrecentada, colmada, dirigida a la literatura? Son pocos los libros que entran en mi particular rincón que se le suele llamar libros de cabecera, y, ninguno sobrepasa el siglo XVIII: Don Quijote, Gil Blas de Santillana, Jacques el fatalista, Tristram Shandy y Tom Jones, todos ellos escritos con gran humor y profundidad psicológica. El primero de ellos, El Quijote, fue el verdadero fundador de toda una cultura literaria que sirvió de inspiración a los grandes maestros venideros. El Quijote es más bien una obra subversiva y siempre muy vivida y muy escrita. Cervantes escribió una novela moderna que se anticipa a todas las licencias y pluralismos de la narrativa del siglo XX. Don Quijote es un libro inagotable, cuyo tema es todo (el mundo entero) y nada (el interior de la cabeza de alguien; es decir, la locura). Implacable, verboso, plagio de sí mismo, reflexivo, juguetón, irresponsable, proliferante, duplicador: el libro de Cervantes es la imagen misma de la gloriosa mise-en-abîme que es la literatura y del frágil delirio de la autonomía, su expansión maníaca.



Desde mi primera lectura fui anotando en papeles dispersos hallazgos y reflexiones, que ya se han convertido, a día de hoy, en unos cuadernos tan voluminosos como la mismísima novela. Don Quijote, más que ningún otro libro jamás escrito, es la literatura. El primer juego cuestionado por esta novela de las novelas es su autoría incierta frente a la certeza y las ortodoxias de la Contrarreforma (¿Cervantes? ¿Saavedrea?, ¿Cide Hamete Benengeli?, ¿Avellaneda? Narrador incierto (¿Yo, tú, él, nosotros?), incierto lugar (¿La Mancha, El Olvido?). Imbricación de géneros: ruptura de la pureza en un mundo postridentino que exigía un solo lenguaje y una sola visión del mundo. Novela consciente de sí misma que rechaza la ilusión de ser simple reflejo de la realidad. La verdad puede incluso volverse complaciente y laudatoria de sí misma. Existen estudios muy interesantes en donde se cuestiona incluso la autoría del mismísimo Cervantes en donde se dice que El Quijote fue escrito en diversas manos: Cervantes, según la teoría, no fue más que un mito elaborado por representar el prototipo de hombre renacentista. Incluso los personajes no escapan de sus nombres-identidades inciertos. ¿Quijote, Quijano, Quijotiz? ¿Aldonza, Dulcinéa? Cervantes da varios nombres a la mujer de Sancho. En el capítulo VIII Juana Gutierrez; en la frase siguiente Mari Gutierrez, en el capítulo 52 de la primera parte Juana Panza, en el capítulo 5 de la segunda parte Teresa Cascajo o Teresa Panza.



No hay que olvidar que el género de la novela se desarrolló en el Siglo de Oro con El Lazarillo de Tormes, obra anónima que abrió nuevos caminos para la novelística posterior, aportando innovaciones narrativas que resultaron muy fecundas. Las dos formas novelescas más originales que había creado España, la picaresca y El Quijote, contribuyeron decisivamente, durante el siglo XVIII a la formación de la novela moderna, aunque España quedara totalmente marginada en este proceso.


No hay una sola idea de la novela occidental que no esté presente, en germen, en El Quijote. El humor nace con Cervantes, humor como embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza. Ni Homero ni Virgilio conocieron el humor; Ariósto parece presentirlo, pero el humor no toma forma hasta Cervantes. El humor es la gran invención del espíritu moderno.



El Quijote se convirtió en el ídolo de los narradores ingleses: el caso más extremo de influencia suya fue Tristram Shandy de Sterne. En el ámbito inglés se puede aplicar el dicho de que El Quijote fue recibido en el siglo XVII con una carcajada, en el XVIII con una sonrisa y en el XIX con una lágrima. Desde la época del Quijote se inclina la balanza de la ecuanimidad europea decididamente hacia la tristeza.

