domingo, 5 de octubre de 2008

LA DAMA DE SHANGHAI




Con La dama de Shanghai (1947), Orson Welles entró en el género por conocidas necesidades económicas, con un espíritu que puede calificarse de alerta. ¿Cuánto le debe el cine negro a Welles? Mr. Arkadin (1955) y Sed de mal (1957). Welles se sentía fascinado por el género que había producido ya tan considerable número de obras y con el deseo de hacerlo avanzar tras la literatura de los autores de The Black Mask. Había descubierto no sólo sus raíces sociológicas, sino los elementos de fabulación, a veces místicos, en ocasiones trágicos, que subyacían bajo aquel material melodramático.

Resulta curioso que Welles representa aquí el personaje de un inocente enfrentado con la perversión. ¿Pero es tan inocente como parece? Sabido es que Welles ha representado mejor que nadie a los personajes fáusticos que tanto
le obsesionaban, los que le resultaban tan atrayentes, a pesar de su desacuerdo con su ideología y su moral. Algunos de los equívocos que La dama de Shanghai ha provocado en su aceptación crítica se basan precisamente en su interpretación del irlandés errante Michael O' Hara. En primer lugar, no da el tipo, parece perdido en su encarnación, tanto física como interpretativa, del ingenuo y joven marino idealista, luchador en la versión original a favor de la República española que sirve como contrafigura al mundo rapaz de estos capitalistas enzarzados en sus luchas intestinas. Y su torpeza, su falta de inteligencia, su capacidad para comprender su situación en el grupo, quedan en evidencia por la fuerza de su presencia, su capacidad histriónica. Por otra parte, ¿O' Hara sólo entra en la aventura por seducción de la mujer, o por un más profundo interés de conocer una clase social de la que sacar provecho? En este filme Welles intenta hacer una fabulación de carácter paródico de las clases sociales, un análisis de la plutocracia y de la corrupción del poder, tema tan suyo. Pero lo hace desde fuera, siguiendo ideas brechtianas. Para ello imagina un personaje incontaminado, romántico, que introduce en un baluarte de las clases poderosas. Ello determina parte de la estructura del filme, pero también el estilo y la forma de la puesta en escena, y especialmente la interpretación, fría y distanciadora, que a veces nos choca, con esos planos que rompen la fluencia de fascinación de muchos de los planos, que parecen auténticos efectos V tomados por Brecht del teatro oriental. Nunca el espectador está prendido por la historia. Al espectador se le propone una distancia de observación que se corresponde con la del personaje que se ve envuelto en la historia. Por ejemplo, las relaciones amorosas aparecen siempre en segundo plano, mediante elipsis. Nunca sabemos lo que siente Elsa Bannister (Rita Hayworth), aunque es la única que asegura estar enamorada.

Este magnífico filme merecería todo un largo ensayo, pero no es posible. El esplendor de algunas secuencias muy visuales- la noche de la excursión, Acapulco, el acuario, el juicio y el parque de atracciones- ha provocado también algún malentendido sobre esta película, que significa un avance en el quehacer estilístico de Welles, una ruptura importante en la técnica de representación de su obra. La utilización del espacio se rompe aquí, el juego interpretativo se hace más rico, la planificación más analítica, mezclando los planos- secuencia con los primeros planos, todo ello determinará su obra futura.

Esta película ha sido considerada a lo largo de la filmografía de Welles casi exclusivamente por sus logros formales, por una serie de escenas y secuencias exóticas de gran calibre imaginativo. Pero vista hoy, con el desarrollo de lo obra completa de su autor, resulta ser una obra absolutamente personal, casi como un cuaderno de notas, y muy anticipadora de lo que sería la nouvelle vage. Y ello a pesar de las mutilaciones sufridas, que según Welles alcanzan más del veinte por ciento, y el hecho de que no acabara siendo responsable del montaje definitivo y de la sonorización.

La dama de Shanghai es quizá la primera película que intenta una nueva estética que no se base en la idea del cine clásico de un espectador objetivo, en su omnipresencia, en la suprema neutralidad del narrador, para alcanzar un cine más libre, en el que objetividad y subjetividad se alíene y se entremezclen para captar el carácter verdadero poético del cine. Por ello influyó tanto, después de Ciudadano Kane (1941), en la generación de cineastas que se inicia a finales de los años cincuenta.

20 comentarios:

María Jesús dijo...

A mi Orson Welles me parece un maestro como director y, actor. Mi película favorita es Macbeth, ahora es difícil ver películas como las suyas y, otros grandes directores de cine.

