lunes, 30 de marzo de 2009

Con la muerte en los talones


Desde que inicié esta loca aventura de crear un blog, ay, hace ya casi dos años, he hablado de numerosos filmes que me emocionaron en su momento y descubro, que todavía no he dicho nada sobre el cine de Hitchcock, cuando precisamente fueron sus películas las que más contribuyeron a aligerar el peso del aburrimiento existencial de la provincia. Si un día nos faltase el cine, nos sentiríamos solos, porque en esa familiar penumbra cinematográfica hemos ido manuscribiendo día a día, de seis a ocho, la continuidad de nuestra vida. Me atrevo a decir que si el mundo se despertara un día sin películas después de un largo sueño, así lo digo: todos seríamos analfabetos.

He dudado a la hora de elegir una película del maestro del suspense pero por fin me he decidido por Con la muerte en los talones (1959), porque creo que fue una película clave en su carrera americana.

Con la muerte en los talones fue recibida con suspiros de placer y alivio por los numerosos admiradores de Hitchcock perplejos ante sus románticas obsesiones de Vértigo (1958). Una mujer real (Con la muerte en los talones), que protege a un hombre imaginario (justo al contrario que en Vértigo). Hitchcock rodó Psicosis (1960), y los espectadores se quedaron nuevamente desconcertados ante este cambio de tono, ante esta película de terror gótico, que podía interpretarse como una muestra suprema de humor negro o como una lamentable exhibición de mal gusto. Evidentemente, estoy en desacuerdo con esto.


Superficialmente, Con la muerte en los talones es como un divertimento rodado entre dos títulos emocionalmente mucho más comprometido y perturbadores, una divertida historia de espías interpretada por el amable Cary Grant, una película de persecuciones e intriga contada con una total falta de respeto a la verosimilitud, pero con enorme habilidad profesional y desbordante buen humor. Un detalle: la actriz que hace de madre (Jessie Royce-Landis) era más joven que Grant en la vida real, y muy pocos espectadores se dieron cuenta. No obstante, la película, que Hitchcock describió como la culminación de la etapa americana de su carrera, contiene numerosos elementos negros en su estructura aparentemente relajada y brillante; lo que, junto con Vértigo y Psicosis, la convierte en un duro y sombrío comentario sobre algunas características de la sociedad americana.

El proyecto fue a parar a manos de Hitchcock por casualidad. Antes de empezar el rodaje de Vértigo, Hitchcock se había visto contratado para filmar The Wreck of the Mary Deare, cuyo guion se le había encargado a Ernest Lehman. Los dos se dieron pronto cuenta de los enormes problemas de adaptar la famosa novela de Hammond Innes, por lo que comenzaron a colaborar en el guión de una historia original, un thriller de espionaje, nacido al parecer del intenso deseo que tenía Hitchcock de rodar una secuencia en el Monte Rushmore.


Las secuencias iniciales de la película nos muestran a Thorhill (Cary Grant) como un hombre que domina a la perfección los distintos medios en que se desenvuelve, como lo prueban la tranquilidad con la que se apodera de un taxi para otra persona, o su seguridad y encanto en los actos sociales. Thornhill es de los pies a la cabeza el típico hombre de mundo americano. No obstante, muy pronto, un individuo llamado Townsend le empujará desde Nueva York, su ambiente natural, a un mundo caracterizado por el caos y la confusión.

La trayectoria tanto física como espiritual de la película responde a su título original North by Northwest. Así, desde el Nueva York del Hotel Plaza, los lujosos escaparates y el edificio de las Naciones Unidas (símbolos todos ellos del éxito material y de la Utopía), nos trasladamos en el tren "Siglo XX" a Chicago, una ciudad llena de recuerdos de los gangster (convertidos ahora en la CIA y sus espías). La célebre secuencia de la persecución por una avioneta fumigadora tiene lugar en un desolado paisaje con campesinos que parecen salidos de una de las novelas de John Steinbeck.
 

Contra el telón de fondo lleno de ambigüedad moral y tensión a escala planetaria "Crisis en Oriente Medio", grita en un momento dado un vendedor de periódicos de Nueva York, el fundido-encadenado que realiza Hitchcock entre el edificio de las Naciones Unidas y la placa de bronce de la CIA resume a la perfección el cinismo en las relaciones internacionales que caracteriza a la época actual, y que quizá no debería tomarse a la ligera como hace Thornhill al principio de la película cuando, intentando rechazar las extrañas cosas que le están pasando, dice tranquilamente: "Todo esto es ridículo."

