miércoles, 2 de abril de 2008

PUNTO SIN RETORNO ( road movie)

17 de febrero de 1980 en Santa Rosa, California. Un hombre de pie, inmóvil, junto a la reventada maleta, contemplando las que fueron sus pertenencias, un hombre en el borde de una carretera, superviviente sin duda de un bandazo de su automóvil en la cuneta y que, por un golpe recibido en la cabeza o como consecuencia de una decisión detenidamente irreflexiva y, por ello, anterior a cualquier otra reflexión, se deshace de sus últimos bienes, de sus ropas, de sus recuerdos, de sus obligaciones, y lo arroja todo al montón de chatarra. Se queda sentado en cuclillas, en medio de la ardiente arena. Prende fuego a los restos. Después se pone de pie. Vuelve la espalda a la Highway 608. Se pone a caminar hacia las desiertas extensiones.El hombre ambulante, errante, de las carreteras desérticas, el vagabundo sin destino ni pasado, el amnésico desorientado de la película París, Texas y las historias de Sam Shepard; Cruzando el paraíso, Crónicas de motel y El gran sueño del paraíso; historias rotas, fragmentos autobiográficos, carreteras, coches, soledad y aventura. Personajes que van a parar a moteles miserables en los confines de la nada sin saber de dónde vienen ni adónde van. Nómadas sin nomadismo, es decir, sin el conocimiento de lo que hacen ni la justificación a posteriori de sus actos. Los que no conocen nada más que la irremediable necesidad de dejarse llevar por las rayas amarillas de las highways. Seres perdidos en la comunidad y por la comunidad. La vida es una serie de decepciones voluntarias. Sin la promesa de un engaño, renunciarían a sus propias perpetuaciones.
Si la carretera norteamericana tiene su heraldo en la persona de Jack Kerouac (o en su doble, Neal Cassidy), su cronista más desencantado es Sam Shepard. En sus obras vemos minúsculas historias sin importancia ni moraleja, arrancadas al silencio del Great American Desert y a la indiferencia de una visión pasajera desde el asiento trasero de un Plymouth del 1965, Shepard relata sin artificio las escapadas solitarias a los cuatro extremos del país, puntuadas siempre por una suerte de poesía cruda a lo largo de su recorrido con sus propios sentimientos, que consisten en paisajes melancólicos, oportunidades no aprovechadas que parecen ofrecer encuentros fortuitos, moteles, hamburgueserías y gasolineras en medio de la nada, una América que es un puro paisaje fronterizo, más allá del cual no hay adónde ir, o adónde huir. Jack Kerouac fue el primero en expresar la idea de la "libertad de la carretera" con su novela En el camino, publicada en 1957 (de hecho, la década de los 50 fue la última en la que los coches se fabricaban pensando en un rendimiento óptimo en los viajes largos). Resulta curioso que el cine tardase tanto en apoderarse del tema; aunque unas cuantas películas de comienzo de los 60 se basaron en la experiencia del viaje por carretera como algo decisivo para las vidas de los personajes. Es cierto que la idea de utilizar un viaje o itinerario como medio de contar una historia es uno de los recursos narrativos más antiguos de la cultura occidental. Desde Cervantes hemos comprobado la necesidad de echarse al camino en busca de una identidad o, para reafirmarla. En el automóvil de la sociedad moderna viajar se trueca además en un escapar, en un violento romper límites y vínculos. El viaje no sólo descubre la precariedad del mundo, sino también la del viajero. El viaje pasa a ser entonces un camino sin retorno hacia el descubrimiento de que no hay, no puede ni debe haber retorno. El viajero, se lanza hacia adelante; en su proceder no se lleva a sí mismo, totalmente a sí mismo, sino que todas las veces aniquila su integral identidad anterior y se desprende de sí.
A mediados del siglo XX nos convertimos en seres de paso, de derivas geográficas. El mundo parece haberse convertido en una empresa general para una acción inminente que no debe requerir en su totalidad más que algunos minutos. Se asemeja a un inmenso depósito de disponibilidades inmediatamente convertibles en efectividades. Sólo la autenticidad absoluta permite estimar nuestras reservas. Tocar fondo es coincidir con nuestra esencia. La facultad de recorrer kilómetros de asfalto prima la de establecer en un lugar. El valor de una persona se juzga más en función de lo que puede abandonar que de lo que posee. Es como Nashe, el héroe desdichado de La música del azar de Paul Auster, que conduce a través de los Estados Unidos sin meta ni razón hasta el agotamiento financiero, moral, físico y mental, con la mirada eternamente puesta en la carretera, hipnotizado. Al considerar cualquier pausa como la muerte, desea más que nada continuar rodando sin cesar. Con el fin de abolir la idea del viaje y del desplazamiento, procura alcanzar ese punto sin retorno que hace posible la evacuación de toda impresión de movilidad. Mis películas favoritas de carretera son: Buscando mi destino (1966) de Dennis Hopper y Peter Fonda. Mi vida es mi vida (1
970) de Bob Rafelson. Carretera asfaltada de dos direcciones (1971) de Monte Hellman. En el curso del tiempo (1976) y París,Texas (1984) ambas de Wim Wenders. Y la magnífica y poco conocida Radio On (1979) de Christ Petit. Y, de todas ellas, la que siento mayor predilección es Mi vida es mi vida, quizá porque es una de las películas que mejor expresa el desarraigo y el pesimismo propios del cine de carretera. Bobby Dupea (Jack Nicholson), distanciado de su aburguesada vida y estulta familia de Seattle, decide vivir en una caravana, aceptar los empleos más diversos y estar siempre en movimiento, aunque sin dirigirse a ningún sitio en concreto: "Viajo mucho. No tanto porque esté buscando algo en particular sino porque prefiero escapar de lo que sería peor si decidiera quedarme", dice en cierta ocasión. Una breve visita a su familia sirve únicamente para provocar un auténtico torrente de recriminaciones y para aumentar su sensación de soledad. La secuencia final de la película es puro road movie, y muestra a Bobby abandonando a su novia y a su coche en una gasolinera desierta y subiéndose a un camión, cuyo conductor (al que no llega a ver, sino sólo oír) le sugiere que se lleve la chaqueta, pues en el sitio al que van hace bastante frío. Las últimas imágenes de la película se van borrando luego poco a poco a los compases de Stand By Your Man.
La última palabra sobre el cine de carretera la tiene Wim Wenders: "Algunas veces pienso que la emoción de mis películas procede únicamente de la emoción o movimiento."


