martes 16 de febrero de 2010

El tren de la vida.




Recuerdo cuando mi vida era beber una copa en la cantina de una estación mientras me cambiaba de tren. Era un viajero que, de paso en una estación, compraba el periódico local y comprendía en seguida que no me interesaban las noticias del lugar, todas aquella cosas que desconocía. Mi vida no era otra cosa que la metáfora del ferrocarril atravesando, apenas sin detenerse, unas emociones llamadas estaciones; estaciones desmemorizadas, que perdían en seguida el recuerdo de sus trenes fugaces.

Me subía a un tren, miraba por la ventanilla para ver cómo todo huía atrás, en la vaguedad inextricable del pasado. Igual que la memoria, el tren va y viene. De repente puede devolvernos rápidamente todo, como puede también tener mala memoria. Olvida los viñedos soleados, los ríos de la infancia, las casas, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.


Recuerdo que en una estación perdida de madrugada, niebla y frío, vi una mujer acodada en la barra bajo un soporífero estado de embriaguez. Junto a ella, en el suelo, le acompañaba una vieja y raída maleta de viaje. Tenía un enorme parecido a Lauren Bacall en su última etapa de vida.

-Hola chico-me dijo-. ¿Puedo preguntarte a dónde vas?

-Esto es el fondo mismo de la nada, señora. Para mí lo difícil no es llegar sino continuar.

Emitió una sonrisa que me llevó a pensar que fue una mujer muy bella en otro tiempo.

-Estamos perdidos en el vacío, chico, no sabemos donde estamos. Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. ¿Me invitas a una copa?

-Claro. Puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa. Y usted ¿a dónde se dirige?

El camarero le sirvió otra copa de ginebra.Ella siguió hablando.

-Se han de saber muchas cosas para poder decir, con sincera autenticidad: sólo sé que no sé nada. Todas las cosas quedan desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana. Vivimos en la irrealidad más delirante, en un mundo monstruoso. La verdad, chico, siempre es una falsa ilusión.

-Sí, comprendo; ese vacío también está en el comienzo de todas las cosas.

Me ausenté por el imperativo de mi vejiga y cuando volví ella ya no estaba allí. Un tren partía hacia una dirección incierta, perdiéndose en la niebla que ya empezaba a disiparse.






Sinceramente tengo muy gratos recuerdos de aquellos años. Había siempre en mi vida ese cruce de trenes en que uno no sabía adónde iba ni por qué iba. Lo inútil de los viajes. Inútil y esencial. Ah, los trenes, cómo se parece a la vida.

Hoy, en el fondo, no sé por qué, cuando subo a un tren envidio un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil de explicar.


Ahora sólo soy una máquina de tren que arrastra penosamente vagones y vagones, un mercancías pesadísimo y olvidado, de modo que basta con que la máquina se detenga un momento a respirar y cobrar fuerzas para que el tren entero se me venga encima, y entonces comprendo que me empuja él, que no le arrastro yo a él. La descompensación de la vida es un error ferroviario que me hace correr con una máquina no proporcionada al interminable tren de vagones, días, años, cosas, que arrastro.

Soy poca máquina para tanto tren, o mucho tren para tan poca máquina, y esto lo he comprendido hoy, en mi cuarto yo por primera vez, con una tristeza de estación vacía, en mi cuarto de dormir, en mi cama de toda la vida, con la que nunca he llegado a identificarme.

Escucho el vagido de un tren a altas horas de la noche; corre ciego, como una rauda catástrofe.

13 comentarios:

Jan Puerta dijo...

Hace un par de años, publiqué el siguiente párrafo como comentario a una imagen que publiqué...

“Cada día tengo la sensación al despertar que lo hago en una estación diferente. Vacía como todas y llena de la nostalgia que tanto nos permite soñar.
Cierto es que hubo un tiempo que buscaba las estaciones, simplemente por ver la gente llegar y otras partir. En ocasiones, algún pasajero bajaba del tren con cara de incrédulo, preguntando donde se encontraba. Yo nunca lo sabía. Jamás me intereso el lugar sino el momento”

Al leer tu soberbia entrada me vino a la cabeza este párrafo.
Un abrazo

Elvira dijo...

Muy buen relato, querido Francisco.

"Soy poca máquina para tanto tren, o mucho tren para tan poca máquina." O a lo mejor uno es la máquina adecuada para otro tren. ¿Cuál? Esa es la cuestión.

Un fuerte abrazo, amigo

Kinezoe dijo...

Vaya entrada, amigo. Me encantó la forma en que nos presentaste ese símil entre nuestras vidas y los trenes. Alguna vez pensé yo algo parecido... Lo verdaderamente difícil es expresarlo con la claridad y tino con que tú lo hiciste. Excelente texto.

