jueves, 31 de julio de 2008

25 años sin Buñuel



Luis Buñuel era aragonés, como Goya, como Miguel Servet, y siguió la herencia del anarquismo de esta región, pródiga en hombres de independiente criterio, luchadores, nunca acordes con el momento en que viven. En él están las constantes que han movido durante siglos a nuestra literatura, pintura y teatro, desde La Celestina hasta Cela. Ciertos gravados de Goya, la picaresca, algún poema de Quevedo, un esperpento de Valle-Inclán, una página de Gómez de la Serna. Buñuel logró incorporar su cultura a su arte, dándole actualidad crítica al pasado, y límites históricamente perversos a la pretensión de novedad moderna. Todo está anclado en lejanas memorias y en antiguos suelos. Removiéndolos, surge la modernidad verdadera: la presencia del pasado, la advertencia contra el orgullo del progreso. Todos ellos, junto a los místicos españoles, eran los verdaderos padres del surrealismo del director aragonés. Buñuel fue un hombre más importante que Picasso. Sí, ya sabemos que el magistral pintor malagueño registró en su pintura las deformantes imágenes que todavía no habían penetrado en la conciencia del hombre del siglo XX. Buñuel penetró en la conciencia de todas las épocas, dándole una dimensión más amplia y más rica. "Yo creo que no debe haber una sola dimensión de lo real, sino todas las dimensiones posibles." "En la situación más terrible puede haber un respiro."


Una vez le preguntaron a don Luis: "¿En qué medida España pesa en su formación ideológica y cultural.?" Respondió: "En la medida en que la tierra alimenta y hace crecer el árbol."
Cuenta su amigo José Moreno Villa: "No puedo olvidarme de los primeros años de Buñuel en el exilio. Le veía consumirse físicamente, y sentado en un sillón a toda hora, frente a la misma pared, como sin horizonte posible."

Todos los que le conocieron confesaron que conversar con él era como penetrar en una España ya inexistente que producía hombres de gran integridad ética. Incluso los que estuvieron con él una breve velada dijeron haber recibido una lección magistral impartida con sólo su sencilla presencia, cordial, llena de elegante modestia al contarles insólitas anécdotas con palabras siempre aguda y cargadas de humor. Un artista no se agota en su obra, por grande que ésta sea. Siempre está por encima de ella, sobre todo cuando se es un gran hombre, como sin duda lo fue Buñuel.


Cuentan que cuando Buñuel estaba en una reunión en la que todo el mundo hablaba a la vez, solía desconectar el audífono. Para él, el batiburrillo, la cháchara, equivalían a la más absoluta nada. En estas cosas iba yo pensando el día 29 de este mes, cuando se cumplía los 25 años de su muerte.

Me he pasado gran parte de mi vida viajando a los lugares que él frecuentó, desde el claustro gótico de El Paular (Madrid), lugar donde escribió con Jean-Claude Carrière sus mejores guiones. "se hallaba rodeado de columnas, edificaciones idénticas que ofrecen altas ventanas ojivales cerradas con viejos postigos de madera. Los tejados visibles están cubiertos por tejas romanas. Las tablas de los postigos están rotas, y crece la hierba en los muros. Hay allí un silencio de épocas pasadas." Mi último suspiro, hasta a las mismas puertas de su casa en México, donde vivió los últimos años de su vida, allá en la Colina del Valle, una casa que no tenía carácter. Éste era, pues, su carácter: no tenerlo. De ladrillo rojo y dos pisos, se parecía a cualquier vivienda de la clase media del mundo.


De alguna manera mi peregrinaje fue la búsqueda de una oportunidad de conversar con él, para nutrirme y estimularme, pero nunca lo conseguí. Buñuel no solo había sido testigo del siglo, nació con el siglo en 1900 y caminó con él siendo uno de sus grandes creadores.



