miércoles, 27 de agosto de 2008

Pasado de vuelta (el método gonzo)



¿Quién fue Hunter S. Thompson? Un individuo que vivió al límite. Fue un hombre de excesos, irritable, amante de las armas de fuego, del whisky, de las drogas alucinógenas y de las mujeres jóvenes y bellas. Osado, impertinente, arrogante, lúcido y provocador. Se cuenta de él que llevaba en las reuniones de editores un cajón de pelucas que se iba poniendo según avanzaba las aburridas conversaciones. Que sentía debilidad por las muñecas hinchables que exponía cada vez que era entrevistado. Que bebía como un cosaco sin despeinarse. Que ponía a todo trapo cintas con grabaciones de animales gimiendo para atemorizar al vecindario del valle de Colorado. Que sentía aversión por la autoridad. En resumidas cuentas; fue uno de los personajes más salvajes y heterodoxos de la cultura norteamericana y padre del nueve periodismo denominado "Gonzo"; estilo donde el autor acaba siendo el personaje central en sus crónicas derribando las barreras que separa al lector del escritor y mezclando con soltura realidad y ficción.


Hunter S. Thompson acabó con su vida pegándose un tiro. Se cuenta que sus cenizas fueron esparcidas en uno de los valles de Colorado en una ceremonia un tanta extravagante que Thompson había planeado hasta el último detalle. Los gastos corrieron a cuenta del no menos excéntrico Johnny Deep, amigo de éste, y, que interpretó al periodista y novelista en Miedo y asco en Las Vegas, dirigida en 1988 por Terry Gilliam basada en la mítica novela de Thompson. Según se cuenta a Deep le costó la broma 2,5 millones de dólares.


Confieso ser admirador de Thompson y este año ha sido una suerte para sus admiradores. El realizador Alex Gibney ha dirigido un brillante e interesantísimo documental donde se repasa su vida titulado Gonzo: la vida y la obra del doctor Hunter S. Thompson. También se ha publicado un libro compilado por Corey Seymour, Una biografía oral. Sólo nos queda esperar la publicación de Miedo y asco en la campaña, una recopilación de artículos sobre la campaña presidencial de 1972. Yo lo he celebrado a mi manera leyendo Miedo y asco en Las Vegas, su obra maestra.



"Estábamos a la altura de Bartow, en el borde del desierto, cuando las drogas comenzaron a controlar la situación." La novela tiene uno de los arranques más reconocibles de la narrativa moderna. Cuenta la historia del viaje-alimentado con mucha química-que hace el narrador por Las Vegas y alrededores, en compañía de su frenético abogado samoano, mientras cubren una carretera de motos todoterreno llamada Mint 400 para un revista de deportes de Nueva York. Una vez que han gastado su anticipo en llenar el maletero de drogas ilegales, empiezan sus aventuras a un ritmo enloquecido y sin el menor sentido de la responsabilidad. Ese frenesí se identifica cuando llegan a la ciudad y toman la decisión, entre otras cosas más bien discutibles, de refugiarse en un hotel que acoge la Convención Nacional de Fiscales de Distrito sobre Narcóticos y Drogas Peligrosas.


Los excesos de los dos protagonistas no son otra cosa que el desmedido consumo americano llevado al extremo y convertido en una imagen paródica del consumismo más inconsciente. Al mismo tiempo, su viaje no deja de ser un canto-extremado pero en cierto modo admirable-a las libertades tradicionales americanas, y ello precisamente durante el primer mandato de Nixon, mientras en Vietnam la guerra seguía su curso y en los Estados Unidos se aplicaban escandalosas condenas por fumar marihuana y por quemar la tarjeta de reclutamiento. Miedo y asco en Las Vegas es una experiencia a través de las puertas de la percepción, pero colocadas de un modo tan fantásticamente distorsionado que nadie sería capaz de saber con certeza qué ha ocurrido, qué está ocurriendo y qué podría ocurrir a continuación. La novela constituye una divertidísima y tonificante demolición de la ciudad posmoderna por excelencia, y viene a sugerir que lo mejor que puedes hacer para resistirte a la voracidad de Las Vegas es pasarte totalmente de vueltas de antemano, de tal manera que ya no seas capaz de reaccionar tal como la ciudad te insta a hacerlo.


