viernes, 18 de septiembre de 2009

EL ÁNGEL CAÍDO


Chet Baker fue uno de los músicos de jazz más influyentes de todos los tiempos. De estilo único y reticente. Rara vez tocó a más volumen que un mezzo forte. Revistió su trompeta de virtuosismo y originalidad insuperable. Fue un héroe urbano a la manera de Baudelaire. Supo que había que jugarse la vida a cada momento porque sino ésta carecía de sentido. Después de Miles Davies, ningún trompetista ha captado el fenómeno de la soledad y de la tristeza tan emotivamente como Chet, que también se distinguió como vocalista. Cada nota que tocaba era como un adiós a un buen amigo. Su instinto para la improvisación melódica era sólido y seguro, y sus líneas improvisadas alcanzaban un patetismo conmovedor. Chet no daba nada de sí mismo, al revés de la intensidad dramática de la trompeta de Armstrong, o el sonido desprovisto de compasión de Charlie Parker. La música que Chet hacía se sentía abandonada por él. Tocaba las viejas baladas con una larga serie de caricias que no llevaban a ninguna parte y se disolvía en la nada. Pasó la mayor parte de su carrera reproduciendo una y otra vez standards, especialmente "My Funny Valentine". Demostró ser capaz de hacer que incluso la canción más raída sonase fresca y nueva con profunda penetración emocional, aparentemente contradecida por su estilo natural y directo con una clase de fragilidad casi "femenina".

Su vida y todo lo que la rodeó fue siempre turbulenta (los problemas con las drogas y sus consecuencias legales le acompañaron constantemente), pero su música fue un centro de estabilidad en medio de la espiral cada vez más profunda en la que se veía envuelto.
Su rostro, a través de los años fue sustituido por un sombrío rostro ojeroso y arrugado, convertido en anciano prematuro. No obstante, el trompetista genial persistió en todo momento, incluso la pérdida de los dientes en una paliza relacionada con asustos de drogas. En sus últimos años tocó mejor que nunca, y, aunque resulte extraño decirlo la música de esos últimos días recogía una dulzura y un orden arquitectónico en sorprendente contradicción con la vida totalmente desordenada y rota de Chet.


Le hicieron la vida imposible en las salas de jazz cool de la Costa Oeste y Nueva York, y tuvo que tocar en tugurios de Europa. Le echaban a patadas de todos los hoteles, y bajo éste caos incesante atravesaba su genio en estado puro.
Chet cayó al vacío en un hotel de Amsterdam mientras escalaba su fachada en busca de su trompeta en la tercera planta. Quería recuperarla sin pasar por recepción porque acababa de expulsarle del hotel.

Y ahora acaba de llegar a nuestras pantallas con un retraso de 21 años el documental Let's get lost (1988), del fotógrafo Bruce Weber, y, a mi juicio, el mejor documental sobre un músico de jazz de todos los tiempos, en donde Weber intenta capturar la historia de Chet y su esencia en presente. Weber entrevista a familiares, amantes y ex amantes y recupera las películas que Chet rodó en Italia en los 60 y muchas fotos fijas. Weber recrea para el trompetista un mundo ideal: una fiesta contínua a Cannes con champán, viajes en descapotables y mujeres y hombres jóvenes y guapos que funcionan como una alegoría de Chet en sus mejores días. Entre entrevistas, recuerdos y escenas de un mundo de fantasías en donde aparece un hombre contradictorio y acabado, pero de un atractivo irresistible.
Al final del documental, Weber le pregunta a Chet: "Cuando veas esta película en el futuro, ¿la recordarás como un buen momento?" Chet responde: "¿Cómo no iba a disfrutarla? Ha sido como un sueño". Pero Chet no llegó a verla.
Cuando la gente hablaba en sus actuaciones, Chet les hacía callar con su trompeta entrecortada, porque el sentido del silencio fue la materia prima del músico. Quisiera recordarle para siempre en uno de esos momentos tan característicos de Chet a la hora de interpretar sus temas: se acerca al micrófono, deja pasar cuatro, ocho compases, y desde el mismo momento en que atacaba la nota ésta alcanza toda su plenitud. Consigue una escucha profunda del público porque da toda significación musical al silencio antes de espezar su solo. Como si tuviera alas.
Quiero a Chet.

17 comentarios:

Raúl dijo...

No te diré que leyéndote he sido capaz de oír la trompeta e Chet, pues sería mentirte, pero he estado cerca de que la imaginación me jugara una buena pasada convirtiendo en vivas y armoniosas notas muicales, los ruidos domésticos que me rodean.
Desde un lado muy humano, mMe seduce muchisimo la imagen del creador loco, desmelenado y peligroso, qe sólo encuentra el solaz, el consuelo y la pausa cuando crea. Así debçia de se Chet. ¿Verdad?

s a n d r a dijo...