Gracias Hitch, y mil perdones, maestro.


domingo, 22 de marzo de 2009

La espera


"Nada más que esperar; eterno desamparo."
Franz Kafka


Creo que todos los personajes de la obra de Samuel Beckett esperan, en cierta medida a Godot. Cada uno a su modo, y aquél no llegará jamás. Puesto que Godot aliviaría los males que les aquejan y tal solución es en si misma una imposibilidad en un mundo absurdo.

Esperando a Godot forma parte del llamado "teatro del absurdo". En este contexto, "absurdo" no significa "ridículo"-como en el lenguaje coloquial-sino que alude a la pregunta por el sentido o sin sentido de la existencia humana. Dado que el teatro del absurdo no puede responder unívocamente a esta pregunta, sus dramas constituyen una peculiar mezcla del abismal pesimismo y humor grotesco.



La trama de Esperando a Godot se puede sintetizar en una sola palabra: esperar. Con esta obra, Beckett dinamitó todas las expectativas convencionales. Sobre el drama: en Esperando a Godot no pasa nada; tampoco existen caracteres profundos, sino personajes grotescos; y los grandes monólogos han dejado paso a un lenguaje que superficialmente produce la impresión de no ser más que una monserga incomprensible. Beckett conocía mejor que nadie la existencia del elemento no verbal de la conciencia humana y la importancia del papel que éste desempeña en el acto de la gestación de una obra de arte. Dicha parte no verbal abarca cosas tales como emociones, el sentir la propia integridad corporal y toda clase de sensaciones. Beckett decía que a medida que envejecía, más escéptica se tornaba su actitud hacia la palabra pronunciada en voz alta y, para subrayar el valor del silencio medía el texto con un cronómetro, junto con las pausas que dividían las distintas partes del discurso. Sinceramente, puedo comprenderle.



Dos hombres, Vladimir y Estragon, esperan a alguien llamado Godot junto a un árbol pequeño en un camino rural. Ignoran todo acerca de Godot: qué quieren de él, quién es, qué aspecto tiene y si vendrá alguna vez. Ni siquiera están seguros de que exista realmente. Vladimir y Estragon matan el tiempo hablando. Pero sus intentos de conversar fracasan una y otra vez: hablan sin comprender, generan malentendidos entre ellos, se interrumpen, se repiten, cambian abruptamente de tema o toman los interrogantes por afirmaciones. Se comportan como si tropezaran una y otra vez con un callejón sin salida; como si percatándose de que no pueden continuar hacia adelante, dieran la vuelta y empezaran de nuevo para volver a adquirir que por ahí tampoco pueden seguir, retrocediendo otra vez y así sucesivamente. Queda patente el absurdo, la desesperación existencial, la inmóvil vacuidad de los días; la tensión, el peligro y la fragilidad desencadenada de nuestro tiempo.



¿Quién o qué es Godot? ¿Quizá es Dios? Al fin y al cabo, en la obra de Beckett hay suficientes alusiones religiosas para pensar que los personajes venidos a menos esperan su liberación espiritual. ¿O acaso Godot es la muerte? ¿O puede ser la meta final de la búsqueda de sentido? ¿O la esperanza? ¿O Godot no es absolutamente nada? Cuando le preguntaron a Beckett quién o qué era Godot, respondió: "Si lo supiera, lo habría dicho en la obra." Uno se acerca lo más posible a lo que es Godot cuando lo define como la infinita vastedad del sentido.

Para mi Beckett marca el final de la modernidad. Esperando a Godot responde a la pregunta del sentido y la finalidad de esperar planteando simplemente el interrogante. Este movimiento circular en torno a sí mismo acerca de la cuestión del sentido está considerado como uno de los signos de identidad de la posmodernidad. Pero en Beckett todavía queda la melancólica esperanza de que la espera pueda tener un sentido determinado. Por eso tiene nombre: Godot.




En 1969 le fue concedido el Premio Nobel. Lo aceptó, pero con la condición de que no iría a recibirlo en persona. Se escondía en lugares recónditos de Tánger y de Túnez con el fin de eludir todos los homenajes, entrevistas y discursos. Entregó el dinero del Nobel a una fundación benéfica que solo se hizo de dominio público después de su muerte.

