sábado, 31 de enero de 2009

Los olvidados



El pase de Los olvidados (1950) en el Festival de Cine de Cannes representó para la crítica europea el redescubrimiento de Luís Buñuel, que parecía haber desaparecido del mapa tras los grandes escándalos de Un perro andaluz y La edad de oro, rodadas a finales del mudo. No era para menos, pues la película, cruda y descarnada, continuaba la línea iniciada por su director con los dos títulos anteriormente citados, a pesar de tener que adaptarse a las exigencias del cine industrial y de haberse rodado en sólo cuatro semanas y con un presupuesto de miseria. Los olvidados se filmó en escenarios naturales, con actores prácticamente desconocidos, y aunque el operador Gabriel Figueroa, era sobre todo famoso por su esteticismo, Buñuel no le permitió realizar la menor floritura, con lo que las imágenes de la película poseen un tono austero y casi documental, que le va perfectamente a su tema.



Los olvidados se caracteriza además por la ausencia de sentimentalismo. Buñuel desmitifica en ella la pobreza, que no es presentada como un "valor cristiano", sino como algo que corrompe y degrada. Al igual que a los mendigos de Viridiana, a los adolescentes de Los olvidados la miseria les envilece. Buñuel le da también la vuelta a todos los tópicos y arquetipos del melodrama tradicional, tan del agrado del público mexicano. Así, la madre de Pedro no es la clásica madre abnegada, ni ama a su hijo, sino que lo rechaza. El ciego es avaro y cruel, al igual que los adolescentes protagonistas. Pedro puede considerarse como una víctima del medio, pero El Jaibo es a la vez víctima y verdugo, y Buñuel lo presenta sin la menor complacencia. El elegante caballero que se aproxima a Pedro cuando éste está contemplando ansiosamente el escaparate de la pastelería, y que parece compadecerse de él, es en realidad un pederasta. De ese modo, Buñuel va destruyendo uno a uno todos los esquemas del melodrama y creando una sensación angustiosa, de ausencia de salidas, que convierte a Los olvidados en una película sobre el "fatum", casi en una tragedia griega.



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La película causó desconcierto y rechazo en el público mexicano, pero fue justamente valorada por los intelectuales encabezados por Octavio Paz, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, entre otros. Los olvidados es además una película fuertemente enraizada en la cultura española y deudora al movimiento surrealista. Buñuel intentó introducir en ella más elementos oníricos de los que aparecen. Él mismo cuenta que pensaba mostrar una orquesta de cien músicos tocando en el edificio en construcción que se ve en el fondo de la escena en que El Jaibo da muerte a Julián, pero que el productor Oscar Dancigers, no se lo permitió. No obstante, quedan en Los olvidados numerosos elementos surrealistas, como las gallinas, que aparecen varias veces, unas veces justificadas por el guión y otras no, como cuando Pedro muere, y que se convierten en algo amenazador y extraño, que altera la percepción de la realidad del espectador y le perturba profundamente. Inolvidable la escena del sueño de Pedro, en el que su madre sonriente, como una madonna le ofrece un pedazo de carne sanguinolenta, palpitante como un pulpo reventado.



Algunos críticos pusieron en un primer momento objeciones a ese empleo de imágenes surrealistas, que les parecía antinatural y forzado. Sin embargo son ellas las que dan su sentido último a la historia y trascienden los aspectos más convencionales de la misma, que Buñuel se vio obligado a introducir por presiones de la censura y el productor, como la "redención" de Pedro en la granja-escuela, los sermones de su director, etc., y las que permiten que, como señala Octavio Paz, la película muestra también "la porción nocturna de la vida."

A pesar del éxito de crítica de Los olvidados, Buñuel no pudo seguir realizando las películas que realmente le apetecía, y sus títulos siguientes, Susana, La hija del engaño y Subida al cielo (las tres de 1951) tuvieron que ajustarse más a patrones del cine comercial mexicano, aunque no por ello renegase su autor de sus convicciones personales más profundas, ni dejarse de introducir elementos perturbadores y muestras de su proverbial socarronería, que las salvaron de convertirse en simples folletines. Hubo que esperar, sin embargo, a Nazarín (1958) y Viridiana (1961) para que volviese a ofrecer películas tan duras y sin concesiones como Los olvidados, y para que la crítica internacional volviese a fijarse en él y a aclamarle como uno de los grandes directores del cine mundial.



sábado, 24 de enero de 2009

Nunca volvemos a casa



A la memoria de Nicholas Ray


En el último plano de Rebelde sin causa, Nicholas Ray se detiene brevemente para admirar un lecho de flores. Sé que Ray fue un gran romántico a pesar de todo su pesimismo.

