A la memoria de Rafael Azcona
Salgo de una entrevista de trabajo bastante escueta.-¿Tiene estudios?
-Sí. Muchísimos.
-¿Lo puede acreditar?
-Eso depende del interlocutor.
-No lo entiendo.
-Lo entiendo. Para usted siempre seré un ignorante. Hasta luego, Lukas.
Me dirijo a la librería y está cerrada por inventario. Me dirijo a la biblioteca y está cerrada por obras. Me dirijo al café y está a tope. Hoy dan un partido de fútbol. Me dirijo al cine y debo escoger entre Avatar o Lluvia de albóndigas, y, evidentemente, elijo el banco de un parque. No tengo ganas de volver a casa. Volver a casa significa morir, o sea, estar muerto. "Estar en casa, estar muerto", dice Pascal. Por muchas espectativas que tengas la vida te va reculando siempre hacia un banco público. "Tu serás aquel que no tiene domicilio y al que se viene a interrogar sobre un banco." Andre Breton.
Receptáculo llamó Platón en el timeo, y quizá ninguna palabra puede definir la forma más apropiada a la ciudad. Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. ¿Qué miserables orfandades, miserias, soledades, quedan reveladas aquí? ¿Cómo evitar el naufragio en las aguas turbias por las que navegamos? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio? En ningún momento me siento atribulado ni me domina la tristeza o la depresión. Me ha tocado vivir un tiempo, como cualquier tiempo, abocado a un final. No termina nada. No empieza nada.
Una legión de vendedores ambulantes van interrumpiendo mis pensamientos. ¿Un paraguas? No. ¿Unas flores? No. ¿Bocadillo? No. ¿Hachis? No. ¿Cerveza? Bueno. El vendedor sin papeles me sonríe y me desea un buen día. No todo está perdido. La cerveza todavía se conserva fría. Un ejecutivo con portafolio me pregunta si tengo hora.
El ejecutivo lleva los cordones de sus zapatos desatados. Otro que no le enseñaron de pequeño a atarse los cordones. Se aleja con paso cansado cuesta arriba. Un gran filósofo dijo una vez que el camino de subida y el camino de bajada son uno y el mismo. Ay, ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. El simple transcurso del tiempo no siempre es sinónimo de evolución. La codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la condición humana puede verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada.
El ser humano se ve forzado a desprenderse de gran parte de su dignidad por imperativo de la existencia. Diría que debiera aferrarse tenazmente a los escasos retazos que le quedan. Hoy la ignorancia forma parte de la estrategia del vivir y prevalece la inmediatez y la necesidad, hija de la ambición y la rapidez mental. Pensar no es calcular gastos y beneficios. Hacemos las cosas por automatismo, sin que intervenga ya nuestra voluntad.

La verdad es que no se está tan mal en este banco. Sartre creía que el lugar para filosofar no es una capilla o un despacho, sino la plaza pública y creo que tenía razón. Siempre he admirado a los filósofos griegos porque vivieron su filosofía y también admiro la posición de los estoicos romanos respecto de la vida. Creo que no se trata de saber más o menos cosas, sino de saber vivir: a ese respecto, nada podemos enseñar a Epicuro o a Georgias. ¿Qué descubrimiento de los quince últimos siglos ha invalidado o vuelto superflua una sola linea de Marco Aurelio? No parece exagerado afirmar que desde entonces no ha pasado literalmente, nada, al menos en lo tocante a afrontar la vida con cierta sabiduría. Recuerdo a el cínico Monimo que obtuvo su libertad haciéndose pasar por loco, arrojando al aire las monedas de plata de la banca donde trabajaba, un gesto surrealista, alegre, memorable. Recuerdo a Crates que renunció a sus riquezas para irse de vagabundo filosófico. Recuerdo a Epicteto, que señalaba cómo es fácil conquistar la felicidad con el simple atenerse a considerar como propio lo que uno es, no lo que uno tiene de prestado, como todos esos aparentes bienes y propiedades que son, en realidad, ajenos.
El reto nos llega a lo más profundo, nos hiere en lo más vivo; sus insultos y sus desprecios nos aciertan siempre.
Después de siglos de filosofía, vivimos de las ideas poéticas de los primeros hombres en contradicción con una época en la que continuamente se ha de fingir que se es tonto para obrar inteligentemente. Ya digo; la misión de la filosofía es hacer que lo real sea inteligible y nada más, su papel es aportar un poco de luz, no unas claves de la felicidad que nadie tiene.
Veo al ejecutivo que baja la cuesta. Tengo de nuevo al sin papeles delante de mí con una sonrisa que le llega de oreja a oreja.
-¿Una cervecita?






