Cuando reflexionamos en profundidad sobre cualquier tema, pasamos revista a nuestro estado y trayectoria vital. El buen estado de salud de una cultura se mide tanto por su capacidad de avance y experimentación como por consideración que merecen los clásicos, porque ellos sirven para entender quienes somos y a dónde hemos llegado.Yo con Stevenson aprendí que toda empresa humana está destinada al fracaso, y que para él no era una causa de lamento sino de regocijo. Si no estamos obligados al éxito podemos disfrutar de nuestras labores sin sentimiento de culpa y sin temor al castigo, haciendo lo que debamos hacer lo mejor que podamos, disfrutando del esfuerzo y del camino elegido. Lo importante no es cambiar el mundo sino cambiarse uno, despertar la conciencia a potenciales desaprovechados, inventar un nuevo arte de vivir conciliando al individuo consigo mismo. Stevenson dijo una vez: "El valor y la inteligencia son las cualidades de más valía para la educación de un hombre; la primera parte del valor es no amedrentarse en absoluto por ello. Una actitud franca y un tanto precipitada, mirar hacia adelante sin demasiada angustia, sin quedarse en un sensiblero lamento por el pasado, es la marca del hombre que lleva una buena armadura para este mundo."
Cuando R.L.Stevenson cumplió los treinta y siente años, su vida por la tuberculosis y su imaginación fascinada por la lectura de Melville, cuyos libros le estimulaban a soñar con aventuras y exóticos escenarios, decidió emprender el viaje de su vida por los fabulosos mares del sur. Se estableció en una de las islas de Samoa acompañado de su mujer y su hijastro hasta su muerte prematura. Se dedicó a escribir y a interesarse por las costumbres y supersticiones de los indígenas, que le llamaban Tusitala (narrador de historias). De este último periodo de su vida data la redacción de una gran novela escrita en colaboración con su hijastro, Lloyd Osbourne, verdadera joya literaria que rebasa muy ampliamente de género de aventuras, con el título de Bajamar. Siempre que vuelvo a esta obra me da la sensación que la situación límite del autor, cuando adivina la amenaza de la muerte en contraste con una existencia paradisíaca, concibió una novela como Bajamar, donde se hace una transferencia de los anhelos aventureros del autor y se exalta de forma grandiosa el sentimiento-tan irracional como reconfortante-de la supervivencia contra viento y marea, cuando todas las cartas que se puede jugar están ya de antemano condenadas, falla toda justificación y la existencia pende de un hilo.La novela narra la bancarrota moral de tres seres abocados al fracaso, embarcados a la desesperada en un barco sin rumbo con cargamento de champaña, y su llegada a una isla espectral y misteriosa. Pero, a pesar de que las simples peripecias de Huish, Davis y Herrick y su encuentro con el enigmático pescador de perlas Attwater justificarán de sobra el apasionamiento con que se lee esta novela, la sorprendente sabiduría psicológica que demuestra aquí el gran Tusitala para analizar la mitomanía de estos hombres, sus contradicciones y sus fantasías. Los entes de ficción de Bajamar, en lucha perpetua con los elementos adversos, tránsfugos de la batalla de la vida y desertores de todos sus deberes, se van viendo sumidos progresivamente en una degradación moral que extravían sus mentes y los arrastran a torbellinos de abyección, en espera de un cambio inescrutable que jamás llegará. Pocas páginas habrá escrito Stevenson más hermosas que aquellas en que Herrick, rodeado de sus compañeros borrachos, hace frente a una horrible galerna y trata de reaccionar con el endiosamiento que le confiere el hecho de saberse el único jefe lúcido de un barco a punto de naufragar, y, aún consciente de que la razón se escapa de su mente, exulta la felicidad en medio de la tempestad, se aferra a aquel momento grandioso y lo vive en trance de delirio, orgulloso de saludar a solas el final de su vida como una liberación, frente al paroxístico caos de la tormenta. La aparición, pocas páginas después, del perfil de la isla desconocida y soñada, en cuya existencia apenas se habían atrevido a creer aquellos tres disparatados y ocasionales navegantes, supone un contrapunto magistral.En la cuerda floja que le mantenía entre la vida y la muerte, detector de las potencias telúricas y azarosas que rigen veladamente la existencia, consciente de que el verdadero misterio del hombre está en la impotencia que descubre en su interior para oponerse al rumbo de los acontecimientos. Stevenson nos ofrece en esta ejemplar novela póstuma un espléndido trasunto de la degradación y de la quiebra de la dignidad, una epopeya del fracaso.
