viernes, 26 de febrero de 2010

Contactos.



El malestar que suscita en nosotros el lenguaje en nada difiere del que nos inspira lo real; el vacío que vislumbramos en el fondo de las palabras evoca el que captamos en el fondo de las cosas: dos percepciones, dos experiencias en las que se opera la disyunción entre objetos y símbolos, entre la realidad y los signos. El lenguaje, las palabras de las que estamos hechos, reflejan ese incómodo estado de ser a la vez explícitos e implícito, superficie y ocultación, y la fuente de una luz constante que escapa a nuestra comprensión. ¿Qué otra cosa es este tacaño oficio de las palabras que el necio intento de atrapar una fugaz intuición del mundo entre una mayúscula y un punto final? La vida real, cuando estamos de verdad en ella, tiene poco que ver con la secuencia lineal del habla y la escritura. Nuestro lenguaje estructurado en sujeto-verbo-predicado es inadecuado para expresar el flujo de la existencia.
El ser humano, al fracasar con la comunicación entre sus semejantes, mira al cielo estrellado y sueña con comunicarse con los extraterrestres.


La comunicación con seres extraterrestres sería imposible porque nosotros no tenemos nada en común con ellos. Así como el cuerpo humano representa de muchas y sucesivas evoluciones, lo mismo ocurre con el pensamiento; al igual que ha pasado con nuestro cuerpo, nuestra forma de pensar también ha seguido un cauce diferente; no hay nada de inevitable en nuestra manera de mirar el universo. Toda concepción de la vida de otros planetas, ya se deba a un director de cine o a un profesor universitario, ha sido en lo básico, humano. Siempre se ha supuesto valores humanos, comprensión humana, maneras humanas de enfocar un universo comprensible para los seres humanos, y, por lo general, también un aspecto humano: dos ojos, una nariz, una boca y demás. El comportamiento humano existe suficiente variación como para hacer que el entendimiento, ya dentro de nuestra propia especie, sea muy dificultoso. Las diferencias, por ejemplo, entre mi vecino en paro que se pasa todo el día jugando a la playstation y sale por las noches en chándal con su perro para que defeque y yo, son enormes. Él y yo en modo alguno miramos el mundo del mismo modo.




También tenemos problemas para comunicarnos con seres inteligentes de nuestro propio planeta, como los delfines, por la sencilla razón de que estos animales viven en un ambiente muy distinto y poseen aparatos sensoriales también muy diferentes. No obstante estas consideraciones, los seres humanos y los delfines parecen casi idénticos, comparados con las vastas diferencias que nos separan de un extraterrestre, un ser que es un producto de miles de millones de evoluciones divergentes ocurridas en otro ambiente planetario. Los valores y la ética que sustente esta nueva forma de vida han de ser por completo diferentes. Sería muy poco probable que un ser así viera el mundo tan como lo vemos nosotros; de hecho, lisa y llanamente podría suceder que ni siquiera lo viese; tal vez fuera ciego, y conociera el mundo a través de un muy desarrollado sentido del olfato, de la temperatura o de la presión. Podría no existir manera de comunicarse con un ser así, podría ser que no hubiera una base común de diálogo directa.


¿Cómo se le explicaría, por ejemplo, un poema de García Lorca del Romancero Gitano a una culebra acuática ciega? ¿Qué podríamos decir ante un contacto extraterrestre? "Hola, estoy aquí". Lo primero que deberíamos cuestionarnos qué es ser inteligente, y con toda evidencia, cada uno de nosotros tendríamos un concepto totalmente diferente. Al fin y al cabo la obligación primaria de la inteligencia es desconfiar de ella.

No sé, la única respuesta posible a un universo tan absurdo sería una carcajada. Incluso dudo de que ellos llegaran a entender este gesto.


miércoles, 24 de febrero de 2010

Cuestión de suerte.



