
"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla."
Gabriel García Márquez, Vivir para contarla
Cuando todavía seguía en pie la casa de mi infancia, solía pasar a menudo por delante de ella. Allí estaba, casi en ruinas, dejando ver impunemente su interior, como un cadáver descuartizado en medio de la calle. Cuando la abandonamos ya no volvió a ser habitada por mortal alguno y todavía conservaba la misma pintura mortecina y algunas paredes empapeladas de cuyos trozos colgaban como una lengua enfermiza y abatida por el viento que penetraba a su antojo por los pasillos y habitaciones en un vano intento de desalojar a los fantasmas del pasado, pero, en cierta medida, la casa los reclamaba y allí estaba yo; en la acera de enfrente sin atreverme a entrar, intentando encontrarle un sentido a todo lo que me constituyó como persona. La vida que dejamos atrás tiene la mala costumbre de salir de las sombras, de presentarnos algunas quejas, de imponernos juicios. Nunca fui felíz en aquella casa pero algo en mi interior rogaba para que no fuera nunca demolida; que se quedara allí como un monumento a la conformidad material de mis recuerdos; a las familias que atentan contra la individuación, a las que tienen algo de uno y nos vuelven promiscuos, parecidos, confusos, y parece como que somos y no somos. Allí me decía que tuve toda la vida la voluntad de huir de eso, de no constituir una familia y de romper con la que me había constituido a mí. El pasado no se marcha: lo pasado es lo que experimentamos en cada momento.
Lo mismo ocurría con mi antiguo colegio. Llevaba abandonado muchos años y también solía detenerme para contemplar a través de los cristales rotos de las ventanas las viejas pizarras que apenas dejaban ver unos símbolos olvidados y cubiertos por el polvo y la lepra del tiempo. Pensaba en la cantidad de horas que había perdido, en los malos ratos que había pasado, en el bien que me hubiera podido hacer y que no me hizo. El edificio era un armatoste extraño, muerto, indescriptible. También rogaba para que no fuera demolido. Nosotros nos hemos pasado la segunda mitad de la vida remediando los estragos que la educación hizo en la primera. Hoy, ambos edificios, ya no existen y en su lugar, se alzan nuevas edificaciones bancarias, lugar donde, bajo una funeral luz de neón, se han firmado miles de empréstitos y eternas hipotecas.
Estoy en mi habitación y veo caer la lluvia a través de la ventana. Dice un poema de Borges que la lluvia es una cosa que siempre sucede en el pasado. No es que todo tiempo pasado sea mejor, sino que fue mejor para uno visto en términos absolutos, todas las épocas se equivalen más o menos y son sumamente lamentables. Todos somos optimistas, no por creer que vayamos a ser felices, sino por creer que lo hemos sido.

A veces me domina una sensación de irrealidad; quizá sea ésa la única experiencia verdadera de nuestro pasado: siempre que volvemos a visitarlo, él (o nuestra memoria) ha cambiado, tenemos tantas autobiografías como momentos en los que recordamos. Otras, por caminos muy distintos he tenido los mismos recuerdos. De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país. Algunas veces yo los contemplo; y otras veces ellos se desbordan.
Ya no entiendo a este mundo. Todo el mundo quiere olvidar apresurándose, yendo cada vez más rápido, negándose a tener el menor instante para sí. Recordar es la única manera de detener el tiempo. Sólo existe el tiempo, la memoria. La memoria es la personalidad. De todo en el mundo lo verdaderamente trágico es el olvido, y de éste, lo más desesperante es que no se lo advierte: el gradual insidioso advenimiento de la conformidad, cuando la memoria desborda en su multiformidad la voluntad ordenadora de la inteligencia.
Pero también la memoria reinventa el mundo. El pasado es mucho más variable, flexible y manejable de lo que la gente cree. La memoria, además de ser selectiva puede también ser injusta. Incluso puede acabar devorándonos. La memoria es una facultad muy oportunista y se adapta admirablemente a las posibilidades. Goethe dice que la memoria llega, justo donde llega nuestro interés. Cuando se le ha puesto una cruz a una deuda, la memoria, aunque el tiempo pasado sea irrisorio, se va volando por el espacio y se diluye en el cielo.
