lunes, 29 de septiembre de 2008

POEMAS EN EL CIELO


O será simplemente que estamos fatigados.
Gil de Biedma



Suena el despertador. Son las siete de la mañana. Abro los ojos y me levanto de la cama con la mirada perdida, apenándome de recobrar mis pensamientos. Miro por la ventana y el panorama es de lo más desolador. La soledad como una terraza deshabitada, la paleontología del ladrillo que se descarna, la lepra paciente del tiempo, el primor antiguo y llagado de un edificio donde habitan tantos olvidos. El ascensor que no lleva a ninguna parte y este infiel otoño poniendo su milagro inútil en una antena de televisión, en un tendero de ropa, en todo, en ese desolado todo que compone una nada. Me viene a la memoria el caso del poeta barcelonés Apel·les Mestres que un día subió a la terraza de su casa y se encontró tan cómodo, que se quedó allí durante muchos años. Cuando salió se encontró con los tranvías eléctricos circulando por las calles. Me fascina la idea de un poeta perdido en una terraza.
El día apunta la rígida y anodina cotidianidad de lo que convenimos en llamar una vida normal. Veo en el cielo las estelas de condensación de un reactor. Recuerdo aquel aburrimiento del poeta Álbaro de Campos que desde su ventana miraba perplejo el mundo todas las mañanas y decía que su corazón era "un cubo vaciado". Sí, nos aburrimos ya unos de otros, nos cansamos, nos hartamos de las situaciones cotidianas, llenas de intuiciones y matices, en las que nada sucede y si algo acontece suele ser trivial e intrascendente. Como decía otro poeta: "ya nada se espera exaltante." No hay más que cansancio de la vida y aborrecimiento de la dimensión creadora del hombre. La pesadilla de la sociedad moderna, prisionera de sí misma, que finalmente expresa tan sólo su necesidad de dormir. Asistimos impotentes a los desafueros de un mundo envilecido, orgullosamente necio, arrogante y rapaz. En ningún momento nos sentimos liberados de las contingencias lógicas. Nos hemos convertido en seres absurdos sometidos a la lógica de la razón; una pieza más del mecanismo tenaz de los días. Somos tan superficiales, tan vanos, que casi nunca diferenciamos una conducta de una vida. ¿Quién no se siente preso en este sistema arbitrario y cada vez más limitativo? Vivimos bajo el cielo de la ambición, de seres inconsolables, ebrios de deseo y alimentados por la vanidad, de ridículos hábitos sociales a lo que hemos de venerar. Dice Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: "Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego terminantemente a recibirlo. Hay algo en él de turbio, de solapado, de mezquino, de hipócrita que me impide darle cabida. Son los días acreedores, los que llegan para llevarse algo y no poder dejarnos algo. Les tiro entonces las puertas en las narices, como a cualquier vendedor de pacotilla o como a esos viejos conocidos que nos caen de improviso para que les firmemos un manifiesto o para reavivar una amistad ya extinguida. Días sellados, muertos, transcurren fuera de nuestra vida y nos confinan a la cavilación y al silencio. Pero a ellos les debemos quizá lo mejor de nosotros."

