viernes 12 de febrero de 2010

Ginger y Fred

Ginger y Fred (1986), de Federico Fellini es un filme entrañable y una de mis películas favoritas. Ginger y Fred son dos mediocres y veteranos artistas de variedades, dos seres anacrónicos olvidados en un mundo en el que la vida ha desaparecido tras la imagen. Amelia Bonetti y Pippo Botticella, interpretados por Giulietta Masina y Marcello Mastroianni, que al cabo de muchos años vuelven a reunirse para bailar de nuevo juntos en un programa de televisión, Ed ecco a voi. Como mandan los cánones, ambos saben muy poco de lo que les espera en el Estudio 5 de Cinecittà, donde el gran escenógrafo Ferretti ha reconstruido un enorme plató de televisión. Más que la cuestión de la publicidad televisiva, Ginger y Fred pone de manifiesto el carácter demencial de esos programas de entretenimiento en los que, entre números musicales y entrevistas a famosos, no vemos sino desfilar a un atajo de personajes absurdos."Este convertir lo humano en espectáculo gratuito es lo característico de la televisión", dice Fellini. En no pocas ocasiones mientras prepara la película afirma también lo difícil que le será alcanzar las cotas de disparate, ramplonería e indignidad de ciertos programas que se ven a diario en la televisión. Sin embargo, la verdadera esencia de la película es otra. Fellini denuncia también la sociedad actual en su conjunto: una especie de segunda parte de Ensayo de orquesta.

Tocante a intérpretes, Masina no aparecía tan espléndida, como actriz y bailarina, desde Las noches de Cabiria, y Mastroianni resulta entrañable en su papel de perdedor. Ejecutan diligentemente el número de baile que empieza con The Continental y sigue con un popurrí de Irving Berlin durante el cual, bailando el claqué de Cheek to Cheek, Marcello sufre un calambre y da con su cuerpo en el suelo. Pero no queda ahí la cosa, pues Giulietta, que siempre aspiró a bailar bien, consigue que Federico, a modo de recuerdo, vuelva a rodar completo el número de baile, que esta vez la pareja ejecuta a la perfección. ¿Dónde estará este precioso incunable?, nos preguntamos. ¿Lo encontrarán e incluirán algún día en un DVD?


Empezando por el título, la película parece una elegía nostálgica del pasado contrapuesta a la brutalidad de la sociedad de masas contemporánea, llena de basura, chabacanería y zafiedad. Aunque tampoco olvidemos que en pleno año treinta, cuando Rogers y Astaire impartían su mágica lección de elegancia en las pantallas, Francis Scott Fitzgerald deploraba la tosquedad del mundo nuevo y añoraba la gracia y vitalidad de la década anterior. La nostalgia es una trampa de la edad, y aun concediéndole lo que se merece, Fellini demuestra saberlo muy bien. La mirada que el director dirige a la Roma de los años ochenta es la de un hombre que descubrió la ciudad cuando ésta ofrecía un espectáculo menos feo, pero las imágenes de Ginger y Fred podrían ilustrar ciertas páginas antirromanas del último Pasolini, que fue asesinado mucho antes de llegar a viejo y no precisamente en la metrópoli. Al principio de la película, cuando Amelia expresa el malestar que siente al verse trasplantada a un mundo que no es el suyo, es el propio Fellini quien se retrata a sí mismo: tímido, curioso, vulnerable, impaciente, rabioso, irreductible. Pippo, el bailarín canoso y envejecido, simboliza en cambio la faceta conciliadora, lúdica, autoirónica y absolutoria de la personalidad del autor. A través de una bien calibrada gama de emociones, la película logra fundir los personajes de Ginger y Fred (ósmosis que se llama Federico), el pragmatismo conformista de ella y la bufonesca incapacidad de él para resultar trágico. Muy distintos entre sí, tanto al menos como Giulietta y Marcello en la vida real, los dos bailarines hallan un punto de encuentro en una vaga forma de romanticismo hecho de pudor, dignidad y recíproca lealtad. Ambos se asisten en el esfuerzo incosnciente, muy laico y moderno, de mantener los ojos abiertos ante una realidad no pocas veces ingrata.


El final de Ginger y Fred recuerda el sorpresivo desenlace de un famoso cuento de Svevo, "Una burla exitosa", que es como podría definirse la actuación de Amelia y Pippo en el programa Ed ecco a voi. Así como en el relato sveviano un viejo escritor ilusionado con volver a ser joven y famoso ante la falsa noticia de que van a reeditar su novela, acaba milagrosamente sacando del engaño un montón de dinero, así Ginger y Fred, que se dejan enredar en el falso honor de un número rayano en el ridículo, a la hora de despedirse tienen a mucha haber salido airosos y que les pidan autógrafos. En definitiva, parece decir Fellini, más vale no dejar escapar las ocasiones que la incomparable originalidad de la vida nos depara. Antes de recluirse en la desesperación, más vale bailar otra vez y dejar que las burlas tengan éxito. Y eso aunque hayamos vivido la vida como si fuera una película cuyo argumento no entendemos (Ginger ignoraba lo intenso que era el amor de Fred) o como un sueño incoherente. El sentido estoico de Ginger y Fred es que quizá no hay nada que entender, que sólo hay que vivir, que debemos aprender a flotar como Marcello en La dolce vita, aun cuando las aguas se hayan convertido poco a poco en las del río Estigia, como en el nunca realizado proyecto El viaje de G. Mastorna.



6 comentarios:

Elvira dijo...

Hola, querido Francisco:

Otra película que desconozco y que gracias a tu pluma me apetece conocer.

"En definitiva, parece decir Fellini, más vale no dejar escapar las ocasiones que la incomparable originalidad de la vida nos depara. Antes de recluirse en la desesperación, más vale bailar otra vez.." Me parece una gran lección, la apoyo totalmente. Bailemos todo lo que podamos.

Un fuerte abrazo, amigo

Bigmaud dijo...

Los reflectores se los suelen llevas aquellas cintas que Fellini hizo en los 50, 60 y en menor medida las de los 70. Una pena, porque maravillas como Ginger y Fred merecerían mayores elogios.

Siempre me he preguntado si el Mastroianni calvo que vemos en esta película es el real y el de las demás películas de la época y posteriores tiene peluca o al revés.

Saludos!

Dana Andrews dijo...

¡Qué pedazo versión de Cheek to cheek que has colgado!. La película me pareció muy entrañable Francisco. También recuerdo otra entrañable película del cine español donde una pareja ya madura se llaman "de borma" Ginger y Fred. Ocurre en la emocionante "Volver a empezar" de Garci.

mi nombre es alma dijo...

Quizás no siempre, pero debemos encontrar un momento en cuanto podamos, para parar, bailar, reir, aceptar burlas, ganar..VIVIR. Chocar mejilla contra mejilla.


Un abrazo, te veo muy bailón últimamente

ethan dijo...

Una de las grandes películas de Fellini, con su carga nostálgica, su homenaje a los actores preferidos, su admiración por el cine clásico y su oposición hacia la televisión.
Saludos!

39escalones dijo...

Una película tan entrañable como, en ciertos aspectos, la mar de dura. Me gustaría destacar la estética de la película, siempre a medio camino entre lo real y lo onírico, de una sutileza impresionante.
Gran texto, como siempre.
Abrazos.