Estoy de acuerdo con los que dicen que los descendientes directos de Thompson fueron Truman Capote, Norman Mailer y John Hersey. Pero el Gonzo fue la versión más radical y alucinada. Los tiempos que corren le han dado la razón.

viernes, 22 de agosto de 2008

Dos hombres y un destino




Una breve introducción de Dos hombres y un destino (1969) de George Roy Hill, nos dice: "No es que importe demasiado, pero los hechos narrados en esta película son rigurosamente verídicos". El autor de este texto tiene razón en ambas cosas: la película se basa en las aventuras reales de dos forajidos de principios del siglo XX y no importa nada que sean verídicas ya que una cosa es inspirarse en hechos reales para un guión y otra afirmar que la película es una representación fidedigna de los mismos. Es más bien una mirada poética al mundo idealizado del viejo Oeste, y nosotros, los espectadores, aceptamos de muy buen grado.



La película se inicia con las imágenes de un filme mudo sobre La banda del desfiladero con subtítulos al son de un proyector de cine y un piano melancólico que anticipa a Scott Joplin en El golpe (1974), y que se repetirá a lo largo del filme con imágenes de fotografías color sepia.

Dos hombres y un destino es esencialmente un vehículo puesto al servicio de sus dos grandes estrellas, Paul Newman y Robert Reford, pudiendo decirse sin temor a equivocarse que la pantalla jamás ha ofrecido una pareja de delincuentes más atractiva y divertida. Butch Cassidy (Newman) es el reflexivo, el que piensa, mientras que Sundance Kidd (Reford) es el arquetipo del lacónico héroe del Oeste que nunca utiliza dos palabras si puede decir lo que desea con sólo una. Juntos se dedican a robar bancos y asaltar trenes con tanta amabilidad y falta de competencia que resulta imposible no simpatizar con ellos. Newman se muestra espontáneo y atractivo. Eso de debe en parte a que Butch es un tipo dotado de un sentido del humor natural en lugar de un personaje cómico exagerado, y en parte a su emparejamiento con Kid, que creó los dos una camaradería masculina llena de atractivo, bastante desusada en la carrera de Newman. El filme contiene casi todos los ingredientes tan del agrado de los espectadores contemporáneos: desenfado, una actitud casual frente al crimen y la violencia, unos divertidos antihéroes muy alejados de los héroes tradicionales y una relaciones amorosas alegres y relajadas, tanto entre ellos como con la protagonista femenina Etta (Katharine Ross).



Por otra parte, William Goldman realizó un brillante trabajo como guionista, con diálogos acertados y llenos de una afilada ironía. Las conversaciones entre Butch y Kid están dotadas de gran espontaneidad y de un acre sentido del humor, contribuyendo así al tono despreocupado y antisolemne que tanto hizo por el éxito de la película, sobre todo entre el público joven.



Cuando los protagonistas no tiene más remedio que huir de la justicia, discuten la mejor forma de despistar a sus perseguidores. Pero en ningún caso se les ocurre la solución más sencilla, la de separarse, pues, después de todo, son amigos del alma. Esta espléndida película tiene muchos momentos para el recuerdo, como por ejemplo, la bellísima escena de Butch con Etta subidos en una bicicleta al son de Raindrops Keep Fallin'on My Head, y que más tarde Butch arrojará a un riachuelo; alegoría de un progreso que les va cerrando una manera de vivir. Preocupados por su notoriedad y el profesionalismo de quienes intenta darles caza, huyen para América del Sur, tras una breve estancia en Nueva York. Seguimos su viaje a través de una sucesión de fotografías acompañadas por la música de una banda de dixiland.



