viernes, 30 de mayo de 2008

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?



Parece ser que nadie se queja de que Philip K. Dick sea traicionado, reinterpretado y hasta malinterpretado por filmes como Desafío total (1990) de Paul Verhoeven. Minority Report (2002) de Spielberg. Paycheck (2003) de John Woo. A Scanner Darkly (2006) de Richard Linklater, entre otras. Yo les recomiendo que busquen y lean las obras de Dick, uno de los escritores más fascinantes y visionarios de la segunda mitad del siglo XX. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se ha convertido en la novela más leída de Philip K. Dick desde que se la convirtió en guión del hermoso filme de Ridley Scott Blade Runner (1982).



El héroe, Rick Deckard, es un cazador mercenario, cuya tarea consiste en disparar sobre androides vagabundos. Estas sofisticadas máquinas son casi idénticas a los seres humanos y sólo mediante la aplicación de ciertos tests psicológicos puede Deckard asegurarse de que son efectivamente androides. (El impreciso límite entre lo natural y lo artificial es el tema principal de esta novela, como gran parte de toda su obra). Los androides han sido fabricados para ser utilizados en otros planetas coloniales y vagan ilícitamente por la tierra. Se trata de una tierra decadente y superpoblada dentro de unas cuantas décadas: la guerra mundial ha terminado, y casi todos los animales se han extinguido, muertos por el efecto del polvo radiactivo. 



Gran parte de la humanidad sobreviviente ha emigrado fuera del mundo, e inmensos bloques de apartamentos cubren desordenadamente el paisaje californiano, llenos de polvo, de televisores inútiles y de todos los detritus entrópicos que el otro personaje principal, J.R. Isidore, llama Kipple. Como explica Isidore, Kipple son los objetos inútiles, como la correspondencia publicitaria o una caja de cerillas vacía, el envoltorio de un chicle o el periódico de ayer. Cuando no hay nadie cerca, los Kipple se reproducen. Por ejemplo, si uno se va a la cama y deja algunos Kipple en el suelo, cuando se despierta, a la mañana siguiente, se han duplicado. "Cada vez son más y más". Isidore es tonto, un "cabeza de chorlito", pero hay sabiduría en su simplicidad. En realidad, todo este mundo degradado es absurdo. Rick Deckard conserva una oveja electrónica sobre el techo de su edificio de apartamentos. Puesto que los animales son tan escasos, el estatus social se mide por la cantidad de animales que uno tiene, y abundan las falsificaciones. 


En relación con esta casi adoración hacia los animales, existe una extraña y nueva religión, el mercerismo, a la que todos los personajes se adhieren: tienen visiones mientras cogen las manijas de una "caja de empatía". Detalles como éste, que hacen de la novela algo más que una narración violenta de persecución y pánico, faltan en la citada película de Scott. Por muy buena que ésta sea, carece de la característica más típicamente dickiana: el humor. Por ejemplo, Deckard y su mujer (en la novela está casado, a diferencia del macho solitario de la película) superan sus penas utilizando un "órgano Pendield de estado de ánimo". Tienen junto a la cama este ingenioso aparato, que les programa el humor para el día. La mujer de Deckard, perversamente, programa para sí misma una "depresión de seis horas". Él le reprocha, sugiriéndole que saque el número correspondiente a "deseo mirar TV, no importa cuál sea el programa", mejor aún, el de "estoy dispuesta a reconocer la sabiduría superior del marido en todos los terrenos".