Y para terminar, un detalle que me conmueve: al morir su mujer, Beckett se quedó en el hospital psiquiátrico donde la habían atendido. Allí compartió sus últimos días con los enfermos, mirando la televisión, confrontado hasta el final a una última oscuridad. Me viene a la memoria lo que dijo Céline en Viaje al fin de la noche: "Oleadas incesantes de seres vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, seguimos ahí, esperando lo que sea...".


  

lunes, 16 de marzo de 2009

El gran carnaval



La obra de Billy Wilder se caracteriza por la acidez y la virulencia con que presenta diversas facetas del "american way of life", pero ninguna de sus películas es tan feroz como El gran carnaval (1951), retrato corrosivo y amargo del periodismo amarillo y sensacionalista, del vouyeurismo de las masas y de la corrupción oficial, pero también puede considerarse que va mucho más allá y que mucho antes que la infravalorada Fedora (1978), ataca una corriente cinematográfica americana, la del gran espectáculo. Las obras maestras de Wilder están llenas de personajes bajos y despreciables, como el Walter Neff de Perdición (1944), el Don Birman de Días sin huella (1945) o el Joe Gillis de Sunset Boulevard (1950), pero la fría ambición y la codicia del Chuck Tatum (Kirk Douglas) de El gran carnaval no tiene equivalentes ni aun dentro de su obra, como no sea el Willie Ginguch (Walter Matthau) en Bandeja de plata (1966). No obstante, Wilder se muestra todavía más duro en su descripción de la sociedad corrompida e hipócrita que rodea a Tatum, y de la que el periodista no es si no uno de sus máximos exponentes. Tatum es capaz de despertar a una comunidad estéril, pero a costa de la desintegración de sus valores morales personales. Tatum es un periodista de la prensa amarilla, que prolonga el sufrimiento de un ser humano para aumentar el interés de su reportaje. El lugar en el que transcurre este moderno "cuento moral" es un área desértica y remota, tan ávida como sus habitantes, en la que rápidamente se concentra un elevado número de personas en búsqueda de emociones espurias. Aunque Tatum investiga concienzudamente la historia (y muere en el intento de explotarla al máximo). Las multitudes que se reúnen en el lugar del accidente, la atmósfera de fiesta que rodea todo el suceso recuerdan la terrible visión de las masas desenfrenadas que ofrecía El día de la langosta (1935), la gran novela de Nathanael West. Hago un inciso para recomendar esta obra maestra que acaba de publicarse por primera vez en este país y que corre a cargo de la editorial Backlist, en una edición excepcional. Es de obligada lectura para los amantes del cine.


Subido en la colina desde la que domina a las multitudes, Tatum se parece al director de alguna gran producción cinematográfica. El gran carnaval demuestra como el mundo del espectáculo satisface los más bajos instintos del público, explotando las catástrofes y las tragedias, al igual que en Sunset Boulevard veíamos al mundillo de Hollywood deleitándose con las desgracias personales de una actriz en decadencia. La relación existente entre las multitudes que acuden al lugar de la tragedia como si se tratase de una romería y la penosa situación de Leo (Richard Benedict) es esencialmente vampírica. Su deseo de sensaciones fuertes es el que permite la parodia del rescate que prolonga inútilmente los sufrimientos de Leo. La montaña de los Siete Buitres en la que ha quedado atrapado se convierte en la de los Siete Mil Buitres, según los alrededores se van llenando de personas deseosas de contemplar de cerca una tragedia personal, como si se tratara de una historia más de las que les cuenta el cine o la televisión. La forma en que Wilder organiza a este público y su relación física con el espectáculo recuerda a los cines para coches, tan abundantes en Estados Unidos.


Los coches se encuentran alineados en ordenadas filas, mirando a la montaña en la que se ha producido la tragedia. La relación espacial entre el espectador y la pantalla se produce así en El gran carnaval, y los miles de espectadores que siguen atentamente el drama recuerdan al público de una sala de cine. Como él, tienen que comprar entradas (cada vez más cara), y el bar de Lorraine (Jan Sterling) termina convirtiéndose en una especie de "ambigús", al que pueden acudir los espectadores en los descansos; es decir, cuando no ocurre nada destacado. Cuando muere Leo, las multitudes desaparecen; en pocos minutos el lugar vuelve a quedarse vacío, como un cine después de la función, sucio y lleno de desperdicios. Una vez acabado el espectáculo, nadie desea seguir escuchando a Tatum.


