martes 28 de septiembre de 2010

La jetée


Cuando se estrenó, en 1962, La jetée pareció formar parte del movimiento cinematográfico nacido en la Rive Gauche parisina, cuyo máximo representante era Alain Resnais, que había alcanzado el estatus de mito gracias a El año pasado en Marienbad (1961), confirmando así las expectativas suscitadas por su Hiroshima, mon amour( 1959), y que estaba alcanzando ya éxitos tales como La rivière du hibou (1961) y El mensajero del miedo (1962), que analizaremos en breve en este espacio. El poder de la memoria y la combinación indiscriminada de realidad y fantasía, parecían los antídotos ofrecidos por el cine contra la neurosis nuclear de comienzos de los 60, diagnosticada, entre otras películas, por La hora final (1960), Punto límite, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (ambas de 1964) y El juego de la guerra (1965).

La bomba atómica era evidentemente algo a evitar, y La jetée pareció en su momento una de las señales indicativas de cómo se iba a lograrlo. Cabía esperar que a continuación viniese una larga serie de películas sobre el tema de los viajes a través del tiempo, pero no ocurrió así.
La jetée, de Chris Marker, sigue siendo una obra única. Ni tan siquiera el propio Marker ha vuelto a ella, aunque Pierre Kast pareció homenajearle en La bruture de mille soleils (1965), con su visión sobre la elasticidad del tiempo y su personaje de mujer enigmática y huidiza, y que fue montada por el propio Marker.

En la filmografía de su autor, La jetée es una película aparte, que no tiene nada que ver, ni con los documentales que la precedieron, ni con el cine policíaco que vino a continuación. Posee la compleja sencillez de una foto única, autosuficiente e irrepetible. Como relato, sigue ejerciendo una extraña fascinación. Como testimonio, continúa planteando un duradero desafío.

Se trata ciertamente de una película de su época, que partía del supuesto de que París podía verse sometida en cualquier momento a una catástrofe de proporciones incalculables. Las imágenes de Marker, sobrias y concisas, resumían dos décadas de historias sobre el fin del mundo; las ruinas radioactivas de la ciudad, el Arco del triunfo destruido, los perversos científicos con múltiples lentes sobre los ojos, los tormentos de su víctima enmarcarada, etc., todo lo cual remitía más al mundo del cómic que al del propio cine. La jetée está contada casi en su totalidad por medio de fotos fijas; era lo que Marker denominó una fotonovela. Y el autor supo comprender a la perfección la elocuencia de una sola foto. Cuando el espectador había captado lo que quería decir, la película pasaba a otra foto fija. Con suficientes ideas y materiales como para que, en otras manos, se hubiese convertido en un largometraje, Marker consigue que, sorprendentemente, La jetée diga todo lo que tiene que decir en sólo 29 minutos.

Como ciencia ficción, la película resulta convincente, aunque no del todo plausible. Desde el sombrío observatorio del aeropuerto de Orly hasta las macabras sombras del laberinto subterráneo, con sus estatuas truncadas, los escenarios de La jetée reflejan desazón y amenaza. Luego, el benigno rostro del científico-jefe, que revela los verdaderos objetivos del experimento, transforma el estado de ánimo suscitado por la película de la atmósfera fantasmagórica propia de una historia de H. P. Lovecraf en la apocalíptica y escalofriante de los más conseguidos relatos de H. G. Wells. Comienza entonces el viaje a través del tiempo que introduce en el tema esencial de la película, el de la búsqueda meditativa y bellamente fragmentada de la mujer recordada.

Posteriormente, Marker se traslada al futuro, materializado en cuatro rostros aislados con extraños adornos en la frente. La todopoderosa unidad de energía que salva a la Humanidad apenas recibe atención. También resulta improbable que, tras haber perfeccionado unos aparatos que les permiten viajar por el tiempo, los científicos se tomen la molestia de destruirlos en lugar de conservarlos para nuevas aventuras. No obstante, el concepto de una élite mortal ha formado parte de la paranoia propia de las obras de ciencia ficción durante años y años, como demuestran Lemy Cuation contra Alphaville (1965), de Godart, Farenheit 451 (1966), de Truffaut o THX 1138 (1960), de George Lukas. Terry Gilliam realizó un excelente remake en 1995; 12 monos.
La jetée es un filme que sale triunfalmente airoso donde la ciencia ficción invariablemente fracasa.

5 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Pues me la apunto Paco porque no la he visto. Las únicas que he visto de las que mencionas son "Fareheit" y "El mensajero del miedo".

Brandkommando dijo...

Lo que cuentas parece bastante interesante, y con esas referencias que apuntas al final, mas.
Habra que darle una ojeada.

zabala azkez dijo...

"La jetée" es al cine de Marker lo que el parpadeo de la actriz es a "La jetée". Suena pedante pero así lo creo. "La jetée" es el único "parpadeo" de ficción en la obra de Marker y eso la coloca en un lugar privilegiado dentro de la historia de la cinematografía de su autor y también (precisamente por eso y por la trascendencia de Marker en el cine de no-ficción) de la del cine en general.

Por cierto, soy nuevo aquí, ¿qué tal?. Un saludo.

39escalones dijo...

Gran texto, amigo. Me gusta que recuerdes la condición de remake de "Doce monos", algo que la gente suele obviar. A mí también me gusta mucho esa película.
Abrazos, amigo.

Kinezoe dijo...

No supe muy bien qué decir la primera vez que vi "La Jetée" y aún sigo sin saberlo... Extraño y original experimento.

Me gustó mucho que hicieras referencia a "Doce monos", un film que me encanta. No es fácil encontrar en el cine actual películas con una atmósfera tan rica y sugerente como la que posee este fantástico trabajo de Terry Gilliam.

Un fuerte abrazo, Francisco, y buen domingo.