viernes 17 de septiembre de 2010

Último round


Asalto 1º.

Corría los ochenta y yo tenía dieciocho años. Me buscaba la vida como podía. Hasta entonces, había trabajado en los oficios más denigrantes. Pasaba las noches bajo una luz mortecina leyendo a London, a Hemingway, a don Pío, y, me negaba a claudicar en mi última vuelta en el camino. Iba a la Filmoteca buscando a otros solitarios y descubrí a Nicholas Ray. Seguí buscando por los derroteros de la vida y acabé trabajando como conserje en el Palacio de Deportes de Barcelona. Vi algún que otro combate de boxeo y nunca llegué a aficionarme a este deporte, pero debo admitir que aprendí mucho de él. Recuerdo que cuando finalizaba los combates y la muchedumbre desaparecía me quedaba con mi cubo y mi fregona para limpiar, no del todo, aquel ambiente que tan bien conocía a través del cine y la literatura. Mi paso por aquel lugar fue tan efímero como efímera puede llegar a ser una vida carente de ensueños. Nunca olvidaré una noche en donde tuvo lugar una de mis experiencias más vivas de toda mi adolescencia. Me encontraba limpiando los vestuarios, en blanco y negro, cuando Juan, un conserje a punto de jubilarse, me convidó a sentarme con él en uno de los bancos de madera. Me ofreció un cigarrillo (yo por aquel entonces no fumaba), y me dio toda una lección que nunca olvidaría. Juan era un experto en todo lo que se refería al mundo del boxeo.
-Chico. Podría contarte cientos de historias que te haría estremecer. Por cierto, ¿te gusta el boxeo?
-No.
El viejo suspiró mirando al vacío y exhalando una nube de humo azul. Estuve a punto de hablarle sobre las películas y relatos que había visto y leído sobre el mundo del boxeo, pero no me pareció correcto. Juan había visto muchas cosas de la realidad, y yo, muchas cosas en la ficción.
Asalto 2º.
Siguió fumando en silencio. Me miró con aquellos ojillos redondos y brillantes y se puso a hablar.
-No siempre noble y no siempre arte. El boxeo, desde los griegos a los ingleses de comienzos del siglo XVIII, y de John L. Sullivan a Cassius Clay; o de Julio César Chávez a Manny Pacquiao, sigue siendo el más duro y el más exigente de los deportes, suponiendo que sea un deporte; y también en el que estás más solo-me miró con pasión-. Aquí no hay compañeros. Ni equipo. Nada. Nadie. Tú solo. Con riesgos de lesiones graves, incluso de muerte. Antes, al boxeo no se llegaba por afición, más bien por desesperación, para matar el hambre, para abrirse camino, para salir de la miseria. De ahí que jamás hay humillación en la derrota. Nunca. Se trata de atacar y defender, mirar bien, elegir la distancia adecuada, ésa donde no te llegan las manos del contrario y sí, en cambio, las tuyas pueden golpearle con un ligero adelanto de pie o tras un movimiento lateral. Esa es toda la épica del ring, lo que acontece en un cuadrado de 6x6 metros rodeado de 16 cuerdas (antes doce). Fuerza, velocidad, inteligencia, pegada (lo más importante), y entrenamientos que exigen un sacrificio atroz.

Asalto 3º.

Me puse a recordar The Proffesional, de Elmore Leonard y Wilfred Charles Heinz; en Cincuenta de los grandes, de Hemingway superior a El viejo y el mar; en Conan Doyle; en Jack London y Por un bistec; en Julio Cortázar, etc., todos ellos tocaron con mano maestra el mundo del boxeo. Por otra parte, en contra de lo que creen los aficionados, y los críticos de cine, no hay muchas buenas películas. Gentleman Jim, de Raul Walsh; Toro salvaje, de Scorsese; El luchador, de Walter Hill; The Set-Up, de Robert Wise; Fat City, de Huston; Rocky, de John G. Avildsen. Después vendrían The Boxer, de Jim Sheridan y Million Dollar Baby, de Eastwood.

Asalto 4º.


