
O será simplemente que estamos fatigados.
Gil de Biedma
Suena el despertador. Son las siete de la mañana. Abro los ojos y me levanto de la cama con la mirada perdida, apenándome de recobrar mis pensamientos. Miro por la ventana y el panorama es de lo más desolador. La soledad como una terraza deshabitada, la paleontología del ladrillo que se descarna, la lepra paciente del tiempo, el primor antiguo y llagado de un edificio donde habitan tantos olvidos. El ascensor que no lleva a ninguna parte y este infiel otoño poniendo su milagro inútil en una antena de televisión, en un tendero de ropa, en todo, en ese desolado todo que compone una nada. Me viene a la memoria el caso del poeta barcelonés Apel·les Mestres que un día subió a la terraza de su casa y se encontró tan cómodo, que se quedó allí durante muchos años. Cuando salió se encontró con los tranvías eléctricos circulando por las calles. Me fascina la idea de un poeta perdido en una terraza.
El día apunta la rígida y anodina cotidianidad de lo que convenimos en llamar una vida normal. Veo en el cielo las estelas de condensación de un reactor. Recuerdo aquel aburrimiento del poeta Álbaro de Campos que desde su ventana miraba perplejo el mundo todas las mañanas y decía que su corazón era "un cubo vaciado". Sí, nos aburrimos ya unos de otros, nos cansamos, nos hartamos de las situaciones cotidianas, llenas de intuiciones y matices, en las que nada sucede y si algo acontece suele ser trivial e intrascendente. Como decía otro poeta: "ya nada se espera exaltante." No hay más que cansancio de la vida y aborrecimiento de la dimensión creadora del hombre. La pesadilla de la sociedad moderna, prisionera de sí misma, que finalmente expresa tan sólo su necesidad de dormir. Asistimos impotentes a los desafueros de un mundo envilecido, orgullosamente necio, arrogante y rapaz. En ningún momento nos sentimos liberados de las contingencias lógicas. Nos hemos convertido en seres absurdos sometidos a la lógica de la razón; una pieza más del mecanismo tenaz de los días. Somos tan superficiales, tan vanos, que casi nunca diferenciamos una conducta de una vida. ¿Quién no se siente preso en este sistema arbitrario y cada vez más limitativo? Vivimos bajo el cielo de la ambición, de seres inconsolables, ebrios de deseo y alimentados por la vanidad, de ridículos hábitos sociales a lo que hemos de venerar. Dice Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: "Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida. Son los días acreedores, los que llegan para llevarse algo y no poder dejarnos algo. Les tiro entonces las puertas en las narices, como a cualquier vendedor de pacotilla o como a esos viejos conocidos que nos caen de improviso para que les firmemos un manifiesto o para reavivar una amistad ya extinguida. Días sellados, muertos, transcurren fuera de nuestra vida y nos confinan a la cavilación y al silencio. Pero a ellos les debemos quizá lo mejor de nosotros."
Dice un verso de Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Nos lo promete, pero nada más. En realidad, parece que empieza el mundo pero no empieza nada. Cada amanecer tiene algo de rectificación de toda la historia anterior a la humanidad y del planeta. Pero luego nada. Vivimos de principios, somos menesterosos de principios, de orígenes, de amaneceres, de deslumbrantes comienzos. Somos primitivos con ordenador. Basta con ponerse horizontal en la cama para que todos los verticalismos de la vida se vengan abajo. Basta con tenderse boca arriba para que nada importe nada. Con qué rapidez puede uno empobrecerse y venir a menos. Que deprisa se desmoronan los cimientos al parecer sólidos de la propia existencia. Que larga marcha jalonada de caídas. Que época indolente y llena de dolorosos errores. Suspensos y encantados, esperando sin esperanzas y temiendo sin saber de qué tememos. No somos conscientes de lo que hacemos, y cada vez comprendemos menos. La verdad, nadie suele creerla. Ni siquiera sabemos para que nos sirve.
Don Pío Baroja se lo decía a las visitas en sus últimos tiempos: "Lo único que me interesa es dormir, dormir todo el tiempo posible." Hoy me siento como K, el personaje de El proceso de Kafka, que sólo tenía ganas de descansar. Decido no acudir al trabajo. Hay días que no deberíamos levantarnos de la cama y hoy es uno de ellos. Antes de entornar la ventana para seguir durmiendo contemplo una nubecilla que pasa. "Cuando el espacio sin perfil resume como una nube su vasta indecisión a la deriva, ¿dónde la orilla?" Jorge Guillen.
La vida es sólo esa vuelta que damos en la cama, entre sueño y sueño, o dentro del mismo sueño. La vida es un cambio de postura en la gran siesta de la eternidad.