No debe sorprender que una película tan dura, que atacaba de esa manera muchos de los valores norteamericanos, por no decir que al propio público, fuese un desastre económico; de hecho, y debido al rechazo de los espectadores. Es evidente que Billy Wilder reserva su desprecio y su odio para la multitud, quizá incluso para su propio público, y de hecho, trastornó las relaciones entre el director y la Paramunt para siempre.

Hoy, los tiempos que nos ha tocado vivir le han dado la razón a Billy Wilder. Podemos comprobar, lamentablemente, cómo la prensa y la televisión se alimenta creando espectáculos de los sucesos más trágicos y amargos de nuestra opulenta sociedad contemporánea y contradictoria, porque en cuestiones de verdadera importancia, existe siempre aspectos de los que nadie desea hablar o escuchar.


miércoles, 11 de marzo de 2009

La tarde de un escritor


No hay que dejar pasar esos momentos cuando uno se levanta con la sensibilidad a flor de piel. Sí, son esos momentos que junto al primer café y cigarrillo de la mañana nos vaticina un día de sensaciones que se congratularán con nuestro estado de ánimo, junto a un buen libro, un cuadro, un poema, etc. Sales hacia a la media tarde con un libro, pongamos por caso; La tarde de un escritor, de Peter Handke, un cuaderno y una pluma. Es entonces cuando nuestros sentidos captan el detalle infalible de la vida dejando atrás a ese otro ser de los otros momentos más aciagos, sin contenido y con ese sentimiento de la pobreza de nuestros contornos; de la otra mirada más huidiza, transfiguradora y claudicante; a esos desánimos, a esas tristezas, a esos aburrimientos, a esa desesperanza que solo nos permite ver un paisaje desolado e intransitable.Sí, todo queda atrás y, hoy de pronto, me es indiferente no ser moderno. Con la ayuda de Handke, la omnipotente fealdad del mundo moderno no se me vela por la costumbre, no surge brutalmente al menor instante de angustia.


"La tarde" en La tarde de un escritor es, por un lado, una categoría temporal definida. El escritor termina su jornada de trabajo en una casa saturada de luz mortecina y melancólica de una tarde de invierno. Pero, por otro lado, "La tarde" es también un ámbito espacial y sensual, relacionado con los movimientos del cuerpo por los lugares conocidos, cuando este se abandona a sus propios deseos y no a las pautas deliberadas del trabajo. "La tarde", en este sentido, es lo que sigue al trabajo, un período y una sensibilidad caracterizados por cierta libertad, pero también por una fatiga que transforma esa libertad en un estado semiconsciente, en un regreso precioso pero apenas soportable a un ser despojado de propósitos y motivaciones externas.

El escritor de Handke en La tarde de un escritor, es un hombre que vive, trabaja, come y pasea solo, pero este aislamiento físico apenas protege la privacidad que cultiva y que tanto valora. Seducido y al mismo tiempo repelido por el parloteo abstracto de palabras e imágenes en el que se hallan sumidas las calles de la ciudad, el escritor emprende un paseo, vacila, se zambulle y se pierde.

Aunque llamarse a sí mismo escritor le provoca cierta inseguridad, se trata de un hombre para el cual el arte es una actividad diaria y laboriosa, y un orgullo objetivo que todo lo abarca. Enfrentado a las profundidades de la soledad del escritor y a la riqueza consiguiente de sus relaciones con el lenguaje y la observación, el mundo "exterior" no puede, por su parte, sino palidecer ligeramente. Handke, en efecto, fomenta esa oposición al negarse a nombrar la ciudad por la que pasea el escritor; sus calles son anónimas, y la lengua o lenguas que se hablan en ellas no son identificadas. Una oposición no es un abismo infranqueable, sin embargo, la belleza de este libro consiste en hacer que el escritor y el lector se sientan hambrientos de las cosas de este mundo.

Termino de redactar este post en un parque dando gracias a este día que, como dijo Antonin Artaud: "...los días volverán para arrojar el polvo de un paisaje que la vida ya no puede soportar."

domingo, 8 de marzo de 2009

Vagos



"Un vago apoyado en un farol es un motivo de reflexión. El farol, la ciencia; la rigidez, la luz; el vago, la duda, la indecisión, la sombra."

