martes, 27 de abril de 2010

Rosa azul

"Lo cierto es que cuando las cosas están ocurriendo no se puede saber si son del todo verdad o mentira y cuando ya han ocurrido, tampoco."

Clara Sánchez, Un millón de luces

Descubrí a Clara Sánchez en el mítico programa de televisión Qué grande es el cine. Cierto que quedé subyugado por su presencia, su candidez, sus conocimientos cinematográficos y, por qué no, también por su belleza. Por aquel entonces ya había indagado yo en las obras literarias de algunos contertulios como Juan, José Luis Garci, Eduardo Torres Dulce, Javier Rioyo, Oti Rodríguez Marchante, Miguel Marías, Jaime de Armiñán o Juan Miguel Lamet; todos ellos estupendos escritores de cine. De ellos aprendí muchísimo.
No perdí el tiempo y me hice con la obra de Clara Sánchez y quedé prendado con Piedras preciosas. No es distinta la noche. El palacio varado. Desde el mirador. El misterio de todos los días y Últimas noticias del paraíso.

Corría el año 2004 cuando Clara Sánchez publicó Un millón de luces y vino a Barcelona, por el día de Sant Jordi, para firmar su novela y yo estaba allí en la cola, con el libro bajo el brazo, una rosa azul y temblando como un flan. Era la primera vez que me veía ante una novelista de prestigio. Por otra parte, soy enemigo acérrimo de los cazadores de firmas y, en aquellos momentos, no me sentía como uno de ellos. Creo que en todo entusiasmo personal hay siempre unos elementos diversos que llevan al estado de sinceridad y comunicación. Como soy muy tímido de naturaleza, no me decidía a acercarme. Avanzaba lentamente la cola y los que me precedían me empujaban con suavidad hacia delante. No había vuelta de hoja. Me acosaba la pregunta: "¿Qué le digo?". A veces tenemos preparadas las preguntas, las palabras correctas, las reflexiones respecto a todo lo que hemos leído en nuestros autores favoritos, pero cuando llega el momento, todo queda bloqueado y el signo de la fatalidad se apodera de nosotros y sale a relucir nuestra estupidez más innata que definirá para siempre nuestra persona en la memoria del escritor. De repente me sentí ridículo allí con la rosa azul enhiesta. "¡Me tomará por un idiota!". No somos más que el celofán encubridor y tenue de un fondo común y alucinado. Recordé lo que dijo una vez Andre Breton: "Aquello que más necesito decir no es lo que mejor digo". Era mi turno. Clara Sánchez me sonrió. Le entregué la rosa azul y, acto seguido, el libro. Se emocionó ante el detalle de la rosa. Nadie en Barcelona le había regalado una rosa azul, empezando por el editor, pasando por el dueño de la librería y terminando por sus lectores. Su emoción me colmó de gozo y el idiota que llevaba conmigo desapareció. Surgió la levedad de la poesía que llevo en mí que es un humo azul que el poeta ha fumado en vida. Todo salió bien. Ella me dedicó el libro. Nos dimos un beso de despedida y me perdí entre la multitud con la convicción de que ella me recordaría para siempre.

Cuatro años después, Clara Sánchez publicó Presentimientos, otra obra magnífica. Ella volvió a Barcelona en el día de Sant Jordi y yo volvía a estar en la cola con su novela bajo el brazo y una rosa azul. Cuando me tocó el turno vi que Clara no me recordaba. No me pareció apropiado referirle el encuentro que tuvimos cuatro años atrás. Yo era consciente que un escritor no puede recordar los miles de caretos con los que se debe enfrentar en la ardua tarea de la promoción de un libro. Sacar un libro era antes un gesto romántico, displicente. Ahora es una operación comercial en que el trabajo sucio tiene que hacerlo el autor, encima de haber escrito la novela.


Hablamos del circo mediático de la literatura y el escritor como comparsa. El tiempo se nos acababa. La persona que me precedía ya tenía la barbilla sobre mi hombro. Nos despedimos efusivamente cogiéndonos de la mano y resistiéndonos a abandonar nuestra interesante conversación. Nuestros dedos se iban deslizando poco a poco, como aquel que está a punto de caer al vacío y su salvador en tierra firme no puede hacer nada. Somos un azar perdurable entre dos vértigos. Me alejé convencido que no se olvidaría de mí.

Clara Sánchez ha publicado este año Lo que esconde tu nombre, posiblemente su mejor novela. Y allí volvía a estar. Esta vez ella me reconoció: "Eres el hombre de la rosa azul". Le entregué la rosa azul y el libro. Nunca la había visto tan emocionada. No reparé en elogios. Me escribió una dedicatoria que ahora la llevo tatuada en el alma. Me alejé con el corazón henchido, yo; esa cosa risible y vacua que es un autodidacta que ha aprendido que la mente humana no trabaja por análisis sino por intuiciones. Y esta vez mi intuición me dice que Clara Sánchez no me olvidará jamás.


