miércoles, 19 de agosto de 2009

Hotel Voramar


"El Mediterráneo es una pulsión moral sin Dios, un mar interior que sólo se navegaba desnudo sin más adherencias que el deber de sobrevivirse todos los días."
Manuel Vicent, León de ojos verdes


Cuando leí León de ojos verdes, algo me dijo que algún día tendría que saldar una cuenta pendiente en el Hotel Voramar. Sabía que en su terraza de sombra y marea me esperaba una serie de acontecimientos traídos por las olas y el viento de levante. Lo cierto es que se hizo esperar hasta el día que Raúl Ariza, a través de un e-mail, me invitaba a departir en su querida ciudad de Benicàssim frente al mar. Vi el cielo abierto y la oportunidad de consolidar mi viejo sueño junto a otro que se me presentaba: conocerle en persona. Y allí nos plantamos mi compañera del alma y yo. Llamé a Raúl para indicarle que nuestro punto de encuentro debía ser en la terraza del Hotel Voramar. Y allí nos conocimos.


León de ojos verdes narra la historia acaecida en dicho hotel en el verano de 1953. La novela transcurre durante el caluroso mes de agosto (primera coincidencia). Lo que va sucediendo se comunica al lector a través de los ojos de Manuel, el personaje central y vertebrado de la novela: un aprendiz de escritor. Se encuentra en Benicàssim ayudando a un tío enfermo. Allí los demás huéspedes del hotel, trabarán amistad con él, y alguno de ellos le contará alguna historia personal que nuestro protagonista hará suya. En ella intervienen de un modo u otro varios personajes, entre los cuales; el doctor Aymerich, republicano y sabio; María, la cocinera y su bicicleta roja; Juanito Ruano, el miliciano; Ricardo Seisdedos, el guapo; Alberto Morata, coronel y marino; Gabriel Casamediano, ingeniero de pasiones; Lidia, una niña con una enfermedad degenerativa postrada en una silla de ruedas, que pasa sus días en la montaña mágica, un centro de rehabilitación en la cima de un peñasco, alusión de la novela de Thomas Mann. Además, se está rodando una película ambientada en un período de entreguerras.


Pedimos algo para comer y mucha cerveza fría. Raúl nos cuenta sus devaneos con el cine (segunda coincidencia), y allí, en la terraza del Voramar, fue testigo directo de la realización de la película Segunda piel (1999), de Gerardo Vera, una mala película sobre las relaciones sentimentales de tratamiento superficial, casi frívolo que el director y la guionista Ángeles González Sinde han conferido al asunto en su mayor lastre. Raúl nos cuenta diversas anécdotas; el encuentro fallido que tuvo con Jordi Mollá o el apoteósico final del rodaje en la terraza con la siempre espléndida Cecilia Roth, despidiéndose de todos como una Anita Ekberg en una dolce vita ya desaparecida.


Entre ensalada y cervezas la conversación desencadenó en una serie de reflexiones, lejos de agotarse, sobre el amor, las experiencias, las pasiones y otros derroteros que va dejando la vida. De vez en cuando, yo observaba el Mediterráneo que juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero y me encontraba en la delgada línea entre la realidad y el sueño. El enigma de la existencia consiste en que el tiempo entero se acumula en el presente. El pasado y el futuro bailan en la punta de una aguja de nieve que es el alma, de modo que estar vivo no es más que repetir lo que uno le queda todavía por vivir.


El Hotel Voramar es retratado por Vicent con hechos que ocurrieron de verdad, parece claro que hay una marcada intención de jugar con los conceptos de “ficción” y “memoria”, que se entrecruza y se insertan el uno en el otro hasta casi confundirse. “¿Qué es real y qué literario? Ésta es la eterna cuestión”, afirma el autor.

La tarde pasa sin prisas, cálida, plácida, sibilante, sin grandes esperanzas, viviendo el momento, un poco como en la novela de Vicent, escrita con sumo cuidado, con una prosa rica en matices, serena, como el oleaje del mar rompiendo en la arena de la playa. Poética y bella con los rituales más sencillos, y establece comparaciones tan sensitivas que casi pueden disfrutarse y percibirse.


