domingo, 29 de noviembre de 2009

Preguntas y respuestas



En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta
¿quién te podrá responder?

Antonio Machado

Cuenta una vieja historia india que un alumno y su gurú caminan uno al lado del otro por el campo. El alumno señala con el dedo un árbol muy grande y pregunta:
-¿Cuántas hojas tiene ese árbol?
-Ochenta mil seiscientas cuarenta y seis-contesta el gurú sin dudarlo.
-¿Estás seguro?
-Si no me crees, súbete al árbol y cuéntalas.

Sinceramente, odio a los que hacen preguntas y odio las preguntas, hay muy pocas que se puedan responder sin mentir. Sin embargo, es especialmente importante no dar la cara. Debemos sustraernos y esperar a sentirnos convencidos, desde dentro. Nunca debemos permitir que nos obliguen a responder. La respuesta no es nada. La respuesta es falta de libertad y, por eso, una equivocación. Quizá no hay tantas preguntas como creemos, como tampoco hay respuestas. Creo que la verdadera pregunta es inocente, y por eso es más propia de los niños. La respuesta ha perdido ya la inocencia, y por eso es más propia del adulto. Nunca suelo creer a la gente que dice "decir la verdad", no porque sean unas mentirosas, sino porque ellas mismas no lo saben.

Decía Heidegger que la esencia del hombre posee el carácter de una pregunta. Pero yo creo que son las preguntas sin respuestas las que hacen al hombre. La duda no debe ser sino atenta vigilancia, de lo contrario puede ser peligrosa. Decía Goethe: "La creencia no es el principio, sino el fin de todo conocimiento."

Las evidencias que han ido orientando al ser humano a través de los siglos, ¿cómo se generaron? Sólo sabemos que unas fueron cediendo ante las otras en esa orientación. Y la última evidencia que se nos impuso fue que todas eran equivalentes o que ninguna tenía razón. Somos la era de la pregunta, no de la era de la respuesta. O somos de cuando ya no vale la pena preguntar. Lo cansado que resulta. La verdad de que sólo eso es verdad. ¿Vale la pena pensarlo? ¿Entrar cansado en el milenio, es decir, cuando la energía disponible, como es propio de un comienzo, sea la fatiga de un final? Pero rechazar la pregunta es aceptar la inconsciencia, es decir, renegar a nuestra condición. Es la filosofía del animal en la imposibilidad de no serlo. Ser hombre tiene un precio. Entre ser hombre y desgraciado, ¿quién prefiere ser perro de lujo? Está el hombre y su vida humana. Sobre esa roca inquebrantable ya se puede construir todo. Y la mayor evidencia está ahí. ¿Vale la pena preguntarse si vale la pena?

Creo que si la pregunta está bien formulada, si pone en acción todas las facultades del espíritu y del corazón, ni siquiera necesita una respuesta. Justo antes de morir, Gertrude Stein, preguntó a los que estaban junto a su lecho de muerte: "¿Cuál es la respuesta?" Nadie habló. Ella se echó a reír y volvió a preguntar: "¿Cuál es la pregunta?". Luego murió.

Toda verdadera explicación sencillamente no se puede explicar.

Imagen: Los ministros del silencio, de Bob Lescaux.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ménage-à-trois


Basada en la novela autobiográfica poco conocida de Henri-Pierre Roché, Jules et Jim (1962), fue la tercera película de François Truffaut, y sigue siendo aquella por la que más se le valora y recuerda. Enormemente inventiva y nostálgica, es una de esas raras películas que, a la primera visión, dejan ya una marca imborrable en el espectador, a lo que contribuyen el interés de la trama, las magníficas interpretaciones de Jean Moreau y Oskar Werner, y la espléndida música de Georges Delerve. Pero lo más asombroso de todo es la enorme facilidad con la que, en esta historia de un interminable ménage-à-trois, Truffaut consigue pasar de la comedia al drama y finalmente a la tragedia, desplegando al mismo tiempo todo un arsenal de peligrosos trucos cinematográficos, tales como congelados, cortinillas, etc. Aunque el triángulo formado por Jules, Jim y la huidiza y voluble Catherine dista mucho de ser idílico, los numerosos elementos sombríos que contiene la película no consiguen ahogar su optimista exuberancia. Para encontrar un ejemplo de ello basta fijarse en el personaje de Catherine, deliciosamente interpretado por Moreau. Rara vez ha concedido el cine tales dosis de sentido del humor, encanto y ternura a sus mujeres fatales. Y no cabe duda de que se trata de una mujer fatal, pues cambia caprichosamente de amante una y otra vez, enfrenta a dos amigos entre sí, y termina provocando la muerte de uno de ellos (al tiempo que la suya) cuando conduce directamente el coche en el que van ambos a las aguas del Sena. Pero es precisamente esta volubilidad e imprevisibilidad de Catherine lo que ha permitido que la película soporte mejor el paso del tiempo que todos los dramas pasionales llenos de ruido y furia hechos más o menos simultáneamente (recuérdese por ejemplo Un lugar en la cumbre (1959), de Jack Clayton, rodada sólo dos años antes). En Jules et Jim el sexo es algo divertido, al menos de momento. Aunque los tres protagonistas no consiguen llegar a un entendimiento que les permita perpetuar su curioso ménage-à-trois, Truffaut no formula tampoco condena moral alguna; según él, las relaciones más convencionales conducen también a finales igual de desdichados.

