martes 30 de marzo de 2010

A nuestro servicio

Un señor está en una gasolinera sujetando con cara de pasmarote la manguera de un surtidor y busca a un posible humano. Una voz en off pregunta: "¿Dónde está el señor que te servía?". Otro individuo busca en la oscuridad de un cine una butaca y, de nuevo, la voz en off: "¿Dónde está el acomodador?". Y prosigue la voz: "La gente ha sido sustituida por máquinas. ¿Ha mejorado tu vida? ¿Han bajado los precios?". Esta interesante propuesta como marco de reflexión de un anuncio televisivo deriva en una proclama engañosa y pueril. Lo cierto es que el arranque de este sketch publicitario me hizo pensar en algunas situaciones vividas en la ciudad.


El servicio público deja mucho que desear. A veces me he encontrado en bares casi vacíos en donde los camareros han pasado completamente de mí. Ser invisible no es sólo que no te vean, sino también que no te miren. En otras ocasiones me han servido los cafés con el líquido aguado y vertido en el platillo empapando el azucarillo. Es algo que no soporto. Una vez me sirvieron un plato repugnante con el huevo crudo. Le supliqué al camarero, con mucha educación, que hiciera el favor de pasármelo de nuevo por el fuego. Me lo arrebató con desprecio. Me dije: "¡Ay,dios! ¡Seguro que ahora escupirá en el plato!".
Incauto, como soy en la ciudad moderna, no atino nunca con el tipo de servicio de hostelería. A veces, me siento a una mesa y me gritan desde la barra que el local es de autoservicio y me siento como un tonto. Otras; pido en la barra (por si acaso) y el camarero me dice con arrogancia que tome asiento, que ya pasará el camarero, tomándome por el típico consumidor apresurado. Y de nuevo, vuelvo a sentirme como un tonto.

Aquí, en la ciudad, es imposible estar sentado en una terraza porque te acribillan los vendedores ambulantes, los artistas callejeros, los vagabundos, los defensores de las ballenas, los defensores del mundo, etc. Y si los rechazas te ponen a parir en medio del gentío. Además, si te despistas, te roban la bolsa en un santiamén. También existen (cada vez más) lugares que a ciertas horas ya no puedes pedir lo que deseas y manda en camarero.
-Póngame una caña.
-Lo siento. A partir de las ocho de la tarde sólo servimos tanques de un litro.

Hace poco tuve problemas con un cajero automático y me trató con educación. Me recomendó que me dirigiera al personal de servicio. Me resigné a entrar a la sucursal. Una empleada que había envejecido mal tras el cristal blindado no respondió a mis buenos días. Tuve la sensación que aquel cristal no estaba allí por su seguridad, sino para proteger a los clientes de una posible agresión por parte de los responsables de nuestro dinero.

Y ya ni hablo de esos individuos de la Renfe. Una vez me acerqué a la taquilla de una estación (ya había comprado el billete a través de una máquina que me deseó un buen viaje), para preguntar el horario del tren que tenía que coger. La empleada estaba leyendo un libro de Larsson, y, como os lo cuento, hizo caso omiso.

"¿Dónde está el señor que...?". Llevo buscándolo desde hace mucho tiempo, empezando por aquel que me robó la bolsa.




10 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Andrés Pajares tuvo muy buenos momentos de lucidez. Me he reído mucho con tu texto pero no deja de tener un fondo triste. Lo triste es que lo que dices es cierto. Es una pena que en los bares ocurran este tipo de cosas. Recuerdo a un camarero tras la barra del bar que me dio los cambios con una mano llena de restos de rebozado y trocitos de pescado. Nunca volví. Ahora ya han cerrado el bar. Me molestan las cafeterías autoservicio demasiado como para entrar en ellas... es que no lo soporto. Con lo que me gusta a mí sentarme a leer delante de un café humenate... En fin, resignación.

Elvira dijo...