La Tierra tiene cuatro mil quinientos millones de años de antigüedad, y la vida unicelular apareció hace tres mil millones de años, es decir, apareció casi de inmediato, hablando en términos geológicos. Pero la vida siguió siendo unicelular durante los tres mil millones de años siguientes. Después, en el período cámbrico, alrededor de seiscientos millones de años atrás, se produjo una explosión de complejas formas de vida. Al cabo de cien millones de años, el océano estaba lleno de peces; luego, se pobló la Tierra, a continuación, el aire. Pero, en realidad, no se sabe por qué tuvo lugar la explosión. Y, puesto que dicha explosión no se produjo durante tres mil millones de años, lo más probable es que, en otro planeta, nunca llegue a producirse. Y aun después del cámbrico, la cadena de acontecimientos que condujo hasta el hombre parece ser tan especial, tan incierta, que los biólogos creen que hubiera sido posible que no se produjera jamás. Tan sólo tomemos en cuenta el hecho de que si los dinosaurios no hubieran sido eliminados, hace sesenta y cinco millones de años, por un cometa o por lo que fuere, entonces los reptiles podrían seguir siendo la forma dominante en la Tierra, y los mamíferos nunca habrían tenido la oportunidad de asumir el control. Sin mamíferos, no hay primates, sin primates no hay simios, y sin simios no hay hombre. En la evolución, se dan muchos factores aleatorios, existe mucho de suerte. Ésa es la razón por la que los biólogos creen que la vida inteligente podría ser un suceso único en el universo, un suceso que sólo se dio aquí.

Y después están esos pequeños detalles que cambian una vida, la Historia misma, basada en una infinidad de azares que volvería loco a cualquier historiador. Y la vesícula seminal de mi padre, compuesta por veinte millones de espermatozoides, esa constelación de células masculinas que pugnan entre sí con la cabeza por alcanzar un ovario. Todas se hallaban en la línea de partida con idénticas posibilidades de éxito, aunque al final sólo una saldría victoriosa; victoria por la cual estoy yo aquí, con insomnio a altas horas de la noche, fumando e intentando encontrarle un sentido a todo esto. Sí, salí triunfador.


lunes, 22 de febrero de 2010

Tertulia en un acto.



Nos encontramos Raquel, Toni y yo, puntuales a la cita de cada mes para nuestra tertulia, en un café abigarrado de mujeres que huyen de sus familias y de hombres que huyen, a la vez, de las suyas.
Nos sentamos a una mesa. Raquel está que trina. Nos cuenta que el otro día tuvo que asistir por obligación a un bodorrio.

RAQUEL: No me explico cómo todavía la gente se casa. El matrimonio es inmoral y vulgar. Es un contrato para que no te abandonen y llevas una alianza para que todo el mundo sepa que tus órganos sexuales pertenecen a una sola persona. Hasta puede ser pornográfico.

TONI: Tranquilízate, mujer, creo que hoy ya tenemos un tema para debatir: la coyuntura doméstica y luego ese monstruoso concepto congelante, el somnífero más potente jamás inventado: el débito conyugal.
(Los tres reímos)

YO: Se decía que el matrimonio había sido inventado por el mítico rey de Atenas Cécrope, que lo instituyó para evitar el sexo libre y para que pudieran conocerse los padres y los hijos.
(Más risas)

TONI: La familia es una institución que no ha sabido evolucionar a tiempo y, en consecuencia correlata, se ha quedado atrás y sin acertar con su zigzagueante camino. La gente que compone la familia suele estar muy harta de la familia, que por lo común es instancia agobiadora, por flexible y de no muy demostrada utilidad; cuando se percatan de esta evidencia, sus componentes sueñan con separarse pero, en lugar de aspirar a la libertad bajo el gallardo lema que dice buey solo, bien se lame, prueban a fundar una nueva familia que, como es lógico, falla y hace agua por idénticas grietas.

YO: Es cierto. Basta observar en profundidad a cualquier familia para entrever que siempre existe una tensión permanente a punto de estallar, una crispación y frustración subyacente. La sociedad familiar es una institución mal inventada o , en todo caso, enmohecida por el uso. El matrimonio es una amoralidad, fuente de toda desdicha, alimento del capitalismo.

