
Probablemente desde Manhattan (1979), Woody Allen ya no es Woody Allen, o, al menos en el sentido en que el público en general le conoce, y desearía seguir conociéndole. Prueba de ello, es la poco favorable acogida de sus películas producidas a partir de aquélla. Así, ni Recuerdos, ni La comedia sexual de una noche de verano, ni Zelig, ni incluso, Broadway Danny Rose, han logrado revivir su extraordinaria popularidad anterior, fundamentada en un cine sustancialmente vital y humorístico. Aún queda, no obstante, la siempre expectante curiosidad ante la nueva obra de Woody, sin duda alguna porque, pese a todo, éste ha llegado a convertirse en una especie de símbolo viviente de la dialéctica social que los tiempos de hoy han impuesto. El, como nadie, ha logrado hacer cotidiana la mitología del hombre moderno, y desentrañable de su vehemencia y pasión sexual, de su locura urbana, de su temerosa reflexión individual, y de sus nunca consumados sueños, ni en el presente, ni en el futuro.
Sin embargo, da la impresión de que los protagonistas de ese mundo contemporáneo, que asisten a ver sus películas con una predeterminada voluntad de encontrar en ellas sólo aquello que desean encontrar, no han querido admitir que Woody se exprese de otro modo, que busque formas distintas de narrar y explicar el universo diario que transcurre y vive ante sus ojos. Si, unánimamente, se acepta el cálido discurso amoroso de Annie Hall, por el contrario, apenas si se tomaba en consideración el casi analítico modo de indagar en la esfera existencial del sexo, tal y como sucedía en La comedia sexual de una noche de verano. Por iguales circunstancias, el discurso social de Manhattan, intimista y cerrado, era clamorosamente recibido, al tiempo que parecía recelarse sobre las intenciones más profundamente críticas de Zelig, la sentimental historia del hombre camaleónico, en torno a las desconcertantes y fraudulentas estructuras de la sociedad occidental. En este sentido, sorprende extraordinariamente el escaso interés mostrado hacia esta excepcional película, en la que Woody maneja casi a la perfección los hilos de la narración cinematográfica. En Zelig hace progresar la acción dramática, en un clima satírico, partiendo de los síntomas aparentes de distanciamiento objetivo que ofrece un relato documental; y, con ello, intenta experimentar Woody en formas y sentimientos narrativos, a la vez que parece querer resumir en el filme el hecho mismo de su trayectoria cinematográfica, con su pasional e inteligente modo de interiorizar el mundo exterior.
A partir de aquí, por tanto, no era posible que Woody retomara abiertamente el rumbo de su cine pasado, que volviera a relatar su propia historia, entre esperanzadora y amarga. Así, con Broadway Danny Rose pone en marcha una obra de pretensiones comedidas, en la que todo transcurre sin efectismo, ni situaciones que busquen forzadamente la comicidad. En cierto modo, podría afirmarse que se trata de una sutil y casi romántica visión del mundo del espectáculo, pero analizado éste desde su perspectiva menos ostentosa y exuberante; es decir, haciendo suyo esa especie de zoológico, entre disparatado y lírico, que habita los escenarios de variedades. Consciente o inconscientemente, sin embargo, no puede Woody evitar viejas pasiones cinematográficas. No puede en Broadway Danny Rose olvidar el ineludible poder ejercido por el entorno urbano, la complejidad vital que imprime una ciudad que se mueve vertiginosamente, sin jamás detenerse a mirar su propio movimiento; como tampoco le es posible en la película no acudir a la atmósfera sentimental de su perenne juicio amoroso, aunque en esta ocasión la sentencia pasiva que le mueve en Sueños de un seductor, en Annie Hall, o Manhattan, se transforma en una decidida voluntad por no dejar su amor secreto, por no conformarse a ver cómo serenamente el presente se le va de las manos, dejándole impotente y solitario.
Broadway Danny Rose, por tanto, es sólo, un sencillo relato de amor y amistad, narrado en torno, a la vez, intimista y directo. Ninguna otra razón mueve en ella el talento cinematográfico de Woody. Tal vez por eso, muchos son los que ya no creen que sea él mismo, aunque aún hoy hay quien sigue confiando plenamente en sus historias, y en su hermosa forma de contemplar la vida, quizá ahora más que nunca.
10 comentarios:
Zelig es una de mis películas favoritas de Woody Allen. Recuerdo empezar a verla y durante los primeros minutos dudar de hacia donde quería ir Woody con ella, y de repente encontrar el camino para disfrutarla. Así que Zelig, Septiembre (no sé cuantas veces vi Septiembre y cada vez que la veo me gusta más), Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados, Annie Hall, Días de radio y la lista es interminable, porque creo que son cinco o seis las películas de Woody Allen que no me gustaron nada. Pero creo que es un director que por más cambie algunos detalles de sus películas, es uno de los más personales. Y a mí su discurso me seduce mucho.
