viernes, 30 de octubre de 2009

Bla bla bla ...



El verdadero contenido del humanismo está basado en la capacidad de comunicarse, de reconocer las cosas, de nombrarlas; en definitiva, de pensar y hablar. Hoy se ha desvalorizado el lenguaje. Lo hemos denigrado a tal extremo que ya ninguna palabra puede esperar otra cosa que no sea su propia derrota. Toda palabra despierta una idea contraria. Toda palabra es ya fuente de malentendido. Quien habla se desmiente a sí mismo, se prohíbe cualquier acceso definitivo a la verdad. Hoy todos hablan a un tiempo, con belicosidad, urgencia y agresividad, porque en el mundo no hay nada más importante que lo que se quieren decir. Un obstáculo capital del progreso del género humano es que la gente no escucha a quienes hablan con más sensatez, sino a quienes hablan más alto. Una terrible maldición se ha desatado para los que realmente tienen algo que decir. Ante semejante perplejidad, optan por el silencio. Las palabras tienen el mismo destino que los imperios.

Decía Montaigne que la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Hoy las conversaciones son una locura, imprudentes, solapadas, claudicantes, relapsos, incomprensivas y que da lugar a risitas, injusticias y desluces que siempre hay que purgar en la soledad más absoluta para volver a ser leales y amplios.



Lamentablemente, siempre suelo tropezarme, cuando voy por la calle, con el charlatán de turno. Sin ir más lejos, esta mañana fui atropellado por un individuo que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tenía unas ganas locas de arrojar una diatriba estándar.
-¡Un momento! ¡Un momento! - le dije -. Vamos a una terraza. Necesito sentarme.
No tuvo compasión alguna. Cuando llegamos a la terraza más próxima, ya había dejado muy claro la punta de un temible iceberg.
-Y bla bla bla,...
-¿Qué quieres beber?
-Un Cacaolat bla bla bla ...
-¡Camarero! ¡Un Cacaolat y un whisky doble!
-Bla bla bla ...



Henos de nuevo, me dije, en esa galería de espejos en la que las palabras se reflejan unas a otras en un movimiento infinito en el que no tropiezan sino con su propia sombra. "Sueño con un hombre que olvida las lenguas de la tierra hasta no comprender cuanto se dice en ellas." Elias Canetti.
-Bla bla bla ...

Si la gente solo hablara cuando tuviera algo que decir, el ser humano perdería muy pronto el uso del lenguaje. Paradójicamente, ya casi lo hemos conseguido en un mundo donde la gente no para de hablar. Dicen las teorías regresistas que el mono es un hombre al que se le olvidó hablar. En este aspecto, todavía dísta mucho volver a él.
-Bla bla bla...
"Cada uno cargará con sus palabras." Jeremías, 23, 26. Yo añadiría: Y también con las de los demás.
-Bla bla bla...
Cuando Pirrón dialogaba con alguien, si su interlocutor se iba, continuaba hablando como si no hubiese pasado nada. Yo no podía irme. Él me seguiría. Estaba acorralado.
-Bla bla bla...
"Lo importante no es escuchar lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa." Donoso Cortés. Tampoco vale la pena.
-Bla bla bla...
"Hablar es tener demasiadas consideraciones con los demás." Fernando Pessoa. Pues él no la tenía conmigo. "La dificultad que nos presenta el lenguaje es que separa a la gente." John Cage. Me gustaría darte la razón, amigo, pero el tipo estaba a treinta centímetros de mí.
-Bla bla bla...



"Los que no dominan las palabras, hablan mal, no encuentran explicaciones, son presas destinadas a la violencia. No saber o no poder expresarse conduce pronto a las soluciones que implican la fuerza física." Michel Onfray. Pues él estaba tan pancho y yo tenía los nudillos en blanco a punto de utilizarlos.

Al fin se levantó. Me dio la mano y se alejó. Cuando estaba a una cierta distancia, se giró y me dijo a grito pelado:
-Y a ti, ¿cómo te va?
Mi caso, en pocas palabras, era éste: perdí ya del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa. Hablar de mí, el espíritu errante, entre sus ruinas.
Hasta las palabras me abandonaron, y además, me tocó pagar la cuenta.



martes, 27 de octubre de 2009

Hemingway, Fitzgerald y la crisis



Sí, ahora debemos más dinero que el que jamás podríamos ganar. Estamos en la ruina, el gobierno está en la ruina, el mundo está en la ruina. ¿Quién tiene el maldito dinero?

Hemos querido ganar dinero para ser felices y todo el esfuerzo y lo mejor de una vida se han centrado en ganar ese dinero que nunca tenemos. Hemos olvidado la felicidad, confundiendo el medio con el fin. Ha mejorado la calidad de la vida y se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa. Qué cinismo el del dinero. Nos cortan la retirada hacia la historia para tenernos a merced de su oferta con descuentos. El mundo nos ha ofrecido sarcásticamente facilidades para vivir una vida difícil. El progreso económico no ha hecho a la gente progresista, sino conservadora. Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. El dinero se convierte en una triste pasión cuando suplanta a todas las demás. Eric Fromm se preguntaba: "¿Tenemos que producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?". La respuesta está en la calle. Tanto una cosa como la otra se viste hoy de funeral. Ay, al final de todo, nos sentimos ultrajados por el injusto pago de un sistema en el que confiábamos. Nunca aprendemos.

