sábado 2 de octubre de 2010

El fin de la infancia

"El mundo no puede ser muy antiguo, pues los hombres aún no pueden volar".
Lichtenberg

Novela sobre la trascendencia, con un título muy apropiado, este libro fue otro de mis preferidos en mi adolescencia temprana. En general se reconoce como la primera obra importante de Arthur C. Clarke (en 1951 había publicado Las arenas de Marte, que era una aburrida novela sobre la colonización espacial), y obtuvo el elogio de C.S.Lewis, entre otros, por su hábil mezcla de ciencia "dura" y misticismo religioso. Ambientada en un futuro inmediato, en una época en que están a punto de lanzarse los primeros cohetes espaciales tripulados, describe la llegada a la Tierra de seres extraños enormemente poderosos, conocidos como los "Superseñores". No obstante ese nombre temible, no se trata de un relato terrorífico de invasión y conquista violenta: los Superseñores de Clarke han venido para hacer el bien a pesar de nosotros mismos, y la novela demuestra de un modo convincente cómo benévolos gobernantes extraños podrían instaurar la armonía en un planeta en guerra. Como joven lector, yo compartía esa ilusión, aunque hoy sus implicaciones me intranquilizan. Arthur C. Clarke era escritor inglés que vivió durante décadas en la ex colonia británica de Sri Lanka. En mis momentos de mayor incertidumbre no puedo evitar la sensación de que los Superseñores son una proyección idealizada de los burócratas del Foreign Office que otrora rigieran el Imperio Británico.

Pero hay un diferencia: estos Superseñores no son blancos. Durante cincuenta años se esconden de la humanidad y cuando por fin se dan a conocer, se produce una conmoción. "No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado. Sin embargo, allí estaba, sonriendo, con todo su enorme bañado por la luz del sol, y con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos." Esa historia me dejó atónito cuando leí la novela por primera vez. Ocupa la tercera parte del libro, y le sigue una larga descripción de la utopía científica según la cual los Superseñores han forjado un mundo sin problemas, unido y feliz bajo un único gobierno; el crimen prácticamente ha desaparecido, todos viven en ciudades ajardinadas, con todo el tiempo libre para dedicarse a las artes y a la ciencia. Me hizo suspirar de deseo, ¡qué racional, qué maravilloso!

Todavía ocurre algo más. Los hijos de esta utopía comienzan a tener sueños extraños, visiones nocturnas de soles lejanos, de planetas desconocidos. Bajo la tutela de los Superseñores empiezan a convertirse a la "Supermente". En un gran clima metafísico, conmovedoramente descrito, toda la raza humana sufre una metamorfosis inconcebible, se desprende de la carne para convertirse en un ideal platónico de la mente, que deambula libremente entre las estrellas. Los Superseñores observan esta metamorfosis con cierta tristeza, ya que sólo cumplen el papel de parteros de esta reencarnación cósmica pero no pueden integrarse a la Supermente. Pobres demonios.

Hoy la prosa parece ligeramente inmadura y los personajes poco convincentes, pero la historia todavía me emociona. Es un mito religioso universal para una época científica, el relato de un benigno Juicio Final en el cual las puertas de la Ciudad de Dios están abiertas a todos.

8 comentarios:

Luis Recuenco dijo...

De Clark lo mejor que he leído es su libro de relatos 'El viento del sol'y los exquisitos 'Cuentos de la taberna del ciervo blanco'. Por cierto, ¿has leído 'Cántico por Leibowitz', de Walter Miller?; es genial.

Un saludo

Kinezoe dijo...

La leí hace tanto tiempo que casi ni la recordaba. Creo que fue el segundo libro de Clarke que leí después de 2001. Quizá sea el momento de buscarla y echarle un nuevo vistazo. Me cuesta tanto releer viejas obras (y eso que siempre tengo propósitos)... Falta de tiempo ;)

Abrazos.

Juanjo dijo...

Yo no creo en un mundo feliz. La insatisfacción es el motor de un mundo que se mueve para resolver carencias, y crea otras para seguir girando.

Un mundo feliz sería, posiblemente, un mundo en absoluto reposo.

39escalones dijo...

No lo he leído, pero la historia me suena; me suena al famoso proverbio de Jonathan Swift: "Muchos que quieieron traer luz fueron colgados de un farol".
Abrazos, amigo.

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


TE SIGO TU BLOG




CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...


AFECTUOSAMENTE
SALUDOS FRANCISCO

ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE ENEMIGO A LAS PUERTAS, CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER Y CHOCOLATE.

José
Ramón...

mi nombre es alma dijo...

La verdad es que he perdido la costumbre, quizás las ganas, de leer novelas de la llamada cienciaficción, algunas de Clarke. No recuerdo esta de la que hablas, pero parece hermosa en su voluntad de comunión entre todos, hermosa y sin duda ficción total.

Mita dijo...

Ser hijo de utopías es un sueño divino.
Por qué el fin de la infancia?
Besos

Marcos Callau dijo...

Desde luego trasmites perfectamente tu pasión por este libro. Yo no lo conozco pero me entusiasman las ovelas de ciencia ficción. A ver si la rescato... Un abrazo, Paco.