miércoles, 30 de junio de 2010

Latitudes piratas


Acaba de publicar la editorial Plaza y Janés Latitudes piratas, la obra póstuma de mi añorado Michael Crichton, fallecido en 2008 a la edad de 66 años. Admiro su obra por la calidad de su imaginación y su espectacular escritura. Padre del tecno-thriller, un género que combina la acción trepidante con la información técnica y científica. Algunos títulos hablan de por sí: El hombre terminal, Parque Jurásico, Congo, Esfera, Los devoradores de cadáveres, Rescate en el tiempo, Estado de miedo, Punto crítico, Acoso, Sol naciente, entre otros. Latitudes piratas es una trepidante historia ambientada en el siglo XVII llena de detalles sobre la navegación, sobre la manera como operaban los piratas y sobre las relaciones entre el Nuevo Mundo, el Caribe y España. Pero no quisiera entrar en detalles o rebelar el argumento. Lo dejo al lector, acalorado por el verano, y quiera sumergirse en sus magníficas páginas.



Latitudes de piratas me ha transportado a mi infancia cuando quería ser pirata de mayor. Leía y releía todas las novelas que caían en mis manos sin descanso y yo miraba desde el interior de un tonel de manzanas doradas, como Jack Hawkins en La isla del tesoro, un mundo real y lleno de promesas de aventuras.

Casi todo lo que hoy creemos saber sobre los piratas procede de la gran novela de R.L.Stevenson, de una opereta cómica de Gilbert y Sullivan, Los piratas de Penzance, las novelas de Emilio Salgari y, de James Barrie, Peter Pan, como su capitán Hook. Pero la realidad es otra.

El Segundo Imperio Británico, que culminó a mediados del siglo XIX, fue propenso a reinventar la historia. Inventó su propia tradición, que ya es un mérito: ceremonias reales como el Trooping the Colours, títulos como el príncipe de Gales, edificios aparentemente góticos como el Parlamento se crearon en el siglo XIX con la ambición de parecer antiquísimos. El Imperio también inventó la figura del pirata romántico.



Numerosos investigadores rastrean ahora en archivos navales y judiciales para hacerse una idea más o menos fidedigna de aquellos tipos que durante tres siglos, del XVI al XVIII, se ganaron la vida robando en el océano. El mejor documento antiguo sobre la piratería es un clásico, La historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas, aparecido entre 1724 y 1728, con la firma del capitán Charles Johnson. No se sabe quién fue ese capitán Johnson, ni si existió realmente. Muchos atribuyen la obra a Daniel Defoe, escritor genial y estafador insigne, y en España está editada bajo su nombre por Valdemar Histórica.




Persiste las brumas sobre aquella gente. Algunas cosas, sin embargo, van cociéndose, y se disipan ciertos mitos. El de la crueldad, por ejemplo. Aunque hubo piratas muy crueles, como Edward Teach, Barbanegra, la mayoría no lo eran. Proferían terribles amenazas y se comportaban como salvajes para infundir terror a sus víctimas y lograr una rendición inmediata. Era una forma de evitar la violencia. Otra fórmula para conseguir la rendición pasaba por los brazos en cubierta. Los piratas siempre eran más que el enemigo. Ése es un punto muy interesante. La gran mayoría de los piratas navegaban en naves pequeñas y atacaban presas aún más pequeñas, como botes de pesca y transportes costeros. Dejándolos de lado. Dejemos de lado también a los corsarios, que, de una forma y otra, trabajaban para una corona, fundamentalmente la británica. Los piratas independientes y ambiciosos, lo que podían abordar cualquier nave mercante, mantenían una política laboral inteligente.