Su incorregible optimismo se prolonga hasta el final de la película, en el que, a pesar de estar rodeados por lo que parece el grueso del ejército boliviano, discuten la posibilidad de emigrar a Australia. No obstante su situación es tan desesperada, que sus palabras adquieren un tono de marcado patetismo que ni tan siquiera el sentido del humor logra ocultar. La escena final queda de nuevo congelada en color sepia y oímos los incesantes disparos del ejército y vuelve a sonar un piano melancólico dejándonos con una abrumadora congoja. Acabada la película nos sentimos como si hubiéramos estado mirando un viejo álbum de fotografías acompañados de un narrador desmemoriado, eclipsando la realidad en que se basa, de una visión estilizada de una era que ofrece interesantes temas e historias, que luego son embellecidas y transformadas para nuestro entretenimiento y disfrute de una realidad ficticia. Cerrado el álbum, rogamos al narrador que vuelva empezar de nuevo.

Cuando los protagonistas de esta ejemplar película no tienen más remedio que huir de la justicia, discuten la mejor forma de despistar a sus perseguidores. Pero en ningún caso se les ocurre la solución más sencilla, la de separarse; pues, después de todo, son amigos del alma.



                           

domingo, 17 de agosto de 2008

Paseando por Manhattan


Me tumbo sobre el sofá y acciono el botón de rec de mi vieja grabadora e intento definir la ciudad en donde habito: "Capítulo primero. Se ha vuelto antirromántica. Es ruidosa y todo está en obras. Máquinas y hombres perforan el asfalto por doquier. Parece que estén buscando un tesoro perdido." Hem, no, pongamos mejor: "Le enfurecía el ajetreo de la gente, y esos amigos que no tenían nunca tiempo para tomar una copa." Hem, tampoco, demasiado realista."Capítulo primero. Veía su ciudad desde un ángulo romántico..." Noo, no, demasiado cursi, empecemos otra vez, a ver si sale más profundo. "Hem..." Abandono y al final siempre acabo cantando New York, New York, pero lamentablemente no tengo ni el talento de Woody ni el de Frank Sinatra.


Woody Allen conoce su ciudad, escribe pensando en ella. La sabiduría que se adquiere paseando por las calles de la ciudad, entrando y saliendo entre el gentío, doblando una esquina para encontrarse con algo inesperado, se asemeja más al conocimiento que uno adquiere por intuición que al obtenido a través del estudio consciente. Si admitimos que Allen mantiene un diálogo concreto, es obvio que se trata de un diálogo con Nueva York. Para él es un almacén también de añorados recuerdos de su niñez, una fuente de esperanza en medio de un clima de decadencia y falsedad donde se pasean sus personajes con una crisis existencial, huérfanos ontológicos en busca de un sentido de compromiso en medio de una cultura caótica y ecléctica. Dice Allen:"Hasta que encontremos una solución a nuestro terror, tendremos una cultura basada en nuestras necesidades del momento."Con él vagamos por las calles sin rumbo fijo, la ciudad se nos vuelve a mostrar, con visiones repentinas de lugares ya olvidados y escenas inesperadas. Pasear por la ciudad es como volver a leer una novela favorita, volviendo a familiarizarse con sus temas y personajes, recuperando una sensación de cosas pasadas.



Allen es consciente de los cambios que sufre su ciudad y de la manera que estos cambios interfieren en su persona y su pasado. Los personajes que desfilan por su Manhattan nos lo muestra superficiales y asustados bajo una apariencia resplandeciente. Las historias no tienen sujeto, todos los individuos son las víctimas de sus entornos. 


