Luis Buñuel era aragonés, como Goya, como Miguel Servet, y siguió la herencia del anarquismo de esta región, pródiga en hombres de independiente criterio, luchadores, nunca acordes con el momento en que viven. En él están las constantes que han movido durante siglos a nuestra literatura, pintura y teatro, desde La Celestina hasta Cela. Ciertos gravados de Goya, la picaresca, algún poema de Quevedo, un esperpento de Valle-Inclán, una página de Gómez de la Serna. Buñuel logró incorporar su cultura a su arte, dándole actualidad crítica al pasado, y límites históricamente perversos a la pretensión de novedad moderna. Todo está anclado en lejanas memorias y en antiguos suelos. Removiéndolos, surge la modernidad verdadera: la presencia del pasado, la advertencia contra el orgullo del progreso. Todos ellos, junto a los místicos españoles, eran los verdaderos padres del surrealismo del director aragonés. Buñuel fue un hombre más importante que Picasso. Sí, ya sabemos que el magistral pintor malagueño registró en su pintura las deformantes imágenes que todavía no habían penetrado en la conciencia del hombre del siglo XX. Buñuel penetró en la conciencia de todas las épocas, dándole una dimensión más amplia y más rica. "Yo creo que no debe haber una sola dimensión de lo real, sino todas las dimensiones posibles." "En la situación más terrible puede haber un respiro."
Una vez le preguntaron a don Luis: "¿En qué medida España pesa en su formación ideológica y cultural.?" Respondió: "En la medida en que la tierra alimenta y hace crecer el árbol."
Cuenta su amigo José Moreno Villa: "No puedo olvidarme de los primeros años de Buñuel en el exilio. Le veía consumirse físicamente, y sentado en un sillón a toda hora, frente a la misma pared, como sin horizonte posible."
Todos los que le conocieron confesaron que conversar con él era como penetrar en una España ya inexistente que producía hombres de gran integridad ética. Incluso los que estuvieron con él una breve velada dijeron haber recibido una lección magistral impartida con sólo su sencilla presencia, cordial, llena de elegante modestia al contarles insólitas anécdotas con palabras siempre aguda y cargadas de humor. Un artista no se agota en su obra, por grande que ésta sea. Siempre está por encima de ella, sobre todo cuando se es un gran hombre, como sin duda lo fue Buñuel.
Cuentan que cuando Buñuel estaba en una reunión en la que todo el mundo hablaba a la vez, solía desconectar el audífono. Para él, el batiburrillo, la cháchara, equivalían a la más absoluta nada.
En estas cosas iba yo pensando el día 29 de este mes, cuando se cumplía los 25 años de su muerte.
Me he pasado gran parte de mi vida viajando a los lugares que él frecuentó, desde el claustro gótico de El Paular (Madrid), lugar donde escribió con Jean-Claude Carrière sus mejores guiones. "se hallaba rodeado de columnas, edificaciones idénticas que ofrecen altas ventanas ojivales cerradas con viejos postigos de madera. Los tejados visibles están cubiertos por tejas romanas. Las tablas de los postigos están rotas, y crece la hierba en los muros. Hay allí un silencio de épocas pasadas." Mi último suspiro, hasta a las mismas puertas de su casa en México, donde vivió los últimos años de su vida, allá en la Colina del Valle, una casa que no tenía carácter. Éste era, pues, su carácter: no tenerlo. De ladrillo rojo y dos pisos, se parecía a cualquier vivienda de la clase media del mundo.
De alguna manera mi peregrinaje fue la búsqueda de una oportunidad de conversar con él, para nutrirme y estimularme, pero nunca lo conseguí.
Buñuel no sólo había sido testigo del siglo, nació con el siglo en 1900 y caminó con él siendo uno de sus grandes creadores.
Imagen:(2002), un servidor junto a la estatua mortuoria del cardenal Tavera en Toledo, lugar donde se reunían Buñuel, Dalí, Lorca, Pepín Bello y todos los que pertenecían a la "orden". Allí se inclinó Tristana (Catherine Deneuve) sobre la imagen fija de la muerte.