Imagen:(2002), un servidor junto a la estatua mortuoria del cardenal Tavera en Toledo, lugar donde se reunían Buñuel, Dalí, Lorca, Pepín Bello y todos los que pertenecían a la "orden". Allí se inclinó Tristana (Catherine Deneuve) sobre la imagen fija de la muerte.

lunes, 28 de julio de 2008

J.G.Ballard en Barcelona



"Hay otros mundos, pero están en este."
Paul Eluard



Acaba de inaugurarse en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), una exposición que recorre el alucinante universo del gran novelista británico J.G.Ballard y, que lleva por título, Autopsia del nuevo milenio. Hace tiempo escribí un post sobre este escritor que sigue siendo para mí todo un referente de originalidad que no tiene paragón en la narrativa actual. Cuando se ha leído su obra en los años de aprendizaje como lector se abandona para siempre esa manera de ver la "realidad" encorsetada que te habían querido imponer como dogma. Ballard deja a la vista la espeluznante banalidad del mundo que han creado las comunicaciones modernas. Para él el modernismo es el gótico de la era informática. "La sociedad de consumo ha hecho de nuestras ciudades unas extensas galerías de vídeo, con niveles contrapuestos de irrealidad dispuestos como estratos de una Troya electrográfica ", dice el autor. Ballard ha sido capaz de descifrar las claves de un presente visionario. Ha imaginado un futuro de piscinas vacías, moteles abandonados, bellas catástrofes, perversiones insospechadas y arquitecturas asépticas que, en buena medida, ya son nuestro presente. En sus manos, el futuro de la humanidad ha adquirido la forma de un cuerpo, cuyos traumatismos y patologías no ha dejado de analizar de manera obsesiva. En su día dijo que el único futuro que le interesaba eran los próximos cinco minutos.


La exposición propone un recorrido ballardiano sobre los desoladores paisajes creados por el hombre, un mundo crepuscular de oscuros escenarios empresariales y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social y ambiental. Ballardiano es ya un término que el diccionario Collins de la lengua inglesa admite para ejemplificar el universo de su autor marcado por la modernidad distópica relativo a las negras utopías que aparecen en su obra. Ballard detecta nuestro porvenir como si fuera un cadáver o, es más, un futuro que ha llegado ya, un futuro agotado, consecuencia de la patología del mundo. Ésta es la idea motriz de la muestra.

El novelista encontró su voz originalísima trasladando el surrealismo pictórico a la escritura. Una de las salas recrea una instalación fantasmagórica con imágenes de los pintores surrealistas Max Ernst, Magritte, De Chirico y Dalí; extraños paisajes inspirados en sueños que los nuestros ya no pueden alcanzar. Ese anhelo infinito de contenido en los cuadros en donde hay una verdad pero no una lógica. Sitúa en un lugar destacado Le miroir, un cuadro de Paul Delvaux destruido en los bombardeos de Londres y resucitado por un encargo que hizo Ballard a la pintora norteamericana Brigid Marlin.
A medida que se avanza a través de objetos alusivos me encuentro con un coche, a tamaño real, enterrado en un desierto, dando cuenta de la mirada desapasionada del autor. Me siento como en una descripción que hizo Ballard en uno de sus relatos: "Un hombre con amnesia que está acostado en la playa y mira una rueda oxidada de bicicleta, mientras trata de descubrir la esencia absoluta de la relación que hay entre ambos."La mayoría de sus personajes son extraños, paranoicos, atrayentes; de una verdad oculta que sólo pueden ver aquellos que recuerdan sus sueños.


La mirada de Ballard es alarmantemente premonitoria y de una contemporaneidad marcada por la muerte del afecto y el relevo del paisaje físico por un paisaje mediático donde la realidad y ficción se confunden. Una visión de un siglo XX y XXI esencialmente psicopatológico, en el que fluyen en una cosmología traumática. La catástrofe es un concepto central en su obra. Lejos de establecer el orden, el personaje ballardiano percibe el cataclismo como un foco de atracción y se muestra dispuesto a aceptar las reglas que esa nueva realidad le impone, aunque eso suponga renunciar a su propia identidad, a la cordura e, inevitablemente, a su supervivencia. Lo que está en juego no es tanto la autodestrucción, sino la reducción del cambio y el tortuoso camino hacia la plenitud psicológica.



Vivimos en una profunda crisis que no es económica, como la mayoría podría pensar. Como yo lo veo, el problema está en la psicología de la gran masa. Estamos siempre en el borde, en el límite de algo latente, presente, pero que en última instancia no podemos ver. El fracturado horizonte de nuestras ciudades parecen el encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta.