Saludos.
Soy parte del público fiel de Woody Allen, hay algo en él que siempre me sorprende.
Como por ejemplo Match Point, una de las películas más terroríficas e inquietantes que jamás he visto.
Un abrazo*
La última que me gustó, verdaderamente, de Woody Allen fue "Acordes y desacuerdos". Posteriormente, he visto algunas más en el cine pero ya no me parece el mismo. Quizá el problema está en que tampoco yo soy el mismo de antes. No sé...
Un abrazo, Francisco.
A mi no me parece que flojeen nunca sus guiones: una lección anual de cine. Pero creo que algunos de los actores que elige no dan la talla: más voluntariosos que dotados. Y me viene ahora a la cabeza la extraordinaria interpretación de Martin Landau en "Delitos y faltas". O sea, que también los hay magníficos. Claro, que una película al año: por variedad de personajes no será.
Saludos.
Yo, sin embargo, advierto en el cine de Allen un cambio de formas, pero no de temas. Ya hablamos de esto con unas cervecitas al lado del mar, pero uno de los pilares de su cine, la relación del hombre con Dios, la culpa y la moral, ya sea riendo abiertamente o con un drama criminal estilo "Delitos y faltas", "Match point" o "El sueño de Casandra" no deja de ser una vuelta, menos amable pero igual de aguda, a su discurso.
Abrazos, monstruo.
Y es que no deseamos que Allen evoluciones (en uno u otro sentido) porque nosotros somos incapaces de hacerlo.
Aunque sigo sin ver Vicky Cristina Barcelona y Cassandra's Dream, soy de esos que ven cada una de sus películas con gran interés. Creo que en cada década ha entregado cuando menos dos obras mayores. De la década de los setenta la mayoría son indispensables; en los ochenta fueron Stardust Memories, Hannah and Her Sisters y Zelig, la más original de ellas; en los noventa Deconstructing Harry y Mighty Aphrodite.
En esta década aparece Match Point y el segundo puesto es algo discutible. No sé si sea porque ha recurrido a algunos guiones e ideas que tenía enlatados pero sí veo que en varios de ellos (en especial Whatever Works) siguen apareciendo de manera evidente recursos y planteamientos que recuerdan a su etapa clásica. Digo esto sin ver aún Cassandra's Dream y la última que sacó.
También soy de esos a los que les sorprende cómo recurre a los mismos temas sin agotarlos nunca y de los que lamentan que ya no actúe haciendo el eterno papel de él mismo.
Un saludo, tus escritos siempre ofrecen un ángulo diferente que causa una gran impresión. Llevo algunos meses sin ver nada de WA y ahora leyéndote, me han entrado ganas de repasar algo de su filmografía.
Afortunadamente para mí no acabó Allen en Manhattan. Estoy de acuerdo con Marcela, media docena de películas muy flojas, lo que es excepción en un realizador prolífico y que se muestra brillante incluso en sus trabajos de tipo "alimenticio".
En su defecto cuenta el haberse sobreexpuesto como actor y personaje, incluso en utilizar demasiado poco la tijera cuando se trata de su chistosa verborrea. Pero dices muy bien, Francisco, que sabe manejar los hilos de la narración como pocos. Ahí está Zelig para demostrarlo, pero también "Toma el dinero y corre", "La rosa púrpura del Cairo", "Match Point"...
Con todo, casi lo que más disfruto de sus películas es el amor por los pequeños detalles de la vida: los que dejan ver sus personajes incluso en el drama, pero también ese rendir culto al cine y a la música que está en la mayoría de sus películas. Yo diría que en las mejores.
Para mi Allen es todo un referente en cuanto a cine de autor, a pesar de que no pueda evitar algún tropiezo, pero es normal, si va a película por año. Manhattan es el summun, de una delicatessen que estremece. Una pena que ya no se haga cine tan bueno. Es como si las buenas ideas, o las ganas se hubieran agotado.
Un beso Francisco y mucho ánimo para seguir aquí.
Fundamentalmente creo que todo lo que nos pueda ofrecer Woody allen es infinitamente mejor que todo el cine que podemos ver en la cartelera, quizá por eso, aunque no tenga la misma acogida que antes, sigue obteniendo algo de éxito. "Acordes y desacuerdos", con Sean Penn recreando la vida del guitarrista Django Reindhaardt, me gustó mucho. Un fuerte abrazo, Paco.
Publicar un comentario en la entrada