Para mí la obra de Franz Kafka no es ni ha sido nunca un entretenido literario, sino un serio paradigma vital y de fe que me ha servido de orientación. La verdad no es tal verdad; peor aún, nadie puede encontrarla. Todo tiene otra posibilidad de interpretación. Kafka desmitologiza, desenmascara la falsedad de lo establecido, lo comúnmente aceptado. Dijo Goethe que la creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento. Y el filósofo alemán Heidegger, que la esencia del hombre posee el carácter de una pregunta. Por tanto, son las preguntas sin respuestas las que hacen al ser humano. El mundo de Kafka es inmenso, no tiene fronteras, no han llegado a él las revoluciones; he ahí uno de los mayores méritos del escritor. Es el gran autor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo XX. Él fue quien tematizó ese gran tema del siglo: el obstáculo. La vida se vislumbra como un mero tránsito por distintas instancias de un proceso sin fin. Kafka aludió alegóricamente para provocar la extrañeza y la incomodidad para invadir de forma luminosa un mundo que ya existía sin saberlo. ¿Acaso no nos sentimos como si hubiésemos sido encarcelados por motivos que no conocemos? ¿Enredados en un plan que se nos escapa? Todos somos en cierta medida el K de El proceso. Un acto irrelevante pone en marcha un oscuro proceso, una inevitable condena. Castigo sin expiación. Kafka puso de manifiesto cómo nos sentimos culpables hasta sin haber cometido nada, como se percibe igual que si fuera una culpa la propia impotencia frente a la vida. A Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis no le confunde su metamorfosis en artrópodo sino la angustia de no poder acudir ese día al trabajo, su obligación. Pero creo que todo esto es otra historia, y, como muy bien dice Martin Walser: "Hay que proteger a Kafka de sus intérpretes."Hay una historia poco conocida en la vida de Kafka o, al menos lo fue hasta que Paul Auster la sacó a la luz en su novela Brooklyn Follies, y, en el mismo año el escritor catalán Jordi Sierra i Fabra en un libro titulado La muñeca viajera, que recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2007. Realmente fue para mí una sorpresa, porque siempre he creído que esta maravillosa historia pertenecía a una cierta minoría de los lectores de Kafka. La historia es esta:
En 1923, viviendo en Berlín, el autor solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niña llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. Dora Diamant, que cuenta la historia, dijo: "Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal."Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la "correspondencia" prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y entrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.
Kafka fue el más grande descubridor de signos en la vida moderna. Para el escritor no se trata sólo de saber observar, sino que es preciso descubrir los signos ocultos en lo que se observa. La elogiada precisión quirúrgica de la mirada de Kafka se hacía escritura en la transmutación de lo visible en signo. La desaparición de las cartas de la muñeca, por mucho que la lamentamos, deberíamos verla como un signo positivo. Es el elemento que, por su ausencia, da sentido al resto de la obra, que es una saga de desapariciones cuya presencia en forma de relatos, de escritura, tiene por función cerrar la herida de la pérdida.
De la niña berlinesa jamás volvió a saberse nada, como tampoco de aquellas cartas que constituyen uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX.
Kafka le dijo una vez a su amigo Gustav Janouch: "El hombre sólo puede alcanzar la grandeza a través de su propia pequeñez."Ilustración de Fernando Vicente
12 comentarios:
Tan grande es Kafka que ha llegado a donde probablemente no pretendía, adjevidar todo un mundo, el kafkiano.
Miraba de otra forma, era un espíritu libre, por dentro, así lo veo yo, imposible escapara a las interpretaciones que cada uno le de a este fenómeno.
Como siempre, es un placer leerle. Sus posts siempre son interesantes, sus citas son siempre bien elegidas, bien utilizadas.
Me gusta cuando dice que "son las preguntas sin respuestas las que hacen al ser humano": ¡cuánta razón! Escribí hace unos años algo sobre las preguntas, tal vez lo publique un día de estos.
Y bueno, jamás, jamás en mi vida, había oído hablar de toda esta anécdota de la muñeca y las correspondencias. Me parece de verdad extraordinario.
Respecto el estilo en los escritos de este autor ,y sus incontables interpretaciones, una vez alguien me dijo que que Kafa solía relatar situaciones inverosímiles para enmascarar profundas reflexiones y juicios sobre la conducta humana.Con lo cual estoy de acuerdo y debo decir que ha influído bastante en algunos de mis relatos.
¡Un coridal saludo!
Por cierto, la cita con la que cierras el texto me estremeció. Y me encantó.
Hoy voy de golpe en golpe con este querido blog: ahora hablas de la inquietud. Porque pasar la calle, lo que dice ´vivir´, ha sido eso siempre: una espera sin descanso y con desasosiego. Sólo que hemos perdido toda base que separa lo sagrado, de lo profano. Distinción importante, que no tiene nada de religiosa, cuanto que habla de la pérdida. De la pérdida del centro.
¿Has leído el texto hermoso de otro K: Temor y Temblor? Pues eso: el mundo está lleno de cosas muy hermosas, sólo que hay que saber observar. Hablar y escribir de ellas requiere mucho cuidado.
Esta semana me vi la adpatación que hace Haneke de El Castillo: me gustó mucho. Lo logra: logra el encierro, el obstáculo, y sin embargo K sigue como si nada. Eso es porque la obra de Karfa nunca ha sido una obra del desespero.
Me gusta mucho la foto: fuerte abrazo, amigo.
andrés,
Estoy de acuerdo con Goethe, la creencia es el primer paso para el dogma de fe.
Gran texto, como siempre.
Abrazos
Una historia muy bonita, no la conocía. Probablemente la niña al crecer se dedicó a viajar por todo el mundo con una maleta llena de libros.
Kafka tiene el don de sacar a relucir, sin que parezca pretendido, los peores defectos de los hombres.
Un abrazo.
Nuestro mundo vive tan impregnado de lo kafkiano que ya lo vive de modo inconsciente. Perdidos, burocratizados, temerosos, con sentimiento de culpa, obligados al rendimiento, a los informes, a los análisis de gestión, al absurdo cotidiano... nos debatimos como muñecos autómatas buscando siempre salidas que nos alejen del fracaso cotidiano. Sin embargo, en algún sitio he leído que Kafka era un hombre buenhumorado y divertido, y que la lectura de La metamorfosis le hacía estallar en grandes carcajadas.
Como siempre, precioso, emotivo.
Un abrazo.
El Caracol.
He leído "Brooklyn Follies" (y todo Auster en realidad, un autor que me atrapó con "La trilogía de Nueva York" y "El palacio de la luna") y recordaba la historia de Kafka, pero no haberla leído allí: principio de Alzeimer, más difícil de recordar que el principio de incertidumbre de Heisenberg: incertidumbre, azar.
Y la anécdota puede ser tan falsa como mi memoria, pero ¿qué más da?
Saludos
Me encanto este post tuyo! Desde la ilustracion escogida, cada palabra, la historia de la muneca perdida, y las citas de Heidegger and Goethe, un texto redondo, bello, un lindo homenaje al genio de Kafka.
Saludos...
PS: Y si; Erik Satie es uno de mis favoritos :)
Creo, como viene a decir Joselu, que Kafka, y en concreto La metamorfosis, y muchos de sus relatos, tienen un tono humorístico.
Excelente post.
Cuando leí Brooklyn Follies quedé cautivada por esa historia. Gracias por recordármela y presentarnos un retrato tan grande de este filósofo. Una persona capaz de hacer algo así (si es verdad que lo hizo) sin duda debía ser alguien fuera de lo normal.
Un saludo
Publicar un comentario en la entrada