La acción de la novela tiene lugar en un período de veinticuatro horas, y la historia se refiere a la persecución que Deckard hace de un grupo de peligrosos androides: Nexus-6. Eventualmente sigue el rastro de los últimos androides hasta el solitario apartamento de J.R. Isidore, y allí los mata, pero antes tiene la perturbadora experiencia de enamorarse de un androide hembra, la hermosa Rachael Rosen (a quien deja en libertad). Ha "retirado" seis en un día, pero no está contento. Vuelve a casa, y mientras se desploma en la cama, su mujer prepara el órgano del estado de ánimo para una "larga y merecida paz".



domingo, 25 de mayo de 2008

Filosofía pulp


La filosofía nace en cada uno de nosotros de la manera más inesperada. La filosofía y nuestra forma de ver el mundo debería ser idealmente lo contrario de la noticia, de la erudición. Siempre he considerado que la filosofía no debe ser intelectual sino algo que arranque de nuestra sensibilidad. Jean-Paul Sartre creía que el lugar del filósofo no es una capilla o un despacho, sino la plaza pública. El papel de la filosofía es aportar un poco de luz, no unas claves de la felicidad que nadie tiene. Esa primera luz la recibí a través de una serie de libros que recopilaban los mejores relatos de las viejas revistas pulp de ciencia ficción americanas. Las revistas pulp, así llamadas porque el papel era de pulpa de madera, barato y de baja calidad. Fue para mí una suerte descubrirlas antes de llegar a los libros de Georg Simmel, Marcuse y Sartre, que tan bien alertaron sobre la tragedia de la cultura contemporánea.


Recuerdo relatos como El abogado gladiador, de Pohl y Kornbluth en donde un hombre al que han echado del trabajo lo pierde todo. Sólo que en el siglo XXI el proceso es más rápido. La casa sin ayuda de nadie expulsa al hombre a la calle. Las camas se cierran y tiran a las personas al suelo, la luz se apaga, el agua deja de correr, las paredes se hacen transparentes; la casa, fría. Ha quedado desconectado. Al ser controladas desde fuera, las cosas hacen que el hombre dependa de la sociedad más que antes. El precio del bienestar ha sido la libertad.



Recuerdo El coste de la vida, de Robert Sheckley donde el protagonista tiene de todo. Posee un barman mecánico (aunque no ha tenido ocasión de utilizarlo), piscina subterránea (la verdad es que la ducha con autosecadora en el piso es más cómoda y es la que usa), estéreovisor (el mes pasado vio un programa por casualidad y le gustó), fonor (no lo ha utilizado) y un montón de otras cosas imprescindibles que no ha podido desempaquetar por falta de tiempo. ¡Y la de cosas maravillosas que aparecerán al año siguiente! Tendrá que comprarlas, no va a renunciar a las comodidades. Claro que cuesta muy caro, pero no importa, parte de las deudas irán a nombre del hijo.


Recuerdo El prado, de Ray Bradbury donde el mundo aparece como un solar en el que se ha amontonado durante décadas los decorados del rodaje de películas que representan los más variados rincones del globo. El guarda explica a un productor de cine como ve este mundo artificial, apiñado, pero tan parecido al nuestro: "Una bala abate a un hombre en Nueva York, éste se balancea, da unos pasos y cae en Atenas. En Chicago sobornan a unos políticos y a alguien le meten en la cárcel en Londres. A un negro ahorcado en Alabama lo entierran los húngaros. Los judíos muertos en Polonia llenan las calles de Sydney, Portland, Tokio. Un cuchillo penetra en el vientre de un hombre en Berlín y la punta del cuchillo sale por la espalda de un granjero en Memphis. Todas las cosas están cerca, tan cerca unos de otros. Vivimos aquí tan hacinados que la paz es necesaria, de lo contrario todo se iría al diablo. Un incendio puede acabar con todos nosotros, sea quien sea el que lo haya preparado."


Recuerdo Bilenio, de J.G.Ballard donde en un futuro próximo la superpoblación ha llegado a un estado crítico. Los seres humanos viven amontonados en los rellanos de las escaleras, en habitaciones reducidas, en los armarios, etc. Al principio del relato el gobierno concede a cada persona cuatro metros cuadrados de espacio vital. Al final del cuento se reduce a tres.

Los ejemplos son interminables. Creo que hoy en la carrera de la filosofía gana
el que va más despacio. O aquel que llega último a la meta con unas recopilaciones de las viejas revistas pulp bajo el brazo.

domingo, 18 de mayo de 2008

El ángel exterminador



"Solo puedo decir que en la vida hay situaciones que no terminan, que no tienen solución."