Todo gana cuando se ha perdido; todo mejora en cuanto ya no es. Nuestros recuerdos más vivos e indiscutibles son los que de ninguna manera pertenecen al recuerdo. Saber es recordar. Vivir es inventar. Y todo lo que hemos olvidado grita en nuestros sueños pidiendo ayuda. Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
17 comentarios:
Si os preguntáis qué sentido tiene el haber añadido el último y magnífico trabajo de Joan Manuel Serrat, Hijo de la luz y de la sombra, es porque sonaba al mismo tiempo que redactaba mi escrito y porque llevo la poesía de Miguel Hernández viento adentro.
totalmente de acuerdo con tu reflexión acerca del tiempo pasado y sus recuerdos¡¡
sólo lo que recuerdas ha existido y lo bueno es que lo moldeamos consciente o inconscientemente, a nuestra conveniencia, no es sino un recurso para sobrevivir¡¡
a mí me gusta pensar en aquello de que no hay mal que por bien no venga, de que todo lo que me ocurrió fue para bien, me hizo aprender, o me hizo más fuerte, o simplemente me dirigió por un camino que me llevó al presente...
saludos desde Córdoba
"El pasado es mucho más variable, flexible y manejable de lo que la gente cree. La memoria, además de ser selectiva puede también ser injusta. Incluso puede acabar devorándonos."
Muy de acuerdo, querido Francisco. Sobre la rememoración del pasado tengo una cierta ambivalencia. En ocasiones me resulta útil, me ayuda a comprender y vivir mejor el presente, en otros casos invade el momento actual en exceso y me resulta más saludable decirle ¡basta! Y abrir la puerta a lo nuevo. No hablo de huida, sino de apertura a algo diferente. A veces el pasado se repite porque estamos atrapados en una especie de bucle, y es necesario romperlo.
Un fuerte abrazo
Es que es un temazo, Francisco. Te felicito por haberlo elgido como telón de fondo, la perfecta banda sonora que he escuchado mientras leía tu texto. Es curioso lo de los recuerdos. Hay algunos tan grabados que es inútil quererlos olvidar, por eso lo mejor es recordarlos mientras nuestro estado físico nos lo permita. También me ha llamado la atención lo que mencionas de los sueños. A veces soñamos con personas, cosas o situaciones que queremos olvidar aunque sepamos que no es lo correcto y en los sueños, sin previo aviso, nos visitan de madrugada. Últimamente me sucede mucho esto en mis sueños. Un abrazo. Tu blog sigue siendo un bálsamo curativo en este mundo de locos.
No creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Lo que vivimos, cómo y con quién nos va conformando como somos ahora, pero podemos seguir cambiando hasta el final. El tiempo nos domina, nos devora. Nosotros no lo controlamos, vivimos supeditados a él, con prisa, con agobio, con poco disfrute por nuestra mala organización. Hablo por mí, claro.
Yo no tengo ya ninguna casa a la que volver. Muertos mis padres, el patrimonio común ha desaparecido. La casa de El Aaiún ha cambiado de ocupantes, nada de todo aquello es como fue, por eso no quiero volver a verlo, prefiero conservar el recuerdo. Las otras casas en las que moré durante años tampoco son como fueron, aunque sigan en pie. Yo no soy como hace años, evidentemente. Todo cambia. ¿Qué permanece? No lo sé. Las fotos antiguas son una burla, un bofetón para recordarnos que aquello pasó, que ya no somos quienes éramos entonces, tan jóvenes, tan ignorantes de lo que nos esperaba.
Perdona mi tono pesimista. Acabo de saber que una hermana mía debe enfrentarse a una operación muy arriesgada y me siento fatal.
Un abrazo.
La memoria, además de selectiva, es terapéutica; una vez cauterizadas las heridas, se adapta a nuestras necesidades de supervivencia, nos cuenta el pasado "que nos conviene". Recordar es tarea de Titanes en este tiempo de adoración por lo inmediato; ayer, en una entrevista para un taller de radio, los chavales me preguntaban por qué no hablo de cine reciente en mi blog. Yo respondí que por mantener la memoria sentimental, el recuerdo de lo que es cine ya que hoy todo el mundo se empeña en olvidarlo.
La descripción de tu antigua casa me recuerda las veces que he pasado con mi padre frente al bloque en ruinas de su antigua casa en el Casco Histórico de Zaragoza, muy similar a lo que describes. Para mí las historias que me cuenta de aquella casa son tan míticas como si fueran del mismo Homero.
Abrazos.
Éste es un tema que me fascina. Y me siento tan identificada con aquello de los viejos edificios… a mi todavía me duele ver la casa de mi abuela en mi pueblo a medio demoler. Es que la habrán vendido, pero esas pocas paredes que se sostienen apenas, esos balcones despintados aún encierran cosas que me pertenecen, que no tienen precio. Y la puerta de vidrio que reemplaza al antiguo zaguán luce como una afrenta a mi niñez y a las tardes serenas con mis tías abuelas.