Tienes toda la razón, querido amigo. ¿Por qué desagrada tanto servir y por qué se hace tan a menudo con desgana y malos modos? Al fin y al cabo todos los trabajos útiles son servicio de un tipo u otro. Yo te sirvo a ti y tú me sirves -me haces un trabajo útil- a mí.

Un fuerte abrazo

Luzdeana dijo...

Especialmente lo del cajero me llega en este día. Detesto los bancos y todo lo que tenga que ver con ellos, pero percibo mi sueldo a través del cajero y no puedo evadirlo. Ayer mismo fui víctima de una confabulación entre un banco, su empleado mal educado y mi condición de clienta involuntaria, burlada por la modernidad del sistema y sus desaciertos.
Me quedo preguntándome si no debiera ya renunciar a esperar de quienes nos "sirven" un mínimo de sentido común.
En fin... un abrazo.

mi nombre es alma dijo...

Hoy te leo divertida y coincidente. Esto que dices en tu entrada, lo vengo diciendo yo hace bastante tiempo, prefiero que una máquina no me devuelva el cambio a que alguien me lo devuelva de malos modos. Como dice Marcos, es una lástima que sea así, pero lo es, y eso nos aboca a sentirnos más cómodos, por ejemplo, buscando afanosamente entre un montón de libros que preguntar a un dependiente de la librería o pedirle un consejo, que seguro no sabrá darte.

Un abrazo

Yolanda dijo...

Lamentablemente, es verdad todo lo que dices. Las máquinas son eficientes (cuando funcionan), las personas son cada vez más antipáticas y desagradables. Echamos de menos el contacto humano, pero los sueldos miserables y las condiciones laborales de semiesclavitud (la hija de una colega, maestra en un concertado, dice que trabaja en una "explotación algodonera")hacen que los empleados sean groseros y desinteresados. Les da igual que el café esté frío, que la ropa no sea de tu talla o que la fruta esté pasada, ellos se limitan a cobrar y si te vas disgustado no es su problema. Vivimos en un mundo deshumanizado, recibimos mierda a precio de oro y encima no podemos quejarnos. Yo no suelo encontrar mala gente, pero si me tratan mal lo tengo claro: no vuelvo. Si sucede al contrario soy una fiel clienta y recibo constantes muestras de afecto y agradecimiento. Suele darse la reciprocidad en estos casos. Hace años, por ejemplo, El Corte Inglés era modélico en el trato, ahora es excepcional encontrar dependientes profesionales y atentos. Una pena. Todos salimos perdiendo.
Un saludo.

Alejo dijo...

Pero qué bien se está en esos bares donde te tratan bien, esos en los que uno se siente como en casa, o mejor. Como Buñuel, y tantos otros, creo que un buen bar es uno de esos sitios donde citarse uno consigo mismo...

Kinezoe dijo...

"El servicio público deja mucho que desear". Totalmente de acuerdo. Qué coraje me da llegar a un bar y no saber si te sirven o tienes que ir a la barra (casi nunca acierto).

La parodia de Pajares muy buena, aunque se me antoja que hoy en día no sería demasiado "políticamente correcta", jeje...

Un fuerte abrazo, amigo. Felices fiestas y suerte con el servicio! ;-)

Raúl dijo...

"Caracolas, ensaimadas, bollitos de leche,..."
Pajares está sembradísimo.
Sí, coincido contigo; el ser humano está sobrevalorado, Paco.

Miguel Sanfeliu dijo...

Me he reído con tu texto. Las máquinas son las únicas que conservan la educación. Creo que todos nos hemos sentido alguna vez en las situaciones que describes. Real como la vida misma.
Un abrazo.

Luis dijo...

Quizás nuestros científicos intentan que las maquinas se vuelvan más humanas sencillamente porque los humanos nos estamos volviendo cada vez más maquinas.
Lo que si no soporto de los sistemas de autoservicio es ese: "para reclamos marque 1, para consultas 2" y asi sucesivamente, cuando llegas al 9 se te olvido cual es el que te servia.
Un abrazo.