Luis Buñuel hablando sobre el final de Belle de Jour


Buñuel no creía en la solidaridad cultural y cosas así. En realidad, no creía en la interpretación, decía que sus películas no tenían ninguna interpretación porque él no sabía lo que quería decir. "Yo desconfío de la razón y de la cultura. En nuestro pensamiento hay imágenes que aparecen repentinamente, sin que los meditemos. En todas mis películas, hasta en las más convencionales hay esa tendencia a lo irracional, a una conducta que no se puede explicar lógicamente."



Tal vez el espectador ideal sea aquél dispuesto a dejarse ocupar la mente con imágenes, o sea, a no pensar. No hay que pensar cuando se está viendo una película por primera vez porque la película es la que piensa, porque si la película no se apodera momentáneamente de nuestra forma habitual de ordenar el mundo y de nuestra visión de la vida es que ha fracasado en las expectativas de hacernos salir de nosotros mismos e instalarnos en una conciencia que va a mirar y a razonar a su manera, no a la nuestra. Todo esto es lo que consigue Buñuel, sacudirnos de la normalidad, el hábito, hacernos empezar de cero. Y así, universaliza cuanto toca y nos divierte, sacándonos del letargo sin que nos sintamos zarandeados. Para Buñuel en la "realidad" está todo: el sueño, el deseo, el inconsciente, la razón y la sinrazón, el pensamiento y la acción, el gesto y el sentimiento. Y también algo fundamental: su descreencia a la psicología. El comportamiento del ser humano no se puede explicar; como diría Nietzsche: "todo los actos son esencialmente desconocidos". De haber seguido la corriente vanguardista, no hubiera hecho este descubrimiento. Lo que coincide con el realismo español de buena ley: el ser humano es misterio porque es tan libre como la naturaleza, actúa desde ella según las propias leyes del azar y la casualidad en que aquella se basa. Y está apegado a ella, porque es naturaleza. Al ser naturaleza, el ser humano contradice su condición cuando intenta separarse de ella. La contradice y la aniquila cuando intenta explicarla como fuera de sí; de ahí el anticientifismo de Buñuel, de claro origen surrealista. La ciencia es una ideología más para él; una ideología que separa al hombre de la naturaleza y que le condiciona. Como le condiciona toda la sociedad y sus creaciones. Incluso una enorme parte de la cultura, y de ahí el rechazo de grandes creaciones de ésta por los surrealistas, y su pasión por otras que le recordaban al hombre que estaba alienado y que sólo era un elemento más en el conjunto de la naturaleza.



En El ángel exterminador (1962), se podría decir que es una broma que finalmente se convierte en una parábola de la condición humana. Aquí la mirada de Buñuel se hace prístina: ¿qué diferencia hay entre vivir en un universo que para nosotros es infinito - aunque a algunos digan que puede ser finito - y un universo tan cerrado como el que nos presenta en El ángel exterminador? La humanidad vive en un universo cerrado, pero cerrado por sus prejuicios, sus ideas, sus reglas. Este universo está cerrado por las leyes de la sociedad que el hombre acepta sin ponerlas en entredicho. La leyes de la sociedad pretenden ser tan providenciales como las del Dios único creador y organizador del mundo, y hechas a su imagen y semejanza. Recuérdese que el título inicial de la película era "Los náufragos de la calle Providencia". ¿Y qué nos cuenta a través de estos náufragos? En una hora y veinte minutos, Buñuel presenta las formas más diversas de la alienación del hombre y de su degradación. Pero sin excesiva dramatización o ninguna. Como lo hace Sade en Las ciento veinte jornadas de Sodoma, obra que Buñuel tomó como referencia. Si los personajes no salen de la habitación sin puertas no es por broma, es porque no quieren salir, es porque actúan como lo hacen en la realidad cotidiana, están impregnados de una obediencia ciega a las reglas de la sociedad. Buñuel está en contra de una moral de la aceptación o de la resignación. Y en este magnífico filme, mejor que en casi todos los demás, expone ese tema que embarga toda su obra: su ataque al conformismo ideológico, moral, social, religioso, artístico, cultural, científico, etc. Pues para él, el conformismo provoca la dependencia, la alienación, la aceptación, y hace que el ser humano sea incapaz de reconocer su verdadera condición, al encerrarse en las reglas de la sociedad, siempre contraria a las de la naturaleza.



