Hay películas que nos marcan de una manera significativa, sobre todo en el período de la infancia y de la adolescencia. Son edades muy impresionables para la mente de un niño que todavía no está prostituida por lo políticamente correcto. El niño lo ve todo por igual en su conunto, no existe nada en él que divida las partes entre lo real y lo imaginario. Todo puede ir muy bien si las películas y los libros se limitan al iluminado mundo de la ficción que abre y enriquece su ilimitada mente. Pero no siempre es así. Al niño puede caerle entre sus manos o a sus ojos una historia grotesca, macabra, no digna para su edad y puede marcarle para el resto de su vida.
Mi primera elección para este blog fue reseñar La invasión de los ladrones de cuerpos. En ese post traté de transmitir por primera vez las consecuencias que me acarrearon su visión a una edad temprana y sus sucesivos trastornos emocionales de devinieron en pesadillas reiterativas hasta la actualidad. Pero uno aprende con los años y, con las experiencias de la vida a sobrellevarlas y, todo hay que decirlo, a integrar ciertas visiones sobre una realidad metafóricamente oculta. Basta con echar una ojeada a nuestro alrededor para comprobar que la muerte del afecto, de los sentimientos ha creado un mundo un tanto extraño, como en la película de Don Siegel o en la excelente novela de Jack Finney en la que se basa el filme.
Poco tiempo después vi La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero en una hora en donde ya debía estar durmiendo y con los deberes del colegio realizados. Pues no. Nunca hice los deberes. Mis padres siempre se encontraban en ese eterno sufrimiento prolongado con sus miradas vacías al espacio. Yo me aprovechaba de la situación. Siempre estuve alejado de la obsesión puritana que corta desde su raíz deseos y amores, la pérdida de la personalidad propia ahogada y triturada, el principio del rendimiento aplicado a la escuela, que integra cualquier posibilidad de vida en su ritmo angustioso y margina despiadadamente a quien no quiere o no puede adaptarse. Pues bien, al finalizar la proyección, supe que jamás volvería a ser el mismo. No tardaron en llegar unas pesadillas que no me abandonaron jamás. Huía sin esperanza de una legión de muertos. Quedaba a algunos supervivientes atolondrados y yo les instaba a huir, pero ellos no me creían, me tomaban por un loco. Si no estás loco, pero la gente le ha dicho al mundo que sí lo estás, entonces todas tus protestas por demostrar lo contrario no hacen mas que corroborar que tienen razón. En el fondo el pesimismo es siempre una forma de moral, por eso nunca hay que doblegarse.
Creo que en nuestro interior existe un miedo inherente a las masas que no piensan. Son las hordas que se te vienen encima. Si le añadimos a esto nuestro horror inconsciente al consumo desaforado del primer mundo, es como si tuviéramos a cien mil comecocos insaciables, comiéndose todo lo que encuentran. No hay mucho en el ámbito del horror que me aterrorice, pero los zombis sí. Su naturaleza compulsiva, inquebrantable, es tanto terrorífico como impresionante. Pienso que eso es lo que temen todas las personas cuerdas: que se les enfrente algo o alguien que sólo desea su destrucción y que sea imposible de detener.
Hay un enorme segmento de nuestro cerebro que ha evolucionado a base de escapar de las manadas de depredadores, y los zombis nos brindan la rara oportunidad de sacar de paseo esa parte primigenia de nuestra psique. Los zombies son una gran metáfora. La gran masa de la humanidad a menudo se nos presenta como irrazonablemente hostil y abocada al consumo, y la imagen del zombie encarna esto a la perfección. Vivimos tiempos extraños. Muy extraños, de hecho. Tiempos de torturas, mentiras, fama y exposición constante a lo peor que puede ofrecer el mundo, gracias a unos medios de comunicación que nunca se cansan de alimentar nuestra hambre insaciable de horrores. Alguien dice que las masas, el número, siempre son idiotas. Y me acuerdo de Flaubert, que decía que sin embargo hay que respetar a las masas, por más ineptas que sean, porque tienen el germen de una fertilidad incalculable.
En estas fechas se resiente más mi miedo. Evito escuchar el discurso del Rey. Me aterroriza su cara, sus movimientos, sus balbuceos... Evito los centros comerciales, pero todavía no he podido evitar la cena familiar de fin de año. Siento horror por la manera en que comen, y después, se levantan con movimientos lentos, torpes con las bocas sucias de aceite y sus estómagos repletos de carne, para desear con sonidos guturales que el próximo año tengamos mucho trabajo y poco tiempo libre para pensar; cualquier trabajo, por duro o desagradable que sea, para disipar la dureza de nuestras vidas y ahuyentar de nuestras mentes los pensamientos letales. La terrible, incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas obtienen el resultado más desproporcionado. Y yo allí, con una visión de un futuro infernal, donde la capacidad de anticiparse a ver es una condena.
¡Maldito George A. Romero!

3 comentarios:
No sé qué pensar de mí mismo, Paco. La primera película que vi en un cine fue "Blancanieves" y para un niño pequeño resulta muy traumático ver las escenas de la bruja y del corazón arrancado. Creo que me repuse pero también a muy temprana edad vi "La cosa" y "La invasión de los ladrones de cuerpos". Hay películas que dejan huella y aun hoy en día le tengo cierto respeto a la oscuridad. Un abrazo.
Siempre pensé que la película de Siegel debió llamarse "La invasión de los ladrones de mentes (que no dementes)". Creo que se ajusta más a la realidad de estos tiempos: zombis y televisión; menuda mezcla.
Abrazos, amigo.
Ciertamente, habitamos un mundo extraño, muy extraño. Comparto al cien por cien tu analogía entre el mundo real y el mundo de los zombies. Es curioso pero una de las pelis que más me aterraron en mi infancia fue "Los Invasores de Marte", en cierto modo, de gran parecido con el trabajo de Siegel. ¿Vendrá a significar la alienación de nuestro mundo?...
Un fuerte abrazo, amigo. Gran artículo.
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