RAQUEL: Habría que abolir el matrimonio. La ley debería decir: "No os caséis". O si no, el matrimonio debería ser renovado cada año. Constreñir a dos personas que no se conocen, y de las cuales ninguna se conoce a sí misma, a vivir juntas toda la vida, es como meter a dos recién nacidos en un cajón y obligarlos a que crezcan juntos, cada uno con un pie en la boca del otro. Resultarían unos monstruos espantosos.
(Más risas)

YO: Decía Oscar Wilde que la vida doméstica te hace envejecer rápidamente y aleja tu mente de asuntos más nobles. Deberíamos estar siempre enamorados; ésa es la razón por la que no deberíamos casarnos nunca.

RAQUEL: El placer del amor sólo dura un instante, pero el dolor del amor dura toda una vida. Pues yo, como sentimiento, desconfío mucho del amor porque me parece que es una cosa muy pasajera, efímera, que alcanza cotas elevadísimas en determinados momentos y luego se acaba y no queda nada. No produce más que amargura y rencor cuando se pretende consagrar, perpetuar o hacer de él un sistema de vida. En cuanto al amor eterno, Groucho Marx decía que es ése que no hay manera de quitarse de encima. Y de postre, en la Celestina, al padre de Melibea da unas voces tremendas acusando al amor de ser las ruinas de las familias.
(Más risas)

TONI: ¿Creéis que el amor es todo lo que no se tiene?


YO: Quizá el amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos.

RAQUEL: Nunca amamos a nadie. Amamos, solamente, a la idea que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro, en suma, a nosotros mismos, a lo que amamos. Por otra parte, nunca somos la misma persona este año que el año pasado. Ni lo son aquellos a los que amamos. Tenemos suerte sí, al cambiar, seguimos amando a una persona cambiada.


TONI: Y para terminar, que se está haciendo tarde, deberíamos cerrar el debate con una cita favorita. La mía es esta: "El amor hace creer siempre en aquello en que más habría que dudar". Marivaux.

RAQUEL: Una vez leí en un blog bastante tristón y algo decadente, creo que se llama El tiempo ganado o, algo así, y ves a saber si es él el que lo escribió: "La desesperación acompaña al amor cuando el amante abandonado se queda solo. También cuando el amor muere en la soledad de dos en compañía."


YO: "Lo peor de la humanidad son los hombres y las mujeres." Enrique Jardiel Poncela.

Volvimos a reír y nos despedimos hasta el próximo mes.

martes, 16 de febrero de 2010

El tren de la vida.



Recuerdo cuando mi vida era beber una copa en la cantina de una estación mientras me cambiaba de tren. Era un viajero que, de paso en una estación, compraba el periódico local y comprendía en seguida que no me interesaban las noticias del lugar, todas aquella cosas que desconocía. Mi vida no era otra cosa que la metáfora del ferrocarril atravesando, apenas sin detenerse, unas emociones llamadas estaciones; estaciones desmemorizadas, que perdían en seguida el recuerdo de sus trenes fugaces.

Me subía a un tren, miraba por la ventanilla para ver cómo todo huía atrás, en la vaguedad inextricable del pasado. Igual que la memoria, el tren va y viene. De repente puede devolvernos rápidamente todo, como puede también tener mala memoria. Olvida los viñedos soleados, los ríos de la infancia, las casas, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.

Recuerdo que en una estación perdida de madrugada, niebla y frío, vi una mujer acodada en la barra bajo un soporífero estado de embriaguez. Junto a ella, en el suelo, le acompañaba una vieja y raída maleta de viaje. Tenía un enorme parecido a Lauren Bacall en su última etapa de vida.

-Hola chico-me dijo-. ¿Puedo preguntarte a dónde vas?
-Esto es el fondo mismo de la nada, señora. Para mí lo difícil no es llegar sino continuar.
Emitió una sonrisa que me llevó a pensar que fue una mujer muy bella en otro tiempo.
-Estamos perdidos en el vacío, chico, no sabemos donde estamos. Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. ¿Me invitas a una copa?
-Claro. Puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa. Y usted ¿a dónde se dirige?
El camarero le sirvió otra copa de ginebra. Ella siguió hablando.
-Se han de saber muchas cosas para poder decir, con sincera autenticidad: sólo sé que no sé nada. Todas las cosas quedan desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana. Vivimos en la irrealidad más delirante, en un mundo monstruoso. La verdad, chico, siempre es una falsa ilusión.
-Sí, comprendo; ese vacío también está en el comienzo de todas las cosas.