Los personajes de El ángel exterminador repiten como ante un espejo los mismos gestos y claudicaciones de una humanidad socializada, que ha abandonado sus raíces naturales. Buñuel perteneció a una generación prodigiosa, nacida con el siglo XX. Supo incorporarse al grupo surrealista en el momento en que tenía cosas que hacer y las hicieron. Ahora, ciertamente, tenemos menos talento y además, ¿qué podemos hacer? Los verdaderamente grandes se diferencian del resto no en su manera de filmar sino en su forma de mirar. Los grandes, sencillamente, ven más. Una vez dijo Fernando Rey: "Buñuel no era un hombre que tuviera discípulos. No se le podía imitar, solo respetar."



miércoles, 14 de mayo de 2008

El tiempo ganado cumple un año



Dice Peter Lorre en La burla del diablo (1953), de John Huston y con un guión de Truman Capote: "¡Tiempo! ¡Tiempo! ¿Qué es el tiempo? Los suizos lo fabrican. Los franceses lo atesoran. Los italianos lo pierden. Los americanos dicen que es oro. Los hindúes que no existe. Y ya sabéis lo que yo digo; que el tiempo es un canalla."

Todo en esta vida son pasatiempos, embeleco o encaje de bolillos con que entretener la espera de lo irremediable. Llenar el tiempo, bloquearlo, darle el alto, es una de las más viejas ambiciones humanas; y como toda ambición humana, sumamente ambigua. "El hombre es el animal que mide su tiempo." Antonio Machado.

El tiempo corre más aprisa de lo que el ser humano es capaz de vivir. El tiempo es algo forzado que solo aspira a acabarse, no perdona, sino que condena y enseña a la asunción de la soledad. La vida no permanece inmóvil. El tiempo pasa. Nada es ya lo que era hace un instante. Los rostros se desdibujan. Los acontecimientos se vuelven borrosos. Tener tiempo, tiempo, es nuestra súplica constante. Dice Françoise Sagan: "Mi pensamiento favorito es dejar pasar el tiempo, tener tiempo, tomarme mi tiempo, perder el tiempo, vivir a contratiempo." Estamos atravesados por una poderosa, incesante y mortal corriente: el tiempo. Nada sobrevive al tiempo en el que esperábamos el sentido.

Hace ya un año que inicié esta loca aventura de escribir en un blog únicamente sobre las cosas que amo: la literatura, el cine y el jazz, y, debo confesar que desconocía por completo este mundo y, para ser sincero; jamás me había conectado a Internet. No tenía ni tengo ordenador. Aprovecho para dar las gracias a María, mi gran amiga del alma, por darme a descubrir este nuevo y maravilloso medio de expresión. También ella es la responsable del diseño de El Tiempo Ganado (yo sería incapaz de añadir una imagen, soy un completo desastre para la informática), y sin ella el blog no sería posible, como tampoco lo sería sin todos vosotros de cuyos comentarios entusiastas y aleccionadores me ayudan a continuar escribiendo en sórdidos locutorios ilegales.

