A la memoria de Rafael Azcona
El pisito (1958), de Marco Ferreri parte de la novela original de Rafael Azcona en un suceso verídico sucedido en Barcelona. Narra la historia de un joven que accede a casarse con la anciana dueña del piso en el que está realquilado para así poder heredar los derechos de inquilinato, única forma de conseguir un piso propio para poder casarse con su novia, a la que ya se le ha ido volando la juventud. Es ella precisamente la instigadora final de tal apaño, aunque ambos se encuentren con la sorpresa de que la anciana mejora notablemente (parecía tener ya un pie en la tumba) a raíz de su flamante cambio de estado. Cuando finalmente expira la anciana, el protagonista, como Nino Manfredi en la espléndida secuencia del ajusticiamiento de El verdugo, lejos de ver solucionados sus problemas parece dirigirse al matadero.El pisito fue un auténtico bombazo en el cine español. Aparentemente en la línea del realismo inaugurado por Bardem y Berlanga con su opera prima, Esa pareja feliz (1951), el guión de Azcona se diferencia radicalmente de ese "neorrealismo a la española" en el tono. Lo que en la apuesta de Bardem y, sobre todo, Berlanga había de trasfondo amable, se toma en manos de Azcona y Ferreri en un retrato de la realidad repleto de negrura. Azcona aporta a la película, no sólo una extraordinaria capacidad de observación de la realidad que le rodea, sino también un exquisito distanciamiento de sus personajes, lo que provoca inevitablemente dejar al espectador sin el más mínimo asidero, sin respiro. El humor negro desplegado por Azcona no deja títere con cabeza y nos enfrenta sin remisión a la más cruda realidad. No hay personaje positivo alguno, aunque también es cierto que sus miserias les son impuestas por una sociedad represiva y cutre hasta lo indecible. En realidad El pisito no es sino un catálogo de víctimas de una sociedad desesperanzada.
Plácido (1961), de Luís García Berlanga, que en principio debería haberse llamado "Siente un pobre en su mesa"-título que no permitió la censura por su excesiva explicitud-, muestra una telaraña de acciones en el marco de un día de Nochebuena en una pequeña ciudad castellana. En el marco de una "piadosa" campaña navideña, bajo el lema de "Siente a un pobre en su mesa", el microcosmos social que representa a la citada localidad se siente obligado a hacer un ejercicio de caridad, que no es sino el acto general de hipocresía, en el que se sortean pobres que han de gozar por un día de los mejores manjares que normalmente les están vedados. Paralelamente, el atribulado Plácido tiene que compatibilizar el transporte con su recién adquirido motocarro de parte de la comitiva de festejos, con el empeño de pagar la primera letra de su vehículo antes de que vaya al protesto. Apoteosis de la coralidad, no es de extrañar que sólo el buen saber hacer de Azcona pudiese hacer llegar a buen puerto un guión en el que las acciones paralelas son infinitas, los personajes secundarios tienen todos ellos una entidad trabajada hasta el último detalle y la conexión entre todo ello tiene que estar medida hasta el milímetro. Azcona lo consigue y, posiblemente, el guión de Plácido es no sólo uno de sus mejores trabajos, sino además el más complejo desde el punto de vista técnico. Pero es precisamente en este terreno en donde el guionista ha desplegado sus mejores dotes profesionales a lo largo de su carrera.
El verdugo (1963), también de Berlanga es, ante todo, la historia de un rosario de renuncias, las que progresivamente la sociedad, nuevamente hostil, miserable e insolidaria, obliga a asumir a su protagonista como pago a su pertenencia a ella. José Luís, un gris empleado de funeraria, se verá obligado a casarse con Carmen, la hija del anciano verdugo (magnífico Pepe Isbert), para legalizar sus relaciones (impagable la secuencia en que los sacristanes de la iglesia hacen desaparecer en un periquete alfombras, flores, velas y demás ornamentos de la boda de lujo que ha precedido a la suya, y a los que él no tiene derecho); tendrá que solicitar el macabro puesto de su suegro, para poder, como funcionario, acceder a una vivienda de protección oficial; renunciará a sus planes de emigrar a Alemania para labrarse un futuro digno; y, finalmente, deberá ejercer su oficio cuando ya se había acostumbrado a no ser reclamado para ello. Para siempre quedará grabada en le retina de los espectadores la penúltima secuencia, en la que un plano largo en rotundo picado sobre el desolado patio de la prisión se detiene, mientras un grupo de funcionarios acompañan a un aparentemente tranquilo condenado, al tiempo que el iluso verdugo tiene que ser prácticamente arrastrado unos pasos detrás.
Rafael Azcona es uno de los grandes de la generación de los 50. El éxito de sus primeros guiones relegaron a un segundo plano su tarea de escritor. Azcona era ya un clásico antes de abandonarnos. Fue un extraordinario narrador, maestro de los diálogos e incomparable creador de personajes, que son lo que hacen tanto como lo que dicen. Con tramas muy bien traídas, situaciones perfectas y un fondo de humorismo escéptico, porque no hay humor sin escepticismo. Sería muy conveniente aludir que la humanidad de Azcona ha permitido a algunos directores chulearse de imaginativo con los guiones del maestro, pero esto es ya otra historia amigos y creo que a Rafael Azcona no le gustaría.