Dice un verso de Borges que todo amanecer nos finge un comienzo. Nos lo promete, pero nada más. En realidad, parece que empieza el mundo pero no empieza nada. Cada amanecer tiene algo de rectificación de toda la historia anterior a la humanidad y del planeta. Pero luego nada. Vivimos de principios, somos menesterosos de principios, de orígenes, de amaneceres, de deslumbrantes comienzos. Somos primitivos con ordenador. Basta con ponerse horizontal en la cama para que todos los verticalismos de la vida se vengan abajo. Basta con tenderse boca arriba para que nada importe nada. Con qué rapidez puede uno empobrecerse y venir a menos. Que deprisa se desmoronan los cimientos al parecer sólidos de la propia existencia. Que larga marcha jalonada de caídas. Que época indolente y llena de dolorosos errores. Suspensos y encantados, esperando sin esperanzas y temiendo sin saber de qué tememos. No somos conscientes de lo que hacemos, y cada vez comprendemos menos. La verdad, nadie suele creerla. Ni siquiera sabemos para que nos sirve.
Don Pío Baroja se lo decía a las visitas en sus últimos tiempos: "Lo único que me interesa es dormir, dormir todo el tiempo posible." Hoy me siento como K, el personaje de El proceso de Kafka, que sólo tenía ganas de descansar. Decido no acudir al trabajo. Hay días que no deberíamos levantarnos de la cama y hoy es uno de ellos. Antes de entornar la ventana para seguir durmiendo contemplo una nubecilla que pasa. "Cuando el espacio sin perfil resume como una nube su vasta indecisión a la deriva, ¿dónde la orilla?" Jorge Guillen.
La vida es sólo esa vuelta que damos en la cama, entre sueño y sueño, o dentro del mismo sueño. La vida es un cambio de postura en la gran siesta de la eternidad.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

LA BROMA INFINITA


A la memoria de David Foster Wallace



Acabo de enterarme, a través del blog de mi amigo Miguel Sanfeliu, que ha fallecido el escritor norteamericano David Foster Wallace. Todavía no he salido de mi consternación. Wallace ha significado para mí toda una fuente de inspiración y fue uno de los escritores más influyentes de los últimos tiempos y, uno de los principales representantes de la nueva generación llamada Next Generación. Wallace es mayormente conocido por sus magníficos relatos, todos ellos publicados por Mondadori Debolsillo. Su punto de vista es irónico y nihilista. Sus historias están ambientadas en una naturaleza ambivalente del derrumbamiento nervioso, las tensiones de la vida privada como de su angustia ante la difícil y atormentada situación del mundo en general. Para Wallace, nuestra especie es una raza degenerada y en regresión. No tenía un alto concepto de los seres humanos, ni de lo que cabe esperar de ellos. Para él el camino de la civilización ha desembocado en una sucesión de masacres que no parece tener fin, y cada idea, cada principio, tiende a transformarse en una mitología irracional, paradigma del aislamiento, la enajenación y la falta de identidad del hombre contemporáneo, la desesperación cósmica de una época que pone en duda no sólo ya el sentido de la existencia sino incluso su misma realidad. Por sus historias circulan hombres y mujeres corrientes, anónimos, mal casados o solitarios de vidas grises, sin ninguna peripecia ni expectativas, aferrados a hijos o colgados de algún sueño que raramente se cumple. Hombres y mujeres de nuestros días, confusos, erráticos, que basculan entre la angustia y la decepción, en la vida de cuales explotan bajo un momento de luz, una ilusión, el deseo de una improbable felicidad. Wallace fue un cínico y despiadado observador del género humano como espectáculo cómico y desagradable, un manipulador de la elasticidad de la lengua para poner de manifiesto las mofas y los pasos en falso de la existencia. Leyéndole, uno llega a la conclusión, que ya es mucho, que sobre nuestras propias ruinas hemos llegado a saber quiénes somos. Así, en lo tocante a lo que llegaremos a ser, lo tenemos todo por hacer.

De entre sus obras, yo prefiero su monumental novela La broma infinita (1996), considerada una de las 100 mejores novelas publicadas en inglés desde 1923.
¿Por dónde empezar con una novela que contiene unas mil páginas, de las cuales las últimas noventa y seis son trescientas ochenta y ocho notas a pie, rigurosísima pero también tremendamente divertidas?
Ambientada en un futuro próximo, La broma infinita es el título de una película dirigida por el inconformista y vanguardista James O. Incandenza, que resulta ser tan divertida que el espectador acaba muriendo en un estado de descontrolada hilaridad. Cuando la película y su director desaparecen sin dejar rastro, una retahíla de individuos siniestros, agencias gubernamentales y gobiernos extranjeros intentan seguirles la pista; el caos que se desencadena después nos lleva a una clínica de rehabilitación para drogadictos de Boston y a la Academia de Tenis de Enfield: dos escenarios que aportan dos puntos de focalización distinta del texto. Uno permite a Wallace explorar la centralidad de la acción en la cultura de consumo y el lugar de los narcóticos ocupan en dicha cultura. El otro es una visión extraordinaria de una escuela de deporte enrarecida que produce niños para una industria que acabará rechazando a la mayoría de ellos.
La broma infinita ataca de forma satírica e implacable las predilecciones vacuas de la cultura norteamericana contemporánea y las expone sin el menor recato. Con una imaginación desbordante, gran originalidad lingüística (el autor impartía talleres de literatura en el Pomona College) y cuajada de detalles extravagantes y jocosos. Esta sería la obra que uno podría llevarse a una isla desierta, quizá, para alejarse de esa broma infinita que es la vida; broma de la cual David Foster Wallace no pudo escapar.

