
El verdadero contenido del humanismo está basado en la capacidad de comunicarse, de reconocer las cosas, de nombrarlas; en definitiva, de pensar y hablar. Hoy se ha desvalorizado el lenguaje. Lo hemos denigrado a tal extremo que ya ninguna palabra puede esperar otra cosa que no sea su propia derrota. Toda palabra despierta una idea contraria. Toda palabra es ya fuente de malentendido. Quien habla se desmiente a sí mismo, se prohibe cualquier acceso definitivo a la verdad. Hoy todos hablan a un tiempo, con belicosidad, urgencia y agresividad, porque en el mundo no hay nada más importante que lo que quieren decir. Un obstáculo capital del progreso del género humano es que la gente no escucha a quienes hablan con más sensatez, sino a quienes hablan más alto. Una terrible maldición se ha desatado para los que realmente tienen algo que decir. Ante semejante perplejidad, optan por el silencio. Las palabras tienen el mismo destino que los imperios.
Decía Montaigne que la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Hoy las conversaciones son una locura, imprudentes, solapadas, claudicantes, relapsos, incomprensivas y que da lugar a risitas, injusticias y desluces que siempre hay que purgar en la soledad más absoluta para volver a ser leales y amplios.
Lamentablemente, siempre suelo tropezarme, cuando voy por la calle, con el charlatán de turno. Sin ir más lejos, esta mañana fui atropellado por un individuo que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tenía unas ganas locas de arrojar una diatriba estándar.
-¡Un momento! ¡Un momento!-le dije-. Vamos a una terraza. Necesito sentarme.
No tuvo compasión alguna. Cuando llegamos a la terraza más próxima, ya había dejado muy claro la punta de un temible iceberg.
-Y bla bla bla...
-¿Qué quieres beber?
-Un Cacaolat bla bla bla...
-¡Camarero! ¡Un Cacaolat y un whiskey doble!
-Bla bla bla...

Henos de nuevo, me dije, en esa galería de espejos en la que las palabras se reflejan unas a otras en un movimiento infinito en el que no tropiezan sino con su propia sombra. "Sueño con un hombre que olvida las lenguas de la tierra hasta no comprender cuanto se dice en ellas." Elias Canetti.
-Bla bla bla...
Si la gente sólo hablara cuando tuviera algo que decir, el ser humano perdería muy pronto el uso del lenguaje. Paradójicamente, ya casi lo hemos conseguido en un mundo donde la gente no para de hablar. Dicen las teorías regresistas que el mono es un hombre al que se le olvidó hablar. En este aspecto, todavía dísta mucho volver a él.
-Bla bla bla...
"Cada uno cargará con sus palabras." Jeremías, 23, 26. Yo añadiría: Y también con las de los demás.
-Bla bla bla...
Cuando Pirrón dialogaba con alguien, si su interlocutor se iba, continuaba hablando como si no hubiese pasado nada. Yo no podía irme. Él me seguiría. Estaba acorralado.
-Bla bla bla...
"Lo importante no es escuchar lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa." Donoso Cortés. Tampoco vale la pena.
-Bla bla bla...
"Hablar es tener demasiadas consideraciones con los demás." Fernando Pessoa. Pues él no la tenía conmigo. "La dificultad que nos presenta el lenguaje es que separa a la gente." John Cage. Me gustaría darte la razón, amigo, pero el tipo estaba a treinta centímetros de mí.
-Bla bla bla...
"Los que no dominan las palabras, hablan mal, no encuentran explicaciones, son presas destinadas a la violencia. No saber o no poder expresarse conduce pronto a las soluciones que implican la fuerza física." Michel Onfray. Pues él estaba tan pancho y yo tenía los nudillos en blanco a punto de utilizarlos.
Al fin se levantó. Me dio la mano y se alejó. Cuando estaba a una cierta distancia, se giró y me dijo a grito pelado:
-Y a tí, ¿cómo te va?
Mi caso, en pocas palabras, era éste: perdí ya del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa. Hablar de mí, el espíritu errante, entre sus ruinas.
Hasta las palabras me abandonaron, y, además, me tocó pagar la cuenta.











