
"La autoridad de los que enseñan perjudican generalmente a los que quieren aprender."
Cicerón
"De niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela."
Bernard Shaw
"Nunca he permitido que la escuela entorpeciese mi educación."
Mark Twain
Recuerdo de niño, en el colegio, los profesores torturaban físicamente y psíquicamente a sus alumnos. Volvíamos a casa con algunas señales de violencia y nuestros padres hacían caso omiso a nuestros sufrimientos. Ay, la vida no es más que un largo proceso de recuerdo de la infancia, la mirada de un niño que refleja los recuerdos que busca el adulto, el pozo oscuro de la conciencia infantil de los mayores. La historia es pura ironía, un bumerán. Hoy son los profesores los que sufren maltrato por parte de los alumnos, y los padres se han vuelto en extremo permisibles respecto a unos hijos consentidos y maleducados. Hoy los padres siguen siendo inconscientes de la educación de sus hijos, de la gran importancia que comporta el seno familiar a la hora de educar y dar ejemplos, quizá también, porque las familias son una unidad de supervivencia terriblemente frágil. Y, como todos sabemos; todos estamos condicionados por los valores recibidos en nuestros años de formación, y, de momento, debemos seguir dándole la razón a la educadora francesa Madame de Maintenon (1635-1719): "Acostumbraos a ser obedientes, porque siempre os ha de tocar obedecer."
¿Por qué vamos al colegio? En primer lugar, según Kant, para aprender a estar tranquilos y ser puntuales. Lo que inculcan a esas cabecitas rubias o morenas en primaria es el buen uso de los días y las horas. Esta aclimatación a la regularidad, interiorizada en la infancia, ya no nos abandona. Éramos turbulentos y fantasiosos; sentamos cabeza y nos convertimos en seres asiduos. En cada niño hay un salvaje perdido. Los niños, como los salvajes, tienen criterios artísticos muy suyos que los adultos no aciertan a comprender. El colegio, como puedo comprobar, fue una buena representación del mundo. Todo lo que nos pasó allí continúa sucediéndonos ahora; todos los modelos de autoridad que allí sufrimos se reproducen con asombrosa fidelidad. Como en el colegio también, se valora más la sumisión que la eficacia. En la actualidad, casi toda nuestra educación se destina a dos finalidades: amasar para el estado y, en el caso del individuo, aprender a ganarse la vida. No es por tanto de extrañar que la sociedad esté obsesionada por el dinero, ya que todo el desarrollo de la educación parece indicar que esa obsesión es normal y deseable. Resultado: víctimas de una educación con finalidades, llenas de metas, de significados, de intenciones y de objetivos. Pero después de los cuarenta años empiezas a darte cuenta de que todo estaba equivocado, que has gastado cuarenta años de tu vida en problemas inexistentes. Dice el demagogo Vergilio Ferreira en su libro Pensar (Acantilado): "Me he pasado cuarenta años explicando cosas a los alumnos. Y se me ha quedado el vicio de explicar, incluso lo inexplicable. Ahora necesitaría otros cuarenta años para desaprender la explicación de lo que he explicado."
E.M.Cioran calificó a la universidad de "imbécil pero benéfica." Es duro, pero visto el panorama no me queda otro remedio que desconfiar de los métodos pedagógicos que imponen nuestras beneméritas instituciones gubernativas. Me resulta imposible creer en las bondades de un sistema que produce tantos hipócritas, tantos farsantes, tantos malvados y tantos desaprensivos. La diferencia entre formación y preparación, o entre preparación y cultura ha sucedido hoy el de la preparación. Hoy hay que tener una preparación, hay que estar preparados. ¿Preparados para qué? Para los empleos, para la competencia, para los test, para vender lavadoras o ser esclavos oficinistas. Por otra parte, no se trata ya de tener una cultura, entre otras cosas porque una cultura nunca se tiene, nunca acaba de tenerse, sino que es algo siempre en formación y transformación con la propia vida. La gente lo que quiere es triunfar en sociedad, salir enseguida adelante, y para eso hay que hacer carrera técnica. El mundo está lleno de hechos y, a pesar de ello, está vacío de verdaderos conocimientos. Los conocimientos superficiales aumentan, mientras el núcleo del conocimiento se encoge. Creo que sin valores humanos la vida es algo vacía y peligrosa. "Aprender sin pensar es inútil, pensar sin aprender es peligroso", Confucio.
Sería un prejuicio para la vida futura seguir produciendo ingenieros que no sean otra cosa que técnicos. No hay más que ver a esos numerosos cretinos de fabricación universitaria, químicamente detergidos de inteligencia natural. Quienes optan, primero por una carrera, frustran sus vidas. El sistema educativo es una fábrica de jóvenes preprogramados y la educación pública universal no es un objeto deseable. El sistema educativo sigue siendo hoy un cuerpo momificado y los profesores un cuerpo fatigado, incapaz de revitalizarlo. Creo que la educación precisa urgentemente de ejemplos morales y éticos, de modelos y actitudes a imitar que hoy no tiene. Hace tiempo que me pregunto para qué sirve la universidad si ese puñado de estudiantes no han aprendido en ella algo que se aprende en cualquier película. Estudiar quiere decir también leer y además reflexionar, relacionar, integrar, detallar, aclarar, absorber, rechazar, decidir, saber lo que tiene importancia y lo que no la tiene. Lo esencial no se aprende ni se intuye: se nos revela. El verdadero estudio es liberación y encuentro. Que la vida enseña más que todas las carreras y que hay que estar abiertos para irnos educando hasta la tumba.
Premonitorias son las palabras de Julio Ramón Ribeyro en La tentación del fracaso (Seix Barral): "Terminar un cuento así: Y la clase del maestro fue convertida en burdel por sus discípulos."
Imagen: manifestación en Barcelona contra el plan Bolonia.



