viernes, 22 de mayo de 2009

El meu amic Josep Pla



"Nadie sabe qué será el futuro y nadie puede saberlo. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que desde que todo el mundo se ocupa del futuro no se puede comer una tortilla decente."
Josep Pla, Les hores

Siempre me ha interesado el caso del escritor sin género, porque es quien se da el prodigio de la literatura en estado puro. Hoy, todos sabemos que para el mercado intelectual, y sobre todo la voracidad erudita, exigen un género, y Pla decía que era periodista. Sí, Pla es un escritor sin género, él fue su propio género y su vida el único argumento. A Pla le gusta el dietario, las memorias, la biografía o el anecdotario de altura. Eso es lo que hizo toda su vida y eso es lo que le costó el ser minoritario, pues el éxito de los periódicos no siempre transfiere al libro, inexplicablemente. Vida de Manolo, Homenots, La vida amarga, Notes disperses, Tres artistes, Les hores, y tantas obras maestras, son primicias literarias que Pla nunca habría cuajado en la novela. Y superiores a muchas novelas. Pla es el maestro de lo infinitamente pequeño y practicó siempre, con hermetismo de campesino, una cultura del yo que le llevaría muy lejos, pues que el yo de Pla comprende el florecer de los campos, el paso de los barcos, la lectura de los clásicos, la burla política, el conocimiento de los hombres y las voces del garbí, el terral y otros vientos que recorren toda su obra.


Lo suyo es un escepticismo tranquilo y una gran admiración por el escultor Manolo Hugué y por el arroz bien hecho en la playa. No quiere ir más allá, pero está mucho más allá. Sin embargo, nunca pierde la gracia, la amenidad y el detalle del verdadero periodista. A Pla le sobrevive un barroquismo catalán que quizá sea modernismo y que él distribuye muy bien. Sus escenas de playa tienen algo de Sorolla y sus escenas de las Ramblas de Barcelona algo de Anglada Camarasa, puesto en gris, sin ruido de luces. Vivió en gris, pero está lleno de claridades. Pla puede hacer con la descripción de un guiso una obra maestra tan acabada como un bodegón de Cezanne. Y de la descripción de un vino puede hacer música. En Pla hay mucho Mediterráneo y tiene, como Homero, el don de las enumeraciones, que a un crítico de hoy puede parecerle naturalismo, pero que en realidad es nada menos que eso: un don ulisiaco de haber leído mucho a Homero. Pla, es puridad, es un mediterráneo perezoso, sabio e irónico. Escribió mucho, como todos los grandes perezosos supo de los vinos y los pescados de ese mar sagrado e irónico a costa de casi todo, incluso de sí mismo.


Pla era un hombre que se levantaba por la mañana y se ponía la boina, asomaba a ver cuál era el tempero del día-garbí, terral, etc., se sentaba a escribir y beber picón, y después de comer una paella de playa se echaba la siesta. Pero también viajó, siquiera sea en autobús, o en transatlántico, para tener primero el conocimiento real de un vaso griego o una alpargata ampurdanesa y del mundo no le interesa nada más, mientras escribe con gran interés de todo. Esa observación desinteresada del paleto a lo Montaigne es la postura de Pla a la hora de explicar una paella o una catedral.

Pla no es más que una mirada, y más tarde una mirada y una pluma. O una boina y un cigarro viejo. Escribe de licores exquisitos, pero él bebe picón. Habla con sabiduría de los griegos, pero él se queda en su camarote, cuando el barco atraca en una de las islas griegas. En su casa, escribía tumbado en la cama y esparcía las hojas por el suelo.

Tener sus obras completas es tener toda Cataluña escrita, y pocos países han contado con un escritor tan completo porque su prosa recoge las lenguas campesinas, los cultismos del Ateneu barcelonés, las voces del mar y la música de los poetas catalanes. Es la mayor prosa catalana del siglo XX.


Pla comprende que está en la vida de mirón, que lo suyo es mirar y contar, sin meterse en los asuntos de los hombres, pero dando fe, siquiera sea para sí mismo, como en El quadern gris, libro que va reescribiendo hasta su vejez y nos da uno de los libros más grandes del siglo. El armazón de dietario del libro dio cabida a reflexiones morales, meditaciones íntimas y de las decepciones que trae el tiempo. Los amigos escritores o periodistas, las tertulias, algunos autores (Proust, Stendhal, Baroja, D'Ors) o las mujeres son los materiales que nutren el quadern. Y es gris porque las ilusiones están desterradas, porque la religión y la fe han quedado abolidas desde la adolescencia, porque apenas hay nada que tenga sentido suficiente por sí mismo, fuera de la fabricación misma del escritor, que es su gran y único tema central.

domingo, 17 de mayo de 2009

Senderos de gloria


"El patriotismo es la virtud de los depravados."
Oscar Wilde

El camino de la historia a desembocado en una sucesión de masacres que no parece tener fin, y cada idea, cada principio, tiende a transformarse en una mitología irracional. El siglo XX se malgastó criminalmente a sí mismo empezando por las guerras mundiales y terminando por el totalitarismo.