Más allá de la tristeza, allí nos lleva Chet

http://www.youtube.com/watch?v=nchEXBimNlg&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=wt9BKxYVeX0&feature=player_embedded

P e t o n s

Joselu dijo...

Leyéndote siempre (o casi siempre) tengo la misma impresión. ¿Cómo hay tantas cosas que no se si llevo tantos años intentando remediar mi ignoracia? Me gusta el jazz, pero
desconocía a este músico. Pongo tengo que añadir salvo mi interés por el artículo y mi resignación cuando te leo de sentirme ignorante. Pero sin duda abres caminos. ¡Cómo me gustaría ver ese reportaje del que hablas! Me ha dado ganas inmediatamente de escuchar la música de Chet pero no lo he visto en la sección de la FNAC, creo. Lo intentaré de nuevo. Un cordial saludo.

Lula Fortune dijo...

Quizás te gustaría saber que hay un escritor italiano, Carlo Lucarelli, que escribió un giallo con el título de "Almost blue". Su protagonista no deja de oir esa canción de Chet Baker y es un leit motiv de toda la novela. Yo llegué a Chet a través de ese libro y no lo he dejado desde entonces.
Besos.

mi nombre es alma dijo...

La música era quizás la única manera que tenía de ser él o quizás de huir de si mismo. Sea cual sea el caso, una maravilla.

Un abrazo

Vivian dijo...

“Cada nota que tocaba era como un adiós a un buen amigo.”
“Tocaba las viejas baladas con una larga serie de caricias que no llevaban a ninguna parte y se disolvía en la nada.”
Precioso, unas palabras que solo pueden nacer de una admiración sin fisuras, desde el respeto al artista por encima de otras consideraciones.
No conocía a Chet, y me encantó descubrirlo a través de tus palabras, no se me ocurre una manera mejor.
Intentaré conseguir el documental para conocer más del hombre que inspiró estas palabras, y conseguir algo de su música, para conocer al genio que sin duda, debe merecerlas.

Me encantó esta entrada.

Un beso

Licantropunk dijo...

El título le viene al pelo: un hermoso Jimmy Dean que abandonó toda esperanza de dejar un cadáver bonito: arrugado y desdentado dejó este mundo. Pero la fotogenia del personaje no desapareció nunca: una imagen poderosa, llena de swing, hasta el final.
Un mito automático, sin duda.
Saludos.

Joyrider dijo...

Este post muestra otro camino que recorrer para un iniciado del jazz como yo. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Chet es uno de mis músicos favoritos: sensible, inteligente y delicado. Lo tiene todo. Es verdad, querido Francisco, fue un gran arquitecto y compositor de hermosas frases musicales. Le quiero tanto que me gusta hasta cuando canta, con esa vocecilla doloriente.
Un abrazo.
J,

39escalones dijo...

La tengo pendiente, y con unas ganas horribles... Tu texto me las aumenta, así que voy a ponerme un buen disquito para apaciguar el "mono".
Estupenda entrada, como siempre.
Abrazos.

Blanca dijo...

Esta es una de las que quiero ver, a ver cuando puedo, tiene muy buenas críticas, y verla aquí ya me convence del todo. Saludos querido amigo.

Dana Andrews dijo...

Adoro a Chet Baker al que yo llamo, cariñosamente, la trompeta más triste de la historia del jazz. Para mi el sonido de su trompeta es equiparable al de la voz inmensamente melancólica y contagiosa de Sinatra en discos como "Where are you?". Hace poco adquirí "My funny Valentine" de Chet Baker (fue un autoregalo que me hice un 14 de febrero...y no estoy enamorado de mi) y Chet me conquistó.

vicente dijo...

Mi casa antigua de mi niñez de provincia, tenía la fuerza y la pureza del adobe y los espacios con árboles desde los cuales escuchaba los diferentes cantos de los pájaros. De algún modo me recuerda el sonido más auténtico del jazz de los tiempos de Chet Baker. Hoy la tristeza de la vida cotidiana, oculta detrás del escenario de la farándula, provoca en la música otros tonos y colores que parece ser cómplice, sin quererlo, del desaliento urbano.
Un abrazo.

Portorosa dijo...

Hombre, vuelvo a leerte justo cuando hablas de mi instrumentista de jazz preferido (bastante por encima de Miles, que conste).

No sabía que hubiera muerto así, y por eso. Qué alegórico.

Tengo que conseguir esa película.
Gracias. Un abrazo.

Elvira dijo...

Aunque no soy una iniciada en jazz, me ha gustado mucho el sonido de su trompeta.

Un fuerte abrazo, querido Francisco

Kinezoe dijo...

Este es de los que te dejan un nudo en el estómago. Muy grande.

Hermosa entrada. Un saludo, Francisco.

Carolina Araya dijo...

Amo profundamente a Chet...su musica me transporta, me envuelve. es casi como un arroro...que me arropa..