Transitado como un paria por su infierno particular, Ray mantuvo hasta el final la llamada de la creación cinematográfica pura, y en su obsesión por ella, fuera del tiempo, del espacio y de toda razonabilidad. Nunca olvidaré, casi inmovilizado en la habitación de su hotel en San Sebastián, filmando incesantemente la calle desde el balcón con su cámara de 16mm, fue el paradigma del fin del cine. No dejaba de ser lógico que quien había encarnado su esencia, "El cine es Nicholas Ray", dijo una vez Jean-Luc Godard, fuese el más desvalido ante su desaparición.

Desprovisto de otros recursos, se ofreció a si mismo en espectáculo durante los últimos diecisiete años de su vida, no carente de proyectos, de la vida. Pero sólo consiguió exponer su deterioro personal en un episodio (The Janitor) de una película pornográfica rodada en Holanda; Wet Dreams. Autorretratarse como el viejo director de cine que, despreciado por sus alumnos, acaba suicidándose en We Can't 60 Home Again. En este filme dice en una réplica: "No tengáis grandes expectativas". La imagen que nos dejó en El amigo americano (1977), de Wim Wenders en donde interpreta a un artista al que el mundo creía muerto. En la película rendía homenaje a su figura en un inolvidable plano final, en el que daba la espalda a la cámara y se alejaba hasta perderse en la distancia. Finalmente Ray muestra el espectáculo de su propia muerte verdadera en una película codirigida y remontada de nuevo por Wenders, Relámpago sobre el agua (1980).

Resulta cruel y revelador de la ya duradera imposibilidad de la creación artística en el marco del cine industrial, que uno de los cineastas americanos con mayor creación de autor de su generación haya arrastrado hasta la muerte su última película inacabada y de título premonitorio: Nunca volvemos a casa.

Amigo mío, la vida no admite retornos.

domingo, 18 de enero de 2009

Pavana y Lo que el tiempo se llevó


Pavana (1968), de Keith Roberts, es una novela en donde abunda hermosas descripciones de una tecnología ya obsoleta, sobre todo en la primera parte ("Primer Compás"), donde se nos presenta a Jesse Strange, el orgulloso propietario de una flota de locomotoras de vapor. Son máquinas que ruedan sobre carreteras, no sobre raíles, y que son el principal medio de transporte pesado en esa Inglaterra del 1968 d.C: "Tal vez algún día el motor de petróleo pueda llegar a algo... Pero antes habrá que vencer la objeción de la Iglesia. La Bula de 1910, Petroleum Veto, había limitado la capacidad de los motores de explosión a 150 cc, y desde entonces los transportes de vapor no habían tenido verdadera competencia. Los vehículos de petróleo se han visto forzados a incorporar grandes velas para desplazarse mejor..."

Los lectores adivinarán, por esta extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno, de lo religioso y lo comercial, que Pavana es otra novela de mundos alternativos. Está ambientada en la corriente temporal en que la reina Isabel I es asesinada (1588), y Felipe II de España conquista Inglaterra, y la consiguiente "Guerra de los Enrique" termina con el triunfo de la Santa Alianza y la Iglesia recupera su antiguo poder. La característica principal de ese mundo es el poder opresivo de la Iglesia Católica, un poder que ha ahogado la investigación científica y el progreso. No obstante, ha habido algunos cambios, y hombres como Jesse Strange y el hermano John son sus agentes. La lucha entre la Iglesia y las fuerzas incipientes del progreso material está llegando a su culminación.

La novela no tiene una sola historia lineal, sino seis largas historias, un prólogo y una coda (cada uno de los capítulos apareció primero por separado en la revista británica de cf Impulse, de corta vida, de la cual el autor era editor gerente). Los "Compases" del libro están marcados con precisión y con mucho vigor, cada uno de ellos es una obra maestra en miniatura. Se desarrollan como una danza solemne con vívidos disfraces, o como una pavana. La "Coda" es muy elocuente. En una era futura de monorraíles y estaciones de energía eléctrica-mucho después de haberse ganado la prolongada batalla y de haber forzado el repliegue de la Iglesia-, se nos ofrece un pantallazo de nuestra propia época, dominada por un ritmo frenético de cambios. Parece ser que la Iglesia tenía un conocimiento anticipado de nuestro mundo y había intentado-con éxito-impedir su advenimiento: "La Iglesia sabía que el Progreso no se detendría: pero podía retrasarlo... dándole tiempo al hombre para que se acercara a la Razón verdadera; ése fue el don de la Iglesia a este mundo. Y fue inapreciable. ¿Oprimió? ¿Ahorcó y quemó? Sí, un poco. Pero no hubo Belsen, ni Auschwitz, ni Buchenwald, ni Passchendaele".



