"El Mediterráneo es una pulsión moral sin Dios, un mar interior que sólo se navegaba desnudo sin más adherencias que el deber de sobrevivirse todos los días."
Manuel Vicent, León de ojos verdes
Cuando leí León de ojos verdes, algo me dijo que algún día tendría que saldar una cuenta pendiente en el Hotel Voramar. Sabía que en su terraza de sombra y marea me esperaba una serie de acontecimientos traídos por las olas y el viento de levante. Lo cierto es que se hizo esperar hasta el día que Raúl Ariza, a través de un e-mail, me invitaba a departir en su querida ciudad de Benicàssim frente al mar. Vi el cielo abierto y la oportunidad de consolidar mi viejo sueño junto a otro que se me presentaba: conocerle en persona. Y allí nos plantamos mi compañera del alma y yo. Llamé a Raúl para indicarle que nuestro punto de encuentro debía ser en la terraza del Hotel Voramar. Y allí nos conocimos.
León de ojos verdes narra la historia acaecida en dicho hotel en el verano de 1953. La novela transcurre durante el caluroso mes de agosto (primera coincidencia). Lo que va sucediendo se comunica al lector a través de los ojos de Manuel, el personaje central y vertebrado de la novela: un aprendiz de escritor. Se encuentra en Benicàssim ayudando a un tío enfermo. Allí los demás huéspedes del hotel, trabarán amistad con él, y alguno de ellos le contará alguna historia personal que nuestro protagonista hará suya. En ella intervienen de un modo u otro varios personajes, entre los cuales; el doctor Aymerich, republicano y sabio; María, la cocinera y su bicicleta roja; Juanito Ruano, el miliciano; Ricardo Seisdedos, el guapo; Alberto Morata, coronel y marino; Gabriel Casamediano, ingeniero de pasiones; Lidia, una niña con una enfermedad degenerativa postrada en una silla de ruedas, que pasa sus días en la montaña mágica, un centro de rehabilitación en la cima de un peñasco, alusión de la novela de Thomas Mann. Además, se está rodando una película ambientada en un período de entreguerras.
Pedimos algo para comer y mucha cerveza fría. Raúl nos cuenta sus devaneos con el cine (segunda coincidencia), y allí, en la terraza del Voramar, fue testigo directo de la realización de la película Segunda piel (1999), de Gerardo Vera, una mala película sobre las relaciones sentimentales de tratamiento superficial, casi frívolo que el director y la guionista Ángeles González Sinde han conferido al asunto en su mayor lastre. Raúl nos cuenta diversas anécdotas; el encuentro fallido que tuvo con Jordi Mollá o el apoteósico final del rodaje en la terraza con la siempre espléndida Cecilia Roth, despidiéndose de todos como una Anita Ekberg en una dolce vita ya desaparecida.
Entre ensalada y cervezas la conversación desencadenó en una serie de reflexiones, lejos de agotarse, sobre el amor, las experiencias, las pasiones y otros derroteros que va dejando la vida. De vez en cuando, yo observaba el Mediterráneo que juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero y me encontraba en la delgada línea entre la realidad y el sueño. El enigma de la existencia consiste en que el tiempo entero se acumula en el presente. El pasado y el futuro bailan en la punta de una aguja de nieve que es el alma, de modo que estar vivo no es más que repetir lo que uno le queda todavía por vivir.
El Hotel Voramar es retratado por Vicent con hechos que ocurrieron de verdad, parece claro que hay una marcada intención de jugar con los conceptos de “ficción” y “memoria”, que se entrecruza y se insertan el uno en el otro hasta casi confundirse. “¿Qué es real y qué literario? Ésta es la eterna cuestión”, afirma el autor.
La tarde pasa sin prisas, cálida, plácida, sibilante, sin grandes esperanzas, viviendo el momento, un poco como en la novela de Vicent, escrita con sumo cuidado, con una prosa rica en matices, serena, como el oleaje del mar rompiendo en la arena de la playa. Poética y bella con los rituales más sencillos, y establece comparaciones tan sensitivas que casi pueden disfrutarse y percibirse.