Cada película es un fracaso, una aproximación, imperfecta a la fuerza, de aquello que había anteriormente. Por ejemplo, todos los personajes de Manhattan (1979), acaban revelando su terrible vulnerabilidad y aislamiento. El psicoanalista de Mary, Donny, la llama de madrugada en busca de consuelo y luego se toma una sobredosis de barbitúricos. Mary, con su aire seguro e independiente, se deja embaucar por las vanas promesas de Yale. Yale, pese a sus activos comentarios sobre su importante libro en proyecto, es incapaz de escribir e incapaz de defender su romance extramarital. Isaac, quien abandona a Tracy por los encantos de Mary para luego ser abandonado por Mary, acaba suplicando a Tracy que vuelva con él. Irónicamente, Tracy, tan joven y de aspecto tan vulnerable, resulta ser la más equilibrada de todos los personajes de la película. Esta obra, y, en cierto aspecto, es el estudio más valiente que Allen ha podido hacer de Nueva York. De hecho, Manhattan fue la gran película de los setenta. La técnica visual más notable es cuando la cámara estacionaria permanece en un espacio determinado incluso después de haber sido abandonado por los personajes, dándonos una sensación perturbadora de la mortalidad que se oculta bajo la superficie.


Allen es también un poeta lírico de los lugares; explota los mitos y significados asociados con "su" ciudad, enriqueciéndolos con sus propias historias y su sensibilidad y humor. Pongamos por caso sus interrogantes existenciales tratados con su manera frecuentemente divertidas aportando peso a su otra obra maestra, Hannah y sus hermanas (1985). Los personajes interpretados por Caine, Farrow, Wiest y Hershey están igualmente aterrados con la idea de la falta de significado de sus vidas; cada uno de ellos llega al borde de la desesperación. Sin embargo, Hannah y sus hermanas está provista de un tono cómico que la convierte en una de las películas americanas más liberadoras desde la época de Frank Capra.



Annie Hall (1977) la primera de esta magnífica trilogía ya recalcaba la visión de Allen del cine como medio de comprender el pasado y aceptar la propia impotencia frente al transcurso del tiempo, la pérdida y la muerte. "El amor se desvanece", y las películas también; la desaparición de cada nueva experiencia está constantemente capturada en la brevedad temática y cinematográfica de este singular autor.


Para Allen, el cine comienza con la realidad misma; filma la realidad de diversas maneras y desde muchos ángulos, pero empieza con el hecho físico: se libra del dolor básico de la creación que origina evocar algo de la nada. Sus películas son una fascinante serie de visiones de la vida moderna americana, pero quizá sea más admirado y apreciado por la crítica en Europa. Woody Allen es un personaje complejo y contradictorio. "El mayor genio en el que lleva en sí mismo el mayor número de contradicciones." Goethe. De hecho, no está muy claro exactamente quién es Woody Allen, pero sí sabemos que durante cuatro décadas, el hombre que se oculta tras esas gafas de montura negra ha estado observando las ansiedades, las aspiraciones, la culpabilidad y las neurosis de la vida del final del siglo XX en Occidente. Ha asimilado todas las posmodernas dudas y debates sobre el amor, el conocimiento, la ficción y la realidad.


Vuelvo a accionar el botón de rec, a ver si esta vez me sale mejor.


jueves, 14 de agosto de 2008

Reminiscencias de una tarde de verano


A Mallarmé le disgustó mucho cuando un autor inédito le pidió que le escribiera un texto de presentación o de apoyo para su libro. El poeta francés le dijo: "Un verdadero libro no requiere presentación, procede por flechazo, como la mujer con el amante." Y razón no le faltaba. Debo reconocer que, en la mayoría de los casos, me fascina más la historia del procedimiento que implica llegar a un libro que lo que cuenta el libro en sí. No siempre hace falta leer una reseña, seguir la recomendación de un amigo, ni leer el suplemento dominical de un periódico; sales de casa, y te encuentras, sin apenas darte cuenta, delante de un libro, solo divididos por el cristal sucio del aparador de una librería. Te quedas allí hipnotizado por una portada enigmática, aunque el autor no te suene de nada. El título conecta directamente con tu subconsciente y, la capacidad de atracción anula todos los demás libros que lo envuelven. ¿Por qué? Ahí está el verdadero arte de escribir.