Terminamos de comer y vinieron las copas de oro. Contemplo la silueta del Hotel Voramar de cuya escalinata guarda un león de escayola y ojos verdes que corona en la amplia terraza. El hotel permanece junto a la playa del Mediterráneo, ajena a nuevos diseños, a modas pasajeras. Pude imaginarme cuando España tenía un Mediterráneo incontaminado, todavía no bombardeado a discreción con cemento armando. Luego, vinieron los especuladores o estrategas urbanos, el de la pletórica y nueva riqueza. La corrupción se llama ahora simplemente negocio redondo. Más allá de la especulación y del mal gusto, lo peor ha sido lo barato que hemos vendido el tesoro del Mediterráneo. A partir de su inexorable degradación también el turismo extranjero se ha ido degradando hasta ponerse a ras de este estercolero de ladrillo que cubre la costa. Si el nivel de la convivencia se establece siempre por abajo, en adelante nuestras formas de vivir las marcará ese turismo cada vez más gárrulo, que sólo espera de nosotros que seamos camareros serviciales, mientras el sol les quema la barriga.


La muerte te sucede cuando ya no comprendemos de lo que pasa alrededor. Pero también la muerte es lo que ya hemos vivido. Ay, la sensibilidad es invisible. Veo a lo lejos a una pareja que se aman, y, sobre todo, el mar, el bramido del oleaje, el clamor de su luz. La eternidad es un momento entre dos vacíos donde se ahogan los fracasos y los sueños.

Tal vez el punto insólito de esta novela, sea la aparición de personajes reales, en acciones inverosímiles. Dorothy Parker y su presunto lío de faldas con un miliciano español. John Dos Passos y la presencia de la familia Bardot, que veranean con su hija adolescente, antes de ser actriz y que será recordada en Benicàssim por traer el primer biquini rojo. Hoy, cualquier ciudadano está zarandeado por la propia vulgaridad; la violencia de los fanáticos y la agresividad de ciertos políticos que nos hacen sentir miserables en medio de la insoportable mediocridad en que vivimos.


El final de la novela sobreviene tras acabar el rodaje de la película en el Hotel Voramar, es el baile final. Los personajes de la novela han ido sobreviviendo todos los días, como el mar, la España de desmemoria. No hay juego ni moral en ninguna de las historias que se mezclan en la novela, aunque todas ellas estén enlazadas con un hilo común al final del libro.

Nuestro encuentro estaba tocando su fin, y casi pude entrever por un momento, más allá de la terraza y por última vez, cómo se movían aquellos figurantes de entreguerras de la novela; señoras con corpiño y pamelas, caballeros con sombreros de paja dura y cuellos de porcelana. Pero el agosto es siempre una zona de arena y toallas donde los turistas buscan estar al margen. Toda esa gente habitan el paraíso hasta que descubren que no han salido de un lugar que todavía es mucho más extraño: la realidad.


Caminamos paseo arriba por entre las grandes villas, hoy, sombras de un pasado glorioso, fantasmales y ruinosas. Raúl ejerció de buen cicerone contándonos historias de ayer y de hoy, llegando de nuevo a los estragos de la especulación oficial. Pudimos ver a un millonario, venido a menos, que fumaba de pie a través de unas verjas oxidadas, varado en un tiempo que ya se fue. Más adelante, vimos un niño triste que se aferraba a otra verja mirando pasar un tiempo que no le pertenecía. Todo en su conjunto no era más que un vestigio del último linaje que tocaba a su fin. Desde esta altura de la vida uno vuelve la mirada y no encuentra en aquel espacio gris de la dictadura ningún esplendor donde agarrarse. Ésa es la miseria del franquismo, el que nos haya arrebatado también la dulzura de la memoria, y nosotros allí, a punto de despedirnos, en una España que quedó en el olvido.


20 comentarios:

Myra dijo...

NO he leído el libro que comentas de Vicent pero, leyendo tu bonita entrada, he recordado algo que me gustaría apuntar sobre el mediterráneo, mi mar, sobre Benicasim. POr motivos familiares, conozco bastante bien Benicasim además de que me pilla muy cerca de mi ciudad. El caso es que lo que quiero comentar es una imagen que tengo de Benicasim y de la que estoy enamorada. Viniendo por la carretera de Barcelona hacia Valencia, hay un tramo en el que, de noche, se divisan las luces de Benicasim. Es una imagen preciosa porque la carretera está elevada y Benicasim queda abajo, con sus románticas luces e imaginando el mar al fondo. Me encanta. Es un momento mágico al que casi siempre suelo acompañar con una bonita música en el dvd del coche.

Un saludo

mi nombre es Alma dijo...