Detesto todo patriotismo y todo nacionalismo porque en el fondo de todo patriotismo está la guerra: por eso no soy patriota. Todas las calamidades-revoluciones, guerras, persecuciones-provienen de un equivoco inscrito sobre una bandera. El patriotismo creo que es la enfermedad senil del nacionalismo, no se convierte ya en el último reducto del granuja sino en la real morada del absurdo. Dijo Chesterton que "el hombre está dispuesto a morir por cada idea, siempre que no tenga una idea muy clara de ella". La patria no es más que una proyección colectiva del yo, una invención que pretende englobar en una sola, única e inmutable realidad la suerte de una pluralidad de individuos. Esta ficción sirve para justificar la exclusión y, en último término, la eliminación del otro, del que no pertenece a ese grupo más o menos impenetrable que no ve más allá que esa venda en sus ojos llamada patria. El nacionalismo es un instinto de cual gusto y una herramienta peligrosa. Exclúyase de un país todo lo que deba a los demás, y a ver quién es el guapo que se siente orgulloso de él. Por otro lado, el patriotismo siempre acaba creando apátridas, como un servidor. Me siento más cerca de un chino honrado que de un catalán estafador. Dice Voltaire: "Los prejuicios son la razón de los tontos; no merece la pena hacer la guerra por ellos." La violencia es miedo de las ideas de los demás y poca fe en las propias. La violencia es el último recurso del incompetente.



En todo esto andaba yo pensando en otro día tras un nuevo visionado de Senderos de Gloria (1957), de Stanley Kubrick, uno de los alegatos antibélicos más logrados de toda la historia del cine. Yo la comparo con El gran desfile (1925), de King Vidor, Sin novedad en el frente (1930), de Lewis Milestone, con novela incluida de Erich Maria Remarque, y La gran ilusión (1937), de Jean Renoir. Kubrick que junto a Calder Willingham y el gran Jim Thompson, adaptó la novela pacifista escrita por Humphrey Cobb en 1935, hace recordar a Vidor y Milestone por su estudio de la vida en las trincheras y da muestras de la misma capacidad de observación social de Renoir. Pero también consigue convertir a la historia en una muestra de sus obsesiones personales, llena de recursos estilísticos y preocupaciones temáticas posteriormente elaboradas en títulos siguientes, sobre todo en Teléfono rojo, volamos hacia Moscú (1964) y Barry Lyndon (1975).



La película tiene como tema el absoluto poder, el estudio de las actitudes de clase. La total indiferencia mostrada por los generales hacia la suerte de sus hombres dista muy poco del genocidio de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú. La actitud de Kubrick hacia sus personajes es sumamente reveladora. Por un lado, Senderos de gloria tiene mucho que ver con la conciencia humanista y liberal de los progresistas americanos de los 50, y tanto Dax (Kirk Douglas) como los tres soldados condenados son mostrados, por tanto, en términos sentimentales y algo simplistas. Al igual que el de Espartaco (1960), el personaje del coronel Dax, es uno de los arquetipos de Kirk Douglas: un hombre acosado, con grandes oportunidades para la renuncia y el autosacrificio, pero también algo pesado.



Salvo los "zooms" al rostro de Dax, el asalto a la posición enemiga está filmado con un distanciamiento casi olímpico; pero las posteriores escenas con los tres condenados ven su impacto emocional considerablemente disminuido por la insistencia de Kubrick en los primeros planos prolongados y resultan convincentes sólo a medias. Parece ser que a Kubrick estos personajes solo le interesan cuando le conviene, y que juega con ellos como marionetas, exactamente igual que los generales Broulard y Mireau.


Por otra parte, Senderos de gloria es una película que destila un cinismo poco habitual en el género bélico. El verdadero interés de Kubrick radica en los dos generales corruptos, en cuyas bocas pone los mejores diálogos, y que se benefician de una cuidada puesta en escena. Para los generales, lo que ocurre no es nada más que un juego, así como una forma de perpetuar su dominio de clase. El escándalo y la tristeza de Broulard, cuando se da cuenta de la verdadera posición de Dax, están más que fundadas: "usted quería salvar de verdad a esos hombres. Es usted un idealista y le compadezco."