Es una lástima que nadie cuente estas cosas. A menudo me resultan aburridas las reseñas literarias porque parecen que estén vendiendo un producto más que darnos una visión personal de la lectura y enriquecida por las propias experiencias personales de quien escribe. Confieso que me complacería mucho leer, de vez en cuando, la lucha en vano de un reseñista contra una mosca impertinente antes de empezar a escribir sobre el libro que quiere comentar. Nunca se sabe, quizá la mosca y el mosqueado le dé otro giro imprevisto, otro tono, otra dimensión inusitada al libro. Todo es libre de interpretación. Todo cabe en el campo de la duda que no es otra cosa que el territorio de los buenos libros.



El otro día estaba tumbado en mi cama aguantando el sofocante calor, fumando y contemplando las viejas vigas de madera carcomidas por el tiempo al son de What a Wonderfuld World, de Louis Armtrong. No corría ni una brizna de aire. Al final decidí salir a dar una vuelta. En esos momentos ni se me pasó por la cabeza que uno tiene que salir de casa a buscar los libros que lo esperan. Y mucho menos que los libros aguardan pacientemente para ser encontrados. Eran las cuatro de la tarde y las calles estaban abandonadas, arrasadas por la canícula y las plazas de imposible nivelación eran similares a los cuadros de Giorgio de Chirico. Pasé por delante de una librería y me detuve a la sombra de los soportales. Allí vi un libro titulado Un árbol crece en Brooklyn. Desconocía por completo a su autora, Betty Smith y en la faja del libro se podía leer una frase de Paul Auster, el maestro de todas las casualidades. Confieso que fue la primera vez que me quedé absorto tanto tiempo contemplando una portada, una imagen, con una niña que a la vez se mira a sí misma a través de un espejo. Vino a despertar mi letargo el frenético chirrido de una puerta metálica. Giré la cabeza y comprobé que era la dependienta de la librería que estaba abriendo el recinto con muy pocas ganas de incorporarse a su rutina. Su camiseta estaba adherida a su cuerpo empapado de sudor. Entré, hablamos del sofocante calor, compré el libro y salí de nuevo a la calle que ya empezaba a estar muy transitada debido a la apertura de los comercios. Es como cuando echas migajas de pan cerca de un hormiguero. Me senté a una mesa de una terraza y miré el libro. Volví a leer las palabras de Auster: "Un libro bellísimo de una novelista maravillosa y olvidada". Un mundo obsesionado por la actualidad, me dije, es un mundo obsesionado por el olvido. El olvido es uno de los grandes misterios del tiempo. Vivimos sumidos en un inmenso olvido , y no queremos saberlo. ¿Somos lo que leemos? 



Creo que somos igualmente lo que no leemos. La que nuestra sociedad deja en los estantes nos define al menos tanto como los libros que devoramos. Leo en la contraportada: "Cuando los periodistas le preguntaron si Un árbol crece en Brooklyn era un texto autobiográfico, la autora solía responderles que lo que ahí se contaba era su vida tal y como habría debido ser, no como realmente fue." Un libro es, curiosamente, un reflejo del lector, no del escritor. Nosotros en el fondo queremos que toda literatura sea autobiográfica. Leemos para encontrar una experiencia que hemos tenido. O queremos tener. Hay algo que falta en la vida de las personas que lee, y esto es lo que busca en un libro. El sentido es evidente, el sentido de nuestras vidas, de esa vida que para todo el mundo está tan mal hecha, tan mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben bien que podría ser otra cosa.



Leo la sinopsis y según el árbol que hace alusión la autora sólo crece en los barrios pobres de las grandes ciudades; "Algunos lo llaman el árbol del cielo. Caiga donde caiga su semilla, de ella surge un árbol que lucha por alcanzar el cielo." Pienso en el almendro, que puedo ver desde mi ventana de la periferia que crece solitario y que me apunta la transición del verano hacia el invierno que trae el frío tiempo de la desesperanza, en un solar amenazado por las fauces cada vez más cercanas de los especuladores. "Los solares están soñando altas ventanas." Gómez de la Serna.


Se acerca un camarero del este, aburrido y sofocado por el calor y le pido un cerveza bien fría con el libro todavía entre mis manos. Me ofrezco a invitarle, pero el pobre hombre me dice un tanto compungido que lo tiene terminantemente prohibido por su jefe, que está pasando sus vacaciones en la playa de Andrín, Asturias.