Antes de conocer a Catherine, dos jóvenes bohemios se sienten hechizados por los plácidos y misteriosos rasgos de una diosa griega, y marchan al Adriático en busca de la escultura original. (Yo os recomiendo la lectura de una magnífica novela titulada La Gradiva, de W. Jensens). Catherine es también una mujer ideal, quizá la mejor dibujada de la amplia galería de retratos femeninos del último director romántico por excelencia, la única fuente de alegría y felicidad para ambos hombres, juntos o por separado; y la tragedia de su suicidio final no consiste únicamente en que provoca su muerte y la de Jim, sino también la inconsolable soledad de Jules



El equilibrio entre tragedia y comedia, milagrosamente mantenido a todo lo largo del filme, nace del hecho de que aunque los personajes no parecen envejecer físicamente, el paso del tiempo va destruyendo de manera cruel e inexorable su propio universo. Al principio de la película, la I Guerra Mundial, evocada mediante materiales de archivo que, al ser pasados al CinemaScope, adquieren una cualidad etérea y casi fantasmagórica, hace temer a los dos amigos que puedan matarse el uno al otro (ya que, a pesar de su nombre, Jules es alemán, mientras que Jim es francés).

Entonces, de repente, la acción se sitúa en 1933, y los tres protagonistas están en un cine viendo nuevos materiales de archivo, pero esta vez sobre la quema de libros por parte de los nazis. Luego, el paso de los años se ve indicado por la aparición en la película de obras pertenecientes a las distintas etapas de Picasso. No obstante, y desde el primer momento, Jules et Jim ha apuntado ominosamente la imposibilidad de que la felicidad del trío protagonista se perpetúe: el imprevisto chapuzón de Catherine en el Sena, la quema ritualizada de cartas de antiguos amantes (que termina casi en su auto-inmolación); el espectro de los celos en un chalet del Rhin, reflejado mediante un asombroso plano de grúa en el que se ve al mismo tiempo a Jim bajando nerviosamente las escaleras y a Catherine y a Jules abrazándose extasiados en el dormitorio de arriba, son todas escenas que ensombrecen las relaciones de los tres personajes principales.

martes, 24 de noviembre de 2009

El gran Buster Keaton

Buster Keaton era el actor cómico que se enfrentaba a un mundo hostil sin mostrar la menor emoción, y superaba las dificultades físicas con una serie de acrobacias deslumbrantes, pero fríamente calculadas. Tenía un asombroso sentido de lo visual, un gran dominio del ritmo y de la comicidad. Su negativa (o incapacidad) para reflejar emociones, nacía quizá de la creencia en que el triunfo y la tragedia se suceden inevitablemente, y que ni una cosa ni la otra merecen la más mínima excitación.