Los marineros de los buques comerciales sufrían un régimen tiránico. Los capitalistas, el armador y el capitán, exigían la máxima rentabilidad. Eso implicaba navegar lo más deprisa posible, con la nave cargada hasta los topes y con una tripulación mínima. La disciplina era igual que en la marina militar, si no más dura. La retribución, escasa. La vida a bordo, miserable. ¿Quién componía las tripulaciones de las naves piratas? Antiguos marinos mercantes. Tanto la Historia general como las reinvenciones del siglo XIX atribuían ese tránsito al lado oscuro a la impiedad y el consumo desaforado de alcohol. En la Historia general se recogen varios discursos aleccionadores, pronunciados por piratas al pie del patíbulo, que parecían cómicos fuera de contexto. El hombre que va a ser ahorcado lamenta haber dejado de ir a misa y haberse aficionado al ron, porque eso le llevó a la piratería. La realidad parece otra. Los técnicos cualificados (médicos, carpinteros, pilotos) solían ser reclutados a la fuerza. Todos los demás, sin embargo, se alistaban voluntariamente. Era frecuente que los tripulantes de un mercante abordado por piratas se pasaran de inmediato a la nave agresora.


Les atraía la política de personal de la piratería. Primero, por el ritmo de trabajo. A diferencia de los mercantes, las naves piratas estaban llenas de gente. La superioridad numérica favorecía el éxito en los abordajes. Como consecuencia, las duras tareas de la navegación a vela se repartían entre muchos, y se trabajaba menos. Segundo, por la tripulación activa del personal en la gestión de la empresa. Los capitanes piratas eran elegidos democráticamente por la tripulación, y siempre, salvo en combate, debían consultar sus decisiones (el rumbo, la presa, la orden de ataque) con la marinería. Eso implicaba una cierta relajación a bordo, y constituía una garantía contra las arbitrariedades del jefe: el capitán injusto con sus hombres duraba poco. La participación de los beneficios también era más alta, muchísimo más alta, que en la marina mercante.

Existía una desventaja: cierto: el riesgo de la horca. Pero en los barcos piratas nunca faltó tripulación. No sé si eso entraña alguna lección para las empresas contemporáneas. Supongo que no, pero yo sigo estando oculto en mi tonel de manzanas doradas mirando tristemente un panorama que ya no me gusta.


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jueves, 24 de junio de 2010

El rayo que no cesa


"La pedantería va escoltando al saber tan frecuentemente como la hipocresía a la virtud, y es, en algunos casos, un ingenuo tributo que rinde la ignorancia a la cultura."

Antonio Machado, Juan de Mairena


Me he pasado la mayor parte de mi vida trabajando en lugares tan penosos como en la construcción, en fábricas explotadoras y alienantes, en talleres oscuros y cutres, hasta que pude conseguir un trabajo en el ámbito cultural. Fui contratado por los pelos porque no poseo titulación universitaria. Debo reconocer que me sentí feliz cuando me contrataron. Quedaba atrás los madrugones a las cinco de la mañana. Los relojes para fichar. El trabajo físico agotador. El pedir permiso para ir al lavabo. Los bocadillos aceitosos de atún envueltos en papel de aluminio. La fatídica relación con el lumpen proletariado desquiciado y nada solidario. Los encargados fascistoides y gárrulos. La tiranía horaria. La suspensión de la individualidad en nombre de una uniformidad productiva. La prisa del dinero cuando se trabaja a destajo. La angustia del trabajo ingrato, inseguro, con jornadas muy largas y poco descanso. La grotesca condición de la vida sin finalidad. Adiós a todo eso.


Por fin pude acceder a la cultura. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. Llevaba tan solo una semana en mi nueva vida laboral al servicio de la cultura cuando me di cuenta del lamentable ambiente que se respiraba tan similar al que había dejado atrás: la misma arrogancia, el fanatismo de todo tipo de presunción. La misma ignorancia, el mismo miedo, la misma vanidad. Es decir, los mismos incompetentes, pajoleros, ignorantes, elatos y zangaloteros que asedian los puestos claves. Y aquí me encuentro, en el mezquino y repetido absurdo continuo de los hechos y de los movimientos del corazón. La verdad amarga del desencanto. La modernidad enajenada.

La peor crisis es la de valores porque la crisis ha sido consecuencia de esta carencia y reforzada por sus lacras. La esencia de todo mal no reside más que en la ignorancia moral. Antes habían más analfabetos; ahora hay más analfabetos funcionales.


