lunes, 16 de marzo de 2009

EL GRAN CARNAVAL

La obra de Billy Wilder se caracteriza por la acidez y la virulencia con que presenta diversas facetas del "american way of life", pero ninguna de sus películas es tan feroz como El gran carnaval (1951), retrato corrosivo y amargo del periodismo amarillo y sensacionalista, del vouyeurismo de las masas y de la corrupción oficial, pero también puede considerarse que va mucho más allá y que mucho antes que la infravalorada Fedora (1978), ataca una corriente cinematográfica americana, la del gran espectáculo. Las obras maestras de Wilder están llenas de personajes bajos y despreciables, como el Walter Neff de Perdición (1944), el Don Birman de Días sin huella (1945) o el Joe Gillis de Sunset Boulevard (1950), pero la fría ambición y la codicia del Chuck Tatum (Kirk Douglas) de El gran carnaval no tiene equivalentes ni aun dentro de su obra, como no sea el Willie Ginguch (Walter Matthau) en Bandeja de plata (1966). No obstante, Wilder se muestra todavía más duro en su descripción de la sociedad corrompida e hipócrita que rodea a Tatum, y de la que el periodista no es si no uno de sus máximos exponentes. Tatum es capaz de despertar a una comunidad estéril, pero a costa de la desintegración de sus valores morales personales. Tatum es un periodista de la prensa amarilla, que prolonga el sufrimiento de un ser humano para aumentar el interés de su reportaje. El lugar en el que transcurre este moderno "cuento moral" es un área desértica y remota, tan ávida como sus habitantes, en la que rápidamente se concentra un elevado número de personas en búsqueda de emociones espurias. Aunque Tatum investiga concienzudamente la historia (y muere en el intento de explotarla al máximo). Las multitudes que se reúnen en el lugar del accidente, la atmósfera de fiesta que rodea todo el suceso recuerdan la terrible visión de las masas desenfrenadas que ofrecía El día de la langosta (1935), la gran novela de Nathanael West. Hago un inciso para recomendar esta obra maestra que acaba de publicarse por primera vez en este país y que corre a cargo de la editorial Backlist, en una edición excepcional. Es de obligada lectura para los amantes del cine.

Subido en la colina desde la que domina a las multitudes, Tatum se parece al director de alguna gran producción cinematográfica. El gran carnaval demuestra como el mundo del espectáculo satisface los más bajos instintos del público, explotando las catástrofes y las tragedias, al igual que en Sunset Boulevard veíamos al mundillo de Hollywood deleitándose con las desgracias personales de una actriz en decadencia. La relación existente entre las multitudes que acuden al lugar de la tragedia como si se tratase de una romería y la penosa situación de Leo (Richard Benedict) es esencialmente vampírica. Su deseo de sensaciones fuertes es el que permite la parodia del rescate que prolonga inútilmente los sufrimientos de Leo. La montaña de los Siete Buitres en la que ha quedado atrapado se convierte en la de los Siete Mil Buitres, según los alrededores se van llenando de personas deseosas de contemplar de cerca una tragedia personal, como si se tratara de una historia más de las que les cuenta el cine o la televisión. La forma en que Wilder organiza a este público y su relación física con el espectáculo recuerda a los cines para coches, tan abundantes en Estados Unidos.

Los coches se encuentran alineados en ordenadas filas, mirando a la montaña en la que se ha producido la tragedia. La relación espacial entre el espectador y la pantalla se produce así en El gran carnaval, y los miles de espectadores que siguen atentamente el drama recuerdan al público de una sala de cine. Como él, tienen que comprar entradas (cada vez más cara), y el bar de Lorraine (Jan Sterling) termina convirtiéndose en una especie de "ambigús", al que pueden acudir los espectadores en los descansos; es decir, cuando no ocurre nada destacado.
Cuando muere Leo, las multitudes desaparecen; en pocos minutos el lugar vuelve a quedarse vacío, como un cine después de la función, sucio y lleno de desperdicios. Una vez acabado el espectáculo, nadie desea seguir escuchando a Tatum.

No debe sorprender que una película tan dura, que atacaba de esa manera muchos de los valores norteamericanos, por no decir que al propio público, fuese un desastre económico; de hecho, y debido al rechazo de los espectadores. Es evidente que Billy Wilder reserva su desprecio y su odio para la multitud, quizá incluso para su propio público, y de hecho, trastornó las relaciones entre el director y la Paramunt para siempre.
Hoy, los tiempos que nos ha tocado vivir le han dado la razón a Billy Wilder. Podemos comprobar, lamentablemente, como la prensa y la televisión se alimenta creando espectáculos de los sucesos más trágicos y amargos de nuestra opulenta sociedad contemporánea y contradictoria, porque en cuestiones de verdadera importancia, existe siempre aspectos de los que nadie desea hablar o escuchar.