Pues, como iba diciendo al principio; estamos atravesados por la incesante y mortal corriente del tiempo, pero también no hay más que una filosofía: la de los momentos únicos. El tiempo se detiene cuando vemos claramente que toda acción es inútil o dañosa. El verdadero tiempo no se puede medir con relojes o calendarios. Este tiempo no es el verdadero, sino las cosas y personas que nos frecuentan. Entiendo el tiempo como figura más que como categoría. El tiempo sólo es lo que nosotros hacemos con él. Hay que consumir las posibilidades del momento, aprovechar los instantes. Hemos aprendido de Borges, para siempre, que el tiempo es un río que nos lleva, más ese río somos nosotros, y nada me gusta más que compartir mi tiempo con mis amigos que hacen posible que El Tiempo Ganado no sea, en absoluto, un tiempo perdido.

                          

lunes, 12 de mayo de 2008

Recordando la obra de Chester Himes (Un ciego con una pistola)


Cuando ser negro y cursar estudios superiores no estaban al alcance de casi nadie en la América de 1926, Chester Himes logró ingresar en la universidad de Ohio trabajando en bares y hoteles para costearse la carrera. Pero la integración era imposible: en 1928 fue condenado a 20 años por atraco a mano armada. Pasó siete en el penal y poco después inició el camino del exilio - quizá voluntario, pero igualmente doloroso - a París, donde Marcel Duhamel le animó a escribir para la série noire de Gallimard. Su literatura es tríplemente negra: negra la temática, negro el color de la piel de los personajes y negro el pozo de marginación en el que se hallan sumidos.


Un ciego con una pistola fue la última de una serie, y posiblemente la mejor, protagonizada por Grave Digger Jones (Sepulturero) y Coffin Ed Johnson (Ataúd); dos detectives negros de la policía de Harlem, consigue llevar el género hasta su punto crítico, e incluso más allá. En sus novelas anteriores, Chester Himes había encontrado la manera de conciliar su brillante indignación ante la discriminación racial y la justicia en los Estados Unidos-por lo visto, ilimitadas-, con las exigencias básicas del género, que obliga a ofrecer explicaciones y a dar a la trama una forma cerrada. Himes escribió, como ya he dicho, sobre Nueva York en París, y el resultado es una mezcla fascinante de violencia surrealista, protesta política y procedimientos policiales. En Un ciego con una pistola, sin embargo, ya había perdido el interés en hacer tan enrevesados malabarismos. El efecto debilitador de vivir en un mundo racista controlado por los blancos, implica en último término que Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, que ya tenían en contra a la comunidad negra y al sistema de justicia para el que trabajan de mala gana, no van a poder seguir cumpliendo como detectives. Ambos aparecen en la novela sin rostro y sin nombre, frustrados e impotentes, mientras un ciego negro dispara su pistola de manera indiscriminada en un vagón de metro atestado de gente. Marginados en un departamento de policía controlado por blancos en el que han servido durante su carrera, terminan disparando a las ratas de una obra abandonada de Harlem.Dice Juan Carlos Martini en el prólogo de le edición de Bruguera: "Esta obra es más, mucho más que un escalofriante relato de acción protagonizado por negros que se enfrentan con las autoridades y con el poder blancos. Las voces que suenan en esta novela, las costumbres que se describen, las miserias de los que da testimonio, no son disparatadas, ni arbitrarias, ni enfermizas. Su ritmo sincopado, febril, expansivo, es el ritmo de los discursos que se superponen en Harlem. Se trata, en Harlem, de otra violencia, de otra religiosidad, de otro fanatismo, de otra sexualidad, de otro orden, expresados ahora en discursos extraños al blanco. Un ciego con una pistola puede asombrar a los lectores tradicionales de literatura policíaca. Encontrarán en ella tanta o más violencia, crímenes, asesinatos y brutalidad que en las obras más destacadas del género en estos aspectos. Pero también encontrarán un lenguaje diferente: el de un mundo y una cultura cuya intimidad desconocemos. Allí, en Harlem, símbolo también de otra locura, no hay soluciones." Un ciego con una pistola es un desolador antídoto contra los esperanzados anhelos del movimiento de Derechos Civiles.