El gran Buster es modernismo, actual. Hoy nos encontramos viviendo, junto a él, situaciones, acontecimientos que nos llena de estupor que nos paraliza, nos petrifica, nos fija, nos inmoviliza, incapaces ya de reaccionar, tal como era él. Hay una escena en las imágenes que siguen a continuación, cuando Buster queda atrapado en las aspas de la rueda de un barco fluvial, que resume a la perfección, todo el siglo XX y los que quedan por venir.


viernes, 20 de noviembre de 2009

Ramón

"El alba riega las calles con el polvo de los siglos."
Ramón Gómez de la Serna, Greguerías

El buen estado de salud de una cultura se mide tanto por su capacidad de avance y experimentación como por consideración que le merecen sus propios clásicos. Los clásicos sirven para entender quienes somos y a dónde hemos llegado. Hoy, la barbarie literaria es ingente y aburrida. Y es que toda generación nueva busca en el artista no sólo el modelo estético, sino un modelo moral, un modelo de vida, que es de lo que más necesita esta juventud. Como suele ocurrir, interesa más el autor que el libro, más el hombre que lo que hace. Cuando vida/obra son ya un todo o, debería de serlo. Hoy la mayoría de los escritores no lo son porque tienen un apetito de éxito inmediato, y esa actitud les impide crecer literariamente. El fanatismo de la novedad y la superstición del consumo está borrando a muchos clásicos vivos y muertos. Así, es como una literatura se empobrece y nadie vuelve la cara a los maestros enterrados que todavía tienen mucho que decir.


En mis años de iniciación yo adoraba a Ramón Gómez de la Serna. Ramón inventó la greguería. La greguería es, en un principio, el hecho funcional de sacar una metáfora de su contexto. En cada greguería, como en cada Picasso, nace el siglo XX. Ramón creó en la botillería de Pombo, en la calle Carretas de Madrid, una de las tertulias más famosas de la época. Tras la guerra destruyeron el edificio que lo albergaba. El hueco que quedó en esa calle fue ostentoso, como si se le hubiese venido abajo a la calle la mitad de la dentadura.


Podríamos decir que la literatura es una circunferencia que el escritor traza en torno de sí para singularizarse y, al mismo tiempo, aislarse del mundo. Toda la obra de un escritor no es sino un sistema de señales para dar fe de sí mismo y perpetuar la distancia del mundo. Ramón es él y su circunferencia, y por eso le saldrá los géneros fingidos, porque no ha nacido jamás a la vida. Lo suyo es andar y andar la circunferencia, recorrerla y contárnosla. Ahí está su genialidad circular y, por lo tanto, limitada: y, por lo tanto, infinita. La genialidad es siempre una monotonía, un ser uno igual a sí mismo. Con Ramón descubrimos que nunca escribimos sobre lo que creemos escribir, sino sobre nosotros mismos. El escritor no está para explicar el mundo - filósofo o novelista -, sino para explicarse él en el mundo. Con él también aprendemos esa cosa elemental de que sólo se es alguien en lo de uno. La cuestión, para Ramón, es huir de prisa de la sordidez de unos hogares intransitables del perfume antiguo de la frustración. Odia y teme el mundo de los adultos, el rito, el negocio, la política. Niega siempre la trascendencia de la Historia y a todas las trascendencias. Ramón se ha resistido a construir nada, porque sabe que no hay nada que construir. Ramón es humorista y tiene un claro sentido de la muerte. La ironía del vivir y la tragedia del morir. 


En El rastro, posiblemente una de sus mejores obras, es precisamente el revés de ese mundo serio que él repudia. El rastro es ese mundo, pero ya vencido, caducado, revestido de poesía por la ruina y el tiempo. Lo cursi es la mediocridad que se cree sublime. Lo cursi es cursi porque insiste demasiado en la felicidad, y todo se queda cursi en El rastro, con el tiempo, porque la muerte ha dejado fuera de época esa felicidad. Mejor que el mundo abrupto de los negocios y la política, Ramón entiende la decadencia de ese mundo. El lenguaje en él tiene muchas claves temporales. El escritor siente repugnancia por la realidad mostrenca que sigue la repugnancia por el realismo. El realismo es insoportable siempre, como copia testaruda de la vida. Ramón sabe, en el fondo, lo que sólo saben los poetas: que el tiempo es siempre igual y que las emociones son siempre las mismas. El poeta llega más lejos que el pensador en su resumen del tiempo o de la tarde. Que se aprende más del curso de un río que de la geometría de un estanque.

Ramón es quizá la escritura más libre que se haya hecho nunca en este país.

