Un señor está en una gasolinera sujetando con cara de pasmarote la manguera de un surtidor y busca a un posible humano. Una voz en off pregunta: "¿Dónde está el señor que te servía?". Otro individuo busca en la oscuridad de un cine una butaca y, de nuevo, la voz en off: "¿Dónde está el acomodador?". Y prosigue la voz: "La gente ha sido sustituida por máquinas. ¿Ha mejorado tu vida? ¿Han bajado los precios?". Esta interesante propuesta como marco de reflexión de un anuncio televisivo deriva en una proclama engañosa y pueril. Lo cierto es que el arranque de este sketch publicitario me hizo pensar en algunas situaciones vividas en la ciudad.El servicio público deja mucho que desear. A veces me he encontrado en bares casi vacíos en donde los camareros han pasado completamente de mí. Ser invisible no es sólo que no te vean, sino también que no te miren. En otras ocasiones me han servido los cafés con el líquido aguado y vertido en el platillo empapando el azucarillo. Es algo que no soporto. Una vez me sirvieron un plato repugnante con el huevo crudo. Le supliqué al camarero, con mucha educación, que hiciera el favor de pasármelo de nuevo por el fuego. Me lo arrebató con desprecio. Me dije: "¡Ay,dios! ¡Seguro que ahora escupirá en el plato!".
Incauto, como soy en la ciudad moderna, no atino nunca con el tipo de servicio de hostelería. A veces, me siento a una mesa y me gritan desde la barra que el local es de autoservicio y me siento como un tonto. Otras; pido en la barra (por si acaso) y el camarero me dice con arrogancia que tome asiento, que ya pasará el camarero, tomándome por el típico consumidor apresurado. Y de nuevo, vuelvo a sentirme como un tonto.
Aquí, en la ciudad, es imposible estar sentado en una terraza porque te acribillan los vendedores ambulantes, los artistas callejeros, los vagabundos, los defensores de las ballenas, los defensores del mundo, etc. Y si los rechazas te ponen a parir en medio del gentío. Además, si te despistas, te roban la bolsa en un santiamén. También existen (cada vez más) lugares que a ciertas horas ya no puedes pedir lo que deseas y manda en camarero.
-Póngame una caña.-Lo siento. A partir de las ocho de la tarde sólo servimos tanques de un litro.
Hace poco tuve problemas con un cajero automático y me trató con educación. Me recomendó que me dirigiera al personal de servicio. Me resigné a entrar a la sucursal. Una empleada que había envejecido mal tras el cristal blindado no respondió a mis buenos días. Tuve la sensación que aquel cristal no estaba allí por su seguridad, sino para proteger a los clientes de una posible agresión por parte de los responsables de nuestro dinero.
Y ya ni hablo de esos individuos de la Renfe. Una vez me acerqué a la taquilla de una estación (ya había comprado el billete a través de una máquina que me deseó un buen viaje), para preguntar el horario del tren que tenía que coger. La empleada estaba leyendo un libro de Larsson, y, como os lo cuento, hizo caso omiso.
"¿Dónde está el señor que...?". Llevo buscándolo desde hace mucho tiempo, empezando por aquel que me robó la bolsa.