Cuando la intransigencia cultural de cualquier manifestación de cultura se hace tan histéricamente programativa, me asalta la sospecha de que la intransigencia en cuestión es como una especie de compensación a la fragilidad, a la gran escasez de hechos verdaderamente vitales. Hoy la cultura demuestra que la estupidez es la hermana gemela de la razón. Nuestra cultura está mostrando signos inequívocos de la proximidad de su fin sin tregua, se ve obligada a reinventar noticias, modas o nuevas variantes, porque nada de lo que se extrae de sí es perdurable, fecundo o sanante, y, por otro lado, no hay nada tan ambiguo como una tradición heredada del pasado, porque en ella se trazan valores y aberraciones, cortesía y violencia, fidelidad al recuerdo de los padres y obediencia a las infamias que estos perpetraron y dejaron en herencia. Tardaremos mucho tiempo en aprender que la cultura no es sino fantasía fosilizada.

La cultura no es un problema de velocidad ni de eficacia. Una cultura no termina de hacerse ni de tenerse nunca. ¿Qué es eso de tener una cultura? Una cultura no se tiene; se hace y se deshace cada día. Hay tantos mares como culturas. La cultura es el rayo que no cesa. Hoy la cultura ha sido completamente sustituida por la preparación. Lo que quiere la gente, hoy, es estar preparada. Preparada para ganar 2000 euros al mes. Pero una cultura casi nadie sabe lo que es.




La cultura es un bien personal. Únicamente nos llega por el camino del cultivo propio. Es aquello que permanece en una persona cuando lo ha olvidado todo. No se compra, sino que se adquiere a través del esfuerzo personal. No hay personas cultas: hay personas que se cultivan, que están abiertas y se van educando hasta la tumba. Decía Nietzche: "La sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura". Y no le faltaba razón. También decía: "Cuanta más cultura tiene un hombre, menor es su inclinación a la burla y a la sátira". Y Sigmund Freud: "La felicidad no es un valor cultural".

La cultura es un juego y es un riesgo (juego y riesgo de la inteligencia), y si al final no nos reímos francamente no vale la pena. Cultura es cuando a pesar de todo uno se ríe.

Llevo cuatro años trabajando para la cultura y cuando tengo ganas de reírme debo salir a la calle. Entonces aprovecho para fumarme un cigarrillo.

viernes, 18 de junio de 2010

El día Doomsday



"Gracias. ¡Qué grandes estamos esta mañana!."
James Joyce, Ulises

Ulises describe los acontecimientos acaecidos durante un único día en la capital irlandesa, Dublín. Se trata del 16 de junio de 1904. Algunos fanáticos de Joyce celebran este día como el "Bloomsday", juego de palabras entre la expresión Doomsday (día del Juicio Final en inglés) y el apellido Bloom, y, que corre el peligro de convertirse en un parque temático donde Dublín se llena de figurantes disfrazados de época y los turistas más desaliñados, pantalones cortos y chancletas, atacan con sus cámaras digitales. Pero este no es el caso de La Orden del Finnegans, creado por un grupo de escritores: Antonio Soler, Enrique Vila-Matas, Eduardo Lago, Antonio Soler, Malcolm Otero y José Antonio Garrriga Vela.






Precisamente, Leopold Bloom es uno de los dos protagonistas masculinos de la novela. Bloom es un judío originario de Hungría que se gana la vida vendiendo anuncios. Está casado y su esposa Molly le engañará en el transcurso del día. En el último capítulo de la novela, ella sostendrá su conocido monólogo. Se trata de una descripción del pensamiento al borde del sueño, conformado por una única frase interminable de cuarenta mil palabras. El otro protagonista masculino es Stephen Dedalus, un joven intelectual y poeta en ciernes que trabaja como profesor.

A lo largo de las dieciocho horas que transcurren entre las ocho de la mañana y cerca de las dos de la madrugada, los caminos de Bloom y de Stephen se cruzan probablemente unas cien veces de manera directa o indirecta, en ocasiones se percatan de algo al mismo tiempo, hasta que, finalmente, a la altura de decimoquinto capítulo, se encuentran en un burdel. A lo largo del día se desplazan por Dublín y acuden a varios lugares: una oficina de correos, un cementerio, la redacción de un periódico, la Biblioteca nacional, algunas tabernas, una clínica de maternidad y el burdel.