Me ausenté por el imperativo de mi vejiga y cuando volví ella ya no estaba allí. Un tren partía hacia una dirección incierta, perdiéndose en la niebla que ya empezaba a disiparse.

Sinceramente tengo muy gratos recuerdos de aquellos años. Había siempre en mi vida ese cruce de trenes en que uno no sabía adónde iba ni por qué iba. Lo inútil de los viajes. Inútil y esencial. Ah, los trenes, cómo se parece a la vida.

Hoy, en el fondo, no sé por qué, cuando subo a un tren envidio un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil de explicar.

Ahora sólo soy una máquina de tren que arrastra penosamente vagones y vagones, un mercancías pesadísimo y olvidado, de modo que basta con que la máquina se detenga un momento a respirar y cobrar fuerzas para que el tren entero se me venga encima, y entonces comprendo que me empuja él, que no le arrastro yo a él. La descompensación de la vida es un error ferroviario que me hace correr con una máquina no proporcionada al interminable tren de vagones, días, años, cosas, que arrastro.

Soy poca máquina para tanto tren, o mucho tren para tan poca máquina, y esto lo he comprendido hoy, en mi cuarto yo por primera vez, con una tristeza de estación vacía, en mi cuarto de dormir, en mi cama de toda la vida, con la que nunca he llegado a identificarme.

Escucho el vagido de un tren a altas horas de la noche; corre ciego, como una rauda catástrofe.

martes, 9 de febrero de 2010

Última noche en Granada.



"El relato policíaco no trata de asesinatos sino de restablecer el orden."

P.D.James


Todos los que conocemos a Francisco Ortiz, posiblemente uno de los mejores conocedores del género negro de este país, estábamos esperando una novela surgida de su pluma y la espera ha valido la pena.


Lo primero que encuentro en Última noche en Granada son unos principios básicos y determinantes: honestidad por parte del autor y rechazo a los arquetipos tan manidos que sustenta hoy la nueva narrativa de género. También he querido ver ciertas procedencias lejanas de lo mejor que ha dado el género. Desde Lawrence Block y las ocho millones de maneras que tiene el ser humano de morir a Geoffrey Homes de Eleven mi horca; ese retorno al pasado, ese pasado que retorna siempre para avisarnos en qué situación nos encontramos con nuestro presente.

La acción de la novela transcurre en la ciudad de Granada; una ciudad totalmente irreconocible para los turistas apresurados y también para la mayoría de los que viven en ella sumidos en su autocomplacencia. La ciudad que describe Francisco Ortiz no va más allá de unas cuantas calles, un par de bares comunes, el subterráneo de un parking, urbanizaciones, autovías, pueblos de paso y conversaciones en el interior de un piso de dos habitaciones y la noche desnuda. No obstante, nuestro autor, universaliza la historia. Los contextos nacionales, regionales, no sirven para nada cuando se trata de alcanzar el sentido y el valor de una obra. "Pececitos humanos. Habitantes de Granada, una pequeña arruga en el gran cuerpo del universo...".



La historia está narrada en primera persona por Luis Castillo, un ex policía que trabaja de vigilante nocturno en el interior de una barraca de un extrarradio de edificios en construcción; todo un fracturado horizonte de la ciudad; encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta. Luis no vacila en propinarle una tremenda paliza a un vagabundo que pasa la noche a la falda de esos nichos modernos. Vive en un piso pagado con el dinero de su padre, ex guardia civil que hizo sus negocios gracias a los chanchullos de la dictadura. Toda herencia histórica y familiar vendrá a rendirle cuentas. Por una parte; el asesinato cometido cuando ejercía de policía, y, el hermano de la víctima que parece haber resucitado de la nada, como un fantasma, para vengarle. El asesinato, viene a decir el autor, en el mundo de la novela negra, son transgresiones en materia de modales más que de moral. Y, por otra parte, Beatriz, una mujer mal casada y amante de Luis, que le asevera duramente, en uno de los mejores capítulos de la novela, la pasividad de Luis respecto a su vida presente. Otra de las cualidades de Francisco Ortiz es el manejo habilidísimo en los diálogos.