El Quijote es una obra de inagotable riqueza y no es posible agotar las perspectivas para su lectura. Una de las más sugestivas para el lector de hoy sería seguir la génesis de esta obra, proceso que, precisamente por lo improvisado y azaroso, dio lugar a una gran riqueza de planos y de formas. La formación que llamamos arte nos exige que miremos con mucha atención y que miremos y leamos más allá o a través de lo que se entiende por impedimento, distracción, irrelevancia.




Los ejemplos anotados en mis cuadernos son tan interminables como la propia obra, que confirma la insaciable sed de éste modesto lector, por la búsqueda de una verdad inaccesible mediante la carcajada y la meditación existencial en juego. Todo es relativo, y la novela proclama la universalidad de lo posible. La obra de Cervantes es también una extensa meditación sobre la influencia nefasta que puede ejercer entre sí las mentes más sanas. ¿Está loco don Quijote? o ¿lo están los demás? ¿lo estamos todos?. El abigarrado mundo que ofrece el autor presenta una enorme variedad de tipos y personajes; concretamente son unos 150 los hombres y unas 50 las mujeres que actúan en la novela. En el capítulo 18 de la segunda parte leemos: "¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque lo tenía por loco?".


Blaise Pascal advirtió que todos los seres humanos son insensatos hasta el punto de que no serlo es también una forma de insensatez. También en la segunda parte de la obra, no es la imaginación desatada del hidalgo la que crea la aventura sino los artificios de los demás que ansían verlo en sus fantasías. Los personajes ya conocen el libro de la primera parte y saben que está loco, y creen burlarse de él y entran también en el juego. En la casa de los duques aragoneses, don Quijote resulta a menudo más sensato que sus excéntricos anfitriones. En la aventura del caballo Clavileño, que forma parte de ese largo episodio ducal, Sancho resulta mucho más fantasioso que lo que suele ser su amo. Don Quijote dice que todo eso es absurdo. En la primera parte Sancho Panza, intenta continuamente de hacerle ver a don Quijote la realidad, y, curiosamente, en la segunda parte, don Quijote ve la realidad y Sancho quiere que vea irrealidades.

Si analizamos, por ejemplo, a don Quijote creyendo llevar el casco de Mambrino, vemos que Cervantes no se interesa por la ridícula realidad del objeto, ni siquiera por el objeto transfigurado: observa el proceso de transfiguración. El novelista no se interesa por la bacía ni por el casco del mago. Lo que le apasiona es que don Quijote pueda confundir una simple bacía de barbero con el casco de Mambrino, y, así, Cervantes recompone, por el contrario, las percepciones subjetivas que nuestro fetichismo del objeto descompone en datos objetivos.



La gran narrativa española del seiscientos, cuya floración posterior a Cervantes llevaba en sí misma los gérmenes de su desintegración, acabaría en estrepitosa ruina, curiosamente por los mismos años en que se consumaba la decadencia definitiva de la nación. El lector de hoy no puede concebir el carácter tecnológico que asumía entonces los molinos de viento: don Quijote, al atacarlos como gigantes, puede verse como símbolo de una vana lucha con la modernidad.


Don Quijote y Sancho siguen cabalgando por las áridas llanuras manchegas. La novela moderna es la historia del camino en el que el individuo busca en vano su identidad, su lugar en el mundo, cuando ya no es posible la grandeza literaria.



domingo, 21 de octubre de 2007

Raymond Queneau (Ejercicios de estilo)


Raymond Queneau forma parte de esa pléyade de autores contemporáneos que he querido aunar a mi propia conveniencia para iluminar mi cielo estrellado particular. Queneau está unido a esa gloriosa estirpe de desmitificadores entre cuyos miembros más destacados son François Rabelais, Laurence Sterne, Raymond Rousell, James Joyce, Alain Robbe-Grillet y Georges Perec. Y, como la literatura en castellano no anda sobrada, salvo excepciones, como Ramón Gómez de la Serna y Julio Cortázar.

De todas las obras de Queneau, y, por citar a algunos ejemplos: Zazie dans le métro, llevada al cine por Louis Malle, La dimache de la vie, Le vol d'Icare, Les Fleurs bleves, o Exercices de style.

