
Stanley Kubrick parece no interesarse demasiado por los personajes como tales, considerándolos simples marionetas en el mecanismo creado por ellos mismos, pero que escapa a su control. Todos sus grandes filmes abordan de manera convincente el tema del fracaso. Las instituciones tradicionales-el hogar, la familia, el liderazgo y la confianza-no tienen nada que hacer en el universo de Kubrick. Sus pocos personajes decentes, como el de Grogam en Barry Lyndon (1975), desaparecen rápidamente para permitir que los grandes protagonistas experimenten una regresión que los convierte en semejantes a los simios de 2001. Kubrick traza paralelismos deliberados entre los monos y el gamberro Alex en La naranja mecánica (1971); en El resplandor (1980) Jack Torrance empuña un hacha en lugar de un hueso y es mostrado como un psicópata debido a la herencia de la especie. Cuando Torrance muere y queda congelado (como los astronautas de 2001) vuelve a resucitar en el pasado. La intemporalidad del mal es un concepto que parece ya intrínseco a Kubrick y a su obra. Tras destruir el mundo en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964), Kubrick recurrió al espacio exterior para su 2001:una odisea del espacio (1968), y llevar allí su ingenio y su ironía. A pesar de las proezas técnicas se trata de un filme frío; sus personajes humanos resultan banales en comparación con la sofisticación y la belleza ascética de la tecnología. Sus muertes se reflejan simplemente en un ordenador que dice: "FUNCIONES VITALES TERMINADAS", mientras que la propia muerte del ordenador adquiere un carácter más humanizado.
2001 posee la elipsis más audaz de la historia del cine; se trata de un gigantesco salto en la Historia, que abarca cuatro millones de años. Un simio lanza un hueso al cielo y la cámara sigue su movimiento ascendente hasta que, inevitablemente, sucumbe a la ley de la gravedad y empieza a descender, hasta que pasa a otro plano de una nave espacial (del mismo color que el hueso), que cruza majestuosamente la pantalla a los acordes de El Danubio azul. En el filme hay tres rótulos explicativos, añadidos una vez finalizado el montaje, pero ninguna explicación separa la secuencia de los simios de la que describe el viaje del Doctor Floyd a la Luna. Es evidente que eso se debe a una consideración de carácter estético (un rótulo explicativo hubiese destruido el impacto del audaz corte), pero sugiere que las dos secuencias son idénticas, separadas por el tiempo pero no por su significado. La Historia simplemente se repite. Ambas secuencias giran en torno al descubrimiento de un monolito de piedra que parece impulsar al ser humano a avanzar por el camino de la evolución. Los simios se salvan gracias a él de la extinción y se convierten en animales carnívoros y más inteligentes. La pelea por el pozo de agua tiene su equivalente moderno en el Orbiter Hilton, cuando Floyd y unos científicos soviéticos se dasafían por medio de la bebida. Los simios acarician el monolito y, millones de años después, Floyd repite la acción en la Luna. Los gruñidos y chillidos de los monos se transforman en la ininteligible jerga y los vacíos discursos de los exploradores del espacio.
Esta simetría narrativa se mantiene rigurosamente a todo lo largo de esta obra maestra, pero siempre en términos visuales. Las formas oblongas (puertas, monolitos, terminales de ordenador) y las circulares (planetas, naves espaciales) se repiten insistentemente, y siempre en aparente contraposición, preparando el momento en el que el oblongo monolito crea un círculo en forma de embrión de ser humano. Los seres físicos de la película experimentan un proceso similar; los simios tienen los rostros, como los viejos, y el joven astronauta, Browman, envejece al final hasta adquirir una perturbadora apariencia de simio, viéndose finalmente transformado por el monolito hasta un feto todavía en el seno materno. Por el contrario, el super inteligente ordenador HAL 9000 sufre una regresión a la infancia en el momento de su muerte.
He creído ver en el cine de Kubrick el callejón sin salida más perfecto y significativo del cine moderno. Ya lo dijo Chateaubriand hace más de doscientos años en sus Memorias de ultratumba: "El individuo sirve para medir la pequeñez de los más grandes acontecimientos."










