
"Todo aquel que cree que es fácil salir al escenario cada noche 300 días al año y crear algo nuevo, nunca tendrá la talla que se necesita para ser un músico de jazz. Es increíblemente agotador empezar desde cero cada día y crear algo humanamente que esté tan cerca de ser una obra maestra a medianoche."
Dexter Gordon, saxofonista tenor.
El otro día estuve en una sala de jazz. Los músicos, nada inspirados, bebían agua, aburridos, de sus botellitas de plástico. Las mesas estaban repletas de un público sumido en sus propias conversaciones, ignorando por completo a los músicos y los músicos ignorando por completo su música. Yo me sentía completamente desplazado y con ganas de fumarme un cigarrillo. En el local no estaba permitido fumar. En la mesa de al lado una pareja discutían sobre sus andanzas y desventuras laborales. Más allá, un grupo de chicas reían jocosamente. Al final no pude más y me fui de allí.
Me golpeó la noche inhóspita repleta de sirenas a lo lejos, vagabundos de última hora y contenedores a rebosar. Me puse a recordar que tiempo atrás me gustaba la noche, cuando todavía creía que era un parón definitivo a las inquietudes de la vida. Me imaginaba que la muerte sería así, con estrellas, con árboles, con una luna redonda y con casas habitadas por espectros discretos. Y así seguí caminando en la noche desierta, de basura, de periódicos, de colillas y otros tantos recordatorios de lo que el día y la vida han dejado atrás. Un breve poema persa dice: "Anoche una voz me murmuró al oído: una voz que por la noche te murmura al oído no existe." Recordé también un poema de Breton: "¿Quién es esa mujer que taconea detrás de ti? No temas, es la noche, que te sigue los pasos." Lo cierto es que ya no se escucha nada. Ya no hay nadie que escuche a nadie. Sólo la noche se escucha a sí misma. Encontré un antro pequeño y sucio que albergaba a una comunidad de borrachos desengañados de la vida, navegando con sus ojos acuosos por otros mares, por otras derrotas a través del fondo vacío de sus vasos. Me dirigí hacia una mesa situada en un rincón. Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo para calentar el alma. Extraje mi cuaderno de notas y me puse a escribir lo que sigue.
Lo que le ocurrió a Louis Armstrong en 1951, en el Basin Street de Nueva York con un público compuesto por apenas una docena de personas, sea lo más doloroso que puede sucederle a un artista consagrado. Pero el músico de jazz, se llame Armstrong, Charlie Parker o John Coltrane, está acostumbrado a esos desaires. El que ama su música los considera un problema menor y puede concentrarse, por ejemplo, en esa docena de personas que ha acudido a verlo y escucharlo a pesar de la tormenta de nieve. Louis contaba que esa noche se lo pasó en grande. Una vez el famoso Eddi Condon, vista la poca cantidad de público (una pareja), se dirigió a ella saludando: "Señora y señor, buenas noches." A esas noches vacías estaban acostumbrados los pianistas que se exhiben en solitario: John Lewis, Hank Jares, Barry Harris y Tommy Flanagan que confesaron haber tocado en bares vacíos. El famoso trío de Bill Evans, con Scott LaFaro y Paul Motian, llegó a tocar en el Village Vanguard neoyorquino ante una audiencia de cinco personas. Las grabaciones del ciclo de conciertos de Evans en ese local han sido muchas veces reeditadas y se consideran fundamentales en la historia del trío de piano. Otros casos pueden ser más penosos, dada la desproporción: cuando la que actúa es una big band de quince músicos y el público es de cuatro o seis personas, la balanza se inclina totalmente del lado d
e la música, dejando el de los aplausos en situación esquelética. Woody Herman confesó que, en una ocasión, el público parecía tan triste e incómodo por ser tan escaso, que su trombonista Bill Harris quiso organizar una colecta para indemnizarlo. Una vez, en Amsterdan, el gran saxofonista tenor Ben Webster, viendo que su nombre no había atraído ni siquiera a una persona, salió a la calle con su saxo y se puso a tocar para los transeúntes; algunas personas respondieron al reclamo entrando en el local. Y, sobre la fatídica noche de 1951, Armstrong sólo recordaba que había tocado como nunca.
Imagen del centro: Bill Evans en la portada del álbum The Complete Village Vanguard Recording, 1961
Imagen izquierda: Dexter Gordon
e la música, dejando el de los aplausos en situación esquelética. Woody Herman confesó que, en una ocasión, el público parecía tan triste e incómodo por ser tan escaso, que su trombonista Bill Harris quiso organizar una colecta para indemnizarlo. Una vez, en Amsterdan, el gran saxofonista tenor Ben Webster, viendo que su nombre no había atraído ni siquiera a una persona, salió a la calle con su saxo y se puso a tocar para los transeúntes; algunas personas respondieron al reclamo entrando en el local. Y, sobre la fatídica noche de 1951, Armstrong sólo recordaba que había tocado como nunca.Creo que esta noche ando algo desafinado.
Imagen del centro: Bill Evans en la portada del álbum The Complete Village Vanguard Recording, 1961
Imagen izquierda: Dexter Gordon







