
Para Vivian que hace posible los vasos comunicantes.
En La dolce Vita (1960), están presentes la ciudad de Roma, el mundo del cine, las prostitutas, el contraste entre inocencia y sordidez, la decadencia, el fanatismo religioso, las fiestas, la soledad, la pobreza, la falta de escrúpulos, los disfraces y las falsas apariencias. Por otra parte, La dolce vita anticipa el peso que Marcello Mastroianni tendría en la posterior carrera de Federico Fellini. La odisea de Marcello Rubini, el periodista encarnado por aquél, a lo largo de días agotadores y, sobre todo, de noches infernales, se encuentra jalonada de dolorosos episodios y extravagantes personajes que no son ajenos al posterior catálogo felliniano. Por ejemplo la actitud de Sylvia (Anita Ekberg), esa estrella de la pantalla deseada por todos que se sabe bella y se aprovecha de ello, y que orquesta su vida como si de un demiurgo se tratase, anticipa en cierto sentido al director de cine protagonista en Ocho y medio (1963); no es de extrañar que la frustrada aventura amorosa de Marcello con esa belleza inconquistable, inaccesible, infatigable y, en consecuencia, inexistente, esté marcada por el signo del artificio: cuando la persigue por las escaleras de la vieja iglesia, sin que la joven muestre el menos signo de cansancio tras haber subido docenas de escalones, su posterior conversación con ella tiene lugar ante un irreal forillo donde se proyecta una vista panorámica del Vaticano; y, naturalmente, esa célebre secuencia que ha pasado a formar parte de la mitología del cine, el encuentro de Marcello y Sylvia metidos en la Fontana de Trevi, cuya fuerza reside precisamente en su deliberada falsedad, en lo que tiene de pura ensoñación a los ojos de Marcello, en su forma abierta y descarada de proclamar al mismo tiempo la belleza y la falsedad del cine. A mi juicio, es una de las escenas más bellas de la historia del cine.
Los principales episodios que componen La dolce vita contienen el germen de posteriores logros fellinianos. La evolución del personaje de Marcello tiene en todo momento el contrapunto de una presencia femenina, sea la de la ya mencionada Sylvia, representación de la mujer imposible; la de su novia Emma (magistral Yvonne Fourmeaux), cuya relación es más carnal, más pragmática, el ofrecimiento de una vida cotidiana pero mediocre que el protagonista teme y rechaza; o la de Maddalena (Anouk Aimée), una amante ocasional que le fascina, por su aparente sofisticación, y que le repele, por la ruindad y mezquindad de la clase social a la que representa. Hay que hacer una mención especial a Paola (Valeria Ciangottini), esa adolescente rubia y bondadosa, un oasis de pureza en medio de la corrupción generalizada que muestra la película, y que juega un papel similar al que desempeñará la grácil muchacha que sobrevivirá al naufragio del buque donde transcurre la acción de Y la nave va. El personaje de Steiner (Alain Cuny), ese intelectual que representa todo aquello que Marcello aspira a poseer y de lo que carece (la hondura, la profundidad, la lucidez, la sensibilidad), y que fallecerá trágicamente-se suicidará tras haber asesinado a sus dos hijos-, a modo de respuesta nihilista ante la mediocridad que le rodea, guarda ecos de Casanova (1976), otro personaje sensible y refinado que ve cómo su sabiduría es aplastada por el peso de la vulgaridad de su entorno, la bajeza moral de un mundo al cual sólo le interesa su fama como seductor y desprecia su poesía. Decir que la Roma que muestra fellini en La dolce vita anticipa, precisamente, Roma (1972), cae por su propio peso. Menos evidente, pero palpable, resulta lo que tiene de precedente la extraordinaria secuencia de la fiesta nocturna en el palacio en ruinas, por el cual los despreocupados anfitriones de la misma y sus invitados recorren sus estancias a oscuras portando candelabros mientras juegan a "buscar fantasmas", sin darse cuenta que ellos mismos son; fantasmas en vida, reflejo de la decadencia personificada. El descubrimiento de un monstruo marino en la playa con que se cierra la película, epílogo simbólico en torno a la "monstruosidad" implícita de lo narrado.

Pero por encima de estas u otras consideraciones, que el filme admite dada su gran complejidad y enorme riqueza, lo que sigue resultando admirable de La dolce vita, vista en el nuevo milenio, es la absoluta validez y actualidad de lo que plantea. Es asombroso, y al mismo tiempo terriblemente inquietante, comprobar hasta qué punto supo Fellini tomarle el pulso al mundo contemporáneo, y llevar a cabo por medio de su poética personal un pavoroso retrato del vacío existencial, la pobreza espiritual y la bajeza moral de un modelo social que, cincuenta años después, sigue siendo el mismo en el que estamos inmersos (y que, en más de un aspecto, ha empeorado).