Ballard es un buen aditivo para una sociedad que se escuda tras las falsas apariencias y el pensamiento positivo, una sociedad agitada y basada en visiones reduccionistas o simplificadoras. También es un buen aliciente para a aquellos que están sometidos a las esperanzas frustradas que les hacen desesperar de la política como respuesta a todo.

 Las dos imágenes pertenecen a la exposición.

jueves, 24 de julio de 2008

Librerías de viejo


Como lector empedernido que soy, he llegado a poseer miles de libros. En una época, intenté conservarlos todos, pero ese empeño pronto se volvió imposible; ahora sólo conservo los que estoy seguro de que voy a releer, los que leeré sin ninguna duda antes de morirme y aquellos de los que no podría separarme por razones estéticas o sentimentales. Si no hubiera reducido mi biblioteca, ahora estaría durmiendo en la calle por falta de espacio. Así pues, en los últimos años he hecho frecuentes visitas a las librerías de viejo.


Las librerías de viejo representan para mi el proceso de reciclaje en su mejor versión: un poderoso y útil esfuerzo que resulta importante para nuestra vida material y cultural. Llevas allí libros que te encantaron, libros que te han aburrido, libros de aspectos más bien andrajosos, y sales con un vale para comprar más libros. Si se trata de una librería que combina el libro nuevo y usado, entonces el dolor de espalda por acarrear todas esas cajas se ve recompensado. Logro convencerme de que estoy ahorrando dinero, me llevo el último Claudio Magris, compro una edición encuadernada en cuero de El quadern gris de Josep Pla y todavía me queda un poco de crédito para la próxima vez.


Una de las cosas más importantes para mi cuando vendo libros es que sé que éstos pueden empezar ahora una nueva vida. En lugar de permanecer relegados en un estante o, peor aún, en una caja en el garaje, esos libros pueden encontrar un nuevo hogar, quizá para siempre o quizá para ser intercambiados una vez más. Por otra parte es muy curioso tropezar con el nombre de un propietario anterior en la portadilla de un libro usado, y todavía más si ese lector añadió notas al margen: "demasiado flojo", "me encanta esto", "¡¿qué?!". ¿Quién era esa otra persona que sin saberlo ha compartido conmigo los placeres de este mundo imaginado? O bien la historia que hay detrás de una dedicatoria romántica escrita en la guarda: "Querida Isabel, ojalá guardes siempre con cariño este libro y me tengas a tu lado cada vez que lo abras. Con amor, David". ¿Qué fue de Isabel y de David? ¿Y qué fue lo que salió mal? Otras veces encuentro una flor reseca entre las páginas; símbolo de un amor prohibido, imaginario o imposible. Como decía Cernuda: "Una pausa de amor entre la fuga de las cosas." Si alguna vez compráis un libro viejo y encontráis entre sus páginas ceniza de cigarrillo, puede que haya sido mío. "Las cenizas de cigarro que queda entre las páginas de los libros viejos son la mejor imagen de lo que quedó en ellos de la vida del que los leyó." Ramón Gómez de la Serna.


Pero incluso la librería de viejo tiene sus límites y debe acabar despojándose de los pobres huérfanos. Primero están las gangas, normalmente una mesa o una cesta puesta en la calle, donde los libros se venden a un euro. No hay que menospreciar este grupo porque no siempre es una cuestión de calidad lo que está en juego. Hace poco encontré una estupenda edición en tapa dura de Amok de mi admirado Stefan Zweig por un euro.

Después de las gangas, viene la caja de libros gratuitos, que suelen estar en el suelo, atestadas de libros de texto anticuados. La semana pasada encontré un libro recopilatorio de los primeros relatos publicados en la mítica revista pulp de género negro The Black Mask. Estaba en perfecto estado. Se hallaba en lo alto de una pila de libros a un paso de encontrar un final ignominioso, y, siguiendo una buena norma urbana, estaba allí evidentemente para que alguien se lo llevara. Miré a mi alrededor con un extraño sentimiento de culpa, como si estuviera a punto de cometer un robo. Al final me hice con él y me lo llevé a casa.