Pese a que Joyce escribió Ulises en las distintas estaciones de su exilio voluntario (París, Zúrich y Trieste), su reproducción de la topografía de la ciudad es tan precisa que se ha llegado a afirmar que el libro también puede emplearse como guía de la ciudad y esto lo saben muy bien La Orden del Finnegans.

La novela está poblada de innumerables personajes que permiten escenificar toda la complejidad de la vida moderna cotidiana en una gran ciudad europea a principios del siglo XX. La odisea de Bloom a través de la metrópolis irlandesa está acompañada por el escenario sonoro de una gran urbe. También la avalancha de impresiones ópticas es metropolitana: abarca un panel de anuncios hasta las nubes en el cielo. Pero Ulises es algo más que una novela de la gran ciudad. La obra posee una universalidad y una erudición casi inconcebibles. No se ha dejado nada librado al azar. Esto se advierte fácilmente pese a que, en condiciones normales de lectura, apenas se puede comprender una pequeña parte de las referencias internas y externas.

Ulises es, dicho concisamente, todo. El texto oscila entre la descripción de la sociedad y la descripción del alma, entre el espíritu y el cuerpo, navega entre pasado, presente y futuro y une el mito y la modernidad. Los escenarios de la acción abarcan desde el cementerio a la clínica de maternidad, del burdel a la iglesia, del pub frecuentado por gente humilde, donde el pueblo llano engulle sopas baratas, al lugar consagrado al alimento espiritual, la Biblioteca nacional. Nada es demasiado trivial como para dejar de ser mencionado: el jabón, las medias de señoras, los desagües, las apuestas de las carreras, las patatas, los transportes públicos, los zapatos, los medicamentos. En todo hay un tema: desde los microbios de una servilleta sucia a los movimientos del universo. Nada permanece en la privacidad, sin ser observado: ningún pensamiento, ningún sentimiento, ni siquiera cuando Bloom cumple con sus necesidades fisiológicas. No existe materia alguna que no sea tratada. Todas están incluidas: astronomía, nacimientos, política, comida, bebida, procesos digestivos, sexo, etc.

Esta infinidad de temas y argumentos se corresponde con la forma literaria de la novela. Ulises ofrece todo los tipos de textos y de estilos concebibles a principios del siglo XX: novela, drama, ensayo, cuento, reportaje, sermón, tratado científico, parodia y catecismo. A veces se citan poemas burlones; otras, se parodian las noveluchas victorianas baratas; en ocasiones el tono es académico y en otras, vulgar. En el capítulo séptimo, cuya acción tiene lugar en la redacción de un periódico, pueden contarse noventa y seis figuras retóricas. El decimocuarto capítulo, en el que una tal señora Purefoy soporta las fatigas del nacimiento de su hijo, aúna la representación del crecimiento orgánico de un feto con una caricaturesca historia del desarrollo de la lengua inglesa desde el inglés antiguo hasta el slang estadounidense.

El título Ulises (forma inglesa y castellana de Odiseo) indica que Joyce deseaba escribir una odisea moderna. De acuerdo con esta idea, el autor repartió los personajes y concibió los episodios tomando como modelo la epopeya homérica: Bloom es Ulises; Molly, Penélope y Stephen, Telémaco. El capítulo del cementerio se corresponde con el descenso al Infierno, la visita de Bloom al pub en el que los clientes engullen su comida sin ningún tipo de modales, refleja el encuentro de Ulises con los caníbales lestrigones; la estancia en el burdel, que acaba en una orgía alucinatoria, recuerda a los mágicos hechizos de Circe, etc.




A diferencia de la epopeya de Homero, en la que el héroe vaga durante diez años, a Joyce le basta un solo día para resolver el mismo tema. Ello es posible porque el autor traslada la infinitud del mundo al interior de los personajes. Los desplazamientos de Bloom y de Stephen por Dublín son a la vez tránsitos dentro de sus almas. Toda la plenitud temática de la obra proviene del interior de sus protagonistas, allí donde nada permanece oculto. Absolutamente todo: cada pensamiento, cada sentimiento, cada duda, cada deseo, cada idea, cada asociación, cada percepción - incluso aquello que escapa a nuestra propia observación, porque se produce en el inconsciente - se expone detalladamente.