No se puede hacer una interpretación simplista de La dolce vita, ni ver un simple filme sobre una crítica a los excesos de las clases privilegiadas romanas. Y si bien es verdad que las mismas salen ciertamente mal paradas, no es menos cierto que la digresión felliniana va más allá de una nueva diatriba sobre la diferencia de clases, sino que se extiende su ácida mirada al mundo, en general. Los personajes adinerados que abundan a lo largo del filme pueden ser ruines, cierto, pero no los son menos los paparazzis que se ganan la vida persiguiéndoles a todas partes, acosándoles sin tregua, perturbando su intimidad y dejando incluso que se peguen con tal de conseguir una buena instantánea. Las clases populares tampoco se libran del azote felliniano: la espléndida secuencia de la transmisión televisiva de un supuesto milagro mariano deviene un espectáculo grotesco y repugnante, una obscena celebración del fanatismo y la ceguera, la ignorancia y el oportunismo. En el arranque del filme, unas contundentes imágenes de una estatua de Cristo trasladada en helicóptero y que es saludada por un puñado de chicas en bikini que toman el sol (y la agresiva transición que emplea Fellini para cerrar la secuencia y pasar a la siguiente: un plano de la figura cristiana/otro de un bailarín de cabaret con una máscara oriental), nos introduce en un contexto donde lo religioso, y con ello lo moral, sea de una u otra cultura (la figura judeocristiana/la máscara oriental), han pasado a ser meros objetos decorativos en un mundo sin valores.
La dolce vita está situada en mi lista particular entre las veinte mejores películas de la Historia del Cine.
12 comentarios:
No me extraña, Francisco. Aunque no es de mis películas favoritas (no tengo lista alguna porque no me siento capaz de elaborarla) sí es mi favorita de Fellini, y más desde que tuve oportunidad de verla en pantalla gigante, en plena noche al aire libre, una Notte Bianca en Roma hace como seis años, en plena Via Veneto, con las calles repletas de gente, como si la película hubiera dejado escapar a borbotones todo lo que lleva dentro, como un líquido sanguíneo que invadiera la ciudad. Una experiencia inolvidable.
Magistral texto, amigo.
Abrazos.
Esta es una de esas películas sobre las que me resultaría altamente complicado escribir, por algo que mencionas en la entrada, habla de tantas cosas, de una profundidad tan grande, que me aturullaría y acabaría saltando de tema en tema sin llegar a nada.
Es esa una de las cosas que más me fascina de éste y otros análisis sobre películas que aquí he tenido la oportunidad de disfrutar, tu capacidad para extraer las partes sin que dejen de formar parte de un todo.
“La Dolce Vita” es especial para mí, por Fellini, por Roma, por Mastroianni y sobretodo por un personaje que aparentemente es sólo secundario, pero es uno de los que más me emocionó y de los que más permanece en mi recuerdo, el de Paola, no sabes que alegría cuando he leído que también tú le dedicabas un lugar en la entrada. Paola es, ese oasis en medio del desierto de degradación moral en que se convierte la vida del protagonista, recordándole, con un solo gesto, que a pesar de todo y de todos, él es escritor.
Por Fellini siento debilidad, “La Dolce Vita” forma parte de esas películas que acaban siendo más que una película, que pasan a formar parte de la memoria sentimental, y es ahí donde radica la magia del cine, cuando después de ver esos fotogramas, te dices a ti misma, sé de lo que habla Fellini, yo una vez estuve allí.
Me entusiasmó esta entrada, ese paseo por una Dolce Vita, que no siempre era tan Dolce, como tú tan magníficamente has ido desgranando…
Gracias, de corazón, muchas gracias, me emocionó la dedicatoria y, me emocionó especialmente que escogieras justo esta película.
Un beso muy fuerte
Cuanto te leo, noto en tus palabras la emoción que te despierta la película y sobre todo en tus hermosas palabras, lo que la amas. Hoy ha sido un placer leerte.
