En Willard y sus trofeos de bolos-subtitulada "Un misterio perverso"-, Richard Brautigan, el poeta del Haight-Ashbury de San Francisco, se aventura en el terreno de la ficción. Como misterio resulta marginal, pero perverso lo es sin ninguna duda.Con su vida y su mente destrozadas desde que sufre un síndrome persistente de verrugas venéreas (recuérdese que estamos en San Francisco, en la década de 1970), Bob ha empezado a practicar el sadismo de modo amateur para tratar de salvar su relación con Constance. Esta, que fue quien le pasó las verrugas, no para de lamentarse por la pérdida de su viejo Bob y se siente frustrada por esa parodia de sí mismo en la que se ha convertido su marido. Willard es un gran pájaro, decorado con exóticos colores, de papel maché. Los trofeos de bolos (robados, en realidad) de los que alardea están en el apartamento de los vecinos de abajo, Pat y John, cuya vida sexual funciona sin problemas. Aunque ambas parejas lo ignoren, una ola de crímenes cada vez más violenta causa estragos por toda América: son los hermanos Logan, en su búsqueda despiadada de los trofeos de bolos que les han robado. Aunque antes eran unos pulcros ejemplares del macho americano medio-tipos saludables, respetuosos con la ley y buenos jugadores de bolos-, ahora, arrastrados por la furia y la obsesión, empiezan cometiendo robos menores, luego robos a mano armada y, finalmente, asesinatos. Les costará tres años-"América era un sitio muy grande y los trofeos de bolos muy pequeños en comparación"- dar con la casa de Chestnut Street.
Willard y sus trofeos de bolos es una novela sobre los destrozos arbitrarios del destino y sobre la falta general de sentido en los momentos más bajos de la América de la década de 1970. Brautigan consigue hacerla hipnótica con su estilo inimitable. Sus frases neutras, breves, descriptivas-el lenguaje sencillo que se utiliza con un niño-funcionan como un rítmico metrónomo y dejan al lector sin aliento e hipnotizado.
Trabajo fundamental dentro de la ficción posmodernista, El padre muerto narra en apariencia el viaje por el campo de un padre muerto (quien "tan solo está muerto en cierto sentido") en busca de un objeto llamado El Vellón Dorado. Este monolítico padre (de unos imponentes y ridículos 3.200 codos de longitud) es remolcado por un grupo de diecinueve hombres. El Vellón Dorado rejuvenecerá al Padre Muerto y, según se le asegura, le devolverá a su anterior autoridad como padre de todas las culturas. Imprevisible y tiránico, el padre muerto pasa el tiempo seduciendo a mujeres, lamentando su juventud perdida y, cuando le viene en gana, masacrando a todo el que se encuentra al alcance de su mano. Sin embargo, no tardamos en descubrir que no lo conducen a una fuente de rejuvenecimiento sino hacia su funeral.En este asalto despiadado a la "autoridad", Barthelme asesina sistemáticamente a las vacas sagradas de la cultura occidental: se satiriza el freudianismo, se parodia a los sumos sacerdotes del modernismo Eliot y Joyce y se descarta cualquier concepto de "verdad" objetiva. La alocada narrativa del libro se compone de unas digresiones, en apariencia incoherentes, que solo provisionalmente se unen en torno a una trama significativa. Mediante su distanciamiento total de la razón, la huida del naturalismo y el énfasis en la textualidad, la novela despliega una inventiva vertiginosa. Aquellos lectores que sientan curiosidad por conocer las razones por las que la literatura posmoderna despierta tanta polémica encontrarán sus respuestas en esta novela exuberante y desafiante.
Este análisis swiftiano de la decadencia de Occidente y su impacto global entreteje la narración con las ideas de Baudrillard, Comte y un característico estilo ensayístico en la voz del protagonista, Michel. Houellebecq despierta polémica al justificar la prostitución en el tercer mundo por exigencias del mercado. Precedido por una cita de Balzac que asegura que "cuanto más infame es su vida, más la valora el hombre", el libro trata también del anhelo de la redención mediante el amor.Al comenzar la novela, el soltero de mediana edad Michel descubre que su padre ha sido asesinado, hecho que, lejos de formar un enfoque psicológico de la trama, simplemente permite al protagonista abandonar su aburrido trabajo en el Ministerio de Cultura para dedicarse a viajar. Ya en el extranjero, su gusto por las prostitutas tailandesas, fogueado de antemano por los peep shows y las prostituas de París, solo se verá contrarrestado por el desprecio que le despiertan los turistas más convencionales y dignos. Durante el viaje conoce a Valérie, con la que tendrá una aventura de vuelta en París. Valérie es ejecutiva en una gran agencia de viajes y junto con su jefe, Jean-Yves, y Michel montará la "plataforma" que da título a la novela: una agencia de viajes dedicada exclusivamente al turismo sexual.
La tesis de Houellebecq sostiene que, ya que los europeos modernos han abandonado su función de constructores de imperios y "civilizadores", apenas merecen vivir: su única utilidad consiste en redistribuir la riqueza de sus industriosos antepasados. La lógica nos indica además que, dada la carencia de unos principios más concretos, el intercambio de sexo debería sustituir al intercambio de dinero: "un concepto en el que ni la raza, la apariencia física, la edad, la inteligencia ni la distinción juegan papel alguno". Magistralmente irónica, difamatoria y peligrosa, la novela constituye una oportuna provocación tanto a las ortodoxias liberales como a la moralidad islámica, tal y como demuestra su devastador final.
La tesis de Houellebecq sostiene que, ya que los europeos modernos han abandonado su función de constructores de imperios y "civilizadores", apenas merecen vivir: su única utilidad consiste en redistribuir la riqueza de sus industriosos antepasados. La lógica nos indica además que, dada la carencia de unos principios más concretos, el intercambio de sexo debería sustituir al intercambio de dinero: "un concepto en el que ni la raza, la apariencia física, la edad, la inteligencia ni la distinción juegan papel alguno". Magistralmente irónica, difamatoria y peligrosa, la novela constituye una oportuna provocación tanto a las ortodoxias liberales como a la moralidad islámica, tal y como demuestra su devastador final.
5 comentarios:
Mi querido Fran, te agradezco que nos cuentes. En realidad, me acercas a tres mundos de manera sutil y así me informo, pero evitas la necesidad de que yo los lea.
Yo me opongo/me autoimpongo un alejamiento total de cualquier tipo de prosa destructiva.
Besos
Hijo, más libros de los que no tenía ni idea. De Houllebecq sí leí "La posibilidad de una isla", y me dejó bastante frío. Creo que el personaje va por delante del literato.
Abrazos.
Eres inabarcable, amigo mío.
Sonrío.
R.
Tres desafíos de los que tomo puntual nota. A Houllebecq sí lo he leído, "Las partículas elementales", que no me gustó mucho, pero de los otros dos nada de nada.
Saludos.
El primer desafío: conseguido. Es un desafío corto, además, que se lee de un tirón. Contundente, entre un poco de Lynch y bastante de los Coen: gran final. Luego me di cuenta de que este era el escritor de la famosa pesca de la trucha: por ahí seguiremos.
Gracias por la recomendación.
Saludos.
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