
"Estamos siempre en el borde, en el límite de algo latente, presente, pero que en última instancia no podemos ver."
J.G.Ballard
La catástrofe es un concepto central en la obra de Ballard. Su tratamiento transgrede las convenciones que la cf había fijado alrededor de la idea de Apocalípsis. Lejos de intentar restablecer el orden, el personaje ballardiano percibe el cataclismo como un foco de atracción y se muestra dispuesto a aceptar las reglas que esa realidad le impone, aunque eso suponga renunciar a su propia identidad, a la cordura e, inevitablemente, a su supervivencia. En el proceso, el personaje ballardiano descubrirá algunas verdades ocultas sobre sí mismo. Lo que está en juego no es tanto la autodestrucción, sino la seducción del cambio y el tortuoso camino hacia la plenitud psicológica.Si Crash (1973) era casi un desarrollo previsible de la exhibición de atrocidades, La isla de cemento (1974), y Rascacielos (1975), los desastres urbanos de Ballard que compusieron un nuevo paisaje de cemento, nacido de un presente sin horizontes.
La isla de cemento ya no tiene el clima obsesivo de Crash, pero profundiza la temática de la incomunicación y construye otra gran metáfora al invertir la historia de Robinson Crusoe. El protagonista de La isla de cemento es el opuesto a Crusoe, uno de los personajes que amaba Ballard cuando niño. El náufrago de Daniel Defoe ilustraba el optimismo de la ilustración; se ponía a trabajar para rehacer a la isla a su imagen y semejanza, lograba transformar el entorno selvático como un auténtico "moderno"; al cabo de un tiempo, los personajes de La isla misteriosa de Jules Verne reproducían de algún modo la civilización europea. En cambio, el personaje ballardiano encarna algo más contemporáneo, la alienación: termina por asimilar al nuevo entorno sin intentar cambiarlo, y se pierde en él para extinguirse.
En la novela un accidente arranca al arquitecto Maitland del mundo ordenado y previsible que comparte a horarios fijos con su esposa y su amante y lo arroja a un triángulo de tierra limitado por los terraplenes de dos autopistas y el alambrado que cierra el arco de una tercera. Al principio intenta detener a algún vehículo para ser rescatado, pero desiste en cuanto un nuevo choque lo deja malherido.
Maitland sobrevive en su isla comiendo los residuos que caen de los autos que pasan y paulatinamente va tomando posesión de su nuevo mundo. Lo que era un pequeño triángulo de césped descuidado se va convirtiendo (sin que el lector advierta en qué momento) en un continente selvático, con una cordillera central, malezas desmesuradas y un rico subsuelo donde están los cimientos de casas derribadas para construir la autopista, un viejo cine y hasta algún resto arqueológico.
En esas ruinas vive un dúo felliniano: la prostituta Jane y un deficiente mental llamado Proctor, que había sido trapecista en un circo antes de recalar en la isla. La enigmática Jane, que sólo acepta entregarse por dinero y se niega a entablar cualquier relación personal, es quien observa que "hoy no nos damos cuenta del egoísmo de los demás, hasta que somos nosotros los necesitados."
Como los habitantes de las primeras catástrofes ballardianas, Maitland se asimila a ese mundo de chatarra y desperdicios hasta asumirlo como propio. Tiene arranques místicos cuando "como un sacerdote oficial la eucarestía de su propio cuerpo", proclama "yo soy la isla". Más tarde, arroja billetes a la ruta, y los llama Pedro y Pablo, como si fueran sus apóstoles.
Lentamente, un infierno sartreano hecho de humillaciones mutuas se instaura entre los tres personajes. Por un momento, Maitland sueña con ser el amo de la isla. Proctor muere y Jane se marcha.
Cuando al fin el náufrago descubre que no existe esa salida secreta que había estado buscando durante un tiempo, resuelve quedarse, definitivamente adaptado a su dieta de basura, su muleta hecha con un caño de escape y su cueva subterránea. Ya no desea ser rescatado, porque no añora el mundo civilizado al cual lleva la autopista. Es un Robinson que se ha vuelto Viernes.