Mi nombre es rojo

No, no he confundido mi nombre ni quiero hacer propaganda de mi última entrada, simplemente constato que hoy al leerte es como si volviera a leer de nuevo el libro “Mi nombre es rojo” dónde varios personajes cuentan la historia de un crimen desde sus diferentes puntos de vista, incluso en diferente color y lo hacen como no podía ser menos tratándose de una novela de Orhan Pamuk con una paleta de hermosísimas palabras de las que seguro aprendí algo. Y lo digo, porque esta historia que cuentas hoy la he escuchado de boca del otro protagonista y me cuenta con otras palabras o quizás las mismas, en otro color o quizás el mismo, un encuentro que sin duda fue presente pero segurísima estoy de que será futuro, ese que baila en la punta de una aguja de nieve que es el alma. Una envidia sana me tienta y digo sana, porque no puede ser de otra manera el deseo de haber estado allí con los tres, de hablar de todo, de lo nimio y lo sublime, de escuchar sobre cine y literatura absorbiendo palabras y sensaciones, de recordar a mi padre, el primero que me hablo del Voramar, cuando él acudía a las playas de Oropesa todavía vírgenes y solitarias, de presumir de que yo fui quien compró el libro a Raúl porque en cuanto lo vi supe que era para él, de traer a colación que cuando comí por primera vez con nuestro amigo en ese mismo escenario (palabra nunca mejor empleada), escribí una de mis historias cotidianas en mi anterior blog de la que rescato algo de lo que dije entonces “No me importa en absoluto lo que vamos a comer, porque lo que espero es una buena charla, un silencio contemplativo de las olas y de la gente, un hablar de amigos comunes y de amigos desconocidos, de cine, de libros, de poesía, de amores que vienen y van, de tonterías, de alegrías, de alguna tristeza, de ti”. Hoy me siento privilegiada, porque creo que de algún modo estuve presente en ese encuentro y que vendrán otros en los que no faltaré.

Hoy te mereces mil abrazos y por eso te los doy

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

Preciosa entrada. Mil veces afortunados ustedes, que han logrado conocerse en un marco incomparable.

Has hecho un gran paralelismo entre lo que viviste y lo que leías en ese momento, lo cual es meritorio.

Creo que Vicent escribe de lujo.

Y que Raúl Ariza y Francisco Machuca, dos grandes bloggers, también.

Saludos muy cordiales!!

s a n d r a dijo...

Es fantástico conocernos del revés (de dentro hacia fuera)y constatar que la sensibilidad que se percibe tras unas fascinantes letras en un post, corresponde efectivamente a una persona excepcional y existe!!
Puedo dar fe de ello.

P e t o n s

Elvira dijo...

Me encanta cómo narras vuestro cálido encuentro y cómo nos explicas esta novela.

"La corrupción se llama ahora simplemente negocio redondo. Más allá de la especulación y del mal gusto, lo peor ha sido lo barato que hemos vendido el tesoro del Mediterráneo." Totalmente de acuerdo, me da mucha tristeza y vergüenza. Adoro el Mediterráneo y los trocitos de costa limpia que nos quedan, por pocos que sean.

Un fuerte abrazo, querido Francisco

Raúl dijo...

En 1954, el casi siempre genial Berlanga, ya rodó en el Voramar su entretenidísima “Novio a la vista”. Ambientada a principios del pasado siglo, utilizaba como pretexto el veraneo de las familias de clase pudiente, para darnos cuatro pinceladas sobre el imperio del amor; el puro, el adolescente; en la batalla contra las rígidas costumbres sociales.

El hotel, entre bañadores de un pieza y cuerpo entero, forzudos bigotudos, y conversaciones sobre el imperio Austro-húngaro (siempre Berlanga) aparecía de un luminoso casi hiriente.

Pienso en el momento de escribir esto, que esa luminosidad no nacía de la cámara del director, ni tan siquiera del guión que al alimón escribieron los otrora inseparables Bardem y Berlanga. Esa luminosidad provenía y proviene directamente del mediterráneo al que tu entrada alude y homenajea. Ese mar que se mece -nos mece- entre la ficción y la memoria de mil pueblos.

¿Recuerdas las franjas de sol entre los toldos? ¿Recuerdas cómo debíamos de ir moviendo la silla para que el sol no nos golpeara? Así de impertinente y poderoso es el sol mediterráneo, el mismo sol que bendice ese lugar al que quizá la Ley de Costas acabe convirtiendo ya no en un recuerdo, sino incluso en sólo una idea.