De todo esto no le dije nada al viejo. Una bombilla centelleaba. Por los corredores corría una brisa gélida. Eran las dos de la madrugada. El viejo me habló de Cassius Clay (Muhammed Ali). Me dijo que Clay no sólo cambió el boxeo, sino su tiempo. Clay, era el más puro exponente de los años sesenta, tanto como Camelot y la Nueva Frontera, Vietnam, Los Beatles o los Rolling; Malcom X o Martin Luther King. Con Clay nació la auténtica rebelión en la década prodigiosa. Me dijo que no podíamos olvidar que Cassius Clay era anterior a Berkeley y Mayo del 68. Que Clay era la contracabaña del tío Tom. Se negó a ir a la guerra. "No tengo nada en contra de esa gente. Nunca me han llamado nigger". Para el viejo le parecía el verdadero profeta del cambio social. Me miró con suspicacia para proseguir: Nos falta perspectiva para conocer el verdadero alcance de sus golpes al sistema.
Con el tiempo, acabaría yo mirando la vida como una metáfora del boxeo. La vida es una lucha dura en donde la mayoría de las veces acabamos besándo la lona.

5º y último asalto.

Se hacía tarde y el viejo estaba muy cansado. Le dije que se fuera para su casa y que yo acabaría de limpiar los vestuarios. Se levantó pesadamente y se dirigió hacia el marco de la puerta. Se volvió para decirme, quizá, las palabras más impresionantes que me han dicho jamás.
-Súbete al ring ahora que está vacío. Al traspasar las cuerdas, notarás algo en el estómago, y al pisar la lona, descubrirás cómo tu pulso se acelera. Respira hondo. Déjate invadir por el silencio y la penumbra. Estarás más solo que nunca has estado, pero también serás más tú que nunca.

Y es lo que hice. Lo que sintió mi corazón fue el alma del ring.

12 comentarios:

Elvira dijo...

¡Qué bien escribes, amigo!

Un fuerte abrazo

The Boxer

enric batiste dijo...

¿Quizás los escenarios en la vida
conservan vibraciones tan sentidas?

Marcos Callau dijo...

Una preciosidad de texto para narrarnos una bonita experiencia, Francisco. Yo, como tú, he visto más cine de boxeo que boxeo. Me gusta mucho la película "Body and soul" o "Más dura será la caída" con ese pobre Toro Moreno. Pero realmente el boxeo debe ser algo muy parecido a la soledad en la que, además, puedes salir muy mal parado. Un abrazo.

Kinezoe dijo...

Impresionante texto, amigo. Reconozco que nunca fui muy aficionado a este deporte, pero siempre me encantó ver todo el ambiente que lo rodea. Esta vez he podido sentirlo con tus palabras. Mis felicitaciones por tu entrada, Francisco.

Un fuerte abrazo y buen fin de semana.

Juanjo dijo...

A mí me ha venido a la memoria Urtain, todo un ejemplo de lo que cuentas.

Hace un tiempo quise escribir sobre él, el viejo héroe caído, pero encontré muy pocas cosas en la red.

Me ha emocionado tu subida al ring.

s a n d r a dijo...

Buen crochet de derecha, Francisco!!
Estás seguro que ese conserje no era Morgan Freeman?
Fuí aficionada al boxeo por esa época más o menos, recuerdo combates de madrugada en las tv de los locales nocturnos: Foreman-Tyson, al magnífico Holyfield, Whitaker... no soporto la violencia, qué contradictoria!
Repito, buen golpe, granuja ; )

Licantropunk dijo...

Fantástico relato: enhorabuena. Siempre me ha gustado el boxeo, no sólo como deporte, sino también en la literatura y el cine, por supuesto. Y hay una película que aunque no sea del género, tiene una parte en la que el boxeo está presente y que está muy bien rodada. Me refiero a "Rocco y sus hermanos" de Luchino Visconti: abrirse camino a golpes, un tópico, sí, pero certero como ningún otro.
Saludos.

Mita dijo...

Increíble! Escenas y escenas y escenas, múltiples personajes...si hasta se ve la luz del escenario y las caras!!!

Besos

39escalones dijo...

... y "El ídolo de barro", de Mark Robson, al menos para mí.
Hermoso texto que me ha hecho recordar que, si bien como deporte lo aborrezco, como metáfora de la épica es prácticamente insuperable.
Abrazos.

Anónimo dijo...

Como una rara flor de otoño he leído tu escrito, querido Francisco. Tiene la luz de la verdad de una historia hermosa y bien contada.

Un abrazo.

J,

Raúl dijo...

¡Sólo cinco asaltos aguantásteis, Francisco!
Sonrío.

Pd.- Otra excelente reflexión bio-cinematográfica

Miguel Sanfeliu dijo...

Excelente texto y completo repaso a un deporte que despierta pasiones.
Mis felicitaciones por el resultado. Muy bueno.
Un abrazo