Dublín ya no tiene a su James Joyce para registrar lo que ocurre cada 16 de junio para que los estudiosos de tiempos futuros se dejen las pestañas.

miércoles, 16 de junio de 2010

La ducha y la conejita playboy


Para Alfredo

La secuencia de la ducha de Psicosis (1960) es un prodigio. El barroco asesinato de Marion Crane (Janet Leigh) es la primera estilización de la violencia en la historia del cine. Ninguno antes de Hitchcock había convertido un asesinato en una coreografía. Cuando ella coge la cortina de la ducha y cae desprendiéndose de la barra como un desgarro, no hay balet que pueda superar esta genialidad en los movimientos. Es violentamente estética, de una belleza y un terror sorprendentes. Psicosis fundó todo un género (el Psycho Killer) y su perfección técnica no ha sido todavía superada. Hitchcock construyó la mítica escena magistralmente para combinar violencia y desnudez sin apenas mostrar sangre o sexo. Requirió un rodaje de siete días, 70 posiciones de cámara para obtener 45 segundos de película y nos dejó para siempre en nuestra retina las voluptuosas curvas acuchilladas que no pertenecían a Janet Leigh, sino a una stripper llamada Marli Renfro a la que en 1988 se dio por muerta precisamente de un asesinato.



Marli Renfro

Pero Marli Renfro no tuvo un final tan macabro como el que auguraba la película en la que se desnudó por 500 dólares. Esta stripper de Las Vegas, que llegó a ser una de las primeras conejitas de Playboy y que también tuvo un pequeño papel en el filme de Francis Ford Coppola Tonight for sure (1962), desapareció del mapa a principios de los sesenta. Su nombre no volvió a mencionarse hasta 1988, cuando diferentes periódicos anunciaron que "la doble de Janet Leigh en la escena de la ducha había muerto asesinada". Sin embargo, no fue ella víctima de aquel crimen, sino Mary Davis, una chica olvidada, incluso su propia muerte; la mujer que Hitchcock contrató y utilizó como reemplazo de Leigh en escenas en las que aparecía vestida para probar la iluminación.



En realidad, la conejita se casó, abandonó el mundo del espectáculo y todavía vive en California. Nunca se enteró de que se la había dado por muerta hasta que leyó las noticias en los periódicos. De lo que sí estuvo enterada era de las declaraciones de Janet Leigh que solía decir que en la escena de la ducha no fue doblada, y, a la conejita, esto no le gustaba.




Hitchcock tenía 60 años cuando rodó Psicosis y se mostró como un artista juvenil y rompedor. Estoy de acuerdo con Gilles Deleuze que dijo de él que era el último de los cineastas clásicos y el primero de los modernos. Psicosis contribuyó, sin ninguna duda, junto al libro de Truman Capote A sangre fría, a crear una nueva perspectiva de Estados Unidos para los propios estadounidenses, que salieron de repente de la inocencia para entrar en un mundo que después se ha llevado al extremo, tanto en el cine como en la literatura.

Después de Psicosis, sus películas fueron adquiriendo un tono cada vez más oscuro y torturado. Hitchcock era un hombre complicado, lleno de frustraciones e inseguridades. Su cine es el cine de la paranoia. Sus películas hablan siempre de la obsesión de un personaje que fija su mirada en una imagen evanescente, como el caso extremo de Vértigo (1958), un filme apasionado sobre la imposibilidad de conseguir la mujer soñada.

Una vez Hitch recibió una carta: "Después de ver Las diabólicas mi hija no se ha vuelto a bañar nunca más. Y después de Psicosis ya no se querrá duchar. ¿Qué puedo hacer?."
El mago del suspense le respondió: "LLévela a la tintorería."
Claro, no era una conejita playboy.