Desde que se ha aceptado como irrefutable que el 2009 es el año de la crisis, ya he sentido en boca de diversos amigos (arruinados) una receta infalible: "Hay que actuar como si la crisis no existiera." Sus argumentos es que si nos pasamos el día pensando en la crisis, lo único que conseguiremos será caer en una depresión. Así que, la mejor manera es ignorarla y optar por una buena vida, dentro de las posibilidades.
Tenemos que aprovechar la crisis, entre otras cosas posibles, para leer. El otro día, una amiga que trabaja en una librería me dijo que se venden más libros que nunca. La gente, según parece, prescinden de comprar coches nuevos o de irse de vacaciones a paraísos caros y se conforman, como se hacía antes, a soñar con la ayuda de un libro.


Hace unos días, por cierto, me encontré entre las novedades de libros con dos autores de peso: Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Mira por donde, ahora que tocan las campanas de crisis, a alguno se le ha ocurrido recuperar a estos dos escritores que padecieron el crac del 29. A Fitzgerald especialmente, le marcó, hasta el punto que en cierta ocasión, obsesionado como estaba con los ricos, suspiró delante de su amigo Hemingway: "Los ricos son diferentes." Hemingway se rasca la espalda y le responde: " Sí, tienen más dinero".

El dinero no va con el mérito sino con el deseo y el poder. Una persona es rica en proporción a las cosas que puede permitirse dejar en paz.
¿Crisis? ¿Quién ha dicho crisis?



jueves, 22 de octubre de 2009

Un hombre con una copa en la mano



Se supone que las personas ansiamos la felicidad por encima de cualquier otra cosa. Pero faltan modelos.
La gran pregunta es: ¿puede ser feliz un hombre con una copa en la mano, un chiste en los labios, un montón de mujeres alrededor y una montaña de dólares en el banco? Mi opinión es que sí. Absolutamente, sí. Pongo como prueba a Dean Martin. No cabe duda de que fue el hombre más
cool del siglo XX. Yo sostengo que fue también el más feliz.

Dino Paul Crocetti (1917-1995), conocido como Dean Martin, nació en una aldea de Ohio y trabajó como contrabandista de alcohol, crupier, obrero metalúrgico, escritor de chistes, boxeador, cantante, pareja artística de Jerry Lewis, actor y presentador de televisión. Se le recuerda sobre todo como miembro fundador del rat pack de Frank Sinatra, como personaje relacionado con la mafia y como crooner borrachuzo.

Ésa fue la imagen pública que forjó para ocultarse, para no ofender con su elegancia y disponer de margen para desarrollar su particular ataraxia. En realidad, era Sinatra quien sentía hacia Dino una curiosa dependencia psicológica, y era Sinatra quien mantenía las relaciones mafiosas. En cuanto al vaso, Shirley MacLaine, que también perteneció al rat pack, reveló en su autobiografía que solía estar lleno de zumo de manzana. A Dino le gustaba el JB, y lo consumía en grandes cantidades, pero también le gustaba trabajar sobrio y acostarse temprano.

Dino parecía no tener pasiones, ni opiniones, ni ideología. Se mostraba indiferente a todo. Jeanne Biegger, que estuvo casada con él durante 24 años, afirmó que ni ella ni nadie sabían quién se escondía en el interior de aquel tipo bromista, sonriente, que fascinaba por igual a hombres y mujeres. Jamás discutió. Si algo no le gustaba, contaba un chiste y se iba.

Como no daba importancia a su éxito, los demás tampoco se lo daban. Tiende a olvidarse que Elvis Presley reconoció haber copiado su fraseo para interpretar canciones como Love me tender o Are you lonesome tonight?; que ya casi en la vejez desbancó del número uno de ventas a los Beatles con Everybody loves somebody sometimes; que obtuvo no una, sino tres estrellas (como cantante, como actor y como showman) en el Paseo de la Fama de Hollywood; que tuvo uno de los programas televisivos más exitosos y duraderos de la televisión estadounidense, y que murió con 50 millones de dólares en el banco y el mayor paquete de acciones en la productora RCA.
También se olvida a veces que fue, con Sinatra y Sammy Davis Jr., uno de los principales contribuyentes económicos a la campaña de Martin Luter King por los derechos civiles de los negros.


Carecía de vanidad, y no le importaba trabajar en películas malísimas con tal de que el ambiente fuera divertido; se zambulló durante años en los disparates orgiásticos que Sinatra organizaba en Las Vegas, sin dejar de portarse como un caballero; fue, tal vez, el único amigo de Marilyn Monroe que no abusó de ella.

Sufría de claustrofobia, y supo curarse él mismo: se encerró en un pequeño ascensor y permaneció en él, subiendo y bajando un rascacielos neoyorquino, sudando y desmayándose, hasta que desapareció la ansiedad.
Cuando Sinatra se empeño en realizar una última gran gira con el
rat pack, en 1988, hacía pocos meses de la muerte de Dino, uno de los ocho hijos de Dean Martin. Además, sufría de enfisema. Le horrorizaba la idea de que tres viejos dieran el espectáculo en los mayores estadios del país. Pero nunca había fallado a los amigos, y tampoco podía fallar esta vez. Acudió a la cita, sabiendo que harían en ridículo.