Todavía conservo en mi escritorio una máxima de este gran narrador: "Nuestra obligación en la vida no consiste en tener éxito, sino en continuar fracasando con el mejor ánimo posible."
Imagen donde reposa los restos de R. L. Stevenson
13 comentarios:
Y de nuevo pelear en antiguas batallas perdidas sabiendo de antemano que lo más probable es que las vuelvas a perder. ¿Qué más da, si es mucho más importante el camino que la meta?
Gran artículo.
Saludos.
No me acuerdo de Bajamar, pero leer a Stevenson es reconfortante. A mí me gusta mucho su historia con su mujer, cómo puede forjarse uno un destino aparentemente tan imposible.
No conocía la cita con que cierras el artículo, que es estimulante, desde luego, así como el resto de lo que has escrito. Gracias
Qué sabio el amigo Stevenson, qué maravilla de obra. El progreso constante, los pequeños pasos, los fracasos, y aún así la perseverancia, la lucha por el cambio de uno mismo. Las derrotas ayudan más que las victorias, las derrotas que nos hacen ser mejores, más constantes o recapacitar son en nuestro bien. Terminan siendo también victorias más productivas.
Gran texto. Un abrazo
Desde luego no compartir con Stevenson su postura sobre el camnio de la vida por las vías del fracaso solo puede ser de imbéciles.
La isla del tesoro siempre quedará en la historia como el primero de los libros aventureros obligatorios de lectura. Stevenson es un maestro del intelectual perdedor, que es al fin y a la postre el auténtico intelectual, porque no huele a podrido nunca.
Ya quisiera yo un lugar para descansar mis restos así también.
Un abrazo desde Madrid, donde estoy de viaje, en plena Gran Vía cumpliendo con mi deber cinéfilo.
Ya lo decía Kavafis, lo importante es el viaje. Saber aceptar los fracasos y seguir adelante con aire optimista es labor de sabios.
¿Qué te voy a decir de Stevenson? Fue de los primeros autores que leí y guardo un recuerdo maravilloso de sus lecturas.
Besos.
Qué gran lección. No dejarse llevar por la soberbia o la desesperación y seguir adelante. Conviene recordarlo de vez en cuando. Siempre magnífico, Fancisco.Tú si que nos acostumbras mal. Un beso enorme.
El arranque de este precioso texto que nos regalas hoy, como el cielo ofrece al sol, al aire y a la noche la luz del amanecer, tiene la potencia del león. Leí la Flecha Negra en mi más tierna adolescencia, en la Colección Crisol con sus páginas de marfil o de ala leve de mariposa; la he leído varias veces y seguiré haciéndolo. A partir de entonces he devorado todo lo que ha caído en mis manos de este grande entre los grandes. Por supuesto, Bajamar, La Isla del Tesoro...
Y Joseph Conrad. No sé quién es más grande.
Un abrazo.
J,
No me acuerdo de Bajamar: pero seguro: segur cuando lo lea lo recordaré. Qué animosa máxima dejas aquí: algo así como un mundo sin esperanza, sin espera: pero nada de desesperarse. ¡Qué grande!
- Gracias por esta entrad que me deja tan cerca del inglés.
saludos,
No he leído "Bajamar", pero la fuerza de tu texto me estimulan a hacerlo.
Un artículo excelente.
Un abrazo.
Stevenson es uno de mis favoritos, la Isla del Tesoro...
muy buen post
No conocía esta novela de Stevenson, pero este post tan apasionado es una excelente invitación a leerla. Muchas gracias por compartirla. Y gracias también por tu comentario sobre Entre dos aguas en mi blog. Me alegré mucho de que te gustara. Estarás por BCNegra?
Soy un entusiasta de las novelas del mar: Stevenson, Conrad, Verne, Baroja... Sus Cuentos de los mares del sur son espléndidos,igual que ese relato inquietante titulado El diablo en la botella. Me gusta la frase final, creo que me sirve como divisa en mi profesión. Si encuentro Bajamar, lo compraré.
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