Los azares de la vida en su singularidad y variedad son irreductibles a normas y clasificaciones, aunque cada uno responda a su lógica, la explosión del papel que lo irracional desempeña en las decisiones, en la vida, está perfectamente retratado en este diálogo e intuimos que Luis no podrá jamás acceder a las cimas de la otra miseria que le propone de muy buen grado Beatriz.


¿Recuperará esa libertad que no soporta ya? ¿O discierne en todo ello la incertidumbre de su futuro? "¿Puede haber matado a un hombre y no saber por qué lo has hecho?", reza en la contraportada de la novela. Esta pregunta se puede aplicar a todas las demás acciones de la vida.


Última noche en Granada se me antoja un clásico de nuestro tiempo. Espero que reciba todos los elogios y la posición que merece.

jueves, 4 de febrero de 2010

Un poco de optimismo.



Llevo recomendando toda mi vida la película Cantando bajo la lluvia. No conozco otro filme en la historia del cine que transmita una alegría semejante. Ayer por la noche no me sentía muy bien y me inyecté este dulce medicamento.

Si hay una sola imagen que resuma a la perfección lo que fue el gran musical de la MGM es ésta: Gene Kelly camina eufórico hacia su casa, se ve sorprendido por la torrencial lluvia de California. Pero, ¿le importa algo? No, en lo más mínimo. A lo largo de la calle solitaria, junto a los lujosos escaparates de las tiendas se pone a bailar, retorciéndose de delicia debajo de un canalón que arroja sobre él una verdadera catarata de agua, practica el claqué sobre una alcantarilla y, finalmente, patea con gozo infantil en un gran charco que cubre casi la mitad de la calle. Cuando un policía vagamente hostil se aproxima a él para averiguar qué es lo que está haciendo, la respuesta de Kelly no puede ser más simple: "Just singin' and dancin' in the rain".



Las convenciones del musical como país del nunca jamás, en el que las reglas "normales" de la vida quedaban momentáneamente en suspenso y una invisible orquesta acompañaba a gente normal y corriente mientras expresaban sus sentimientos normales y corrientes de manera tan extraordinaria, alcanzaron su cénit en los musicales producidos por Arthur Freed. Cantando bajo la lluvia (1952) es el ejemplo máximo de esta escuela cinematográfica. Evidentemente contenía todavía determinados elementos del antiguo musical basado en el montaje de un espectáculo teatral (cinematográfico en este caso), pero ninguno de sus espléndidos números musicales tienen una justificación "racional" dentro de la historia. Incluso la ambiciosa secuencia de Broadway Melody es presentada como una especie de fantasía en las mentes de sus creadores, que están intentando convencer de su viabilidad a un empresario reacio.



Como en los mejores musicales, en Cantando bajo la lluvia el comportamiento de los personajes posee su propia lógica: el canto y el baile se mantienen en reserva para los momentos de alegría desbordada, romance apasionado y otros parecidos; es decir, para aquellos momentos en los que a todos nos gustaría ponernos a bailar y cantar, si no nos preocupase lo que pudieran pensar los que nos vieran y si tuviésemos a mano una orquesta y un coro como los de la Metro.



Confieso que desde niño tengo el hábito de imaginar, en los momentos más conflictivos de mi vida, que todos nos ponemos a cantar y a bailar, ya sea en el colegio, en el trabajo o en la cola del desempleo. El otro día, sin ir más lejos, en una entrevista de trabajo bastante lamentable, imaginaba al entrevistador subiéndose de repente sobre la mesa de trabajo cantando The Continental. Después, se abría la puerta del despacho y entraban unas secretarias pechugonas de escotes generosos y yo me ponía a bailar con ellas en una perfecta coreografía. Luego, ellas me acompañaba seguidas por todos los trabajadores de la empresa hasta la puerta de la calle. Se abría el gran coro en forma de abanico para dejar paso al entrevistador entonando los últimos compases de The Continental y me daba una patada en el culo.



