viernes 20 de noviembre de 2009

RAMÓN

"El alba riega las calles con el polvo de los siglos."
Ramón Gómez de la Serna, Greguerías

El buen estado de salud de una cultura se mide tanto por su capacidad de avance y experimentación como por consideración que le merecen sus propios clásicos. Los clásicos sirven para entender quienes somos y a dónde hemos llegado. Hoy, la barbarie literaria es ingente y aburrida. Y es que toda generación nueva busca en el artista no sólo el modelo estético, sino un modelo moral, un modelo de vida, que es de lo que más necesita esta juventud. Como suele ocurrir, interesa más el autor que el libro, más el hombre que lo que hace. Cuando vida/obra son ya un todo o, debería de serlo. Hoy la mayoría de los escritores no lo son porque tienen un apetito de éxito inmediato, y esa actitud les impide crecer literariamente. El fanatismo de la novedad y la superstición del consumo está borrando a muchos clásicos vivos y muertos. Así, es como una literatura se empobrece y nadie vuelve la cara a los maestros enterrados que todavía tienen mucho que decir.

En mis años de iniciación yo adoraba a Ramón Gómez de la Serna. Ramón inventó la greguería. La greguería es, en un principio, el hecho funcional de sacar una metáfora de su contexto. En cada greguería, como en cada Picasso, nace el siglo XX. Ramón creó en la botillería de Pombo, en la calle Carretas de Madrid, una de las tertulias más famosas de la época. Tras la guerra destruyeron el edificio que lo albergaba. El hueco que quedó en esa calle fue ostentoso, como si se le hubiese venido abajo a la calle la mitad de la dentadura.

Podríamos decir que la literatura es una circunferencia que el escritor traza en torno de sí para singularizarse y, al mismo tiempo, aislarse del mundo. Toda la obra de un escritor no es sino un sistema de señales para dar fe de sí mismo y perpetuar la distancia del mundo. Ramón es él y su circunferencia, y por eso le saldrá los géneros fingidos, porque no ha nacido jamás a la vida. Lo suyo es andar y andar la circunferencia, recorrerla y contárnosla. Ahí está su genialidad circular y, por lo tanto, limitada: y, por lo tanto, infinita. La genialidad es siempre una monotonía, un ser uno igual a sí mismo. Con Ramón descubrimos que nunca escribimos sobre lo que creemos escribir, sino sobre nosotros mismos. El escritor no está para explicar el mundo-filósofo o novelista-, sino para explicarse él en el mundo. Con él también aprendemos esa cosa elemental de que sólo se es alguien en lo de uno. La cuestión, para Ramón, es huir de prisa de la sordidez de unos hogares intransitables del perfume antiguo de la frustración. Odia y teme el mundo de los adultos, el rito, el negocio, la política. Niega siempre la trascendencia de la Historia y a todas las trascendencias. Ramón se ha resistido a construir nada, porque sabe que no hay nada que construir. Ramón es humorista y tiene un claro sentido de la muerte. La ironía del vivir y la tragedia del morir. En El rastro, posiblemente una de sus mejores obras, es precisamente el revés de ese mundo serio que él repudia. El rastro es ese mundo, pero ya vencido, caducado, revestido de poesía por la ruina y el tiempo. Lo cursi es la mediocridad que se cree sublime. Lo cursi es cursi porque insiste demasiado en la felicidad, y todo se queda cursi en El rastro, con el tiempo, porque la muerte ha dejado fuera de época esa felicidad. Mejor que el mundo abrupto de los negocios y la política, Ramón entiende la decadencia de ese mundo. El lenguaje en él tiene muchas claves temporales. El escritor siente repugnancia por la realidad mostrenca que sigue la repugnancia por el realismo. El realismo es insoportable siempre, como copia testaruda de la vida. Ramón sabe, en el fondo, lo que sólo saben los poetas: que el tiempo es siempre igual y que las emociones son siempre las mismas. El poeta llega más lejos que el pensador en su resumen del tiempo o de la tarde. Que se aprende más del curso de un río que de la geometría de un estanque.
Ramón es quizá la escritura más libre que se haya hecho nunca en este país.

"Ha oscurecido de pronto, de un modo súbito y vehemente. Todo el pasado de la ciudad está ahí, en ese pozo. No es más trascendental la historia, tómese como se tome. Todo queda emborronado y tergiversado por la noche."

Imagen del centro: La tertulia del café Pombo (1920), de José Gutiérrez Solana.

12 comentarios:

Pilar en Córdoba dijo...

un gusto leerle¡¡¡
genial, como siempre, este ganarle al tiempo¡¡
saludos
Pilar en Córdoba

mi nombre es alma dijo...

Y como gran conocedor de cine dijo en su Cinelandia:
"Cinelandia, la gran ciudad falsa, puede ser la patria perdida e imposible de organizar. Quizás en una ciudad de tipo tan moderno se pierda el estigma y se reorganice lo imposible".

Un abrazo, siempre se aprende y se disfruta en tu casa

Amaia dijo...

Pues habrá que leerle, claro!