Lo dijo Castellioni en el siglo XVI: "Matar a un hombre por una idea no es afirmar una idea, es simplemente matar a un hombre."



jueves, 7 de mayo de 2009

El Tiempo Ganado cumple dos años



Ayer se fue: mañana no ha llegado:
hoy se está yendo sin parar un punto.
Soy un fue y un será, y un es cansado.

Quevedo


El instante, el instante es el tiempo, más aún, es la forma más radical del fluir del tiempo, pues es pura fugacidad. Y como canta Silvio Rodríguez: "Y como pasa el tiempo, que de pronto son años." El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una desilusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo. El miedo a perder el tiempo nos oprime y nos hace perder la vida. A veces siento que el tiempo no es otra cosa que una cierta extensión. Pero de qué cosa. Me pregunto sino será de la misma alma. Tampoco se puede decir con exactitud que sean tres los tiempos: pasado, presente y futuro. Habría que decir con más propiedad que hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras. Estas tres cosas existen de algún modo en el alma, pero no veo que existan fuera de ella. El presente de las cosas idas en la memoria. En los recuerdos no aparece nuestro pasado, sino otro presente nuestro que ignoramos, es decir, la memoria hace su versión actual de los recuerdos. El futuro no está en el curso del tiempo sino en nuestra imaginación. El futuro es solamente un inmenso vacío, la de que el futuro no es más que el tiempo de que el eterno presente se alimenta. El ahora es todo lo que existe.

El tiempo es una impostura, un artificio más de la imaginación, un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica. El tiempo es todo, el hombre ya no es nada; a lo máximo, es el esqueleto del tiempo. Creo que toda forma existente se desleirá en una vaharada de calor; no hay presencia que se salve del desorden sin retorno de los corpúsculos; el tiempo es una catástrofe perpetua, irreversible. La vida no permanece inmóvil. El tiempo pasa. Las caras se desdibujan. Los acontecimientos se vuelven borrosos. Sólo una fotografía puede subyugar el instante. Las fotografías nos lo devuelven: real, vívido, inmediato. Las miramos y reímos o lloramos. A veces ambas cosas. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo. Estamos inmersos en asuntos de poca monta y sólo duramos unos pocos años, nuestra constitución es tal que nuestras esperanzas resultan siempre inaccesibles, como las estrellas, y la esperanza dura lo mismo que dura la vida.
El tiempo es una peculiar falacia. Vivimos de una vez y en cada instante. Donde el tiempo más se acerca a lo real es también en la música y en la poesía, "palabra en el tiempo", que decía don Antonio Machado.

Casi nunca vivimos el presente, casi nunca somos reales. Andamos siempre mediatizados por pensamientos, emociones, imágenes, proyectos, deseos, rememoraciones. Nuestra conciencia transpersonal está siempre como hipnotizada por nuestra conciencia convencional, y así creemos que es real lo que sólo son estados transitorios, fabricados, sean ellos de índole neurológico o cultural. Nos hemos involucrado demasiado en la película de nuestra vida y acabamos olvidando que sólo se trata de una película. Casi nunca somos reales; lo normal es moverse en la abstracción, mediatizados por la angustia o la esperanza, la memoria o la fabulación. Casi nunca hay correspondencia entre lo que realmente sentimos y lo que creemos que sentimos. Agarrar la realidad desde el desapego, aquí y ahora, eso es poco frecuente.

Por supuesto que uno no renuncia a la memoria ni al deseo; sólo se trata de ubicarlo todo en el presente, transcendida la patología del tiempo. No hay pasado ni futuro, pues el pasado y el futuro son sólo, como ya he dicho, productos ilusorios de una demarcación simbólica que se superpone al eterno ahora. Habría que vivir de primera mano, sin dejarnos engullir por el océano social de las convenciones. Es entonces cuando emerge lo sagrado, es decir, lo real, lo que uno vive aquí y ahora, las pocas veces que uno consigue vivir aquí y ahora.

Hoy me siento tanto más joven cuanto menos tiempo me queda para sentirlo. No existe ningún camino para llegar al lugar donde ya se está. Lo que procede es abandonarse al aquí y al ahora sin ningún empeño trascendente: porque estamos ya en lo real sin tiempo. Mientras dura la vida podemos perderlo todo menos el apremio tibio y sin embargo inexorable de cuidarnos. Sólo la muerte nos descuida por completo al cogernos por descuido. Dejo para el día de mañana lo que al día de mañana pertenece. Dejo el pasado y tomo lo que la hora presente me da. A cada momento lo que cada momento le concierne. El tamaño del paraíso, que el alma no abarca, cabe sin embargo en poco más de una cáscara de nuez. Hoy, solo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.

Soplo las velas. Sinceramente, el mayor regalo de este cumple, sois todos vosotros. Lleno vuestras copas de cava.
¡Brindemos!

