Hay libros necesarios, es decir, libros que, mientras se leen, se sabe que se releerán. Tal vez más de una vez. ¿Hay un mayor privilegio que gozar de una conciencia acrecentada, colmada, dirigida a la literatura? Son pocos los libros que entran en mi particular rincón que se le suele llamar libros de cabecera, y, ninguno sobrepasa el siglo XVIII: Don Quijote, Gil Blas de Santillana, Jacques el fatalista, Tristram Shandy y Tom Jones, todos ellos escritos con gran humor y profundidad psicológica. El primero de ellos, El Quijote, fue el verdadero fundador de toda una cultura literaria que sirvió de inspiración a los grandes maestros venideros. El Quijote es más bien una obra subversiva y siempre muy vivida y muy escrita. Cervantes escribió una novela moderna que se anticipa a todas las licencias y pluralismos de la narrativa del siglo XX. Don Quijote es un libro inagotable, cuyo tema es todo (el mundo entero) y nada (el interior de la cabeza de alguien; es decir, la locura). Implacable, verboso, plagio de sí mismo, reflexivo, juguetón, irresponsable, proliferante, duplicador: el libro de Cervantes es la imagen misma de la gloriosa mise-en-abîme que es la literatura y del frágil delirio de la autonomía, su expansión maniaca.Desde mi primera lectura fui anotando en papeles dispersos hallazgos y reflexiones, que ya se han convertido, a día de hoy, en unos cuadernos tan voluminosos como la mismísima novela. Don Quijote, más que ningún otro libro jamás escrito, es la literatura.
El primer juego cuestionado por ésta novela de las novelas es su autoría incierta frente a la certeza y las ortodoxias de la Contrarreforma (¿Cervantes? ¿Saavedrea?, ¿Cide Hamete Benengeli?, ¿Avellaneda? Narrador incierto (¿Yo, tú, él, nosotros?), incierto lugar (¿La Mancha, El Olvido?). Imbricación de géneros: ruptura de la pureza en un mundo postridentino que exigía un solo lenguaje y una sola visión del mundo. Novela consciente de sí misma que rechaza la ilusión de ser simple reflejo de la realidad. La verdad puede incluso volverse complaciente y laudatoria de sí misma. Existen estudios muy interesantes en donde se cuestiona incluso la autoría del mismísimo Cervantes en donde se dice que El Quijote fue escrito en diversas manos: Cervantes, según la teoría, no fue más que un mito elaborado por representar el prototipo de hombre renacentista. Incluso los personajes no escapan de sus nombres-identidades inciertos. ¿Quijote, Quijano, Quijotiz? ¿Aldonza, Dulcinéa? Cervantes da varios nombres a la mujer de Sancho. En el capítulo VIII Juana Gutierrez; en la frase siguiente Mari Gutierrez, en el capítulo 52 de la primera parte Juana Panza, en el capítulo 5 de la segunda parte Teresa Cascajo o Teresa Panza.
No hay que olvidar que el género de la novela se desarrolló en el Siglo de Oro con El Lazarillo de Tormes, obra anónima que abrió nuevos caminos para la novelística posterior, aportando innovaciones narrativas que resultaron muy fecundas. Las dos formas novelescas más originales que había creado España, la picaresca y El Quijote, contribuyeron decisivamente, durante el siglo XVIII a la formación de la novela moderna, aunque España quedara totalmente marginada en este proceso.
No hay una sola idea de la novela occidental que no esté presente, en germen, en El Quijote. El humor nace con Cervantes, humor como embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza. Ni Homero ni Virgilio conocieron el humor; Ariósto parece presentirlo, pero el humor no toma forma hasta Cervantes. El humor es la gran invención del espíritu moderno.
El Quijote se convirtió en el ídolo de los narradores ingleses: el caso más extremo de influencia suya fue Tristram Shandy de Sterne. En el ámbito inglés se puede aplicar el dicho de que El Quijote fue recibido en el siglo XVII con una carcajada, en el XVIII con una sonrisa y en el XIX con una lágrima. Desde la época del Quijote se inclina la balanza de la ecuanimidad europea decididamente hacia la tristeza.
El Quijote es una obra de inagotable riqueza y no es posible agotar las perspectivas para su lectura. Una de las más sugestivas para el lector de hoy sería seguir la génesis de esta obra, proceso que, precisamente por lo improvisado y azaroso, dio lugar a una gran riqueza de planos y de formas. La formación que llamamos arte nos exige que miremos con mucha atención y que miremos y leamos más allá o a través de lo que se entiende por impedimento, distracción, irrelevancia.
Los ejemplos anotados en mis cuadernos son tan interminables como la propia obra, que confirma la insaciable sed de éste modesto lector, por la búsqueda de una verdad inaccesible mediante la carcajada y la meditación existencial en juego. Todo es relativo, y la novela proclama la universalidad de lo posible. La obra de Cervantes es también una extensa meditación sobre la influencia nefasta que puede ejercer entre sí las mentes más sanas. ¿Está loco don Quijote? o ¿lo están los demás? ¿lo estamos todos?. El abigarrado mundo que ofrece el autor presenta una enorme variedad de tipos y personajes; concretamente son unos 150 los hombres y unas 50 las mujeres que actúan en la novela. En el capítulo 18 de la segunda parte leemos: "¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque lo tenía por loco?".
Blaise Pascal advirtió que todos los seres humanos son insensatos hasta el punto de que no serlo es también una forma de insensatez. También en la segunda parte de la obra, no es la imaginación desatada del hidalgo la que crea la aventura sino los artificios de los demás que ansían verlo en sus fantasías. Los personajes ya conocen el libro de la primera parte y saben que está loco, y creen burlarse de él y entran también en el juego. En la casa de los duques aragoneses, don Quijote resulta a menudo más sensato que sus excéntricos anfitriones. En la aventura del caballo Clavileño, que forma parte de ese largo episodio ducal, Sancho resulta mucho más fantasioso que lo que suele ser su amo. Don Quijote dice que todo eso es absurdo. En la primera parte Sancho Panza, intenta continuamente de hacerle ver a don Quijote la realidad, y, curiosamente, en la segunda parte, don Quijote ve la realidad y Sancho quiere que vea irrealidades.
Si analizamos, por ejemplo, a don Quijote creyendo llevar el casco de Mambrino, vemos que Cervantes no se interesa por la ridícula realidad del objeto, ni siquiera por el objeto transfigurado: observa el proceso de transfiguración. El novelista no se interesa por la bacía ni por el casco del mago. Lo que le apasiona es que don Quijote pueda confundir una simple bacía de barbero con el casco de Mambrino, y, así, Cervantes recompone, por el contrario, las percepciones subjetivas que nuestro fetichismo del objeto descompone en datos objetivos.
La gran narrativa española del seiscientos, cuya floración posterior a Cervantes llevaba en sí misma los gérmenes de su desintegración, acabaría en estrepitosa ruina, curiosamente por los mismos años en que se consumaba la decadencia definitiva de la nación. El lector de hoy no puede concebir el carácter tecnológico que asumía entonces los molinos de viento: don Quijote, al atacarlos como gigantes, puede verse como símbolo de una vana lucha con la modernidad.
Don Quijote y Sancho siguen cabalgando por las áridas llanuras manchegas. La novela moderna es la historia del camino en el que el individuo busca en vano su identidad, su lugar en el mundo, cuando ya no es posible la grandeza literaria.
Dibujos de Pablo Picasso y Salvador Dalí.