Lectura recomendada: Walter Mosley: "El demonio vestido de azul". Los hombres blancos,en el blog de Francisco Ortiz.

miércoles, 7 de mayo de 2008

La mirada de Kafka (Correspondencia)

Ilustración de Fernando Vicente

Para mí la obra de Franz Kafka no es ni ha sido nunca un entretenido literario, sino un serio paradigma vital y de fe que me ha servido de orientación. La verdad no es tal verdad; peor aún, nadie puede encontrarla. Todo tiene otra posibilidad de interpretación. Kafka desmitologiza, desenmascara la falsedad de lo establecido, lo comúnmente aceptado. Dijo Goethe que la creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento. Y el filósofo alemán Heidegger, que la esencia del hombre posee el carácter de una pregunta. Por tanto, son las preguntas sin respuestas las que hacen al ser humano. El mundo de Kafka es inmenso, no tiene fronteras, no han llegado a él las revoluciones; he ahí uno de los mayores méritos del escritor. Es el gran autor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo XX. Él fue quien tematizó ese gran tema del siglo: el obstáculo. La vida se vislumbra como un mero tránsito por distintas instancias de un proceso sin fin. Kafka aludió alegóricamente para provocar la extrañeza y la incomodidad para invadir de forma luminosa un mundo que ya existía sin saberlo. ¿Acaso no nos sentimos como si hubiésemos sido encarcelados por motivos que no conocemos? ¿Enredados en un plan que se nos escapa? Todos somos en cierta medida el K de El proceso. Un acto irrelevante pone en marcha un oscuro proceso, una inevitable condena. Castigo sin expiación. Kafka puso de manifiesto cómo nos sentimos culpables hasta sin haber cometido nada, como se percibe igual que si fuera una culpa la propia impotencia frente a la vida. A Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis no le confunde su metamorfosis en artrópodo sino la angustia de no poder acudir ese día al trabajo, su obligación. Pero creo que todo esto es otra historia, y, como muy bien dice Martin Walser: "Hay que proteger a Kafka de sus intérpretes."

Hay una historia poco conocida en la vida de Kafka o, al menos lo fue hasta que Paul Auster la sacó a la luz en su novela Brooklyn Follies, y, en el mismo año el escritor catalán Jordi Sierra i Fabra en un libro titulado La muñeca viajera, que recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2007. Realmente fue para mí una sorpresa, porque siempre he creído que esta maravillosa historia pertenecía a una cierta minoría de los lectores de Kafka. La historia es esta:

En 1923, viviendo en Berlín, el autor solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niña llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. Dora Diamant, que cuenta la historia, dijo: "Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal."Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la "correspondencia" prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y entrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.
Kafka fue el más grande descubridor de signos en la vida moderna. Para el escritor no se trata sólo de saber observar, sino que es preciso descubrir los signos ocultos en lo que se observa. La elogiada precisión quirúrgica de la mirada de Kafka se hacía escritura en la transmutación de lo visible en signo. La desaparición de las cartas de la muñeca, por mucho que la lamentamos, deberíamos verla como un signo positivo. Es el elemento que, por su ausencia, da sentido al resto de la obra, que es una saga de desapariciones cuya presencia en forma de relatos, de escritura, tiene por función cerrar la herida de la pérdida.

De la niña berlinesa jamás volvió a saberse nada, como tampoco de aquellas cartas que constituyen uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX.

Kafka le dijo una vez a su amigo Gustav Janouch: "El hombre solo puede alcanzar la grandeza a través de su propia pequeñez."



sábado, 3 de mayo de 2008

La luz y la vida



El Sur es, ante todo, un emotivo viaje de ida y vuelta, un largo itinerario vitalmente hermoso hacia los sueños y realidades que emergen en la infancia, y desde aquí una aventura, entre luces y sombras, que conduce al ansioso despertar de la adolescencia. En un futuro indefinido Estrella (Icíar Bollaín) relata sus pasiones recién nacidas al abrigo casi místico de su padre, en aquel lugar incierto, oculto e indefinible, al que llaman "La Gaviota". Luego su recuerdo, poco a poco, va creciendo en sí mismo, como las luces de ese espacio norteño que despierta y atardece, hasta encontrar, casi súbita y silenciosamente, ese nuevo tiempo donde los mitos ya no existen, otros amores surgen inesperadamente y un afán distinto permite mirar al futuro con ojos inquietos y adolescentes. 