Ejercicios de estilo es una obra radicalmente distinta a una obra literaria convencional, y con la maestría lingüística, imaginativa y versátil que le caracteriza al autor: "Llamamos literatura potencial a la búsqueda de formas, de estructuras, por emplear esta palabra que es un poco docta, de estructuras nuevas que además puedan ser utilizadas por los escritores de la forma que les plazca." Es decir, la literatura como juego.


En Ejercicios de estilo, Queneau empieza con una anécdota aparentemente trivial a partir de la construcción de 99 variaciones sobre ésta. Un hombre sube a un autobús con sombrero de fieltro y acusa a otro pasajero de haberlo empujado. Después, cuando queda un asiento libre, el hombre se sienta. Más tarde encontramos al mismo hombre delante de la estación de Saint- Lazare, en compañía de un amigo que le está diciendo que tiene que ponerse un botón más en el abrigo. Este punto de partida que surge de esta obra sorprendente le sirve al autor para aunar ironía, ingenio y sabiduría retórica. En las noventa y nueve maneras diferentes leemos la historia como un sueño, como una oda, un soneto, en el presente, como carta oficial, telegrama, como discurso relatado, en lenguaje publicitario, en jerga, y así sucesivamente. Esta obra constituye uno de los hitos del género: parte de un propósito radicalmente inconformista que es conseguir la acumulación de variaciones sobre un asunto insignificante.



Georges Perec

Queneau nos revela que el estilo nunca puede ser transparente, y que el lenguaje mismo configura y define la realidad subyacente que percibimos. Su obra nos fuerza a encarnar esta percepción de muchas y divertidas formas. Como en los autores ya citados, insiste en que lo que realmente importa no es la historia, sino la manera cómo se cuenta. No hay que olvidar que, en cierta manera, las obras más señaladas de la literatura moderna suponen cuestionamientos distintos sobre la propia esencia de lo literario. James Joyce se puso a escribir una obra maestra, la voluminosa novela titulada Ulises, ciñéndose a un solo día en la vida del protagonista, un seis de junio de 1904, un día en Dublín como otro cualquiera. Tendemos a asumir que el estilo es algo al servicio del relato, y que nos ofrece una ventana a través de la cual el lector puede percibir una realidad introvertida.


Hace tiempo que escribí un libro (no publicado) influenciado por la fuerza vital de Queneau, pero con algunas diferencias. Como él, parto también de un hecho trivial: "Un hombre se levanta de la cama para ir a trabajar. Baja por el ascensor hasta el parking para coger el coche." La diferencia estriba en mi elección de noventa y nueve escritores que admiro, y me pongo a construir las variantes como si de ellos se tratara. Por ejemplo, Kafka: "el hombre, tras un inquieto sueño, se levanta cansado. Llega al parking atontado todavía por el sueño y el cansancio. No encuentra la plaza de su coche. Se siente angustiado porque se le hace tarde y debe fichar en el trabajo. Recorre el laberíntico recinto interminable de coches." Otro ejemplo; Bukowski: "el tipo se levanta con una resaca de cojones. Ha dormido con una mujer que no recuerda quien es. Con un dolor de cabeza y un humor de perros descubre que el ascensor no funciona. Baja por las escaleras y se cruza con una prostituta que vuelve de su trabajo. El tipo, conforme va bajando, puede oír las pequeñas tragedias domésticas a través de las puertas de cuyos vecinos apenas conoce; el llanto de un niño, la disputa de un matrimonio, etc. Una vez sentado en su coche enciende un cigarrillo y se queda mirando la sucia pared del parking". Otros ejemplos; Gombrowicz, Céline, Cela, Evelyn Waugh, Raymond Chandler... en fin, puro juego. ¿Acaso no empezó así la literatura?


sábado, 13 de octubre de 2007

Mis dos profesores


"¡Oh, si pudiéramos ser los antepasados de nuestros antepasados! Una mota de arcilla en la tibieza de las ciénagas."


