Para Elvira Coderch que desde sus Flores y Palabras hace de este mundo un poco más habitable

Neuromante (1984) es una novela que marca un hito, no solo en el género de la ciencia-ficción, sino también en el conjunto de la novela de la narrativa contemporánea. William Gibson se adelantó a todos inventando el concepto de ciberespacio (una representación tridimensional de los ordenadores de datos mediante los cuales los usuarios se comunican y hacen negocios, junto con una larga serie de otras actividades más dudosas), mucho antes de que internet y otras tecnologías virtuales fueran integradas en la vida cotidiana. Es un libro que ha inspirado a toda una generación de tecnófilos. Por otra parte, no deja de ser curioso que Gibson jamás tuviera afición por los ordenadores.
El ciberespacio (o "Matrix") es la red electrónica de flujos de información que abarca el mundo entero. Como inmenso almacén de información, el ciberespacio equivale a internet. Ambos se diferencian en la forma de participación. En internet el usuario se sienta frente a la pantalla, mientras que el ciberespacio ficticio de Gibson es un universo virtual en el que es posible entrar con la conciencia (jackin). El hombre puede dejar atrás su cuerpo y moverse en la región electrónica del ciberespacio, gracias a un electrodo fijado en la cabeza (headset). Un Simstim deck sirve para simular estímulos externos. Si uno tiene mala suerte, puede ser borrado durante su incursión en la red para pasar a convertirse en un cadáver cibernético: un flatline (esto es, la línea horizontal que señala la parada cardíaca en los monitores de las unidades médicas de cuidados intensivos).
El ciberespacio de Gibson es un campo de aventuras para los vaqueros cibernéticos. Se trata de los hackers que consiguen información ilegal en la red por encargo de grandes consorcios y con este fin se trasladan por la Matrix. Uno de ellos es Case, de veinticuatro años, el héroe caído en desgracia. Hubo un tiempo en que Case se contó entre los mejores, hasta que cometió un error capital: robó a sus jefes. Le castigaron imposibilitándole para el trabajo. Le destrozaron el sistema nervioso, impidiéndole así el acceso a la Matrix. Case vaga por un sospechoso barrio en los suburbios de Tokio, toma anfetaminas y duerme en un "Coffin-hotel" (hoteles ataúd) japonés, de ésos que alquilan por horas, huecos baratos para dormir.
Pero antes de que Case se hunda del todo, una cibermercenaria, Molly, le salva. Ella se cuenta entre los nuevos seres del ciberpunk, con un cuerpo equipado con todo tipo de implantes, de mayor o menor utilidad. Aunque posee todos los atributos humanos, también dispone de unas gafas de sol injertadas y de escalpelos bajo las uñas. Molly recluta a Case por encargo de unos misteriosos hombres a la sombra. El héroe entra a formar parte de un equipo que integra una unidad especial que tiene por misión hacer saltar un sistema de seguridad. Como honorarios por sus servicios, le curan su dolencia nerviosa.
La realidad ciberpunk se sitúa en las zonas fronterizas de la sociedad, la subcultura de las metrópolis. El escenario se localiza en la calle y presenta una combinación de detalles que sólo se unen en el degenerado mundo ciberpunk: aquí parpadea la defectuosa luz de neón con los nombres comerciales de los imperios japoneses de alta tecnología, allá se entra a las sucias callejuelas donde se venden drogas químicas. La "realidad" es un mundo artificial conformado por lisas superficies de cromo brillante, por gastadas y arañadas mesas de plástico de los restaurantes baratos de comida rápida, por gafas de sol opacas y azogadas, por los walkmans y el teléfono móvil. Este universo está descrito por Gibson con mirada microscópica y una extrema frialdad. Gibson crea un mundo de crepúsculos televisuales y fogonazos de fibra óptica, descrito con gran riqueza de detalles y con un vocabulario que a veces desorienta, mezcla de jerga técnica, constantes alusiones a marcas de moda y argot de la subcultura. Un mundo de tecnoestafadores, de drogatas perdidos, de extrañas subculturas, de asesinos potenciales quirúrgicamente y de siniestras "megacorporaciones": un mundo al que crecientemente se parece más al nuestro.

El lector corre permanentemente el peligro de perderse en el texto y no saber si la acción transcurre en la realidad de los barrios degenerados o el mundo de la Matrix. Naturalmente, esta confusión es deliberada. Neuromante es una novela imperecedera porque combina el ritmo y la intriga de los mejores thrillers con el alcance, la inventiva y el rigor intelectual de Orwell o Huxley. A través de la novela, Gibson expresa una cuestión: ¿Qué entendemos por realidad cuando no podemos distinguir entre un mundo auténtico y uno artificial? ¿Qué pasará en ese momento con los seres humanos?
Hace veinticinco años que leí esta obra y, ahora, al releerla, recuerdo que aquellas preguntas que suscitaron mi primera lectura de juventud, son ahora respondidas de un modo alarmante.