sábado, 19 de julio de 2008

El apartamento


En sus mejores momentos, Billy Wilder recuerda a un experto equilibrista. Tras el temor y la aprensión inicial a que se caiga y se rompa la cabeza, la técnica y la habilidad desplegadas resultan todavía más impresionantes que el riesgo corrido. Pero El apartamento (1960) planteaba un doble reto, y resultaba peligrosa para el exquisito sentido del equilibrio de su director. El argumento es en esencia una visión demoledora del trabajo, donde queda magníficamente retratado el perfil del hombre gris, anónimo e insignificante, siempre pisoteado por sus superiores, en las que la alcahuetería resulta más rentable que la honradez y la eficacia como medio de obtener una promoción personal. Se trata de un alegato contra la deshumanización necesaria para triunfar en la sociedad moderna, fría y competitiva, en la que el materialismo destruye cualquier clase de valor. Pero la dureza del mensaje social no es revelada por Wilder hasta el momento adecuado. Como los expertos jugadores de bridge, Wilder se reserva la carta más fuerte en espera de poder jugarla con efectos devastadores.



Pocos personajes se habrán sentido más manipulados y solitarios que el vacío trepador C. C. Baxter (Jack Lemmon).En un momento de la película dice: "Me siento como un náufrago en un isla de un millón de habitantes." Su vida consiste en trabajar en una gigantesca oficina de seguros y prestar su apartamento a sus jefes, con la esperanza de conseguir de esa forma ascender en la empresa. Para Baxter es la única manera de destacar, de hacerse notar en una sociedad sobrecargada donde la soledad se hace paulatinamente más constrictiva. Baxter presta su apartamento tanto para ascender como para demostrar que existe, que es alguien necesario a los demás, cuando los demás sólo se aprovechan de él y de lo poco que puede ofrecer. La vulgaridad de Baxter, la soledad de su entorno, le hacen asumir que es un desgraciado, un ser capaz de creerse un ligón cuando son otros los que utilizan su cama.



Debido a la sincera narración inicial del protagonista, y a la astuta y matizada interpretación de Lemmon como el pobre diablo con deseos de ascender, se forja una simpatía entre los espectadores y él que le convierten en un personaje positivo hasta que queda al descubierto toda la miseria de su situación. El recurso narrativo resulta apropiado, debido a que él mismo se va dejando atrapar en esa situación antes de ser consciente de todas sus implicaciones.


En la primera parte del filme, Wilder recurre también al humor, y explota sabiamente varias confusiones para hacer sonreír al público. Los personajes interpretan erróneamente las situaciones planteadas, y llegan a deducciones disparatadas y maliciosas sobre la basa de encuentros totalmente inocentes. Por ejemplo, el vecino de Baxter le cree un conquistador incorregible al ver y entrar y salir mujeres de su apartamento, sin saber que no es él quien se acuesta con ellas, sino sus jefes. Los horarios de Baxter para ceder su apartamento son tan complicados que, incluso cuando se resfría (a consecuencia de haber pasado la noche al raso) y lo necesita él mismo una noche, tiene que pasarse la mañana entera hablando por el teléfono interno de la empresa reorganizándolo todo. La disparatada situación de Baxter conduce a una parodia de la vida doméstica, con las rutinas cotidianas, como comer, afeitarse o incluso dormir, continuamente interrumpidas por las protestas de "clientes" impacientes. Poco a poco, Baxter comienza a adoptar el aspecto de un payaso triste, intentando al mismo tiempo mantener un mínimo de intimidad y vida de hogar, y satisfacer las crecientes exigencias de sus superiores.



Wilder consigue hacer avanzar esta situación básica desde las risas hasta la tristeza y casi la tragedia, reflejando esta última en la conmovedora interpretación de Shirley McLaine como ascensorista que mantiene una frustrante relación amorosa con su jefe (Fred McMurray). Partiendo de un situación casi cómica, Wilder va construyendo poco a poco un contrapunto mucho más complejo y dramático. La falsa alegría de una fiesta navideña en la oficina da lugar a toda una serie de demoledoras relaciones personales. Baxter tiene que enfrentarse a una dura realidad cuando el descubrimiento del intento de suicidio de Fan (McLaine) en su dormitorio le estropea su intento de ligue con una atractiva rubia.