Gottfried Benn

La desastrosa historia de este país empieza en el colegio y en sus pésimos profesores. Allí la historia que nos cuentan de España es falsa. Todo es falso, la historia que nos han contado es una historia de victorias, de conquistas, de descubrimientos. Ha sido un engreimiento de España que no corresponde a la realidad.
Conforme va pasando el tiempo, sigues descubriendo que España no ha cambiando tanto. Con el gobierno del PP, nos decían que "España se rompía", más mentiras; España ha estado rota siempre.

Me agobia esta situación actual patriotera, nacionalista y de falsas culturas. El patriotismo no es más que una proyección colectiva del yo manipulada, una invención que pretende englobar en una sola, única e inmutable realidad la suerte de una pluralidad de individuos. Esta ficción sirve para justificar la exclusión y, en último término, la eliminación del otro, del que no pertenece a ese grupo más o menos impermeable que no ve más allá que esa venda en sus ojos llamada patria."El patriotismo es la virtud de los depravados." Oscar Wilde. El patriotismo es una enfermedad senil del nacionalismo, no se convierte en el último reducto del granuja sino en la real morada del absurdo. La mediocridad, el provincionalismo, el oficialismo cultural, la abigarrada cultura urbana, el desmoronamiento del edificio social. Toda ciudad, toda provincia es una grandiosa acumulación de incultura, cuando la palabra cultura suena por doquier. Creo que cuando la intransigencia cultural de cualquier manifestación de cultura se hace tan histéricamente programática, me asalta la sospecha de que la intransigencia en cuestión es como una especie de compensación a la fragilidad, a la gran escasez de hechos culturales verdaderamente vitales.



Veo los inmensos suburbios de la civilización individualista y próspera y democrática e industrial en donde muchos hombrecitos todos iguales saliendo de casitas todas iguales, provistas de jardincillos y garajes iguales. No sé, tengo la sensación de que todas las democracias actuales viven bajo el temor permanente a la influencia de los ignorantes. La democracia no es sino la compensación mediocre de virtudes y defectos, el ir tirando con los males de uno, las enfermedades del otro y la indiferencia de todos, que llaman libertades. Antes, el poder servía a las ideologías; ahora, las ideologías sirven al poder. No creo que el fascismo vuelva en una forma fácil identificable, como los skinheads, sino en forma de fascismo institucional. Los imperios totalitarios desaparecieron con sus sangrientos procesos, pero el espíritu de proceso quedó como herencia, y él es el que rinde cuentas. En fin, que la cosa no pinta nada bien. Hermann Broch se preguntaba en Los sonámbulos, una de las novelas más importantes del siglo XX: "¿Dónde debería uno vivir para verse libre de tanta porquería."

Por otra parte se falsea la palabra "tolerancia". En Dos brindis por la democracia, E.M.Foster dice: "Tolerancia no significa otra cosa que aguantar a la gente, ser capaz de soportar las cosas." Tolerancia es un término que no me gusta, porque tolera aquello que se detesta. Tolerar significa ofender. Tolerancia es a menudo el rostro asumido por la indiferencia. La verdadera tolerancia consiste en respetar, y no sólo en soportar. Es respeto va más allá de la tolerancia.



Toda esta disertación me lleva a mis dos profesores favoritos; Tom Crick y Juan de Mairena. El primero es profesor de Historia de la gran novela del británico Graham Swift, El país del agua. Cuenta la historia de un profesor que implanta unas particulares lecciones de la historia a la vez que narra su pasado. Conmovedora historia sobre la ambigüedad del conocimiento, las imposibilidades del amor, y las idas y venidas del tiempo. Es también una brillante y nada convencional reflexión sobre el proceso de la historia de la humanidad. Dijo Tucídides que la historia es un incesante volver a empezar. La naturaleza humana siempre ha sido la misma; el hombre no cambia, al contrario de lo que los progresistas quieren hacernos creer, y los errores que el hombre comete hoy son los mismos que los que cometió ayer. Y aquí radica la filosofía de Tom Crick. En una de sus clases dice: "En julio de 1940, Hitler piensa-como había pensado Napoleón en 1805- invadir Inglaterra. Aunque para aplazar este y marchar hacia Rusia. Lo mismo que antaño hiciera Napoleón. ¿Y quién es el que se atreve ahora a negar que la historia se repite?". Continúa más tarde: "La idea según la cual la Historia no es más que decadencia ininterrumpida. Es frecuente que el hombre desee que el futuro sea la imagen de cierto pasado perdido, imaginado."