Besos

Carolina Araya dijo...

leíste algo de Gyula Krúdy ?

ethan dijo...

Dicen que ese corte pelo, el teñirla de rubio, el que sea la "mala" de la película, fue todo una especie de venganza personal de Welles hacia Rita, fruto del conflicto que ambos vivian en la vida real.
A mí, sin embargo, me parece un elemento rompedor más; algo que se sumaba a la modernidad que destila este largometraje...
Un abrazo.

Mita dijo...

Yo de esto que comentas sé muy poco, pero...yo quiero tener ese vestido y ese tipazo!!!
Qué curioso el papel de la mujer en el cine...
Besotes

Raúl dijo...

Tu análisis le da una vuelta más a la justificación de mi postura para con esta película, me da un por qué, a la hora de entender(me) mi posición con respecto a la misma.

Ciertamente, siempre he pensado que la película tan solo era un juego de estilo, una excelsa composición visual carente de apego y de alma. Siendo una película de Welles uno parte de inicio sabiendo que si no percibe el mensaje filosófico-moral de la cinta, algo está haciendo mal como espectador; pero lo cierto es que tantas ocasiones me he dado por vencido, como veces he podido enfrentarme (el verbo ya es delatador) a la película en cuestión.

Será cuestión de verla con otros ojos. Será cuestión de volver a verla.

39escalones dijo...

Lo del cabello rubio de Rita supuso un shock. En cuanto a la génesis del proyecto, cuentan que Welles hablaba con su productor por teléfono y le decía algo así: "tengo un nuevo proyecto; si me das cincuenta mil dólares tienes una magnífica película". Cuando el productor le preguntó por la historia y de qué trataba, Welles cogió la primera novela de bolsillo del kiosco que tenía junto a él y le dijo: "La dama de Shanghai". Bendita casualidad.
Fenomenal texto.
Un abrazo

Limaco jolgorioso dijo...

Siempre interesantes y reveladores, tus ensayos cinematográficos son magníficos, Francisco. Qué gran película ésta. A mi me gusta mucho Sed de Mal, donde Orson Welles realiza un trabajo impresionante como actor, y director, claro.
"Llevo en mi corazón, como en cofre que de tan lleno no pudiera cerrarse..." (Pessoa -cito de memoria-)entre mis preferencias del cine negro, El Tercer Hombre, de Carol Reed, con ese final maravilloso que es una fuga deslumbrante entre los árboles.

Un abrazo, querido amigo.

J,

Licantropunk dijo...

El encuadre y la elaboración del plano. Cuando se menciona la personalidad genuina, de un director, esas sus señas de identidad. Todo el cine es la mirada de una autor y un pobre espectador intentando ponerse en el lugar de la cámara: la esencia del arte.
Saludos.

María Jesús dijo...

¡Por fin he podido leer “Estaciones”!

Es un relato sorprendente, la forma en que el anciano vaga por sus recuerdos de infancia y adolescencia. Su envejecida maleta, sus derrotas matrimoniales y tantas otras. Y por fin el tren que le lleva a la aceptación de lo que ha sido y, lo que es y seguirá siendo "Él".

Simplemente puedo decirte que, enhorabuena por toda la extensión de este magnífico relato “Estaciones”

“Un beso por cada estación vivida y recorrida”

Idea dijo...

¿Espectador objetivo, narrador nuetral? cuántas quimeras, la libertad sólo se conquista tomando partido y comprometiéndose.
Siempre interesante, un beso.

Limaco jolgorioso dijo...

"¿Espectador objetivo, narrador nuetral? cuántas quimeras, la libertad sólo se conquista tomando partido y comprometiéndose."

Esto de tomar partido y comprometerse es otra quimera, querida idea. Se puede ser libre sin comprometerse y, por supuesto, sin tomar partido, expresión ésta última horrible, pues para ver las cosas según uno mismo, o según el otro, sólo hace falta una mirada limpia, ni crítica, ni libre ni comprometida, ni nada parecido. Simplemente ser o hacer lo que uno cree con sinceridad.

Un beso para idea y un abrazo para don Francisco Machuca.

J,

Raúl dijo...

Me honras con tus palabras, Francisco, y uno no alcanza a saber si son merecidas.

Claro que he leído a Hemningway.

Si tengo que optar por una concepción del cuento, me decantaría por una más "moderna" (de Chejov en adelante), en contraposición con una clásica.