Murió sin enemigos, el día de Navidad de 1995. Diez años después consiguió un disco de oro por el álbum póstumo de grandes éxitos. Hace tres años, en 2006, todavía colocó una canción (Baby, it's cold outside) entre las 10 más vendidas en Estados Unidos.

Todo esto lo hizo tranquilo, sonriente, con un vaso en la mano, un chiste en los labios y muchas mujeres estupendas a su alrededor.
Fue feliz, estoy seguro.


                                       

martes, 20 de octubre de 2009

Hank (el último escritor maldito)



"No es bueno abandonar, siempre existe una luz minúscula en el infierno más oscuro." 

Charles Bukowski

Charles Bukowski (Hank para los amigos), fue el último maldito de América, cuando ya no quedan malditos en Europa y la literatura se ha burocratizado. Ocurre que en vida de este singular y ominoso escritor se explotó mucho lo peor de él. La imagen de Hank con resaca y la botella de cerveza, las putas y los caballos, era en algunos sentidos más importante que su obra.

De la prosa de Hank se levanta un hedor de originalidad, desesperación, alegría negra, vino malo y sexo frío; tránsfuga de la patria, de la vida, de la muerte. Es un genio de la vulgaridad, un artista de la ordinariez, y eso le salva de cualquier horterismo entre fino de escritor universitario. Hank huele a América, a alcantarilla de Los Ángeles, a marginal que se masturba en las traseras de los rascacielos, a puta de los cincuenta y a hombre que ha vivido en la calle. Toda la basura que acumuló artísticamente en su obra, arde ahora frente a su nombre, como un homenaje a su sinceridad, su anarquía, su generosidad y su amor por los viejos tesoros de la pobreza americana. La de cosas que Hank puede ver en un alambre de la ropa. Se crió en la miseria, se pasó media vida observando la pobreza que tenía en torno, aquella pobreza de la que quería salir a cuchilladas, y por eso, luego, a la hora de escribirlo todo, ve en lo pequeño, en lo miserable, en los perros sin dueño ni carne ni amor, la verdad última, escasa y viandante de la vida. "Cuando alguien ha sido pobre toda su vida nunca puede olvidarlo."


Hank dio voz a los desheredados, los marginados, los incapacitados, los dementes, los obreros, los borrachos y los rebeldes. Se propuso escribir siempre con claridad para que la gente supiera exactamente lo que decía. No consultaba diccionarios. Eludió los vocablos largos y empleó las palabras más sencillas y claras.

La acusación más grave que Hank hace a la sociedad, y que encontramos a lo largo de toda su obra, es que la gente, atemorizada por las condiciones sociales y económicas, acaba aceptando la humillación y el fracaso. Aceptan puestos de trabajo que les roban individualidad y gradualmente van aceptando, e incluso admitiendo, la sumisión a otras personas con puestos de mayor poder. Así pierden la capacidad de pensar por sí mismos. "Los días en las fábricas, los días de descargar camiones, los días de sacar cajas de pescado congelado, los días de cargar terneras muertas sobre mis hombros estaban pagando su deuda."

También nos encontramos con el típico dropo de Hank: un escritor que escribe sobre la historia que está escribiendo, borrando los límites entre el arte y la vida. Hank había sido "posmoderno" y "metaficcional" desde el primer momento: sus escritos escriben sobre la escritura y el ser escritor con tanta frecuencia como sobre cualquier otra cosa. "No hay suficientes lectores que entiendan, disfruten, digieran escritura avanzada."


En la literatura de Hank hay una personalísima denuncia social mezclada con un fuerte individualismo anarquizante. Hank nunca bajó la guardia contra el establishment.


Era una persona genial, sensible, torturada y vulnerable, atrapada en una pequeña habitación. "Soy un individuo muy romántico, soy muy sentimental. Soy sensiblero. Si supiera dónde estaba."
El infierno es un lugar solitario, amigo.


Lectura recomendada: Dos píldoras de Charles Bukowski: El borracho y Factótum, en el blog 39 escalones.

viernes, 16 de octubre de 2009

Habitáculos


"Se asoma a las ventanas? ¿En qué casa se ha refugiado?"
Elias Canetti
, Apuntes

Los edificios que veo por el balcón, van perdiendo a medida que los observo su naturalidad, su seguridad, su realidad para convertirse en objetos absurdos, inexplicables, altos cubos de concreto perforados por rectángulos luminosos, moles cuadriculadas divididas en pisos donde la gente como yo está instalada en pequeños habitáculos y aislada de todo y de todos. Y en esos espacios amontonados pero incomunicados tienen que vivir, sufrir, dormir, gozar, morir, toda la vida. ¿Cómo así se ha llegado de la caverna a esas gigantescas cajas tan semejantes unas de otras como las celdas de las abejas? ¿Por qué? No entiendo todo cuadrado, todo cúbico, todo regido por el ángulo de 45 grados. ¿No hay otra forma de utilizar el espacio, otra figura, otra manera de apropiarse del vacío y habitarlo? Trato de imaginar lo imposible y no puedo concebirlo justamente porque es imposible. ¿Dónde debería uno vivir para verse libre de tanta porquería? ¿Encontramos alguna vez el lugar adecuado? Cada vez se hace más difícil en la presente irrealidad del mundo, dar una respuesta a la pregunta de Nietzsche: "¿Dónde puedo sentirme en casa?" "De qué sirve una casa si no se encuentra con un mundo tolerable donde situarla." Henry Thoreau.