                             

sábado, 5 de junio de 2010

Un día cualquiera (un cuento underground)


"La belleza no es más que ese grado de lo terrible que todavía soportamos."
RILKE


Salgo de mi cuchitril de treinta metros cuadrados y decido ir a Barcelona. Para llegar a la ciudad debo coger un tren de cercanías abarrotado y atravesar un paisaje de naves industriales y fábricas. Desde la ventana del tren veo la tortuosa geometría de las estructuras que se dibujan contra el cielo. Dice Milan Kundera: "La omnipresente fealdad del mundo moderno, misericordiosamente velada por la costumbre, surge brutalmente a nuestro menor instante de angustia". Llego a la ciudad y me pongo a pasear tranquilamente, anónimo por las calles transparentes de multitudes, ocioso entre la gente ocupadas, ansiosas de hacer carrera lo antes posible. Camino entre el material humano, ausente también de altivez del instinto, concepto que ha perdido su verdadero sentido. La vida moderna se ha vuelto tan efímera, superficial y autocomplaciente que todos sus habitantes parecen estar dentro de las burbujas de sus propias preocupaciones. La superficialidad de nuestra cultura, la mentalidad cerrada y uniforme de la gente que veo a mi alrededor, el propio sentimiento de aislamiento.

Barcelona es una ciudad que cada día me gusta menos por su progresivo cambio y mal gusto, abuso urbano y su desuso de la estética. Es mal gusto casi todo lo que se considera oficialmente de buen gusto. Es de mal gusto casi todo en la vida, porque la cultura burguesa y la cultura hortera, que es su continuación, nos ha inundado de cosas feas. Cada vez se me hace más difícil pasear por la ciudad. Otra revolución urgente es la revolución estética. Siempre he creído que más que un error de fondo, la vida es una falta de gusto. La ciudad se va haciendo progresivamente oscura, amenazadora, sucia, apocalíptica; escenario dantesco de una convivencia degradada. La ciudad es ya un espacio mentalmente donde el ser humano ha perdido el olfato; una plaga en el círculo vicioso de los billetes y la corrupción. En fin; el horterismo, abuso urbano, desuso de la estética, el mal gusto llevado al paroxismo.

Creo que todos necesitamos en algún momento un poco de perspectiva. Aumento de cafés, bistrots, pizzerías, bares, restaurantes de menús de oferta, bajo toldos de colores chillones y anuncios plastificados que impiden el paso a los apresurados viandantes que entorpecen la perspectiva. La proliferación de almacenes exhibiendo moda barata y multinacional, confeccionada en China a cambio de jornales de miseria. Centros comerciales en donde puedes encontrar de todo. Pero cuando no te interesa absolutamente nada, el espacio se convierte en una extraña prisión que te recuerda lo que no quieres comprar en una ciudad vendida a la especulación inmobiliaria y a un turismo indiscriminado y regalada a la industria "cultural". La ciudad es un gran parque temático para extranjeros; turistas lumpen borrachos, orinando, defecando y follando en las calles, gritando hasta altas horas de la noche. Las calles apestan y los cajeros automáticos han pasado a ser el último reducto de los vagabundos para dormir el sueño insufrible de la ciudad.

Se acercan elecciones. La ciudad está repleta de grandes caretos sonrientes que aseguran tener la solución a semejante berenjenal. Todo en este mundo se hace porque no hay más remedio y no porque la gente lo quiera. Nos conceden un mínimo de espacio y de tiempo y debemos decorarlos con los trastos habituales, después pasa lo que pasa. Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a un líder que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible. Doctores, abogados, camareros, repartidores de pizzas, etc... no importa lo que fuera. Una vez dentro del molde tienes que seguir adelante, ahogarte en la existencia monótona, trivial y cobarde. El mundo entero funciona por miedo. Nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el "todo" que queda a nuestras espaldas y la "nada" que tenemos delante. Creo que los tiempos son más duros de lo que nos dice el gobierno. El gobierno le debe las pelotas a los bancos y los bancos han hecho más préstamos de la cuenta a empresarios que no pueden devolverlos porque la gente no puede consumir lo que venden las empresas. En fin. Ahora debemos más dinero que el que jamás podremos ganar. Estamos en la ruina, el gobierno está en la ruina, el mundo está en la ruina. ¿Quién coño tiene el maldito dinero?.



Veo un grupo de senegaleses, huyendo con sus enormes sacos, de la policía, que corren tras ellos; barrigudos y torpes, sujetándose las gorras, las porras, las pistolas, las esposas y las radios. Es evidente que los pobres perseguidos están mejor dotados físicamente, y, en un santiamén, volverán al punto de partida para seguir vendiendo sus productos delante de El Corte Inglés, mientras que la policía persistirá en una persecución inexistente a varias manzanas de distancia. Puro slapstick.

