El pase de Los olvidados (1950) en el Festival de Cine de Cannes representó para la crítica europea el redescubrimiento de Luís Buñuel, que parecía haber desaparecido del mapa tras los grandes escándalos de Un perro andaluz y La edad de oro, rodadas a finales del mudo. No era para menos, pues la película, cruda y descarnada, continuaba la línea iniciada por su director con los dos títulos anteriormente citados, a pesar de tener que adaptarse a las exigencias del cine industrial y de haberse rodado en sólo cuatro semanas y con un presupuesto de miseria. Los olvidados se filmó en escenarios naturales, con actores prácticamente desconocidos, y aunque el operador Gabriel Figueroa, era sobre todo famoso por su esteticismo, Buñuel no le permitió realizar la menor floritura, con lo que las imágenes de la película poseen un tono austero y casi documental, que le va perfectamente a su tema.Los olvidados se caracteriza además por la ausencia de sentimentalismo. Buñuel desmitifica en ella la pobreza, que no es presentada como un "valor cristiano", sino como algo que corrompe y degrada. Al igual que a los mendigos de Viridiana, a los adolescentes de Los olvidados la miseria les envilece. Buñuel le da también la vuelta a todos los tópicos y arquetipos del melodrama tradicional, tan del agrado del público mexicano. Así, la madre de Pedro no es la clásica madre abnegada, ni ama a su hijo, sino que lo rechaza. El ciego es avaro y cruel, al igual que los adolescentes protagonistas. Pedro puede considerarse como una víctima del medio, pero El Jaibo es a la vez víctima y verdugo, y Buñuel lo presenta sin la menor complacencia. El elegante caballero que se aproxima a Pedro cuando éste está contemplando ansiosamente el escaparate de la pastelería, y que parece compadecerse de él, es en realidad un pederasta. De ese modo, Buñuel va destruyendo uno a uno todos los esquemas del melodrama y creando una sensación angustiosa, de ausencia de salidas, que convierte a Los olvidados en una película sobre el "fatum", casi en una tragedia griega.
La película causó desconcierto y rechazo en el público mexicano, pero fue justamente valorada por los intelectuales encabezados por Octavio Paz, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, entre otros.
Los olvidados es además una película fuertemente enraizada en la cultura española y deudora al movimiento surrealista. Buñuel intentó introducir en ella más elementos oníricos de los que aparecen. Él mismo cuenta que pensaba mostrar una orquesta de cien músicos tocando en el edificio en construcción que se ve en el fondo de la escena en que El Jaibo da muerte a Julián, pero que el productor Oscar Dancigers, no se lo permitió. No obstante, quedan en Los olvidados numerosos elementos surrealistas, como las gallinas, que aparecen varias veces, unas veces justificadas por el guión y otras no, como cuando Pedro muere, y que se convierten en algo amenazador y extraño, que altera la percepción de la realidad del espectador y le perturba profundamente. Inolvidable la escena del sueño de Pedro, en el que su madre sonriente, como una madona le ofrece un pedazo de carne sanguinolenta, palpitante como un pulpo reventado.
Algunos críticos pusieron en un primer momento objeciones a ese empleo de imágenes surrealistas, que les parecía antinatural y forzado. Sin embargo son ellas las que dan su sentido último a la historia y trascienden los aspectos más convencionales de la misma, que Buñuel se vio obligado a introducir por presiones de la censura y el productor, como la "redención" de Pedro en la granja-escuela, los sermones de su director, etc., y las que permiten que, como señala Octavio Paz, la película muestra también "la porción nocturna de la vida."
A pesar del éxito de crítica de Los olvidados, Buñuel no pudo seguir realizando las películas que realmente le apetecía, y sus títulos siguientes, Susana, La hija del engaño y Subida al cielo (las tres de 1951) tuvieron que ajustarse más a patrones del cine comercial mexicano, aunque no por ello renegase su autor de sus convicciones personales más profundas, ni dejarse de introducir elementos perturbadores y muestras de su proverbial socarronería, que las salvaron de convertirse en simples folletines. Hubo que esperar, sin embargo, a Nazarín (1958) y Viridiana (1961) para que volviese a ofrecer películas tan duras y sin concesiones como Los olvidados, y para que la crítica internacional volviese a fijarse en él y a aclamarle como uno de los grandes directores del cine mundial.




