viernes 26 de marzo de 2010

Mankiewicz, Odets y Lehman.

El tono de la década de los 50 se vio reflejada en los títulos de los best-sellers de la época. La gente llegó a creer que Estados Unidos estaba formado por una multitud solitaria de personas que intentaban ascender en la escala social, por hombres de negocios vestidos de gris que servían a una élite poderosa y buscaban el éxito a toda costa. Había una cierta dosis de verdad en este retrato de las clases medias norteamericanas, pero limitada. Cuando esas obras literarias fueron llevadas a la pantalla, la imagen de docenas y docenas de varones atribulados por el precio que tenían que pagar a cambio del éxito empezó a aparecer algo lúgubre y monótona.

De ahí que Chantaje en Broadway (1957), resultara y siga resultando tan refrescante. Abordaba el tema del triunfo y de sus costes, pero en un contexto infinitamente más disoluto y, por tanto, más divertido y entretenido que las habituales tragedias ambientadas en despachos y hogares acomodados. El mundillo teatral de Broadway es, sin duda alguna, más interesante para su estudio y denuncia que el de los hombres y mujeres normales y corrientes de la calle. En este sentido, la película no decepciona. El corrupto y maligno colunmista J.J. Hunsecker (Burt Lancaster) es tan poderoso dentro del mundo del espectáculo como el presidente de un consejo de administración en el suyo; en esa época, un columnista o crítico destacado era capaz de hacer y deshacer carreras enteras, por lo que la gente del teatro bailaban al son que les tocaban con tal de conseguir sus favores. Sidney Falco (Tony Curtis), el denodado agente de prensa que necesita el apoyo del columnista, se parece bastante a todos esos ejecutivos de la clase media que intentaban prosperar y trepar socialmente, pero su debilidad y desesperación resultan mucho más visibles y emocionalmente conmovedora. La brutalidad con que J.J le explota y exprime y el terror de Sidney al darse cuenta de que está jugando con él al gato y al ratón resultan, por tanto, más vívidas y convincentes.

No obstante, la película contiene muchas más cosas que esta fascinante relación entre los dos protagonistas. Están también los espléndidos personajes secundarios, como el agente modesto y honrado, encarnado por Sam Levine, la chica del guardarropas, no tan estúpida como parece, interpretada por Barbara Nichols y, sobre todo, el corrupto policía encarnado por Emile Meyer, lleno de maldad y sardónico sentido del humor.




Sorprendentemente, Chantaje en Broadway fue dirigida por el británico Alexander Mackendrick, conocido sobretodo por sus admirables comedias rodadas en los Estudios Earling. Pocos extranjeros se han mostrado tan familiarizados con los usos y costumbres norteamericanos como Mackendrick, quien logró captarlos mejor de John Schlesinger en Cowboy de medianoche (1969) o que Alan Parker en Fama (1980), precisamente porque supo comprender los aspectos más sórdidos del mundillo de Broadway y mostrarlos al desnudo.

Sin embargo, la mayor baza, y razón del éxito, de esta película la constituye los espléndidos diálogos de Clifford Odets y Ernst Lehman. Los rápidos intercambios de frases y las observaciones agudas y cortantes representaban para el cine norteamericano lo mismo que el verso libre para el teatro isabelino: una convención verbal que sirve para comprimir y transformar metafóricamente el habla habitual en algo completamente distinto, ofreciendo así al autor la posibilidad de abordar temas que, en caso de expresarse en lenguaje coloquial, resultarían grandilocuentes y pretensiosos. Para mí, el diálogo debe ser también acción. Tiene que ser breve y movido, formar parte de la progresión de la película. Algo que hoy en día se ha perdido para siempre, y, en su lugar asistimos a interminables diálogos planos, convencionales, pura cháchara.

Chantaje en Broadway representa, junto a las películas de Mankiewicz, la culminación de una tradición que se remonta hasta los orígenes del sonoro, cuando autores de obras teatrales de la categoría de un Hetcht o un MacArthur fueron llamados a Hollywood para enseñar al cine a hablar. Odets pertenecía a esa tradición, como autor teatral, y Lehman, en uno de cuyos relatos se basa la película, era un discípulo aventajado.