Justamente hace poco leí un ensayo sobre Proust y la memoria en un sitio que seguramente disfrutarás. Copio una parte del texto que recuerdo al leer el tuyo:
“Que la memoria sea literaria y no periodística no significa que no sea verdadera, al contrario, guarda las esencias del estilo, la adecuada mirada subjetiva y auténtica de cada cual ante un hecho, produciendo las infinitas voces ante un mismo suceso, la riqueza que surge de la realidad reinterpretada por cada cual y tamizada por el paso del tiempo.” (jimarino.com)
Maravilloso posteo el tuyo. Tan cercano. Tan bien escrito.
Un beso.
La memoria no tiene contornos, Francisco. Olé por este escrito -nada de post, entrada o cualquier majadería sinónima-. Pura literatura. Lo mejor que te he leído, querido amigo. Verdadero, intenso, con palpitante luz creadora. Sigue así.
Un abrazo, querido amigo.
J,
Gracias por esa joya del Nano... es la primera vez que la escucho (de muchas más que vendrán).
Qué bonito abrir la puerta de nuestra infancia, para recordar los buenos momentos!!!
he leido hace poco: "...hay que desenrollar la memoria y de vez en cuando,sacudir todo lo que allí se halla almacenado." Séneca
LA música de Serrat es un regalo divino. Emociona escuchar la voz de Miguel Hernández a través de la suya. Como de cía el poeta: " Con tres heridas yo,la del amor, la de la muerte, la de la vida..."
Un beso.
Enhorabuena, Francisco. Boquiabierto. Tiempo y memoria siempre tan presentes en tu blog. Esta demolición de recuerdos que nos presentas es un regalo literario. Audaz y evocador.
Saludos.
"Todos somos optimistas, no por creer que vayamos a ser felices, sino por creer que lo hemos sido."
...Demoledoramente cierto, tan cierto como que somos puro recuerdo y sin recuerdo nada somos. No pude evitar pensar en Blade Runner, una de mis películas de cabecera, al leer esta magnífica entrada sobre la vida y la memoria. Un placer, como siempre, la visita a tu blog. Me encantó también la banda sonora del post. Muy grande Serrat.
Un fuerte abrazo, amigo.
Me recordaste mi casa de infancia y como por mucho tiempo he analizado mi vida en términos de los aciertos y errores que nos llevaron a venderla, en como sería si continuara viviendo allí. Quizás porque fue una época de feliz y despreocupada niñez, quizás porque no fue allí donde debí abordar las resposabilidades de la adultez, esa etapa tuvo otra morada.
Tiene mucha razón García Marquez, quizás demasiada.
Un abrazo.
PD: Tu blog me lo recomendó Raúl Ariza, como es de esperar de él fue todo un acierto.
Yo diría más: el tiempo sólo existe en el recuerdo.
Por cierto, eta frase es desoladora:
"Todos somos optimistas, no por creer que vayamos a ser felices, sino por creer que lo hemos sido."
Un abrazo.
Me siento muy identificado con tu reflexión..
Uno de mis temas favoritos cuando fotografío son las viejas casas, edificios en ruinas,fábricas cerradas.
Trasmiten muchas sensaciones aunque predomina la de la tristeza de lo que fué y ya no es, de lo efímero.
Por eso es tan importante recordar.
Saludos.
Creo que todos los recuerdos de nuestro pasado son mentiras con las que nos adecuamos a nuestro presente. No es una tragedia olvidar sino no reconocer tu presente porque te supera su superficialidad. El único recuerdo cierto es el del futuro que por tanto es irreconocible y nos lleva al optimismo, ¿o no?.
Hoy (y sonrío) tengo ganas de llevarte la contraria, es que soy de un optimismo exagerado, aunque eso si, no sé muy bien porque.
Estoy totalmente de acuerdo. Me he preguntado muchas veces por que recordamos de cierta forma y no de otra. Hasta que punto decidimos recordar y por que tememos hacerlo. Es verdad que somos nuestra memoria más que tantas otras cosas. Aceptando o rebelándonos de nuestro pasado nos transformamos en lo que somos hoy.
Tengo que tomarme el tiempo (que me falta!) y leer todo tu blog, porque, honestamente, me encanta. Ya lo voy a hacer.
Un beso.
Publicar un comentario en la entrada