El número que da título a la película es su clímax, pero también el más sencillo de todos. En el otro extremo se encuentra al espectacular y lujoso Broadway Melody, que cuenta la historia del paseo de la miseria al esplendor con una multiplicidad de decorados, trajes y un elevado número de extras. Por si fuese poco, cuenta con Cyd Charisse como la encarnación de la mujer soñada del protagonista.

No obstante, resulta absurdo intentar destacar cualquier secuencia o aspecto aislado de Cantando bajo la lluvia sin referirse al resto. Ninguno de los actores que intervinieron en ella estuvo jamás mejor, y la gigantesca maquinaria de la MGM no trabajó nunca mejor o con mayor eficiencia, cuidando hasta el último de los detalles del vestuario, los decorados o la orquestación. Cualquiera que haya sido la suerte corrida por el género musical en años posteriores, Cantando bajo la lluvia sigue siendo el testimonio de lo que Hollywood fue capaz de conseguir en una de sus épocas de mayor esplendor. 

   
               

martes, 2 de febrero de 2010

Eastwood por doble partida



"Adelante, alégrame el día."
Harry el sucio


Para empezar, Clint Eastwood, no es precisamente el tipo de actor y realizador que a mí me entusiasma, aunque reconozco que tiene en su haber algunas obras interesantes. Pero vamos por partes: la editorial Lumen acaba de publicar una polémica, ácida e implacable biografía no autorizada del último clásico del cine americano, firmada por el siempre solvente historiador de cine Patrick McGilligan. Por las ochocientas balas, perdón, ochocientas páginas, que el autor resume como "la antítesis de su leyenda", no veo el rastro del Eastwood que las notas promocionales nos vende. Conocemos al Clint faldillero inagotable, tacaño: "Cada año exige un pavo congelado a Walner para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias". "Se queda con un coche en todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante." 


El escaso talento a la hora de actuar, comprador de periodistas, hijos ilegítimos, abortos, vengativo, amistades rotas: "Usa a los amigos, a los que un día deja de llamar como si nunca hubiera existido." Enemigos implacables, una aventura con una menor, machista: "En su carrera se ha mantenido la tradición de que sus novias encarnan a prostitutas en el cine." Aficionado a medicamentos para retardar el envejecimiento, etc. Cuando fue alcalde de un poblado de Monterey (lugar donde vive), muy cerca de la población de Carmel, California, intentó derribar más de quince mil pinos de una especie poco común para construir un campo privado de golf. Era de esperar que el ex alcalde Clint presentara una demanda por diez millones de dólares. Pero el libro no fue retirado. El historiador, con la grabadora en la mano, demostró que decía la verdad. Las dos partes llegaron a un acuerdo y el autor sólo retiró un pequeño nombre de parágrafos en litigio.


A los siete días de la publicación del libro en este país, nos llega su última película; Invictus, que curiosamente se anuncia como la mejor película de Clint. Yo la considero totalmente impersonal. Todo grandiosidad y simbolismo. Es un filme que habla con mayúsculas pero no dice nada más que tópicos. El foco convencional del cineasta provoca que la película huela a chamusquina en una historia de merecedora significación histórica que queda convertida en un estereotipado drama deportivo. Por otra parte, la película está demasiado sujeta a la gramática convencional de Hollywood y hace una descripción de Mandela muy superficial. En lugar de investigar lo que podría traer un hombre tan maltratado por la vida a escoger el perdón, la paz y la conciliación, mira solamente sus maniobras política y así irremediablemente, el filme olvida al hombre que tiene en el centro. Invictus es una película conservadora y resulta inocua. Clint no indaga en la disensión racial que todavía afectaba a Sudáfrica en aquel momento y a cambio se conforma mostrando personajes negros que no se fían de los blancos y réplicas blancas que odian a los negros buscando el dramatismo más básico: desconfianza, después recelosa cooperación y finalmente, gracias al triunfo deportivo; abrazos y sonrisas fraternales.

Clint en los rodajes nunca grita: "¡Acción!", se limita a decir: "Muy bien, adelante". Y se alegra el día.