Este tema ha sido sugerencia de mi amigo Antonio

                   

lunes, 4 de mayo de 2009

Recordando a Isaac Asimov



Fueron precisamente sus libros lo que iluminaron como una supernova mis años adolescentes. Gracias a ellos me aficioné a la astronomía y adquirí mi primer telescopio con montura ecuatorial para observar el universo. Recuerdo, que por aquel entonces, mis amigos me reprochaban que era una mera excusa para poder observar a las vecinas de enfrente.



Asimov me deslumbró, tanto por su faceta de novelista como de divulgador científico. Hace años que no he vuelto a coger un libro de él y el motivo de este post es un sentido homenaje hacia un autor que me dio más de lo que yo pude imaginar. También aprovecho para decirles a mis amigos de adolescencia que llegué a ampliar (incluso con contaminación lumínica) y con la ayuda de un planisferio, el reducido y triste cielo de mi barrio y, que también observé alguna que otra vecina cuando una nube de smog imposibilitaba la observación de otros cuerpos celestes.



Yo, robot es uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción y también uno de mis libros favoritos del autor. Se presenta, ostensiblemente, como una colección de narraciones cortas, pero el hecho de que estén todas unidas y de que exploren los temas gemelos de la robótica y la filosofía autorizada la inclusión del libro es una lista de grandes novelas. En Yo, robot acuñó Asimov el término "robótica", y fijó los principios del comportamiento del robot que hoy conocemos como Las Tres Leyes de la Robótica, que a partir de él han seguido todos los autores de la ciencia-ficción. Esas tres leyes dicen: 1) Un robot no puede causar daño a un ser humano o dejar, con su inacción, que un ser humano lo sufra; 2) Un robot debe obedecer las leyes que le dan los seres humanos, salvo aquellas que entren en contradicción con la primera ley; 3) Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando esa protección no esté en contradicción con la primera o segunda leyes.



Las narraciones están conectadas por la robopsicóloga doctora Susan Calvin, que trabaja para le empresa que fabrica robots inteligentes y por sus charlas con un periodista que está escribiendo un perfil de su carrera. La doctora Calvin reflexiona sobre la evolución del robot, y comenta cuán poco sabe la humanidad acerca de la inteligencia artificial que ha creado. Cada historia ilumina un problema encontrado cuando un robot interpreta las tres leyes fundamentales y algo sale mal. Aunque Yo, robot se publicó en 1950 e incluye narraciones de la década de los cuarenta, cuando la informática aún se hallaba en estado embrionario, la visión de Asimov acerca del futuro del software sorprende por su precisión y penetración. La narrativa de Asimov no es, ciertamente, de primera fila, y a sus personajes les falta caracterización, pero el estilo científico, la mezcla de realidad y ficción, y sus sorprendentes intuiciones del mundo de la robótica, que es tan deudor de él, hace de esta una de las obras más importantes del género.



En los últimos años la vida artificial ha sustituido a la inteligencia artificial. Pero los ordenadores se averían, fallan, se bloquean, cogen virus. Los años ochenta fueron una década para los profesores de literatura que opinaban que los ordenadores nunca se equiparía a la inteligencia humana. Es el eterno debate de nuestro tiempo. En inteligencia artificial existe la vieja duda de si un programa puede llegar a tener conciencia de sí mismo. La mayoría de los programadores afirmarán que es imposible. Algunos lo han intentado y han fracasado. Pero existe una versión más fundamental de esa duda, una duda filosófica respecto a si una máquina puede comprender su propio funcionamiento. Algunos afirman que también eso es imposible. La máquina no puede conocerse por la misma razón que los dientes no pueden morderse a sí mismos. Y desde luego parece imposible: el cerebro humano es la estructura más compleja del universo conocido, y aun así, el cerebro todavía sabe muy poco acerca de sí mismo. Respecto a los fallos de los programas, siempre he pensado que algo parecido debe suceder cuando las personas dirigen hacia sí mismas su aparato de percepción psicológica. El cerebro se bloquea. El proceso de pensamiento sigue y sigue, pero no va a ninguna parte. Debe de ser algo así, porque nos consta que la gente es capaz de pensar en sí misma indefinidamente. Algunos apenas piensan en nada más. Sin embargo da la impresión de que la gente nunca cambia como resultado de una intensiva introspección. Nunca se comprende mejor. Es muy poco habitual encontrar un auténtico conocimiento de uno mismo. Casi se diría que uno necesita a otra persona para que le diga quién es o le sostenga el espejo. Lo cual, si uno se para a pensarlo, resulta muy extraño. Cuando un ser humano se le oscurece el pensamiento se vuelve paradójico. Es una lástima que no tenga a mi lado a la bella Susan Calvin.