Supongo que lo suyo es despedirse esta vez con la expresión que más se repite en las estaciones... Pues eso, ¡buen viaje!

Y un abrazo.


PD: Siempre me parecieron muy frías y desalmadas la mayoría de las estaciones, en especial las de autobús...

Dana Andrews dijo...

"con una tristeza de estación vacía"... COLOSAL TEXTO. Cuando coincides con esa mujer parecida a Lauren Bacall que después desaparece en un tren me has recordado al primer encuentro de "Retorno al pasado" entre Robert Mitchum y Jane Greer, a sus reflexiones sobre el mundo y la vida. Creo que tu texto contiene todo el ambiente de cine negro que hay en "Deseos humanos" donde Glenn Ford, por cierto, es maquinista y donde casi todo transcurre en un tren. En definitiva a mí las estaciones y los trenes siempre me han resultado muy inspiradores, mágicos, bohemios y algo melancólicos. Estuve trabajando durante un año en la Estación Delicias de Zaragoza, en el turno de noche, y allí tuve ocasión de ver dormir a los trenes en vías muertas que no llevaban a ninguna parte. Fue una bonita experiencia. Pero tu texto ha sido una experiencia inolvidable. Mi sincera enhorabuena.

39escalones dijo...

Como el comentarista anterior: entrada soberbia. Por un momento he pensado que la cosa iría por "Breve encuentro", y sin embargo ha terminado más bien en que el AVE de la vida no es más que una ilusión, traicionera como siempre son ellas... Las ilusiones, digo.
Abrazos.

mi nombre es alma dijo...

Poema para hoy, porque todos somos pasajeros.
PASAJERO
Subes al impertérrito ferrocarril de la vida
y en cada estación te bajas
para dialogar con el hastío
y en cada túnel de la noche sueñas de prisa
porque
—aún en la oscuridad—
flotan pensamientos.
Al principio,
cuando querías devorarte el mundo
en un instante
no cerrabas los ojos en los túneles.
No lo hacías, por ese afán que abrigabas
de ser pasajero de todos los ferrocarriles
del universo.
Y descendías para conversar
con el guardavías de tu destino.
Mas, luego corrías presuroso hasta el andén.
Es que odiabas quedarte solo en la distancia,
mientras el tren de la vida iba en busca
de nuevas estaciones.
Ahora ya no desciendes de ese carro
de los recuerdos idos
porque no ignoras que tu lentitud en este instante
es abismante.
¿O será acaso que el ferrocarril corre más raudo?
Quizás.
Y por eso odias ahora ser pasajero
de cualquier tren
y temes a los túneles de cada noche
y sientes miedo de quedarte dormido
antes que emerja la máquina
desde tus tinieblas,
porque ahí sí escucharás
sólo el ruido isócrono e intolerable de los fierros.
En ese momento bajarás angustiado
en la estación de un pueblo desconocido
y verás desde el andén
—con impotencia senil—
alejarse para siempre
aquel ferrocarril repleto
de otros pasajeros presurosos.
Antonio Álvarez Bürger

Un abrazo

Francisco Ortiz dijo...

Excelente, absolutamente excelente.

s a n d r a dijo...

Cuando sólo viajas en coche y eres tú quien lleva el volante, de qué te lamentas? creo que me sacaré un bonotren.

Me gustó.

Un petó

Luzdeana dijo...

Siempre te leo y te admiro.
Esta entrada acaba de convertirse en una de mis favoritas.
Y siendo así, me permito dejarte hoy un abrazo, más cercano que mis saludos de siempre.

Anónimo dijo...

Íntimo, lírico sobre la tierra purísima. Así es este escrito que emociona como lluvia vestida de flores, dulces flores que crecen entre el frío de la luz sola y el destino de los hombres, que se va marchitando con lento rencor de pétalos muertos.

Un abrazo, querido Francisco.

J,

leon no es feroz dijo...

! Cuantos trenes que no he cogido! Y cuantos que quiero coger!!!

Antonio Callau Pérez dijo...

Me aconsejó este blog Dana Andrews. Sólo decir que admiro la forma en que transmites emociones a través del lenguaje y tu manera de escribir. Un placer.

Raúl dijo...

Pocas imágenes más cinematográficas que la de un tren. Pocas máquinas de carga han traído o llevado más sueños o más desgracias.
Una estación, un tren que llega, y ya tenemos el inicio de una historia, que puede ser la tuya, la mía o la de cualquier alma en tránsito.
Qué bien escribes, Francisco.