sábado, 16 de enero de 2010

Nuestra historia



Recuerdo que el profesor tenía la inefable costumbre de pasar con su dedo índice a cada uno de los alumnos para preguntarnos qué queríamos ser de mayores. Yo, futbolista, respondía uno. Yo, enfermera. Médico. Actriz. Bombero, etc. Cuando me señalaba a mí me ponía a llorar, porque de mayor no quería ser nada, ni tan solo mayor. El profesor me miraba con cierto aire despectivo y seguía su recorrido con su dedo hacia otros niños. Al cabo de un tiempo, la bochornosa situación volvía a repetirse y yo seguía llorando sin saber qué responder. Al final, el profesor adquirió la costumbre de responder airadamente por mí: "¡Tú a trabajar!". Por lo visto, todas las demás profesiones nombradas por los demás no era un trabajo. Nunca llegué a comprender qué se ocultaba en ese: "¡Tú a trabajar!".

Fuimos niños mentidos. Así es la pedagogía y el crudo aprendizaje de la vida. Toda infancia es un largo victimaje bajo el amor o el odio de los mayores, que ni ellos saben lo que pasa con nosotros cuando somos pequeños. El sollozo del niño en el silencio llega más hondo que la cólera del hombre fuerte. El niño triste y soñador, miedoso y solo, no se redime nunca. No obstante, los niños que aman sin fallecimientos la vida, son espontáneamente nietzscheanos y piden que retorne sin cesar lo que les arroba. Sólo los adultos reticentes ante el placer de la existencia buscan sin cesar novedades, para aburrirse de inmediato de ellas en cuanto las conocen. En cada niño hay un salvaje perdido. Los niños, como los salvajes, tienen criterios y juicios artísticos muy suyos que las personas mayores no aciertan a comprender. El niño, cuando nace, ignora que ha nacido. Su llanto es su manera de preguntar "¿quién soy?". Alguno dice un nombre y lo escribe en un papel oficial. Esto es nacer. A partir de entonces, el ser humano empieza a morir.

Y volviendo a clase: yo les diría a los profesores que tengan mucho cuidado con sus alumnos superaventajados. Porque en el futuro suelen ser oscuros, simples obreros o extraños que deambulan por las calles. Y lo sé, porque veo ahora a esos lumbreras de mi clase que han resultado ser gente muy extraña, solitaria, que todavía viven con sus padres o trabajan en oscuros talleres. Es más, ni siquiera me reconocen cuando nos cruzamos por la calle. Sí, son extraños en sus vidas.

Por otra parte, decía Goethe que también hay que tener mucho cuidado con lo que se quiere ser de mayor, porque puede acabar consiguiéndose. ¡Me cago en la leche! Yo de niño sólo deseaba que alguien me enseñara a hacer el nudo en los cordones de mis zapatos que siempre llevaba desatados.

Cuando cumplí los doce años ("Después de los doce años, no hay nada que valga la pena." Gil de Biedma), y frustrado por la experiencia ante el desprecio del profesor y las risas de mis compañeros, me dije de pie en la cama, con un pijama puesto y unos calcetines demasiado grandes: algún día seré grande, fumaré y me pasaré las noches en mi escritorio, escribiendo, escribiendo. Ahora soy ya un hombre, estoy fumando, sentado en mi escritorio, escribiendo, y me digo: cuando tenía doce años era un perfecto idiota.
Hoy, quien escribe, está bajo la mirada de un niño que refleja los recuerdos que busca el adulto.

17 comentarios:

Raúl dijo...

¿Exagero si digo que eres un hombre sabio, Francisco?

ferroviario pinelli dijo...

Me gusta este recuerdo,
pero no olvides que esa mirada que tienes encima,
también quiere que le enseñen a atarse los zapatos.

saludos

Dana Andrews dijo...

¡Qué final más genial, Francisco!. Yo de pequeño quería ser futbolista pero, como también llevaba siempre los cordones desatados, me caía muchas veces y me hacía daño. También desde muy pequeño cogí el hábito de escribir y hoy en día ya es un modo de vida. No hay día que no escriba algo. Quizá escribiendo quiera volver a ser niño...no lo se.

Anónimo dijo...

Yo creo que el niño que pensaba: "algún día seré grande, fumaré y me pasaré las noches en mi escritorio, escribiendo, escribiendo", era un soñador, Francisco; y hoy eres el mismo soñador pero un poco más sabio, eso es todo querido amigo.