8 comentarios:

39escalones dijo...

Muchos rechazan este cine por "teatral" (mientras se tragan cada cosa...); en fin un prejuicio como otro cualquiera.
A mí el cine de Mankiewicz, o esta película, u otras muchas que hacen de textos e interpretaciones su principal baza me parecen de lo más atractivo, sobre todo porque, a diferencia de la creencia más extendida, no desprecian el lenguaje visual, no son planas ni se limitan a poner la cámara enfocando a un escenario; en cambio se adaptan, con sutileza y tacto se impregnan de esa atmósfera teatral y se dedican al detalle, al matiz, a lo que no se ve ni se oye, al extraordinario y magistral arte de la sugerencia y el sobrentendido.
Gran texto.
Abrazos.

Anónimo dijo...

EL DULCE SABOR DEL ÉXITO de Alexander Mackendrick es un peliculón, como lo son también otras suyas: VIENTO EN LAS VELAS y SAMMY, HUIDA AL SUR; tiene un gran guión de Enst Lehman y Clifford Odets, con frases para el recuerdo; una gran fotografía del cantonés James Wong Howe, una fantástica partitura de Chico Hamilton; y dos de las mejores interpretaciones de las carreras de Burt Lancaster y Tony Curtis, interpretando a un depredador y a un carroñero sueltos entre la fauna que deambula por las noches en Manhattan.
Por cierto, ¿no notais el gran parecido entre Lancaster y Henry Kissinger?

Luis dijo...

Coincido contigo en que el dialogo debería ser la base que soporte la historia. Lamentablemente en la actualidad los guinistas se han convertido en apuntadores de efectos especiales.
Será quizás propio de la modernidad, al estilo twitter no estamos acostumbrando a hablar y escribir menos palabras, ser concreto se confunde con carecer de recursos literarios.
Un abrazo, excelente critica.

Marcos Callau dijo...

Mientras iba leyendo tu texto he tenido que subrayar esta frase tan acertada: "Los rápidos intercambios de frases y las observaciones agudas y cortantes representaban para el cine norteamericano lo mismo que el verso libre para el teatro isableino". Tienes más razón que un santo. Los diálogos de este tipo son lo que hizo grande al cine norteamericano, precisamente de lo que hoy tanto adolece. Ejemplos hay muchos, como "Retorno al pasado" o en general todas las películas de Bogart. Ésta que comentas hoy no la he visto pero creo que me gustará cuando la encuentra ya que Tony Curtis es de mis actores favoritos. Es curioso que aquí el papel de Burt Lancaster, por lo que comentas, se podría equiparar al que Curtis realizaba en "La pícara soltera" en 1964. Agradecido de descubrir cine en tu blog.

Licantropunk dijo...

A tomar nota de tu excelente recomendación. La podré comparar con "Cowboy..." y "Fama", como indicas. Y con "Balas sobre Broadway" ¿no?, ja, ja.
Saludos.

Patricia dijo...

Muchas gracias :) por tu comentario, y por perder un ratito de tu tiempo leyendo mi blog. Me ha hecho mucha ilusión, de verdad gracias.
Un abrazo

chanclas dijo...

Como me viene sucediendo desde que conocí tu blog descubro peliculas que se me escaparon en su dia.
Creo que tu crónica se podría resumir en algo así como el poder de la palabra, si no fuese un atrevimiento por mi parte tal simplificación.
El poder que tienen aquellos que manejan la palabra y más aún la letra impresa y que sirve en muchas ocasiones a intereses bastardos. Y el poder que el uso adecuado del lenguaje permite que una pelicula o un libro pase de ser algo mediocre en algo que deja huella y mueve a la reflexión.
Un abrazo.

Kinezoe dijo...

No conocía este título; tomo nota pues. La reseña, como siempre, muy jugosa. Dan ganas de ir a por la peli ahora mismo.

Un abrazo.