Apenas se construyen casas; solo cubículos deprimentes para almacenamiento humano. ¿Por qué para comprar una casa de sesenta metros cuadrados es preciso hipotecar el alma mientras chorizos con corbatas de seda generan en veinticuatro horas plusvalías de cientos de millones? Vivimos en un mundo gestionado por los bancos a costa de individuos destruidos y con el futuro hipotecado. Todos los agentes inmobiliarios son unos estafadores: nos venden algo que nunca tendremos. No comprendemos que nunca seremos dueños de nada en esta tierra. Todos somos inquilinos. Nos venden aire, metros cuadrados provisionales que para poder pagarlo, hay que deslomarse toda la vida. Es una lástima pasar por la vida nada más que para tener una casa. Lo más divertido son los jóvenes que se alegran de no tener que seguir pagando alquiler cuando van a seguir pagando una hipoteca todos los meses durante treinta años. ¿Dónde está la diferencia? El agente inmobiliario es un individuo que obliga a otras personas a trabajar para pagar algo que sólo alquilan, porque un propietario sólo es un inquilino prisionero de su alojamiento, un deudor que no puede mudarse de casa.

Los humanos no somos hijos de lo fijo, lo estable, lo ordenado, lo lleno de propósito, sino que tratamos de fijar, de estabilizar, de ordenar y de introducir proyectos allí donde todo es azaroso; precisamente porque todo es azaroso, insondable. Bailamos sobre el abismo.

Joseph de Maistre cita el caso de un príncipe ruso amigo suyo que dormía en un lugar cualquiera de su palacio y que no tenía, por así decirlo, cama fija, pues vivía con el sentimiento de encontrarse con él siempre de paso, de estar acampando allí en espera de irse en cualquier momento.

Un escritor amigo mío que se había pasado la vida poniendo casas magníficas y huyendo de ellas. Montaba un gran piso y luego se iba a escribir a los cafés. Cuanto más iluminadas y prósperas son nuestras casas, más fantasmas manan de sus paredes; los sueños del progreso y de la racionalidad son visitados por espectros. "Tu serás aquel que no tiene domicilio y al que se viene a interrogarse sobre un banco." Andre Breton.
En Henri Michaux había un admirable odio al domicilio. Siempre fue un nómada. En los últimos años de su vida, encerrado en París, se mudó de piso en repetidas ocasiones, pues como él mismo escribiera en La noche se agita: "El que no acepta este mundo, no levanta una casa en él."


Tengo un amigo poeta muy similar a Bartleby y Robert Walser. Lleva su vida a tal extremo de precariedad que da vértigo. Vive en una buhardilla y siempre cita a Séneca: "Hay que acostumbrarse a la frugalidad". No tiene ni agua ni luz. Su casa está iluminada con velas aromáticas que roba en las iglesias. "A Dios no le hace falta". Y el agua la recoge de las fuentes. Dice que con el dinero ahorrado se va a ver mundo. Una vez me dio una gran lección.
-Paco, anota: hipoteca mensual, luz, agua, gas, comunidad. ¿Lo tienes?
-Si.
-¿Cuánto sale al año?
-¡Joder! Una pasta.
-Ahora anota cuánto tiempo está un individuo en casa.
Hice unas cuentas aproximadas. No fue difícil, contando que la gente se pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa para trabajar y poder pagar un espacio vacío. Al final se reduce a la hora de dormir.
-Bien Paco. A esa gente le sale muy caro dormir, suponiendo que duerman.


Salgo del balcón y me vuelvo hacia los edificios y me quedo mirándolos por última vez. Cada uno de ellos se vuelve hacia mí y parecen decirme: "Acércate, tú no estás más solo que nosotros". Entro. Mi cubículo es de una persona que me es extraña.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Adiós, muñeca



Adiós, muñeca es una novela que empieza con la investigación de un caso criminal, que al cabo de unas cuantas páginas queda interrumpido, en suspenso o sin solución aparente, dando paso a un segundo caso criminal, vagamente relacionado con el primero. Finalmente, ambos convergen y se resuelven, y el detective, vapuleado pero triunfal, puede volver a su polvoriento despacho a intoxicarse a gusto con cigarrillos Camel y una botella de whisky.

Quizá sea esa estructura de doble trama, en principio desconcertante o frustrante (¿por qué demonios empieza otra historia, con lo interesante que era ésta?), lo que le da al mundo narrativo de Chandler una densidad especial, una cualidad en el tratamiento del tiempo narrativo, de demora en el suspense, y a su detective, el escéptico Philiph Marlowe, naturalidad o verosimilitud en el deslizamiento por los diferentes estratos sociales, de las mansiones a los barrios bajos, procedimientos que alcanza su apoteosis en El largo adiós. En cuanto a ese brillante castillo de fuegos artificiales que es Adiós, muñeca, comienza con la persecución de un criminal de poca monta, ex presidiario y asesino casual en el barrio negro de Los Ángeles, que anda loco en busca de Velma, la cabaretera pelirroja, y continúa con un caso de robo de joyas a una rubia de cliché, la rubia y descocada señora del multimillonario Lewin Lockridge. Al cabo de seis muertes violentas, comprueba el lector con satisfacción que ambas tramas encajan, los dos casos son uno solo, y Marlowe se merece el regreso a su pulguera con la agridulce satisfacción del deber cumplido.