La Roma de la decadencia era muy similar a nuestro mundo actual. Había el mismo deseo de gozar apresuradamente de la vida, la misma violencia, la misma falta de principios morales y la misma autocomplacencia. En fin, que no hay nada nuevo bajo el sol. Que las catástrofes de la historia han sido siempre provocadas por lo que están demasiado convencidos. Que el hombre siempre ha estado y estará dispuesto a morir por cada idea, siempre que no tenga una idea muy clara de ella. Que todas las calamidades-revoluciones, guerras, persecuciones-provienen de un equivoco inscrito en una bandera, y, que según Castellione hombre del siglo XVI, decía que matar a un hombre por una idea no es afirmar una idea sino simplemente matar a un hombre. Y Sartre: "Nuestros queridos valores pierden sus alas; mirándolos de cerca no encontramos ni uno que no esté manchado de sangre."



El segundo maestro; Juan de Mairena, profesor apócrifo de don Antonio Machado. Mi querido profesor de las provincias remotas. Filósofo cortés, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Juan de Mairena sigue siendo todavía un libro provocador y dramático. Mairena es, oficialmente, un profesor de gimnasia que imparte al margen clases de retórica y de sofística. Las lecciones son "gratuitas y voluntarias". Los alumnos, nos dice, son "casi niños": el profesor coloca a los más torpes en la primera fila. Machado insiste en que Mairena es un hombre del siglo pasado, es decir, del XIX, "mantuvo hasta última hora su fe ochocentista"-pero a su vez observa que el diecinueve "bien pudiera durar siglo y medio". Una lejanía, entonces, que no excluye la relevancia. Mairena se introduce en el presente. Su arcaísmo no es, por tanto, un recurso para sugerir una sabiduría perenne, una voz desprendida de la historia que sólo emite máximas esenciales. Es, por el contrario, una distancia táctica, una astucia para enjuiciar una época, todas las épocas. Le dice a sus alumnos: "No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos." Con él estamos fuera de los gritos, la sordera y la altanería. El saber oficial se encuentra en las instituciones y el auténtico en un aula perdida en la que un hombre mal vestido se reúne con sus adolescentes. No cobra dinero, porque no enseña a ganarlo. Machado inventa un profesor cuya tarea es enseñar virtudes mostrando defectos. Aquí dejo, para terminar, un claro testimonio de Mairena-Machado, que lo suscribo constantemente en ésta época convulsa e irracional de los nacionalismos:


"Que usted haya nacido en Rute, y que se sienta usted relativamente satisfecho de haber nacido en Rute, y hasta que nos hable usted con una cierta jactancia de hombre de Rute, no me parece mal. De algún modo ha de expresar usted el amor a su pueblo natal, donde tantas raíces sentimentales tiene usted. Pero que pretenda convencernos de que, puesto a elegir, hubiera usted señalado a Rute en el mapa del mundo como lugar preciso para nacer en él, eso ya no me parece tan bien, querido don Cosme.
-En eso puede que tenga usted razón, amigo Mairena." 



martes, 9 de octubre de 2007

Como si tuviera alas


"Tal vez aprenda algo de verte escuchar."

Bud Powell


"El ojo oye lo que el oído echa en falta."

Thelonious Monk

Para un lector no tiene que haber un canon, ni más secreto que ser fiel a los propios gustos, y una de mis preferencias literarias son las autobiografías que las grandes figuras del jazz dejaron en sus páginas polvorientas de la historia, olvidadas en esa falta de definición que se da en las escuálidas fichas biográficas. Mis preferidas son: Mi vida en Nueva Orleans, Satchmo, del gran Louis Armstrong, Lady Sings the blues, de Billie Holiday, Straight life, de Art Pepper y Como si tuviera alas, de Chet Baker.

