Josep Pla, Les hores
Siempre me ha interesado el caso del escritor sin género, porque es quien se da el prodigio de la literatura en estado puro. Hoy, todos sabemos que para el mercado intelectual, y sobre todo la voracidad erudita, exigen un género, y Pla decía que era periodista. Sí, Pla es un escritor sin género, él fue su propio género y su vida el único argumento. A Pla le gusta el dietario, las memorias, la biografía o el anecdotario de altura. Eso es lo que hizo toda su vida y eso es lo que le costó el ser minoritario, pues el éxito de los periódicos no siempre transfiere al libro, inexplicablemente. Vida de Manolo, Homenots, La vida amarga, Notes disperses, Tres artistes, Les hores, y tantas obras maestras, son primicias literarias que Pla nunca habría cuajado en la novela. Y superiores a muchas novelas. Pla es el maestro de lo infinitamente pequeño y practicó siempre, con hermetismo de campesino, una cultura del yo que le llevaría muy lejos, pues que el yo de Pla comprende el florecer de los campos, el paso de los barcos, la lectura de los clásicos, la burla política, el conocimiento de los hombres y las voces del garbí, el terral y otros vientos que recorren toda su obra.
Lo suyo es un escepticismo tranquilo y una gran admiración por el escultor Manolo Hugué y por el arroz bien hecho en la playa. No quiere ir más allá, pero está mucho más allá. Sin embargo, nunca pierde la gracia, la amenidad y el detalle del verdadero periodista. A Pla le sobrevive un barroquismo catalán que quizá sea modernismo y que él distribuye muy bien. Sus escenas de playa tienen algo de Sorolla y sus escenas de las Ramblas de Barcelona algo de Anglada Camarasa, puesto en gris, sin ruido de luces. Vivió en gris, pero está lleno de claridades. Pla puede hacer con la descripción de un guiso una obra maestra tan acabada como un bodegón de Cezanne. Y de la descripción de un vino puede hacer música. En Pla hay mucho Mediterráneo y tiene, como Homero, el don de las enumeraciones, que a un crítico de hoy puede parecerle naturalismo, pero que en realidad es nada menos que eso: un don ulisiaco de haber leído mucho a Homero. Pla, es puridad, es un mediterráneo perezoso, sabio e irónico. Escribió mucho, como todos los grandes perezosos supo de los vinos y los pescados de ese mar sagrado e irónico a costa de casi todo, incluso de sí mismo.
Pla era un hombre que se levantaba por la mañana y se ponía la boina, asomaba a ver cuál era el tempero del día-garbí, terral, etc., se sentaba a escribir y beber picón, y después de comer una paella de playa se echaba la siesta. Pero también viajó, siquiera sea en autobús, o en transatlántico, para tener primero el conocimiento real de un vaso griego o una alpargata ampurdanesa y del mundo no le interesa nada más, mientras escribe con gran interés de todo. Esa observación desinteresada del paleto a lo Montaigne es la postura de Pla a la hora de explicar una paella o una catedral.
Pla no es más que una mirada, y más tarde una mirada y una pluma. O una boina y un cigarro viejo. Escribe de licores exquisitos, pero él bebe picón. Habla con sabiduría de los griegos, pero él se queda en su camarote, cuando el barco atraca en una de las islas griegas. En su casa, escribía tumbado en la cama y esparcía las hojas por el suelo.
Tener sus obras completas es tener toda Cataluña escrita, y pocos países han contado con un escritor tan completo porque su prosa recoge las lenguas campesinas, los cultismos del Ateneu barcelonés, las voces del mar y la música de los poetas catalanes. Es la mayor prosa catalana del siglo XX.



