"Lo cierto es que cuando las cosas están ocurriendo no se puede saber si son del todo verdad o mentira y cuando ya han ocurrido, tampoco."Clara Sánchez, Un millón de luces
Descubrí a Clara Sánchez en el mítico programa de televisión Qué grande es el cine. Cierto que quedé subyugado por su presencia, su candidez, sus conocimientos cinematográficos y, por qué no, también por su belleza. Por aquel entonces ya había indagado yo en las obras literarias de algunos contertulios como Juan Manuel de Prada, José Luis Garci, Eduardo Torres Dulce, Javier Rioyo, Oti Rodríguez Marchante, Miguel Marías, Jaime de Armiñán o Juan Miguel Lamet; todos ellos estupendos escritores de cine. De ellos aprendí muchísimo.
No perdí el tiempo y me hice con la obra de Clara Sánchez y quedé prendado con Piedras preciosas. No es distinta la noche. El palacio varado. Desde el mirador. El misterio de todos los días y Últimas noticias del paraíso.
Corría el año 2004 cuando Clara Sánchez publicó Un millón de luces y vino a Barcelona, por el día de Sant Jordi, para firmar su novela y yo estaba allí en la cola, con el libro bajo el brazo, una rosa azul y temblando como un flan. Era la primera vez que me veía ante una novelista de prestigio. Por otra parte, soy enemigo acérrimo de los cazadores de firmas y, en aquellos momentos, no me sentía como uno de ellos. Creo que en todo entusiasmo personal hay siempre unos elementos diversos que llevan al estado de sinceridad y comunicación. Como soy muy tímido de naturaleza, no me decidía a acercarme. Avanzaba lentamente la cola y los que me precedían me empujaban con suavidad hacia delante. No había vuelta de hoja. Me acosaba la pregunta: "¿Qué le digo?". A veces tenemos preparadas las preguntas, las palabras correctas, las reflexiones respecto a todo lo que hemos leído en nuestros autores favoritos, pero cuando llega el momento, todo queda bloqueado y el signo de la fatalidad se apodera de nosotros y sale a relucir nuestra estupidez más innata que definirá para siempre nuestra persona en la memoria del escritor. De repente me sentí ridículo allí con la rosa azul enhiesta. "¡Me tomará por un idiota!". No somos más que el celofán encubridor y tenue de un fondo común y alucinado. Recordé lo que dijo una vez Andre Breton: "Aquello que más necesito decir no es lo que mejor digo". Era mi turno. Clara Sánchez me sonrió. Le entregué la rosa azul y, acto seguido, el libro. Se emocionó ante el detalle de la rosa. Nadie en Barcelona le había regalado una rosa azul, empezando por el editor, pasando por el dueño de la librería y terminando por sus lectores. Su emoción me colmó de gozo y el idiota que llevaba conmigo desapareció. Surgió la levedad de la poesía que llevo en mí que es un humo azul que el poeta ha fumado en vida. Todo salío bien. Ella me dedicó el libro. Nos dimos un beso de despedida y me perdí entre la multitud con la convicción de que ella me recordaría para siempre.
Cuatro años después, Clara Sánchez publicó Presentimientos, otra obra magnífica. Ella volvió a Barcelona en el día de Sant Jordi y yo volvía a estar en la cola con su novela bajo el brazo y una rosa azul. Cuando me tocó el turno vi que Clara no me recordaba. No me pareció apropiado referirle el encuentro que tuvimos cuatro años atrás. Yo era consciente que un escritor no puede recordar los miles de caretos con los que se debe enfrentar en la ardua tarea de la promoción de un libro. Sacar un libro era antes un gesto romántico, displicente. Ahora es una operación comercial en que el trabajo sucio tiene que hacerlo el autor, encima de haber escrito la novela.

Hablamos del circo mediático de la literatura y el escritor como comparsa. El tiempo se nos acababa. La persona que me precedía ya tenía la barbilla sobre mi hombro. Nos despedimos efusivamente cogiéndonos de la mano y resistiéndonos a abandonar nuestra interesante conversación. Nuestros dedos se iban deslizando poco a poco, como aquel que está a punto de caer al vacío y su salvador en tierra firme no puede hacer nada. Somos un azar perdurable entre dos vértigos. Me alejé convencido que no se olvidaría de mí.
Clara Sánchez ha publicado este año Lo que esconde tu nombre, posiblemente su mejor novela. Y allí volvía a estar. Esta vez ella me reconoció: "Eres el hombre de la rosa azul". Le entregué la rosa azul y el libro. Nunca la había visto tan emocionada. No reparé en elogios. Me escribió una dedicatoria que ahora la llevo tatuada en el alma. Me alejé con el corazón henchido, yo; esa cosa risible y vacua que es un autodidacta que ha aprendido que la mente humana no trabaja por análisis sino por intuiciones. Y esta vez mi intuición me dice que Clara Sánchez no me olvidará jamás.