Cuando lea el libro, os cuento.

sábado, 9 de agosto de 2008

El Señor de los Anillos (crónica de un ocaso)




El Señor de los Anillos de J. R .R. Tolkien es una imponente obra que llevo releyéndola toda mi vida y, está lejos de que cese mi pasión por ella. El niño que fui una vez sigue estando hoy viviendo en mí, no hay un abismo. Mi infancia fue una especie de sueño construido a base de lecturas que enaltecían el mundo de las gestas caballerescas, los sublimes sacrificios y las espadas relampagueantes; la luz contra tinieblas, honor contra vileza, amistad contra odio, belleza contra fealdad, todo con un sentido del espacio y del tiempo que todavía no he querido olvidar. ¿Por qué tiene para mí tanta importancia la obra de Tolkien?



Hay en El Señor de los Anillos un definido primado de la decadencia que me parece particularmente relevante. Tanto el Bien como el Mal parecen haber generado en la Tierra Media: se hable de brujos, de paisajes, de paladines o de fantasmas, la gran obra de Tolkien es siempre la crónica de un ocaso. Los guerreros parten al combate envejecidos y fatigados, herederos de una gloriosa tradición que los abruma; en su espléndido aislamiento, los Ents (árboles) suspiran por sus hembras perdidas y se marchitan sin descendencia; incluso los elfos viven más del pasado que del presente, y el viejo rey Théoden arenga a sus caballeros para la última cabalgada. Pero también Sauron es sólo una sombra de su misma malignidad de antaño y vuelve a la lucha, tras haber sido dos veces derrotado, mutilado de uno de sus dedos, y sin el anillo en que se cifra su poder. Finalmente, víctima de una inexpugnable melancolía que rubrica su destino, los vencedores de la Guerra del Anillo se embarcan en una nave que les aleja para siempre de esa Tierra Media que ha llegado a serles misteriosamente intolerable. Tanto el Bien como el Mal, la victoria como la derrota, sufren el mismo lento pero inexorable proceso de destitución. El tiempo se rebela contra ellos, contra su posibilidad y su enfrentamiento, les zapa hasta pulverizar las imaginarias raíces que les sustentan.


De algún modo, El Señor de los Anillos transcurre en los días posteriores al acabamiento de la época áurea de todos sus personajes, tanto positivo como negativos. Sólo la burguesa sencillez de los hobbits aún no ha sido puesta a prueba, y a ella toca por un momento retomar la exhausta tradición de heroísmo, de sabiduría y de horror que ha roído hasta la médula la vitalidad de las otras razas. Sam, Merry y Pippin, que partieron de la Comarca como aniñados excursionistas de valor adolescente, vuelven crecidos, transformados en auténticos paladines de impavidez probada; pero la dorada espontaneidad de sus mejores días ha terminado y ahora sólo les queda esperar a que la muerte convierta su abrumada altivez en leyenda. En cuanto a Frodo, su contacto prolongado con el corazón mismo de la Historia no le consiente reposo ni esperanza personal: desde la sabiduría y el desarraigo, como Gandalf, como Aragorn, como el mismísimo Sauron. Para él ya no volverá a haber Comarca ni risueña entrega a las fiestas de cumpleaños.



No es difícil relacionar esta decadencia imaginaria con el ocaso del mito de la verde Inglaterra preindustrial imperial de la que saldrá triunfante, pero con heridas necesariamente mortales. Pero no sería justo ni suficiente rebajar El Señor de los Anillos a un especie de alegoría antiprogresista, lo que indudablemente también es. No obstante, he creído ver el fin último en esta magistral obra: lo que ha decaído es realmente el cuento mismo de hadas, esa soleada patria del sentido común, y Tolkien lo elevó a su más alto exponente, así lo constata, frutos de una fabulación periclitada, y sumamente hermosa. Los entrañables personajes de la Tierra Media viven el ocaso de la concepción mágica y estética que les hizo nacer, que me hizo crecer, y esta es la razón por la que debo releerla, para que no mueran del todo. Para que no muera el niño.