"Aunque escribo esto en el año 1877, he nacido en 1921. Ni las fechas ni los tiempos verbales están equivocados. Permitirme explicarlo." Así comienza la deliciosa novela de Ward Moore. Naturalmente, se trata de otro relato de un viaje por el tiempo, pero es algo más que eso. El héroe, Hodge Backmaker, es un muchacho que se cría en los recesivos y subdesarrollados Estados Unidos de las décadas de 1920 y 1930. A los diecisiete años emprende la marcha hacia la gran metrópolis de Nueva York, una ciudad de adoquines, lámparas de gas y globos , calles pobladas de bicicletas y con casi un millón de personas viviendo entre los "rascacielos" de diez pisos. Él no lo advierte, pero esta Nueva York es sólo una pálida sombra de lo que habría podido ser si los Estados Confederados no hubiesen ganado su independencia en la década de 1860. La Confederación, que ahora abarca México, es la nación más rica de América del Norte, y Washington, St. Louis y "Leesburg" son las verdaderas grandes ciudades del continente, mientras que Nueva York se encuentra sumida en un estancamiento provinciano.

Hodge empieza a trabajar en una librería, y en su tiempo libre estudia historia. Lee libros como "Causas de la declinación y caída de América, del conocido historiador y ex patriota Henry Adams". Seis años más tarde se convierte en investigador full time y se especializa en "La guerra de independencia del Sur". Durante ocho años se dedica a estudiar las campañas de aquella antigua guerra, y escribe monografías que se "publican en las revistas cultas de la Confederación y de Gran Bretaña, pues en los Estados Unidos no existían". Mientras tanto, un grupo de científicos inventa un medio para viajar por el tiempo, y Hodge se siente tentado de utilizarlo con el fin de visitar la época y el lugar de las batallas que decidieron el resultado de la guerra que tanto le fascina. Al llegar al campo de batalla de Gettysburg, en 1863, Hodge cambia accidentalmente el curso de la historia. Se encuentra en una nueva alternativa histórica, en un mundo donde el Sur pierde la guerra civil.
Es una historia encantadora, excelentemente narrada. Incluso quienes sepan poco de la historia norteamericana gozarán con esta novela, escrita con humor, con convicción y muy bien ambientada.

domingo, 11 de enero de 2009

El hombre en el castillo



Esta novela tiene muchas de las características de una novela social. Se refiere a las interacciones de hombres y mujeres en una sociedad descrita con realismo, ambientada en 1962. Incluso tiene algo de las comedias de costumbres. Sin embargo, no cabe duda de que es ciencia ficción. La base de la que parte El hombre en el castillo (1962) es que Alemania y Japón han ganado la Segunda Guerra Mundial y que se han dividido entre ellos el territorio de los Estados Unidos. En ese 1962, el Reich alemán está ocupado en llevar a la práctica una atroz solución final en África, mientras ultima los planes para enviar la primera nave tripulada a Marte. Entretanto, un Imperio Japonés relativamente benigno administrará la Costa Oeste de los antiguos Estados Unidos; los funcionarios japoneses están obsesionados con las costumbres populares y con los objetos de la cultura pop de los derrotados californianos.

Robert Childan tiene una tienda de valiosos objetos antiguos, donde vende relojes Michey Mouse, viejos posters de películas, libros de historietas y cosas por el estilo a los japoneses más cultos, dispuestos a pagar elevados precios por esas genuinas artesanías norteamericanas. Childan está ansioso por complacerlos. En una de las escenas mejor logradas y más divertidas de la novela, es invitado a la casa de una joven pareja de japoneses chics que desea hacerle escuchar algunos de sus estimados registros de jazz de Nueva Orleans. Childan malinterpreta sus motivos y denigra la música negra en términos racistas-en ese mundo, socialmente aceptables-, hasta que se da cuenta de que está cometiendo un error. De esa manera, Philip K. Dick consigue, a comienzos de los años sesenta y en la cumbre del imperio norteamericano de posguerra, crear un verosímil mundo imaginario en el cual los norteamericanos se ven obligados a humillarse en medio de la confusión, el resentimiento y el remordimiento; soportan el mismo peso de la opresión cultural que a lo largo de la historia han soportado tantos otros pueblos del mundo. Es una saludable inversión. 


El hombre en el castillo no es sólo la historia de Robert Childan. Es también la historia del señor Tagoni, simpático empresario japonés; de Juliana Frink, instructora de judo, que decide ir en busca del recluso Hawthorne Abensen; del propio Abensen, el "hombre en el castillo" del título, que ha escrito una novela de ciencia ficción, La langosta se ha posado, en la cual, como es fácil adivinarlo, se imagina que Alemania y Japón han perdido la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, Dick construye cuidadosamente una narración compleja de muchos niveles, en gran parte unidas entre sí por las referencias al I Ching, el antiguo oráculo chino que todos los personajes consultan de tanto en tanto. La novela cuestiona nuestra idea de "realidad", y demuestra cuán frágil puede ser el consenso.

