¡Watson! ¡La partida continúa!
Sherlock Holmes

He redactado este post antes de que se estrene otra película de una de mis grandes adicciones: Sherlock Holmes. No es mi deseo criticar las películas, las series televisivas ni a los cómics dedicados al detective más famoso de todos los tiempos, ¡menudo trabajo tendría! y, como soy muy perezoso me quedo plácidamente en la inmortal obra literaria, que por otra parte, es lo más correcto, así evito todas esas chorradas, como lo de "elemental querido Watson" y tantas cosas inexistentes en la obra.
Sir Arthur Conan Doyle era un médico escocés que se aburría en su consulta. La cosa no marchaba especialmente bien, así que para matar el tiempo y completar sus ingresos, inventó a Sherlock Holmes. En 1887 Doyle terminó la primera historia protagonizada por el detective; Estudio en escarlata. No se la quiso publicar nadie. Pero cuatro años más tarde, cuando hizo que su detective se despeñase por las cataratas de Reichenbach, en Suiza, Holmes eran tan popular que los lectores protestaron enérgicamente y el autor tuvo que resucitar al personaje. Entre 1887 y 1927 se publicaron en total cuatro novelas y cincuenta y cuatro relatos. Desde su primera obra, reviste un interés especial en términos históricos. Por primera vez, las ciudades europeas habían crecido hasta el punto de que se hacía imposible conocer más que a un pequeño porcentaje de sus habitantes. No obstante, el Londres representado en estas historias intenta resistirse a la idea de que la ciudad es sublime y demasiado grande para que una persona pueda abordarla en su totalidad. Holmes y Watson representan el remedio burgués de Doyle para la expansión aterrorizadora y aparentemente inacabable de la civilización urbana e industrial del siglo XIX.
Sherlock Holmes es un genio de la criminología: con la vista de águila y de proceder insobornable y lógico de una máquina de pensar, resuelve cada caso por difícil que sea. Por esa razón, su colega Lestrade de Scotland Yard, siempre superado por las circunstancias, es un huésped habitual en el famoso domicilio londinense situado en Baker Streed 221b.
Holmes es un excéntrico de primera clase. Cuando no está ocupado con sus casos detectivescos, realiza en su laboratorio experimentos con malolientes sustancias químicas o toca el violín. También se dedica a escribir extraños libros sobre las ciento cuarenta formas que puede adoptar la ceniza, la de cigarros y la de cigarrillos. Holmes domina varios deportes de lucha: boxeo, esgrima y una técnica asiática llamada baritsu. En casa viste una bata, pero su indumentaria más conocida es su capa de tweed y, sobre todo, su sombrero deerstalker (gorro de cazador de ciervos). Los accesorios de Holmes son su lupa y su pipa. Pero el detective tiene un vicio. Y es tan grave que resulta comprensible que todas las películas sobre Holmes lo omitan. En efecto, el detective es cocainómano.

El método que utiliza Holmes para resolver todos sus casos se basa en una triple combinación: sabiduría, observación y puesta en practica de una sucesión de conclusiones lógicas. En primer lugar Holmes posee grandes conocimientos de todo tipo. Siempre sabe todo aquello que puede resultar útil a la hora de aclarar un misterio. En segundo lugar, Holmes defiende que nada es lo suficientemente nimio como para carecer de importancia. Hay que prestar atención a todos los detalles,por pequeños que sean, ya que pueden ser de suma importancia para la investigación. En tercer lugar, Holmes no saca conclusiones hasta que no tiene una visión exacta de la situación.
Ninguna descripción de Holmes sería completa sino se menciona a su amigo, el Dr. Watson, y, esta es la parte que más me interesa de la obra de Doyle. El lector comparte con Watson el increíble asombro que provocan las facultades de Holmes, que parecen producto de la clarividencia, pero que finalmente se revelan fruto de la más pura lógica. El dúo de investigadores integrado por un genio omnisciente (Holmes) y un lúcido asistente (Watson) se ha convertido en un modelo clásico: uno de los personajes ve y sabe todo, y por eso lo admiramos. La segunda figura ve y sabe tan poco como nosotros pero, gracias a sus preguntas, vamos descubriendo gradualmente todo lo que habíamos pasado por alto. Conocemos este reparto de papeles de innumerables novelas policíacas y de suspense. Por poner a algunos ejemplos: El nombre de la rosa, de Umberto Eco, en los personajes de William de Baskerville o Adso de Melk, entre otros.
Créase o no, las historias de Sherlock Holmes leídas hoy, en el siglo XXI, constituyen una puesta en escena especialmente gráfica de la teoría del conocimiento. No es fácil comprender qué relación hay entre la novela negra y la teoría del conocimiento, pero este esfuerzo es el precio que se paga para poder leer novelas policíacas con la conciencia
tranquila. La teoría moderna del conocimiento afirma que toda percepción va acompañada de un punto ciego. En otras palabras, no existe el ver sin el no ver. Justamente este punto nos conduce a la pareja de Holmes y Watson: el genio de Holmes va seguido del ignorante Watson, que representa su constante punto ciego. No existe uno sin el otro o, expresado de otra forma, no hay conocimiento sin ceguera.
Créase o no, las historias de Sherlock Holmes leídas hoy, en el siglo XXI, constituyen una puesta en escena especialmente gráfica de la teoría del conocimiento. No es fácil comprender qué relación hay entre la novela negra y la teoría del conocimiento, pero este esfuerzo es el precio que se paga para poder leer novelas policíacas con la conciencia
tranquila. La teoría moderna del conocimiento afirma que toda percepción va acompañada de un punto ciego. En otras palabras, no existe el ver sin el no ver. Justamente este punto nos conduce a la pareja de Holmes y Watson: el genio de Holmes va seguido del ignorante Watson, que representa su constante punto ciego. No existe uno sin el otro o, expresado de otra forma, no hay conocimiento sin ceguera.Os dejo, amigos, para volver a Baker Steet 221b y fumarme un buen cigarro junto a Holmes y Watson sin que nadie me lo prohíba, cuando todavía sabe uno un poco de sí mismo y casi nada del mundo. Y como dice Holmes: "¡La partida continúa!".
Imagen del centro: Mi colección de las obras completas de Sherlock Holmes en una edición insuperable de la editorial Orbis del 1987 forrada con tela de tweed.