El jazz es fuerza, sentimiento y autodestrucción. Es una música que se adhiere al espíritu de libertad de las personas, logra adhesión porque su mensaje es transcultural, música de rebeldía. Ahora el jazz es cada vez más una cosa a la que la gente llega tras hartarse de la vulgaridad de la música pop. Y sin embargo, aun con este nivel de excelencia musical, es poco probable que ésta música vuelva a alcanzar la misma concentración de emociones que en los tiempos de Parker o Coltrane. Dijo R. L. Stevenson que cuando reflexionamos en profundidad sobre cualquier tema, pasamos revista a nuestro estado y trayectoria vital. El jazz siempre estuvo presente en mi vida poniéndole una banda sonora. También es cierto que desde su comienzo parece que ha causado estragos entre quienes lo hicieron. A causa del estilo de vida, bebida, droga, discriminación, viajes penosos, horario agotador, la vida que podría esperarse es algo menor que la de quienes se dedican a trabajos más tranquilos. Pero aun así el daño producido en los músicos de jazz es tan grande, que uno se pregunta si no habrá algo en el género mismo que exige un tributo terrible a sus creadores. Es un lugar común en el arte que el trabajo de los expresionistas abstractos los empuja de alguna manera hacia la autodestrucción. Desgraciadamente no se hubiera podido, en éste género artístico, desarrollarse con esa intensidad emocional sin exigir el enorme tributo humano.




El jazz nació en los Estados Unidos, pero tanto la crítica jazzística como su reconocimiento nacieron en Europa. América jamás estuvo a la altura de ésta aportación más independiente e importante que ha hecho ese país a la cultura del mundo. Ni tan siquiera su cine rindió homenaje a sus músicos más grandes, que fueron reducidos a realizar papeles denigrantes de cocineros, o simples rellenos en orquestas de músicos blancos.

A finales de los cincuenta los chicos malos de la nouvelle vague reivindicaron el jazz incorporándolo a sus filmes como parte principal de las historias. Basta ver Ascensor al cadalso, de Louis Malle y la estrecha colaboración que mantuvo con el genial Miles Davies. Pero como dijo el gran saxofonista Lester Young: "Ahora es tarde; aquello era entonces."


Quisiera centrarme en la figura de Chet Baker, uno de los músicos de jazz más influyentes de todos los tiempos. De estilo único y reticente. Rara vez tocó a más volumen que un mezzo forte. Revistió su trompeta de virtuosismo y originalidad insuperable. Fue un héroe urbano a la manera de Baudelaire. Supo que había que jugarse la vida a cada momento porque sino ésta carecía de sentido. Después de Miles Davies, ningún trompetista ha captado el fenómeno de la soledad y de la tristeza tan emotivamente como Chet, que también se distinguió como vocalista. Cada nota que tocaba era como un adiós a un buen amigo. La mayoría de los críticos de aquel tiempo dijeron de él que su registro era limitado, que su capacidad para leer partituras era deficiente, su técnica poco tenía de especial, y que su interés en la composición era casi nulo. Lo que sí es cierto es que Chet estaba poco interesado en las corrientes más experimentales del jazz de la Costa Oeste, no obstante, su instinto para la improvisación melódica era sólido y seguro, y sus líneas improvisadas alcanzaban un patetismo conmovedor. Chet no daba nada de sí mismo, al revés de la intensidad dramática de la trompeta de Armstrong, o el sonido desprovisto de compasión de Charlie Parker. La música que Chet hacía se sentía abandonada por él. Tocaba las viejas baladas con una larga serie de caricias que no llevaban a ninguana parte y se disolvían en la nada. Pasó la mayor parte de su carrera reproduciendo una y otra vez standards, especialmente "My Funny Valentine". Demostró ser capaz de hacer que incluso la canción más raída sonase fresca y nueva con una profunda penetración emocional, aparentemente contradecida por su estilo natural y directo con una clase de fragilidad casi "femenina".


Su vida y todo lo que la rodeó fue siempre turbulenta (los problemas con las drogas y sus consecuencias legales le acompañaron constantemente), pero su música fue un centro de estabilidad en medio de la espiral cada vez más profunda en la que se veía envuelto.