9 comentarios:

LUIS ROSER RODRIGUEZ dijo...

Hola Paco está muy bien tu comentario, la forma en que lo escribes me ha recordado a La novela de STEIMBECK Las Uvas de la Ira, en realidad no tiene mucho que ver, pero de alguna manera también describe una sociedad depredadora y devoradora que alimenta las desgracias y luego rechaza a todo el diferente.

A mi me gusta mucho la literatura, la clásica y la contemporánea, de cine no sé mucho, bueno algo sé....siempre ha seguido todos los festivales, pero tu visión del cine clásico es soberbia, se nota que te gusta, lo haces con mucho criterio y lo mejor es que no se acusa demasiado tu opinión personal.
UN SALUDO.

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

Wilder siempre fue genial en todas sus películas, Francisco.

Por cierto, como está relacionado espero no te importe que diga que regalamos 5 DVD de "Primera Plana" en la web www.PASIONPORELCINE.es, por si alguien no la tiene aún. Es un sorteo muy sencillo. Entren y participen!!!

Saludos. Genial post (como siempre).
Saludos a todos.

39escalones dijo...

Brillante análisis, una vez más, Francisco. Qué gran película, cuánto dice del comportamiento absurdo y tribal de las masas. El hecho de que además la película transcurra precisamente en un desierto, afianza aún más su carácter tal y como has desarrollado. Incluso aún puede ir más allá la idea si sustituimos a Tatum por un líder político de estos de hoy y cambiamos el cine, la prensa o la televisión, por la política: espejismos, gurús, rebaños de acólitos, mera apariencia, hipocresía consciente y consentida.
Fenomenal texto, como siempre.
Fuerte abrazo.

Vivian dijo...

Pan y circo, y desde aquellos tiempos la premisa sigue siendo válida, a pesar de creernos tan alejados en el tiempo y tan superiormente civilizados.
Posiblemente, de todas las películas de Wilder, ésta sea la que aporta una visión crítica más feroz sobre la sociedad. Más allá de la crítica a los medios de comunicación, la masa… El individuo es inteligente, la masa no, el individuo es capaz de racionalizar, la masa se mueve por impulsos, en muchas ocasiones poco nobles. Que la película fue un fracaso, comprensible, hay espejos en los que no nos gusta mirarnos y verdades que no nos gusta que nos digan.
Me gustó esta entrada, por Wilder, por la película y por tu certero análisis.
Siempre es un placer leerte.

Un beso

Mita dijo...

yo aquí aprendiendo, como siempre.
Gracias.
Besos

Licantropunk dijo...

No la he visto (o no me acuerdo). Me apunto la recomendación. Cuando he leído el título "El día de la langosta" !!!he creído que era "La langosta se ha posado" el libro gurú de "El hombre en el castillo"!!. Hala, otra recomendación que apunto (y es verdad que apunto: en una pequeña moleskine negra llena de anotaciones y tachaduras).
Saludos.

Raúl dijo...

Al margen de excelente (tus artículos lo son en un porcentaje altisimo, te lo he dicho en innumerables ocasiones) esta entrada es además oportuna, lo que a buen seguro, no es casualidad.

No es que el cine, en este caso la ficción, adelante a la realidad por la derecha, sino más bien, que por muy equivocado que tengamos el concepto de actualidad, lo bien cierto es que todo ha ocurrido siempre antes; y es ahí donde, desde hace más de un siglo, ha estado el cine para contarlo.

Me he sentido siempre muy próximo al cine de Wilder, o más bien, a la "canallería" que lo puebla. De hecho, hace un tiempo que le doy vueltas al hecho de que los textos que publico en mi blog, tienen bastante que ver con ese universo patético que directores como éste, tan bien retratan. Un universo, que es botón de muestra sutil a la par que descarnado, del cúmulo de miserias que pueblan la natural incongruencia de la condición humana.

Enriqueces, como el avecrem, querido amigo.

Elvira dijo...

Yo también aprendiendo, querido Francisco. Un fuerte abrazo

Blanca dijo...

Son los que se dice directores, cineastas visionarios, como lo fue Orson Wels en su momento. Pero a veces cuando la crítica, la denuncia es tan clara, al público no le gusta verse criticado, al menos en aquella época. Quizá por eso no tuvo éxito. La denuncia, a veces, tiene que ser sutil, como muchos cineastas han demostrado. En todo caso con el tiempo muchas películas se revalorizan, y esta desde luego, todo Wilder lo hace. Besos cinéfilo.