Siempre he visto en Raymond Chadler un caso de depuración estilística a partir de un archivo de tentativas previas y un caso de creciente ambición expresiva en el molde de un género de quiosco. Casi todas sus novelas se construyen a partir de los numerosos relatos que había ido escribiendo en los años previos, la década de los treinta. Ese "autocanibalismo" explica el característico quiebro argumental que se observa en sus obras. Desde el principio, Chandler respetó y encomió la novela negra como una forma apropiada para comentar los tiempos que le tocó vivir, pero intentó escurrirse de sus convenciones sensacionalistas y volcar en él las ambiciones literarias que acunaba desde joven. Lo consiguió, y por eso ha tenido tantos imitadores que tristemente inventan detectives solitarios, despectivos y sentimentales, cínicos y honestos, que son a Marlowe lo que el Golem al rabino, y por lo mismo está considerado como uno de los mejores, si no el mejor, de los escritores de género negro de todos los tiempos.

Adiós, muñeca, su segunda novela, es un exponente de sus mejores habilidades y logros, hasta rozar los límites de la parodia del género y de la autoparodia: desde la aparición en la primera página de Iniciativas Malloy, un gigante de raza blanca vestido de domingo, que en el barrio negro "pasaba tan desapercibido como una tarántula en un plato de nata", casi cada línea contiene un juego de palabras brillante, un chiste, una observación mordaz o un juicio cáustico, cada descripción un juego de metáforas certeras, cada diálogo es ingenioso y cada personaje está dibujado en forma breve e irónica.
Eso sí, todos beben también enormes cantidades de whisky.

Creo que, el relato policíaco es la expresión más temprana de la poética de la vida y la ciudad modernas. Raymond Chandler escribió como axioma para novicios esta máxima: "Cuando estás hecho un lío haz entrar a una mujer con dos tetas." El detective privado contemporáneo está muy alejado de sus antecesores colegas; van al gimnasio, llevan una dieta equilibrada, no fuman ni beben, las nuevas tecnologías les facilita el trabajo duro, pero se sienten solos, y, respecto a la máxima de Chandler, sigue siendo vigente para los escritores de hoy, y también para los detectives.

martes, 13 de octubre de 2009

El penúltimo cigarrillo


Aquí me encuentro, entre el silencio de la noche y la lluvia que arremete contra el cristal de la ventana leyendo La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. Ha oscurecido de pronto, de un modo súbito y vehemente. Todo el pasado de la provincia está ahí, en ese pozo. No es más trascendental la historia, tómese como se tome. Todo queda emborronado y tergiversado por la noche. Ya no hay nadie que escuche a nadie. Sólo la noche se escucha a sí misma. Pasa un tren a lo lejos, como el destino, ignorando las estaciones pequeñas. Toda el agua del cielo no basta para lavar la tristeza de las estaciones olvidadas. Cuando se ha llegado al punto de aborrecer un lugar, es difícil acordarse de haber sentido algo diferente en otro momento. A medida que te quedas en un sitio, las cosas y las personas se van destapando, pudriéndose y se ponen a apestar a propósito para ti. Cuando ya nada tiene sentido, cada detalle recobra su valor.

El cenicero está repleto de colillas. De vez en cuando cierro el libro colocando debidamente un punto de lectura que anuncia un best sellers y voy anotando en una cuartilla cosas que se me antoja incongruentes. Menudo blogger estoy hecho si de estas cuartillas debe salir mi nueva entrada. Hasta me ha salido un juego de palabras.

Me viene a la memoria lo que dijo una vez Blanchot: "Escribir es entregarse a la fascinación de la ausencia de tiempo." No hay más que un tiempo, el tiempo que acaba destruyéndolo todo. Dejo de escribir y me preparo otro cigarrillo. Lo enciendo y las volutas de humo ascienden sinuosamente hacia las vigas del techo. Hago toser a una araña que tiene menos problemas que yo a la hora de dormir, o quizá, esté esperando que algo tense los hilos de la telaraña. La vida siempre está al acecho. Si yo fuera una marioneta, que no lo sé, diría que me faltan algunos hilos, porque, en verdad, el dueño de nuestros destinos parece tirar siempre del mismo. El mundo es un problema mal resuelto si no contiene, en alguna parte de su angustiosa diversidad, el encuentro de cada cosa con todas las demás. A la vuelta de la esquina acecha siempre lo que no queremos ver. Cada nuevo día es una página en blanco. Cada noche un borrador ininteligible. De nada sirve decir ni pretender, el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para siempre.

Sigo leyendo. Esta novela es la autobiografía de Zeno, escrita a instancias del Doctor S., como una parte de su psicoanálisis. El relato de Zeno hace de su vida un pretexto para escribir el carácter transitorio de los deseos. A medida que voy avanzando en la lectura me doy cuenta que es un disimulado viaje al centro de la nada.