Según los últimos datos oficiales, Wallace falleció el viernes pasado a la edad de 46 años. Su esposa llamó a la policía el viernes por la noche, diciendo que al regresar a su casa había encontrado a su esposo ahorcado.

Termino de redactar este post a las dos de la madrugada. Apuro mi último cigarrillo. La vida es una broma imposible de descifrar.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

EL BARCO Y LA ROSA




El tiempo no existe, al menos tal y como nos han enseñado a creer en él. Creo que el tiempo es lo que uno hace. A veces llegas demasiado pronto a una cita, y uno decide hacer tiempo. Entras en un bar, tomas un café, lees el periódico, das la vuelta a la manzana, más escaparates, ves pasar la gente. Esa es la materia del tiempo: acciones anodinas, repetidas e incongruentes que uno ejecuta antes de la cita con la muerte, puesto que al punto de encuentro con ella siempre se llega con toda una vida de antelación. El mundo está constituido por una trama de actos ínfimos, llenos de belleza y maldad, que forma el polvo que respiramos. Lo malo, o lo bueno, que tienen los momentos importantes de tu vida es que casi nunca te enteras de que lo son. El tiempo se ha convertido en una catástrofe perpetua, irreversible. Nada sobrevive al tiempo en el que esperábamos el sentido. Estamos sometidos al tiempo; y, sin embargo, somos por naturaleza ajenos a él, y lo es hasta el punto que la idea de felicidad eterna, unida a la del tiempo, nos fatiga y horroriza. Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo.
Lo cierto es que el siglo XX fue el que aceleró el tiempo, el siglo en el que todo se convirtió en instantáneo, y sin saberlo, como todos los genios, Marcel Proust tuvo la intuición adecuada: "El recuerdo de determinada imagen no es más que el pesar por cierto momento; y las casas, los caminos, las avenidas son huidizas, por desgracia, como los años." Hoy nadie tiene el tiempo suficiente para leer a Proust; ávidos y acelerados de tantos olvidos. Sus libros se encuentran relegados en la parte más inaccesible de los estantes de un tiempo perdido, de un tiempo sepultado por los estratos de otro tiempo que corre raudo, atravesándonos por una poderosa, incesante y mortal corriente, cuando Proust levantó su castillo de naipes de siete volúmenes para decirnos que la literatura sirve también para recuperar el tiempo de la lectura.

Cualquier sitio es el paraíso con sólo parar el reloj. Cualquier habitación es eterna con sólo desalojar de ella el tiempo. Proust se encerró durante años en una habitación propia para salvar el tiempo perdido. Allí escribió la novela más grande de todos los tiempos, solitario y enfermo, con el original desbarajustado, buscando los folios debajo de la cama. Pero todos los que le hemos leído sabemos que el tiempo perdido no lo encontró nunca, nunca lo recobró, aunque finalmente trate de demostrarnos que sí. Leyendo a Proust uno no deja de preguntarse si hemos apostado testigos para que nos informe de la existencia cotidiana de esos lugares una vez abandonados.