El final de El apartamento es agridulce, debido sobre todo a la implacable lógica con la que los sentimientos humanitarios de Baxter van ligados a su caída profesional y social. Renuncia a su empleo, y Fan huye de su amante. El plano final de Fan corriendo en busca de Baxter es bellísimo. Woody Allen retomaría la escena en Manhattan (1979). Pero Wilder presenta esas acciones como gestos impulsivos más que como decisiones de peso y cuidadosamente meditados.




lunes, 14 de julio de 2008

Carta abierta a la directiva europea



Leo en un periódico: "La directiva europea para ampliar el horario laboral a 65 horas semanales pondría a los empleados de Europa en peor situación que un mecánico en la India". Más adelante: "Para miles de trabajadores españoles, eso es lo habitual. Por ambición personal o porque no les queda más remedio, se han acostumbrado a vivir sin tiempo libre."

Ya lo dijo el olvidado Karl Marx: "El trabajador tiene más necesidad de respeto que de pan." Nosotros, homínidos contemporáneos, nos hemos convertido en una mercancía sin ningún valor. Vivimos en una sociedad de esclavos compuesta por individuos condenados a trabajar exclusivamente para subsistir. No nos levantamos ninguna mañana preguntándonos si nos sentimos motivados. Solo nos limitamos a hacer la tarea, sin saber para qué estamos aquí, solo pensando en sobrevivir. "Ya no trabajamos; nos recreamos en el asunto al que estamos condenados."Fernando Pessoa. La época de la gran actividad, el trabajo, la entrada en fuego, la lucha por la vida, y el nivel competitivo de una sociedad mal planteada nos ha llevado a ser desoladamente pasivos porque cada cual no hace más que imitar los deseos ajenos. Somos mecanismos inconscientes. Producimos y rendimos más por celo y rapacidad que por nobleza o desinterés, precisamente el mal, lo diabólico, está en eso, en que todo sea uno, y en que, en la explotación del hombre por el hombre, el explotado sea cómplice del explotador. Cuánto más esclavo es uno, mayor calor pone en defender la servidumbre. Cada vez trabajamos más, con mayor estrés y menos tiempo libre. ¿Cómo puede un aumento de riqueza producir semejantes resultados? Siendo más ricos, ¿no deberíamos trabajar menos? Es la decadencia de un mundo que naufraga irremediablemente en el mar del progreso; el rito terrible del progreso sin propósito. La grotesca condición de la vida sin finalidad. El vacío espiritual, hundido en el atraso y en la era de la servidumbre. La verdad del ser humano debería de estar más en el juego voluntario que en el trabajo impuesto. Las máquinas son hijas de la necesidad y donde comienza lo necesario, acaba lo posible. Donde el número triunfa, la moral capitula. No olvidemos que el lema de la entrada del campo de concentración nazi Auschwitz era: "El trabajo os hará libres." Nadie escapa al engranaje de la industria en ninguna hora de su vida pública o privada. Nos pasamos el día en la oficina, en la fábrica, en talleres, etc., humillantes infiernos laborales, grises y alienados en nombre de una uniformidad productiva. La gente no suele enterarse de que está viva. ¿No fue John Lennon quien dijo que la vida es eso que sucede mientras uno está ocupado en otra cosa? Queremos ganar dinero para vivir feliz y todo el esfuerzo y lo mejor de una vida se concentran en ganar ese dinero. Olvidamos la felicidad, confundimos el medio con el fin. ¿Que es eso de la calidad de la vida? No es más que el último ideal que se han inventado para apretarnos en la carrera de la producción y del consumo. Sí claro, a mejorado la calidad de la vida pero se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa. Todos vivimos con nuestras fantasías consumistas y televisivas en la cabeza y muy poca raíz económica en el suelo. Trabajamos todos los días de nuestra vida, en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Lo más triste es que la única cosa que se puede hacer durante diez horas al día es trabajar, y sin embargo, la gente que nunca tiene tiempo es la que menos cosas hace realmente. Siempre he tenido la sensación que la gente con una profesión suele ignorar lo mejor. "Seres del asalto, no del festín, su epílogo." René Char.