Zeno, es un antihéroe típico, no tiene ninguna voluntad y se ríe de su incapacidad para controlar su propia vida. Cuando llega a la conclusión de que el matrimonio podría curar su malestar permanente, se declara a la hermosa Ada, pero por casualidad hace que acabe casándose con su hermana Augusta, una mujer nada agraciada. Los sentimientos en los seres humanos son muy pasajeros. Decía Sartre que el hombre es una pasión inútil. Cuando el amor nos abandona resulta consolador descubrir que la felicidad nunca formó parte del plan. Por otra parte, nunca he visto muchas parejas felices, solo malentendidos entre enamorados que se buscan para no encontrarse. El poder y la cotidianidad son dos muros en donde suele estrellarse el amor. Luego, cuesta mucho romper cuando ya no se ama y se convierte en dos soledades compartidas. ¿Qué pensaría hoy Zeno? Cuando una pareja discute hoy en día, tal vez crea que es por dinero, o por poder, o por sexo, o por la educación de los niños, o por lo que sea. Pero en realidad se está diciendo el uno al otro, aunque no lo sepan, es esto: "No eres gente suficiente." Hoy, un marido, una esposa y algunos niños no son una familia, son una unidad de supervivencia terriblemente frágil.


Mi cigarrillo se ha consumido y contemplo el cenicero, vaga ceniza del olvido y de la memoria. El silencio de la noche es lo que va dejando los días. ¿En qué momento se truncan nuestras frágiles vidas? ¿En qué extraña noche nos da de repente la espalda el destino?. Al fin y al cabo no somos más que un magro residuo de las posibilidades infinitas e irrealizadas de nuestras vidas. Somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre. La vida es una sala de espera para viajeros de tercera clase.


La neurosis de Zeno se manifiesta claramente en el relato de sus repetidos y frustrados intentos de dejar de fumar. Dominado sin remedio por ese hábito, Zeno se pasa los días haciéndose una y mil veces el propósito de dejar los cigarrillos. Las fechas señaladas son para él un mágico recordatorio de la posibilidad de una nueva vida sin humo: "noveno día del noveno mes de 1899"; "tercer día del sexto mes de 1912, a las 12". Zeno necesita imponerse prohibiciones que luego infringe ritualmente. Su inestabilidad y su falta de carácter hacen que su último cigarrillo se convierta siempre en el penúltimo, mientras saborea el placer derivado de su propio fracaso.

Echo mano al paquete de tabaco Golden Virginia. Sigo leyendo. Las campanas a lo lejos anuncian una hora incierta. Sigue lloviendo.


jueves, 8 de octubre de 2009

Inquilinos



La vida en la comunidad de vecinos es un infierno. Cíclopes que guardan tras las puertas. Reuniones surrealistas de vecinos. Meteduras de mano en el buzón. Lavadoras que funcionan toda la noche para ahorrar energía. Los tacs intempestivos del ascensor. La insomne que no se quita los tacones. Domingos mudos en que se puede oír el petardeo de las palomitas cuando la familia se prepara para una larga sesión televisiva. Disputas, etc.
No es difícil caer en el desánimo y pensar que uno no es suficientemente afable.


Desde este punto de partida, el terror que infunden los mezquinos, escribió el inclasificable y polifacético dibujante Roland Topor El quimérico inquilino (1964). Su éxito llegó por el filme de Roman Polanski. Si bien la película quedó eclipsada por dos grandes éxitos como Chinatown (1974) y Tess (1979), éxitos que hicieron pensar al cineasta que esta película era menor. Pero desde varios lustros, el filme en cuestión ha ido cobrando un cariz singular y se la ha reconocido como la gran película que es. La edición de la novela ha sido pertinente para ahondar en esta historia.


Polanski entendió en propia piel el motivo que impulsó a Topor a escribir la novela. La dificultad de encontrar piso de alquiler en París, y una vez conseguido, la doble amenaza cotidiana: arriba, la presencia del dueño del bloque; abajo, la vigilancia de la portera. Y, en medio, una grey de personajes a cuál más grotesco y ominoso. La historia revela la inmersión en la locura del protagonista Trelkovski y deviene en sociópata. Tras ocupar el apartamento de una chica que se ha suicidado lanzándose al patio de vecinos, Trelkovski se verá conducido por leyes desasosegantes y oscuras a convertirse en esa misma mujer suicidada.


La diferencia fundamental entre libro y película es la escena final: la zarabanda circense de todos los vecinos no aparece tan desarrollada en la película, pero sí la famosa escena de los aplausos, en que la comunidad se aposta en las ventanas, como palcos de un teatro, para ver el salto al vacío del antihéroe, personaje interpretado con maestría por el propio Polanski.

La grandeza de El quimérico inquilino es su alto grado de cotidianidad y el lúdico uso del surrealismo: febril aleación de humor y miedo. No es fácil distinguir el momento en que el gran guiñol cede a la irrupción de la locura.


Topor llevó esta historia al cenit la idea de que, tras el terror gótico y externo del XIX, en el siglo XX el miedo sería una proyección psicológica. Trelkovski, por lo demás, hace buena la máxima de que los mejores epígonos kafkianos son aquellos que han escudriñado en el lado, en apariencia, cómico.

