
El gran novelista Juan Marsé se definió en una entrevista de esta manera: "Ceñudo, maldiciente,tiene la pupila desarmada y descreída, escéptico los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón de la memoria."A Marsé acaban de concederle el Premio Cervantes, pero nunca le cedieron una de esas sillas carcomidas de la Real Academia, como tampoco se la cedieron a Javier Marías, Soledad Puértolas, Manuel Vicent, Josefina Aldecoa, Roberto Bolaño, Adelaida García Morales,etc. Esas sillas que crujen de cansancio y aburrimiento nacional y tan culeadas por Arturo Pérez-Reverte, Muñoz Molina, etc. Ya sabemos, o deberíamos saber que la barbarie literaria española es ingente y aburrida. Pero todavía nos quedan escritores como Marsé que han decidido sentarse en sus sillones a ver venir todas las devastaciones, casi complacidos en tan populoso y atroz espectáculo. Su reticencia con el cine en bien conocida debida a las malas versiones cinematográficas de sus novelas. Es muy recomendable la lectura del guión que realizó Victor Erice de la novela de Marsé; El embrujo de Shanghai (1993), publicado por Plaza y Janés (2001) Es uno de los mejores guiones que he leído nunca y que no pudo llevarse a cabo, ay, Erice; uno de nuestros mejores realizadores, pero los productores de pacotilla todavía no se han enterado. Después vino el oscarizado Fernando Trueba y los productores de pacotilla se rindieron ante él con un guión y después una película que ni os cuento.
El mundo en que vivimos ni siquiera es ya el mundo, porque se ha quedado sin voluntad y sin representación. Se cultiva el sentimentalismo colectivo, fácil y ambiguo del gentío. No sé, a mí me sigue gustando esos escritores en progresión que caminan siempre hacia mayores libertinajes de pensamiento y estilo, dejando atrás el compromiso burgués de lo que quiere el gran público, que es público porque ni siquiera sabe lo que quiere. La soledad, el desconcierto y el vacío del intelectual contemporáneo ha perdido también el instinto moral. El fantasma de la novedad y la superstición del consumo están borrando a muchos clásicos vivos. ¿Quién lee hoy a Miguel Delibes? ¿Quién se pregunta hoy por su estado de salud? Así es como una literatura se empobrece y nadie vuelve la cara a los maestros recién enterrados en vida, que todavía tienen mucho que decir. El mercado del libro está saturadísimo. No es más que otra manifestación de la locura del consumo. La gente compra lo que sea.

Como estoy cansado de tanta novedad efímera he vuelto a releer Últimas tardes con Teresa. El protagonista de esta magnífica novela es el descuidero de motos Manolo Reyes, un vecino del Carmelo, el novelesco barrio barcelonés de Marsé. La prosa satírica y muy plástica del autor, que teje escenas y personajes visualizables, diseña un juego de dobles personalidades, de engaños y autoengaños con las que acierta a desenmascarar la inconsciencia ideológica de unos universitarios librescamente comprometidos, y las limitaciones del ascenso social, y hasta de redención, del lumpen.

Como estoy cansado de tanta novedad efímera he vuelto a releer Últimas tardes con Teresa. El protagonista de esta magnífica novela es el descuidero de motos Manolo Reyes, un vecino del Carmelo, el novelesco barrio barcelonés de Marsé. La prosa satírica y muy plástica del autor, que teje escenas y personajes visualizables, diseña un juego de dobles personalidades, de engaños y autoengaños con las que acierta a desenmascarar la inconsciencia ideológica de unos universitarios librescamente comprometidos, y las limitaciones del ascenso social, y hasta de redención, del lumpen.
Manolo, alias "el pijoaparte", con el falso nombre de Ricardo de Salvarrosa, seduce en una fiesta de sociedad a quien cree una burguesita. El amanecer nos descubre que Manolo, engañado, ha yacido con la criada. La idea de robar en la finca mantiene la relación hasta que aparece la hija de la casa, Teresa, joven universitaria, deseosa, como sus compañeros de universidad, de mezclarse con "proletarios" para superar su condición burguesa y entender la imprescindible "conciencia de clase". El mundo de la conspiración estudiantil, la relación con Manolo-que ahora se hace pasar por un obrero militante-, el respeto del "pijoaparte" por la virginidad de Teresa, y el cruce de ficciones y autoengaños (Teresa conoce la vida de los chabolistas... sin dejar su villa; Manolo, la de los chalets altoburgueses, sin poder alcanzarlos), impone su realidad. Marsé culminó así lo que Vargas Llosa llamó con toda exactitud "una explosión sarcástica en la novela española."

He vuelto a leer Si te dicen que caí un texto fragmentado y experimental que trata de revivir la construcción de unos peculiares valores sociales en la Barcelona inmediatamente posterior a la Guerra Civil, hacia 1942. El título evoca esos años del primer franquismo al constituir un eco del himno de Falange. Marsé trata de enfocar la cuestión social de forma objetiva y mediante la experimentación estructural: el argumento de la obra está despedazado y ha de ser reconstruido por el lector. O sea, que el argumento constituye un componente decisivo del estilo de la obra. Si te dicen que caí es una novela clave en el proceso de renovación y reinvención del realismo que la novela española llevó a cabo a mediados de la década de los 70. Dentro del libro hay diferentes narradores y líneas argumentales que desencadenan un proceso muy cervantino de ficción dentro de la ficción. Marsé va aclarando progresivamente las distintas realidades que entreteje en el relato. El lector se encuentra fundamentalmente con los relatos juveniles de Java y Sarnita, que narran aventuras, a las que se llama aventis en la novela. El otro grueso de los relatos corre a cargo de varios guerrilleros del maquis. Lo más importante son Marcos, narrador en primera persona, y Palau. También aparecen en Si te dicen que caí el mundo de las perversiones y las fantasías sexuales tan del gusto de Marsé. El cruce complejo de voces y de historias se convierte en un significado fundamental de esta obra que pretende presentar la implantación social de la ideología franquista bajo el signo de la confusión.
Y hablando de confusión; siempre he creído que la cultura es un valor universal sólo en la medida en que entendemos el universo como un valor cultural. No sé, a lo mejor es que ya no estamos y no lo sabemos. Ya digo; la abundancia, primero deslumbra, luego satura. Hay que leer a Juan Marsé.