Pío Baroja, El vago

Para Platón y Aristóteles, la inactividad total siempre fue la más noble forma de la energía. Para las personas de la más alta cultura, la contemplación siempre ha sido la única ocupación adecuada al ser humano. Se necesita mucho tiempo para llegar a ser un genio, permanecer mucho tiempo sentado sin hacer nada, sin hacer verdaderamente nada. Dijo Albert Einstein: "La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa." Hemos conquistado la realidad y perdido el sueño. Ya nadie se tiende bajo un árbol a contemplar el cielo a través de los dedos del pie, sino que todo el mundo trabaja. Vivimos en un mundo iracundo. El ser humano cuando está iracundo se distrae fácilmente. Y es que hemos perdido la facultad de contemplar las cosas. Hemos olvidado el arte de perder el tiempo inteligentemente. En todos los países desarrollados la holgazanería de la clase ociosa es considerada buena, mientras que la de los pobres es por lo general condenada. Recuerdo que en los tiempos de Marivaux, éste le dijo a un mendigo sano: "¿No puede usted trabajar?" Y el mendigo le respondió: "¡Ah, mi querido señor! Si supiera usted lo perezoso que soy, seguro que se apiadaría de mí." Esta sinceridad le gustó tanto al escritor que le dio una limosna. Hoy sería difícil encontrar una situación semejante. A principios del siglo XX, don Miguel de Unamuno solía dormir más de nueve horas diarias, pero ya tenía que excusarse diciendo que cuando estaba despierto, lo estaba más que los demás. A mediados del mismo siglo, Carmen Martín Gaite nos deja constancia en su Esperando el porvenir que su amigo el poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory cuando trabajaba en Madrid, llegaba tarde al trabajo: "¿Cómo viene usted a las once, si aquí empezamos a las nueve?" "¿Y cómo quiere usted que llegue a las nueve, si yo me despierto a las diez?" Se lo debía de decir con tanta seriedad y convicción que lo dejaba sin palabras. Claro, eran otros tiempos. Hoy sería despedido en el acto.



En nuestro tiempo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, busca constantemente el movimiento que le falta. Esta vida desfigurada, ¿tiene todavía realidad? Y esta hipertrófica realidad, ¿tiene vida aún? Hoy la humanidad carece de ocios no organizados, en buena parte porque nos han acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario, en términos de producción. Hoy todos estamos saturados de actividades que no sirven más que para huir de nosotros mismos. Existe totalitarismo cuando se llega, de deseo en deseo, a la movilización general y permanente del ser al servicio de la nada. Ya lo dijo Hermann Broch en Los inocentes: "¡Ay de la época de las convicciones huecas y los sacrificios vacíos!". Sí, hay que prestar atención para ver cómo llena la gente su vida vacía y su hastío hueco con el vacío aturdimiento interior completamente inútil. La vida se asemeja a una superficie que aparenta ser como debe ser, pero por dentro desfila la procesión. Las necesidades de la vida son siempre distintas de las del pensamiento. En la vida ocurre, casi siempre lo contrario de aquello que un espíritu cultivado esperaría, y, como consecuencia, el sentimiento se convierte apático y por eso es incomprensiblemente cruel. El mundo está dominado por la apatía del sentimiento.



Me llama la atención la vergüenza que nos da admitir que estamos en el paro, más que por falta de necesidad económica, por estar inactivos en un mundo enfebrecido de actividad. El paro es el no poder trabajar cuando se quiere trabajar. El ocio es haber trabajado y tener tiempo libre para lo que uno quiera. El tiempo libre del parado, es una tragedia, porque no es tiempo libre si no tiempo esclavizado por la sensación de inutilidad y fracaso. Pero el mercado no le interesa que tengamos tiempo libre. Y la libertad está dentro de uno mismo y es la relación entre lo que uno tiene y lo que quiere tener. Las clases superiores, por otro lado, históricamente ociosas, han llegado a la decadencia y el ridículo porque raramente supieron hacer del ocio una obra de arte, y porque el ocio es delito y crimen cuando el trabajo de los demás no es placentero. Librarse del trabajo es tan difícil como librarse del paro. El ocioso es el enemigo número uno. Dijo Blanchot: "El ser no es más que el movimiento del infinito que se suprime a sí mismo y nace sin cesar de su desesperación". A veces le viene a uno la idea de que todas las cosas que vivimos son partes desprendidas y destrozadas de un antiguo todo que un día fue mal restaurado.



Los inteligentes son perezosos, ociosos, contemplativos y dejan hacer a los demás, porque ellos saben que solo los tontos creen que pueden cambiar el mundo.

"No se cuantas cervezas he bebido esperando a que las cosas fueran mejor." 

Charles Bukowski.