"Ha oscurecido de pronto, de un modo súbito y vehemente. Todo el pasado de la ciudad está ahí, en ese pozo. No es más trascendental la historia, tómese como se tome. Todo queda emborronado y tergiversado por la noche."


domingo, 15 de noviembre de 2009

Espejismos


El otro día un amigo chiflado por los nuevos avances tecnológicos me instó a que lo acompañara a ver una exposición sobre los últimos cacharros de plástico y chips. Le dije que no, pero su perseverancia acabó con mi paciencia y al final cedí. Fuimos caminando. Él llevaba un paso ligero. Me sacaba por lo menos tres o cuatro metros de distancia. Mi amigo, víctima de la tecnología, siempre tiene prisa. La prisa, la rapidez, el ganar tiempo son problemas para mí absolutamente superados e inexistentes. ¿Prisa de que? ¿Ganar tiempo para qué? Llegamos a la catedral de la ciencia entregada al fetiche del progreso. Nada más entrar, vi a un montón de pícaros que pedían datos a los incautos. La catedral estaba a tope por gentes distraídas hasta el infinito y misteriosamente desinformadas. Sí, tenemos hoy muchos datos, pero es imposible sacar ninguna conclusión. Suelen llamar a esta era la era de la información, pero estamos lejos del conocimiento. Hoy la información es frágil, voluble y manipulable. Lo único seguro es que el peso de la ley cae sobre los débiles mientras siguen las negligencias de los fuertes. Lo que llamamos progreso no es otra cosa que decadencia. La mentira es el precio del progreso.


Mi amigo ya estaba probando uno de esos juegos en donde se da saltitos ante una pantalla. La tecnología no es nada, sino una nueva y complicada sucesión de espejos para la eterna épica/mímica del hombre. Seguí a mi aire a través de los numerosos logotipos de empresa. A las empresas comerciales les interesa desvirtuar nuestra jerarquía de necesidades, con el fin de promover una decisión materialista de los bienes, minimizando la importancia de lo invendible. Y la manera de seducirnos pasa por la astuta asociación de los artículos superfluos con esas otras necesidades olvidadas. En el universo mercantil de la oferta y la demanda nada hay más descartable que el ser humano.


Vi un gordo sentado en un sofá probando un nuevo mando a distancia ante una pantalla más plana que su cabeza. Parecía tener lombrices, porque su culo se movía buscando la perfecta comodidad. La comodidad es el antecedente del aburrimiento. Aquí tenemos al hombre fuera del mundo y alejado de sí mismo. No hay iniciación más que a la nada y al ridículo de estar vivo. Las cosas. Estamos presos en las cosas.

Ya me estaba deprimiendo. Pasé de largo la sección de los libros digitales y fui a parar a la sección de telefonía móvil. Allí había mucha afluencia. Viejos, jóvenes y niños; todos parecían estar maravillados. La tecnología no nos ha liberado de nuestras obligaciones: las ha hecho ubicua. El móvil no te ahorra trabajo, sino que te hace trabajar en todas partes. La muerte es tan rápida como una llamada. La inmediatez de la comunicación recuerda en todo momento a la muerte. Lo que debe tranquilizarnos se convierte primero en sobresalto. El delirio del triunfo de la telefonía móvil a hecho olvidar a la gente que lo importante es lo que se ha de comunicar. Cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. Seguramente que habéis visto en más de una ocasión a esa gente hablando sola en medio de una ciudad o en el interior de un coche. Antes ver a alguien hablar solo era un síntoma de demencia; ahora, define la categoría social.


Dejé atrás esa sección y me introduje en la sala de ordenadores. Una multitud estaba conectada a Internet. Como ya he dicho, estamos en plena era de la información y del conocimiento y necesitamos saber lo que ocurre. Se han detectado extendidas dificultades en la comprensión, lo que restringe el contacto con la realidad. El mundo de las nuevas tecnologías está fomentando el espejismo de pensar que estar conectado a las grandes fuentes de información accesibles resuelve todos los problemas. No es verdad: esos bancos de información sólo son útiles a los que saben leer la información. Un burro conectado a Internet sigue siendo un burro. En esa inmensidad ilimitada es muy fácil perder la orientación. Para "navegar" en el mar del conocimiento hace falta una brújula. Allí estaban todos conectados de cuyas cabezas pendía un cartel que decía: LOS ORDENADORES MÁS INTELIGENTES. El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían. El ordenador, según para que cosas, es inútil, porque solamente puede darte respuestas y también te permite cometer hoy más errores en mucho menos tiempo que en cualquier otra época. El auténtico problema no es si las máquinas piensan, sino si lo hacen las personas. Creo que es mejor utilizar nuestra cabeza un par de minutos que un par de días un ordenador.