No es que odie las sorpresas finales, y no es que renuncie a la narración en paralelo ( o en primer y segundo plano) de dos historias; sino que suelo intentar contar exclusivamente, lo que considero menos importante, dándole a quien me lee la posibilidad de "descubrir" o más bien desarrollar lo que queda oculto bajo las palabras. No considero necesario explicar el por qué los personajes actúan de un modo concreto, ni cuál es el desenlace al que les van a conducir sus actos. la historia siempre tiene un antes, y un después; y ambos instantes no tienes por qué ser narrados.

Cierto es que no siempre sucede así, y que en ocasiones, la sorpresa final me parece la conclusión más acertada. Digamos que la narración es la que manda, siendo ella la que decide el modelo que ha de seguir.

Sea como sea, es tanto el camino que falta para conseguir la corrección, que considero que mis relatos son más pretenciosos que correctos.

Muchas gracias, insisto, por tus elogiosas palabras.

Joselu dijo...

Creo que el vanguardismo de La dama de Shanghai llevó a Orson Welles a viajar a Europa donde su estética fuera más reconocida. Parece ser que la escena de la sala de los espejos fue luego homenajeada por otro director en alguna forma europeo como Woody Allen en Misterioso asesinato en Manhattan. Tengo algo lejano este filme pero intentaré verlo de nuevo. Podrías en tu blog programar qué películas vas a comentar para hacer una especie de cine fórum habiendo visto los lectores las películas. Un cordial saludo y gracias por tus comentarios siempre tan generosos.

Blanca Vázquez dijo...

Pues fíjate que yo creo que el montaje es lo que da la firma del autor, me parece demasiado importante para no haber estado en el definitivo. Que placer es leerte, y das ese apetito en ver películas clásicas. Me gustaría tener el canal Satélite que ahí ponen mucho clásico, pero una no tiene tanto tiempo. Ya va a salir la reseña de Ballard, y me ha llevado una eternidad...Ayyy que me den más horas del día.

Un gusto tu reseña!

entrenomadas dijo...

Que bien leer este post en medio del ruido y el caos festivo!

Orson Welles como director me parece un genio y coincido en que Macbeth es impresionante.

Un beso,

M

Carolina Araya dijo...

Francisco, no leí nada de Krudy, pensé que tal vez vos sí. No consigo absolutamente nada de él por aquí. Leí sobre él en uno de los libros de Marai, "Tierra, tierra" y la verdad me quedé con ganas de leer algo de K.
Muchas gracias por tu comentario sobre el blog. El arte en toda su dimension nos da libertad y conocimiento, y es conmovedor para mí ver que no hay fronteras para esto.

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

¿He dicho alguna vez que adoro la genialidad de Welles? Era un monstruo del cine.

Cada vez que veo EL EXTRAÑO o revisiono su papel de EL TERCER HOMBRE amo el cine un poquito más...

Aunque no venga a cuento por si alguien tiene dudas: el montaje de SED DE MAL del DVD (que muestra el filme como lo concibió Welles) es mucho mejor que la versión que originalmente se proyectó en cine.

Abrazo, Francisco. Qué bien escribes, caballero.

Vivian dijo...

Es curioso que hayas tocado el tema de la “distancia” y el “distanciamiento” de Welles. Escribió hace un tiempo un amigo forero un post al respecto del tema hablando de “Ciudadano Kane” y que esa distancia, en algunos espectadores, entre los que me incluyo, creaba ese efecto hacia la película, sí, es una obra maestra, pero en todo momento mi cabeza sólo está viendo una película. Hay sin embargo otras películas de Welles en las que no me pasa eso, una de ellas es justamente "La Dama de Shanghai". Se encuentra entre mis favoritas, y, disiento en esta ocasión con Ethan, no creo que ella sea “la mala”. No creo que sea una película con buenos y malos tan definidos como en otras de Welles, todos los personajes tienen más sombras que luces, moviéndose en claroscuros no sólo cinematográficos.
Me sumo a los que la actuación que más les gusta de Welles es en “El tercer hombre”.

Un beso

Elena dijo...

Cada vez que leo una de tus entradas sobre cine clásico me dan ganas de ir corriendo a ver la película. Esta en concreto la vi hace mucho tiempo, pero me pareció inferior a Ciudadano Kane, que es impresionante; en ella el genio de Orson Welles brilla como nunca.

Francisco Ortiz dijo...

Es una película fascinante, como Vértigo, de Hitchcock, en la que cabe empezar a pensar una vez vista -quizá un par de veces-, una vez asimiladas las imágenes. Es puro cine, en cualquier caso, y yo diría que una obra maestra.