He querido ver, cada vez que vuelvo a su monumental obra, que para Proust no hay más que una filosofía: la de los momentos únicos. Consumir las posibilidades del momento, aprovechar los instantes, el minuto que se va. Habría que señalar su otra dimensión magna, mucho más aprovechada por la literatura posterior: la facultad de parar el tiempo novelesco. Proust mirando el mar a través de un rosal, descubre el tiempo infinito que tarda un barco en lontananza en pasar de una rosa a otra. Esta imagen me parece tan representativa como la del té, o muchas otras. La imagen del té nos da la dimensión de Proust hacia el pasado. La imagen del barco y la rosa nos da la dimensión de Proust viviendo el presente, su capacidad de identificar el tiempo que está fluyendo. Se ha insistido mucho en el descubrimiento y la memoria por parte de Proust, pero era un poco de tiempo en estado puro lo que buscaba el autor a través de sus páginas. Eso es lo que yo busco.

Proust nos enseñó para siempre que el tiempo no existe. Que tenemos todas las edades de nuestra vida hasta nuestra muerte, y, en la mayoría de los casos, en nuestros recuerdos no aparece nuestro pasado, sino otro presente nuestro que ignoramos. Nuestros recuerdos son inciertos y el pasado que fue difiere muy poco del pasado que no fue. Sólo depende de nosotros elegir el minuto que preferimos y, al zambullirnos en él nos parece una oleada con destino desconocido.

jueves, 11 de septiembre de 2008

MI GRAN EVASIÓN (Un recuerdo)


"El cine nos dio la medida de nuestra miseria, de nuestra vida, de todo lo que no éramos."
Francisco Umbral



Corrían los años del tardofranquismo en una provincia de tedio y plateresco. En la provincia teníamos cinco cines de reestreno. Las películas llegaban con un retraso, a veces, hasta de treinta años, pero no nos importaba. Se apagaban las luces y descubríamos el cine como si fuera la primera vez. Las películas eran una esperanza que cumplían su cometido. En mi ciudad, con sus cines, hoy desaparecidos, apenas necesitaban sus habitantes ir al psiquiatra. Viajábamos siempre a través del tiempo y moríamos menos. Por aquel entonces, descubrimos que todo sucedía siempre la primera vez en la pantalla. Era como una especie de condena de lo eterno. Ni la muerte ni el tiempo existían para el cine. Los sentimientos no son el lugar donde vivimos, sino donde soñamos, y la eternidad dura lo justo.
Yo iba siempre solo al cine, costumbre que todavía conservo, huía de la provincia aburrida y previsible, sin el más pequeño detalle de gracia, sin demasiada grandeza, en la que todos, como el caracol, vivían inmersos en su propia insignificancia. Huía del triste y cruel colegio, de la familia ahogada y de la luz mortecina de las farolas municipales. ¿Acaso no descubrimos con el tiempo que todo es una evasión constante de un realismo insoportable, siempre copia testaruda de la vida? ¿Acaso no dejamos la casa de nuestros padres, luego, a veces, la casa de nuestro primer matrimonio, y siempre experimentamos la misma pena, la de sentirse, de una vez por todas, huérfanos, y nos volvemos a encontrar delante de una pantalla de cine?