En mi paladar, el recuerdo amargo del vodka frío. En mi retina, el juego de cámara entre la hermosa mujer que te acompañaba y el niño enrejado. En mi ánimo, el deseo de que vuelva a repetirse un encuentro similar. Nunca el mismo, claro.

Abrazos.

Miguel Sanfeliu dijo...

Esta entrada tiene el poder de causarme nostalgia, nostalgia por algo que no ha sucedido pero que gracias a tus palabras he sentido real. Me he visto con ustedes, frente al mar, saboreando esa cerveza fría y la excelente compañía. Tal vez algún día ese recuerdo no vivido pueda llegar a ser real. Ojalá.
Un abrazo.

Francisco Machuca dijo...

Myra.Te entiendo perfectamente.Una noche me introduje en el mar de Benicàssim.Pude ver las estrellas y las luces de la costa mientras la marea me arrastraba mar adentro.
Gracias por tus palabras.

Francisco Machuca dijo...

Alma.Estoy deseando tener ese encuentro.

Francisco Machuca dijo...

Alberto.Manuel Vicent es uno de los pocos escritores que nos quedan en este país con estilo propio y sabor a mar.
Un saludo.

Francisco Machuca dijo...

Sandra.Creo que todos llevamos esa sensibilidad,esas cosas que no nos atrevemos a decir por falta de costumbre o temor de que no nos entiendan.De ahí la literatura.Y para excepcional y real,tu.
Puedo dar fe de ello.
Petons.

Francisco Machuca dijo...

Elvira.Es una lastima ver como el Mediterráneo muere por la especulación.Me gusta mucho la cultura mediterránea,soy muy perezoso,contemplativo.Me gusta comer bien y los buenos vinos.Me gusta bañarme en la playa a altas horas de la noche y adentrarme mar adentro,hacer el muerto y mirar las estrellas.
Gracias guapetona.

Francisco Machuca dijo...

Raúl.Claro,volveremos,y esta vez con Alma.Necesitamos de su poesía,tanto como de esa luz impertinente y poderosa que da la buena amistad y los buenos momentos.Y lo demás,que se lo lleve el oleaje.

Francisco Machuca dijo...

Miguel.Todo puede ser real si se imagina.Cuando te conocí me dije que también tenía una cuenta que saldar contigo,es decir,tener otro encuentro más largo y tendido para departir.

Anónimo dijo...

Excelente entrada.
Un lugar maravilloso y de lo más literario.
Conocer a Raúl, también fue para mí una de las mejores cosas que me ha dado esto de internet.

Una lectora amiga.

Licantropunk dijo...

Nos regalas una narración, una pequeña novela. Fantástica.
Saludos.

Antonio dijo...

También yo pertenezco al club de fans del Vicent mediterráneo y, además, tengo la suerte de poder disfrutar de ese trocito de costa casi todo el año. Precisamente, para los que quieran gozar de un bonito paseo, acaban de abrir una vía verde (antiguo ferrocarril) que empieza poco más arriba del Voramar y llega hasta Oropesa. Imprescindible (ha hablado de ello otro benicense bloguero en Buenas vibraciones). Un saludo.

39escalones dijo...

A la próxima, si tienen ustedes a bien y no me coincide con ningún percance, me apunto.
Vicent es una de mis asignaturas pendientes, y ya lo siento. Será que a los hombres puros de secano como yo nos cuesta acercarnos a la escritura salina...
Un abrazo, ya de vuelta.

Elèna Casero dijo...

Raúl me ha traído hasta aquí, precisamente porque estoy leyendo León de ojos verdes.
Soy una enamorada de Vicent. Conozco ese pedacito de mar y playa del que habla. Así como de muchos de los lugares en los que se ancla para escribir sus historias.

Me ha encantado la entrada que has hecho, mezclando tus propias vivencias con el novela de Vicent.

En cuanto a esa especulación de la que hablas, de ese sometimiento al dinero, al negocio redondo acabo de recordar el libro de Rafael Chirbes, Crematorio que tampoco tiene desperdicio.

Un abrazo

Raúl dijo...

Ahora me manejo en Facebook, querido Paco. Sí, ya lo sé. Huele a rendición y lo es. Lo siento.
Pero el caso es que he encontrado, en el "perfil" del Hotel Voramar, este enlace a una entrevista que le hicieron a Vicent, a resultas de su libro. Es éste:
http://www.youtube.com/watch?v=oN5Dg60eIXg&NR=1
Un abrazo.