Paradójicamente, por tratarse de un libro que se aparta de la realidad, los personajes son muy reales. Una de las mayores virtudes del autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? fue su capacidad para crear personajes-cualidad que no suele caracterizar a la mayoría de los escritores de ciencia ficción-, y que se aplica plenamente en esta hermosa y sutil novela. Quizá sea la mejor obra de Dick, y la más notable de las narraciones sobre mundos alternativos, o fantasías de posibilidad histórica, que se haya escrito jamás.


domingo, 4 de enero de 2009

Trilogía de los mundos alternativos


Quiero dedicar en mis próximas entradas un sentido homenaje al género de la ciencia ficción del periodo clásico, quizá porque llevo mucho tiempo
observando que existe un cierto rechazo a un género que atesora una de las grandes creaciones literarias. La ciencia ficción ha previsto todo el futuro que la raza humana puede tener en reserva. La cf, lejos de ser un género menor, y desprestigiado por ciertas élites literarias, constituye de hecho la tradición literaria más fuerte del siglo XX, e incluso tal vez su literatura más auténtica, y probablemente la última forma literaria existentes de la muerte de la palabra escrita y el dominio de la imagen visual. La cf ha sido una de las pocas formas de la ficción moderna en ocuparse explícitamente del cambio-social, tecnológico y ambiental-, y ciertamente la única ficción en inventar mitos, sueños y utopías de la sociedad. Basta comprobar el éxito de la historia del cine para confirmar mi creencia de que la cf establece los límites de la imaginación popular del siglo XX: La invasión de los ladrones de cuerpos, Ultimátum a la Tierra, El planeta de los simios, 2001, Una odisea del espacio, La guerra de las galaxias, Alien, el octavo pasajero, E.T, Blade Runner y tantos otros títulos. Por otra parte, la literatura actual nos sorprende con obras tan impresionantes como Las torres del olvido, de George Turner, la magnífica obra de J. G. Ballard y La carretera, de Cormac McCarthy.


Como el tema es amplio y rico he creído conveniente sacar a la luz el tema de "los mundos alternativos", quizá por la fascinación que todavía hoy sigue ejerciéndome. Son historias construidas a partir de una premisa común: la posibilidad de que en cada determinado momento muchos universos diferentes se desprendan del nuestro y, por tanto, existan infinidad de otros mundos, otras tierras, surgidas como variantes en momentos cruciales de la historia. Al ambientar las novelas en alguna de estas líneas de tiempo alternativas, los autores de cf pueden introducir infinidad de cambios en la historia conocida. Por ejemplo; pueden imaginar un mundo en el que los chinos fueron los primeros en colonizar América del Norte, como lo hizo Murray Leinster en Sideways in time (1935), o en el cual la sociedad norteamericana contemporánea surja del feliz asentamiento masivo de los vikingos nueve siglos antes, que fue lo que hizo L. Sprague de Camp en The Wheels of If (1940), o en Lo que el tiempo se llevó (1953), de Ward Moore en donde construye su ficción precisamente alrededor de una idea de este tipo: la suposición de que el Sur ganó la Guerra Civil norteamericana, o Pavana (1968), de Keith Roberts, ambientada en la corriente temporal en que la reina Isabel I, es asesinada en 1588, y Felipe II de España conquista Inglaterra, y la consiguiente Guerra de los Enrique que termina con el triunfo de la Santa Alianza y la Iglesia recupera su antiguo poder, o El hombre en el castillo (1962), de Philiph K. Dick, en donde Alemania y Japón han ganado la Segunda Guerra Mundial y se han dividido entre ellos el territorio de los Estados Unidos.


A nosotros nos falta la gran novela alternativa de nuestra historia, que no es poca. ¿Cómo sería hoy, pongamos por caso, nuestro presente, si Franco hubiese perdido su guerra?

Los grandes escritores de cf no siempre se ocuparon del futuro, porque el mañana no es otra cosa que el hoy de turno. ¿Tiene sentido la historia o es una cadena de casualidades, absurdas y bromas trágicas? No hay sentido alguno en la Historia. La evolución es puro azar. Si volviera la cinta a rebobinarse y empezar todo de nuevo el ahora sería completamente distinto, puede incluso que el ser humano no existiría.


Orden de aparición:


El hombre en el castillo (1962) de Philiph K. Dick

Pavana (1968) de Keith Roberts
Lo que el tiempo se llevó (1953) de Ward Moore.