14 comentarios:

Alicia dijo...

Magnífico, ¡magnífico post! ¡Pero, qué manera de escribir!
El movimiento, la velocidad, el olvido, una huida, una búsqueda. Se te olvidó mi cuasihomónima Alicia en las Ciudades!?
Me recuerdas a…

"…Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.
En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido…"
"…Ahora bien, prefiero invertir esta afirmación y decir: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria…"

M. Kundera. La Lentitud
Un beso

Miguel Sanfeliu dijo...

Un texto exhaustivo y genial, Francisco. Has repasado muy acertadamente lo que ya se puede considerar un género en sí mismo.
No he visto la película de Nicholson, debo buscarla.
Un abrazo.

39escalones dijo...

Extraordinario, magnífico post sobre uno de mis subgéneros favoritos (al menos cuando es de verdad; hoy en día a cualquier cosa en la que aparece un coche y una carretera lo llaman road movie). Es curioso, yo además de "Paris, Texas", también me quedo con el amigo Nicholson. Es mi película favorita de entre las suyas, y eso, hablando de él, es decir mucho.
Un gran abrazo.

Blanca Vázquez dijo...

Estupendo trabajo sobre un tema que creo resulta tan metafórico. No puedo dejar de mencionar la última obra que acabo de leer, La carretera, de McCarthy. Todo un símbolo de búsqueda vital. Y eso es lo que creo que se busca como la esencia de la vida en esas carreteras, ver donde llevan, camino de la vida.
Por cierto no te he mencionado que comencé a escribir una novela que tenía como proyecto hace tiempo. Con algo de política de fondo, (solo de fondo) no pretendo solucionar crímenes (que lo hay) sino intentar que sea una reflexión sin más, en plan más poético, en un discurrir de prosa. Un abrazo amigo.

Licantropunk dijo...

Este género, road movies, es sin duda el más antiguo, anclado en los inicios de la Historia: ¿qué es si no la Odisea de Homero?. Trayectos azarosos. Personajes en continuo movimiento dan unas posibilidades argumentales infinitas: viajo para que pase algo, parafraseando a Bukowski. Beber o viajar cada noche en compañía de Dionisos.
Felicidades. Gran artículo.
Saludos.

malvisto dijo...

Henry Miller tiene una clase de Road Movie en su libro de relatos Primavera Negra. Sino estoy mal se llama Un Sábado por la tarde, en el que haciendo repaso de los mejores urinarios de Paris, tropieza con la historia de Robinson Crusoe. Una autñentica joya su comentario. Historias rotas; y ya no hay necesidad de naufragar, para llegar a una isla desierta.