Llegó La gran evasión (1963), cuando yo tenía trece años. Las cortinas se abrieron majestuosamente y la vida en Cinemascope inundó la sala con la música del gran Elmer Bernstein y los 173 minutos de duración de la película cambiaron mi vida. Siempre he creído que una falta de aviso a tiempo puede marcar el rodal de toda una vida.
La gran evasión es un filme hábilmente dirigido por el siempre competente John Sturges. Creo que este director merece un mayor reconocimiento. El filme está inspirado libremente del libro de Paul Brickhill, basado en hechos reales. Es una verdadera antología de los numerosos clichés cinematográficos establecidos por las películas inglesas sobre prisioneros de guerra de los 50, con la diferencia de que fue realizada con todos los medios y toda la espectacularidad propios del cine norteamericano. Su reparto de actores fue todo un vehículo para el lucimiento de sus estrellas y la película está brillantemente organizada. James Garner interpreta a un eficaz granuja, Hendley, una versión humanizada de Sefton (William Holden) en Traidor en el infierno (1953) de Billy Wilder. Pone su "almacén general" al servicio del intento de fuga, utilizando sus habilidades comerciales para engañar a un tímido y estúpido alemán llamado Werner, aterrorizado ante la idea de ser enviado al frente ruso.
La creciente lealtad de Hendley hacia el debilitado y casi ciego Blythe (Donald Placence) le convierte en el típico hombre frío y aparentemente cínico, pero de gran corazón. El Danny Volisnki (Charles Bronson), todo músculos, pero con una mentalidad claustrofóbica y neurótica, representa la conciencia de los espectadores. Sedgwick (James Coburn) ofrece una irresistible imagen de eficacia y estoicismo, y es uno de los pocos que logran salvarse. Sin embargo, el gran protagonista de esta magistral obra, es sin duda alguna Steve McQueen como Hits, el testarudo e independiente norteamericano, cuya personalidad contrasta fuertemente con la del rígido y ordenancista Bartlett, interpretado magistralmente por Richard Attenborough. Este llega al campo de concentración precedido de la reputación de luchador indomable y hombre de una pieza; pero a pesar de ser él quien dirige la operación de fuga, la tensión del filme gira casi siempre en torno a la figura de Hits, aunque no participa activamente en la preparación de la huida, pues se pasa la mayor parte del tiempo castigado en la nevera. Recuerdo cuando hice el despreciable servicio militar, fui ingresado varias veces en el calabozo por insubordinación al alto mando militar. Me dirigía a mi encierro escoltado por dos pringados, y, os puedo asegurar que caminaba como McQueen, pero no hubo nadie que me arrojara un guante y una pelota de béisbol. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos.
Según se cuenta, McQueen fue quien ideó la espectacular huida final en moto. El actor siempre sintió una gran fascinación por las carreras. ¿Otra huida?

Se cierran las cortinas de antaño, cuando en mis ojos todavía persiste un recuerdo que no quiero olvidar.

(Un guiño para Alfredo)

lunes, 8 de septiembre de 2008

BABEL

La gran biblioteca de Alejandría, que floreció durante novecientos años (desde el 300 a. C. aprox. hasta el 642 d. C.), constituía un depósito de "los libros de todos los pueblos del mundo". Los historiadores estiman que la biblioteca contenía un número de rollos de papiro que podría oscilar entre 300.000 y un millón. La colección era única en el mundo antiguo y resulta impresionante pensar que todos sus libros estaban copiados a mano en una época en la que había muchísimo menos lectores y escritores que ahora. Durante casi 1.800 años, ninguna otra biblioteca poseyó una colección superior. El final de la biblioteca de Alejandría, tras varios siglos de saqueos y asedios, llegó en el año 642, cuando los ejércitos del califa musulmán Omar conquistaron la ciudad. El califa ordenó que se distribuyeran los libros de la biblioteca por las casas de baños, donde fueron quemados para calentar las aguas. Costó seis meses quemarlos todos.


Todo esto me vino a la memoria el otro día cuando leí en un periódico que Google digitalizará 300.000 volúmenes de las bibliotecas de Cataluña. Que en un futuro se podrá encontrar en Internet una bastísima biblioteca es sin duda una buena noticia aunque estremece la magnitud de las cifras. ¿Cuántos libros habrán en la red de aquí a cincuenta años? Según el matemático alemán Kurd Lasswitz (1848-1910), autor de la Biblioteca Universal (1901), calculó la combinación de caracteres de números posibles de libros. El resultado que obtuvo es de un uno seguido por dos millones de ceros, una cifra difícil de concebir. No obstante, el auténtico problema radica en el hecho que éstos, perdidos en el marasmo de Internet, consigan encontrar al lector y que, por tanto, sobreviva la lectura. Dice J. L. Borges en La biblioteca de Babel: "Puede ser que me engaña la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana está para extinguirse, y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútiles, incorruptible, secreta".
Una bella imagen, pero terrible.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

MR. ARKADIN

Somos conscientes de la falta de acabado de Mr. Arkadin (1955), de Orson Welles, y esperamos que alguna vez con más sosiego, mayor aparato crítico y una consulta profunda de material literario que Welles no pudo llevar al guión, podamos adentrarnos con audacia en una película en la que los partidarios encontramos fragmentos maravillosos del maestro y a la que los detractores despachan en dos palabras. Pero la historia del arte está llena de obras palpitantes que no tuvieron por diversos motivos el acabado que sus autores lucharon por darles.