El quimérico inquilino está en el germen del filme La comunidad (2000), de Álex de la Iglesia, pero la película de Polanski ha logrado un lugar extraordinario en la historia del cine gracias a la omnímoda generación eMule. Quién sabe si en virtud de reflejar los fantasmas de quien pasa demasiadas horas encerrado en casa ante una pantalla de ordenador y en calzoncillos.


domingo, 4 de octubre de 2009

Roma era una fiesta


Para Vivian que hace posible los vasos comunicantes


En La dolce vita (1960), están presentes la ciudad de Roma, el mundo del cine, las prostitutas, el contraste entre inocencia y sordidez, la decadencia, el fanatismo religioso, las fiestas, la soledad, la pobreza, la falta de escrúpulos, los disfraces y las falsas apariencias. Por otra parte, La dolce vita anticipa el peso que Marcello Mastroianni tendría en la posterior carrera de Federico Fellini. La odisea de Marcello Rubini, el periodista encarnado por aquél, a lo largo de días agotadores y, sobre todo, de noches infernales, se encuentra jalonada de dolorosos episodios y extravagantes personajes que no son ajenos al posterior catálogo felliniano. Por ejemplo la actitud de Sylvia (Anita Ekberg), esa estrella de la pantalla deseada por todos que se sabe bella y se aprovecha de ello, y que orquesta su vida como si de un demiurgo se tratase, anticipa en cierto sentido al director de cine protagonista en Ocho y medio (1963); no es de extrañar que la frustrada aventura amorosa de Marcello con esa belleza inconquistable, inaccesible, infatigable y, en consecuencia, inexistente, esté marcada por el signo del artificio: cuando la persigue por las escaleras de la vieja iglesia, sin que la joven muestre el menos signo de cansancio tras haber subido docenas de escalones, su posterior conversación con ella tiene lugar ante un irreal forillo donde se proyecta una vista panorámica del Vaticano; y, naturalmente, esa célebre secuencia que ha pasado a formar parte de la mitología del cine, el encuentro de Marcello y Sylvia metidos en la Fontana de Trevi, cuya fuerza reside precisamente en su deliberada falsedad, en lo que tiene de pura ensoñación a los ojos de Marcello, en su forma abierta y descarada de proclamar al mismo tiempo la belleza y la falsedad del cine. A mi juicio, es una de las escenas más bellas de la historia del cine.




Los principales episodios que componen La dolce vita contienen el germen de posteriores logros fellinianos. La evolución del personaje de Marcello tiene en todo momento el contrapunto de una presencia femenina, sea la de la ya mencionada Sylvia, representación de la mujer imposible; la de su novia Emma (magistral Yvonne Fourmeaux), cuya relación es más carnal, más pragmática, el ofrecimiento de una vida cotidiana pero mediocre que el protagonista teme y rechaza; o la de Maddalena (Anouk Aimée), una amante ocasional que le fascina, por su aparente sofisticación, y que le repele, por la ruindad y mezquindad de la clase social a la que representa. Hay que hacer una mención especial a Paola (Valeria Ciangottini), esa adolescente rubia y bondadosa, un oasis de pureza en medio de la corrupción generalizada que muestra la película, y que juega un papel similar al que desempeñará la grácil muchacha que sobrevivirá al naufragio del buque donde transcurre la acción de Y la nave va. El personaje de Steiner (Alain Cuny), ese intelectual que representa todo aquello que Marcello aspira a poseer y de lo que carece (la hondura, la profundidad, la lucidez, la sensibilidad), y que fallecerá trágicamente-se suicidará tras haber asesinado a sus dos hijos-, a modo de respuesta nihilista ante la mediocridad que le rodea, guarda ecos de Casanova (1976), otro personaje sensible y refinado que ve cómo su sabiduría es aplastada por el peso de la vulgaridad de su entorno, la bajeza moral de un mundo al cual sólo le interesa su fama como seductor y desprecia su poesía. Decir que la Roma que muestra Fellini en La dolce vita anticipa, precisamente, Roma (1972), cae por su propio peso. Menos evidente, pero palpable, resulta lo que tiene de precedente la extraordinaria secuencia de la fiesta nocturna en el palacio en ruinas, por el cual los despreocupados anfitriones de la misma y sus invitados recorren sus estancias a oscuras portando candelabros mientras juegan a "buscar fantasmas", sin darse cuenta que ellos mismos son; fantasmas en vida, reflejo de la decadencia personificada. El descubrimiento de un monstruo marino en la playa con que se cierra la película, epílogo simbólico en torno a la "monstruosidad" implícita de lo narrado.



Pero por encima de estas u otras consideraciones, que el filme admite dada su gran complejidad y enorme riqueza, lo que sigue resultando admirable de La dolce vita, vista en el nuevo milenio, es la absoluta validez y actualidad de lo que plantea. Es asombroso, y al mismo tiempo terriblemente inquietante, comprobar hasta qué punto supo Fellini tomarle el pulso al mundo contemporáneo, y llevar a cabo por medio de su poética personal un pavoroso retrato del vacío existencial, la pobreza espiritual y la bajeza moral de un modelo social que, cincuenta años después, sigue siendo el mismo en el que estamos inmersos (y que, en más de un aspecto, ha empeorado).