                                        

sábado, 24 de abril de 2010

Después de la tormenta de Sant Jordi



Creo que es un buen momento para acercarnos a esta gran autora y posiblemente la más amena de las letras inglesas del siglo XX. De todo lo que se ha escrito sobre ella, incluso por encima de su enigmática desaparición de once días y aparecida en el Hydropathic Hotel de Harrogate en estado amnésico, me sigue conmoviendo la fragilidad de su autoestima y la intensidad de su timidez. En 1962, cuando era ya una gloria nacional, acudió al hotel Savoy de Londres para celebrar con actores y directores los diez años de éxito de La ratonera. Al parecer, el portero le negó el acceso y ella, en lugar de protestar, se volvió por donde había venido, dócilmente, urdiendo ya una trama para una novela.




Una autora que le tengo mucho cariño. Más adelante le dedicaré todo un post sobre nuestros encuentros personales. Su última novela es posiblemente su obra más depurada y todo un tour de force. La historia se centra en la colonia nazi que durante el franquismo se instaló impunemente en la costa levantina. A través de los personajes, un octogenario ex interno del campo de concentración de Mauthausen, y una ingenua embarazada de treinta. La gran novelista nos acerca a las dobles vidas de unos teutones aparentemente bonachones jubilados que esconden un pasado de infamias.




Cada novela de Enrique Vila-Matas es un acontecimiento, más que editorial, emocional para los verdaderos amantes de la literatura. En Dublinesca nos encontramos con un editor arruinado que viaja a Dublín para celebrar el final de la imprenta. Es también todo un homenaje al espíritu literario irlandés que va desde Joyce a Beckett. Ya no queda espacio para el editor arriesgado, para el editor que ama la literatura y que busca incansablemente al genio desconocido.





Paul Desalmand crea un personaje donde el narrador es un libro que cuenta su propia historia: "Nací el 17 de junio de 1983, a las 16.37, en la imprenta de la Manutention, en Mayenne. Formato: 16,5 centímetros x 12,5 centímetros. Peso: 230 gramos. Número de páginas: 224. Tipografía: Garamond..." Una vez admitido el postulado del libro narrador, entramos en un mundo paralelo en donde los libros conversan. Un ejemplar de La náusea, de Sartre, consuela La cartuja de Parma, de Stendhal. Es un paseo maravilloso a través del mundo de la bibliofília con una galería de personajes curiosos, como el librero de tulla, el médico iraní que se encuentra entre el humanismo occidental y el absolutismo islamista, el vendedor de libros raros enfermo de gravedad. Esta autobiografía ficticia nos sirve de guía por todos los pasadizos secretos, todos los túneles de este mundo fascinante. No se disimula nada de las prácticas mercantiles de los editores que no hacen filantropía sino negocio en un mundo en que cada año se trituran millones de libros. Podría leerse este libro después de Dublinesca.




En su día dediqué un post a Robert Walser: escritor singular y único en la historia de la literatura. La editorial Siruela nos entrega una edición preciosa con más de noventa fotografías, documentos gráficos y numerosas citas. Tomen nota: "El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo, tanto ante los contemporáneos como ante la posteridad."




Una novela encantadora que sirve para conocer a esta brillante novelista totalmente desconocida en nuestro país. La historia trata sobre Florence Green, una viuda de un pueblo de Suffolk, que abre allí una librería. No tarda en llegar los problemas. La llegada de Lolita de Nabokov a la tienda pone en estado de revuelta a los aldeanos, pescadores de arenques y cultivadores de guisantes a los cambios.

Dejen de lado el televisor, las esperanzas en los políticos en los empresarios y en la banca. No se dejen engañar por falsos temores y desconfíen de las propuestas abiertas y sonrientes. Elijan un sofá cómodo bajo una luz blanca, a poder ser, cuando la ciudad duerme; es cuando un buen libro se convierte en un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma responde.

miércoles, 21 de abril de 2010

El molino y el violín



"¿Qué significa en realidad ser útil? La suma de la utilidad de todas las personas de todas las épocas está plenamente contenida en el mundo tal como es hoy. De lo que se deriva: nada es más normal que ser inútil."

Milan Kundera, La inmortalidad

Acaba de publicar la editorial Rey Lear De la vida de un inútil. Es una deliciosa novela picaresca breve del alemán romántico del siglo XIX Joseph von Eichendorff. La novela empieza de esta manera:

"Sentado en el umbral de la puerta me restregaba los ojos aún lleno de sueño. Escuchaba cómo daba vueltas sin cesar la rueda del molino de mi padre. El ruido se entremezclaba con el gorjeo de los gorriones que revoloteaban por el tejado de donde la nieve empezaba a gotear. El sol ya calentaba un poquito, lo que me hacía sentirme muy agusto. De pronto, mi padre, que llevaba trabajando en el molino desde el alba, salió de la casa con el gorro de dormir todavía colgándole a un lado, y algo enfadado me dijo:
-¡Tú, inútil! Ya estás tomando el sol otra vez y estirándote los huesos hasta cansarte mientras yo trabajo por los dos. Ha llegado el momento. No puedo mantenerte más tiempo. La primavera acaba de empezar, coge tus cosas, sal a ver mundo y gánate la vida tú solito."

