Acaba de publicar la editorial Plaza y Janés Latitudes piratas, la obra póstuma de mi añorado Michael Crichton, fallecido en 2008 a la edad de 66 años. Admiro su obra por la calidad de su imaginación y su espectacular escritura. Padre del tecno-thriller, un género que combina la acción trepidante con la información técnica y científica. Algunos títulos hablan de por sí: El hombre terminal, Parque Jurásico, Congo, Esfera, Los devoradores de cadáveres, Rescate en el tiempo, Estado de miedo, Punto crítico, Acoso, Sol naciente, entre otros. Latitudes piratas es una trepidante historia ambientada en el siglo XVII llena de detalles sobre la navegación, sobre la manera como operaban los piratas y sobre las relaciones entre el Nuevo Mundo, el Caribe y España. Pero no quisiera entrar en detalles o rebelar el argumento. Lo dejo al lector, acalorado por el verano, y quiera sumergirse en sus magníficas páginas.Latitudes de piratas me ha transportado a mi infancia cuando quería ser pirata de mayor. Leía y releía todas las novelas que caían en mis manos sin descanso y yo miraba desde el interior de un tonel de manzanas doradas, como Jack Hawkins en La isla del tesoro, un mundo real y lleno de promesas de aventuras.
Casi todo lo que hoy creemos saber sobre los piratas procede de la gran novela de R.L.Stevenson, de una opereta cómica de Gilbert y Sullivan, Los piratas de Penzance, las novelas de Emilio Salgari y, de James Barrie, Peter Pan, como su capitán Hook. Pero la realidad es otra.
El Segundo Imperio Británico, que culminó a mediados del siglo XIX, fue propenso a reinventar la historia. Inventó su propia tradición, que ya es un mérito: ceremonias reales como el Trooping the Colours, títulos como el príncipe de Gales, edificios aparentemente góticos como el Parlamento se crearon en el siglo XIX con la ambición de parecer antiquísimos. El Imperio también inventó la figura del pirata romántico.
Numerosos investigadores rastrean ahora en archivos navales y judiciales para hacerse una idea más o menos fidedigna de aquellos tipos que durante tres siglos, del XVI al XVIII, se ganaron la vida robando en el océano. El mejor documento antiguo sobre la piratería es un clásico, La historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas, aparecido entre 1724 y 1728, con la firma del capitán Charles Johnson. No se sabe quién fue ese capitán Johnson, ni si existió realmente. Muchos atribuyen la obra a Daniel Defoe, escritor genial y estafador insigne, y en España está editada bajo su nombre por Valdemar Histórica.

Persiste las brumas sobre aquella gente. Algunas cosas, sin embargo, van cociéndose, y se disipan ciertos mitos. El de la crueldad, por ejemplo. Aunque hubo piratas muy crueles, como Edward Teach, Barbanegra, la mayoría no lo eran. Proferían terribles amenazas y se comportaban como salvajes para infundir terror a sus víctimas y lograr una rendición inmediata. Era una forma de evitar la violencia. Otra fórmula para conseguir la rendición pasaba por los brazos en cubierta. Los piratas siempre eran más que el enemigo. Ése es un punto muy interesante. La gran mayoría de los piratas navegaban en naves pequeñas y atacaban presas aún más pequeñas, como botes de pesca y transportes costeros. Dejándolos de lado. Dejemos de lado también a los corsarios, que, de una forma y otra, trabajaban para una corona, fundamentalmente la británica. Los piratas independientes y ambiciosos, lo que podían abordar cualquier nave mercante, mantenían una política laboral inteligente.
Los marineros de los buques comerciales sufrían un régimen tiránico. Los capitalistas, el armador y el capitán, exigían la máxima rentabilidad. Eso implicaba navegar lo más deprisa posible, con la nave cargada hasta los topes y con una tripulación mínima. La disciplina era igual que en la marina militar, si no más dura. La retribución, escasa. La vida a bordo, miserable. ¿Quién componía las tripulaciones de las naves piratas? Antiguos marinos mercantes. Tanto la Historia general como las reinvenciones del siglo XIX atribuían ese tránsito al lado oscuro a la impiedad y el consumo desaforado de alcohol. En la Historia general se recogen varios discursos aleccionadores, pronunciados por piratas al pie del patíbulo, que parecían cómicos fuera de contexto. El hombre que va a ser ahorcado lamenta haber dejado de ir a misa y haberse aficionado al ron, porque eso le llevó a la piratería. La realidad parece otra. Los técnicos cualificados (médicos, carpinteros, pilotos) solían ser reclutados a la fuerza. Todos los demás, sin embargo, se alistaban voluntariamente. Era frecuente que los tripulantes de un mercante abordado por piratas se pasaran de inmediato a la nave agresora.
Les atraía la política de personal de la piratería. Primero, por el ritmo de trabajo. A diferencia de los mercantes, las naves piratas estaban llenas de gente. La superioridad numérica favorecía el éxito en los abordajes. Como consecuencia, las duras tareas de la navegación a vela se repartían entre muchos, y se trabajaba menos. Segundo, por la tripulación activa del personal en la gestión de la empresa. Los capitanes piratas eran elegidos democráticamente por la tripulación, y siempre, salvo en
combate, debían consultar sus decisiones (el rumbo, la presa, la orden de ataque) con la marinería. Eso implicaba una cierta relajación a bordo, y constituía una garantía contra las arbitrariedades del jefe: el capitán injusto con sus hombres duraba poco. La participación de los beneficios también era más alta, muchísimo más alta, que en la marina mercante.Existía una desventaja: cierto: el riesgo de la horca. Pero en los barcos piratas nunca faltó tripulación. No sé si eso entraña alguna lección para las empresas contemporáneas. Supongo que no, pero yo sigo estando oculto en mi tonel de manzanas doradas mirando tristemente un panorama que ya no me gusta.








