En las novelas del siglo XVIII no se determinan el momento histórico sino muy aproximadamente. Tan sólo en el siglo XIX, a partir de Balzaç, los personajes de las novelas viven en un tiempo fechado con previsión. Siglo y medio después de Diderot, el horizonte lejano ha desaparecido como un paisaje detrás de esas construcciones modernas que son las instituciones sociales: la policía, la justicia, el mundo de las finanzas y del crimen, el ejército, el Estado. El tiempo de Balzaç ya no conocía la feliz ociosidad de Cervantes, Sterne o Fielding.Diderot tras franquear la frontera de la novela, este enciclopedista serio se transforma en pensador lúdico: ni una sola frase de su novela es seria, toda ella es juego. De hecho, este libro concentra todo lo que Europa a perdido y se niega a reencontrar. Hoy se prefiere las ideas a las obras. Jacques el fatalista es intraducible en el lenguaje de las ideas. Jacques seduce a la novia de su amigo, se emborracha de felicidad, su padre le da una paliza, un regimiento pasa por allí, se alista por despecho, en la primera batalla le alcanza una bala en la rodilla y se queda cojo para el resto de su vida. Creía empezar una aventura amorosa cuando, en realidad, avanza hacia su invalidez. Nunca podrá reconocerse en su acto. Entre el acto y él se abrirá una fisura. El hombre quiere revelar mediante la acción su propia imagen, pero si el yo no es aprehensible de la acción, ¿donde y cómo se le puede aprehender? La opinión de los lectores de su época ya traducía el desconcierto porque el texto no respetaba las normas ni ninguna de las leyes según las cuales debía construirse una novela que se encaminaba hacia el relato realista y burgués del siglo siguiente. La intervención del propio Diderot en la trama, que en su momento aparecía como un recurso disgregador, hoy vemos que no hacía más que acortar la distancia entre el lector y el texto (de nuevo Cervantes). Los autores del siglo XIX se distanciarían para siempre del lector. La trama, en la medida en que existe, se suspende y se desarticula sin cesar, los sucesos flotan en la incertidumbre, los personajes son muñecos que gobierna con aire burlón la voz del autor caprichoso que interpela a los lectores; apenas se insinúa un episodio, el gran novelista lo deshace de un manotazo o lo sumerge en la ambigüedad, cambiando inesperadamente con una pirueta el curso de los acontecimientos, que en cualquier caso tampoco llevan a ninguna parte. Todo es móvil e inseguro, lo que pasa y su significado, el espacio y el tiempo, se abren paréntesis que introducen nuevas historias, lo que tomábamos por realidades resultan ser simples apariencias, se nos empuja una y otra vez a callejones sin salida, los interrogantes irónicos nos resumen en la confusión, y llegan hasta a enmendar el pasado: después de recorrer un trecho, se desanda jocosamente para sembrar de dudas este recorrido. Todo son arenas movedizas, nunca pisamos tierra firme. En síntesis, lo que nos cuenta es un viaje a caballo que durante unos ocho días efectúan un amo sin nombre y su criado, un tal Jacques. El señor-con hábitos estereotipados; toma rapé y consulta la hora en su reloj-y el rústico que está a su servicio, y que tiene una visión grotescamente fatalista del mundo. ¿Son libres de elegir su vida o todo está escrito, decidido de antemano? Esto es lo que discutirán a lo largo de las páginas de esta singular novela. Pero haciendo abstracción de este debate, ¿quiénes son, de dónde vienen, adónde van, por que viajan? Es decir ¿cual es su sustancia novelesca? Nunca lo sabremos. "¿Cómo se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Qué os importa eso! ¿De dónde venían? Del lugar más próximo. ¿A dónde iban? ¿Acaso sabe nadie a dónde va?". Son las primeras frases de la novela, no puede negarse al autor franqueza y desenvoltura, aquí no se engaña a nadie, no esperemos demasiadas explicaciones, y las que nos den quizá sean para desorientar. Diderot se niega a la unidad, a la continuidad y a la coherencia, éste es un criterio sistemático que pulveriza todo sistema, pero lo hace de un modo risueño, zumbón y con innegable gracia, a diferencia de la solemnidad y la tiesura con que proceden los autores de tantas novelas experimentales del siglo XX. Diderot idea así un desvarío bien controlado que hace trizas la misma novela que escribe. Jacques el fatalista rompe el instrumento de todas las novelas habidas y por haber, o lo hace inservible, para llevarnos a una tierra arrasada: con una óptica de visionario, parece anticiparse al futuro, y, saltando por encima de la edad de oro de la novelística, se anuncia su desenlace. De ahí la sensación de absoluta modernidad. Sin duda, con la lucidez intelectual que le caracteriza, que es una lucidez desencarnada, como deshabitada de sentimientos, intuyó algo fundamental: que cualquier representación novelesca de un orden humano, por complejos que sea, e incluso en la medida en que sea más complejo, es admitir un Orden con mayúscula como sombra de Dios. Y que para borrar su rostro hay que hacer imposible la novela.