No se puede hacer una interpretación simplista de La dolce vita, ni ver un simple filme sobre una crítica a los excesos de las clases privilegiadas romanas. Y si bien es verdad que las mismas salen ciertamente mal paradas, no es menos cierto que la digresión felliniana va más allá de una nueva diatriba sobre la diferencia de clases, sino que se extiende su ácida mirada al mundo, en general. Los personajes adinerados que abundan a lo largo del filme pueden ser ruines, cierto, pero no los son menos los paparazzis que se ganan la vida persiguiéndoles a todas partes, acosándoles sin tregua, perturbando su intimidad y dejando incluso que se peguen con tal de conseguir una buena instantánea. Las clases populares tampoco se libran del azote felliniano: la espléndida secuencia de la transmisión televisiva de un supuesto milagro mariano deviene un espectáculo grotesco y repugnante, una obscena celebración del fanatismo y la ceguera, la ignorancia y el oportunismo. En el arranque del filme, unas contundentes imágenes de una estatua de Cristo trasladada en helicóptero y que es saludada por un puñado de chicas en bikini que toman el sol (y la agresiva transición que emplea Fellini para cerrar la secuencia y pasar a la siguiente: un plano de la figura cristiana/otro de un bailarín de cabaret con una máscara oriental), nos introduce en un contexto donde lo religioso, y con ello lo moral, sea de una u otra cultura (la figura judeocristiana/la máscara oriental), han pasado a ser meros objetos decorativos en un mundo sin valores.


                                       

jueves, 1 de octubre de 2009

Multitud


"Sabes lo que son las masas. ¿A quién inculpas?"
Elias Canetti, Apuntes


En cuanto sale uno a la calle y ve a la gente, horror es la primera palabra que acude a la mente. Todas esos transeúntes hacen pensar en gorilas pusilánimes y fatigados hartos de imitar al hombre. No tienen frescura. Ni el más pequeño de los milagros. Se arrastran hacia adelante y me pasan por encima. Si tan sólo, por un día, viera a una persona hacer o decir algo que se saliera de lo habitual, me ayudaría a sobrellevar las cosas. Pero están rancios, llenos de mugre. No hay la más mínima elevación. Se coagulan dentro de sí mismos, se engañan, para ir tirando, fingiendo estar vivos.

Siempre se ha sabido que las masas pueden ser peligrosas. En plena revolución, hasta los ciudadanos más cumplidos saquearán y robarán. Las gentes más apacibles gritarán pidiendo sangre y venganza al verse rodeadas de hordas que piden lo mismo. Los sentimientos son altamente contagiosos. Un grupo de personas riéndose hace que todo parezca más gracioso. Un grupo de personas furiosas produce un efecto paralelo. Por lo tanto, es frecuente que un individuo se comporte de forma alocada, o contraria a sus costumbres habituales, si forma parte de una gran masa de personas. La psicología de masas impone la conformidad. La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás. E.M.Cioran se preguntaba en Desgarradura: "¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?". La masa lleva una vida de silenciosa desesperación.


Desde hace muchos años me persigue una pesadilla. Es un sueño corto pero intenso. Huyo a través de las calles de una ciudad desconocida y desolada. Alguien misterioso me persigue y quiere matarme. Al fin me introduzco en un local nocturno repleto de gente y me siento seguro llamando la atención entre la multitud. Cuando despierto, siempre me pregunto, si la huida engendra al perseguido o es el perseguido quien crea siempre la persecución.

De niño leí un relato de Edgar Allan Poe titulado El hombre de la multitud, en donde describe a un personaje que, día y noche, vaga mezclándose con la multitud, como si temiera quedarse solo. Es bien sabido que la imaginación de Poe no andaba nunca alejada del terror y la decadencia y, se palpa una tensa avidez por sondear los ilimitados pozos de la noche. Poe era mucho más que un narrador de historias detectivescas y fantásticas. En su sombra nació lo que decimos modernidad.


No quisiera echarle la culpa de mis pesadillas al gran escritor, porque creo que Hitchcock tiene algo que ver. El mago del suspense alimentó con creces mi manía persecutoria buscando refugio en la multitud que tanto desprecio. En 39 escalones (1935), el protagonista, Hanny, perseguido enconadamente por agentes extranjeros, se introduce en una reunión política. Dándose cuenta de que su única esperanza de escapar consiste en ponerse de pie y hablar, pronuncia un discurso absurdo (como en mis pesadillas) e improvisado, haciéndose así tan de destacar que sus perseguidores se ven incapacitados de hacer nada contra él. A Hitchcock le gustó tanto la idea, que la utilizó posteriormente en dos películas norteamericanas con similares escenas de persecución, Sabotaje (1942) y Con la muerte en los talones (1959).

Sin embargo, las multitudes y los lugares públicos no son siempre refugios contra el peligro, sino que también pueden ocultarlo. Hitchcock a veces invertía la idea, incluso en las mismas películas. La escena clímax de El hombre que sabía demasiado (1957) transcurren en el Royal Albert Hall durante la interpretación de una cantata: el sonido del disparo debe coincidir con el redoble de timbales al final de la obra. De nuevo, en 39 escalones, el señor Memory cae asesinado en escena delante de un público de music-hall: mientras que en una espléndida secuencia de Enviado especial (1940), un diplomático es asesinado durante un chaparrón, rodeado por una multitud de paraguas. Su asesino, que se hace pasar por reportero, le dispara con un arma de fuego escondida en su cámara.


El mundo no ha cambiado mucho desde los tiempos de Poe y Hitchcock. Hoy las expresiones de la manía persecutoria no se crean ni destruyen, sólo se transforma, y, seguimos buscando refugio en la multitud, como el personaje de Poe y los personajes de Hitch; enloquecemos en masa y esperamos recuperar la cordura, lentamente, en soledad. Pero nada parece estar claro.