Forjado para interpretar reyes, todo personaje escrito, interpretado y dirigido por Welles, es una imagen de poder, de dominio, y este Arkadin, de oscuros orígenes, representa al hombre respetado y temido cuyo primer millón nunca podría explicar su actual poder. A diferencia de Kane, cuya soberbia se basaba en unas fortunas heredadas, el presunto armenio procede del lado más oscuro del hampa. En la acumulación de dinero por medios primero inconfesables y luego despiadados, lo que le convierte en un ser ante el que todos se inclinan. Es, pues, natural que esta historia de horribles crímenes no tenga otro objeto que, como en la mayoría de los hombres llegados desde la humildad a la ensoberbecida cumbre, borrar las huellas de lo que tuvieron que hacer para escapar a la condición de miles de millones de seres que nacen, viven y mueren en la desesperación, las tribulaciones y la más irrespirable pobreza
Aquí Welles no nos refleja la corrupción de una clase política. Las peripecias individuales que llevan al crimen en busca de un sustancioso dividendo o un deseo que parece irrefrenable. Lo que retrata Mr. Arkadin es un viejo continente en crisis que ha cambiado su sistema de valores y pretende vivir de los goces materiales que puede proporcionar el dinero. En el proyecto escrito la variedad de tipos era mucho mayor y los anclajes en la historia de Europa de la primera mitad del siglo veinte mucho más firmes.

El bisturí rasgaba las entrañas de un continente en otro tiempo afincado en un orden de cosas donde, pese a las tremendas injusticias, las gentes mantenían unas creencias. Arkadin sabe que su dinero le permite comprar todo, precisamente porque todo está en venta. Y en ese puzzle que el montaje iba a ampliar de no habérsele quitado la película de las manos, el mosaico europeo se mostraba con una ferocidad que trascendía los microcosmos individuales que suelen aparecer con toda su crueldad en los mejores ejemplos del cine negro.
Las atrocidades no procedían de los sicarios a sueldo sino que era consecuencia directa del poder generado por el dinero. No se trataba de limpiar la imagen, de crearse una biografía respetable. ¿Quién acumula una enorme fortuna sin haber sofocado antes su propia conciencia? ¿Quién es capaz de asesinar a sangre fría sin haber alcanzado un alto grado de animalidad? El filme se adelantaba a un final de siglo donde los medios son grandes cortinas de humo que ocultan sistemáticamente la verdad, donde Arkadin sería uno más del enorme nido de víboras donde ya no hay que borrar el pasado porque el culto al poder y a los desmanes hace de esos tipos el espejo donde se miran los jóvenes con ambiciones y deseos de hacer de ésta una vida para siempre. En unos medios donde aparecen sin pudor y sin crítica profunda los desaprensivos, donde la sociedad no les hace el vacío, dando el poder que les otorga el dinero. Y teniendo el alto consumo como guía y ninguna inquietud espiritual-y cuando la hay es puramente externa, farisaica-¿qué falta les haría hoy a los Arkadins del 2000 cometer más crímenes que los que les puedan reportar beneficios materiales, nunca morales como el de que una hija no conozca un pasado infame?

En ese sentido Welles se adelantó-como fue habitual en él-y nos mostró el gran problema que se avecinaba. Todos son parabienes para los enriquecidos por cualquier medio, pero la gran prueba sigue siendo que todo poderoso explique el origen de su fortuna, sobre todo los primeros millones, allí donde han de remangarse para caminar por el lodo.