Terminamos de comer y vinieron las copas de oro. Contemplo la silueta del Hotel Voramar de cuya escalinata guarda un león de escayola y ojos verdes que corona en la amplia terraza. El hotel permanece junto a la playa del Mediterráneo, ajena a nuevos diseños, a modas pasajeras. Pude imaginarme cuando España tenía un Mediterráneo incontaminado, todavía no bombardeado a discreción con cemento armando. Luego, vinieron los especuladores o estrategas urbanos, el de la pletórica y nueva riqueza. La corrupción se llama ahora simplemente negocio redondo. Más allá de la especulación y del mal gusto, lo peor ha sido lo barato que hemos vendido el tesoro del Mediterráneo. A partir de su inexorable degradación también el turismo extranjero se ha ido degradando hasta ponerse a ras de este estercolero de ladrillo que cubre la costa. Si el nivel de la convivencia se establece siempre por abajo, en adelante nuestras formas de vivir las marcará ese turismo cada vez más gárrulo, que sólo espera de nosotros que seamos camareros serviciales, mientras el sol les quema la barriga.
La muerte te sucede cuando ya no comprendemos de lo que pasa alrededor. Pero también la muerte es lo que ya hemos vivido. Ay, la sensibilidad es invisible. Veo a lo lejos a una pareja que se aman, y, sobre todo, el mar, el bramido del oleaje, el clamor de su luz. La eternidad es un momento entre dos vacíos donde se ahogan los fracasos y los sueños.
Tal vez el punto insólito de esta novela, sea la aparición de personajes reales, en acciones inverosímiles. Dorothy Parker y su presunto lío de faldas con un miliciano español. John Dos Passos y la presencia de la familia Bardot, que veranean con su hija adolescente, antes de ser actriz y que será recordada en Benicàssim por traer el primer biquini rojo. Hoy, cualquier ciudadano está zarandeado por la propia vulgaridad; la violencia de los fanáticos y la agresividad de ciertos políticos que nos hacen sentir miserables en medio de la insoportable mediocridad en que vivimos.
El final de la novela sobreviene tras acabar el rodaje de la película en el Hotel Voramar, es el baile final. Los personajes de la novela han ido sobreviviendo todos los días, como el mar, la España de desmemoria. No hay juego ni moral en ninguna de las historias que se mezclan en la novela, aunque todas ellas estén enlazadas con un hilo común al final del libro.
Nuestro encuentro estaba tocando su fin, y casi pude entrever por un momento, más allá de la terraza y por última vez, cómo se movían aquellos figurantes de entreguerras de la novela; señoras con corpiño y pamelas, caballeros con sombreros de paja dura y cuellos de porcelana. Pero el agosto es siempre una zona de arena y toallas donde los turistas buscan estar al margen. Toda esa gente habitan el paraíso hasta que descubren que no han salido de un lugar que todavía es mucho más extraño: la realidad.
Caminamos paseo arriba por entre las grandes villas, hoy, sombras de un pasado glorioso, fantasmales y ruinosas. Raúl ejerció de buen cicerone contándonos historias de ayer y de hoy, llegando de nuevo a los estragos de la especulación oficial. Pudimos ver a un millonario, venido a menos, que fumaba de pie a través de unas verjas oxidadas, varado en un tiempo que ya se fue. Más adelante, vimos un niño triste que se aferraba a otra verja mirando pasar un tiempo que no le pertenecía. Todo en su conjunto no era más que un vestigio del último linaje que tocaba a su fin. Desde esta altura de la vida uno vuelve la mirada y no encuentra en aquel espacio gris de la dictadura ningún esplendor donde agarrarse. Ésa es la miseria del franquismo, el que nos haya arrebatado también la dulzura de la memoria, y nosotros allí, a punto de despedirnos, en una España que quedó en el olvido.