Su rostro, a través de los años fue sustituido por un sombrío rostro ojeroso y arrugado, convertido en anciano prematuro. No obstante, el trompetista genial persistió en todo momento, incluso la pérdida de los dientes en una paliza relacionada con asuntos de drogas. En sus últimos años tocó mejor que nunca, y, aunque resulte extraño decirlo la música de esos últimos días recogía una dulzura y un orden arquitectónico en sorprendente contradicción con la vida totalmente desordenada y rota de Chet.



Le hicieron la vida imposible en las salas de jazz cool de la Costa Oeste y Nueva York, y tuvo que tocar en tugurios de Europa. Le echaban a patadas de todos los hoteles, y bajo este caos incesante atravesaba su genio en estado puro.


Chet cayó al vacío en un hotel de Amsterdam mientras escalaba su fachada en busca de su trompeta en la tercera planta. Quería recuperarla sin pasar por recepción porque acababan de expulsarle del hotel.

No puedo dejar de conmoverme cada vez que pienso en Chet allí muerto en plena calle a altas horas de la noche y todo en silencio, porque el sentido del silencio fue la materia prima del músico. Quisiera recordarle para siempre en unos de esos momentos tan característicos de Chet a la hora de interpretar sus temas: se acerca al micrófono, deja pasar cuatro, ocho compases, y desde el mismo momento en que ataca la nota, ésta alcanza toda su plenitud. Consigue una escucha profunda del público porque da toda la significación musical al silencio antes de empezar su solo.

Como si tuviera alas.



viernes, 5 de octubre de 2007

Manuel Vicent



Leer a Manuel Vicent representa para mí hacer un alto en el camino enmarañado de la vida, cual fatigado peregrino que busca refugio para pernoctar, tras el largo naufragio que es el vivir. Con su admirable obra, nadie naufraga del todo. Vicent, como Josep Pla, es puridad, es mediterráneo perezoso, sabio e irónico que juega con los hombres entre sus olas de Homero y Baladas de Caín. Su prosa desprende perfumes de Pascua y naranjas, de sueños con paisajes de infancia con cañaverales, calas, olor a algas, es decir, todo eso que se llama mediterráneo que no es más que un sueño de juventud, de adolescencia o de niñez.

Su obra apuesta siempre A favor del placer, y para llegar al autor basta coger el Tranvía a la Malvarrosa, y es entonces cuando ya Nadie muere en la víspera, ni tan siquiera al final de su trayecto, porque Verás el cielo abierto. Sus Crónicas urbanas son las mejores de éste país de periódicos de columnas con aluminosis. Son Las horas paganas de Otros días, otros juegos. Espectros, Por la ruta de la memoria.

Con Vicent hay que tomarse las cosas con calma. Si el tiempo es un niño que juega a orillas del mar; el hombre es una pobre bestezuela furibunda y desorientada que espera una respuesta tras arrojar una botella en donde olvidó introducir su mensaje. Y espera. Con Manuel Vicent se quedan todos los apocalipsis sepultados en esa orilla, y seguimos construyendo castillos como si no pasara nada, porque no pasa nada al abrigo de su oleaje literario. Nos zampamos una paella con él a la sombra de una higuera y aprendemos todo lo olvidado. "El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla." No importa que sea a Son de mar, en Cuerpos sucesivos, o en algunas novias que nunca conocieron a Matisse.

Una vez me encontré con Vicent en el Café Gijón de Madrid, cuando yo andaba en el juego de ser escritor de otras generaciones perdidas. Del Gijón a Itaca (de nuevo Homero). Parecía un fenicio puro, con ojos de azul piedra, nariz larga, sonrisa aristocrática, barbita judía y corazón frío. Practicante de una bohemia ponderada y elegante, exhibidor del don de la frase capital, cada día más artística y cínica. Gran prosista de periódico con una gran calidad de intención y metáfora que le hacen maestro del género. Me dijo, mientras yo temblaba de juventud y fiebre literaria, que si todo el universo uno desechaba lo que no necesitaba, al final solo queda una ensalada, algunos versos de Virgilio, una persiana verde, una pared de cal y una tarde muy larga para departir.