Nuestro héroe coge su violín y se marcha a ver mundo, cantando una canción por el camino. El joven protagonista es recogido en el camino por dos damas aristócratas que lo llevan a su castillo, donde le ponen a trabajar de jardinero y entonces, cuando sus excentricidades le han granjeado la simpatía de todos, le ponen al mando de la biblioteca. Se enamora de una dama, pero cuando la ve con otro hombre coge de nuevo su violín y, desafiando otra vez las convenciones sociales, vuelve al camino, guiándose solo por el azar y por el deseo de aventura que le llevará a Italia y Praga.

Existen una clase de personas muertas en vida, vulgares, que apenas son conscientes de estar vivos si no ejercen alguna ocupación convencional. No tienen ninguna curiosidad, no pueden entregarse a estímulos azarosos, no disfrutan con el ejercicio de sus facultades por el mero placer de hacerlo y, a no ser que la necesidad la emprenda a palos con ellos, incluso se quedarían quietos. Es inútil hablar con gente así; no pueden estar sin hacer nada, su naturaleza carece de la generosidad necesaria; y las horas que no dedican al furioso trabajo en el molino de oro las pasan en una especie de coma. No es el caso del personaje de esta novela entrañable, es un personaje compasivo y su historia es fascinante. El relato viene a decir que, de todos los estados de ánimo posibles, el mejor es aquel en el que una persona se eche al camino.

Tentado estoy en aprender a tocar el violín, pero dudo que se me permita salir más allá de la esquina de mi calle. Malditos tiempos.


viernes, 2 de abril de 2010

La extensión de la soledad.



Homenaje a Elefantiasis, de Raúl Ariza

Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.

La gran ciudad genera una tropa de solitarios, de marginados, de gentes que no han podido con la batalla atroz de cada día. Lo primero que uno desea al vivir en una ciudad es encontrar una manera de estar solo. Este deseo es muy útil: si uno llega a realizarlo, las ciudades pueden ser productivas, de gran rendimiento de trabajo. Sino fuese por este impulso hacia la soledad que produce la vida entre la gente, entre la densidad de la gente, ¿de qué servirían las grandes ciudades? Toda la sociedad, ha sido construida a base de su sentimiento contrario: la soledad. La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Vivir es errar en completa soledad al fondo de un sentimiento ilimitado. La extensión de la soledad hace apenas visible la presa que huye. La soledad es una expresión ontológica de nuestro ser. Se es más de lo necesario. Y el mundo, menos. Comenzamos a saber que es la soledad cuando oímos el silencio de las cosas. Comprendemos entonces el secreto sepultado en la piedra y despertado en la planta, el ritmo invisible de la naturaleza entera. El misterio de la soledad reside en el hecho de que para ella no existen criaturas inanimadas. Cada objeto posee su lenguaje propio que desciframos a silencios inigualables. La palabra inteligente siempre es una palabra solitaria. Sólo en soledad se siente la sed de verdad. Soledad. Es un sabor ácido del cual unos pocos se enamoran. La magnitud de un espíritu se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar.

El hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos. Sólo hay una cobardía: ante la soledad. Y esa cobardía es tanto más grave porque el hombre está solo en su esencia. El miedo a la soledad es una traición a sí mismo. A los solitarios, encontrar público les hace perder el mundo de vista. Hay sitios y horas en que uno está tan solo que ve el mundo entero. Lo peor que hay en la soledad es el darse cuenta de que la gente es idiota, porque a la postre cada uno se queda solo, y lo que entonces importa es quién es ése que ahora está solo.




He estado toda la vida solo. Para mí ha sido un placer la soledad. Mírese a ustedes mismos y analícese. La solución está en uno mismo. Presta atención al latido del corazón de los otros. Están tan lejos. La soledad no te enseña a estar solo, sino a ser único.

He dejado la ventana y estoy solo escribiendo, que es siempre el destino final de todas mis situaciones. Pero la soledad es también estar rodeado de gente y pensar quien te falta. Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reir. Y no puedo reír solo.

Te ruego que acerques tu oído a mi boca, por lejos que estés de mí, ahora o siempre. De otro modo no puedo hacerme entender por ti. Y aunque te avengas a satisfacer mi ruego quedarán bastantes secretos que tendrás que desvelar por tu cuenta. Necesito tu voz donde la mía falla.