Siento temor por el nivel de ignorancia de esta ciudad y, sobre todo, de satisfacción por parte de la muchedumbre de dicha ignorancia y de escasa, por no decir nula, categoría moral.

Se está haciendo tarde y yo no estoy yendo a ninguna parte, ni tan poco el resto del mundo. Estamos haciendo tiempo, esperando a morir, y mientras tanto hacemos bobadas para llenar el vacío. Algunos ni siquiera hacemos bobadas. Somos vegetales. La realidad no es nada salvo la mugre de siglos. El tráfico de la tarde avanzada comienza a llenar la avenida. El tránsito se precipita en ambas direcciones por vaharadas de gente que vuelven a sus casas y que detestan su trabajo y temen perderlo. La mayor parte de las personas nunca colman realmente sus expectativas. La gente está desesperada y a la defensiva. Se sienten como si estuvieran malgastando sus vidas.

Me dirijo a la estación para coger el tren que me llevará de nuevo a mi cuchitril. Estoy cansado. Sé que esta noche tampoco dormiré bien.

Imagen del centro: Misha Godin

martes, 1 de junio de 2010

Scuppies

"Toda la gente como tú que habla de ir a España y de luchar por la libertad deberían aprender de memoria lo que dijo Tolstoi acerca de eso en Guerra y Paz, aquella conversación con los voluntarios en el tren (...). Quiero decir, cuando el primer voluntario resultó ser un fantarrón degenerado que tenía la convicción, después de haber bebido, de estar realizando algo heróico... y el segundo era un tipo que lo había intentado todo y en todo había sido un fracaso. Y el tercero un artillero, fue el único que al principio le impresionó favorablemente. Y no obstante, ¿qué resultó ser? Un simple cadete que había fracasado en sus examenes. Todos, ves, inadaptados; todos, buenos para nada; cobardes, micos, lobos mansos, parásitos; todos y cada uno, sin excepción, temerosos de enfrentarse a sus responsabilidades, de luchar por sus causas, dispuestos a ir a cualquier parte, como bien lo advirtió Tolstoi..."
Malcolm Lowry, Bajo el volcán

No estoy en contra de los que ayudan a los demás, ni mucho menos, pero sí critico algunos aspectos de la solidaridad. Critico sus trampas. En mi ciudad hay cientos de señores y señoras que duermen al raso cada noche a los que ningún transeúnte echa una mano. Nuestros pobres son concretos, sucios y desagradables, no los tocamos porque podrían transmitirnos su desesperación, pero, eso sí, efectuamos donaciones a Haití. No es muy simpático decirlo, pero me produce un efecto contraproducente ver cómo todos los famosos del mundo se vuelcan en Haití, y empiezan a donar dinero de manera ostentosa. Tengo la sensación de que estas solidaridades son automáticas. Me suena a falsedad, a medalla que se pone la gente.

Ha nacido el scuppy, que es una mezcla de hippie que ha adquirido conciencia de la menesterosidad y el desamparo de gran parte del mundo y de cuyo incomodo trata de liberarse sea mediante donativos regulares, sea participando a través de ocasionales contribuciones profesionales. El plus radiante de estas acciones viene de celebridades como Stella McCartney, Gwyneth Paltrow, Bono, Leonardo DiCaprio, Julia Roberts, George Clooney, Angelina Jolie, Brad Pitt y tantos otros que también permutan la caridad por rentabilidad mediática y serenidad del alma. La crisis ha redondeado el aura de estos scuppies que mientras hacen el bien o atienden a los desheredados de la fortuna se preocupan un bienestar sin coste.

Vanidad del voluntarismo frente a la inexorabilidad y a la complejidad de las fuerzas atenuantes. La manía de ser útil, la necesidad social de servir; la innoble excusa del bien común. El prejuicio de la responsabilidad. Quien quiere hacer el bien deberá hacerlo en los pequeños detalles; el bien general es la coartada de los políticos y de los bribones.