Viaje, pues, dulce y amargo, brillante, turbador y apacible, superando miedos, enigmas y distancias. Asistir a El Sur, a ese prodigio metafórico escrito en imágenes que buscan el alma de lo poético, es asistir al fascinante proceso de reconstrucción de la memoria, como pasar en un álbum imaginario las hojas del tiempo, y con ellas representar serenamente cuanto en él acaeció, cuantos sentimientos fue posible experimentar, y cuantos misterios quedaron calladamente sin descubrir. Así, el relato en pretérito de Estrella se compone de pensamientos fragmentados, algunos vívidos y transparentes, otros apenas una imagen fugaz y desierta, difícil de apresar. Rememora en detalle el poder casi mágico de su padre, el firme equilibrio de su péndulo, tal vez como su sobria y serena existencia, con el que es capaz de descubrir dónde hay agua; el día asombroso de su Primera Comunión, durante el cual sintió que toda su atención le pertenecía; o aquel súbito descubrimiento de que en el corazón de su padre aún latía, apasionado y ferviente, un lejano amor sureño, quizá nunca poseído. En cambio, Estrella apenas si conoce la identidad de su padre; y apenas sí quiere o saber recordar los momentos en que sentía perder la atracción hacia su "héroe" inaccesible. 


La memoria secuencial de El Sur se construye, en consecuencia, con largos paseos de tiempo y, a la vez, con breves instantes de existencia; unos y otros lentamente encadenados en negro, como un constante abrir y cerrar de ojos, que dejara de manera sucesiva entrar la luz y la sombra. Pocas veces como en El Sur ha sido posible contemplar ese mágico proceso que permite avanzar la vida hasta un límite insospechado, hasta el instante preciso en que se es consciente de que nada queda de lo pasado, como si se hubiera renunciado a sí mismo para emprender un camino nuevo, en el que es obligado poseer otra identidad y otros anhelos. En El Sur, cuando Estrella comparte a solas con su padre la comida en aquel vacío restaurante se descubre que su fascinación hacia él se ha desvanecido ya, como si no quisiera formar parte suya, ni alcanzar el horizonte de su misterio. Mientras en el salón contiguo se escucha el mismo pasodoble con el que tentaron a la felicidad, durante la celebración de su Primera Comunión, Estrella renuncia definitivamente a su infancia y al mito fantástico que le había poseído. Por eso es capaz de dejar a su padre allí, solo, encerrado en su locura interna e indescifrable, mientras ella marcha camino de otro tiempo, sabiendo que será la última vez que habrá de verle. Como en un acto simbólico, Agustín (Omero Antonutti) pondrá fin a su vida. Estrella nunca más podrá recuperarlo, como nunca más hará nuevamente suyos los rayos de luz que alumbraban la infancia.¿Qué es El Sur? ¿Qué extraña incógnita contiene en sí mismo? ¿Qué poderoso flujo arrastra hacia él, como un gigantesco imán pasional y vehemente? ¿Dónde se encuentra El Sur? Quizá sea El Sur la historia secreta de Agustín, o el itinerario emprendido por Estrella hacia el mañana, o esa bocanada de aire limpio y hermoso que trae Milagros (Rafaela Aparicio), o ese oasis cálido tan lejano de "La Gaviota"; tal vez El Sur es ese lugar bajo cuya claridad será posible reconstruir la memoria y viajar al pasado para entender mejor qué hubo en él. En cualquier caso, El Sur es un fascinante paraíso cinematográfico, al que ha sabido dar forma Víctor Erice siguiendo un lirismo inspirador, un preciso sentido del relato elíptico, un sutil entendimiento del quebranto cotidiano, y una hermosa intuición para retratar la luz y la vida.