Por otra parte, las carreras están orientadas a las necesidades de la producción. El sistema educativo es una fábrica de jóvenes preprogramados. A los niños se les orienta para ser competitivos, y así conseguir un trabajo y que ganen dinero y más dinero. ¿Eso es todo, señores? ¿Y qué pasa con sus vidas? ¿Todo se reducirá a un conjunto de capacidades laborales, niveles de salario y cartas de referencias? Material humano en crudo, solo un complemento de los formularios de solicitud. ¿Qué situaciones tienen mayor potencial trágico que el intento de conseguir un empleo? Y cuando se consigue ¿qué pasa? Pues nada, ha conquistar sus puestos a base de aplicación y de fidelidad al deber; eso es lo que les costará la vida a sus personalidades. El apego al dinero, la búsqueda de una seguridad en la vida, que les harán mezquinos e inseguros en el alma, para después descubrir, que ya es mucho, que se sienten encerrados, cogidos en una trampa, completamente liquidados.

Señores de la directiva europea; tenéis el terreno preparado. El futuro os pertenece, está hipotecado por individuos destruidos. Los trabajadores carecemos de ocio porque también está organizado, en buena parte nos hemos acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario en términos de producción. Nosotros, homínidos contemporáneos, hemos perdido la facultad de contemplar las cosas. Hemos olvidado el arte de perder el tiempo inteligentemente. Y los pocos que aún quedan son los que pasan horas y horas enganchados al televisor, último reducto de la ociosidad del siglo XXI.

Imagen de El apartamento, de Billy Wilder. Próxima entrada.

miércoles, 9 de julio de 2008

Bartleby y compañía


"Sutileza de la sumisión. ¿En qué núcleo se oculta el no?"
Elías Canetti


Convertido en un autor de culto desde la Historia abreviada de la literatura portátil (1985), Vila-Matas logró con esta novela un amplísimo reconocimiento. Utilizó al misterioso protagonista de Bartleby el escribiente de Melville como emblema de los escritores que, en un determinado momento, prefieren abstenerse de publicar su obra y ceden a la pulsión del "no". Para examinar este enigmático síndrome de Bartleby, el autor inventa un alter ego, Marcelo, un oficinista solitario-tras el que se adivina entre otros a Kafka y Pessoa-que lleva en el verano de 1999 un diario en el que va registrando en "notas a pie de página que comentarán un texto invisible" casos de "escritores tocados por el Mal" del silencio.


La novela se compone, así, de las 85 notas ensayísticas de Marcelo en las que va apareciendo un fascinante ejército de creadores inhibidos y secretos, los que prefieren no escribir o no dar a conocer sus escritos, desde Sócrates o Rimbaud hasta Juan Rulfo, Salinger, Thomas Pynchon, B. Traven o Robert Walser, un nombre clave en la obra posterior de Vila-Matas. Realidad y ficción cruzan sus fronteras como lo hacen el texto y su glosa o la narración y el ensayo, pues la disolución de las categorías literarias convencionales constituyen uno , si no el principal, de los propósitos estéticos del autor. El resultado de esta subversión sistemática es una fascinante confusión entre imaginación escrita y lectura que acaba involucrando al lector.


Confieso que el tema del silencio por parte de estos escritores y, los que no conocemos, me fascina cada vez más desde que me pregunto si es compatible la sumisión, la obediencia, la mansedumbre, con el ejercicio literario. El amansamiento de los escritores, quizá pudiera coincidir también con el sepulcro de la literatura, porque creo que no es libro todo lo que parece sino que debe entenderse por libro no su aspecto sino su esencia, su intención y su propósito. En Punto y aparte dice Italo Calvino: "El ruidoso momento que estamos atravesando abre una época ideal para hablar y publicar lo menos posible y para tratar de comprender mejor cómo están hechas las cosas." Estamos sofocados por las palabras sin sentido. La palabra se ha convertido también en la ausencia del ser humano, como las historias que se cuentan de nosotros. Una palabra justifica en si a la misma palabra, pero cuando la queremos adosar al ser se abre un abanico de infinitos matices. Juntamos palabras en pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y, por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos, siempre acabamos encontrándonos en el lado de fuera de los sentimientos que ingenuamente queríamos describir. "Hasta las palabras nos abandonan." Samuel Beckett. "Un escritor nunca llega a escribir lo que quiere escribir." Julio Cortázar. Es decir, eso que termina por decirse y acaba siempre por debajo de la voz interior.


Vila-Matas cita a Gregorio Palmas: "Ninguna palabra puede esperar otra cosa que no sea su propia derrota." Los bartlebys ¿dejaron las palabras o fueron éstas las que abandonaron a sus escritores? o ¿fue simplemente un acto de rebeldía? Albert Camus dice en El hombre rebelde: "¿Que es un hombre rebelde? Un hombre que dice no."