Elvira dijo...

Sólo he leído algunas de sus greguerías citadas aquí o allá. Algunas me han parecido muy buenas.

Me ha interesado especialmente este fragmento de tu entrada: "Con Ramón descubrimos que nunca escribimos sobre lo que creemos escribir, sino sobre nosotros mismos. El escritor no está para explicar el mundo -filósofo o novelista-, sino para explicarse él en el mundo." Creo que es totalmente cierto. Entender quiénes somos y qué nos ocurre. Intentar encontrarle un sentido a nuestra vida.

Un fuerte abrazo, querido amigo

Dana Andrews dijo...

Qué gran ambiente se debía respirar en aquél histórico Café, una pena que lo derribaran... y me ha gustado mucho cómo has descrito la manera en que quedó la calle sin él. Adoro los cafés antiguos e históricos. Entrar en ellos ya es un lujo.

Elèna Casero dijo...

El buen estado de salud de una cultura se mide tanto por su capacidad de avance y experimentación como por sonsideración que le merecen sus propios clásicos.

No creo que haya que hacer muchos más comentarios. Genial todo lo que has escrito.

Un abrazo

Vivian dijo...

De Ramón Gómez de la Serna sólo conocía sus “famosas” greguerías y las no menos "famosas" tertulias.

“El buen estado de salud de una cultura se mide tanto por su capacidad de avance
y experimentación como por la consideración que le merecen sus propios clásicos.”

Son muchas las frases que rescataría esta vez de tu texto, pero me quedo con ésta, por un motivo personal, sabes que soy más de clásicos que de literatura actual en cuanto a mis preferencias en lectura, pero en este aspecto tengo una gran asignatura pendiente, nuestros clásicos, a los que tengo bastante, bastante, abandonados. Tal vez sea momento de saldar esa deuda, Ramón y “El Rastro” que nos presentas, me parece una buena manera de comenzar a saldarla.

Como siempre, un placer leerte, una gozada de entrada, por lo que nos cuentas, por tu manera de contarlo...

Un beso

39escalones dijo...

Me encanta la cita que recupera Alma. Yo, sin conocerla, también identificaba al Cine como un continente propio (más que una ciudad, que falta de humildad...).
Y eso es también algo que me interesa mucho del personaje, sus críticas cinematográficas. Nadie ha escrito jamás críticas así.
Gran texto.
Abrazos, amigo.

entrenomadas dijo...

Si hubiera leído este post antes de pasar una tarde de tertulia en el Café Gijón vería las cosas de otra manera. Qué preciosidad!


Kisses con café de tertulia matutina,

Marta

Raúl dijo...

Tus conocimientos me superan. Tratar de comentar aportando interés a alguna de tu entrada, me resulta muchas veces algo imposible. No quiero convertirme en un funambulista de la wilkipedia, tratando de hacerte ver que poseo conocimientos que no son míos. No estamos para eso.

Este hombre, al que conozco -como muchos- sólo por haberlo estudiado en el programa obligatorio (bendito programa obligatorio) me aportaba a día de hoy, únicamente la referencia automática a sus gregerías, sin haber tenido la oportunidad de profundizar en él o en su obra, más allá de lo que se sabe de forma básica. De ahí que tu entrada venga de algún modo a paliar ciertas carencias y, sobre todo, venga a encender en mi la llama de la inquietud.

Conozco, eso sí, a una persona a la que esta entrada le habrá hecho especial ilusión y a la que espero acabe de convencer de la necesidad de abrir un blog "especializado" en estas impresionantes creaciones del Sr. Gómez de la Serna.

Sonrío.

Anónimo dijo...

Francisco:
Hace años que leo a Ramón. Lo descubrí siendo muy joven, con "El caballero del hongo gris" y desde entonces no he parado de leerlo y vuelta a leer. Para mí es el más grande de nuestras letras del siglo XX, junto a Valle. "Hay una campana que suena en el alba y que no está en ningún campanario" "Los faroles son unos caballeros dignos de mucha atención. Son por sí solos singulares, independientes, con gran vida interior...Estos caballeros altos, que son los faroles -caballeros de ancho rostro luminoso y pálido-, miran impertérritos a las gentes que pasan. Su nariz, por decirlo así, es la que alumbra el conjunto, es la ancha lumbrera de su expresión".

El rastro, El circo, Biografía de Valle-Inclán, de Azorín... ¡Automoribundia! quizá su mejor obra, que he vuelto a leer estos días, y que te recomiendo si no la conoces: monumental, plena, hondísima.

Un abrazo, querido Francisco, farolero de la red que te asomas a la noche para ver la respiración de las chimeneas, su oscuro sueño de humo que viaja hacia el cielo lento como si fueran las nubes grises y un poco azules de la vida.

J,

Kinezoe dijo...

Un placer leerte, por lo que se aprende y por la forma en que lo cuentas. Acabo de realizar otro apunte más en mi libreta de cosas interesantes; con tus entradas me ayudas a rellenar y planificar mi tiempo de ocio ;-)

Un abrazo, amigo!