Sin olvidar el viaje en furgoneta de Cortázar, el cosmopista.

Una que me encanta, me encanta es Brown Bunny de Vincent Gallo. Me gusta la tristeza, me gusta como lo que alcanza, de lo que echa mano. No está malo estar triste, y largarse.

Un fuerte abrazo, amigo, amigo

Lucía dijo...

Francisco, estoy sin aliento ¡menudo post! Has puesto el alma en él. Te imagino viajando, inmerso en tu propio road movie, pero con regreso por favor, que no puedes dejar El Tiempo Ganado así como así.
Besos.
PD. Lo que más me gusta de los relatos de Shepard es que no tienen moraleja.

Mr Tambourine Man dijo...

No sé cómo decirlo sin repetir las palabras de tus otros amigos. Este post es precioso. Tiene un ritmo intensísimo, y refleja cosas profundamente humanas. Creo que me ha gustado tanto porque en mi camino vital ya he recorrido algunos paisajes tan áridos como otras tantas soledades.

Mi último post habla también de un camino. Otra casualidad.

Un abrazo. Y enhorabuena.

Elena dijo...

Coincido con todos los comentarios anteriores. Un post magnífico. La carretera como búsqueda de lo interior y lo exterior es uno de los temas más recurrentes del cine y la literatura. Viajar con un coche por un país desconocido es una sensación maravillosa. Yo lo hice este verano en Escocia, y me sentí en parte como protagonista de mi propia road movie. Genial

Un abrazo

Lula Fortune dijo...

¿Y los que intentan escapar sin moverse de su casa? Al fin y al cabo, muchos de esos viajes son ficciones literarias que nos ayudan a creer que somos diferentes.
Besos encontrados en un cruce de caminos. Nos encontraremos, no lo dudes.

Joselu dijo...

Recuerdo que un punky me dijo una vez, cuando yo le ofrecía hacer un masaje relajante, que él quería velocidad y no lentitud, que caminaba rápidamente por la calles porque así tenía la impresión de que iba a alguna parte.
Durante algunos años yo hice mi propia road movie. Fueron años de viaje de largas temporadas en soledad, parando cada noche en un lugar desconocido y azaroso. De eso saqué la conclusión de que quizás viajaría de nuevo si alguien me acompañaba. El viaje en soledad es hermoso pero muy duro, necesitamos de vez en cuando la calidez de algunos encuentros reconfortantes. Desde entonces ya no he viajado. No he encontrado a quien le gusten las road movies. Me he hecho sedentario, pero a veces aún recuerdo. Un cordial saludo. Espléndido post como es habitual.

hombredebarro dijo...

El otro día vi American Grafiti, sin duda una road movie muy particular, los coches circulan por las mismas calles una y otra vez durante una noche entera, el viaje más largo lo hace cada uno de los chicos. ¡Qué te voy a decir a tí! Y me sumo a todas las felicitaciones precedentes por el post.

Marcos Callau dijo...

Un grandísimo texto, Francisco, me ha conmovido el ambiente que tan bien relatas y contagias. Soy un "amante" (si se puede decir así por el grado de pasión por el que las vivo) de los relatos e historias que suceden en la carretera. Si tengo que poner una de las películas que más me han gustado como "road-movie" (aunques ea un poquito artificial) es "Dos por la carretera". unapelícula muy agradable con Henry Mancini desarrollando un papel muy importante. ¡Cuántas veces he escuchado a Mancini por la carretera!.

Juan Herrezuelo dijo...

Sin duda resulta curioso que un género que para la novela quizá tuvo, efectivamente, su nacimiento en nuestro Quijote encontrara su máxima expresión en la cultura norteamericana. Algo tendrá que ver la vastedad del territorio y la proximidad aún de su condición de pioneros. Allí se dan los extremos del sedentarismo y el nomadismo, porque junto a los tipos (y tipas) de carretera y manta y beatnik, están aquellos apegados a su pequeña comunidad. “De modo que has vivido aquí toda tu vida”, le preguntaba una chica a Kevin Costner en una peli muy empalagosa, y él respondía “Todavía no”. Me toca especialmente la referencia a Paris Texas, que adoro, y a Sam Shepard, que me parece admirable. Por lo demás, qué decir de la calidad de tu texto: siempre a muy alto nivel. Un gran abrazo.