El día de Sant Jordi, en Barcelona, tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con Vila-Matas y le conté la situación en que se halló Pitágoras en el día de su muerte, pues el silencio que siempre se había impuesto debía prolongarlo hasta el momento final; y exclamó: "Es preferible que me maten antes que hablar." Evidentemente, Vila-Matas conocía la anécdota y nos pusimos a reír. A diferencia del escribiente de Melville, nosotros preferimos hacerlo.


lunes, 7 de julio de 2008

Stephen King (El rey Midas de la ficción)

"La gente ya no se comunica y vive en un ambiente de asfixia y desesperación emocionales."
Stephen King, Mientras escribo



Está considerado como el novelista comercial de mayor éxito en la historia editorial de Estados Unidos. Stephen King no es un escritor muy original, pero es enormemente hábil. Sus novelas con frecuencia son descuidadas, pero tienden acontecer siempre algo para todo el mundo, no sólo los ingredientes tradicionales del horror, sino caracterizaciones agudas, muchos elementos del realismo cotidiano, un cálido sentimiento familiar, misterio, simpatía por los niños, aversión física, lo que a King le gusta llamar "lo repulsivo", un excelente ritmo narrativo, humor y un atractivo y familiar tono de voz. Se destaca en la descripción de la gente sencilla: amas de casa, adolescentes, el cuidador del cementerio, maestros de escuela, el sacerdote borracho y, sobre todo, los chicos. Su obra parece tener una seducción igualmente poderosa para lectores y lectoras, y ésta, sobre todo, es la razón de su colosal éxito de mercado. Pero, como he dicho, no es un escritor original, pero en libro tras libro ha barajado ciertos ingredientes comunes con gran aplomo.

De entre todas sus novelas yo prefiero El resplandor (1977), su tercera obra publicada. Sin lugar a dudas se trata de una de las novelas más sofisticadas de King, poblada por algunos de sus personajes más inquietantes e intrigantes. Es bien sabido que la historia fue filmada por Stanley Kubrick en 1980, y aunque la película tiene sus propias cualidades glaciales, los guionistas hicieron en la trama ciertos cambios decisivos que tuvieron el efecto de quitar al espectador toda simpatía por el torturado personaje principal. Uno de los puntos fuertes de la novela es que despierta simpatía por todos los personajes involucrados, y particularmente por Jack Torrance, el desdichado protagonista de la obra. La enorme popularidad del filme eclipsó el mérito de King al escribir esta historia excepcional y emocionante.
Cuando Jack Torrance acepta el puesto de conserje del remoto hotel Ovelook durante el invierno cree que será el entorno perfecto para recuperar la dañada relación con su esposa Wendy y su hijo Danny y finalizar la obra de teatro que lleva tiempo escribiendo. No puede estar más equivocado. "No creo que yo le importe demasiado, señor Torrance. Me da igual. Desde luego sus sentimientos hacia mi no influyen en mi conocimiento de que usted no es la persona adecuada para este trabajo."Tensiones matrimoniales, alcoholismo, el carácter destructivo del sentimiento de culpa, el bloqueo del escritor, la telepatía-por no mencionar los avisperos-, todo converge en el Jack Torrance de King de un modo más sutil e incluso inquietante de lo que Kubrick logra transmitir en la pantalla. Con todo, quizá uno de los aspectos más impresionantes de la novela sea la manera en que King maneja y narra la experiencia telepática de un niño de cinco años con conexión directa con la creciente locura de su padre. El personaje de Danny no cae en ningún momento en el cliché ni la ampulosidad.

Lo que más me fascina de esta novela es el equilibrio entre el mundo interior y el exterior y las preguntas que formula acerca de si la locura proviene de uno u otro. Es asimismo una novela sobre voces, las voces telepáticas recibidas y transmitidas por Danny, pero también las voces surgidas en forma de historias: la historia del matrimonio entre Jack y Wendy; sus historias privadas; la siniestra historia del hotel Ovelook que Jack descubre en un baúl de recortes en el sótano. Aquí la narración se desvía su extenso camino hacia un final de Gran Guiñol.

