







Ginger y Fred (1986), de Federico Fellini es un filme entrañable y una de mis películas favoritas. Ginger y Fred son dos mediocres y veteranos artistas de variedades, dos seres anacrónicos olvidados en un mundo en el que la vida ha desaparecido tras la imagen. Amelia Bonetti y Pippo Botticella, interpretados por Giulietta Masina y Marcello Mastroianni, que al cabo de muchos años vuelven a reunirse para bailar de nuevo juntos en un programa de televisión, Ed ecco a voi. Como mandan los cánones, ambos saben muy poco de lo que les espera en el Estudio 5 de Cinecittà, donde el gran escenógrafo Ferretti ha reconstruido un enorme plató de televisión. Más que la cuestión de la publicidad televisiva, Ginger y Fred pone de manifiesto el carácter demencial de esos programas de entretenimiento en los que, entre números musicales y entrevistas a famosos, no vemos sino desfilar a un atajo de personajes absurdos."Este convertir lo humano en espectáculo gratuito es lo característico de la televisión", dice Fellini. En no pocas ocasiones mientras prepara la película afirma también lo difícil que le será alcanzar las cotas de disparate, ramplonería e indignidad de ciertos programas que se ven a diario en la televisión. Sin embargo, la verdadera esencia de la película es otra. Fellini denuncia también la sociedad actual en su conjunto: una especie de segunda parte de Ensayo de orquesta.



Confieso que desde niño tengo el hábito de imaginar, en los momentos más conflictivos de mi vida, que todos nos ponemos a cantar y a bailar, ya sea en el colegio, en el trabajo o en la cola del desempleo. El otro día, sin ir más lejos, en una entrevista de trabajo bastante lamentable, imaginaba al entrevistador subiéndose de repente sobre la mesa de trabajo cantando The continental. Después, se abría la puerta del despacho y entraban unas secretarias pechugonas de escotes generosos y yo me ponía a bailar con ellas en una perfecta coreografía. Luego, ellas me acompañaba seguidas por todos los trabajadores de la empresa hasta la puerta de la calle. Se abría el gran coro en forma de abanico para dejar paso al entrevistador entonando los últimos compases de The continental y me daba una patada en el culo.
"Adelante, alégrame el día."
Para empezar, Clint Eastwood, no es precisamente el tipo de actor y realizador que a mí me entusiama, aunque reconozco que tiene en su haber algunas obras interesantes. Pero vamos por partes: la editorial Lumen acaba de publicar una polémica, ácida e implacable biografía no autorizada del último clásico del cine americano, firmada por el siempre solvente historiador de cine Patrick McGilligan. Por las ochocientas balas, perdón, ochocientas páginas, que el autor resume como "la antítesis de su leyenda", no veo el rastro del Eastwood que las notas promocionales nos vende. Conocemos al Clint faldillero inagotable, tacaño: "Cada año exige un pavo congelado a Walner para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias". "Se queda con un coche en todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante." El escaso talento a la hora de actuar, comprador de periodistas, hijos ilegítimos, abortos, vengativo, amistades rotas: "Usa a los amigos, a los que un día deja de llamar como si nunca hubiera existido." Enemigos implacables, una aventura con una menor, machista: "En su carrera se ha mantenido la tradición de que sus novias encarnan a prostitutas en el cine." Aficionado a medicamentos para retardar el envejecimiento, etc. Cuando fue alcalde de un poblado de Monterey (lugar donde vive), muy cerca de la población de Carmel, California, intentó derribar más de quince mil pinos de una especie poco común para construir un campo privado de golf. Era de esperar que el ex alcande Clint presentara una demanda por diez millones de dólares. Pero el libro no fue retirado. El historiador, con la grabadora en la mano, demostró que decía la verdad. Las dos partes llegaron a un acuerdo y el autor sólo retiró un pequeño nombre de parágrafos en litigio.
A los siete días de la publicación del libro en este país, nos llega su última película; Invictus, que curiosamente se anuncia como la mejor película de Clint. Yo la considero totalmente impersonal. Todo grandiosidad y simbolismo. Es un filme que habla con mayúsculas pero no dice nada más que tópicos. El foco convencional del cineasta provoca que la película huela a chamusquina en una historia de merecedora significación histórica que queda convertida en un estereotipado drama deportivo. Por otra parte, la película está demasiado sujeta a la gramática convencional de Hollywood y hace una descripción de Mandela muy superficial. En lugar de investigar lo que podría traer un hombre tan maltratado por la vida a escoger el perdón, la paz y la conciliación, mira solamente sus maniobras política y así irremediablemente, el filme olvida al hombre que tiene en el centro. Invictus es una película conservadora y resulta inócua. Clint no indaga en la disensión racial que todavía afectaba a Sudáfrica en aquel momento y a cambio se conforma mostrando personajes negros que no se fían de los blancos y réplicas blancas que odian a los negros buscando el dramatismo más básico: desconfianza, después recelosa cooperación y finalmente, gracias al triunfo deportivo; abrazos y sonrisas fraternales.