Ya estaba harto y fui en busca de mi amigo. Todavía seguía allí dando saltos. Dejó el juego. Estaba sudando.
-¿Qué, vas a comprar algo? ¿A que es guay?
-Sí, todo muy chachi. Pero tengo ganas de llegar a mi casa y encontrarme con Epicuro.
-¿Epicuro? ¿Quién es? No me lo has presentao, tío.

Puede que acabemos haciéndonos con un todo terreno, para Epicuro, lo que andábamos persiguiendo era la libertad. Quizá lo que compremos sea un aperitivo pero, para Epicuro, era la amistad lo que buscábamos. Tal vez adquiramos un sofisticado equipamiento para el baño, aunque para Epicuro, es en la reflexión donde encontraríamos la calma.
Todo es tan complicado como para que la gente pueda comprenderlo.


jueves, 5 de noviembre de 2009

Seriedad



"La humanidad se toma demasiado en serio a sí misma; es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reírse, la historia habría sido diferente."

Oscar Wilde

También, si pudiéramos desterrar la palabra "serio" de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían, porque lo único verdaderamente serio es que nada puede ser absolutamente serio, que todo monopolio de la seriedad es perverso.

En la escuela se tendría y sobre todo que jugar a reír, de uno mismo y también de los demás, no menos cómicos y zarrapastrosos; reírse juntos, cada vez que se presenta la ocasión, es un patrimonio inestimable, que ayuda a soportar una vida con tanta frecuencia invisible e intolerable, agobiada no sólo por el sufrimiento y la injusticia, a la postre siempre victoriosa, sino así mismo por la obtusa seriedad, que contribuye también al déficit de lo creado.


Afirmo que el exceso de seriedad está acondicionado por el exceso de frivolidad. Ay, el mundo se ha convertido mortalmente y estúpidamente serio. De nuevo el tío Wilder: "La seriedad es el último refugio de los superficiales."


Hay gente que cree que todo cuanto se hace poniendo cara seria es razonable. La seriedad, en la mayoría de los casos, es un truco que se aprende para adquirir reputación a los ojos del mundo. Y, no obstante, todas estas personas que están siempre serias demuestran que no han entendido nada. "Poca sabiduría me darás si a cambio no me otorgas una carcajada." Nietzche.

La vida es algo demasiado importante como para hablar de ella en serio. La coherencia es el último refugio de los carente de imaginación. Tomarse la vida en serio, es seriamente irrisorio. Tomarse en serio, signo muy serio de tontería.


Imagen: Marcel Marceau.

martes, 3 de noviembre de 2009

Mitad oscura


El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de R.L.Stevenson, sigue siendo uno de mis relatos favoritos. ¿Por qué? Porque cada vez me inquieta más su fondo. Me explico: sospecho que el tema de fondo es la fascinación envidiosa que la persona convencionalmente buena siente por sus posibilidades de maldad desaprovechadas. El hipócrita es quien siente las normas morales como nuevas coacciones, como limitaciones socialmente tópicas de su deseo: es, en gran medida aunque no por completo, el caso del doctor Jeckyll. Por tanto envidia la ligereza, la disponibilidad incluso la energía juvenil de Hyde, que él ha sacrificado para hacerse respetable. En una ocasión, Hyde dice explícitamente que lo que le atrae turbadoramente de su mitad oscura, es su repelente "amor a la vida". Si Jeckyll fuera un hombre auténticamente virtuoso y no un mojigato con ambiciones prometeicas sabría que el verdadero amor a la vida es el fundamento de la moral y no del crimen. Sea como fuere, con todas sus competencias y contradicciones, aún tiene Jeckyll una indudable superioridad sobre Hyde: lo ve como un problema, como una tentación dañina, como un abismo. Jeckyll es humano porque siente la llamada culpable de Hyde. Somos mejores no en la medida en que evitamos totalmente lo peor sino en cuanto aún sabemos que es peor. Cuando Jeckyll tiene que decidir con cuál de sus dos personalidades quedarse para siempre, comprende que la aparente ventaja de Hyde es que nunca sentirá remordimientos por haber perdido su mitad más positiva, mientras que Jeckyll jamás olvidará del todo la tendencia que Hyde representa. Pero precisamente es este desasosiego, al que podemos llamar si se quiere "conciencia", lo que le hace preferible a su obsceno rival.