El resplandor es una historia emocionante en la que el autor hace juegos malabares con una serie de temas relacionados con la familia, el amor conyugal y el paterno, y sus oscuros opuestos: la esposa golpeada y el hijo maltratado. Como en la mayoría de sus novelas, la descripción de los personajes es muy eficiente; un millón de lectores nos hemos sentido conmovidos por estos personajes imaginarios y hemos visto nuestros rostros en el espejo gótico de esta extravagante obra.


miércoles, 2 de julio de 2008

Viajar



"Los pies llevan a donde debiera llegar la cabeza."
Proverbio judío

Hace unas semanas leí en el suplemento dominical de El País un admirable artículo de Javier Marías titulado Dónde huir en secreto, y me quedé con esta frase: "Viajar a los lugares "imprescindibles" no distingue, sino que vulgariza."

Yo me paso la vida diciéndoles a mis amigos y familiares que me gusta viajar. Siempre estoy preparando mentalmente el viaje de mi vida, pero con cierto recelo lo voy postergando. Luego, mis amigos, me preguntan con el ceño fruncido: "¿Pero todavía no te has ido?" El siglo XVIII fue el último siglo europeo en el que la aventura era posible; el XIX tenía ya la inquieta conciencia de su precariedad. Julio Cortázar narra en una de sus historias de cronopios la portentosa odisea del valiente que abandona una tarde su butaca, desciende la escarpada escalera, desafía el tráfico de la calle, viaja hasta la esquina, compra el periódico y, navegando contra viento y marea, retorna triunfalmente al sillón de su Ítaca.

Si he de ser sincero me hastían los aviones, los turistas, los aeropuertos, los hoteles, me hastía conocer más gente y comprobar que la gente es igual a la gente en todas partes. La paradoja de medio millón de personas yendo al mismo sitio para estar solos. Hoy los países urbanos son idénticos. Las ciudades se están transformando en una única ciudad, en una ciudad ininterrumpida en que se pierden las diferencias que en tiempos caracterizaban a cada una de ellas, del modo de vivir que ya es de mucho de nosotros. De aquí a pocos años no valdrá la pena viajar, porque el mundo es cada vez más uniforme. Vivimos en un mundo administrativo y organizado a escala planetaria, la aventura y el misterio del viaje parecen acabados. A la gente ya no le gusta explorar, son carne de agencia de viajes convertidas en consejeras sobre adónde viajar, pero poco es lo que se dice acerca de por qué.

Creo que hoy se debería viajar con una mínima biografía, porque no hay mirada sin referencia cultural. La gente suele viajar sin salir de su cascarón, sin cambiar de referencias, y eso es precisamente viajar. Viajar de verdad es desparramarse, hacerse otro, cambiar de piel, en suma, una operación mental, y no como hacen las masas que salen de vacaciones en busca de una estética de tarjeta postal. Los que la forman sólo ven lo que esperan: una fotografía perfecta, bonita y presentable. Viajan a la montaña o a la costa con numerosas imágenes descargadas en la cabeza. Cuando llegan a su destino no salen a experimentar el territorio extraño, los misteriosos brotes de soberbia rareza. Prefieren buscar sólo aquello que se adapte a sus cabezas de papel. Así que esos fanáticos del paisaje no ven el mundo, ni mucho menos. Todo lo que ven es lo que esperan ver, retratos de estudio de un planeta retocado. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

Ayer, una amiga me contaba, un tanto compungida, los avatares de un reciente viaje en compañía de su novio (no puedo evitar una carcajada mientras escribo). Éste, comentaba ella, llevaba una cámara digital y, cada vez que sacaba una foto, por ejemplo, de un monumento o de una fachada importante, casi inmediatamente se ponía a revisar todas las fotos desde el principio y, básicamente, trataba el presente como si fuera un pasado lejano, por mucho que el monumento o, la fachada, siguiera estando allí delante de sus narices.

Dice Fernando Savater en El contenido de la felicidad, que quizá un largo y peligroso viaje no nos enseña tantas cosas decisivas como una noche en vela o como media hora de espera en la menos insólita de las esquinas. Pero de todas maneras, sé que debo cambiar mi modo de viajar imaginario, no me conviene idealizar o idolatrar nada, tan sólo partir sin más. Dice un proverbio chino que los más largos viajes empiezan con un solo paso.