Un abrazo, Francisco.

J,

Elvira dijo...

No estoy de acuerdo con Gil de Biedma. Tú eres grande, Francisco, y vales la pena, ya lo creo.

¡Y sabes atarte los cordones de los zapatos! :-) Has logrado el sueño de niño y el de tus doce años. ¿Qué sueñas ahora?

Un fuerte abrazo, querido amigo

leon no es feroz dijo...

Qué hondo me ha llegado este escrito tuyo. Creo que nos has hecho sacar el niño que fuimos y el que todavía llevamos dentro...
Yo tampoco sabía que iba ser de mayor. Pero soy feliz en mi rincón,con mis libros y cuadernos...
Un beso

Anónimo dijo...

Alberto Q.
http://traslaspuertas.wordpress.com

Yo sigo siendo un chico con alma de niño. Y no fumo, pero también adoro estar escribiendo y escribiendo y escribiendo... (aunque ni la mitad de lo bien que lo haces tú).

¡Saludos, Francisco!

mi nombre es alma dijo...

De pequeña era una lumbreras y me sabía atar los cordones de los zapatos como si de un ejercicio matemático se trataba. ¿Que quieres ser de mayor?. Un científico loco al que nadie entiende pero que desarrolla una explicación teórica y asombrosa sobre la teoría de cuerdas o similar porque entonces ni sabía que tal teoría existiese, nunca me planteé la posibilidad de escribir nada.
Y aquí estamos, me lo pasé muy bien con aquellos sueños pero no los echo de menos en absoluto, quizás ese sea el equilibrio necesario para mantenerse cuerdo, quizás.

Un abrazo, señor escritor que fuma en su escritorio

Escéptico dijo...

Yo de chaval quería ser aventurero, millonario, futbolista, torero, pero nunca se lo dije a nadie, porque nadie me hubiera entendido. Y soy el resultado de algunos esfuerzos, de bastantes imprevistos y de ciertos fracasos.

Kinezoe dijo...

Yo ampliaría el periodo de edad al que hacía referencia Gil de Biedma hasta los 18 ó 20 años. Luego, casi todo es cuestión de suerte; creerse uno que ha elegido bien y que la suerte te acompañe. Está claro que también hay que esforzarse, pero de nada sirve esforzarse en una dirección que no conduce a nada. No sé, es todo tan complejo... Creo que me estoy deprimiendo un poco...

Un abrazo.

39escalones dijo...

¿Pero también llevas ahora calcetines demasiado grandes?
Supongo que el profesor identificaba lo de "a trabajar" con el pico y la pala. Ya sabes, en España se le llamaba trabajo al meramente físico, con su consiguiente connotación despectiva fruto de siglos de respetabilidad ligada a opulencia y ociosidad. Así nos ha ido.
Y coincido con Raúl, no exagera nada, nada: eres un hombre sabio.
Abrazos.

Bigmaud dijo...

Uf, de sólo pensar en los primeros años en la escuela (que nunca ha dejado ser algo que me produzca antipatía) me provoca una mezcla de nostalgia y pavor.

Casualmente hace poco vi Los 400 golpes, por cierto.

Un abrazo.

Cris dijo...

Siempre nos han marcado con esta obsesión por definir de antemano lejanos periodos de vida que no es posible ni tampoco tiene sentido conocer tan pronto; porque si así fuera nosostros ya no seríamos los que somos en nuestro presente, estaríamos demasiado condicionados. Y de hecho nos han condicionado. Estamos constantemente condicionados por cumplir los objetivos que nos hemos marcado, siempre con la mente en un futuro inexistente. Y mientras la vida pasa... Me gusta más el misterio de lo que está por llegar. Besos!

chanclas dijo...

Se cumplió tu propia profecía pero al menos no fuiste un superdotado extraño en su propia vida.
Me llegó y me hizo pensar.
Un abrazo.

Francisco Ortiz dijo...

Maldito dirigismo, malditas ganas de encasillar: yo también he luchado desde chico contra eso. Memorable texto: ojalá pillase yo una línea así y escribiera sobre algo más que libros. Mi admiración rendida te dejo aquí.

s a n d r a dijo...

Por qué diablos nos enseñan a nadar en la superficie?? con lo fantástico que resulta sumergirse...

Raúl no exagera.

Un p e t ó

hombredebarro dijo...

Un texto muy afortunado.