domingo, 3 de agosto de 2008

Un prodigio de la imaginación



Cuando en el prólogo de la película el pequeño Alexander mueve minuciosamente las figuras inanimadas de su teatro podemos comprender que tal hecho no es sino una premonición de lo que a continuación va a tener lugar; es decir, el inicio evidente de que nos disponemos a asistir al desarrollo de una fastuosa representación dramática, dividida, como en las piezas de corte clásico, en cinco actos perfectamente ideados y estructurados, a los que habrá de añadirse un epílogo, a modo de apéndice exculpatorio al desenlace final. De esta forma, el itinerario teatral se convierte en la película de Bergman en el ejercicio esencial, por el que transcurren y acontecen cuantos elementos dan sentido y consistencia a la trama argumental.

A partir de tal circunstancia no es posible considerar el carácter realista de Fanny y Alexander (1982), aun cuando prevalezca una determinada inclinación descriptiva y una decidida voluntad por ofrecer de cada personaje su particular acentuación tipológica. Pero todo ello forma parte engañosa de lo que no es sino una creación escénica de los mitos, sueños y obsesiones del propio Bergman, que acaba de este modo convirtiéndose en la divinidad suprema que maneja a su antojo a los intérpretes que dan vida a su texto dramático, en gran medida como Alexander acciona sus pequeñas marionetas de cartón. Tal vez la aparente similitud entre uno y otro venga determinadamente por el consciente interés del realizador sueco por prolongar su espíritu temeroso y fantástico en la secreta personalidad del joven protagonista del filme.

De tal modo, Fanny y Alexander acaba ciertamente por convertirse en la dramatización, real y ficticia a un mismo tiempo, de la infancia espiritual de Bergman. Para ello, de una parte, añade una veraz concreción de datos que se corresponde fielmente en los de su historia biográfica: el marco ambiental de Upsala, ciudad natal del realizador; el clima teatral que se respira casi obsesivamente; la figura del judío Isak Jacobi; la edad misma de Alexander, diez años, que se remonta a la que Bergman tenía cuando despertó al juego de la imaginación a través de los primeros artilugios cinematográficos; la existencia incluso de la pequeña Fanny, igualmente presente en la vida de aquél. Pero, de otro lado, la película sintetiza, junto a esta serie de elementos de carácter concreto, actitudes emocionales que han definido la trayectoria vital de este gran cineasta, lo que es decir su propia aventura teatral y cinematográfica.

En tal sentido, la película tiende a ser una continua dialéctica entre pasiones o sentimientos opuestos, entre modos distintos de entender el acto irrepetible de la vida, entre la consciente voluntad de ser libre por medio del ejercicio de la imaginación y el deseo de encadenarse a todo en virtud de una ciega y severa actitud existencial.

Este filme, por tanto, se representa la luz que hace resplandecer la felicidad, simbolizada en la familia Ekdahl, y el oscurantismo fantasmal y sombrío, que provoca la crueldad del obispo Vergerus; la sensación de angustia terrible que es capaz de desencadenar la muerte (fallecimiento del padre de Alexander) y de dicha liberadora (fallecimiento del obispo); la hermosa dimensión que construye el universo de lo fantástico (la linterna mágica y el teatro de Alexander, los trucos de magia de Isak Jacobi) y el cruel espacio en el que habita la representación misma del orden rígido y las reglas de conducta inamovibles (palacio donde vive Vergerus, semejante a una cárcel inexpugnable). En definitiva, Fanny y Alexander quiere ser una decidida apología del poder de la imaginación y una feroz crítica hacia quienes se empeñan en conquistar las pesadillas y no los sueños, el tiempo controlado y no lo intemporal, el mundo oscuro y cerrado y no el firmamento estelar y abierto.

Es una obra excepcional en la que se haya resumido con tanta emoción su decidida pasión por la vida, siempre entendida como un perfecto juego dramático que ha de representarse, tal vez, en un pequeño escenario como el que posee Alexander.