Recuerdo que leí el texto que le dedicó Raúl en su blog, emotivo desde otro punto de vista y para desentonar estoy yo, que como siempre me fijo en la parte práctica de todo escribí esto:
Mi nombre es Anitona
Maldito Federico, estamos en abril, en Roma, falta poco para el amanecer y la temperatura es de 9 grados. Ya esta terminada la réplica de la Fontana en Cinecittà, pero no, se ha empeñado en rodar la escena en el propio rione de Trevi. Piero ha diseñado un vestido de lo más espectacular para hacerme sentir lujuriosa y amoral, pero lo que siento es frío, mucho frío. Me envuelvo con una manta mientras tomo un café calentito junto a Walter, nos reímos del horroroso nombre que le han puesto en la película, Paparazzo, menuda estupidez. Menos mal que nadie se fija en esas cosas. A lo lejos veo como una señora mayor se baja de un Mercedes y le grita algo a Federico, el aire helado me trae algunas palabras, inmoral, escandaloso. Es curioso este país donde se conjuga la “dolce vita” con el más estricto puritanismo. Por fin me llaman para rodar la escena, espero que valga la primera toma, ayer en el ensayo, comprobé que el agua estaba congelada y que a cada paso que daba dentro de la fuente, mis pies descalzos se magullaban con las monedas que tiran los ociosos turistas, podrían haberla limpiado antes de rodar. Allí voy, mi texto es fácil, Marcello, Marcello, Marcello… sólo tengo que repetir la palabra en el mismo tono que utilicé ayer por la noche en el hotel. Lo haré bien, aunque no creo que esta escena me proporcione mucha fama. Mi nombre es Anita Ekberg, voy a bañarme en una fuente por exigencias del guión y hace un frío del carajo.
Un abrazo, como digo, un gustazo leerte
Antes de nada...¡qué envidia, 39escalones!...envidia sana. Ver en Roma al aire libre y en pantalla grande esta joya...buf!. Un gran texto para una obra de arte. Genial e inolvidable.
Roma era el mundo y daba cabida a todo. La sensación más potente que queda de ver esta cinta es la percepción de la decadencia: el fin del esplendor, el declive moral de sus habitantes. Y posteriormente, en "Roma" hará mayor hincapié en esa ideas. Este director es un gran melancólico (qué es "Amarcord") muy crítico con los tiempos modernos. Opino yo.
Saludos.
Hola Francisco, primero de todo felicitarte y espero que hayas tenido un feliz día.
Magnífica esta entrada sobre una película casi mítica y de la que tengo un vago recuerdo, excepto de la escena de la Fontana de Trevi que, como has dicho, es la que nos ha quedado en la mente.
Esto me ha hecho pensar que debería volver a ver esas películas de antes.
Un abrazo.
Qué canción madre mía, qué canción... Impresionante (¿qué puede decir alguien que en su avatar lleva la figura del gran Dino?...).
En cuanto a La Dolce Vita, acertado análisis. No puedo estar más de acuerdo contigo. Una de las mejores películas de su década.
Saludos.
La Dolce Vita es una de esas películas que se deben ver cada cierto periodo de tiempo, provoca la reflexión, deleita la vista y con la entrañable música de Nino Rota se vuelve una experiencia completísima que justifican todo.
Un abrazo.
He disfrutado muchísimo de esta entrada, querido Francisco. Una vez más, me saco el sombrero y aplaudo.
Un fuerte abrazo
PD: Te recomiendo este blog:
La magia del cine
Hola, he estado echándole un vistazo a tu blog y me ha gustado bastante así que quería proponerte un intercambio de enlaces. Yo también tengo un par de blogs, que quizá puedan interesarte, llamados El quimérico inquilino (personal, opinión, escritos literarios...) y Hotel Overlook (cine). Los puedes ver entrando en mi perfil. Si te parece bien la propuesta coméntamelo en el blog. Yo te enlazaría en los que me enlaces tú.
Un saludo.
Tú los llamas "fantasmas en vida", yo los llamé "vampiros". La figura es muy próxima, la reflexión es la misma.
"La dolce vita" es una VITA bendecida con champán caro y amenizada por una orquesta frenética, en la que abundan los bufones en busca de migajas, los amores fingidos y el perfume francés. Una vida de entrevistas pactadas, de primeros planos, y de segundas tomas. Una vida salpicada de putas y efebos, de caprichosos excesos, y de extravagantes sinsentidos.
Pero también está Emma, que simboliza la renuncia a lo sencillo, lo cotidiano, lo vulgarmente hermoso.
Y está Paola, que no es más que el esperanzador amanecer que hace perecer cada día, a modo de sísifos condenados, a esos estúpidos fantasmas.
Y por último esta Roma, que se convierte en el más hermoso y labrado recipiente, para la nada más absoluta.
Qué hermosa entrada, francisco.
Hola, ya te he enlazado en Hotel Overlook y en El quimérico inquilino. Un saludo
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